Siete (4)
Carla y Laura no solo quieren su café; quieren su dignidad. La dejan desnuda, encintada y temblando en el baño, sin saber que esa humillación es solo el preludio de lo que Don Ernesto tiene preparado para ella.
- Mi café está frío. ¿Tan difícil es traer un café caliente?
- Perdona, Carla. Eran muchos y hace frío fuera. – contesté.
- Si no fueras con esos zapatos de zorra irías más rápido. ¡Anda y vuelve al bar! Y esta vez que no se enfríe. – me replicó mi compañera.
- Claro. Sin problema. Ahora mismo vuelvo. – contesté sumisamente, agarrando de nuevo mi abrigo.
- ¡No! Mejor así. Seguro que vas más rápido si tienes frío. Además, te atenderán antes si vas luciendo modelito. De algo debe servir vestir como un putón.
En la calle, bajo la lluvia, yo continuaba sonriendo feliz. La hija de puta de Carla me haría empaparme y pasar frío, pero me daba igual. Hoy había llegado a mi cuenta el sueldo. Y lo que esa cerda envidiosa no sabía, era que cobraba el triple que ella. Y aún faltaba mi sueldo en B. Podían putearme todo lo que quisieran hoy. Yo tenía dinero para pagar varios meses de atrasos del piso y recibos varios. Nada iba a borrarme la sonrisa de la cara.
Después de las miradas de todos los trabajadores del polígono que estaban desayunando en el bar, volví con el café hirviendo para la maldita Carla. Debía darle la razón, el camarero dejó todo para atenderme a mí. No era para menos, mi ajustado top había perdido su función con el agua y mis pechos se trasparentaban descarados. Tiritando de frío le entregué el café, mientras ella me sonreía con malicia al verme en ese estado.
Fui directa al baño a intentar secar la ropa con los secamanos. En eso estaba, agachada en una extraña pose, procurando que el chorro de aire caliente secase mi top sin quitármelo, cuando escuché la puerta.
- Te vas a quemar las tetas. – dijo Laura a mi espalda.
- Eres tonta hasta para esto. Quítate la ropa o no lo secarás nunca. – añadió Carla, mientras daba un sorbo a su café.
- Ya bueno…tienes razón, pero no quería demorarme demasiado, tengo que seguir trabajando.
Lo que menos me apetecía era que me vieran desnuda. Y más después de la noche que había pasado con don Ernesto. Está mañana aún quedaban marcas en mi cuerpo de los azotes y apretones en mis pechos. Por lo que lo mejor sería volver en otro momento.
- Luego me secaré bien. No puedo perder mucho tiempo. Seguro que alguien necesita mi ayuda.
- Nadie necesita tu ayuda en esta empresa. Solo te mandamos lo que no nos apetece hacer. – dijo Laura.
- O directamente nos reímos de ti. – añadió su compañera.
No supe que contestar. Era una verdad silenciosa, pero que lo dijeran tan claramente me dejó sin palabras. Solo sonreí, tratando que tomasen aquello como una afirmación y así me dejaran salir.
- Pensé que eras más obediente. Tenía entendido que te gustaba obedecer. – dijo una voz desde la puerta.
Allí estaba Carmen, apoyada en la puerta del baño. Me sorprendió que estuviera allí, nosotras teníamos baño propio en la planta superior. Pero más me chocó que me hablase de esa forma. Ella siempre se había mantenido muy profesional conmigo, a pesar de ser la única que sabía mi situación realmente.
- Sí, sí. Sabes bien que sí. – le contesté.
Ella no dijo nada, solo me miraba con una media sonrisa. Con su típica cara mezcla de complicidad y repulsión. Opté por salir de allí cuánto antes. Cuando fui a dar el segundo paso hacia la puerta, creí apreciar un gesto de Carmen hacia ellas. Segundos después sentí como mis pechos ardían haciéndome soltar un alarido.
- ¡Uy! Perdón. Qué torpe estoy. – dijo Clara.
La muy zorra había derramado todo el café sobre mi pecho. Aún estaba bien caliente, lo que me obligó a separar la prenda empapada de mi piel entre gritos.
- Creo que ahora sí que deberías limpiar eso. Don Ernesto me ha pedido que te diera un mensaje. Algo referente a tus “extras”, por lo que te recomiendo ir presentable. Y más que nada, que no tenga quejas de NADIE sobre tu comportamiento. – dijo Carmen, recalcando esa palabra.
- ¿Qué mensaje? – pregunté yo ansiosa.
- Primero haz caso a tus compañeras y adecéntate un poco. Das bastante asco. Cuando acabes con ellas, te lo digo.
Era evidente que no lo dijo por decir. Y aunque saber que Don Ernesto me esperaba para pagarme era algo que me llenaba de alegría, la amenaza de Carmen cobraba más sentido que nunca. Ella debía conocer bien a su jefe y nuestro acuerdo. Y no estaba dispuesta a que le fuera con el cuento de qué no soy obediente. Mucho menos el día de cobro.
Quedé a solas con mis dos compañeras. No me quedaba más remedio que sufrir sus humillaciones antes de ver a don Ernesto. No podía ser tan terrible. Esas dos mojigatas no llegarían a hacerme nada que no estuviera ya más que acostumbrada.
- Venga, quítate eso antes de que se seque o no saldrá la mancha. – dijo Clara.
- Sí, tenéis razón. – me resigné a contestar.
Bajo su atenta supervisión saqué mi top por encima de mi cabeza, quedando en topless delante de mis odiosas compañeras. De todas, ellas eran las que más solían acapararme para ordenarme cualquier tontería. Y sobre todo, eran quien menos reparos tenían en humillarme con sus comentarios.
Comencé a lavar la prenda con agua y jabón en el lavabo. Por el espejo podía verlas a ellas reírse y comentar entre susurros. En mis pechos se apreciaban aún algún morado que otro. Don Ernesto había sido especialmente sádico ayer. Y aunque ahora sufría el dolor y la vergüenza, en su momento tengo que reconocer que disfruté de ser su saco de boxeo.
- Bueno… ¿no nos vas a contar cuales son esos extras de los que hablaba Carmen? – preguntó Laura.
