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La Dulce Sara llega a la oficina (9)

La noche lo perdió todo, pero la mañana lo encontró todo cambiado. Samuel creyó haber arruinado su reputación con una confusión borracha, pero Sara no buscaba perdón, buscaba excusa. Y cuando el deseo habla, las reglas del matrimonio se vuelven irrelevantes.

Caandre11K vistas8.8· 13 votos

(Novena parte)

El día a día en casa se hizo insostenible. Reconozco que mi carácter no era el mejor pero tampoco fue agradable llegar tras una dura jornada de trabajo y encontrarme con caras largas y frases del tipo: "Hazte tú la cena". No estoy justificando mis errores pero puede que mi versión sirva para entenderme; estaba viviendo la mayor crisis en mi matrimonio que jamás pude imaginar, y de mutuo acuerdo decidimos que lo mejor sería que me mudara al piso vacío durante algún tiempo. ¿Qué me ocurría? ¿Había perdido la cordura?

Se puede intuir que al saber más del pasado de Sara mi obsesión por ella se habría mitigado, pero nada más lejos de la realidad. Las historias de Alberto frenaron mi impulso inicial de tomar riendas y decisiones en la empresa, pero sin embargo, incentivaron mi pasión por ella. Instalarme en "mi piso de soltero" acrecentó el morbo por ella, y no eran pocas las noches en las que terminaba haciéndome dos o tres pajas mirando sus fotos; ahora nada ni nadie me frenaba.

Era viernes por la noche, alrededor de las dos de la madrugada. Me había despedido de Sara sobre las 19:00 y debido a mi nueva situación aproveché para tomar una cerveza con dos amigos con los que hacía tiempo que no alternaba. El problema fue que la cosa no se quedó en una ronda sino que llegaron muchas más; no sé si os ocurrió algo similar, pero cuando te sientes solo y abandonado se tiende a beber más de la cuenta. No lo recomiendo. Conecté las redes sociales al llegar a casa y casualmente vi a Sara en línea, si no fuera por la alta graduación alcohólica que corría por mis venas jamás me hubiera atrevido a abrir ese chat, pero esa noche lo hice. No era yo, no era el hombre que Sara se imaginaba que tenía por compañero, sino alguien roto con necesidad de ser atendido y escuchado. Expongo la conversación:

Yo- "Hola Sarita"

Sara- "¡Hola!, qué sorpresa, no sabía que utilizabas facebook.

Y- "No suelo, y menos a estas horas, ¿Qué tal la noche?"

-S- "Muy bien, aquí echando un rato"

Y- "Eso está bien, yo vengo de tomar cervezas" (Sara empezó a intuir que no estaba en mis cabales)

S- "Y te pasaste un poco, veo jajaja"

Y- "Bastante, pero no me apetece dormir"

S- "Lo mejor en esas situaciones es dormir la mona, Jajaja"

Y- "Mi mujer me ha tirado de casa, vamos, que no estoy con ella y tampoco tengo obligaciones en esta noche"

Sara estaba alucinando con lo que leía, sorprendida y viendo una cara de Samuel que nunca hubiera imaginado. Él estaba completamente borracho y Sara intentó hacerse cargo de la situación.

S- "Ve a dormir Samuel, te han sentado mal las cervecitas, jajaja"

Y- "Estabas muy guapa hoy"

S- "¡Gracias!"

Y- "Te quedaban genial los jeans"

S- "Va, para que no son horas"

Y- " A ti todo te queda bien, pero es que además me escuchas y comprendes. ¿Tú esposo también está fuera? Ya somos dos casados charlando en la madrugada y en la soledad de la noche jajaja (el ridículo ya rozaba límites espantosos)

Sara no conocía la nueva situación de Samuel ni se esperaba una comunicación de él a esas horas. Pero a decir verdad, empezó a hacerle gracia el escenario y el esperpento alcohólico que estaba protagonizando. Tampoco quería hacer sangre pero no frenaba la conversación, en el fondo le daba pena.

S- "Cariño, vete a dormir y el lunes me cuentas"

Y- "La noche es joven y la vida corta"

S- "Jajaja, estás gracioso"

Y- "Graciosa eres tú, te amo y te deseo"

S- "No digas tonterías que te vas a arrepentir. Bebiste mucho Samuel, vamos a dejarlo por hoy cariño"

Y- "Me da igual arrepentirme, ya nada tiene solución para mí. Soy una mierda. Un mierda enamorado"

S- "Me estás dando miedo. ¿estás bien?"

