Historias del complejo turístico (37)
Después de que su mundo se desmoronara, Juan solo buscaba olvidar. Pero la sonrisa de Ana, la nueva vecina del 11°D, empieza a ser el único ancla que lo mantiene a flote. Mientras su vecino Ricardo lo menosprecia, Ana le ofrece una calidez que Juan creía perdida para siempre, y cada mate compartido se convierte en un paso más hacia un terreno prohibido.
Prólogo
Como es habitual, cada día reviso las plataformas y la cuenta de correo del complejo para confirmar y asentar las reservas, y responder todas las consultas.
Como tantas otras veces, reparé en una reserva para un hombre solo por quince días, y lógicamente pensé, que venir solo dos semanas al complejo, significa algún problema, de familia, de trabajo o del corazón.
El día de su ingreso, creo que lo pude notar en su mirada, sin temor a equivocarme, el problema era del corazón.
Conversamos varias veces, pero en la primera charla, me di cuenta que era un buen chico, con las ideas bien puestas, con buenos sentimientos, al que la vida lo había puesto en una situación que no podía o no sabía cómo resolver.
No estuvo esa única vez en el complejo, meses después, para diciembre, volvió a venir, y nuevamente solo.
Y conversamos mucho, me contó muchas cosas de su vida, de su pasado y de su incierto futuro.
Aquí les cuento la historia de vida de Juan Segundo.
La historia de Juan Segundo
Capítulo 1
Ese sonido característico del mate cuando se termina, esa especie de chillido que hace la bombilla en la última succión, que indica que hay que volver a echarle agua para seguir tomando, me hizo volver la mirada hacia mi mano sujetándolo. Mi mirada estaba perdida en algún punto de la inmensidad del mar que tenía frente a mí.
La suave brisa de esa hora temprana de la mañana, cuando el sol, que en esta época del año suele ser muy abrazador, aún no calienta lo suficiente como para necesitar algo de sombra,.
Es primero de enero de un día radiante de verano, y mirando las olas llegar una y otra vez a la orilla, no puedo más que hacer una mirada hacia atrás, no muy lejana, tan solo unos años, cuando en circunstancias muy distintas, también miraba el mar buscándole un sentido a mi vida.
Pero hoy la situación es bien distinta, en aquel momento, no hubiera podido imaginar este presente por mucho esfuerzo que le pusiera.
Creo que si tuviera que pensar en el punto exacto de inflexión en mi vida, en los hechos que me han traído hasta aquí, sin dudas tiene su comienzo allí, al pie de un colectivo que iba para Mar del Plata, ciudad en la que por insospechadas razones del destino, comenzó otro capítulo en mi vida, sin imaginar, lo que estaba por venir.
Miro hacia atrás, pero debo empezar por el principio, casi cuatro años atrás, esto sucedió.
Como cada mañana, limpiaba la vereda del edificio, eran las siete y media de la mañana, y la vi salir.
Aunque el día estaba nublado, iba con anteojos de sol, y al pasar al lado mío, tan solo dijo buenos días Juanse.
Raro en ella, a pesar de vivir aquí desde hacía poco tiempo, siempre que se iba a trabajar, me saludaba muy alegremente con una sonrisa, "Buenos días Juanse, ¿cómo estás esta mañana?", incluso a veces, sí iba con tiempo suficiente, hablábamos un momento, del tiempo, de algún vecino, o de algún otro tema, mientras le convidaba un mate.
Soy Juan Segundo Pérez Parra, tengo veintiséis años, y sí, soy el encargado del edificio.
Un edificio sobre la calle Bolívar, a unos pocos metros del mar, sí, en la hermosa ciudad de Mar del Plata.
Hago este trabajo desde hace poco más de dos años, cuándo después de un hecho que me trastocó la vida, dejé la ciudad de Avellaneda, lugar donde había nacido y vivido hasta entonces y por esas cosas de la vida, me vine para Mar del Plata.
¿Qué me llevó a tomar tan drástica medida? Así es señoras y señores…, eso mismo…, mi entonces esposa me fue infiel, y cuando lo descubrí, me alejé de mi casa y de la ciudad donde había vivido toda mi vida, necesitaba volver a empezar, otra vida, en otro lugar, con otra gente.
Soy hijo único, mi padre Antonio Aníbal Pérez y mi madre Sara Edith Parra, fallecieron hace casi seis años.
Primero falleció mamá de un cáncer terminal en el mes de marzo, y a los casi seis meses, en el mes de septiembre, se fue papá. Creo que nunca pudo superar la muerte de su amada compañera de vida, y aunque digan que se descompensó, que le falló el corazón y no pudieron reanimarlo, yo creo que se murió de tristeza. Habían estado toda la vida juntos, eran el uno para el otro, y yo nací y me crié en ese ambiente de amor, comprensión y alegría.
Siempre los admiré, se llevaban muy bien, se complementaban perfectamente, se cuidaban, se demostraban cariño, estaban pendientes el uno del otro en cada cosa, sin dudas, puedo decir que fueron felices. Estaban juntos desde la adolescencia, lo habían compartido todo, y creo que papá quiso irse con ella.
En ese entonces yo estaba de novio con Marisa hacía poco más de dos años, y al quedar solo en la casa de mis padres, le propuse casarnos y vivir juntos en mi casa.