- No sabría decirte, la verdad. Es mi primer mes aquí… quizás quiera explicarme la nómina. – intenté excusarme.
- Pues yo creo que tiene algo que ver con esos moratones de tus tetas. – dijo Carla.
- ¿Qué? No… me caí… el fin de semana… con la bici…
- Claro, claro. Y como eres tan estúpida pusiste las tetas en lugar de las manos. – dijo ella.
- Sí… jejeje… soy así.
Estaba claro que la excusa era pésima. Pero mi papel de boba me permitía crear una duda razonable. Después de un mes comportándome así, muchos pensarían que realmente soy una tonta calentorra.
- A mí me parece que tu novio es un poco bruto. ¿No te duele? – dijo Laura.
- Un poco… con sujetador más… por eso no lo llevo. – contesté con otra excusa.
- Ya… claro… ¿Y hoy llevas bragas? ¿O también te duele el coño con ellas?
- Sí, hoy sí. – les contesté, con una sonrisa tonta, sintiéndome aliviada por llevar ese minúsculo tanga que había comprado para mi jefe.
- No me lo creo. No se marca nada. – continuó Laura.
- Es un tanga…
- Ya, eso decías la otra vez y teníamos razón. Bájate los pantalones. – me dijo Clara.
Dejé de frotar mi top y me quedé paralizada mirándolas a través del espejo. ¿Qué coño les importaba a ellas si llevaba o no tanga? Entiendo que algunos de mis compañeros buscasen cualquier excusa para hablar o tocar mi cuerpo. ¿Pero ellas? ¿No les era suficiente verme las tetas amoratadas frotando el top que ella me había manchado?
- Pero… - intenté excusarme
- Pero, nada. Te jactas de ser muy sumisa. La puta de la empresa dijiste ¿no? Pues obedece y ya. – continuó ella.
Empecé a sospechar que había algo más en todo esto. No tenía sentido que mis compañeras me hicieran desnudarme. ¿Carmen les habría contado algo? Puede ser… O quizás fue Luis… Estoy casi segura que a Carla le gustaba ese chico. Es normal, era de los más guapetes de la oficina. Y ella… supongo que hasta que llegué yo, también lo era. Desde aquel día en el baño de hombres, Luis estaba muy pendiente de mí. A su manera claro… dándome órdenes humillantes “para excitarme” y buscando cualquier momento a solas para ordenarme cosas más explicitas. ¿Por una zorra celosa y despechada me estaba bajando los pantalones?
- Pues sí que eres la puta de la empresa… Vaya tanga de zorra callejera que llevas.
Con los pantalones en mis rodillas, el tanga rojo resaltaba sobre mi piel. Por detrás no era más que un hilo que se perdía entre mis nalgas. Pero es que delante solo había una minúscula pieza de tela en forma de triángulo, que no llegaba a tapar la mitad de mi depilado pubis.
- ¿Puedo subirme los pantalones ya? – les pregunté, en mi papel de secretaria sumisa.
- No. Sigue así. – dijo Laura.
Aguantando un soplido de resignación, continué frotando mi top en el lavabo. Era inútil, el café no iba a desaparecer. Escurrí con fuerza la prenda y me dispuse a secarla, andando ridículamente con mis pantalones bajados hasta el secamanos. Mientras lo hacía vi como ellas cuchicheaban a mi espalda, riéndose como dos niñatas acosadoras. Intenté concentrarme en cómo había cambiado mi vida. Como en un mes había solucionado casi por completo mis deudas. Y que, al salir de aquel baño, don Ernesto me daría mucho más. Tan enfrascada estaba en mis fantasías de puta millonaria, que no me di cuenta cuando Laura se acercó por detrás y me robó el top que estaba secando. Con las tetas al aire y los pantalones bajados, quedé mirándolas con cara de tonta, mientras ellas se reían con mi prenda aun húmeda en sus manos.
- Venga chicas, dármelo por favor. Tengo que ir a ver a don Ernesto. – les dije.
- ¿Y a nosotras qué? Imagina que te despiden. Menuda pérdida... Ya estoy un poco cansada de ver a los tíos babear por una guarra como tú. – dijo Clara.
- Por favor… he obedecido a todo lo que me habéis mandado. Sigo con los pantalones bajados todavía…
- Bueno… pues a ver si eres tan obediente. Vamos a jugar a un juego. Si consigues quitarnos esto, te dejaremos vestirte y salir de aquí. – continuó Carla.
- Eso. Y sin tocar los pantalones. Tienes que hacerlo así. – añadió su amiga.
- Y no nos toques a nosotras tampoco. Nos das mucho asquito. – culminó Carla.
- Está bien… lo que queráis…
Recorrí tantas veces aquel baño que mis pantalones acabaron en los tobillos. Pero había conseguido acorralar a Carla en el pasillo de los retretes. No tenía espacio para esquivarme y era más alta que ella, no podía lanzarlo por encima de mí. Vio que el juego se había terminado y extendió su mano con mi prenda para entregármela. Pero cuando fui a cogerlo, tiró el top dentro de uno de los váteres. Con mis ojos ensangrentados de furia, fui a recogerlo, entonces ella llevó su dedo al botón de la descarga y me detuvo.
- Quietecita, o tiro de la cadena.
El top era pequeño, pero no tanto como para acabar en las cañerías. ¿O quizás sí? Aunque tuviera razón, era suficiente con quedar atascado para quedarme en topless, con mi chaqueta reposando en el perchero de la oficina. No me quedó más que volver a obedecer, viendo como mi ropa se volvía a empapar en el agua del retrete.
- Por favor chicas… ya está bien… yo no os he hecho nada… dejarme ya… - les supliqué, casi llorando.
- ¡Uy, que penita me das! No tienes ni idea de lo que haces.
- ¿Pero que os he hecho yo? Yo solo vengo a trabajar. Obedezco en todo. Os traigo el café, el abrigo, limpio vuestra mesa, hago todo lo que queréis…
- Eres una vergüenza como mujer. Y nos pones a todas en una situación muy delicada. Los hombres empiezan a pensar que todas deberíamos ser tan cerdas como tú. – dijo Laura.