Sara comenzó a frotarse la vagina sobre las mallas que llevaba puestas. Se había excitado, estaba dispuesta a irse a dormir pero la curiosidad le había llamado demasiado. Se tocaba con sus dedos y apretaba la tela de su pantalón al mismo tiempo que mordía su labio. Se imaginaba a un derrumbado Samuel haciendo el ridículo al otro lado del ordenador y ello le creaba una sensación de morbo y comprensión a la vez. Samuel estaba fuera de sí.

Y- "Estoy bien, pero estaría mejor contigo a mi lado Sara. Me vas a odiar por lo que te voy a decir"

S- "¿por qué?"

Y- "Voy a hacerme una paja mirando tus fotos, Sara"

Rotundo, directo y completamente borracho, Samuel terminaba de tirar todo el poco crédito que pudiera tener declarándose a Sara de la manera más grotesca. Por facebook y con formas alejadas de lo que se espera de una persona razonable.

S- "Déjalo, en serio"

Y- "OK" (con ese OK terminó la conversación surrealista que Sara y Samuel terminaban de tener. Pero ella finalizó lo que había empezado en el ordenador frotándose en su cama. Se había excitado, le había dado morbo ver a Samuel en esas condiciones perdiendo la razón. Sara rozó su vagina bajo las sábanas, era una experta cuidando su coño y sabía autosatisfacerse en situaciones extremas. Nada sería igual a partir de ese momento.

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Pocas cosas más bochornosas y humillantes pueden existir que levantarse por la mañana con la sensación de que has tocado fondo. Eso me pasó, tras saber que había hecho el ridículo más espantoso movido por la desesperación y el alcohol, llegando a un punto de absoluta enajenación mental sacando mis vergüenzas a la luz. No tuve la valentía de escribirle a Sara durante el fin de semana, y si os digo la verdad, casi ni me atreví a salir de la cama e incluso pensé en no volver al trabajo y pedir una baja indefinida que sin duda necesitaba. Pero el lunes llegó. Fui el primero en sentarme en el despacho, abriendo la oficina como si yo fuera un hombre merecedor de respeto.

Media hora después llegó Sara y casi no pude ni mirarla a la cara. Saludé con un escueto Hola y seguí inmerso en la pantalla del ordenador revisando balances, cuentas y fórmulas, tratando de ser el rey de la intranet con alguna fórmula mágica que pudiera impresionar a los superiores. Ni siquiera reparé en la vestimenta de Sara ese día (extraño en mí, ¿no?). Os cuento: Un pantalón vaquero ajustado que parecía hecho a medida, marcaba todas las curvas de su cintura como un guante y a la vez se adaptaba por debajo ensalzando sus sexis piernas adornadas con unos botines de tacón negros. De lo de arriba mejor no hablar: Blusita de encaje que dejaba respirar sus tetitas y melena rubia suelta; Sara había pasado mucho rato poniéndose guapa antes de ir a trabajar, aunque esa mañana yo ni reparé en ello, demasiado peleado con mis demonios mentales, el remordimiento y la sensación de vergüenza.

A media mañana la dulce Sara dejó caer su cara en la puerta del despacho:

Sara- "¿Te molesto?

Yo- "No, estoy chateando con los irlandeses por lo de Hungría. Estos tíos son unos cabrones"

S- "Jajaja, espero que se te dé mejor chatear por el día que por las noches" (un golpe bajo que no me sentó nada bien)

Y- "Son insufribles" (disimulaba tratando de hacer ver que realmente lo que me preocupaba era la respuesta de mis clientes)

S- "¿Me invitas a un café? Y si no quieres te invito yo, cariño. Ando algo agobiada yo también"

Que se refiriera a mí con la palabra cariño era algo que no me esperaba. Lo hizo en nuestra conversación telemática pero jamás me había llamado así en persona. Fue un brillo de luz dentro de las enormes tinieblas que vivía en ese momento, y como es lógico, abandoné el despacho siguiéndola para tomar ese café al que quería invitarme, ¿alguien habría hecho lo contrario?

Por el camino por fin pude observarla. Movía sus caderas en cada paso, se colocaba las gafas de sol de manera sensual y mostraba su belleza en cada gesto: "Qué buenísima estás" (pensé). Al sentarnos mi vergüenza se acrecentó recordando lo que había ocurrido y entonces confesé:

Y- "Sara, te debo una disculpa"

S- "¿Por qué?"