En ese momento estaba estudiando arquitectura, cursaba todas las tardes, y por las mañanas, trabajaba en una obra, necesitaba ver una construcción en vivo, la realidad de lo que cada día dibujaba.
Marisa trabajaba como empleada en un estudio contable, y todos los días estaba en casa a la hora en que yo volvía de la facultad, algunos días lo hacía a las ocho y media, y otros a las diez y media de la noche.
A pesar de que en la semana, nos veíamos solo en la noche, los fines de semana, recuperábamos el tiempo perdido de estar juntos.
Los primeros dos años, fueron muy buenos, pero poco a poco la relación se empezó a poner algo más distante.
Lo hablé con Marisa un par de veces, pero ella le quitaba importancia, siempre me decía que todo estaba bien, que eran ideas mías. Y yo pensaba en que quizás no es lo mismo estar de novios, verse varias veces a la semana, que convivir en la misma casa. El trajín diario puede ir modificándonos, las responsabilidades, los horarios, el estrés, en fin, que la rutina iba haciendo mella de algún modo en nosotros y en nuestra vida.
Ella de su trabajo salía a las tres de la tarde, y tres veces por semana iba al gimnasio, y luego estaba en casa, o se juntaba con amigas, o hacía lo que quería en esas horas.
No fue de un día para el otro, pero poco a poco, la cosa se fue enfriando, los fines de semana ya no eran solo para nosotros, empezaron las salidas sola con sus amigas los viernes o los sábados en la noche, al gimnasio también los sábados, y por supuesto, nuestra vida sexual empezó a mermar, de ser habitual hacer el amor dos o tres veces en el fin de semana, pasamos a hacerlo tan solo una vez cada dos o tres semanas.
Volví a tocar el tema con Marisa en un par de oportunidades, buscando la forma de volver a los “buenos tiempos”, pero su respuesta era que estaba todo bien, y supuse, aunque no muy convencido, que así debería ser la vida de casados, aunque la referencia que tenía de ver a mis padres, era bien distinta.
En varios momentos del día, incluso en horas de la noche bien tarde, Marisa estaba muy pendiente de su teléfono, por supuesto jamás sospeché nada, jamás dudé de ella, y menos que menos al punto de espiar su teléfono.
La tarde de un miércoles, al llegar a la Facultad, tocaba corrección de un trabajo de la materia estructuras, esta vez fui de los primeros, y antes de las cuatro de la tarde, ya me habían corregido y quedé libre.
El profesor de la materia de las seis de la tarde, nos avisó que ese día no se sentía bien y que no daría clase, y entonces me fui para casa.
Decidí sorprender a Marisa y de camino compré unas medialunas para el mate, no la llamé ni le mandé mensaje, así podríamos aprovechar unas horas de la tarde para hacer algo juntos.
Llegué a casa y entre sin hacer ruido, aunque sabía que Marisa es muy asustadiza, de todas formas, quería sorprenderla.
Al entrar, se escuchaba música sonando en el equipo que está sobre el mueble del estar y sobre la mesa del comedor, había dos tazas de café. En un primer momento, supuse que habría estado con alguna de sus amigas y que ya no estaba en casa, estaría en el gimnasio o quizás que estaría en el dormitorio durmiendo una siesta.
Caminando por el pasillo, escuché voces y pensé, ingenuo de mí, fue que Marisa estaría tirada en la cama mirando televisión, pero cuando me asomé por la puerta de nuestro dormitorio, me encontré con la imagen que nunca hubiera querido encontrarme, al que le haya tocado vivir algo así, me podrá entender.
Marisa a cuatro patas, completamente desnuda sobre nuestra cama, mirando en dirección al espaldar, dando la espalda a la puerta, y un tipo musculoso, de espalda ancha, también desnudo, cogiéndola desde atrás, sus manos aferradas a las caderas de mi esposa, y bombeando con vehemencia el culo de mi Marisa.
¿Cómo explicar lo que se siente en ese momento? Para mí fue una mezcla de pensamientos, de sensaciones y de sentimientos que en pocos segundos se amontonan en mi cuerpo, en mi cabeza, en mi alma.
Un cachetazo tan fuerte que me descolocó, como a una estantería llena de vajilla que empieza a tambalearse de tal forma que todo termina cayendo al piso haciéndose añicos.
No estaba preparado para eso, aunque las cosas con Marisa no estaban en su mejor momento, no me esperaba algo así de ella, creo que la lista de cosas que sentí en ese momento, sería interminable.
Y como si poco fuera, como frutilla del postre, como el martillazo final al clavo que se me estaba clavando en el corazón, el tipo la estaba cogiendo por el culo, cosa que yo nunca pude, porque Marisa me decía que le resultaba doloroso, “Sí! Así! Rompeme el culo, Lucio”, fueron sus palabras, mientras el tipo iba y venía con su cuerpo hacia adelante y hacia atrás.
No sé percataron de mi presencia, estaban demasiado ocupados, Marisa seguía diciendo entre jadeos, al compás de las embestidas del tipo, "así Lucio, cógeme toda!"
En esos pocos segundos, pensé en cuál sería mi reacción, nunca fui un tipo violento, y no iba a hacer una escena de pugilato al estilo película de Hollywood.
Y ya un paso dentro de la habitación los empecé a aplaudir.
-JUAN: Bravo!!! Muy bien! Así se hace!