- Pero, pero…
- Nada. Te callas y obedeces. Desnúdate. – me ordenó Carla, cerrando la tapa y sentándose sobre la taza.
Con mi camiseta atrapada dentro del váter y viendo que mis súplicas no servían de nada, terminé de quitarme el pantalón y mis botines. Laura, que ahora estaba dentro del reservado con su amiga, me ordenó despojarme también de mi tanga. Mientras le entregaba mi última prenda, me di cuenta que acababa de empeorar mi situación. Laura hacía girar sobre su dedo mi ropa interior mientras escuchaba atentamente lo que su amiga le decía al oído. Me enervaba verlas reírse de mí de esa forma. Me tenían a su merced, completamente desnuda con mi ropa en su poder. En cualquier momento podía entrar otra compañera y verme. No tenía claro si eso era malo o bueno. Quizás así tuvieran que devolverme la ropa y dejarme ir. O quizás, solo sería un testigo más, incluso otra cómplice en mi humillante situación.
- Me encanta. Voy volando. – dijo Laura, saliendo del baño corriendo, no sin antes darme un sonoro azote en mi culo desnudo.
- Bueno, bueno… así que te crees una diva… – dijo Carla, al quedarnos a solas.
- No, para nada, Carla. Soy la nueva. Yo solo hago lo que me mandan.
- ¿Y quién te manda zorrear con los compañeros? – me preguntó, sin poder yo decirle que era nuestro jefe quien así lo quería.
- Eres una zorra. Te gusta poner cachondos a los tíos. No me entiendas mal, a todas nos gusta. Pero no estamos dispuestas a ser unas guarras como tú. Y hoy te voy a enseñar a respetar a las mujeres. – continuó.
- Sí… lo siento… tienes razón. – contesté, intentando apaciguar su rabia sobre mí.
- ¿Quieres tu ropa? Pues arrodíllate y ven aquí. – dijo ella, poniéndose en pie y levantando la tapa del váter.
Por supuesto obedecí. Me postré en el suelo del baño y caminé sobre mis rodillas hasta la taza donde estaba mi camiseta. Cuando hice ademan de meter la mano, cerró la tapa de golpe.
- No, no, no. Aún no has aprendido la lección. ¿Quieres aprender la lección, zorrita? – me dijo, sintiendo un cosquilleo en mi estómago al llamarme así.
- Sí, Clara. Quiero aprender la lección. – le dije sumisamente.
- Pues entonces tienes que poner de tu parte y sufrir una penitencia.
- Claro. Lo haré. Lo que tú quieras.
- Pon tus tetas aquí. – me dijo, levantando el aro del retrete.
Con cara de duda hice lo que me pidió. Agarré mis pechos y los puse sobre la taza del váter, sintiendo la fría cerámica en mi piel. Quizás no fuera lo más fuerte que había hecho en ese mes. Pero ella no era don Ernesto. Yo no era simplemente una puta que se deja someter por dinero. Era una compañera más. Y estaba arrodillada desnuda, con las tetas sobre la taza del váter.
- ¿Qué pasa, que te pone? Tienes los pezones como piedras. – me dijo.
- No… Es el frío. – le confesé, comenzando a dudar que solo fuese eso.
- Yo creo que te pone estar así ante mí. Eres una cerda pervertida.
No había terminado de pronunciar la última palabra, cuando bajó el aro del váter y aprisionó mis pechos con él. Aún con mis pechos lastimados por el tratamiento de don Ernesto, no me dolió. No pesaba demasiado, pero era muy humillante tener las tetas atrapadas en el retrete con ella riéndose de pie a mi lado.
- Esto es lo que te mereces por ir enseñando las tetas en el trabajo. ¿No estás de acuerdo?
- Sí. Me lo merezco. He aprendido la lección. – le dije, sin esforzarme en sonar sumisa.
- ¡Uy, nena, no te queda nada!
La miré a los ojos al decirme aquello y me perdí en su mirada de odio, tanto que no vi que su mano empujaba la tapa y esta caía sobre mis tetas atrapadas. Solté un grito de dolor e intenté sacar mis pechos de aquel cepo de cerámica. Entonces ella se sentó encima, aplastando mis tetas con su peso y atrapándome sin escapatoria.
- Entiéndeme, zorrita. No tengo nada contra ti. Puedes ser todo lo guarra que quieras. Pero no en mi trabajo. No llegar aquí y pretender que dejemos que nuestros compañeros piensen que todas tenemos que ser así de zorras. – dijo ella, retirarse hacia atrás, liberando bastante presión sobre mis pechos.
- Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Y lo siento mucho.
A pesar del dolor intenso, mis ojos estaban clavados en su entrepierna. Tenía sus piernas abiertas una a cada lado de mi cuerpo, por lo que mi cara quedaba a la altura de su sexo escondido tras la fina tela de su pantalón. Esa zorra me odiaba y me estaba haciendo sufrir. Pero por unos segundos llegué a imaginar cómo sería ese coñito que tenía tan cerca de mi boca. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué tenía que sexualizar todo? Hasta a la más insufrible y odiosa de las mujeres.
- ¿Seguro? – me preguntó, echando su peso hacia delante de nuevo.
- Sí, sí. De verdad. Te lo juro Carla. Lo siento muchísimo. Soy una zorra estúpida. Perdóname. – le supliqué entre lamentos.
Carla se levantó de la taza, pero antes de que pudiera sacar mis tetas de aquella trampa, puso su pierna izquierda sobre ella empujando con fuerza. Aunque dolía, no era comparable a todo su peso. La miré suplicante soportando el dolor, pero no parecía suficiente para que me liberase. Comencé a suplicarle de palabra, humillándome todo lo que podía, sintiendo como ese dolor y verme allí, arrodillada bajó su bota, me estaban excitando. No sé qué coño había hecho aquel viejo en mi mente. O quizás ya era así y por eso me masturbaba viendo escenas parecidas a esta. Notaba mi sexo mojado. No podía ponerme cachonda que una compañera me maltratase. Y no sabría decir si fueron mis ganas por escapar de la tortura o el propio calentón de sufrirla, pero mis labios fueron a la bota que aplastaba mis tetas, para besar como una buena perrita sumisa. El primer beso desató el segundo, que siguió sumando hasta que mi lengua se intercaló con mis labios, agradeciendo a esa mujer que me estaba haciendo sufrir.
