Me tiro al masajista
Escuchar la confesión de otra mujer encendió una chispa prohibida en su mente. Decidió que ya era hora de dejar de fantasear y convertir en realidad el masaje que la haría perder el control. Pero cuando la puerta se cerró, supo que no saldría intacta de esa habitación.
Escuché las voces de las mujeres que estaban en los dos asientos de al lado. Una no solía tener nada mejor que hacer que escuchar conversaciones ajenas cuando le hacían las uñas en un local chino donde apenas hablaban español.
—¿En serio?
—Te lo juro.
—¿Pero qué te hizo?
—¡Me metió mano! ¡¿Te lo puedes creer?!
—¡Hombre! Teniendo en cuenta que era un anuncio de Wallapop y que el precio del masaje era de risa…
—Porque ponía que estaba buscando mujeres con las que poner en práctica las técnicas aprendidas —masculló ofendida la mujer que debía rondar los cincuenta y estaba entradita en carnes.
—¿Y tú estás segura de que te metió mano?
—¿Qué si estoy segura? Si me descuido me la mete entera… —La otra mujer se rio.
—¿Pero no dices que estaba bueno?
—¿Y eso que tiene que ver? Yo iba a por un masaje relajante, no con final feliz.
—¿Vas a denunciarlo?
—¡No! Me daría mucha vergüenza, sobre todo teniendo en cuenta que hubo momentos que me excité, es que tendrías que haberlo visto, debía rondar los veintiséis y se le intuía un cuerpo de escándalo...
—Lo que no entiendo es por qué no le dejaste, yo me habría dado un homenaje.
—¿Y Ramón?
—Tu marido está en el camión, lleva un mes fuera y dudo mucho que puedas compararlo con ese masajista cachas. Tu marido tiene una única abdominal, muy abultada esos sí.
—¡Qué tonta eres! ¿Por qué no vas tú que eres tan lista?
—Pues no lo descarto, ¿cómo era el anuncio?
Escuché atenta, saqué el móvil y con una habilidad pasmosa de la mano izquierda, tecleé lo que estaba escuchando.
Contuve el aliento al ver la foto del anuncio y apreté los muslos. Uno de mis sueños eróticos siempre había sido que me dieran un masaje y se propasaran conmigo. Claro que no todo me valía. Tenía unos gustos muy específicos sobre los hombres y J.M. parecía cumplir todos los requisitos.
¡Menuda galería de fotos! La boca se me hizo agua al imaginar que me pasaba lo mismo que a esa mujer que tenía al lado.
Había anuncios de hombres gratis que te prometían aquel tipo de masajes en páginas de contactos, pero yo no quería eso. Quería pagar por una experiencia que me sorprendiera, que me pillara de sopetón, que me hiciera sentir deseada. ¿Si pedía hora con aquel masajista me ocurriría lo mismo?
Miré las estrellas, la mayor parte eran recomendando el servicio. Y otras lo tachaban de manos largas.
Mi coño palpitó al leerlo y tecleé deseosa de probar.
»Hola, me gustaría saber si tienes hora para hoy.
Le di a enviar con mi corazón martilleando con fuerza. El doble tick se puso verde. Acababa de leerme y la respuesta no tardó en llegar.
»¿Puedes en una hora? Me han anulado uno de los masajes.
Redoble de tambores y contracción en mi vagina. Nunca le había sido infiel a mi marido, pero no dejaba de fantasear con la posibilidad de ser tocada por otra persona. Me pellizqué el labio inferior con los dientes, deseosa de aceptar.
»¿Hola, sigues ahí?
»Sí, perdona, sí puedo.
Respondí sin pensarlo demasiado.
»Vale, te paso la dirección, nos vemos en una hora.
Me faltó el aire, estaba hecho. Tenía una cita con un masajista que estaba siendo acusado de meter mano a las clientas en contra de su voluntad. No podía sentirme más excitada, estaba mojando las bragas.
Pasé la siguiente hora hecha un manojo de nervios. Era una mujer atractiva, siempre lo había sido, lo que no quería decir que fuera el tipo de mujer que al masajista le gustara. Pensé en la ropa interior que llevaba, hasta ahora que no había llegado al portal, no había pensado en ella.
Hoy quería sentirme sexy por lo que había optado por un tanga de hilo de encaje color champagne a juego con un sujetador que era pura transparencia. Si no conseguía que J.M. me metiera mano así vestida, no lo conseguiría con nada.