La sorpresa de los dos, fue inmediata, el tipo se salió de ella, aún con su erección, y cuando miró hacia mí, lo miré a los ojos y le dije:
-JUAN: Bórrate de acá! Y si abrís la boca, te bajo todos los dientes!
El tipo bajó la mirada, junto sus ropas del piso y salió rápidamente de la habitación, ocultando su hombría con la ropa.
Marisa se había tapado con la sábana, no decía nada, me miraba con miedo.
-JUAN: No pongas esa cara Marisa, sabés que no te voy a pegar, aunque ganas no me faltan! Vestite y andate! A partir de este momento, ya no sos mi esposa, ni vivís más en esta casa! Mañana cuando me voy a trabajar, venís a buscar todas tus cosas, tenés hasta el mediodía, lo que no te lleves, lo tiro a la basura, nada tuyo quiero en esta casa! Y ya te llegarán los papeles del divorcio!
-MARISA: Juan por favor escúchame!
-JUAN: Juan las pelotas Marisa! estoy tratando de mantener la calma! Si no te vestís y te vas ya!, te saco de un boleo en el culo en pelotas a la calle! Tenés cinco minutos!
Se levantó de la cama, apurada y nerviosa se comenzó a vestir, puso un par de cosas en una cartera grande y salió de casa.
Cuando volví al estar, el tipo por supuesto ya se había ido, supongo que queriendo evitar lo que podría haber sido flor de quilombo.
Me senté en el sillón a llorar como un tarado, estaba enojado, decepcionado, sin entender lo que acababa de pasar y con un terrible dolor en el pecho.
Así, tan de repente todo pasa del blanco al negro, de lo normal, a la mierda.
Esa noche dormí en el sillón del estar, bueno si es que se puede decir que en esa noche dormí.
Al día siguiente cuando volví al mediodía del trabajo, ya no estaban sus cosas, y esa misma tarde cambié la cerradura. Un par de meses después, ya estábamos divorciados, y por supuesto no quise volver a ver a Marisa.
Me llamó varias veces por teléfono que no atendí, me envío muchos mensajes diciendo que necesitaba hablar conmigo que tampoco respondí, ¿Qué me iba a decir? ¿Me quería explicar? ¿Explicar qué? La traición no tiene explicación, todo lo que sentía por ella, se había desvanecido ese mismo día, en ese mismo instante que entré a nuestra habitación, y que seguramente, no había sido la primera vez.
La infidelidad de Marisa me destrozó, no la vi venir, no podía entender que había hecho mal con ella, si las cosas no estaban bien entre nosotros, lo podríamos haber hablado, y si no tenía solución, habernos divorciado sin necesidad de llegar al engaño, ¿Cómo se puede actuar así con la persona que decís querer? ¿Me estaría buscando para pedirme perdón? Ni falta que me hacía.
No tuve cabeza para la facultad, y decidí dejar los estudios ese año, ya los seguiría el año siguiente.
Las semanas fueron pasando, y yo no podía levantar cabeza, parecía un robot, iba a trabajar y volvía a casa, cada vez que entraba en casa, era un martirio, no podía sacar de mi cabeza, las imágenes de ese día, parecían pancartas que aparecían frente a mí cada vez que cerraba los ojos.
Hasta que una mañana me levanté como todos los días para ir a trabajar, y al llegar a la obra, le dije al capataz que renunciaba al trabajo en ese mismo momento. Volví a mi casa, armé un bolso con ropa, y me fui a la terminal de ómnibus, quería huir, irme de allí, necesitaba cambiar de aire, de vida, cada vez que salía a la calle, la ciudad se me venía encima, no tenía ganas ni de comer.
Compré el pasaje para el primer colectivo que salía, que iba para Mar del Plata, y decidí tomarlo. Si hubiera ido para Jujuy, sin dudarlo también me hubiera subido.
En ese momento no pensaba que haría de mi vida, tenía unos pocos pesos ahorrados, y ya vería luego que hacer.
Llegué a Mar del Plata a las siete y media de la tarde, busqué un hotel que no fuera muy caro, y tomé una habitación.
Dejé mis cosas y salí a caminar sin rumbo, llegué hasta la costa y mirando el mar incansable llegando una y otra vez hasta la playa, decidí que por el momento allí me quedaría, ya vería más adelante qué hacer con la casa que fuera de mis padres, y con todo lo que allí adentro había.
El dinero que tenía no me iba a alcanzar para vivir demasiado tiempo sin trabajar, tan solo me alcanzaría para dos o tres meses.
Fueron diez o doce días, en los que me la pasaba caminando por la ciudad, sin rumbo, mi cabeza era un quilombo, y mis sentimientos otro tanto.
Una mañana compré el diario de la ciudad, y me fui caminando hasta la playa, me senté en la arena, y leyendo los avisos clasificados de trabajo, encontré uno en el que pedían un encargado para un edificio, tareas generales, y mantenimiento básico.
Decidí presentarme al día siguiente, y entre los doce candidatos que respondieron al aviso, me terminaron seleccionando y contratando.
El trabajo incluía la vivienda en un departamento de un dormitorio en la terraza del edificio, y casi una semana después, ya estaba viviendo allí siendo el encargado del edificio.
