Xtories

Victoria: Arreglando Cosas

La máquina de billetes no es lo único que falla esa noche. Entre el zumbido de los equipos y la oscuridad del almacén, la tensión entre el DJ y la cajera se vuelve insoportable. Cuando el silencio de la discoteca los envuelve, las reglas del trabajo se olvidan y solo queda el deseo prohibido de explorarse sin restricciones.

Duke20501.8K vistas

El bajo retumbaba en mis entrañas, una vibración sorda que se colaba por los conductos de ventilación y acariciaba el aire quieto de la discoteca. Mis dedos volaban sobre la controladora, ajustando ecualizadores, probando los monitores. La consola brillaba bajo la luz tenue, un panel de control que pronto dictaría el ritmo de cientos de cuerpos. Treinta y seis años, y aún sentía esa chispa, esa anticipación cuando todo estaba en silencio, a la espera. Mi chándal negro, holgado pero cómodo, me permitía moverme con libertad, mi camiseta a juego absorbía el primer sudor de la jornada. Unas canas salpicaban mi pelo oscuro, testimonio de noches largas y mañanas aún más largas. Mi 1.85 metros de altura me daban una perspectiva privilegiada del escenario, y aunque mi cuerpo corpulento albergaba una incipiente barriguita, sabía que esta noche, como tantas otras, la música me haría sentir invencible.

Un golpe metálico, seguido de un gruñido ahogado, me sacó de mi trance sonoro. El sonido venía de la zona de taquillas, un sector normalmente silencioso a estas horas. Apagué el monitor y me acerqué, mis zapatillas deportivas amortiguando el eco de mis pasos sobre el suelo de hormigón pulido. La discoteca, aún cerrada al público, era un laberinto de sombras y promesas. Al llegar al pasillo que conducía a las taquillas, vi una figura encorvada sobre un mostrador. Era Victoria. La había visto antes, siempre en la entrada, su cabello rizado castaño cayéndole por debajo de los hombros, enmarcaba un rostro concentrado. Sus pantalones vaqueros, ajustados hasta el punto de parecer una segunda piel, realzaban unas curvas que no pasaban desapercibidas. El top verde que llevaba hoy tensaba la tela sobre unos pechos grandes y firmes, invitando a la mirada.

—¿Problemas en el paraíso de los billetes?— Mi voz, un poco más grave de lo habitual por el silencio, resonó en el pequeño espacio.

Victoria se enderezó de golpe, sus ojos almendrados se fijaron en mí, un destello de sorpresa cruzó su rostro. Su 1.60 metros de altura la hacía parecer aún más pequeña junto a la máquina de contar billetes.

—¡Joder, Alex! Me has dado un susto de muerte.— Su voz era suave, pero con un matiz de exasperación. —Esta mierda no funciona. Llevo media hora con ella.—

Me acerqué al mostrador, un pequeño banco de madera que servía de apoyo para las máquinas y una banqueta auxiliar. La luz fluorescente del techo parpadeaba intermitentemente, dándole un aire casi conspiratorio al lugar.

—¿Qué le pasa? ¿No cuenta? ¿No enciende?—

Victoria suspiró, su aliento cálido empañó ligeramente el cristal de la máquina.

—Nada. Muerta. No hace nada. Y necesito dejarlo todo listo antes de que abramos.—

Me incliné sobre el mostrador, mis ojos escudriñando la máquina. Un cable suelto, quizás. O un fusible. No era un experto, pero había pasado suficientes horas en locales como este para haber aprendido un par de trucos.

—Déjame echar un vistazo. A lo mejor es una tontería.—

Ella se apartó, cediéndome el espacio. Su aroma, una mezcla dulce y ligeramente picante, me envolvió. Era más intenso de cerca, y mi nariz, acostumbrada al olor a alcohol y sudor, lo encontró refrescante. Me arrodillé, buscando la toma de corriente, el enchufe.

—¿Has comprobado el cable de alimentación?— Mi mano se extendió hacia la parte trasera de la máquina, mis dedos buscando a tientas en el angosto espacio.

