Vedada al amor
Lleva veinte años cerrando la puerta a su corazón, pero el aroma de Pablo en el coche de la noche de fiestas ha derretido sus muros. Esta vez, no hay traición esperada, solo la promesa de un placer que creyó perdido para siempre.
A sus 46 años, Sara ha tenido una vida marcada por los desafíos emocionales, la traición y la responsabilidad anticipada. Y es que, siendo apenas una adolescente conoció a Lucas, un compañero de clase, repetidor empedernido, dos años mayor que el resto de compañeros de clase.
Aquella diferencia de edad, tener un buen cuerpo y echarle mucho morro a la vida, sobre todo con las chicas, hacían de Lucas el rompecorazones del instituto. Y precisamente uno de los corazones del que más trocitos hizo fue el de Sara. Por eso, cuando al terminar aquel curso, mientras bebían cerveza a escondidas en un parque, Lucas se atrevió a coger de la mano a Sara antes de besarla, ella se sintió atrapada por una fuerza irresistible que la elevó al séptimo cielo.
Desde aquel momento comenzaron una relación que tornó de feliz a tormentosa, con constantes idas y venidas. En un principio, Lucas se mantuvo fiel y respetuoso con Sara, pero la cabra tira al monte, y pronto el muchacho, haciendo gala de aquello que mejor sabía hacer, comenzó a probar el polen de otras flores. Sara, conocedora de las andanzas de su novio, le amenazaba con romper definitivamente con él pero el amor, del que dicen que es ciego, también produce sordera y amnesia. La chica, en cuanto tenía que enfrentarse cara a cara con aquel crápula sentía como una nube de mariposas levantaba el vuelo dentro de su estómago, cegándola el entendimiento y la razón, para volver a caer en sus brazos.
Tantas veces cayó que, en una de aquellas caídas, quedó embarazada. Sara supuso que al saberse futuro padre, Lucas sentaría la cabeza y se responsabilizaría de la criatura, estando más pendiente también de ella. Pero nada más lejos de la realidad. Cuando Lucas conoció la noticia, su reacción fue todo lo contrario a lo que su novia esperaba de él.
El tipo culpó a la chica de no haber tomado medidas para evitar un embarazo que él no estaba dispuesto a asumir. Y tanto fue así que se buscó la forma para largarse de la ciudad a la costa, con un primo suyo que allí vivía y comenzar de nuevo. O más bien, continuar con lo que ya venía haciendo: conquistar chicas, una tras otra y, tras comprobar el grado de humedad de su zona más íntima con la suya propia, dejarlas a un lado para centrarse en la siguiente conquista y aumentar así el número de muescas en el cabecero de su cama.
Desde entonces, con la necesaria ayuda de sus padres durante un tiempo, y sola desde hacía más de 20 años, Sara logró sacar adelante a su hija, Lucía, sin ningún hombre a su lado (ni a su lado, de encima ni debajo, ya me entendéis), dedicando todo su tiempo y energía a asegurarse de que nunca le faltara de nada.
Lucía tiene ahora 27 años y, aunque sigue viviendo con su madre, con quien comparte una relación muy estrecha, pasa gran parte del día fuera de casa, bien trabajando, o bien de fiesta con sus amigos, como corresponde a su edad.
Durante todos estos años, Sara no ha buscado el amor. La experiencia con el padre de su hija la dejó marcada por un inmenso dolor, que le dejó cicatrices muy profundas en su corazón, lo que la ha hecho ser absolutamente reacia a confiar de nuevo en los hombres.
Con mucho esfuerzo y sacrificio personal, logró aprobar una oposición, que le permitió trabajar como funcionaria en el ayuntamiento de su ciudad. Un trabajo que le permitió la tan añorada estabilidad económica, con la que por fin pudo independizarse de sus padres, y vivir con su pequeña hija en una modesta vivienda.