- Gracias. Muchas gracias, Carla. Gracias por aplastar mis tetas. Me lo merezco. Aprenderé la lección. Y si fallo, yo misma volveré aquí a que me aplastes las tetas como castigo. – le dije, entre besos y lamidas en su bota.
- ¡Dios! ¡Es patética! – Escuché a Laura detrás de mí.
- ¿Lo tienes? – preguntó Carla emocionada.
Carla bajó su pie de la taza y yo suspiré aliviada. Aun así, no me moví. Me mantuve arrodillada, con los pechos atrapados en el váter. Escuchaba hablar a mis dos compañeras a mi espalda con mi mente envuelta en mis propias sensaciones. Sus cuchicheos y risas me pinchaban como agujas en mi dignidad. Y esa vergüenza y humillación que sentía se convertía en excitación acariciando mi cuerpo desnudo. Ni siquiera atendí a lo que hablaban, ni para descubrir que sería lo siguiente. Tampoco debí escuchar cuando me ordenaron ponerme en píe. Fue cuando tiraron de mi pelo hacia atrás que desperté devuelta a la realidad.
Caí de culo fuera del retrete. Desde el suelo vi cómo se reían de mí, con un rollo de cinta de embalar en la mano. Me hicieron ponerme en pie y comenzaron a estirar esa cinta transparente frente a mí. Era muy ancha, de las que usan en los muelles para cerrar las cajas. Supongo que por eso tardó tanto Laura.
Me llevaron frente a un espejo y comenzaron a dar vueltas a mi cintura, envolviéndome con ella. Apretaban bastante fuerte, se notaba que lo hacían con saña. Después pasaron por debajo de mis pechos, haciendo que estos quedasen más levantados. Hicieron lo mismo en mis muslos, rodeando mis nalgas, dejándolas bien apretadas. Yo solo pensaba en lo mucho que me costaría y dolería quitarme todo aquello.
- Ya que te gusta que te miren las tetas, vamos a hacer que nadie pueda evitarlo. – dijo Laura.
Rodearon mis pechos desde la base con varias vueltas bien apretadas. Dejando que mis senos quedaran hinchados y obscenamente parados. Era doloroso, pero no sabría decir si era por tenerlos así de apretados, o por otra cosa, que mis pezones se levantaron en armas hacia mi reflejo del espejo.
- Y ahora, como castigo, cerraremos tus agujeritos. Así se te quitarán las ganas de follar con nuestros compañeros. – dijo Clara.
Haciendo que abriese mis piernas, pasó la cinta entre ellas, atravesando mi vagina y entrando entre mis nalgas. Después continuó rodeando mi cintura para asegurarse que la cinta no se movería de su sitio.
Tuve que posar para ellas, entre sus risas. Sintiendo mis pechos explotar y el roce de la cinta en mis labios y clítoris. Notaba lo mojada que estaba y ellas también lo vieron, por lo que las vejaciones aumentaron.
- ¡Que cerda eres! Te pone cachonda cualquier cosa que te toque. – dijo Laura.
- ¿Sí? Seguro que si te hago así… te corres. – dijo Carla, frotando su dedo en la cinta que tapaba mi sexo.
Ella continúo estimulando mi clítoris por encima del plástico pegajoso de la cinta. Intenté aguantar, en un efímero resquicio de honor, pero acabé dejando escapar un jadeo. Las chicas explotaron en una carcajada. Pero fue peor que dejase de tocarme. Era patética. Me estaban humillando mis compañeras y yo me derretía con las caricias de sus dedos.
- ¿Te gusta? ¿Quieres que siga tocándote? – me preguntó Carla, sin atreverme yo a contestar.
- ¡Que asco, tía! No le toques el chocho a esta guarra. – dijo Laura.
- Por eso le he puesto la cinta, para no tocarla directamente. Pero quiero que reconozca que es una cerda y que desea que la toque.
Sus deditos volvieron a mi sexo y comenzaron a acariciar mi zona más sensible. Sentía el duro plástico clavándose en mi coñito y entre mis nalgas, rozando mi ano. Ellas dos, completamente vestidas, sonrientes, vencedoras… Y yo allí, como una vulgar puta. Peor que una puta, porque ellas ni siquiera me pagaban. Ni siquiera les atraía sexualmente. Su único placer era hacerme sufrir. Y yo me estaba derritiendo entre mis piernas.
- Dilo, zorra. Lo sé. Se que te pongo. He visto como me mirabas el coño cuando estaba sentada en el váter. Te morías por lamerlo, como has hecho con mi bota. ¿A que sí?
- ¿Qué dices, tía? – decía sorprendida su amiga.
- Lo que oyes, Lau. Esta zorra no le hace asco a nada. Está deseando comerme el coño. Y seguro que el tuyo también.
- ¿Qué? Pues ni de coña. A mí no me van las mujeres.
- Ella no es una mujer. Es una muñeca hinchable. ¿No la ves? Un juguete sexual. Como un consolador más. Solo tiene que reconocerlo y la usaremos como lo que es.
Sus palabras y sus dedos me estaban volviendo loca. No podía dejarme llevar por mi calentón… Intentaba aguantar, pero era difícil. Carla desabrochó su pantalón y metió su mano libre bajo su ropa. Se estaba masturbando delante de nosotras, mientras hacía lo mismo conmigo. No me lo podía creer. Aquello se estaba caldeando demasiado. Tanto que sorprendí a Laura tocándose disimuladamente por encima de su pantalón.
- ¿Quieres que te usemos como un juguete? ¿Qué te pongamos de rodillas y comernos los coños? – me dijo Carla, frotando más fuerte mi plastificado sexo.
- ¡Mmmm! – fui lo único que atiné a decir.
- ¡Responde, guarra! ¿Es lo que quieres? ¿Quieres que te usemos como un consolador? – dijo ahora Laura, pellizcando uno de mis duros pezones.