—Sí, lo he movido, lo he sacado, lo he vuelto a meter… nada.—

Mientras mis dedos exploraban el cable, mi mano rozó la suya. Un toque fugaz, eléctrico. Ella retiró la mano con un pequeño respingo. Una corriente sutil me recorrió el brazo. La piel de ella era suave, sorprendentemente suave. Me concentré en la máquina, intentando ignorar la sensación.

—¿Y el botón de encendido? ¿No hace ni un clic?— Ni un puto clic. Como si estuviera desconectada del universo.

Me incorporé un poco, girando la máquina para tener mejor acceso. Al hacerlo, mi codo resbaló y, sin querer, impactó suavemente contra su pecho. Un roce mínimo, pero la firmeza de su teta se transmitió a mi brazo, un contacto instantáneo que se grabó en mi piel. Un calor se extendió por mi cuerpo, rápido y silente.

—Joder, ¡lo siento, Victoria!— Mi voz salió un poco más áspera de lo que pretendía.

Ella no dijo nada, pero noté cómo su respiración se aceleraba ligeramente. Sus mejillas se tiñeron de un rosado tenue. Sus ojos, antes llenos de frustración, ahora tenían un brillo diferente, una chispa que antes no había percibido. Me volví a agachar, esta vez con más cuidado, mi mente dividida entre el cable y la sensación de su piel contra la mía.

—A ver… aquí hay un conector un poco suelto.— Mis dedos lo apretaron, un pequeño chasquido se escuchó. —Prueba ahora.—

Victoria se inclinó, su aliento rozando mi oreja cuando pulsó el botón de encendido. Un zumbido suave llenó el aire, y la pantalla de la máquina cobró vida, iluminando el espacio con un resplandor verdoso.

—¡Funciona! ¡Joder, Alex, eres un genio!— Su voz estaba llena de alivio, pero también había algo más, un tono que me hizo levantar la vista.

Me giré hacia ella, mi rostro a escasos centímetros del suyo. Sus ojos, antes solo sorprendidos, ahora me miraban con una intensidad descarada. Podía sentir el calor que irradiaba de su cuerpo, un pulso vibrante que me envolvía. El aire entre nosotros parecía cargarse de electricidad. Mis ojos bajaron a sus labios, que se entreabrieron ligeramente, húmedos y tentadores. Un chispazo, no metafórico, sino real, recorrió mi espina dorsal. Sentí mi cuerpo reaccionar, una tensión creciente en mi chándal.

Ella lo notó. Sus ojos descendieron, su mirada se detuvo en la protuberancia inconfundible que se formaba bajo la tela oscura. Una sonrisa lenta y pícara se dibujó en sus labios. Sin dudar, sin un ápice de vergüenza, su mano se extendió, sus dedos suaves y cálidos se posaron sobre mi chándal, justo encima de mi erección. Un jadeo se escapó de mi garganta, y mi cuerpo se tensó aún más, respondiendo a su tacto.

—Parece que no soy la única que se ha encendido con la máquina.— Su voz era un susurro, ronca y cargada de insinuación. Sus dedos se movieron ligeramente, acariciando la forma dura bajo la tela. La tela del chándal, fina, no ofrecía resistencia alguna. Podía sentir cada nervio, cada vena, cada pulsación de mi polla contra su palma. El contacto era tan inesperado como descarado, y mi mente, que hace un minuto solo pensaba en ecualizadores, ahora estaba en llamas.

—Victoria…— Mi voz apenas era un murmullo, mi garganta seca. El aroma de ella se intensificó, mezclándose con el olor a tela y a la electricidad de la máquina.

Ella se rió, una risa baja y sensual que me erizó el vello. Sus ojos brillaban con una picardía que me dejó sin aliento. Sus dedos se cerraron un poco más, apretando suavemente. Un gemido involuntario se escapó de mis labios.

—Shhh. No digas nada.— Su mano se deslizó por mi chándal, desabrochando el cordón de mi pantalón con una habilidad sorprendente. Mis ojos la siguieron, hipnotizados. La tela cedió, y su mano, ágil y decidida, se coló por la abertura, sus dedos cálidos y húmedos acariciando la punta de mi polla a través de mis calzoncillos. La presión era deliciosa, una agonía dulce que me hizo jadear.