Pero, a pesar de la estabilidad económica y material, y de los años transcurridos, Sara no puede evitar sentir un vacío en su interior; una parte de ella se quedó estancada tras la huida del padre de su hija. Tardó mucho en dejar de sentirse enamorada de él. Durante mucho tiempo albergaba a esperanza de recibir una llamada, una carta o cualquier otra forma de comunicación de Lucas, interesándose por ella y por su hija. Pero eso nunca llegó, y Sara no logró sanar por completo de aquel desamor.
Para intentar sobrellevarlo y olvidar su dolor, se ha refugiado en su propia hija y en la rutina diaria, manteniéndose ocupada para no enfrentarse al vacío de su corazón, al dolor producido por aquella injusta traición, y a la soledad.
Recientemente, todo cambió o, al menos, empezó a cambiar. Sucedió cuando conoció a Pablo, un nuevo compañero recién llegado al mismo Departamento del ayuntamiento en el que Sara trabaja. Pablo es un hombre rondando los 50 años. Culto, educado, amable y atento, alguien con quien Sara nunca hubiera esperado conectar y, mucho menos, alguien que hubiera esperado que se fijara en ella.
Pero, desde que Pablo empezó a trabajar con ella, Sara no ha podido evitar sentir una fuerte atracción física por él. Su cuerpo reacciona de una manera que no había sentido en años. Pablo tiene algo en su forma de ser que le despierta deseos que creía dormidos. Pero mientras su cuerpo anhela esa cercanía, su corazón sigue bloqueado a cualquier tipo de acercamiento.
Por su lado, Pablo percibe rápidamente las señales contradictorias que Sara le ofrece. Por un lado se muestra extremadamente amable con él, le sonríe, se acerca a su cuerpo más de lo que necesario y comparte alguna confidencia de oficina y algún que otro café de la máquina automática. Pero, por otra parte, también es consciente de que, a veces, cuándo él trata de ser más cercano a la mujer, esta le rechaza, siempre con amabilidad y educación, pero establece una barrera entre los dos que parece infranqueable.
Pablo, que hace años que enviudó, no sabe muy bien cómo debe comportarse con Sara. Se siente indudablemente atraído por ella, tanto por su carácter como por su atractivo físico, pero cada vez se siente más inseguro cuando trata de intimar con su compañera.
La lucha interna de Sara se intensifica a medida que pasan los días. A pesar de las señales que Pablo le envía, a pesar de las miradas y los momentos compartidos que hacen que su corazón lata con fuerza, ella se resiste. Los fantasmas del pasado le susurran al oído, recordándole que el amor puede traer tanto sufrimiento como alegría. Ha construido muros alrededor de sus emociones, protegiéndose de la vulnerabilidad que el amor siempre produce.
Aun así, Pablo le parece diferente de los hombres que ha conocido antes. No obstante, cada vez que Sara empieza a abrirse, su mente la frena. "¿Y si me vuelvo a equivocar? ¿Y si me rompen el corazón otra vez?" se pregunta constantemente.
Lucía, que ha notado la cercanía entre su madre y Pablo, pues la madre ha hablado de su nuevo compañero de trabajo en varias ocasiones, intenta animarla a seguir adelante, recordándole que no todos los hombres son como su maldito padre.
Sara está dividida entre el deseo físico, el miedo emocional, y las cicatrices del pasado. Anhela la libertad de entregarse al placer y al amor, pero su desconfianza y el miedo a sufrir la frenan. Pablo sigue ahí, presente, con una paciencia que Sara no esperaba, una paciencia que ningún hombre había tenido antes con ella. Pero la pregunta que ronda su mente es si será capaz de superar sus miedos y de permitirse vivir plenamente, o si seguirá encerrada en sus recuerdos y en sus traumas, dejando pasar la oportunidad de ser feliz.
Este es el dilema de Sara, una mujer atrapada entre el deseo y el miedo, luchando por reconciliar su pasado con su presente y, tal vez, su futuro.
Han pasado algunos meses ya desde que Sara y Pablo se conocieran. El municipio está inmerso en sus fiestas patronales y, como es tradición, el viernes de esa semana, los empleados del Ayuntamiento organizan una cena a la que suelen acudir la gran mayoría.
