Siete (3)
Don Ernesto no solo quiere su cuerpo, quiere su alma. Y para eso, no hay límites que no cruzar, ni dignidad que respetar. En esa oficina, Diana no es una empleada, es un juguete, y el juego apenas comienza.
Eran las 7:30 de la mañana y estaba de nuevo en aquel polígono industrial. Está vez, la dirección era otra. Una gran nave con muelles de carga para camiones, muchos camiones.
En mi insomnio propio de los nervios, había estado investigando sobre la empresa de don Ernesto Espinosa. Una empresa de logística con envíos internacionales por carretera. Según pude ver, él había fundado aquella empresa con un camión, llegando ahora a facturar millones de euros al año. Ese viejo verde no era solo un pervertido.
Pregunté en recepción 10 minutos antes de las 8. Él no había llegado aún, pero cordialmente la recepcionista llamó a una tal Carmen, la cual me indicó cuál sería mi mesa y comenzó a explicarme mi trabajo “oficial”. A pesar de su profesionalidad y buen trato, sentía que ella sabía perfectamente cual era mi verdadero cometido en aquella empresa. Quizás fuera solo paranoia mía…
Las tareas que me encargó fueron muy sencillas, básicamente memorizar la agenda de la semana de don Ernesto y revisar las siguientes. Por lo que en poco tiempo estuve sin hacer otra cosa que darle vueltas a la cabeza, a lo ya vivido ayer y lo que me depararía durante un año.
Los nervios y el miedo podía decir que eran mis mayores sentimientos en ese momento. Pero la excitación palpitante en mi sexo no me permitía centrarme en ellos, por más que anoche me sacié tres veces intentando calmar la calentura y conciliar el sueño.
Y sí, me sentía mal por 5. Seguramente fuera lo más rastrero que había hecho en mi vida. Una puñalada trapera, después de toda su ayuda. En aquellas horas fue mi único apoyo. La primera persona con la que había conectado en mucho tiempo. Casi apreciaba algún tipo de sentimiento hacía ella. Como una amistad única… algo más. Y había mentido para eliminarla. Pero era por una buena causa.
Sobre las 11 llegó don Ernesto. Carmen le entregó unas carpetas después de saludarle y este continuó su camino hacia su despacho sin siquiera mirarme.
Continúe poniéndome al día de mis tareas laborales, que no eran demasiadas. Parecía que la verdadera secretaria era la tal Carmen. Una mujer de algo menos de 40 años, con buen físico, pero nada comparado conmigo o cualquiera de las otras candidatas.
Nosotras estábamos en la segunda planta, junto con el despacho de don Ernesto y otro más, del que no vi salir ni entrar a nadie. La primera planta era una oficina más amplia, llena de mesas y varios despachos. Allí estaban todos los comerciales, administrativos y varios responsables con despacho. El resto era la nave, donde los trabajadores recibían y cargaban las mercancías en los camiones. A todas horas entraban y salían camiones, confirmando mis datos sobre la solvencia de aquella empresa.
Me estaba volviendo loca. Con todo lo que había sufrido ayer, pensé que mi día sería un no parar de sexo salvaje y guarro. Y ya eran casi las 5 de la tarde y don Ernesto no daba señales de precisar mis servicios. Paradójicamente, me sentía decepcionada. Debería estar contenta de no sufrir sus perversiones. No me entendía ni yo. Ni la razón de porqué sonreí feliz cuando abrió su puerta y reclamó mi presencia.
- Siete, ven.
Por primera vez vi a Carmen mirarme de mala gana. Me sentí muy humillada al ser llamada con mi número. Yo me había presentado ante ella como Diana. Pero daba igual. No debía dejarme influenciar por lo que mis compañeros pensaran. En un año ganaría lo que ellos en 10. Además, dudo que el dueño de esa compañía quiera que todos sus empleados sepan que contrata a una puta como secretaria.
Entré a su despacho y cerré la puerta. No creo que fuera a usarme allí, con Carmen al otro lado del fino tabique, pero seguramente podría decir algo comprometedor. Y vaya si lo dijo...
- Desnúdate y ven como la zorra que eres. Voy a explicarte algunas cosas mientras me chupas la polla.
Con bastante miedo a que Carmen entrase, me deshice de mi traje de chaqueta y la blusa blanca. El conjunto sexy de encaje, que había tardado horas en elegir para él, acabó en el suelo sin que don Ernesto se molestase en levantar la vista para verlo. Caminé a cuatro patas, rodeando su mesa y me hizo ponerme bajo ella, entre sus piernas. Bajé la cremallera y saqué con cuidado su polla flácida y sus huevos peludos. De nuevo ante esa verga vieja que tan cachonda me ponía. Metí en mi boca la pequeña salchicha y comencé a succionar con toda ella dentro.