Llamé al telefonillo y me abrieron sin necesidad de dar si quiera mi nombre. Subí hasta la tercera planta de un edificio antiguo en el que parecía que el ascensor fuera a detenerse en cualquier momento.
Cuando las puertas se abrieron me sentí indecisa, si daba el paso no había marcha atrás. La voz varonil y una cara demasiado atractiva para mi salud mental asomó al rellano.
—Hola —me saludó J.M. con una sonrisa de mojabragas. ¡Ay Dios, acababa de perder las mías!
—Hola —respondí titubeante.
—Pasa, te estaba esperando.
Salí del ascensor con tanto ímpetu que casi se me engancha el tacón. Menudo ridículo habría hecho.
Al alcanzar la puerta me di cuenta que el piso era antiguo, igual que el edificio, no le pegaba a un chico como él.
Era alto, fuerte y como decía la mujer de la peluquería rondaba los veintitantos.
Cerré la puerta tras de mí y me pidió que lo siguiera. Mis zapatos repiquetearon sobre el pavimento. Tenía puesta una música sensual y el ambiente olía a una mezcla de aceites esenciales.
Llegamos a una habitación en la que había dispuesta una camilla. El ambiente era agradable y nada te hacía sospechar de lo que pudiera suceder en ella.
—Me llamo Jose Manuel.
—Cristina —respondí aceptando dos besos demasiado cercanos a la comisura de mis labios.
Me sacaba una cabeza. Olía a limpio y su mirada era de esas que te desnudan nada más verte.
—Dime, Cristina, ¿qué es lo que buscas?
—Un masaje —respondí de inmediato.
—Imagino, pero qué es lo que quieres, espalda, piernas, completo… —susurró indagando.
—Co-completo, hace mucho que no me tocan como es debido mi respuesta hizo que las comisuras de sus labios se dispararan—. Quiero decir a un buen masaje, ya-ya me entiendes.
—Te noto un poco nerviosa, ¿te incomoda que sea un hombre?
—No, que va, para nada.
—Vale, pues te dejo unos minutos para que te quites la ropa y te tumbes boca abajo.
—¿Toda? —pregunté tragando con fuerza. Otra vez esa sonrisa canalla.
—Me vale con que te quedes en ropa interior, después ya te iré manipulando. Ahora mismo vuelvo, ponte cómoda.
Como prometió salió de la habitación y yo me desprendí del vestido, los zapatos y me tumbé boca abajo. Mi pelo rubio estaba sujeto en una cola para que no molestara.
Mi ropa interior seguía calándose por la excitación, el papel que tenía bajo el cuerpo se calaría si seguía tan receptiva.
La puerta se abrió y apreté mi cara contra el agujero abierto de la camilla. Estaba tan nerviosa por lo que pensara.
No tenía su edad, rondaba los cuarenta y tres, pese a que me cuidaba mucho, el cuerpo de una mujer no es el mismo después de los embarazos, lo que me hacía tener dudas de si le resultaría atractiva o no.
—¿Hay alguna zona que quieres que trabaje más? —Me preguntó colocándose al lado de la camilla. Era mi oportunidad, necesitaba acercarlo a la zona cero así que dije...
—Bueno, llevo un tiempo entrenando y se me sobrecargan bastante los muslos, glúteos y lumbares. Y el otro día noté un pequeño tirón en el pectoral.
—Bien, haremos hincapié en esas zonas, quiero que salgas de aquí satisfecha y que quieras repetir. ¿Puedo desabrocharte el sujetador? Si tengo que trabajar tu pectoral sería conveniente que te lo quitaras.
—Sí, por favor —supliqué notando los dedos en el cierre. En cuanto lo desabrochó sus dedos pasaron los tirantes por mis brazos. Mi coño se contrajo. Todo era demasiado excitante.
Me ladeé un poco. Haciendo tripas corazón porque el movimiento iba a permitirle ver mi talla cien de pecho. Los ojos oscuros no dudaron en acariciar mis pezones erectos cuando me lo quité. Las pupilas le brillaron. ¿Le gustaría lo que estaba viendo?
—Muy bien, lo dejo con el resto de tu ropa, ahora relájate.
El chorro de aceite llegó a mi espalda y sus hábiles dedos comenzaron por la parte superior. Me ablandó los trapecios, prosiguió por los brazos y descendió por los laterales de la espalda.