—¿Sabes? Siempre he querido saber dónde te habías metido.— Ella me miraba fijamente, sus ojos oscuros y profundos. Su otra mano se deslizó por debajo de la tela de mi camiseta, revelando la piel de mi torso.

—Y yo siempre he querido saber dónde estabas tú.— Mi voz era apenas un suspiro, mi cuerpo temblaba bajo su toque.

Ella sonrió, una sonrisa predatoria que me hizo tragar saliva. Sus dedos, aún atrapando mi polla a través de la tela, comenzaron a frotarla con lentitud, sintiendo la dureza, la pulsación. La tela de mis calzoncillos, ya húmeda, se pegaba a mi piel, amplificando la sensación.

—Pues hoy lo vamos a averiguar— dijo, y sus ojos me devoraron.

Su mano abandonó mi polla por un instante, solo para desabrochar mi chándal y mi camiseta, que ella misma se encargó de quitarme con un tirón, revelando mi torso. Luego, sus manos subieron por mi espalda, sus dedos se enterraron en mi pelo, y me atrajo hacia ella. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, desesperado. Su boca se abrió bajo la mía, su lengua, suave y ardiente, se enredó con la mía en una danza primitiva. Un gemido se escapó de mi garganta mientras la besaba con una intensidad que nunca había experimentado. Sus labios sabían a un cóctel de dulzura y deseo, su aliento era caliente y embriagador.

Nuestras lenguas se exploraban, se succionaban, el intercambio de saliva era un río ardiente que corría entre nosotros. Mis manos se aferraron a su cintura, mis dedos se hundieron en la carne suave de sus caderas, atrayéndola aún más cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo a través de la tela de sus vaqueros y su top. El beso se hizo más profundo, más urgente, hasta que el aire nos faltó y tuvimos que separarnos, jadeantes.

—Quítate la ropa— Su voz era ronca, casi un gruñido. Sus ojos, oscuros por el deseo, me miraban con una intensidad que me hizo temblar.

Mis manos, aún temblorosas, desataron el cordón de mis pantalones. El chándal cayó al suelo, seguido de mis calzoncillos. Mi polla, ahora completamente expuesta, se erigía, pulsante y ansiosa.

Victoria me miró de arriba abajo, sus ojos deteniéndose en mi polla con una admiración evidente. Una sonrisa lenta y sensual se dibujó en sus labios, y mi corazón se aceleró aún más. Ella se arrodilló lentamente frente a mí, sus ojos nunca abandonando mi polla. Sus labios se curvaron en una sonrisa lasciva mientras su mirada subía por mi eje, deteniéndose en la punta, que ya goteaba una gota de pre-cum.

—Mmm, qué rica.— murmuró, su voz apenas en un susurro.

Mi respiración se entrecortó cuando ella acercó su boca. La punta de su lengua, húmeda y caliente, rozó mi glande, una descarga eléctrica recorriendo mi cuerpo. Un gemido bajo escapó de mis labios. Ella me miró, sus ojos brillando con picardía, antes de abrir su boca y atraparme.

El calor húmedo de su boca me envolvió, una sensación que me hizo arquear la espalda. Su lengua, experta, comenzó a lamer y succionar mi glande, sus labios húmedos se movían con una cadencia hipnótica. Un shlick húmedo acompañaba cada movimiento. Cerré los ojos, mi cabeza se echó hacia atrás, apoyándose contra la pared fría de la taquilla. Sus manos, suaves y firmes, se cerraron alrededor de la base de mi polla, guiando el ritmo, intensificando la presión.

Ella profundizó, su boca abarcando más y más de mi polla, su garganta trabajaba para tragarme entero. Podía sentir su garganta contra mi polla, un calor sofocante y delicioso. Mis dedos se enredaron en su cabello rizado, apretando suavemente, mientras ella me comía con una voracidad que me hacía temblar. El sonido de su succión, húmedo y rítmico, llenaba mis oídos, y el placer se acumulaba en mis entrañas, una presión insoportable que amenazaba con explotar.

—¡Oh, Victoria…!— Gemí, mi voz ahogada por el placer.