Y- "Estoy abochornado. No duermo, no como, no hago nada pensando en el ridículo que hice el otro día"

S- "Jajaja, estabas colocadito ¿eh?"

Y- "No era yo. Por favor, espero que me sepas perdonar y si no es así yo mismo pediré la baja laboral sin que te afecte, por eso no te preocupes..." (me cortó)

S- "¿La baja por qué? si estuviste agradable y simpático, no digas tonterías"

Y- "Te pido perdón" (Entonces Sara hizo gala de su experiencia de seductora, moviendo la pajita de su refresco y creando un silencio eterno tras el "Y....")

S- "¿Era cierto todo eso que me contaste?"

Y- "Ni me acuerdo de lo que te dije, te estoy pidiendo disculpas. Sara, no me lo pongas más difícil"

Sara parecía disfrutar con la situación, yo estaba hundido y casi desesperado. (Quería huir y alejarme, pero ella mantenía una sonrisa que habría atrapado a cualquiera, sus silencios eran eternos y su belleza arrebatadora)

S- "Dijiste que estabas loco por mí. Y también que te hacías pajas con mis fotos, ¿eso es cierto?"

Y- "Lo siento, de verdad que lo siento. Perdí la cabeza" (yo estaba al borde del llanto)

De repente Sara se levantó y pagó la cuenta en la barra. Su trasero embutido en los jeans a medida era de auténtica diosa, lo movía como ninguna y se sabía deseada por todos los presentes. Yo esperaba en la mesa y cuando volvió me susurró al oído en voz baja:

S- "No te arrepientas de nada ni estés mal. Me gustó lo de la otra noche. Y la próxima vez que te quieras hacer una paja, recuerda, llámame, igual puedo ayudarte"

Me quedé apurando el café de la mesa y casi al borde del colapso por las emociones. No daba crédito, ni tenía fuerzas para asumir lo que terminaba de escuchar y a la vez poner en regla mis sentimientos, remordimientos y sensaciones sobre lo que era yo. Hacía tiempo que había perdido la racionalidad, pero no esperaba que Sara también lo hiciera, y menos en ese momento.

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Casi no pude mirar a Sara ni esa tarde ni en el resto de los días de la semana. Estaba atenazado por el miedo pero también cargado de excitación, no entendía nada y mis conversaciones con ella se redujeron a lo estrictamente necesario. Por lo que respecta a Sara, también ella estaba sintiendo una etapa de cambios y huida al pasado, rememorando sensaciones que en otras épocas le hicieron gozar y al mismo tiempo sufrir. En los últimos tiempos y gracias a su implicación en el trabajo había conseguido calmarse y alejarse de comportamientos que llegaban a avergonzarla, quitando su escarceo en Roma al lado de Hugo había logrado mantenerse fiel, equilibrada y más sensata que nunca. Pero Sara también tenía demonios ocultos e insatisfacciones que no era capaz de controlar y de las que nunca hablaba en público.

El autoanálisis era una constante en ella, y aunque aparentemente vivía una existencia idílica también era evidente que su matrimonio no le llenaba. Al menos sexualmente y en cuanto a atención ella se sentía profundamente vacía, aunque también reconocía la suerte de contar con un esposo que le daba todo lo que podría esperar una mujer en lo material, que era un buen padre y en definitiva una buena persona a la que jamás quiso hacer daño. De ahí las contradicciones y los problemas, la ansiedad, los vicios que seguían siendo una cuestión de fondo y las locuras como entender el momento de enajenación de Samuel y atreverse a soltarle una frase como la que le dijo. Sara también se masturbaba, lo hacía mucho. Desde que empezó a mantenerse alejada de las imprudencias del pasado, tocarse con asiduidad y de alguna manera mantener vivas sus fantasías era una de las pocas cosas que le relajaba. No cabe duda de que la fogosidad sexual de Sara tenía pocos límites, y aquella ansiedad de meses tenía que estallar por algún lado como lo hizo en Roma, en un descuido pero al fin y al cabo en un momento en el que perdió la alerta.