Mirta, la administradora del consorcio, una mujer de unos cincuenta y pico, quizás sesenta años, pero muy bien llevados y siempre muy elegantemente vestida, me presentó en una reunión de consorcio para que los propietarios me conocieran.
El edificio tiene doce pisos y cuatro departamentos por piso, estacionamiento para todos los departamentos en el subsuelo, dónde también hay bauleras para cada unidad, un jardín trasero y la terraza, un espacio común dónde los vecinos van a colgar la ropa o a tomar sol.
Supongo que mis tareas no difieren mucho de la qué hacen otros encargados de edificio, la limpieza de los espacios comunes, ocuparme de los servicios del ascensor y de las bombas de agua, sacar la basura de los departamentos, las correspondencia, y algunos trabajos de mantenimiento básicos, cómo cambiar lamparita quemadas, cortar el pasto, arreglar el jardín y otras tareas menores.
Poco a poco fui conociendo a los vecinos, y supongo que como en casi todos lados, hay gente con buena onda, y gente que no.
Algunos son propietarios y hace mucho tiempo que viven allí, otros departamentos se alquilan y cada cierto tiempo, va cambiando la gente que vive en ellos.
Con la primera persona que tuve una conversación amable, fue con Mercedes, una señora de ochenta y dos años, que vive sola en el 2°B.
Siempre me gustó el trato amable con la gente, pero hay vecinos que te hacen sentir como un trapo de piso, como un esclavo que está allí para satisfacer sus caprichos.
Mi horario de trabajo es desde las siete de la mañana hasta las doce del mediodía, y por la tarde, de las cinco a las ocho, hora en que saco las bolsas de la basura, y esa es mi última tarea.
Después de unos meses, mis horarios se flexibilizaron bastante, incluso trabajaba más horas de lo convenido, pero no me importaba, no tenía otra cosa que hacer.
Y como me daba maña para muchas cosas, hacia algunos trabajos para los vecinos en sus departamentos, arreglar una estufa, una canilla, un desagüe del bajo mesada, y varias cosas más.
A los vecinos que tenían buena onda, no les cobraba un peso por esos trabajos, pero a los mal arreados sí, y muy bien cobrado.
En mis ratos libres, le hacía las compras a Mercedes, para que no tuviera que bajar y salir a la calle, ya que le costaba caminar por la artritis en sus rodillas, aunque en los días lindos de sol, la acompañaba un par de cuadras hasta la plaza, para tomar un poco de aire y sol, y ver un poco de gente.
Rápidamente Mercedes se encariñó conmigo, y a media mañana me esperaba con un café preparado o con unos mates.
En el edificio hay matrimonios sin hijos, algunos de personas mayores, otros con hijos, dos o tres de los cuales, los pequeños demonios eran bastante asquerosos y prepotentes.
Había en ese momento, tres departamentos desocupados, dos estaban en alquiler y el otro en venta.
Una mañana al bajar a limpiar la vereda, que solía ser mi primer trabajo matutino, me encontré con un camión de mudanzas estacionado en la puerta del edificio.
El conductor del camión se acercó y nos pusimos a conversar.
Me dijo que estaba esperando a los nuevos dueños de un departamento, para comenzar a bajar las cosas.
Le pregunté si sabía cuál era el departamento, para saber si los nuevos vecinos serían inquilinos o propietarios.
Me dijo que era el 11°D, y supe que lo habían comprado, era el departamento que estaba en venta.
Casi una hora después, detrás del camión estacionó un Peugeot trescientos ocho de color blanco, y de él bajo un hombre de unos treinta y pico o cuarenta años, con cara de pocos amigos, y del lado del acompañante, bajó una mujer, qué a primera vista, me pareció unos años más joven que él.
Yo estaba mirando todo desde adentro, a través de las amplias puertas de vidrio de la entrada.
Hablaron un momento con el señor del camión, y luego acercándose a la entrada del edificio, el hombre puso la tarjeta en la puerta, y está se abrió.
Primero entró el hombre, y me llamó la atención que no sostuviera la puerta para que entrase la mujer, que buena onda pensé, todo un caballero el buen hombre.
Se acercó hasta mí, y amablemente lo saludé dándole los buenos días.
-JUAN: Buenos días señor, buenos días señora!
-HOMBRE: Soy Ricardo Moreno, el nuevo propietario del 11° D!
-MUJER: Buenos días señor! Soy Ana María Delgado!
Mal empezamos pensé yo, ni siquiera dijo buenos días, otro mal arreado, lo pensé aunque por supuesto no lo dije.
-JUAN: Es un gusto señora, soy Juan Segundo, el encargado del edificio!
-RICARDO: Vamos a subir todos los muebles!
-JUAN: Por supuesto caballero! Pueden utilizar el ascensor!
-RICARDO: Claramente no teníamos pensado subir todo por las escaleras!
Upa! Qué ácido el buen hombre!
Iba a ofrecerme a ayudarles, pero al ver su actitud tan repulsiva, solo les dije que les mantendría la puerta abierta.
Además del conductor del camión, bajaron dos hombres más y empezaron a entrar los muebles.
Mientras los veía ir y venir entrando muebles y bolsas, bajo las severas indicaciones de Ricardo, y pensaba, ¿Qué lleva a las personas a actuar de esa manera? ¿Qué acontecimientos los llevan a no poder responder ni tan solo un buenos días? Y mi sarcástica respuesta fue, “mirarse al espejo”. Pobre hombre!