Esa noche, Sara y Pablo asistieron a la cena, junto con otros compañeros. Era una velada relajada, de risas y charlas despreocupadas, pero Sara no podía evitar sentir especialmente la presencia de Pablo a su lado. Desde que llegaron, ambos intercambiaron miradas, esos pequeños gestos que parecen tener un significado más allá de las palabras. Aunque rodeados de gente, para Sara, el resto del mundo se difuminaba cuando Pablo le sonreía o hacía algún comentario que le arrancaba una risa inesperada, algo que ocurría cada vez más a menudo.
Después de varias horas, la cena llegó a su fin. Mientras los compañeros se despedían, Pablo, en un gesto de natural caballerosidad, le preguntó a Sara si quería que la llevara a hasta su casa. Sin dudarlo, aceptó. Antes de que pudiera ser consciente del paso que había dado, Sara había respondido afirmativamente. La idea de pasar unos momentos más a solas con él le producía una mezcla, casi olvidada, de nerviosismo y bienestar.
El trayecto en el coche de Pablo estuvo cargado de una tensión contenida. El hombre se mostró en todo momento relajado, como si el silencio que compartían fuera cómodo y natural. Sara, sin embargo, sentía cómo su pulso se aceleraba con cada kilómetro que le acercaba a su casa. Su mente estaba dividida entre lo que su cuerpo quería y lo que su corazón temía. No había habido insinuaciones explícitas, pero algo en la atmósfera hacía que los dos supieran que esa noche podría por fin cambiar todo.
Cuando llegaron a la puerta de su casa, Sara se sintió un poco mareada, tanto por el vino que había ingerido durante la cena, como por la cercanía de Pablo. Durante el trayecto había llenado sus pulmones con el aroma de su compañero, mezcla del olor del perfume agradable que usaba y del de su propia piel.
Cuando la mujer bajó del coche, permaneció durante unos segundos de pie frente a la puerta, buscando las palabras adecuadas para despedirse sin sonar fría o nerviosa. Pero antes de que pudiera decir algo, Pablo salió también del vehículo y bordeándolo, se acercó hasta dónde estaba ella.
— ¿Te gustaría que te acompañara hasta la puerta? —preguntó con una sonrisa.
Sara asintió. Nerviosa, tímida y excitada. Pablo acompañó a Sara hasta la puerta, lo hizo apoyando una de sus manos en la espalda de la mujer. En la entrada del edificio hubo un momento de silencio. Pablo, respetuoso, se mantuvo expectante a una distancia prudente, pero sus ojos mostraban una mezcla de interés y deseo que Sara no podía ignorar. Entonces, antes de que su mente pudiera detenerla, habló.
— ¿Te gustaría subir? —preguntó en un tono casi inaudible, sorprendida de haberlo dicho.
Pablo no se apresuró a responder. La miró con una intensidad suave, como si comprendiera todo lo que ese simple gesto significaba para ella. Finalmente, asintió.
Subieron las escaleras hasta el apartamento. Sara sintió cómo su corazón latía con fuerza cuando cerró la puerta tras ellos. Afortunadamente, esa noche Lucía no estaba en casa. Había aprovechado las fiestas, para hacer un viaje de fin de semana con algunas de sus amigas. A ninguna de ellas les gustaba el jolgorio excesivo de la ciudad en esas fechas.
El ambiente en el interior de la vivienda era íntimo y cálido, aunque cargado de una electricidad palpable que no dejaba de incrementarse con cada segundo que pasaba.
De pronto, las dudas volvieron a su mente. Estaba comenzando a arrepentirse de haber invitado a Pablo a subir a su casa. Pero antes de que pudiera enredarse en su miedo, el hombre se le acercó lentamente, sin prisa, con esa misma mirada paciente y comprensiva que había mostrado siempre.
— No tienes que hacer nada que no quieras —le dijo en voz baja, con sus ojos fijos en los de ella, transmitiéndole una seguridad que Sara necesitaba sentir.