Las dos tenían sus dedos dentro de sus ropas, tocándose mientras me tocaban a mí. Aquello ya había traspasado el acoso laboral, para ser una violación en toda regla. Lo sería… si yo no lo desease. Pero era así, esos deditos y verlas a ellas disfrutar de mi cuerpo mientras se tocaban… me estaban volviendo loca… Quería aguantar… pero era demasiado. Carla sacó la mano con la que se estaba tocando y la llevó a mi cara. Estaba brillante y mojada. Sin pensarlo, abrí mi boca para saborearlo. Debí cerrar los ojos sin darme cuenta. Pues esperando probar el sabor de mi compañera, no vi como su mano cogió impulso y me soltó una tremenda bofetada en la cara.
- ¡Pedazo de guarra! ¿Te piensas que somos unas putas como tú? Ahí te quedas zorra. Me llevo esto de recuerdo. – dijo Carla, cogiendo mi tanga con dos dedos.
- A cambio tú te quedas con nuestro aroma. – dijo Laura, restregándome su mano manchada de flujos en mi cara.
Carla guardó mi tanga en su bolsillo y ambas salieron muertas de risa de aquel baño. Había quedado completamente humillada. Y no solo por todo lo que me habían hecho. Me habían engañado para que las deseara. Y así fue. Estaba humillada y cachonda frente al espejo. Y con mi cuerpo envuelto en cinta de embalar.
Escuché unos pasos en el pasillo y seguidamente abrirse la puerta. Era Carmen. Me tapé como pude, pero era inútil. Ella intentó aguantar la risa, pero acabó estallando en una sonora carcajada. Después de aguantar sus risas mirándome. Me dijo que don Ernesto había vuelto a llamar diciendo que, si no estaba en la nave nueva inmediatamente, no me molestase en volver mañana. Bajó su mirada y sus risas, me vestí con la cinta pegada a mi piel como ropa interior.
- Te vas a coger una pulmonía. – me dijo, al ponerme el top recién sacado del váter.
No me molesté en contestarla. Estaba segura de su implicación con estas dos. No sabía los motivos, pero estaba claro que Carmen no me quería allí. Salí a la oficina corriendo, sin fijarme en cuantos de mis compañeros se percatarían de mi estado. Con la camiseta chorreando y mis tetas aplastadas por la cinta, debía ser el foco de todas las miradas. Fui a por mí bolso y mi abrigo, pero este último no estaba. Miré hacia la mesa de Carla y Laura, que eran incapaces de aguantar la risa. No tenía tiempo de discutir con ellas, por lo que salí así a la calle.
Corrí como nunca en mi vida por las calles mojadas que separaban ambas naves. Por suerte en ese momento no llovía, aunque ya iba yo empapada sin necesidad de más. La gente me miraba y me silbaba. No era para menos, sentía mis pechos botar bajó el top, a pesar de ir bien encintados. Mis bajos estaban sufriendo el roce del plástico, que se había despegado un poco por mi propia humedad. Fue un tormento, pero el miedo a ser despedida podía más que la vergüenza o el dolor.
Al llegar a la nave encontré la puerta abierta. Me sorprendí que esta vez no hubiera ruido de trabajadores. Al no escuchar nada, subí a la sala donde conocí a don Ernesto. Llamé a la puerta y él me ordenó pasar.
Al entrar le vi, sentado tras la misma mesa donde me hizo la entrevista. Pero no estaba solo. Tres hombres estaban sentados a los lados, fumando y bebiendo unas copas. Pero eso fue lo que menos llamó mi atención. Sobre la mesa, una torre de billetes de 50 euros enorme. No podía calcular cuánto dinero había allí, pero más de lo que había visto nunca junto.
- Llegas tarde. – dijo don Ernesto.
- Lo sé… discúlpeme, don Ernesto. Es que…
- ¿Y esas pintas? – me interrumpió.
- Eso quería explicarle. Unas compañeras…
- Me da igual. Ya me lo contarás en otra ocasión. Tiene pinta de ser interesante.
- Sí, don Ernesto. Creo que le gustará saber cómo me humillaron dos compañeras de la oficina. – le dije, sin importarme los tres desconocidos que nos acompañaban.
- Como sabes, hoy es el día de cobro. Y tengo que reconocer que estoy muy complacido con tu primer mes como mi secretaria.
- Muchas gracias, don Ernesto. – contesté, sin poder dejar de mirar la montaña de billetes.
- Por eso, este dinero es para ti. Aquí hay diez mil euros. Mucho más de lo que acordamos. Estaba muy contento con tu comportamiento. Y por eso iba a pagarte todo esto y luego celebrarlo contigo y con mis amigos. Pero como has llegado tarde…
- Pero… don Ernesto… No ha sido culpa mía… Carmen me lo dijo tarde. Miré como vengo… No he podido ni secarme ni nada…
- Me da igual. No me importan tus problemas. Aun así, depende de ti el dinero que vas a ganar. – dijo él, haciendo que le prestase toda mi atención.
- Te presento a mis amigos. Señores, esta es Siete. No necesitas saber sus nombres, ya que tú no eres nadie. Solo te diré, que los conocí en el club, por lo que compartimos el gusto de disfrutar de jóvenes putas.
- Encantada, señores. – les saludé, imaginando lo que venía a continuación.
- Como te digo, pensaba darte todo esto y luego compartir con mis amigos mi juguete. Pero como has fallado, descontaré un billete por cada minuto que pase hasta que mis amigos estén bien relajados.
Como un sentido arácnido algo se encendió en mi cabeza. Inmediatamente pase a ver aquella sala de manera diferente. Lo primero fue fijarme en los tres hombres. Sentados a la izquierda de la mesa había un hombre de unos 50 años. Salvo la barba descuidada y el pelo lacio bastante ridículo, se parecía a don Ernesto. Aunque tengo que reconocer que mi jefe me parecía más atractivo a pesar de tener un físico similar. Junto a él, diría que el más viejo. Un hombre muy delgado y con el pelo canoso. Casi tenía cara de buenazo, pero si era amigo del club… Al otro lado de la mesa, el más joven. Un cuarentón, que sin llegar a ser nada del otro mundo, era de lejos el más atractivo. Moreno, de comprensión normal y con una barba arreglada. Mi mente ya estaba pensando en cómo conseguir que esos hombres se corriesen rápidamente. Ni siquiera llegué a plantearme que iba tener sexo con tres viejos desconocidos. Era mucho dinero…
- Ahora todo depende de ti. Esta en tus manos ganar más o menos. Bueno… manos o lo que quieras. Ellos solo harán lo que tú les dejes. Al fin y al cabo, eres tú quien paga… - dijo don Ernesto, acariciando el fajo de billetes.