- No me gusta la ropa que has elegido hoy. Te aconsejo que uses menos. Piensa que debes desnudarte y vestirte rápido varias veces al día, por lo que ya te irás dando cuenta que la ropa interior solo es un estorbo.
- Sí, don Ernesto. – dije, comenzando a sentir como crecía lo que tenía en mi boca.
- Además, quiero que todos vean lo buena que estás. Qué los hombres deseen follarte y las mujeres te envidien. Me gusta presumir de lo que me pertenece. Y quiero que toda la empresa desee lo que yo tengo.
- Sí, don Ernesto. – contesté, sacando su verga ya completamente dura y volviendo a mamar de inmediato.
- Quiero que grabes bien en esa cabecita de zorra estúpida una cosa. Aquí eres la última mierda. Cualquiera está por encima de ti. Desde el becario de la oficina, al mozo que acaba de entrar de aprendiz. Te comportarás sumisa con todos. Siempre les tratarás con una sonrisa y obedecerás en todo lo que te diga cualquiera. Eres una puta y no quiero que lo olvides. Obedecerás a todos, salvo que interfiera en algo que yo mismo te he ordenado. Y por supuesto, sí alguien se entera de tu contrato especial… ¡A la puta calle!
Aquello me asustó. Una cosa era ser su puta y tener que obedecer todos sus caprichos. Pero serlo de toda la empresa… de todas maneras imagino que sólo sería una forma de denigrarme. A ese viejo le gustaba hacerme sentir que era inferior. Y por mucho que quiera ocultarlo, aquello me excitaba. Además, nadie sabría realmente que soy una puta sumisa. Sus órdenes no irían más allá de lo estrictamente laboral.
- Sí, don Ernesto.
- Tu jornada laboral no acaba con el resto de tus compañeros. Te usaré hasta la hora que yo quiera, tanto aquí, como en mi casa o donde me salga de la polla.
- Sí, don Ernesto. – le dije, sintiendo que pronto saldría algo justo de ahí.
- Eres mía 24/7. Me da igual si estás cansada, si no has dormido o si estás con la regla. No hay vacaciones, no hay festivos. Firmaste tus condiciones con tu culo. Y ya sabes, cualquier fallo, a la puta calle.
Ni siquiera contesté, me esforzaba al máximo en darle placer mientras él me humillaba dejándome claro mis condiciones. Era simplemente una puta y se esforzaría en que no lo olvidase. Pero estaba muy cachonda. Notaba su polla palpitar. No entendía como podía excitarme deseando que su corrida inundase mi boca. Pero era así, estaba cachonda comiendo polla de viejo. Y se iba a correr en mi boca. Solo me decepcionaba que no estuvieran las otras candidatas para besarlas después. En ese momento, escuché como llamaban a la puerta.
- Pase. – dijo don Ernesto.
Escuché la puerta abrirse y el resonar de unos tacones sobre el piso. Me detuve asustada y frustrada. Unos segundos más y hubiera conseguido hacer que se corriese.
- Dime Carmen. Y tú no pares zorra, estoy a punto. – me dijo, llevando mi cabeza de nuevo a su brillante y venosa verga.
- Le traigo la oferta de los clientes de Italia. Si no necesita nada más, me iré ya. – escuché decir a Carmen.
No me podía creer lo que estaba pasando. ¿No le importaba que su empleada supiera que la nueva se la estaba chupando? Entendía que le importase una mierda mi reputación, pero… ¿Y la suya? Como fuese, daba igual. Mi trabajo allí era complacerle. Y mi excitación me ayudaba sobradamente en ese cometido.
- Espere un segundo más. No se preocupe, que no tardaremos mucho. – dijo él, llevando su mano a mi pelo y comenzando a jalar mi cabeza con ansia.
Él jadeaba sin importarle que su empleada fuese testigo. Unos segundos siendo follada brutalmente y cuando fue a correrse la sacó. Me hizo abrir la boca mientras se pajeaba en mi cara, terminando en ella. Deseaba su corrida directamente en mi boca y más después de sufrir sus embestidas. Al menos la mayor parte entró dentro, aunque me ordenó no tragarlo. Tenía mi cara, cuello y tetas llenas de leche. Era increíble lo que ese hombre podía eyacular. Estaba tremendamente excitada, pero también avergonzada por Carmen. Ella sabía que era yo quien estaba allí abajo. ¿Cómo podría mirarla a la cara mañana?