En ese momento, el conflicto interno que Sara había sentido durante tanto tiempo empezó a diluirse, como lo hace un azucarillo en agua caliente. Pablo no estaba presionándola, no había urgencia ni expectativas, solo una conexión real que había crecido entre ellos y que lo trascendía todo. Era la primera vez, después de mucho tiempo, que Sara sentía que podía confiar en alguien, aunque fuera solo un poco.
La mujer dio un paso hacia delante, hasta hacer que sus cuerpos se encontrasen. Ese primer contacto fue suave y delicado. El primer beso fue lento, lleno de cautela, como si ambos estuvieran explorando un territorio desconocido.
Sara sintió el calor del cuerpo de Pablo contra el suyo y, por primera vez en años, permitió que ese deseo que había reprimido durante tanto tiempo se manifestara de forma elocuente.
Al beso lo acompañó con una suave caricia sobre el rostro de su compañero. Y lo que comenzó como una simple caricia se transformó en algo más profundo. Las manos de Pablo recorrieron su espalda con una ternura que Sara no recordaba haber experimentado antes. Todo en él parecía orientado a hacerla sentir segura, querida y deseada; y en ese instante, Sara decidió había llegado el momento de dejar de luchar contra lo que sentía. Había llegado el momento de permitirse disfrutar, echando a bajo las murallas que había construido a su alrededor. Su coraza, construida y reforzada durante años, había saltado hecha añicos.
El deseo, que había permanecido latente durante tanto tiempo, se desbordó con naturalidad. Sara por fin se permitió sentirlo sin el peso de las cicatrices del pasado. Mientras ambos se dejaban llevar, la intimidad entre ellos no fue solo física, sino también emocional. Pablo supo cómo guiarla con paciencia, sin premura, y Sara, aunque una vez vencido el miedo inicial, permitió que su corazón comenzara a abrirse.
El beso fue creciendo en intensidad, en la misma medida en que las manos de ambos se fueron atreviendo a explorar nuevas regiones del cuerpo del otro. Sara se dejó llevar, permitiendo que la lengua de Pablo entrase en su boca, saciando la sed acumulada durante tantos años, mientras que el hombre, superado el momento inicial de cautela, incrementaba la intensidad con la que se mostraba, acariciando cada vez zonas más comprometidas del cuerpo de la mujer: sus manos descendieron por un lado hasta alcanzar su culo, al que sobó y apretó en repetidas ocasiones, comprobando su firmeza y delicada curvatura. Posteriormente, una de sus manos se aferró a la nuca de la mujer, mientras que la otra paseó desde las tetas y pezones de esta hasta el vientre, para acabar descendiendo a su zona más caliente y prohibida.
Por su parte Sara, dejándose llevar por el deseo y la necesidad de sentir y disfrutar por fin de un hombre, en toda su plenitud física y sentimental, dejó que sus manos recorrieran la anatomía de Pablo: así, le acarició la espalda, fuerte y rotunda, descendiendo despacio por ella hasta posarse en su culo, atrayendo su cuerpo hacía sí misma, con lo que pudo sentir la férrea erección que escondía bajo el pantalón, lo que no hizo si no incrementar su propio deseo, y la creciente humedad de su sexo.
Torpemente, Sara logró conducir a Pablo hasta su dormitorio. El que siempre había sido un lugar vedado a la presencia de nadie que no fuera ella misma, o su propia hija, esa noche se abrió, al igual que su propio cuerpo, a la presencia de un hombre.
Pablo deslizó sus labios y su lengua por el cuello de la mujer, acariciando a cada paso cada uno de los poros de su piel, haciéndola estremecer hasta casi sentir dolor. El ardor y el deseo no dejaban de aumentar, y más lo hizo cuando, mucho más suave y dulcemente de lo que jamás Sara hubiera podido imaginar, Pablo acarició los labios de su coño, húmedos y ardientes, por debajo de su vestido. La ropa interior había absorbido gran parte de la humedad que nacía de sus entrañas y rezumaban por su coño. Los dedos de Pablo se impregnaron de esa humedad que, para el hombre, era el más delicioso elixir: llevó sus dedos húmedos a mitad de camino entre sus labios y los de la mujer, y ambas bocas pugnaron por llevarse la mayor parte de la esencia del placer femenino.