Los últimos acontecimientos habían creado un clima de tensión sexual entre Sara, Alberto y Samuel. Por diferentes motivos y distintas circunstancias, de esta ecuación se había caído ya un Hugo que se aprovechó de ella y no mostró un mínimo de respeto hacia una mujer que lo merecía; Sara era muy recta y directa, y al igual que podía perder los papeles en un momento puntual también tenía la habilidad de cortar por lo sano si algo le incomodaba. El triángulo sexual y del deseo había vuelto a caminar. Sorprendentemente el más volátil e impredecible era Alberto, quien tan pronto rechazaba un encuentro con Sara o era él el que pedía verla demostrando sus dudas. En esos días Alberto se volvió insistente con llamadas y mensajes: la excitación le podía y deseaba volver a follarse a Sara a pesar del peligro que sabía que eso tenía.

Alberto: "¿Tu marido sigue fuera Sarita? vamos a quedar"

Sara: "Me rechazaste y ahora no ando con ganas"

A- "Tengo la polla a mil, así se me pone cuando pienso en ti"

S- "De verdad, déjalo. Has podido vivir perfectamente sin mí en este tiempo y te agradezco que me hayas defendido con el asunto de Hugo"

A- "Sí, hemos hecho el esfuerzo y yo también pensaba que habías dejado todo atrás. Pero cuando me enteré de lo de Roma no puedo dejar de pensar en otra cosa"

S- "Fue un desliz, ya te lo he dicho. No volverá a pasar" (las palabras de Sara sonaban con rotundidad pero estaban sujetas por unos pilares demasiado frágiles)

A- "¿Te folló bien?, ¿lo disfrutaste?"

S- "No tengo que darte explicaciones"

A- "¿Te corriste? dime"

S- "Sí, pegamos un buen polvo. Lo disfruté y creo que él también, ya está"

A- "Ufff, sigues siendo igual de zorrita. No sabes como tengo el rabo, ¿No quieres que te folle como a ti te gusta?"

S- "No, y ahora déjame por favor"

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Sara se quedó aturdida, distante y absolutamente cachonda. Por supuesto que le apetecía quedar con él pero su orgullo se lo impedía, su vagina tenía más humedad que un océano y las sensaciones eran las que tantas veces había tenido en su relación con el sexo durante el pasado. Su marido no volvería hasta tres días después y los niños estaban siendo cuidados por los abuelos, por lo que no había obligaciones que pudieran frenarla en aquella tarde/noche que todavía era joven. Se duchó, se colocó un conjunto rosa de dos piezas compuesto por tanga y sujetador mientras ya notaba el calor de su coño con el roce de la tela. Agarró del armario una minifalda de cuero negra y un top, para posteriormente maquillarse y calzarse unas espectaculares botas con fino tacón de aguja. Se miró en el espejo del vestidor y se gustó; se sentía guapa y a la vez muy zorra, tan zorra que para no levantar sospechas ni provocar demasiado salió de casa con un abrigo también de cuero negro que disimulaba un tanto sus intenciones. Había pocas dudas y el fuego interior que sentía iba a provocar que volviera a las andadas.

Sara era fogosa y peligrosa en estas situaciones, y también tremendamente morbosa. Una de las cosas que guardaba celosamente es que le daban mucho morbo los chicos jovencitos, una perversión que había ido en aumento a pesar de no ponerla en práctica en los últimos tiempos. No tenían que ser musculosos, inmensamente guapos o con penes enormes, es más, a Sara le daban morbo con un punto de inocencia y siempre le encantó la seducción. La seducción improvisada e imprevista, y en su currículum de locuras no eran pocos los chicos a los que había iniciado en el sexo en el pasado, capítulos oscuros que nadie conocía pero que ella no olvidaba.

Se subió al metro y a esa hora de la tarde el tren iba cargado de universitarios que volvían a casa. Sara no cogió asiento y se colocó de pie en uno de los pasillos con la intención de ser observada con mayor atención, miraba su movil pero le excitaba sentirse deseada por grupos de chicos jóvenes que no perdían de vista la turgencia de sus piernas o la brillantez de su pelo. Se fijó en uno de ellos, un chaval de unos 20 años con gafas que tenía pinta de buen estudiante con su mochila colgada a la espalda. Él no paraba de mirarla, pero era incapaz de mantener la mirada cuando Sara se la devolvía con una media sonrisa: excitada como estaba, le dio morbo ese chico y disimuladamente le siguió en una de las paradas del extrarradio madrileño (donde el chaval se bajó). Era su presa y estaba convencida de que no le costaría demasiado seducirle.