Lo que estaba haciendo no era nada erótico y aun así yo ya chorreaba.
Los gemidos se me agolpaban en la garganta, por lo que cuando las palmas descendieron y se colaron bajo la gomita fui incapaz de controlar uno en cuanto me apretó nalgas.
—¿Es aquí donde tenemos el problema? —cuestionó amasándolas sin pudor.
—Oh, sí. Ahí, justo ahí.
Las piernas se separaron con tanto magreo. Mi calentura iba en ascenso a cada pasada de sus dedos. En uno de los movimientos los colocó como si rezara y pasó las manos unidas por la raja del culo para después abrirlas y separarme las nalgas. Volví a gemir.
—¿Te gusta?
—Mucho —confesé pensando en que si mi marido me viera no se lo creería. Un chaval me estaba magreando, mirándome el ojete estando casi desnuda y me encantaba.
—Voy a bajarte un apoco el tanga, para que no me enrede con la goma. ¿Puedo? —En todo momento me pedía permiso lo que me encendía todavía más.
—Sí, puedes. De hecho, no hace falta que me pidas permiso, haz todo lo que creas que necesito —mi voz sonó demasiado ronca y necesitada.
La goma llegó a la parte baja de mi culo sin quitarla. Imaginé lo que Jose Manuel estaba viendo y la imagen que me devolvió mi cerebro hizo que mi clítoris se sobresaltara.
Las manos seguían aquel movimiento indecente, rezo, separo, rezo, separo. Rozando mi ojete sin disimulo en cada pasada.
Tomó una de las nalgas y la amasó a conciencia, los movimientos eran duros, envolventes, la piel me ardía y mi coño lloraba del gusto. Tras la primera nalga vino la segunda. No podía dejar de humedecerme los labios cuando sin previo aviso Jose Manuel me quitó la única pieza que me quedaba.
Si hubiera podido verlo habría visto que se la acercaba a la nariz, la olía y después pasaba la lengua por la parte húmeda antes de dejarla sobre el sujetador.
Las manos regresaron dispuestas a tornear mis muslos, no sin antes dejar caer una cantidad de aceite entre mis nalgas que esparció en dirección a los muslos.
Me estaba ahogando del placer. No me había tocado el coño pero este suplicaba para que lo hiciera. Los ágiles dedos se encargaron de la parte derecha, trabajándola a consciencia. Mis piernas se abrieron un poco más. Jose Manuel podía ver la humedad que empapaba mi entrepierna y no solo eso, la rozó cuando los dedos hicieron hincapié en mi ingle.
El cuerpo me ardía, quería dedo, polla boca y lengua. Quería todo lo que me diera aquel portento de masajista.
Los cinco minutos siguientes los pasó entretenido en el otro muslo. Estaba tan sofocada que si me hubiera soplado sobre el clítoris me habría corrido.
—Date la vuelta y siéntate —me ordenó.
Roja, sudorosa y con los pezones como escarpias obedecí. Me incorporé abriéndome de piernas, cada una colgaba por el borde opuesto de la camilla. El papel se había roto fruto de la humedad que destilaba mi coño llenándome de vergüenza.
Jose Manuel se puso detrás, se colocó tras de mí en la misma postura. Con su erección clavándose en mi culo y mi espalda en su torso.
Tenía las pupilas dilatadas y las fosas nasales distendidas cuando empezó a masajearme las tetas.
Como todo lo que hacía, se tomó su tiempo. Empezó con la parte externa, ablandando la musculatura, hasta llegar al centro sonde hundía los dedos y tiraba de mis pezones. Apoyé la cabeza contra él. Seguro que sentía mi respiración irregular y tenía una vista privilegiada de lo que sus manos provocaban en mí.
Las pasó por encima de mi pecho para deslizarlas sobre el abdomen y extenderlas por la ingle. Me estaba viendo el coño. Estaba segura de ello, y no solo eso. También captaba lo perra que me estaba poniendo.
—Lleva las rodillas a tu pecho —Me pidió.
Expuesta y abierta, así me sentí mientras él hacía hincapié en mis ingles sin llegar a tocar el centro de mi deseo.
—¿Te gusta?
—Más de lo que debería —jadeé.
—¿A qué has venido? —Susurró masajeando los labios mayores con las yemas de los dedos.
—A por un masaje tuyo.
—Te lo estoy dando…
—Lo sé.