Me gusta el buen trato con la gente, pero solo con quién se lo merece, es decir, la gente que trata bien.
Ricardo entraba y salía todo el tiempo con cara de amargado, Ana las dos veces que bajó, al pasar delante de mí, esbozaba una sonrisa, y en el último de los viajes, un, "qué calor subir y bajar".
En tan solo unos pocos minutos, me había hecho la idea de lo que eran cada uno de ellos.
Ricardo sin duda sería abogado, contador o un empleado con un cargo administrativo en alguna empresa o ministerio, y Ana, sin lugar a dudas, sería maestra jardinera, de primaria o enfermera, tan solo en ese par de pasadas frente a mí, había mostrado esa sonrisa complaciente, que suelen tener las maestras con sus alumnos o las enfermeras con los pacientes.
Ana ya no volvió a bajar, y Ricardo tan solo lo hizo, para despedir y pagarle a la gente del camión.
Volvió a entrar al edificio, y al pasar frente a mí, ni siquiera me dirigió la mirada, cuál sí fuera yo una estatua. Por supuesto esa actitud no me quitó el sueño.
Cómo en otras mudanzas, el cuartito de las bolsas de basura que hay en cada piso, estaría llena de cajas y bolsas, desocupadas luego de sacar lo que allí adentro se había trasladado.
Casi una hora después, sube al piso 11, para ver si era necesario hacer lugar en dicho cuarto.
Lo hice subiendo por las escaleras, era una forma de hacer algún tipo de actividad física, así me lo tomaba.
Al llegar al piso 11, me encontré un montón de bolsas y cajas desparramadas en el pasillo común, y también lo que parecía un florero hecho añicos, desparramados los pedazos también en el pasillo.
Estuve tentado en golpear la puerta, para avisarles que los residuos iban en el cuarto de la basura, pero al acercarme a la puerta D, desde el pasillo escuché los gritos de Ricardo, diciéndole a Ana que era una boluda.
Fui hasta la terraza, y traje el carro de la limpieza, junté las cajas y las bolsas, barrí el pasillo y puse todo en su lugar.
En el momento que había terminado, la puerta se abrió, y otro montón de bolsas y cajas terminaron en el piso del palier, arrojadas por la mano de Ricardo.
Viéndome allí con la escoba, me miró con cara de, "limpiá que para eso estás" y cerró la puerta de golpe, sin decir una palabra.
Y sí, definitivamente y diciéndolo en criollo, me lo monté en un huevo!
¿Este pelotudo a quién se comió?
En ese momento decidí, que todo cuánto siguieran tirando en el pasillo, lo tendrían que juntar ellos, yo soy empleado, pero no esclavo.
Muy diferente hubiera sido, sí amablemente me pedía que le diera una mano con la basura, sin duda, lo hubiera hecho de mil amores, incluso lo hubiera ayudado a acomodar los muebles.
Ya era el mediodía, y me fui a mi departamento a almorzar.
Estaba en la mitad de un exquisito plato de fideos con aceite y queso, cuando sonó el portero eléctrico.
Atendí sin saber quién era, para encontrarme con que era el amable Ricardo, qué me decía que ya podía ir a limpiar el pasillo, qué ya habían terminado de sacar las bolsas y las cajas.
En esa fracción de segundo, conté hasta tres, intentando no mandarlo a la mismísima mierda, y amablemente, le dije que los residuos iban en el cuarto de la basura.
Supongo que nada le debe haber gustado mi respuesta, porque ya no dijo más nada, y por el teléfono escuché la puerta que se cerraba.
Mal arrancó este muchacho conmigo, yo soy bien tranquilo, pero si me busca, me va a encontrar.
A la mañana siguiente, mientras limpiaba la entrada del edificio, vi salir a Ana del ascensor, y al pasar delante de mí, me saludó amablemente.
-ANA: Buenos días Juan Segundo!
-JUAN: Buenos días señora Ana!
-ANA: Tan solo Ana! Señora me hace sentir una señora mayor!
-JUAN: Que le vaya bien! Que tenga buen día Ana!
-ANA: Igualmente para vos Juan Segundo!
-JUAN: Juanse solamente!
-ANA: Hasta luego Juanse entonces!
Y salió del edificio con una sonrisa, ¿cómo pueden ser tan diferentes con su marido? Son el día y la noche, ella muy amable, y Ricardo un asqueroso en toda regla!
De cuerpo normal, sin curvas estridentes, pechos normales, en la media digamos, de contextura delgada, pelo castaño hasta media espalda, y a primera vista, lo más llamativo de su ser, su mirada y su sonrisa.
Casi un par de horas después, estaba limpiando el piso de la cochera en el subsuelo, cuando del ascensor salió Ricardo.
Vestía traje y corbata, y llevaba unas carpetas en la mano.
Lo vi a la distancia, y por supuesto, al verme ni siquiera me saludó, subió con su excelente humor al auto, y salió del edificio.
Su vestimenta confirmaba mi teoría de qué era abogado o contador, pobres los clientes que tengan que tratar con él, pensé mientras lo veía alejarse hacia la salida. ¿Cómo Ana soportaba a semejante mequetrefe?
El edificio tenía un sistema de cámaras de seguridad, hay dos en el frente del edificio apuntando a la puerta principal de acceso y al portón de la cochera. Una en el amplio palier de la planta baja, dos en la cochera, dos en la terraza, y otras dos en el jardín trasero.