- ¿Ya, don Ernesto? – preguntó ella.
- Yo sí. Me he quedado muy relajado.
- Me alegro mucho. Entonces me voy ya. – dijo ella.
- Espere un segundo más. Quiero presentarle a su nueva compañera. Sal, Siete.
No me podía creer lo que me estaba pidiendo. ¿Cómo iba a salir delante de Carmen de esta manera? Desnuda y llena de semen… ¿Qué le pasaba a ese hombre por la cabeza?
- ¡Que salgas coño! – me gritó, tirando de mi pelo, haciéndome salir de debajo de su mesa.
Ya a la vista de Carmen, me hizo ir hacia ella a gatas, dándome una patada en el culo. Sin atreverme a mirar a mí compañera, fui hasta estar junto a sus pies. Don Ernesto no se molestó en guardarse su miembro goteante. Yo estaba alucinando y muerta de vergüenza.
- Carmen, esta es tu nueva compañera, Siete.
- Me dijo que se llamaba Diana… - dijo ella, menos sorprendida de lo que cabría esperar.
- Eso era antes. Ahora es Siete. Está aquí para servirme a mí y a todos. Mientras no la utilice, te ayudará en todo lo que necesites.
- Entendido, don Ernesto.
- Levanta. Quiero que te vea bien. Que vea ese precioso cuerpo terso y joven. – me dijo él.
Obedecí con la mirada en el suelo. No me atrevía a mirar a Carmen. Durante todo el día había sido la nueva con ganas de aprender, y ahora estaba desnuda y llena de semen de nuestro jefe. Don Ernesto me hizo quedar frente a ella, y empujando con su dedo mi barbilla me obligó a mirarla a los ojos mientras que él hablaba.
- ¿Has visto que piel tan suave? Siempre he dicho que la leche de toro es lo mejor para la piel de una mujer.
- Mira sus tetas. Son perfectas. ¿No crees? – continuó él.
- Sí… están muy bien. – contestó ella.
- Tienen un tamaño perfecto, ni grandes ni pequeñas. Y muy duritas y firmes. Fíjate que pezones más duritos. Esta siempre excitada. Como a mi me gustan. – hablaba el viejo, mientras tiraba de mis pezones y hacía botar mis pechos.
- Ya veo… - contestaba escuetamente.
- Mira bien, Siete. ¿Ves los pechos de Carmen? Son grandes, pero no están tan firmes como los tuyos. Se mantiene bien para su edad. Mucho gimnasio, buena alimentación, una buena vida… pero no está tan buena como tú.
No podía creer lo que estaba pasando. Mi jefe me estaba comparando con su otra secretaria, como dos objetos sexuales. No pude evitar mirar su cuerpo con otros ojos. Ojos de lujuria, pues aunque quisiera ocultarlo, estaba muy excitada. Quizás el sujetador le favoreciera, pero sus pechos parecían bien firmes. Y grandes. Más que los míos al menos. Tenía buen tipo. Cintura estrecha y unas caderas anchas, que le daban un aire sensual a su figura. Y era guapa, muy guapa. ¿Por qué la veía tan guapa? Nunca me habían atraído las mujeres, pero ese hombre desataba mis instintos más animales. Es cierto que no era tan joven como yo… pero tenía algo… ¿También me ponían las mujeres maduras? No tenía nada claro, solo que estaba muy cachonda.
- Y lo mejor no es su cuerpo joven y perfecto. Es lo guarra y sumisa que es. Enséñale a Carmen lo que tienes en la boca y trágalo, para que vea la cara de felicidad que se te pone. – continúo nuestro jefe
Como hice con las otras candidatas, miré a Carmen y abrí mi boca. Vi claramente como ella miraba el semen que aun tenia de nuestro jefe sobre mi lengua. Sin apartar la mirada de sus ojos, cerré y tragué todo, para después mirarla con una sonrisa de satisfacción. Me sentí una puta, muy humillada y muy salida.
Me hizo darme la vuelta y agacharme con las piernas rectas. Ahora mi culo y mi sexo quedaba al descubierto completamente. Me moría de vergüenza de que esa mujer viese mis partes más intimas como pocos lo habían hecho nunca. Pero casi era mejor eso que soportar su mirada.
- ¿Te das cuenta? No solo lo flexible que es. Fíjate bien. Está empapada. Y no la he tocado. Ni ella se tocó. Tiene el chocho encharcado solo de chuparme la polla. Es una autentica guarra. – decía él, mientras sentía sus miradas clavadas en mi sexo.
- Sí… ya veo, don Ernesto. – contestó ella.
