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¿Abogada o Puta? Difícil elección (Parte 2)

Marco la dejó sola con él. Ahora, en el penthouse vacío, Darío no quiere hablar de trabajo. Quiere probar si la promesa de su profesor sobre su vocación era cierta.

Moni Sexy17K vistas9.2· 10 votos

Esta es la continuación de mi relato ¿Abogada o Puta? Difícil elección. Aunque es la continuación del primer relato es la tercera historia bajo este título. La segunda que publiqué es una precuela, que puedes o no leer, ya que no afecta en nada a la continuidad de la historia empezada en ¿Abogada o Puta? Difícil elección.

Aquí un breve resumen: Marco, mi profesor de derecho penal y yo nos hacemos amantes. Un día ante su insistencia que mi verdadera vocación es la de ser puta, surge una invitación a una reunión con un abogado importante de la ciudad. He aquí la historia de lo que sucedió.

Finalmente me decanté por un dos piezas en color negro. Una pequeña falda que apenas y cubría el ligero del mismo color y un crop top que insinuaba pero no revelaba descaradamente.

A la hora acordada llegué al punto de encuentro en las puertas del edificio en el que se realizaría la reunión. Marco, mi profesor, ya me estaba esperando. Nos saludamos de beso en la mejilla y tocamos el intercomunicador.

Este es un edificio de esos de lujo, cuyo elevador deja directamente en los departamentos, sin pasillos de por medio.

Marco se identifica y nos abren la puerta, luego de cruzar por la vigilancia del edificio, donde el hombre que cuida se espabiló nomás verme, pasamos hasta el ascensor y mi profesor presionó el último piso: el penthouse.

Ahí vivía el dueño del bufete que Marco me iba a presentar, yo lo conocía de algunas publicaciones de derecho y porque lo había visto por televisión un par de veces, pero no tenía el gusto de conocerlo en persona ni de vista.

Marco, en nuestro trayecto, me informó que Darío estaba recién divorciado, luego de casi 25 años de casado, que tenía dos hijos, gemelos, que vivían y estudiaban fuera del país. Su hija menor, mi tocaya, Mónica, vivía con su mamá tras la separación en la que fuera la casa familiar.

Mi profesor agregó que aunque Darío sentía admiración por las mujeres hermosas nunca se le conoció entre amigos y allegados, una amante, así que enrollarme con él era, además de una oportunidad única para mi carrera, un desafío como mujer, aunque no tenía duda que lo lograría.

Mi maquillaje era sobrio pero acorde al momento, mi peinado era sencillo pero mantenía casi toda mi melena suelta, sobre los hombros. Llevaba medias negras altas y un par de stilettos del mismo color.

De pronto, el elevador se detuvo y las puertas se abrieron, entramos.

En la sala 5 o 6 personas, todos varones, conversaban amablemente pero con cierta intensidad, hasta que nos vieron llegar. De pronto, el silencio reinó por un instante y al siguiente expresiones de júbilo ante mi presencia.

Conocía a dos o tres de los ahí presentes, amigos de Marco, y algo me decía que ellos no solo conocían la real naturaleza de nuestra relación si no que además sabían de antemano para qué había sido realmente invitada a esta reunión de señores.

Finalmente, Marco me presentó a Darío. Un hombre alto, cabello parcialmente cano, que se nota fue muy atractivo en su juventud. De corpulencia media tirando para gruesa sin ser gordo, y en muy buen estado físico. Así de cerca se podía apreciar mucho mejor que en las fotos y tomas en las que lo había visto. Llevaba un traje formal, como todos los ahí presentes.

—Te presento a Mónica Arriola, mi alumna, de la que tanto te hablé.

—Moniquita, igual que mi hija —me sonríe.

Se acerca y me saluda a dos besos. Me susurra “es un placer”, agrega.

—No sabía que además de eficiente, era bonita —dice mirando a Marco.

—Y no sabes lo competente que es, le responde Marco— Darío me mira, sonríe y agrega:

—Bueno, pues, Marquito, me pones en aprietos con la señorita, como decirle que no, si además de competente, es tan bonita y la has hecho venir hasta aquí, tendré que entrevistarla primero, eso sí, pero —y me mira— primero disfrutemos de nuestra velada, que para lo otro habrá tiempo.

Algo en su voz lanza un escalofrío a mi espalda y mi coñito se moja un poquito más.

La velada transcurrió sin mayor novedad, son hombres hablando cosas de hombres y alguna que otra cosa del bufete y de los casos más sonados que recorren las oficinas de los abogados en estos días. Comentarios de colegas ausentes, comentarios acerca de sus mujeres y demás.

