La Dulce Sara llega a la oficina (10)
Sabe que cruzar la línea lo destruiría, pero la mirada de Sara en la oficina le prometió un infierno dulce. Ahora, entre el rechazo frío y la seducción velada, Samuel descubre que no es él quien dirige el juego, sino la pieza que lo tiene completamente en la palma de su mano.
(Décima parte)
El fin de semana se había hecho muy largo, sin salidas, matando el tiempo y esperando la llegada del lunes. Esperé actualizaciones en el Facebook de Sara pero no hubo novedades. Salí a hacer deporte, llamé a mis hijos y hablé con otros familiares con los que hacía tiempo que no conversaba con el objetivo de evadirme. Vi un partido de la NBA (siempre fui muy fan pero mi cabeza no estaba para juegos en esta fase de mi vida). Miré las fotos de Sara, la admiré, pensaba en ella y volví a masturbarme, esta vez no me atreví a escribirle aunque no me sacaba de la mente sus palabras: " la próxima vez que te quieras hacer una paja, recuerda, llámame, igual puedo ayudarte".
Esa frase retumbaba en mi conciencia como un mantra que se repetía una y otra vez, pero yo era demasiado cobarde. Mi crédito de hombre estaba bajo mínimos y mi rabia hacia Alberto y Hugo crecía por momentos en un domingo que se estaba haciendo demasiado largo; ellos se habían llevado a la cama a la mujer que deseaba y de la que estaba enamorado, a la dueña de mis fantasías más perversas y la compañera a la que yo había ayudado en cada momento quedando al fin y al cabo como el fracasado de la película. No podía más y definitivamente iba a jugármela, tenía demasiadas cosas que perder pero por primera vez en mi vida se me había presentado la oportunidad de sacar a mi otro yo, al hombre escondido tras una fachada de buenos sentimientos y momentos en los que me sentía frustrado. Me jugaba mucho y teniendo en cuenta mi mala suerte lo más fácil es que todo saliera mal. Siempre tendría la oportunidad de alejarme, de pedir una baja laboral o perderme en un sanatorio o en un retiro espiritual que hiciera curar mis heridas. Pero también existía la posibilidad de vivir algo nuevo, de explorar lo desconocido y quién sabe, salir victorioso esta vez. Nunca es tarde aunque se cuente con 45 años y creas que se terminaron los nuevos retos para ti. En la vida, en la empresa y en el juego, el que no arriesga no gana nunca.
Estaba tan decidido que ni siquiera respondí el mensaje de mi esposa. Ella también me echaba de menos y estaba dispuesta a un encuentro para buscar nexos de unión que pudieran arreglar un matrimonio que parecía roto para siempre, como digo, me la estaba jugando a todo o nada y el riesgo era evidente. Pero no había marcha atrás y mi decisión era firme.
.............
(Lunes, 15:30h)
Mentiría si dijera que fue un día fácil. Una mañana de estrés, de llamadas, de visitas con clientes complicados y lamentablemente esta vez con resultados no muy satisfactorios. Tuve que salir pero al volver encontré a Sara desbordada con una mano en el teléfono y otra agarrada a su inseparable bolígrafo: estaba desbocada pero no menos que yo, así es el competitivo día a día laboral en el que nunca sabes lo que te espera. Vestida con su habitual elegancia me saludó desde su mesa, sin tiempo para entablar conversación pero con una sonrisa. A media tarde la jornada nos dio tregua y entonces fue el momento de acercarme.
Yo- "Qué tal el finde Sara?"
Sara- "Muy bien, nada del otro mundo. Comida con mis suegros pero al menos bastante paz para coger fuerzas antes de la guerra de esta mañana. Estoy nerviosa jeje, bueno, como tú"
Y- "Pues sí, ¿Quieres una chocolatina? No me ha dado tiempo ni a comer, el azúcar te vendrá bien a ti también"
S- "¡Gracias!, pues no te la rechazo porque luego quiero ir a nadar a la piscina y tengo pocas reservas"
Y- "Tenía que comentarte algo ya que no paro de darle vueltas a la cabeza. Me va a matar mi cargo de conciencia y curiosidad, ¿eso que dijiste el otro día era verdad?"
S- "¿El qué?" (Sara se hacía la despistada aunque sabía perfectamente de lo que le hablaba)
Y- "Me está costando mucho preguntártelo. Lo de que te llamara en algún momento de necesidad, pensé en hacerlo estos días pero no me atreví. No sé ni lo que te estoy soltando, probablemente sea la tensión y el estrés de este día tan difícil, igual te estás riendo de mí y te parezco un ser lamentable" (mi cara delataba lo difícil que estaba siendo para mí y los presentimientos que tenía de estar haciendo el ridículo de nuevo, pero esta vez sin posibilidad de dar marcha atrás o recular de una manera razonable y levantar la bandera blanca con honor).