Por primera vez, yo tenía el control. Eso quiere decir que no tenía que follar con ellos. Solo hacer que se corriesen. Pero rápido, muy rápido. Cada minuto me costaría 100 euros…
- Pues… ¡adelante! – dijo don Ernesto, colocando su móvil frente a mí con el cronómetro en marcha.
Inmediatamente me lance a los dos viejos que seguían sentados tranquilamente. Me arrodillé frente a ellos y comencé a acariciar sus paquetes sobre los pantalones. En mi cabeza podía escuchar un ilusorio reloj resonar. Creo que era mi corazón, sabiendo el dinero que podía ganar. O más bien perder si no conseguía que se corriesen pronto. Los viejos no se movían. Ni siquiera hacían la intención de sacarse las pollas. Comencé a desabrochar el pantalón al más viejo, pero así sentado me estaba costando mucho y no había tiempo que perder.
- Venga guapos, enseñarme que tenéis para mí. – les dije, intentando meterme en mi papel.
Por fin se movieron, los dos se bajaron pantalones y calzoncillos y volvieron a sentarse. Frente a mí, dos pollas flácidas y peludas. En el caso del más mayor, de color blanco. Era lo menos apetecible del mundo. Y parecía que tenía que empezar de cero. Agarré cada una con una mano y comencé a masajear esas cositas blandas y arrugadas.
Con mis manos se pusieron duras en poco tiempo. No tenía claro si era todo gracias a mí, o había habido ayuda en forma de pastilla azul, pero me daba igual. Comencé a pajear ambas pollas, pensando que aún me quedaba otra por descubrir. Pero solo tenía dos manos…
En mi izquierda estaba la del cincuentón, una polla pequeñita pero regordeta, a juego de su dueño. En cambio, la del más mayor era muy larga y curvada hacía arriba. Mi mente comenzó a pensar cómo sería tenerla dentro de mí. Si ese tamaño y esa forma me daría un gran placer. Pero no… saqué esa idea de mi cabeza. No iba a follar con esos viejos. Ni de coña…
- Si piensas hacerlo así vas a perder todo tu dinero. – dijo el cincuentón.
- Ernesto, dijiste que era la mejor puta que habías probado. A mí me parece una pajillera de 20 euros. – añadió el abuelo.
- Tranquilos señores, ella es libre de decidir qué hacer con ustedes. Es su dinero. – dijo don Ernesto, señalando su móvil.
Me sentí extrañada al escuchar a mi jefe defender mi actitud. Pero aquellos viejos verdes tenían razón. Solo con mis manos tardaría demasiado en hacerlos acabar. Y aún faltaba otro hombre. Miré ambas pollas en mis manos. Deberían darme repelús y en cambio tenía curiosidad por descubrir su sabor. ¿Sería por haber tenido tantas veces el miembro de don Ernesto en mi boca? Prefería pensar eso, pues reconocer que el calentón que tenía era por culpa de Carla y su amiga. En mi mente sonaba mejor ser la puta de un viejo, que una bollera lame coños.
Llevé a mi boca aquel palo curvado y comencé a saborear la punta. Estaba rica, tanto que me deje llevar. Unos pocos chupetones e intente tragarla entera, sin éxito. Ellos se animaron con mi cambio de estrategia y comenzaron a vitorearme para que chupase.
- ¡Chupa! ¡Chupa! ¡Hasta el fondo!
- ¿Esta rica? ¿te gusta comer rabo de viejo?
Cuánto más me decían, más caliente me ponía. Todo el frío que había pasado caminando mojada por la calle había desaparecido. Cambiaba de una a otra, intentando tragarla entera, chupando con ansia después de no conseguirlo. Debía centrarme en hacerles acabar, pero mi cabeza se perdía en simplemente darles placer y recibirlo yo mamando como tanto me gustaba.
- Desnúdate zorra. Queremos verte esos melones. – me dijo el más viejo.
No había caído en eso. No me había quitado la ropa. Cierto era que el top blanco y mojado dejaba ver prácticamente mis tetas deformadas por la cinta. Y por más vergüenza que me diese que descubrieran lo que llevaba debajo, también me ponía. Dejé de mamar por unos momentos para quitarme el top y descubrir mis tetas encintadas e hinchadas. Ver sus caras de perversión me pusieron a mil. Entre insultos y frases vejatorias hacía a mí, me quité el pantalón y quedé desnuda, a excepción de mi lencería de plástico. Me arrodillé de nuevo entre los dos hombres y agarré sus miembros a la vez que ellos agarraban mis tetas. Me dolía bastante, pues no eran nada delicados y la zona estaba más que dolorida, pero me gustaba. Ya estaba a mil y ellos parecían que también. Pero faltaba uno.
- Vamos nene, no seas tímido, únete a la fiesta. – dije mirando al cuarentón.
Continue chupando a los dos abueletes, disfrutando enormemente. No quería pensar en cómo me calentaba con dos viejos, era mejor solo disfrutarlo. Pronto sentí como algo golpeaba mi mejilla. Era el tercer hombre, llamando mi atención con pollazos en la cara. Ya la tenía dura, todo un detalle por su parte. Era normalita, ni grande ni pequeña, ni gorda ni delgada. Pero bonita. Quizás el tener la zona depilada lo hacía más atractivo. Ya casi ni me acordaba lo que era ver unos huevos sin pelo. Por ello la engullí rápidamente, mientras con mis manos pajeaba a los otros dos.