- Siempre está mojada. Por ahí están sus bragas y seguro que están empapadas. Así es como me gustan a mí las mujeres, en celo. Dispuestas a ser usadas por su macho.
- Entiendo… ¿Puedo irme ya? – preguntó ella.
- Espera. Quiero que veas de lo que es capaz.
- Esta bien, don Ernesto.
Me mantuve en esa posición, notando mi coñito mojándose bajo la mirada de mi compañera, mientras él volvía a su mesa y sacaba un puro de su funda metálica. Encendió el puro y volvió hacia nosotras. No tenía ni idea de que perversión continuaría, pero estaba tan cachonda que la vergüenza era arrinconada en mi maraña de sentimientos.
Sentí una presencia cerca de mi zona expuesta. Después un aire caliente que me hizo estremecer. Acababa de echar una bocanada de humo de ese puro en mis sensibles agujeros. Y seguidamente como algo frio surcaba mis empapados labios de arriba abajo. Sin poder controlarlo, levanté mis caderas ofreciéndome más. Me moría de vergüenza, pero estaba muy cachonda. Deseaba esconder mi cabeza en un agujero y dejar el resto de mi cuerpo para su disfrute. Como un avestruz abstrayéndose de todo, dejando mi moral bajo tierra y mi cuerpo libre para la perversión.
- ¿Ves? Siente algo y pide que se lo meta. ¿Pero sabes lo mejor? Aunque ella desee que se lo meta en el coño. Si hago así… - dijo él, clavándome aquello en mi agujero anal sin miramientos.
- ¿Te das cuenta como su culito se traga cualquier cosa? Es una maravilla. Una mujer perfecta. Así deberíais ser todas. Mira como entra en su ojete. Se lo esta tragando.
¡Dios me moría de vergüenza! Era cierto. Mi culo estaba tragándose aquello, que sospechaba que era la funda del puro. Me estaba follando el culo con un objeto cualquiera, delante de su secretaria. El puesto que pensaba que sería mío. Una extraña rivalidad había entre nosotras, aunque ambas estuviéramos ya en nómina.
- Venga, Siete. Fóllate el culo delante de Carmen. Que vea como tu culito se traga todo eso sin lubricante. – me dijo él.
Todo me decía que aquello era demasiado. Que una cosa era ser su puta y otra serlo delante de una compañera de trabajo. Pero ya saba igual. Mi cuerpo ya se movía sobre aquel objeto cilíndrico que taponaba mi culo. Mi mente no reaccionaba como debería. Me estaba follando el culo, metiéndome cada vez más entre envestidas ese cacharro, delante de esa mujer. Él solo lo sujetaba y yo era quien apretaba el culo contra eso, con suaves movimientos que iban creciendo con mi calentón.
- ¡Mira! ¿Te das cuenta? Se le hace pequeño. Esta deseando que le meta mi polla.
- Sí… ya veo…don Ernesto. -decía ella.
- ¿Te gusta, Siete? ¿Te gusta follarte el culo con tu nuevo consolador?
No debía contestar. Eso era rebajarme al sótano de mi dignidad, pero lo hice:
- Sí, don Ernesto. Me gusta.
- ¿Te das cuenta, Carmen?
- Lo veo…. – contestó ella.
- De rodillas. – ordenó don Ernesto.
Como un resorte me di la vuelta y quedé arrodillada ante ellos. Sintiendo mi culo lleno, no pude evitarlo. A sus pies, mientras mi compañera me miraba, yo seguía meneando mis caderas para follarme el culo, sintiendo como toda esa vergüenza me excitaba cada vez más. Los miraba a escondidas, manteniendo mis ojos en zapatos. Cosa que me ponía más caliente. Sentirme tan inferior. Una puta follándose el culo delante de dos personas vestidas. ¡Estaba a mil!
- Se deshace por mi polla. Haría cualquier cosa por ella. Pero no se la daré más. En cambio, vas a ver como esta preciosa jovencita se derrite a mis pies. – dijo él.
Don Ernesto se acercó más a mí. Era cierto, en ese momento me moría de ganas por relamer la polla que sobresalía de su pantalón. Mis ojos se clavaron en ese flácido pene que antes había explotado en mi boca. La quería allí de nuevo. Casi me relamí delante de mi compañera.
Entonces él metió su pierna entre mis muslos, dejando su zapato junto a mi caliente sexo. Comenzó a darme pataditas en mi excitado sexo con el dorso de su impoluto zapato. Me dolían, pero me gustaban. Yo continue follándome el culo, mientras dejaba que ese viejo me pateara el coño delante de su empleada. Esos golpes me ponían a mil. Me dolía, pero me excitaban. Era todo muy raro. Deseaba huir, pero necesitaba más.