Al principio, yo solo podía ver las cámaras en vivo en el monitor que estaba en la pequeña oficina del hall de entrada, pero tiempo después, por unas desprolijidades de algún vecino en el estacionamiento, la administradora, me permitió el ingreso a las grabaciones, para poder detectar al vecino, qué un par de veces luego de estacionar el auto, vaciaba su vejiga en uno de los rincones de la cochera, y también a aquella mujer, qué bajaba con su perrita al jardín, y siempre dejaba olvidado en el césped, los desechos sólidos de su mascota.
Con el correr del tiempo, fui conociendo a los vecinos, sus horarios, sus vehículos, sus visitas, y por sobre todo, sus formas de ser.
Con algunos hablaba de fútbol, con otros un poco de política, con los que tenía más confianza, algunas cosas de mi vida, con otros solo el saludo, y con unos pocos, ni siquiera eso, uno de ellos, el simpático de Ricardo.
En verdad me sobraban las horas de trabajo, para las tareas diarias, y en los momentos que tenía libre, me quedaba en la oficina leyendo algún libro, y viendo el movimiento de los vecinos a través de las cámaras.
Así también me enteré de algunos hechos "non santos" de algunos vecinos y vecinas.
Por ejemplo la señora Amalia del 7°A, de unos cincuenta años, viuda, de buena figura y buena posición económica, que tiene un montón de amigos, bastante más jóvenes que ella, que la visitan muy a menudo por dos o tres horas.
También Roberto, el ejemplar esposo y padre de familia, qué cuando la doctora Sandra, su esposa, está de guardia en el hospital, y sus dos pequeños hijos en la escuela por la tarde, viene con su amiga unas horas, a tener encuentros íntimos disfrazados de horas de trabajo, siempre entran con un montón de carpetas en las manos.
Y como no hacer mención de las chicas del 6°D, por lejos, las más fiesteras del edificio. Dos estudiantes del interior de la provincia, qué viven en el departamento de la familia de una de ellas. Varias veces hubo que llamarles la atención, por el jolgorio y el volumen de la música en horas de la noche.
Aquella conversación con Ana, si así puede llamarse, fue la primera, pero rápidamente me di cuenta qué cuando entraban y salían con su marido, tan solo era un, buenos días o buenas tardes Juan.
Cómo solía hacer con otros vecinos, no les preguntaba por su vida, esperaba a que ellos solo contarán lo que quisieran contar, y si la conversación se ponía interesante, entonces les preguntaba y les contaba cosas de la mía.
Así fueron las siguientes conversaciones, hasta que un día al llegar, me comentó que tenía problemas en la canilla de agua caliente del baño, qué la cerraba bien pero seguía perdiendo, seguramente sería el vástago, y le dije que yo podía cambiárselo.
Me dijo que ella no tenía problema, pero le tendría que preguntar a su marido, que además me dijo, qué para las cosas de la casa era un cero a la izquierda, ni siquiera para cambiar una lamparita.
Y en esa conversación, me confirmó mi pronóstico, Ricardo es contador.
Le dije que no tenía problema de ir cuando estuviera su marido, qué tan solo me avisara.
Pasaron varios días, y del tema de la canilla no hablamos más, hasta que un miércoles a eso de las ocho y media de la mañana, la vi entrar al edificio.
Traía cara de cansada, y se lo dije.
-JUAN: Buenos días Ana, qué cara de cansada trae hoy!
-ANA: Buen día Juanse! Por favor ya no me trates de usted! No sé si te conté, soy enfermera y ayer me tocó guardia y no pude parar ni un momento, en verdad estoy reventada!
-JUAN: Vaya a descansar entonces!
-ANA: ¿Que dijimos de no tratarme de usted?
-JUAN: Tenés razón! A descansar Ana!
Caminó unos pasos en dirección al ascensor, y girando se volvió hacia mí.
-ANA: Me olvidaba Juanse! Le dije a Ricardo un montón de veces de la canilla, pero aún sigue perdiendo, ¿Podrás pasar en algún momento?
-JUAN: Avísame y paso a verla!
-ANA: ¿Esta tarde tipo cuatro o cuatro y media?
-JUAN: A esa hora te toco timbre!
-ANA: Hasta la tarde entonces!
-JUAN: Que descanses!
Y con esa sonrisa qué día tras día me va cautivando, mientras caminaba me dijo:
-ANA: Gracias Juanse!
Y por supuesto, me alegró el día.
Me había dicho entre las cuatro y las cuatro y media, y matemáticamente, a las cuatro y cuarto en punto, toqué el timbre de su departamento con mi caja de herramientas.
Al momento me abrió la puerta, vestía un short de jean recortado, una remera y estaba descalza, y con su clásica sonrisa, me invitó a pasar.
En una rápida mirada al estar comedor, me llamaron la atención las fotos colgadas y en portarretratos, Ricardo con traje por aquí, Ricardo jugando al fútbol por allá, Ricardo en una entrega de diplomas más acá, Ricardo en un kayak más allá. En esos pocos segundos me dio por pensar, que egocéntrico este muchacho, en mi barrio dirían que la tiene chiquita.
Ana me acompañó hasta el baño, que por supuesto yo ya sabía dónde estaba, todos los departamentos son iguales.