Corrió hacia él en una de las estrechas calles de los aledaños de la estación y le tocó por la espalda. Le preguntó por el nombre de un bar (terminaba de inventárselo) y lógicamente el chico no supo indicarle, nervioso y sorprendido. Marcos se llamaba el chaval.

Sara: "Pues qué lástima, me esperaban allí, ¿Cómo te llamas?"

Marcos: "Encantado. Intenta preguntar por aquí, seguro que alguno sabe indicarte"

S- "¿Y no conoces algún otro garito donde me puedas invitar a una copa?" (Sara ya se sabía ganadora y empezó a jugar. Marcos mostraba un nerviosismo atroz por lo extraño de la situación)

M- "No, no sé, no salgo demasiado por aquí"

S- "¿Quieres que busquemos alguno y nos sentamos?" (Sara desabrochó su abrigo y mostró a Marcos el sexy atuendo que llevaba debajo. A Marcos le cambió la cara y le entraron sudores muy fríos, le encantaba lo que veía pero no sabía si Sara era una prostituta, una loca o alguien que quería robarle o hacerle daño)

M-"Me tengo que ir, lo siento"

S- "Jajaja, ¿te he asustado guapo? no temas" (lo agarró de la mano y se acercó, comenzó a caminar con el chico a su lado. Sara estaba tan irresistible que Marcos no pudo negarse a ser su perrito faldero y acompañarla. Entraron en el primer bar que vieron abierto y se sentaron en una esquina, el establecimiento era tranquilo y poco concurrido a esas horas. Pidieron un refresco y empezaron a hablar, ya con Marcos más tranquilo y embelesado con su nueva amiga. Se contaron algo de sus vidas, lo justo, Sara tampoco necesitaba saber demasiado).

S- "¿Sabes que hoy es tu día de suerte?"

M- "No, ¿por qué?" (Sara empezó a tocarse una teta por encima del top al mismo tiempo que le miraba provocándole)

S- "¿Te gusto?"

M- "Sí, sí, claro" (el chico no sabía dónde meterse y ella comenzó a frotar su paquete por encima del pantalón. La tenía completamente dura y erecta)

S- "Paga y espérame en la puerta, voy al aseo"

El chico lo hizo y la esperaba como un clavo en la puerta del bar y su mochila colgada en la espalda. Sara salió e inmediatamente después le plantó un beso en los morros que seguro Marcos no olvidaría en su vida. Fueron a un descampado solitario de la parte de atrás y se colocaron al lado de unos contenedores que servían de cobijo y retaguardia. Sara le besó con cariño y pasión, él le tocaba el culo por encima de su minifalda y la mujer sacó el pene de Marcos para masturbarlo. No duró ni 30 segundos antes de correrse y soltar su esperma en la mano de Sara.

S- "Uppps, jajaja. Parece que al niño le ha gustado" (ese tipo de situaciones excitaban a Sara hasta límites insospechados)

S- "No me vas a follar pero te vas a portar bien, me lo debes" (Se quitó el tanga totalmente empapado de flujo vaginal y puso la mano de Marcos en la apertura de su coño. Era muy sucio y morboso todo, muy oscuro. Justo lo que buscaba y necesitaba Sara cuando salió de casa, el chico metió dos dedos en la abierta vagina de ella y la masturbó mientras la mujer gemía de placer"

S- "Así, así, no pares. Ummmmmmm, muévelos. Qué bien lo haces joder. Sigue" (Marcos agarró y apretó una teta mientras con la otra mano lo daba todo para satisfacerla. Sara pegó un grito y se corrió cargada de morbo, se levantó al tiempo que el chico no sabía dónde meterse ni encontrar explicación a lo que terminaba de suceder. Se colocó las bragas y le miró con el semblante de una tigresa que termina de perdonar la vida a alguien. Nervioso, Marcos preguntó)

-M: "¿Me das tu teléfono?"

S- "No, ya te he dado mucho cariño" (le morreó y volvió a tocarle la polla, de nuevo tiesa, pero Sara ya había tenido bastante)

S- "No olvides lo bien que lo hemos pasado y guarda un poco de esto tan duro para tus novias, jajaja"

Se despidieron y Sara subió al primer Taxi que pasó por la avenida contigua. Volvió a casa satisfecha y saciada, era oficial: había vuelto a las andadas.

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