- Vamos, Siete. Frótate como la perra que eres. Quiero que Carmen vea como disfrutas a mis pies.
Completamente fuera de mí, lo hice. En cuanto dejó de golpear mi coño con su pie, comencé a frotarme con él. Notaba aquella zona dolorida al rozarse con la dura piel de sus zapatos. Esa mezcla de sufrimiento y placer que te vuelve loca. Acatando las órdenes de ese pervertido viejo, miré a mi compañera. Su cara irradiaba desprecio por mí, por verme allí, follándome el culo de rodillas, mientras gemía como una cerda aferrada a su pierna. Sabía que estaba mal lo que hacía. Que era rebajarme por completo como persona. Pero me gustaba. Mi visión estaba nublosa. Mis ojos estaban llenos de lágrimas. Quizás vergüenza, desesperación. O la mayor excitación que había sentido nunca. Pero así, frotándome con un zapato de un viejo, me corrí delante de esa mujer, entre gemidos y espasmos.
Caí rendida en el suelo, con mi cara junto a su pie. Su zapato estaba embardunado con mis flujos. No podía con mi cuerpo. Mi coño me ardía y mi culo me dolía, aún con aquello metido en él. Pero como si fuese irremediable. Como esa mujer enamorada que limpiar el miembro a su pareja después de regalarle un orgasmo. Lamí, con mi cara pegada al suelo, el zapato de mi jefe.
- ¿Ves, Carmen? Ella disfruta siendo una zorra. Es la mujer perfecta.
- Sí… lo veo… don Ernesto ¿Puedo irme ya? – preguntó Carmen, con la voz quebrada.
Don Ernesto por fin dejó que Carmen saliera. Yo estuve unos 15 minutos tirada en el suelo tal y como había quedado, mientras él recogía sus cosas para luego salir sin despedirse. Me puse mi ropa sin poder limpiarme con nada y salí del despacho. Estaba exhausta, pero aun caliente. Lamí la funda del puro que había follado mi culo y lo dejé sobre mi mesa. Quizás volviera a necesitarlo mañana…
A la mañana siguiente entre en la oficina muerta de vergüenza. Había pasado la noche pensando mil excusas para explicar de alguna manera lo que hice delante de ella, pero era imposible. Cuando llegué ya estaba allí, sentada en su mesa. Me saludó con desgana y continuó con su trabajo.
No hizo referencia a nada de aquello, ni ese día ni los posteriores. Me trataba con profesionalidad, aunque bastante distante. Solo aprecié algún gesto de rechazo cuando don Ernesto me hacía pasar a su despacho para usarme, cosa que era a diario.
Tampoco ayudó mi cambio de vestuario. Del elegante traje de chaqueta, pasé a vestir con ropa mucho más acorde para salir de fiesta que para ir a trabajar a una oficina. Faldas cortas o cortísimas, blusas con gran escote o trasparencias, pantalones y mallas ceñidas… nada demasiado exagerado, pero bastante revelador para mis compañeros.
La primera semana pasé el mayor tiempo complaciendo los caprichos de mi jefe. No volvió a exhibirme delante de Carmen ni nadie más. Pero eso no quería decir que no me humillara en la intimidad de su despacho, con ella al otro lado de la puerta.
Después comenzó a ir menos por allí. Al principio era un alivio para mí, que ya estaba agotada de tanto sexo salvaje y humillaciones. Aunque tengo que reconocer que ese rechazo por su parte me hacía echar en falta a ese viejo pervertido. Además del miedo a pensar que se estaría aburriendo de mí y eso podía suponer mi despido.
Al tener más tiempo libre intenté ayudar a Carmen con sus tareas. Pero ella siempre me derivaba a ayudar a otros compañeros de la oficina. De esta manera fui conociendo al resto de la plantilla. En su mayoría gente bastante joven, poco mayor que yo. Tal y como había ordenado don Ernesto, cumplía las tareas que cualquiera de mis compañeros me daba. Al principio fue bastante normal. Era la nueva y ellos me indicaban como hacer las cosas. Pero supongo que mi actitud sumisa, y mi vestimenta de calentorra, ayudaron para que no me tomaran muy en serio.
Se notaba en el ambiente que yo desentonaba allí. Los hombres de la oficina estaban contentos. La nueva estaba muy buena y siempre era simpática y obediente con ellos. Pero las mujeres, en su mayoría, me veían como una simple calientapollas.