Ella me miró, sus ojos aún más oscuros, un brillo travieso en ellos. Su lengua, caliente y hábil, se movió alrededor de mi glande, torturándome con una dulzura exquisita. Mis caderas comenzaron a moverse por sí solas, empujando contra su boca, buscando más. Podía sentir su saliva caliente bañando mi polla, haciéndola resbaladiza y sensible. Sus manos subieron y bajaron por mi polla, sus pulgares acariciando la punta de mi glande, enviando descargas eléctricas a mi cerebro.

El placer era tan intenso que mi visión se nubló. Estaba a punto de correr. Mis músculos se tensaron, mi polla palpitaba con una urgencia incontrolable.

—¡Espera!— Logré articular, mi voz apenas un graznido.

Ella detuvo sus movimientos, levantando la vista, su boca aún húmeda y brillante de mi pre-cum. Me miró con una expresión de sorpresa mezclada con frustración.

—¿Qué pasa?— Su voz era un poco ronca, su aliento, dulce y caliente, chocó contra mi polla.

—¡Quiero comerte! ¡Quiero ver tu cara cuando te corras!— Mi voz era un jadeo. No podía terminar así, no sin ver su placer.

Victoria sonrió, una sonrisa lenta y sensual. Se levantó, sus ojos fijos en los míos. Mi polla, erecta y palpitante, se balanceó ligeramente al aire. Ella se acercó a mí, sus manos se posaron en mis hombros, y sus labios se encontraron con los míos en un beso tierno, pero lleno de promesa.

—¡Pues vamos a ello!— murmuró contra mi boca.

Sus manos bajaron por su cuerpo, desabrochando sus propios vaqueros. El sonido del botón al abrirse y la cremallera al deslizarse fue música para mis oídos. Con un tirón, los vaqueros cayeron a sus tobillos, revelando unas bragas de encaje negro que apenas cubrían su coño. Mis ojos se fijaron en la tela, húmeda en el centro, y el bulto suave que se asomaba por debajo. El top lila voló por el aire, revelando sus pechos, grandes y firmes, sus pezones duros y oscuros, invitando a ser mordidos.

—Madre mía, Victoria…— Mi voz era un suspiro.

Ella se rió, una risa baja y sensual. Con un movimiento de caderas, se deshizo de sus vaqueros y bragas, dejándolas caer al suelo. Sus piernas, largas y torneadas, estaban expuestas, y su coño, un montículo oscuro y húmedo, me llamó con una urgencia primitiva. El vello oscuro y rizado, perfectamente recortado, enmarcaba unos labios hinchados y brillantes, ya empapados de deseo. El aroma de su excitación me golpeó, dulce y almizclado, un imán irresistible.

Mis manos se extendieron, mis dedos se hundieron en su cintura, y la levanté sin esfuerzo, colocándola sobre el pequeño banco de madera que antes sostenía la máquina. Sus nalgas, redondas y firmes, se apoyaron en la superficie fría, y sus piernas se abrieron, invitándome. Mi polla, pulsante y dura, rozó sus muslos, enviando escalofríos por mi cuerpo.

Me arrodillé frente a ella, mi rostro a la altura de su coño. La visión era exquisita. Sus labios mayores, hinchados y oscuros, se abrían ligeramente, revelando el capullo rosado de su clítoris, ya erecto y brillante. Gotas de su humedad resbalaban por sus muslos internos, dejando un rastro brillante.

—¡Vamos a probarte!— murmuré, mi voz ronca de deseo.

Ella arqueó la espalda, sus manos se aferraron al borde del banco, sus pezones duros y erectos. Sus ojos se cerraron, su respiración se aceleró.

Acerqué mi boca a su coño, mi lengua rozó sus labios mayores, sintiendo la suavidad, la humedad. Un gemido se escapó de sus labios. El sabor era salado y dulce a la vez, una mezcla embriagadora que me hizo gemir de placer. Mi lengua se extendió, lamiendo con avidez el rocío de su excitación, succionando los jugos que emanaban de ella.

Mis dedos se abrieron paso entre sus muslos, abriendo sus labios, exponiendo su clítoris a mi vista. Era una perla rosada, dura y palpitante. Mi lengua lo rodeó, lo succionó con delicadeza, luego lo frotó con la punta, aplicando una presión suave pero constante.