Revisé la canilla, la desarmé, y mientras estaba trabajando, Ana me preguntó si me tomaba unos mates.
-ANA: ¿Amargo?
-JUAN: Así es! Como yo!
-ANA: Vos no sos amargo! O al menos a mí no me pareces amargo!
Y esta vez el que sonreí fui yo.
No conozco a nadie más adicto al mate que yo, cuando no estoy durmiendo o trabajando, estoy tomando mate, y Ana me dijo que ella también se la pasaba tomando mate.
Muchas de las canillas de los departamentos eran del mismo fabricante, y tenía varios vástagos en mi caja de herramientas.
Reparar la canilla no me llevó más de diez minutos, y cuándo le dije que ya estaba reparada, me miró con su sonrisa y me dijo.
-ANA: ¿Ya está?
-JUAN: Era el vástago nomás!
-ANA: Tantos días perdiendo agua, y se solucionaba en diez minutos.
Terminado el trabajo, le dije que me iba.
-ANA: Esperá! Tomaste dos mates nada más!
-JUAN: No quiero importunar!
-ANA: No importunás nada! Ya descansé varias horas!
Nos sentamos en la mesa del comedor, y esos mates adornaron la conversación más amena de mis últimos tiempos, a pesar de ser amargos, fueron los más dulces que he tomado.
Hora y cuarto después de haber entrado, le dije que ya tenía que irme.
-ANA: Espera Juanse! Decime cuánto te debo por el arreglo!
-JUAN: Esos mates, fueron paga más que suficiente!
-ANA: En serio Juanse! Cobrarme por tu trabajo por favor!
No podía decirle que su mirada y su sonrisa, valían más que cambiar mil veces el vástago.
-JUAN: Tan solo fueron diez minutos Ana, nada complicado!
Su agradecimiento, sonrisa mediante, fue la mejor paga, y apoyando su mano en mi antebrazo, parados los dos en la puerta de su departamento, me miró sonriendo y dijo tres palabras, qué en ese momento, sonaron muy agradables en mis oídos.
-ANA: Muchas gracias Juanse!
-JUAN: No fue nada Ana!
A partir de ese día, y conociendo algunos de sus horarios, cada vez que entraba o salía del edificio, yo tenía el mate preparado y le convidaba alguno a la pasada, qué siempre agradecía con su hermosa sonrisa.
Otra de mis tareas diarias, era distribuir la correspondencia que llegaba a cada departamento, y cuando había algún sobre para el 11°D, casi todos para su esposo, se lo entregaba a la pasada, o se lo llevaba directamente a su departamento, cuando sabía que Ana estaba allí.
Una tarde le toqué el timbre con un sobre para su esposo, y abrió Ana con el mate en la mano.
-ANA: Hola Juanse! ¿Cómo estás?
-JUAN: Buenas tardes Ana! muy bien ¿y vos?
-ANA: Mateando! ¿Estás ocupado?
-JUAN: No, estoy en mi hora de descanso.
-ANA: Pasa y nos tomamos unos mates, recién lo arranco!
Era una invitación que no podía ni quería rechazar, qué mejor momento que tomar unos mates y conversar con ella.
-ANA: Pasa! Sentate que voy a buscar el termo!
Me senté en una de las sillas del comedor, y volví a mirar a las fotos, esta vez buscando alguna foto de Ana o de los dos, pero no había ninguna.
Ana volvió con el termo y un plato con masitas, y se sentó frente a mí en la mesa.
-ANA: Probalas! Las hice yo! Son de limón, una compañera de trabajo me pasó la receta, y se me ocurrió hacerlas, para mí están muy ricas, pero a Ricardo no le gustaron, dice que tiene mucho gusto a Limón.
Tomé una y la probé, estaba realmente muy rica, y pensé, este tipo es un salame, por supuesto no lo dije.
-JUAN: Están buenísimas Ana! Creo que con una no me va a alcanzar!
-ANA: Comé las que quieras! Hice un montón!
Y entre mates y masitas, conversamos de nuestras vidas.
-ANA: ¿Vos sos de acá de Mar del Plata?
-JUAN: No, nací y viví hasta hace más o menos dos años en Avellaneda.
-ANA: ¿Y qué te hizo venir a Mar del Plata?
-JUAN: Soy hijo único, y luego de que fallecieron mis padres, me casé y me fui a vivir con quién fuera mi novia.
-ANA: Ay Juanse! Lamento mucho lo de tus papás!
-JUAN: La verdad fue un momento muy duro para mí, primero falleció mamá, un cáncer terminal se la llevó, y casi seis meses después, se fue papá. Se amaron toda la vida y creo que papá no soportó estar solo y se fue con ella.
-ANA: Entiendo ese dolor, yo perdí a mi papá hace tres años, y no hay un día en que no lo extrañe!
-JUAN: Lamento eso Ana! ¿Aún tenés a tu mamá?
-ANA: Aún está viva, al menos hasta donde yo sé, cuando yo tenía diecisiete años se enamoró de otro hombre y dejó a papá, y por supuesto también a mí. Desde ese entonces, solo la he visto algunas veces, la última, en el velatorio de papá. Me llevó mucho tiempo entender que se había enamorado de otro hombre, eso le puede pasar a cualquiera, pero que se desentendiera de mí, me dolió mucho. Yo no era una criatura, pero no podía entender que no tuviera necesidad de verme, de saber si estaba bien, de cómo iba mi vida. Sé que en algún momento, tendrá la necesidad de darme todas las explicaciones, aunque sí me preguntaras si hoy las necesito, te diría que no.