La cena fue servida por un servicio que había contratado para la ocasión Darío.

En medio de la cena, Darío toma la palabra, coje una copa de champaña y brinda, por el gusto de tenerlos hoy en casa, un día como hoy hace 25 años me casaba, esta noche debía celebrarla con mi ex mujer, pero ya ven cómo terminó todo, aún así no deseaba perderme la celebración y qué mejor que pasarla con mis amigos y colegas más queridos, ya que me casé con mi trabajo, como decía Carlita (su ex mujer), lástima que a la profesión no se la puede follar, concluyó en un tono más jocoso. Estallaron las risas. En medio de ellas, uno de los asistentes agregó, “pero a las colegas sí”, alzando su copa hacia mí y mientras me guiñaba el ojo. Las risas continuaron. Darío no se reía ya. “Más respeto con la futura colega”, le exigió.

—No vayas a pensar, Moniquita ¿te puedo decir Moniquita? Me recuerdas mucho a mi hijita.

Sí, afirmé con la cabeza, aunque no me gustara la idea que me viera como a una hijita.

—No vayas a pensar, insisto, que todos los abogados somos iguales…

“No que va” añadieron algunos, entre verdad y sorna.

—Lamento interrumpir, dijo de pronto Marco, pero debo irme.

—P-pero… pensé que usted me llevaría a casa, le dije. En entornos de trabajo le hablaba de usted.

—Lo siento Mónica, hoy no puedo. Me surgió algo urgente y debo retirarme.

(Maldito, pensé para mis adentros, estaba segura, esto era parte de su plan, y yo que pensé tiraríamos esta noche)

—Moniquita, si no te incomoda seguir acompañando a unos viejos que han de aburrirte, te puedes quedar y en cuanto se vayan si te parece bien te entrevisto o agendamos una entrevista. Luego yo mismo te llevaré a casa para tu mayor seguridad, como has observado esta es recién mi segunda y última copa de la velada.

—Muchas Gracias Doctor Darío.

—Dime Darío nomás Moniquita, me harás sentir muy viejo.

—Muchas Gracias Darío.

Marco se fue y me quedé con Darío y sus demás amigos. Poco a poco se fueron yendo, casi tan rápido que parecía que todos habían coordinado marcharse pronto. Tres cuartos de hora después, el último se había marchado y Darío y yo estábamos solos. El reloj apenas marcaba las diez y media de la noche.

—Si aún no estás cansada, Mónica —mientras dice esto se acerca y se sienta a mi lado en el sillón— podemos hacer la entrevista ahora mismo. Aunque he visto suficiente como para darte el puesto —agrega mirándome directamente a los ojos.

—Por mí está bien, aún no estoy cansada. —respondí sosteniéndole la mirada.

—Ay Moniquita, me dice, la verdad es que no quiero hablar de trabajo, el puesto de practicante es tuyo si así lo deseas… No hago más que pensar que eres la primera mujer en mucho tiempo con la que estoy a solas a esta hora… Hoy estaría celebrando con mi esposa, si la hubiera sabido conservar, pero estoy aquí, solo, aburriéndote a ti, casi una niña, con estas cosas de viejo…

—No eres para nada un viejo, Dario, le digo.

—Podría ser tu padre…

—Pero no lo eres… Sé que no es lo mismo pero podríamos celebrar habernos conocido.

—Es una buena idea. —Se levanta, me pregunta si quiero un trago y nos sirve dos whiskys. Por un momento parece haber olvidado que quedó en llevarme a casa.

—A tu salud, Moniquita.

—Por el gusto de conocerte, Dario.

Brindamos, mientras se vuelve a sentar. Esta vez más cerca mío.

—Tienes razón, podemos celebrar. Hay otra cosa por la que quiero brindar. Celebremos también que por primera vez en años estoy a solas en la compañía de una mujer tan hermosa y sensual, si me permites el atrevimiento, Mónica.

—A ti te permito todo, Dario —respondo apoyando su mano en mi pierna y susurrando a su oído.

Voltea su rostro y sus labios quedan muy pegados a los míos. Me estremezco por las ganas de comerle la boca pero titubeo un segundo pensando en si es lo correcto en este momento, por suerte, él parece leer mis pensamientos y me besa dulce y apasionadamente.

Me coje en sus brazos mientras me sigue besando, instintivamente toco su paquete sobre su pantalón. Siento su erección…

Me hace sentar en sus piernas mientras me sigue besando, sus manos empiezan a explorarme, una se cuela debajo de mi falda, solo para tantearme, me está provocando. Sus besos van de la boca a mis orejas, bajan por mi cuello y llegan al escote. No decimos nada solo disfrutamos el momento.