—¡Ahhh!— Un grito ahogado se escapó de Victoria, su cuerpo se arqueó aún más, sus caderas se levantaron del banco, buscando más de mi boca. Sus manos se aferraron al banco con fuerza, sus nudillos blancos.

Mi lengua se movía con frenesí, alternando lamidas suaves con succiones más fuertes, mi nariz se hundía en su vello, absorbiendo su aroma. Podía sentir el temblor de su cuerpo, la tensión acumulándose en sus entrañas. Sus gemidos se hicieron más fuertes, más desesperados, una melodía que me excitaba aún más. El sabor de ella se volvió más intenso, más concentrado, señal de que estaba cerca.

—¡Más! ¡Alex, más!— Su voz era un jadeo, entrecortada por el placer.

Mis labios se cerraron alrededor de su clítoris, succionándolo con fuerza, mi lengua lo frotó con una velocidad febril. Sus músculos se contrajeron a mi alrededor, una señal inequívoca.

—¡Oh, dios mío! ¡Ahhh!— Un grito desgarrador se escapó de Victoria, su cuerpo se convulsionó, arqueándose con violencia. Sus piernas temblaron incontrolablemente, sus caderas se levantaron del banco en un espasmo final. Sus dedos se clavaron en la madera, y su coño, húmedo y palpitante, se contrajo alrededor de mi boca. Los jugos de su orgasmo inundaron mi boca, un torrente cálido y dulce que tragué con avidez.

Ella se desplomó sobre el banco, jadeante, su cuerpo temblaba con los últimos espasmos. Su respiración era rápida y superficial. Yo me levanté, mi polla, dura como una roca, rozó su muslo, aún goteando humedad. Ella me miró, sus ojos vidriosos, una sonrisa de éxtasis en sus labios.

—Dios, Alex…— Su voz como un susurro, cargada de asombro y placer.

No le di tiempo a recuperarse. Mi polla, ardiente y palpitante, se posicionó en la entrada de su coño, resbaladizo por sus jugos. La punta de mi glande rozó sus labios hinchados, enviando otro escalofrío por su cuerpo. Ella abrió sus piernas aún más, invitándome.

—Ahora te voy a follar—murmuré, mi voz ronca de deseo.

Con un empuje lento y deliberado, mi polla se deslizó en su interior. El calor húmedo de su coño me envolvió, un ajuste perfecto, apretado y resbaladizo. Un gemido de placer se escapó de mi garganta mientras me hundía en ella. El aire fue expulsado de su coño con un suave sonido, un squelch delicioso.

—Ohhh…— Ella arqueó la espalda, sus ojos se cerraron de nuevo, una expresión de puro éxtasis en su rostro.

Me hundí hasta el fondo, sintiendo cómo mi polla llenaba cada centímetro de su interior. Sus músculos se contraían a mi alrededor, una bienvenida apretada que me hizo gemir de placer. La miré, sus pechos subían y bajaban con cada respiración, sus pezones duros, su rostro enrojecido por el placer.

Comencé a moverme, al principio lento, sintiendo el roce, la fricción, la humedad. Cada embestida era un placer exquisito. El sonido de nuestros cuerpos al chocar, el slap de mis huevos contra su culo, el shlicking húmedo de mi polla entrando y saliendo de ella, llenaba el pequeño espacio. Mis ojos se fijaron en sus pechos, que se balanceaban con cada empuje, sus pezones bailando una danza hipnótica.

—¡Más rápido, Alex! ¡Joder, más fuerte!— Su voz era un grito, sus piernas se enredaron alrededor de mi cintura, tirándome aún más cerca.

Aumenté el ritmo, mis embestidas se volvieron más profundas, más potentes. Mi cuerpo se movía con una cadencia primitiva, golpeando contra el suyo, el placer se acumulaba en mis entrañas, una presión insoportable. Ella gemía sin control, sus uñas se clavaban en mi espalda, sus pechos rebotaban con cada empuje. El banco crujía bajo el peso de nuestros cuerpos, un testimonio mudo de nuestra pasión.

—¡Ahhh! ¡Me voy a correr!— Su voz era un grito ahogado.

Mis ojos se fijaron en su rostro, la expresión de éxtasis, la tensión en sus músculos. Mis embestidas se volvieron aún más salvajes, más desesperadas. Podía sentir sus músculos contraerse a mi alrededor, una señal inequívoca de que estaba a punto de explotar de nuevo.