Por miedo a que don Ernesto me despidiera, me comportaba siempre sumisa con todos y acabaron dándose cuenta de que podían mangonearme como quisieran. Me pasaba el día haciendo fotocopias, dando recados, bajando a por café o cualquier otra necesidad que mis compañeros tuvieran.
Esa misma actitud de buenorra tontita que nunca se queja les permitió pasar de los mandados típicos de una becaria, a cosas menos… profesionales.
- Diana, puedes recoger ese papel que se me ha caído. – me dijo Luis.
Con una sonrisa fui hasta la zona más apartada. Me había hecho cruzar toda la oficina para llegar a su mesa a recoger el papel que tenía prácticamente a sus pies. Ya me había acostumbrado a las risitas mudas del resto de compañeros cuando me hacían estas cosas. Yo solo me concentraba en pensar el dinero que iba a ganar, mientras me contoneaba sexy hasta él.
- ¿Esos pantalones no son muy ajustados? – me preguntó Víctor, al agacharme.
- ¿Sí? ¿Tú crees? – le contesté, de nuevo sonriendo, mientras le entregaba el papel a Luis.
- Pues sí, tanto que apostaría dinero a que no llevas bragas, y no perdería. – me dijo sin remilgos.
No sabía que contestar a aquello, era cierto. No llevaba ropa interior. Don Ernesto me había hecho dejarla en su oficina por la mañana. Aproveché mi fachada de tontita para callar con otra sonrisa y así pasar el apuro.
- No creo, tío. Cómo va a ir sin bragas. Será un tanga de esos de hilo. – añadió Luis.
- ¡Qué no! No lleva nada. Si se le marca todo el papo por delante. – dijo su compañero.
- ¡Es verdad! Se le marca descarado. No lleva nada. – dijo Laura, que estaba sentada frente a mí.
Me quería morir en ese instante. Al menos 3 hombres y 2 mujeres a nuestro alrededor habían dejado sus cosas para seguir nuestra conversación. Intenté salir de allí, pero me detuvieron.
- Espera, Diana. Deja que lo vea yo también. – me dijo Manu.
- Chicos… no seáis tontos. Claro que llevo ropa interior. Venga… dejarlo ya. – les dije yo.
- Yo también opino que no lleva nada. – sentenció Manu, agachándose frente a mí para mirarme la entrepierna.
- ¿Cómo puedes ir sin bragas? ¿No te roza el pantalón? – me preguntó Clara.
- Seguro que no lleva sujetador tampoco.
- A ver, ábrete la chaqueta. – me dijo Luis.
- Por favor… me estáis incomodando. – les dije nerviosa y muerta de vergüenza.
- Si no te incomoda ir con el chocho al aire… – habló Clara.
- ¡Venga! Abre la chaqueta que veamos si se te marcan los pezones. – dijo Luis, llevando su mano a mi chaqueta y desabrochando un botón.
- ¡No me toques! – le grité.
Todos empezaron a reírse ante mi primera negativa desde que empecé a trabajar allí. Pero de repente se quedaron mudos y volvieron a sentarse. Entonces le vi, don Ernesto.
- A mi despacho, los dos. – dijo él, con su autoritaria voz.
Temblando fui tras él junto con Luis. Temía que podía ser mi último día en aquella empresa solo por no dejarme desnudar por mi compañero. En cambio, cuando entramos en su despacho fue Luis quien se llevó tremenda reprimenda por su comportamiento. Me dejó sorprendida al hablar de acoso sexual y laboral. Parecía mentira que ese hombre, sentado en la misma mesa donde me había follado y humillado horas antes, ahora parecía aborrecer ese comportamiento “machista y acosador.”
Luis salió con la cabeza baja, después de pedirme perdón. Sabía que había estado a punto de perder su trabajo por sobrepasarse conmigo. Me sentía eufórica. Mi jefe, quien me había contratado como puta, me había defendido. Mis ojos se enfocaban en él, con una mirada boba de fascinación hacia ese hombre. Él se levantó y se dirigió hacia a mí con su cara inexpresiva. Yo seguía viéndole como mi salvador, hasta que al estar a mi lado me soltó una bofetada increíble en la cara.
- ¿Eres estúpida? No, no contestes. Es retórica. Está claro que lo eres. Te dije que cualquiera puede hacerte lo que quiera. Si ese hombre quería tocarte las tetas, tú le das las gracias. Puta estúpida… ya estás recogiendo tus cosas. ¡A la puta calle!
Las lágrimas que amenazaban con salir por el golpe, estallaron al escucharle. Le rogué llorando que me perdonase. Caí de rodillas suplicando aferrada a sus pies.