Aquello se convirtió en un descontrol. Sus manos recorrían todo mi cuerpo, centrándose en apretar y amasar mis pechos amoratados. Mis manos se movían sin ningún ritmo pajeando, mientras me concentraba en chupar con desesperación al que más me insistía. Unas veces llamaban mi atención golpeándome con su polla en la cara, otras estirando mis pezones. O con simples órdenes al más puro estilo de don Ernesto.
- ¡Vamos puta, chupa!
- Me toca, zorra. ¡Trágatela hasta el fondo!
Lejos de molestarme sus palabras o su forma de tocarme, me estaban calentando. No podía entender la razón, pero notaba como la cinta de mi coño comenzaba a despegarse por lo mojada que estaba. Me sentía muy zorra, allí arrodillada ante tres hombres que me tocaban sin remilgo alguno. Usándome tal y como lo que era, una puta. No buscaban mi placer, solo complacer el suyo. Y yo estaba allí para eso. Para hacerles correrse rápido a costa de mi dinero. Era como si estuviera pagando para hacerles disfrutar. Miré el reloj y ya llevaba 12 minutos. 1200 euros por chupar tres pollas. Era un precio aceptable.
De repente comencé a sentir como separaban mis nalgas. Era el cuarentón, pues los otros dos no se habían movido de sus cómodas sillas. Notaba su polla tiesa recorrer la cinta que atravesaba mi culo, intentando llegar a mis agujeritos. Debía dar gracias a Clara y Laura. Al menos mis orificios estaban a salvo. Como ellas querían, hoy no me iba a follar ningún hombre. ¿Pero era lo que yo quería?
El hombre continuaba su intento frustrado por metérmela. Aquello me estaba poniendo a mil. Lo que hacía que mamase con más ganas. Y ya que solo tenía que preocuparme por dos penes, mi mano daba buena cuenta a la que no estaba en mi boca. Sintiendo como aquella barra dura intentaba entrar en mi coñito comencé a desearla. Pensé en arrancar esa cinta y que me follase. Y aunque el dolor que iba a sentir también me echaba atrás… Un pensamiento me excitaba sobremanera. No ser follada por el capricho de Carla. Esa maldita zorra que tanto me odiaba. La misma que me había hecho desear probar su coñito y luego me mojó la cara con sus jugos. ¿Por qué deseaba obedecerla?
Mis ojos se fueron a los huevos de aquel cincuentón. Una mata de pelos casi no me dejaba verlos bien. Comencé a pensar si Carla estaría depilada o no. Seguro que sí… pero ojalá no. Ojalá tuviera su coño bien peludito, como esos huevos. Que me hiciera comérselo así. Que mi boca se llenase de pelos de su coño. ¿Por qué me ponía tanto? ¿Por qué estaba lamiendo esos huevos como si fuese un chochito peludo?
Mis manos iban frenéticas subiendo y bajando dando placer a esos viejos. Y mi boca lamía sus pelotas con deseo. El hombre a mi espalda tiraba desesperado de la cinta. Pero Carla había hecho un trabajo excelente. Por más que me hiciera sufrir con los tirones, la cinta no se rompía. Notaba mi coño y mi ano irritados, pero le dejé hacer. Podía hacerle parar, yo decidía. Pero me ponía más esto. Sufrir en las manos de esos hombres, por capricho de la zorra de mi compañera.
- ¡Dios, me voy a correr! – gritó el cincuentón.
Me concentré en él, pajeándole con todas mis ganas y usando mi boca para ayudarme. Podía hacer que eyaculase en el suelo, o sobre su propia tripa. Pero estaba demasiado cachonda, demasiado salida, demasiado sumisa.
- ¿Dónde quiere correrse, señor? – le dije, con cara de niña muy guarra.
- En tus tetas. Quiero mancharte las tetas y que lo restriegues bien. – dijo él bufando.
Erguí mi espalda y apunté con su venoso miembro a mis doloridos pechos. Mi puño golpeaba mis tetas mientras le pajeaba, haciéndome ver las estrellas, pero disfrutando de ese dolor. El viejo no tardó en correrse, llenando mis apretados pechos por completo y salpicando mi cara. El cuarentón no detuvo sus intentos de llegar a mis agujeros hasta que consiguió introducir un dedo en mi coñito. Estaba tan mojada que la cinta ya no pegaba, pero era tan tensa que casi no podía meter el dedo. Lo suficiente para volverme loca de placer y a él ponerle más cachondo y frustrado. Yo disfrutaba de su desesperación, restregando la lefa del viejo en mis tetas amoratadas, pensando en la culpable de todo esto. Sabiendo lo cachonda que me quedaría por culpa de mi compañera.
- Ahora voy yo zorra. Trágala toda. – dijo el más viejo.
Me la metió en la boca aprovechando que yo estaba jadeando por la incursión de los dedos de su amigo. Fue una follada salvaje a mi garganta. Era tan larga que notaba como llegaba a mi campanilla. Mis ojos lloraban y solo podía concentrarme en aguantar las arcadas. Pero ese dedo continuaba entrando en mí. Un triste dedo. Eso es solo lo que tendría por culpa de Carla. Esa maldita zorra que tanto me ponía.
El viejo explotó en mi garganta y no aguanté más. La arcada fue más fuerte y comencé a toser aún empalada por su polla en mi boca. Sentí como su semen salía desbordado entre mis labios y su rabo. Incluso por la nariz, bloqueándome toda posibilidad de respirar. Debí ponerme roja o morada, al menos yo me sentía así. El viejo se retiró de mí con cara de asustado. Fueron unos segundos de desesperación, hasta que toda su corrida salió de mí por la boca y la nariz, dejándome la cara y las tetas cubiertas más todavía de aquella crema blanquecina.
El cuarentón saco su dedo frustrado. Se había dado cuenta de que era imposible metérmela. Aun con la cara desencajada y los ojos llorosos, le miré y sonreí. Ese cabrón me había puesto a mil con sus intentos, sin saberlo. No podía imaginar que sus manos o su polla me daban igual. Era el hecho de no poder recibir placer por Carla lo que me ponía tanto. Miré el reloj. 28 minutos llevaba ya. A 100 euros el minuto, más me valía terminar rápido con ese hombre. Pero algo me pedía seguir disfrutando de mi tortura. De esa castidad impuesta por mi compañera. Estaba asquerosa. Con mi cara y cuerpo cubiertos de lefa y babas. Mis tetas doloridas y mi coñito irritado. Y quería más. Me tumbé en el suelo y abrí mis piernas, a la vez que movía mi dedo haciendo gestos a ese hombre para que viniera a follarme.