—¡Correte, Victoria, correte!— Gruñí, mi voz ronca por el deseo.

Un grito desgarrador se escapó de sus labios, su cuerpo se arqueó, sus piernas se tensaron alrededor de mi cintura, y un torrente de contracciones me apretó, exprimiendo mi polla. Su coño se contraía a mi alrededor con una fuerza increíble, y el calor de su orgasmo me envolvió, enviando descargas eléctricas por mi cuerpo.

Me detuve, jadeante, mi polla aún enterrada en su interior. Ella temblaba bajo mí, sus ojos vidriosos, su respiración agitada. La miré, su cuerpo brillante de sudor, su rostro enrojecido por el placer.

—Levántate— le dije, con voz un poco más suave.

Ella me miró, confundida, pero hizo lo que le pedí. Sus piernas temblaban mientras se ponía de pie, su coño aún goteando de sus fluidos.

—Gírate y apóyate en el banco— le indiqué, mi voz cargada de anticipación.

Ella obedeció, su espalda desnuda hacia mí. Sus nalgas, redondas y firmes, se alzaban, su coño, aún húmedo y palpitante, me llamaba. La visión era exquisita. Me acerqué a ella, mi polla, aún dura y palpitante, rozó la piel suave de sus nalgas.

—Quiero follarte así— murmuré contra su oído, mis manos se posaron en sus caderas, mis dedos se hundieron en la carne suave.

Ella se apoyó en el banco, sus manos agarrando el borde, sus pechos colgando ligeramente. Sus piernas se abrieron un poco, invitándome a entrar. Mi polla, resbaladiza y dura, se deslizó entre sus nalgas, buscando la entrada de su coño.

Con un empuje, me hundí en ella desde atrás. El ángulo era diferente, más profundo, más salvaje. El sonido de nuestros cuerpos al chocar era más fuerte, un thwack húmedo y resonante. Sus gemidos se escaparon de sus labios, su cuerpo se movía al ritmo de mis embestidas. Mis manos se aferraron a sus caderas, controlando el ritmo, la profundidad.

—¡Ahhh! ¡Alex!— Su voz era un grito ahogado, su cuerpo se convulsionaba bajo el mío.

Mis embestidas se volvieron más rápidas, más potentes. Podía sentir mi polla golpeando contra su cérvix con cada empuje, una sensación que la hacía gemir sin control. Su coño se apretaba a mi alrededor, una pared de músculo que me llevaba al borde. El sudor goteaba de mi frente, cayendo sobre su espalda, mezclándose con el brillo de su piel.

—¡Me corro! ¡Me corro otra vez!— Su voz era un grito desesperado.

Mis ojos se fijaron en su espalda, en la tensión de sus músculos, en el temblor de sus piernas. Mis embestidas se volvieron aún más salvajes, llevándola al límite. Un grito desgarrador se escapó de sus labios, su cuerpo se arqueó hacia adelante, y un torrente de contracciones me apretó, exprimiendo mi polla.

No me detuve. Mi polla seguía bombeando en su interior, aún dura y palpitante. Mis manos se deslizaron por sus caderas, mis dedos rozaron su culo, buscando la entrada.

—¿Quieres probar algo nuevo?— Gruñí contra su oído, mi voz ronca de deseo.

Ella gimió, su cuerpo aún convulsionándose por el orgasmo.

—¿Qué…?— Su voz era un jadeo.

Mi dedo se deslizó por su culo, rozando su ano. Ella se tensó, un pequeño grito se escapó de sus labios.

—No… Alex…— Su voz era un ruego, pero había una pizca de curiosidad en ella.

—Solo un poco— murmuré, y con suavidad, mi dedo lubricado con sus propios jugos, comenzó a presionar contra su ano. Ella se resistió, sus músculos se tensaron, pero yo seguí, aplicando una presión suave y constante.

Con un pequeño empuje, mi dedo se deslizó en su interior. Ella gimió, un sonido ahogado, su cuerpo se tensó aún más. Mis embestidas en su coño continuaron, mientras mi dedo exploraba su ano, estirando los músculos, preparándola.