- No lo entiendes, ¿verdad? Quería saber cómo se comportaría la gente al tener a una sumisa de incógnito entre ellos. Ver hasta dónde podían llegar al darse cuenta que obedeces a todo lo que te digan. Y vas tú y lo jodes. ¿Qué coño estabas pensando?
- Lo siento mucho, don Ernesto. He sido una estúpida. No volverá a suceder.
- Claro que no, porque te vas a tu puta casa.
- Por favor, don Ernesto. Se lo suplico. No volveré a decir que no, a nada. De nadie. Se lo juro. Deme otra oportunidad.
- Ya no me sirves. Me has obligado a reprender ese comportamiento. Nadie se atreverá a tocarte ni sobrepasarse contigo. Buscaré a otra menos estúpida.
- Lo solucionaré, se lo prometo. Hablaré con él. Les haré ver a todos que pueden seguir tratándome como una boba. Por favor… don Ernesto.
Él volvió a su mesa y me dejó allí arrodillada y llorando. Ahora que por fin veía un futuro para mí, todo se derrumbaba. Me derrumbe yo, literalmente. Con mi cuerpo tembloroso en el suelo, me arrastré hasta sus pies y comencé a besar sus zapatos. Don Ernesto encendió uno de sus puros y me dejó un rato suplicando y lamiendo su calzado, antes de decirme:
- Está bien… pero soluciónalo. Que quede bien claro que eres una zorra estúpida y que pueden hacer contigo lo que quieran sin consecuencias. Si mañana no se habla de que eres la puta de la empresa… ¡A la puta calle!
- Sí, don Ernesto. No se preocupe. Lo seré. Todos lo sabrán. Sabrán que soy la puta de la empresa. Diana la tonta y guarra que obedece a todo. ¡Se lo juro!
- ¡Pues vamos! ¡Sal de mi vista! – me dijo el viejo, golpeándome con su pie en mi cara para soltarme.
Sin levantarme llegué a cuatro patas hasta la puerta de su despacho y salí de allí. Carmen me vio salir con la cara llena de lágrimas andando como una perra. No supe identificar su reacción al verme, pero no tenía tiempo de excusarme. Me puse en pie y fui al baño.
Limpié mis lágrimas y arreglé mi maquillaje mientras pensaba como conseguir que Luis y todos volviesen a tratarme como antes. Más que eso, debía quedar claro que era una guarra. Tenía que llegar a oídos de don Ernesto de que yo era la puta de la empresa. ¿Cómo podía conseguir eso?
Me miré en el espejo y me di cuenta que tenían razón. Los ceñidos pantalones elásticos marcaban claramente mis labios vaginales. Abrí mi chaqueta para descubrir mi camisa y efectivamente, mis pechos libres dejaban entrever la ausencia de sujetador. Pasé mis dedos sobre el pantalón, acariciando mi sexo, procurando introducir la tela en mi rajita. Y a la vez, dándome el subidón de excitación que necesitaba para hacer lo que debía.
Cuando mi primer jadeo se escapó de los labios, vi que los otros estaban descaradamente marcados con la tela hacia dentro. Mojé mis dedos en el lavabo y metiendo la mano bajo la camisa, mojé mis pezones con el agua fría. Me miré en el espejo, con el coño bien marcado y los pezones duros y algo húmedos bajo la camisa. Cerré un botón de la chaqueta y suspiré profundo antes de salir del baño.
Fui directa a mi mesa, sintiendo los ojos de Carmen en mí. Estaba claro que se había percatado de que mis pantalones me estaban penetrando, pero me dio igual. Corté un trozo de papel y escribí en él, guardándolo en el bolsillo de la chaqueta. Sonreí a Carmen y fui a buscar a Luis y a mis otros compañeros.
Al entrar de nuevo en la oficina todas las miradas se clavaron en mí. Aunque los hechos ocurrieron en una zona apartada, estaba claro que todos estaban al tanto de lo ocurrido con don Ernesto. Sentía sus cuchicheos inaudibles mientras caminaba contoneándome entre las mesas. Seguro que estaban comentando lo guarra que era. Cómo iba con el pantalón metido en el coño delante de todos, haciendo resonar mis tacones para que me mirasen. Me odiarían por ser una calienta braguetas que le había costado la bronca a su compañero. Pero nadie se atrevía a decirlo en alto. Y eso era lo que tenía que cambiar.
Llegué a Luis que se me quedó mirando con cara de asustado. Allí estaban los mismos que habían sido cómplices de su abuso. Todos me miraban con asco. Aquello había empezado porque mis pantalones eran muy ceñidos y ahora estaba allí, parada en medio de todos, con mi coño mucho más marcado.