-JUAN: Te entiendo, aunque yo no tuve que pasar por eso, mis padres estuvieron siempre presentes en mi vida, y aún lo siguen estando, me sorprendo a mí mismo, a veces repitiendo frases de mi padre, o teniendo formas de pensar muy parecidas a las de mi madre. ¿Tu mamá le fue infiel a tu papá antes de separarse?
-ANA: Nunca lo supe, pero creo qué no te enamorás de un día para el otro de otra persona, supongo que la relación de mamá con ese hombre, ya tendría un tiempo, y también supongo que tendrían intimidad.
-JUAN: Eso es lo que duele, el amor entre dos personas se puede terminar, pero si en la relación uno de los dos toma otro camino con otra persona, duele. Duele el engaño, duele la traición, y si aún seguís queriendo a esa persona, duele más todavía. ¿Cómo lo sobrellevó tu papá?
-ANA: Cuando estaba conmigo, siempre trataba de estar normal, como si nada hubiera pasado, pero a veces lo encontré solo, a oscuras, sentado en el sillón y con la mirada perdida, o llorando.
Creo que papá murió enamorado aún de mamá. De hecho nunca volvió a tener relación con ninguna otra mujer, creo que en el fondo, estaba esperando que mamá volviera, y si hubiera vuelto, estoy segura que la hubiera perdonado.
-JUAN: Creo que eso es amor de verdad! Yo no pude!
-ANA: ¿Tu esposa te fue infiel?
-JUAN: Siempre nos llevamos bien, cuándo nos casamos vivimos en la casa de mis padres. Los primeros años iba todo muy bien, yo estudiaba arquitectura por las tardes, y trabajaba en obra por las mañanas, en la semana, nos veíamos solo en la noche, pero los fines de semana, la pasábamos juntos.
Pero en el tercer año de vivir juntos, más o menos, la relación se empezó a enfriar, Marisa, así se llamaba mi esposa, comenzó a salir con amigas los fines de semana, e ir al gimnasio los sábados.
En esa época también sé resintió bastante nuestra intimidad. Nunca sospeché, en realidad nunca desconfíe de ella, nunca creí que podría llegar a pasar, pero un día en qué es supuestamente iba a llegar a casa como a las diez de la noche, de la facultad me desocupé a las cuatro de la tarde, y queriendo sorprenderla, llegué a casa sin avisar, y el sorprendido fui yo, estaba en nuestra cama otro hombre.
-ANA: Ay Juanse! Qué momento de mierda! Perdón por la palabra.
-JUAN: No pasa nada, fue exactamente eso!
-ANA: ¿Y qué hiciste?
-JUAN: Nunca fui un tipo violento, no pensaba empezar a las trompadas justo en ese momento, pensé unos segundos, y los empecé a aplaudir.
Ana se sonrío, supongo que imaginando la situación, y yo también sonreí, recordando el hecho a la distancia, aunque en ese momento no me causó ninguna gracia.
-ANA: Ay perdón Juanse! No era para reírse, perdón!
-JUAN: No pasa nada Ana! Hoy yo también me río!
-ANA: Es que uno imaginaría cualquier otra reacción, no sé… gritos, trompadas, que sé yo, pero… en ese momento, se te debe haber venido el mundo abajo! ¿Y qué pasó después?
-JUAN: Al tipo le dije que desapareciera, y cuando Marisa intento decir algo, le dije que no quería explicaciones y le pedí que se fuera de mi casa. Y un par de meses después ya estábamos divorciados. En ese momento dejé la facultad, no tenía cabeza para el estudio.
-ANA: ¿Y ahí fue cuando te viniste para Mar del Plata?
-JUAN: Un tiempo después. Ya no pude seguir viviendo en esa casa, ni tampoco caminar esas calles, una mañana fui al trabajo y renuncié, volví a casa, junte ropa en un bolso y me fui a la terminal de Ómnibus. El primer micro que salía venía para acá, y me lo tomé, pero si hubiera ido a Córdoba o a Salta, igual me lo hubiera tomado.
-ANA: ¿Creés que volverás alguna vez?
-JUAN: Tengo muchos recuerdos en esa casa, pero este último me marcó y me pesaba estar allí, a mis padres los tengo presentes todo el tiempo, además allí vivimos los últimos años, mi infancia fue en otra casa, por esa casa si siento nostalgia, fui muy feliz ahí.
-ANA: Te entiendo Juanse! Creo que en una situación así, yo tampoco podría perdonar! No soportaría ese tipo de engaño.
Cuándo miré la hora, faltaban minutos para las cinco de la tarde, y tenía que volver a trabajar, los mates y la conversación, habían sido tan entretenidos, qué las casi dos horas, se me habían pasado volando.
Demás está decir, que en ese tiempo me sentí atrapado por su mirada y por su sonrisa, su atención cada vez que yo hablaba, me hacía ver que realmente le interesaba lo que le estaba contando de mi vida.
Le dije que me tenía que ir a trabajar, y antes de salir, y me dijo:
-ANA: Esperá Juanse!
Continuará…
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