Él debía estar tan desesperado como yo, pues no le importó lo sucia que estaba. Se quitó los pantalones y tumbándose encima de mí volvió a la carga. Su polla se frotaba con mi coño plastificado intentando entrar. Ese roce, ese estímulo en mi coñito, como el que me había dado Carla con sus dedos… Me moría. Si tan solo le menease su polla unos minutos acabaría rápido. Pero esa sensación de frustración por sentir mi coño cerrado al placer… Saber que estaba perdiendo mucho dinero por ella. Por obedecer sus caprichos. ¡Joder como me ponía! Deseaba esa polla. Deseaba ser follada por ese desconocido. Pero me iba a quedar así, cachonda por ella.
Yo intentaba separar la cinta fingiendo dejar paso a su miembro, pero era inútil. Estaba demasiado ceñida para dejar que nada más fino que un dedo entrase en mí. El hombre se cansó de intentarlo, cogió mi mano y me hizo agarrar su polla sobre mi coño. Yo apreté suavemente, dejando que su herramienta escurriese por mi mano mojada de mis flujos y el semen de sus compañeros como lubricante. Y así el hombre me folló la mano, sobre mi coño. Con sus depilados cojones golpeando mi irritado chochito. Hasta que noté que se iba a correr. Levanté como pude la cabeza, deseaba verlo. Ver como esa polla me follaba la mano y se corría sobre mi cuerpo dolorido y atado. Manchando por completo mi vientre, mis tetas y también mi cara.
Quedé tumbada en el suelo sin poder moverme. La cinta de mi entrepierna se había clavado en esa zona tan sensible y me dolía horrores. Pero era feliz. Estaba muy cachonda. Deseaba más. Los hombres se levantaron ya recompuestos de sus ropas. Don Ernesto se acercó a mí con el móvil en la mano. 39 minutos. No era capaz de calcular cuánto dinero era eso. Mi cabeza no estaba para multiplicar. Solo quería más. Más polla. Más humillaciones. Más frustración.
- 39 minutos por 100 euros el minuto, son un total de 3900 euros que te ha costado sacarles la leche a tres hombres. Espero que estes contenta.
- Sí. Mucho, don Ernesto. Pero falta usted. Vuelva a activar el tiempo y deje que su puta haga su trabajo. – le dije, intentando incorporarme dispuesta a continuar.
- Ni de coña, zorra. Das mucho asco. Yo he invitado a mis amigos a una puta. Ahora que me inviten ellos a mí. – me dijo mi jefe, empujándome con su pie para que me mantuviese en el suelo.
Quise protestar, pero sabía que no había nada que hacer. No entendía porque prefería a otra puta teniéndome a mí. Don Ernesto cogió el fajo de dinero, descontó la parte que yo había perdido y tiró el resto encima de mí. Cubierta de semen, babas y billetes, vi como mi adorado jefe salía de aquella sala con sus amigos. Dejándome allí tirada, cubierta de dinero, sin saber cómo volvería a casa en esas condiciones.
Sin darme cuenta mi mano fue a mi irritado coñito. Las leves caricias de mis dedos me dolían, pero a pesar de la cinta que impedía el contacto directo, me encantaba. Allí tirada, sintiendo como los billetes se mojaban en el semen de tres hombres diferentes… Estaba a mil. Cerré los ojos y continue tocándome, despacio para no correrme. Eso me ponía más cerda todavía. Sufrir el dolor sabiendo que no tendría placer por la zorra de Clara.
- ¡No me lo puedo creer! Carmen tenía razón. – escuché una voz de mujer.
Abrí los ojos asustada y allí estaba Clara, mirándome desde la puerta. Quise detener mi mano, pero mi cuerpo no obedecía. Mi mente me decía que ya estaba bastante patética. Y masturbarme delante de ella solo era la guinda para mi humillación. Vi como dejaba su bolso y su abrigo en una de las sillas. Carla me miró y desabrochando sus pantalones vino hacia a mí, diciéndome:
- Si eres la puta de la empresa, yo también quiero disfrutarte.
Continúa en
- Relato #195070— title-regex: contiguous parts (3 -> 4)
Relatos similares
- Hetero: Infidelidad
Fui infiel a mi marido y lo gocé-el hijo del jefe
El jefe de mi marido creyó que me tenía bajo control, pero la llegada de su hijo cambió las reglas del juego.
Comparte:Trio mfmBdsm suaveDominacion femenina
- Hetero: Infidelidad
Montando a mi mujer: La Orgía
Bajo la lluvia, Gema espera el BMW azul que la llevará a cumplir su fantasía más oscura: ser montada por una jauría de hombres.
Comparte:Bdsm suaveSumision como liberacionDespertar y descubrimiento
- Hetero: Infidelidad
MI PROFESORA: El tamaño sí que importa y mucho
Morgana no era solo su profesora; era la mujer que había despertado su deseo más prohibido. Ahora, con la promesa de volver a tocarla, Pietro acepta…
Comparte:Bdsm suaveDominacion femeninaTrio mfm
- Hetero: Infidelidad
Esposa madura pillada follando con otro
Maribel sabía que su marido no volvería a tiempo. Sabía que él creía tener el control de su vida y su cuerpo.
Comparte:Trio mfmDominacion femeninaOrgia pequena
- Sexo Anal
Crisis Matrimonial, 2
Elena siempre dijo que sería solo una aventura de verano, una escapada anónima antes de que ella regresara a Francia.
Comparte:Trio mfmDominacion femeninaBdsm suave
- Dominación
Mala compañía Vol.1
Blake llegó con la intención de proteger a su familia, pero Petra tenía otros planes. Lo que comenzó como una acusación de infidelidad se transformó…
Comparte:Dominacion femeninaBdsm suaveHeterosexual general