—¿Quieres más? —asentí muerta de la vergüenza por tenerlo que reconocer.
—Estás muy buena y me la pones muy dura. —Oírlo reconocer que le ponía me hizo jadear.
—Tú también.
—Voy a comerte el coño —comentó en mi oreja antes de meterme los dedos como deseaba.
—Sí… —Los sacó y me los ofreció para que los chupara. Lo hice y sonrió satisfecho.
—Vuelve a tumbarte.
Lo hice y él se acercó por un costado para llevar una de mis rodillas al pecho y bajar su lengua hasta mi coño.
Le agarré del pelo cuando me pasó la lengua por todos los labios y sorbió de los menores. Con la mano libre se puso a follarme hondo, tanto que perdí la noción de los dedos que me iba colando.
Mis jadeos se convirtieron en gritos al atacar el clítoris y sentir que iban cinco.
Nunca me había sentido tan llena.
—Relaja, Cris, relaja —murmuró empujando la mano mientras agitaba la lengua. Volví a gritar, la parte de los nudillos ya estaba sobrepasada tocaba la parte más ancha de la mano.
Mis caderas se alzaban. Sus dientes provocaban pequeñas descargas en mi nudo de placer. Una torsión de mano, un empujón más y me tenía en su muñeca.
—Ahhhhhhhh
—Toda entera, eres una jodida maravilla.
Jose Manuel se puso a bombear y yo no podía dejar de dar gritos y levantar el culo. Seguía comiéndome el clítoris con deleite y yo apenas podía mantener el oxígeno en mis pulmones.
—Me voy a correr, me voy a correr —Avisé.
—Eso, es, córrete.
Me sacudí como el sonajero de un recién nacido. Aullando de placer, mojándolo todo y engullendo su mano.
En cuanto el orgasmo me abandonó Jose Manuel me estiró para colocar mis pies en el suelo, separó mis nalgas y se puso a comerme el culo.
—Desde que he visto tu agujero trasero que he querido hacer esto.
Nadie me había comido el culo antes. Me dio muchísimo placer sentir su lengua. Llevé la mano a mi coño y seguí masturbándome. Se puso a dilatarme con ella y después con los dedos, dejando caer otro chorro de aceite.
—Cris, eres el jodido cielo —murmuró mordiéndome las nalgas—. Voy a follarte el culo y llenarte con mi leche.
—Hazlo —supliqué.
Se bajó el pantalón y me la introdujo de un empellón.
Jose Manuel se puso a bombear con violencia y yo seguí jadeando como las locas.
—Tienes un culo muy vicioso, levanta el torso y deja que tus tetas se golpeen entre ellas.
Empujé con ambas manos y estas se pusieron a entrechocar. Volvía a sentirme encendida como una perra. Mi masajista jadeaba y empujaba. El entrechocar de la carne no dejaba de encenderme una de sus manos se puso a pellizcarme los pezones.
—Adoro estas tetazas.
—Hazme todo lo que quieras —jadeé.
Cambiamos de postura. Me pidió que subiera a la camilla, se tumbó y me hizo que me empalara por el culo mientras le dejaba comerme las tetas.
Mi clítoris se rozaba con su pubis. El placer era extremo cuando el segundo orgasmo me sacudió después de que me sorbiera los pezones con fuerza. Un líquido acuoso se esparció encima de su piel ambos nos miramos con sorpresa.
Jose Manuel me agarró de las caderas y se puso a moverme arriba y abajo con mayor violencia, partiéndome el culo con cada embate hasta que me llenó el recto con su corrida.
Un gruñido hosco escapó de su garganta al estallar, que quedó rígido y me empujó hacia delante para seguir mamando mis pezones hasta calmarse.
Caí desmadejada encima de su cuerpo sus dedos acariciaron mi espalda.
—Ha sido genial —murmuró besándome el cuello. Lancé un suspiro satisfecho.
—¿Puedo pedir hora para mañana?
—Miraré si tengo hueco.
Ahora que había probado las mieles de Jose Manuel, no podía pensar en otra cosa.
Después de pagar volví a casa. Seguía caliente como una estufa. Así que busqué vídeos amateurs de masajes con cámara oculta, para hacerme una paja y cuál fue mi sorpresa al ver subido de esa misma tarde llamado, madurita con tetazas se deja dar por el culo en el masajista.
*****
Espero que os haya gustado el relato.
Os leo. Miau.
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