—¡Ahhh!— Un grito ahogado se escapó de sus labios, su cuerpo se convulsionó. La combinación de la penetración anal con la vaginal era demasiado para ella. Sus músculos se contrajeron, y un tercer orgasmo sacudió su cuerpo.

Me detuve, jadeante, mi polla aún enterrada en su coño, mi dedo en su culo. Ella se desplomó sobre el banco, su cuerpo temblaba, sus gemidos se mezclaban con su respiración agitada.

—Dios… Alex…— Su voz era apenas un susurro, cargada de asombro y placer.

Ella se incorporó lentamente, sus ojos vidriosos, su cuerpo brillante de sudor. Me miró, una sonrisa lenta y sensual se dibujó en sus labios. Se apartó de mí, mis ojos siguieron el rastro de mi polla al salir de su coño, goteando sus jugos.

Ella se arrodilló de nuevo frente a mí, sus ojos fijos en mi polla, que aún estaba dura y pulsante. Sus manos se posaron en mis muslos, y sus labios, hinchados y rojos por nuestros besos y por haberme comido antes, se abrieron.

—Ahora te toca a ti— murmuró, y atrapó mi polla de nuevo en su boca.

El calor húmedo me envolvió, su lengua, experta y hábil, comenzó a lamer y succionar mi glande. Mis manos se aferraron a su cabeza, mis dedos se enterraron en su cabello rizado, guiando el ritmo, la profundidad. Ella me comía con una voracidad que me hacía temblar. El sonido de su succión, húmedo y rítmico, llenaba mis oídos, y el placer se acumulaba en mis entrañas, una presión insoportable que amenazaba con explotar.

Mis caderas comenzaron a moverse por sí solas, empujando contra su boca, buscando más. Podía sentir su saliva caliente bañando mi polla, haciéndola resbaladiza y sensible. Sus manos subieron y bajaron por mi polla, sus pulgares acariciando la punta de mi glande, enviando descargas eléctricas a mi cerebro.

—¡Oh, Victoria!— Gemí, mi voz ahogada por el placer.

Ella me miró, sus ojos aún más oscuros, un brillo travieso en ellos. Su lengua, caliente y hábil, se movió alrededor de mi glande, torturándome con una dulzura exquisita. Sus ojos no se apartaron de los míos, mientras me llevaba al borde.

El placer era tan intenso que mi visión se nubló. Estaba a punto de correr. Mis músculos se tensaron, mi polla palpitaba con una urgencia incontrolable.

—¡Me voy a correr!— Logré articular, mi voz apenas un graznido.

Ella apretó aún más, su garganta se cerró a mi alrededor, succionándome con fuerza. Un grito desgarrador se escapó de mis labios mientras mi cuerpo se convulsionaba. Un torrente de semen caliente y espeso brotó de mi polla, llenando su boca. Ella lo tragó, un pequeño gemido se escapó de su garganta, pero parte del semen se derramó por sus labios, resbalando por su barbilla y cayendo sobre sus pechos, brillando en la piel.

Ella me miró, su boca aún llena de mi semen, sus ojos vidriosos, una sonrisa de éxtasis en sus labios. Su lengua lamió sus labios, recogiendo los últimos rastros de mi jugo. Sus pechos, cubiertos de mi semen, brillaban bajo la luz tenue.

—Mmm, está asqueroso pero me da un morbo…— murmuró, su voz ronca y satisfecha.

Me desplomé contra la pared, jadeante, mi cuerpo temblaba con los últimos espasmos. Ella se levantó, su cuerpo brillante de sudor, su rostro enrojecido, sus tetas bañadas por mi semen.

Nos miramos, una conexión silenciosa y profunda entre nosotros. La discoteca seguía en silencio, pero el aire vibraba con la energía de lo que acababa de ocurrir. El olor a sexo, a sudor y a excitación llenaba el pequeño espacio.

Ella se acercó a mí, sus dedos se posaron en mi pecho, trazando círculos en mi piel.

—Creo que ya está todo listo para la apertura, ¿no crees?— Su voz era un susurro, pero sus ojos brillaban con una promesa de mucho más.

Sonreí, mi cuerpo aún temblaba por el orgasmo.

—Creo que sí, Victoria. ¡Creo que sí!—