S- "Jajaja, claro que era verdad. Yo solo miento a los clientes y siempre con la intención de sacar mejores réditos para la empresa, no nos va mal ¿no?" (dijo guiñándome el ojo).
Me palpitaba el corazón, sudaba e hiperventilaba. Jamás habría imaginado tener esta conversación con la Dulce Sara y lo mejor es que yo notaba que ella no se sentía incómoda para nada. Percibí en ella los ojos del deseo y el morbo. Lo que ocurrió en los siguientes segundos fue tan cortante como inesperado, tan excitante como liberador. Sara se acercó y tocó con su dedo índice mi barbilla, me miró y pude apreciar en sus labios un signo de humedad producida por su saliva. No sabía si era un gesto estudiado o realmente respondía a la tensión del momento. Me miró a los ojos y sus palabras me dejaron de piedra:
S- "¿Qué necesitas que te haga? Piénsalo y después me dices, ahora debo atender la llamada porque me están llamando y no querrás que el día se tuerza más. Oye...y muchas gracias por la chocolatina".
Se sentó, agarró su teléfono y me miró de la forma que solo sabía hacer ella. Volví a mi despacho con una excitación imposible de describir.
¿Qué estaba ocurriendo?
¿Soñaba?
¿Sara se reía de mí?
¿La Dulce Sara estaba muy lejos de parecerse a la mujer que yo pensaba conocer?
¿Era la oportunidad de acercarme a los anhelos que había deseado durante meses?
¿Estaba cometiendo la gran locura de mi vida y no me daba cuenta?
.................
(Lunes, 19:59h)
Salí del despacho para despedirme, nublado por la tensión del día y decepcionado por las dos operaciones que terminábamos de perder esa tarde. Tampoco respondí a las dos llamadas que mi esposa había realizado esa tarde, mi sensación era que definitivamente estaba dando carpetazo a mi matrimonio pero la excitación estaba dominando a lo que creía tiempo atrás que era políticamente correcto. Solo pensaba en salir y despedirme de Sara, volver a verla y que su sonrisa significara un bálsamo con el que mitigar la tensión de un día muy duro. Pasé toda la tarde encerrado en el despacho entre llamadas pero pensando en volver a verla, ilusionado como un niño pequeño y buscando el momento idóneo para dar la cara. Finalmente salí mientras ella recogía su carpeta y colocaba las libretas en el bolso.
Yo- "Hora de cerrar Sara, ya estás recogiendo ¿no? Vaya día"
Sara- "Sí, estoy agotada. Bufff, hoy todo ha salido mal. Qué lunes de mierda"
Y- "Tampoco hables así, no siempre se puede triunfar. Además, esas palabras dichas de una mujer con tanta clase como tú no quedan bien" (Mi reacción zalamera rozó lo ridículo pero fue lo primero que alcancé a decirle. Aunque mi valentía del momento y las ganas de dar un paso se iban a ver todavía más golpeadas con lo siguiente)
Y- "¡Te invito auna cerveza y a una tapita antes de cenar, no solo de chocolatinas vive el humano! jajaja. Así hablamos de nuestras cosas y nos olvidamos del día de mierda" (La reacción por parte de ella no pudo ser más seca y cortante, totalmente distinta a su tono de media tarde).
S-"Va a ser imposible, me voy directa a Barajas ya que mi marido aterriza en media hora. Hace días que no nos vemos y según dice en nada tiene que marchar de nuevo. Quiere que cenemos por el centro"
Me sentí estúpido y sinceramente entendía muy poco. No comprendía las razones que llevaban a Sara a esa bipolaridad, por un lado me abría a nuevas posibilidades y me invitaba a expresarle mis sentimientos, por otro se mostraba fría y distante, dejando espacio para la especulación y la comedura de cabeza. Solo le había invitado a una cerveza tras un día complicado en el que habíamos conversado de cosas importantes, ella misma me había dicho la frase lapidaria: ¿Qué necesitas que te haga? Sin embargo la prioridad al cierre era salir de la oficina y cenar con su marido. Al cerrar la puerta de la oficina no pude evitar excitarme al verla de nuevo en movimiento, no pude evitar mirarla de arriba a abajo en el último momento de este pésimo día (y ella lo notó). Le dije "Hasta mañana" y tras dar cuatro pasos por la acera se giro y acercó a mí. Me frotó la mejilla y habló:
S- "¿Qué te pasa? te has quedado con cara de tonto y mudo, mañana será un día mejor...en todo"
Se acercó y me dio un beso en la mejilla, acercando su muslo a mi entrepierna con un gesto que no era para nada accidental, y notando esa zona visiblemente abultada por la erección que tenía bajo el pantalón. Mi vergüenza crecía por momentos, más todavía cuando acertó a decir guiñándome el ojo:
S- "Upps! No seas malo esta noche, veo que algunos amigos quieren guerra y no han tenido suficiente con la batalla de la oficina" (su risa dulce y pícara fue totalmente hipnotizante)". Le devolví el beso y acaricié su pelo, ella siguió andando y yo me quedé petrificado. Ella, segura de su victoria, antes de girar en la primera bocacalle volteó su cabeza y me lanzó una sonrisa.