Cojo un cojín donde estaba sentada antes y lo echo al piso, a sus pies, él entiende y me deja ir. Quiere quitarse la correa pero de la emoción no puede. Le quito la mano y me arrodillo, me encargo rápidamente de liberar su polla.

La miro gratamente sorprendida y golosamente la engullo empezando por el glande. Una polla espléndida. Y súper gruesa, creo que a esa edad era la más gruesa que había visto.

Le daba besitos y lamidas, la metía y la sacaba. La chupé toda. Jugué con sus huevos, los chupé. Hice todo y más. Le di la mamada de su vida. Y él lo disfrutaba de lo lindo. Me dejó hacer esa primera mamada. Me dejó explorar a mi ritmo. Aunque no me hubiera molestado me folle la boca a lo loco, al contrario, pero me trató con calma, quería conocerme, ver que tan puta soy.

Poco a poco fui subiendo el ritmo. Y lo miraba feliz.

—Ahhh Moniquita, qué bien la chupas para ser tan chiquita. Seguro de niña has comido muchas paletas ¿cierto?

—Sí, me gustan mucho las de leche… le decía y volvía a lo mío.

Cuando sentí que estaba a punto me la saqué de la boca y lo miré con inocencia.

—También me gustaba montar los caballitos de la feria, le dije. Esos que suben y bajan.

—Yo puedo ser tu caballito, Moniquita, quieres probar. Asentí con la cabeza y me incorporé. Pasé las piernas a ambos lados de la suya, el levantó mi falda y corrió mi hilo a un costado, tomé su verga con mis manos y la puse en la puerta de entrada de mi vagina y me clave lento, muy lento, centímetro a centímetro, sentía como me iba abriendo mientras le apretaba la polla con mis paredes vaginales. Le miraba a los ojos mientras lo hacía. Me tomaba de las manos.

Una vez me lo clavé todo, me quedé un momento con toda la polla dentro.

—Qué rico aprietas, Moniquita, creo te abrí todita. —Y me comió la boca. Empecé a moverme lentamente. Arriba y abajo. Adelante y atrás. Y en círculos. Todo muy lento. Quería que me dure, quería volverlo loco. Quería disfrutármelo de a poquitos, para variar.

Me comía el cuello y las tetas que liberó por sobre el escote. Metía los pezones en su boca los chupaba y mordía muy suavemente, de pronto aumenté el ritmo y con ello él aumentó la fuerza de sus mordidas. Gemíamos de placer. Me clavaba a mi gusto cuando de repente me cogió de las caderas y el culo y empezó a clavarme a su gusto. Me daba duro, me hacía mojar toda.

—Ahhhhhhhhhhh sí, dame así, dame duro. Ahhhhhhhhhh mmmmm qué rico me follas, papi.

—Uy sí, soy tu papi, Moniquita, mira como te follo, eso querías, ¿no putita? que te rompa toda. Conozco a las de tu clase, me casé con una como tú. —Cuando dijo eso me encendió más.

—Ohhh sí, papi, rómpeme toda. Ahhhh

Me alzó al vuelo sin dejarme de tener clavada y me llevó en sus brazos hasta su dormitorio.

Abrió la puerta como pudo y se echó boca arriba en la cama sin sacármela. Ahora sentía su peso sobre mí, me folló dura y salvajemente. Se notaba que no follaba hace mucho, me vine al menos tres veces más…

—Eres tan rica, qué gusto celebrar mi aniversario con un coñito tan jugoso y nuevo, de lo que me perdí por andar tras una única puta tantos años, pero ustedes no cambian, se vuelven peor con la edad, me dijo mientras me follaba incluso algo violentamente.

Cuando recuerdo ese momento, me doy cuenta que esa violencia era contra la ex esposa y no contra mí. Nunca más me volvió a hablar así.

De pronto me miró a los ojos, y me dijo.

—Me vengo, bebita, me vengo. Ay qué rica eres, mi amor. Mientras lo decía su leche, espesa, caliente blanca y abundante me llenaba las entrañas.

Se quedó sobre mí y luego se giró a mi lado.

— Gracias, me dijo. Hace mucho que no me corría tanto y ya perdí la cuenta de la última vez que follé. Déjame devolverte el favor.

Dicho eso, se paró y me colocó al borde la cama con las piernas abiertas, y empezó a besar mis muslos con rumbo a mi conchita rellena de leche…

La continuación de esa noche, se los cuento luego, si desean.;) Espero sus comentarios.