Sara, absolutamente enloquecida de placer, sintiendo como un calor abrasador invadía todo su cuerpo cada vez que Pablo acariciaba su coño, hundiendo sus dedos entre los labios húmedos, aún a pesar de la oposición que sus braguitas ejercían, en cuanto pudo se apañó para dejarse arrodillar en el suelo, para abrir el pantalón del hombre y para extraer, por primera vez en décadas, un delicioso y tentador falo.
La mujer contempló, como si de un trofeo se tratara, aquella hermosa polla. Ese cipote grueso y duro que, a duras penas, y haciendo un gran esfuerzo, logró ensartar en su boca, entre sus labios para, a partir de ese momento, comenzar a succionarlo, subiendo y bajando con su boca sobre la fenomenal estaca de su compañero.
Pablo comenzó a gemir y suspirar. Sara logró pronto encontrar el ritmo adecuado y el hombre no pudo evitar dejarse caer en el borde de la cama, para relajarse aún más y disfrutar de toda la intensidad de la mamada.
Sara, feliz de comprobar que podía seguir haciendo sentir placer a un hombre y, lo más importante, que ella misma sentía placer y deseo al hacerlo, no dejó de mamarle la verga a su compañero, de succionarla con los labios, de acariciarla con la lengua, de sobar y masajear sus pelotas, cada vez más hinchadas y duras, con una de sus manos, mientras que con la otra, y sin haberlo ni tan siquiera pensado, se descubrió acariciándose el clítoris y masturbándose el coño, apartando a un lado las braguitas.
En el dormitorio, en hasta hacía unos minutos un lugar sagrado y vedado a la presencia de ninguna persona extraña, el único sonido que se podía escuchar era el chapotear de la verga de Pablo en la boca de Sara, el chapoteo de los dedos de Sara en su propio coño, y los suave y constantes gemidos de placer que ambas gargantas emitían.
De pronto, la mujer sintió como las fuertes manos del hombre se agarraron con firmeza a su cabeza, ella misma aumentó el ritmo con el que mamaba la verga de su compañero, a la vez que éste comenzó a mover, de forma impulsiva, su pelvis contra la boca de la mujer. Unos instantes después, una abundante descarga de esperma llenó la boca la mujer. Era la segunda vez en su vida que un hombre descargaba su néctar en su boca. La primera vez fue Lucas. No le gustó demasiado, aunque aguantó la oleada de leche. Esta vez lo deseaba, deseaba demostrarle a Pablo, y a sí misma, que había llegado el momento, que estaba dispuesta a disfrutar y hacer disfrutar al 100 %.
Pablo gimió. Lo hizo con intensidad, mientras sus huevos descargaron varias veces todo su contenido, a través de su hinchado cipote, en la boca suave y húmeda de Sara. Cuando por fin se dio por satisfecho, Pablo se dejó caer en la cama, pero no lo hizo solo, al hacerlo tiró con suavidad de las manos de Sara, para acomodarla a su lado.
Apenas un par de minutos después de haberse corrido, Pablo comenzó a besar el cuerpo de la mujer. Para hacerlo la desnudó despacio, bajando con mimo la cremallera del vestido que recorría la espalda de la mujer. Por su abertura pudo desabrochar el sujetador y, bajando la mano por la espalda ardiente de la mujer, descendió lo suficiente como para llegar al comienzo de su culo.
Puesto de rodillas, a los pies de ella, tiró del vestido, hasta hacerlo desaparecer por los pies de ésta. Ella misma acabó de quitarse el sujetador. Los honores con las braguitas, empapadas y mostrando una visible mancha de fluidos, le correspondió a Pablo. Tras quitárselas se las llevó a su boca y a su nariz, para aspirar el aroma a hembra ardiente y ansiosa, preñada de deseo.