- Luis, lo siento mucho. Ya he hablado con don Ernesto y le he explicado que fue culpa mía. No te preocupes por nada.
- ¿Cómo? ¿Culpa tuya? Pero si me vio desabrochando tu chaqueta.
- Ya… no te preocupes. Está solucionado. Le he confesado que fui yo quien te animó a hacerlo.
- ¿De verdad? – intervino Laura.
- Sí, claro. Teníais razón. No llevo bragas. Debajo de lo que veis no hay más ropa. Me gusta sentir el roce en mis partes. Eso me excita. Y que los hombres se exciten viéndome, también. – les dije, de seguido, muerta de vergüenza.
- Estoy flipando. – dijo Manu.
- Eres una zorra. – habló clara.
- No me creo nada. – añadió Luis.
- De verdad. Lo prometo. Me pone mucho estar así, expuesta ante vosotros. Igual que obedecer vuestras órdenes. Aunque sean una tontería. Es más, cuánto más absurda y humillante, más me pone. – continúe con mi discurso, comenzando a sentir como había parte de realidad en mis palabras.
- ¿Es una trampa? Quieres que haga algo para denunciarme y que me despidan. – dijo Luis.
- Para nada. De verdad que siento muchísimo lo que ha pasado. No debí negarme. Sigamos donde lo dejamos, desabrocha el botón y verás que no solo no llevo sujetador, sino que además estoy excitada.
La cara de todos era de película. No podían creerse lo que estaba diciendo. Levanté la mirada y comprobé que el resto de la oficina estaban atentos a mí. Me quería morir de vergüenza, pero estaba funcionando. Después de aquello nadie volvería a respetarme, justo lo que quería don Ernesto.
- Venga, guapo. Quítame la chaqueta y salís todos de dudas. – incité a mi compañero.
Mirando a todos se puso en pie y llevó sus manos a mi pecho. Casi sin tocarme desabrochó la chaqueta. Mi ajustada camisa no podía ocultar mis pezones erectos. Toda la oficina me miraba las tetas. Estaba temblando de los nervios y la vergüenza, pero notaba como mojaba la tela que tenía bien metida entre mis piernas.
- Sí quieres, puedes quitarme la chaqueta por completo. Así todos verán que no llevo ni bragas ni sujetador. Es mejor que sepan que tú no has hecho nada malo. Y que tenías razón.
Más atrevido ahora después de que yo había quedado por los suelos, lo hizo. Dejándome con mis pezones evidentemente marcados en mi blusa, sin posibilidad de taparme.
- ¿Me estás diciendo, que te pone que te tratemos como una zorra tonta? – preguntó Luis, mientras dejaba mi chaqueta en su mesa.
- Me da vergüenza, pero después de lo que ha pasado, lo mejor es reconocerlo. Me gusta ser la puta de la empresa.
- ¡Eres una guarra! – dijo Clara.
- ¡Alucinante! – escuché a Manu.
- ¡Que divertido va a ser venir a trabajar! – dijo Víctor.
- Das asco… - dijo Laura.
Me mantuve allí de pie, dejando que cada uno dijese lo que opinaba de mí. Sintiendo como mis pezones se endurecían cada vez más y mojaba mi pantalón. No podía entender cómo me calentaba tanto esto. Una cosa era fantasear con ser humillada y otra muy distinta serlo de verdad, en el trabajo, por todos. Y aunque una parte de mi deseaba salir corriendo de allí, otra estaba disfrutando de ser una puta.
- Bueno, si no necesitáis nada más, seguiré trabajando. Ya sabéis, cualquier cosa, yo obedeceré.
Miré a Luis y señalé mi chaqueta sobre su mesa, guiñándole un ojo. Después salí desfilando por la oficina, sintiendo todos esos ojos clavados en mis zonas erógenas que tanto resaltaban en mi vestimenta.
Fui directa al baño de aquella planta. Me detuve entre ambas puertas y barajeé por un momento que hacer, pero estaba claro. Ya no había marcha atrás. Entré en el de hombres y fui al último reservado. Cerré y me desnudé por completo. Podía haber echado el pestillo a la puerta, pero no. Solo me senté en la taza y comencé a tocarme para aliviar mi tensión sexual.
No llevaba ni 3 minutos y estaba a punto de correrme. Entonces escuché varios pasos y puertas abrirse, hasta que se abrió la mía. Con las piernas bien abiertas y sin dejar de tocarme miré a Luis. En su mano, la nota que yo había dejado en el bolsillo de mi chaqueta.
“Me has puesto muy cachonda. Estaré en el baño de hombres. Ven y te compensaré por mi comportamiento”
Diana. Siete
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