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Esa noche el marido de Sara fue el ganador, o al menos tal y como entendemos a los ganadores cuando varios hombres suspiran por una mujer. Yo ya me había acostumbrado a perder, lo hice con Alberto y hasta con el imbécil de Hugo. Ni siquiera tuve fuerzas para devolver las llamadas a mi esposa o quemar mis frustraciones molestando a algún amigo en situación similar, no tenía fuerzas para nada tras un día laboralmente tan duro. Sin embargo Sara estaba fabricada de otra pasta. Le dio tiempo a pasar por casa, maquillarse lo suficiente como para disimular sus ojeras y colocarse un vestido bonito con el que sorprender a su marido en Barajas regalándole la mejor de sus sonrisas. No preguntéis la razón, pero ella llegaba a todo. Se encontraron en el aeropuerto y ambos se permitieron una cena en unos de los mejores restaurantes de Madrid. Se besaron, se contaron cosas tras días sin verse y regresaron a casa sabiendo que el nicho conyugal les esperaba sin obligaciones parentales de por medio (la capacidad económica les permitía elegir cuándo y cómo estar solos). Mientras tanto, yo exprimía la noche consciente de haber hecho el ridículo una vez más.
Si algo tenía Sara era su inteligencia para saber qué era lo que tenía que hacer en cada momento, de la misma forma que no dudaba en dar rienda suelta a sus instintos ocultos cuando ella consideraba que lo merecía, era capaz de comprender lo que deseaba un hombre (con mayor motivo el esposo que le permitía llevar una vida tranquila y permitirse ciertas licencias que para otras mujeres serían lujos. No le entusiasmaba, pero sentía que era el peaje). Al llegar a casa volvió a besar a su marido, le bajó el pantalón y desabrochó su camisa. Le besó el pecho y le preguntó si la había echado de menos. Acto seguido le llevó a la cama y le dijo que esperara tumbado...volvería en unos minutos.
Sara se hizo de rogar pero de repente salió de su vestidor:
Corpiño negro con medias y tanga del mismo color, unidas por ligueros de color rojo. Volvió a retocarse la cara, resaltando sus labios y marcando la sombra de sus ojos de manera que no se notaran las ojeras del cansancio. Soltó su melena rubia y se calzó unos de aquellos zapatos de tacón que solo se ponía para follar. Si un hombre sueña con un recibimiento sexual de su esposa a lo grande debemos decir que el marido de Sara estaba de suerte. Nada más verla se excitó de tal manera que liberó su pene con una tremenda erección. Sin duda, Sara sabía la forma en la que poner cachondo a un hombre. Su marido no sospechaba las razones por las que Sara sabía hacer tan bien esas cosas, de haberlas conocido puede que él mismo se hubiera sentido como el perdedor de la partida.
Sara chupó la punta de su glande, le miraba, se tocaba las tetitas al mismo tiempo apretando su corpiño. Se metió la polla de su marido hasta la garganta haciéndole enloquecer. Se puso en cuatro patas invitando a su esposo a que explorara con su pene el agujero que ya estaba a la luz después de que la Dulce Sara se liberara de su tanga. La penetró, la embistió mientras ella agarraba las abrazaderas de la cama. Fueron, 5, 6 o 7 empujones, no duró más. Su marido eyaculó dentro (Sara tomaba la píldora y por eso no sumaban precauciones mayores), él disfrutó como hacía semanas que deseaba. Sara ni se enteró y por supuesto no llegó al orgasmo ya que la situación no le produjo el morbo suficiente.
.......................
(Martes, 00:41h)
Después de los besos de rigor y de que el marido de Sara quedara rendido por el cansancio, ella decidió terminar este día de tantas sensaciones en el salón. Agarró una chocolatina del frigorífico que supo distinta a la que le había ofrecido Samuel horas antes. Para nada estaba saciada (en cuanto al sexo) y en la soledad de su salón comenzó a ver algo de Porno en sus páginas preferidas con su teléfono móvil. Lo hacía cuando lo necesitaba, le relajaba y ayudaba a dormir aunque nunca se lo contó a nadie. Se frotó la vagina con varias escenas y tuvo un arrebato a esas horas de la noche llevada por la excitación. Escribió a Samuel: "¿Te has portado bien cariño?"
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