A continuación, el hombre se inclinó sobre la boca de Sara. Volvió a besarla, impregnándose con el sabor y el aroma de su propia corrida, antes de dirigir sus labios a sus voluptuosos pechos, dos preciosas peras coronadas por dos pezones con forma y color de fresa de madura. Los devoró con pasión, con dulzura y con delicadeza, pero también con ímpetu e intensidad. Sara no podía dejar de gemir, de retorcer su cuerpo, de desear haber dado ese paso mucho antes.
Pablo descendió unos minutos después, acariciando la piel de la mujer con sus labios y con su lengua, hasta detenerse en la rajita de su coño. Lamió sus labios húmedos con la lengua, pasándola desde abajo hasta arriba, en repetidas ocasiones, hasta hacer que los labios se abrieran y el capuchón de su clítoris se retira, para descubrir el maravilloso botón del placer de la mujer.
A partir de ese momento, Pablo no dejó de lamerle el clítoris, de morderlo con sus labios y de acariciarlo con la lengua, mientras que con sus dedos masturbaba el encharcado coño de la mujer.
Sara no podía dejar de gemir, de suspirar, de jadear y de moverse, enloquecida con el placer que sentía, que iba a más, que crecía por segundos, y que la hizo abandonarse por completo hasta estallar en una explosión, acompañada de un generoso reguero de fluidos que fueron a parar a la boca del hombre.
Pablo continuó lamiendo, con gusto, con ganas, con morbo y con deseo. Lamió cada gota de fluidos que asomaban por la abertura de aquel maravilloso y excitado coño, lo hizo a conciencia, hasta comprobar que Sara no podía más, que sus piernas temblaban y que sus manos, agarrotadas, empujaban su cabeza con fuerza.
Pero aún había tiempo y ganas para más. Con el cipote de nuevo erecto y duro, Pablo se apresuró a besar de nuevo a la mujer. Ahora fue ella quién se deleitó con el manjar de su corrida, con el sabor de su néctar, con los restos de sus fluidos, entregados por la boca del hombre.
Pablo volvía a tener el cipote duro y grueso, dispuesto para una nueva batalla. Y la batalla comenzó de nuevo. Se colocó sobre la mujer, tendido sobre ella, besando su boca, acomodando su pija sobre el chocho encharcado de su compañera, apenas tuvo que hacer ningún esfuerzo para introducirle primero el cabezón, después el tronco, apenas un par de movimientos con su pelvis, y casi toda su verga se hundió, se clavó, en las entrañas de Sara.
Sin pensarlo dos veces, el hombre comenzó a follarla, moviéndose arriba y abajo, metiendo y sacando su cipote de la cueva suave, mojada y caliente en que se había convertido el coño de la mujer. Lo hizo percutiendo cada vez con más fuerza, con más intensidad, llenando cada milímetro del cuerpo de Sara, haciéndola de nuevo sentir un placer casi sobrehumano, olvidado y perdido en el tiempo.
Por su parte, Sara se agarró al culo y a la espalda del hombre, ayudándole con sus brazos y manos a ensartarse más adentro de su cuerpo, abriendo sus piernas, arqueando su cintura, para sentirle más y más dentro, para llenarse con su polla, que no dejaba de chapotear en su ardiente coño.
Cuando Pablo logró tomar uno de los pezones de la mujer con sus labios, para morderlo suavemente y tirar de él, moviéndolo a un lado y otro, Sara enloqueció. Juntó sus piernas por encima de la cintura del hombre, arqueó su cuerpo con todas sus fuerzas para hacer entrar hasta lo más profundo de sus entrañas aquel maravilloso cipote y, gritando como nunca lo había hecho, volvió a sentir un fenomenal orgasmo que la hizo alcanzar el cielo, mientras encharcaba aún más su coño y sus piernas volvían a temblar, como un flan recién hecho.
Su amante, sintiendo su verga ahogada entre los fluidos de la mujer, tardó muy poco en estallar de placer, disparando varias ráfagas de su semen en el interior de la vagina de la hembra, sucumbiendo a un placer que casi le llegó a parecer excesivo.
Muertos de cansancio, extenuados y hambrientos el uno y el otro acabaron pasando la noche. Una noche que, aunque repetida muchas más veces, siempre será la primera.
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