Xtories

Atrapada por mi Suegro

La puerta se abrió y la luz cortó la oscuridad de la cama. Natasha quedó expuesta, no solo ante la mirada de su novio dormido, sino ante la de su suegro, quien no apartó los ojos. Esa noche, Julián no dijo nada, pero su silencio fue la primera promesa de un juego peligroso que solo ella parecía entender.

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Natasha se aferraba con fuerza al respaldo de la cama, sus dedos hundidos en la madera mientras su cuerpo se arqueaba bajo el empuje rítmico de Raúl. Sus jadeos eran cortos, entrecortados, mientras el calor subía por su piel, envolviéndola como un fuego lento e incontrolable. Él la sujetaba por las caderas con firmeza, su respiración áspera mezclándose con el sonido húmedo de sus cuerpos encontrándose una y otra vez.

Las piernas de Natasha temblaban, al borde del colapso, sus muslos ardiendo por el esfuerzo, hasta que el placer se expandió por su vientre en una sacudida intensa, desgarradora. Un gemido ahogado escapó de sus labios justo cuando Raúl empujó una última vez, hundiéndose con un gruñido ronco antes de desplomarse sobre ella.

El peso de su cuerpo cálido la cubrió por unos segundos, su aliento aún pesado contra la curva de su cuello. Natasha, con el corazón desbocado, sintió el estremecimiento final recorrer sus cuerpos antes de que él rodara a un lado, cayendo sobre la cama con un suspiro satisfecho.

Raúl murmuró algo incoherente, su brazo extendido sobre su cintura, pero en cuestión de segundos su respiración se volvió lenta, profunda. Dormido. Como siempre.

Natasha aún sentía el eco del placer recorrerle la piel, su pecho subía y bajaba con rapidez mientras sus manos acariciaban las sábanas arrugadas bajo ella. Iba a girarse, a levantarse para ir al baño y refrescarse cuando el sonido la congeló.

Un clic.

La puerta.

Se abrió de golpe.

Natasha giró bruscamente, su corazón a punto de salirse del pecho. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Instintivamente, se cubrió los pechos con un brazo y estiró la sábana con la otra mano, apenas logrando tapar la parte baja de su cuerpo. Pero no lo suficiente.

El hombre en el umbral se detuvo.

Los ojos de Natasha, aún nublados por el deseo reciente, se encontraron con los de él. El aire en la habitación pareció volverse espeso, pesado, atrapando cada partícula de tensión en un instante infinito.

Él no dijo nada.

El padre de Raúl, Julián, se quedó inmóvil en el umbral, su mirada viajando entre su hijo, que dormitaba a su lado, y ella, atrapada en su desnudez, en el rubor de su piel aún marcada por el deseo.

El tiempo pareció detenerse.

Natasha sintió el aire volverse denso, una corriente eléctrica atravesándola al darse cuenta de que Julián no apartaba los ojos. Su expresión era ilegible: ¿desaprobación, sorpresa… o algo más oscuro?

Julián parpadeó una vez, luego otra, antes de esbozar una sonrisa leve que no alcanzó a suavizar la tensión que había en su rostro. Se quedó inmóvil un par de segundos más, como si intentara grabar la imagen de Natasha en su memoria, antes de mover la mano lentamente hacia la manilla de la puerta.

—Perdón… No sabía que estaban aquí —dijo con una voz grave, carente de sorpresa genuina, su tono tan pulcro que parecía ensayado.

Natasha sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era tanto la interrupción, sino la forma en que Julián no apartaba la mirada. Aunque su expresión pretendía ser casual, el brillo en sus ojos lo delataba.

La puerta se cerró con un clic seco.

Natasha soltó un suspiro, sintiendo el aire cargado en sus pulmones. Se removió en la cama, incómoda, antes de girarse hacia Raúl, quien seguía tendido a su lado, su respiración pesada y tranquila, como si nada hubiera sucedido.

—¡Despierta! —soltó, golpeando su hombro con la palma de la mano.

Raúl gruñó y apenas abrió un ojo.

—¿Qué pasa? —murmuró con voz pastosa.

—Me dijiste que hoy no habría nadie en la casa. ¡Tu padre acaba de entrar aquí!

Raúl frunció el ceño, pero su cerebro aún adormilado tardó en procesar sus palabras.

—¿Qué?

—¡Que tu padre nos vio! —Natasha se levantó de la cama de un salto, buscando a tientas su ropa esparcida por el suelo—. Me aseguraste que la casa estaría vacía. ¡Joder, Raúl, no quiero imaginar lo que pensará!

Raúl se incorporó, frotándose el rostro.

—Seguro no fue para tanto… —balbuceó, rascándose la nuca, sin captar del todo la gravedad de la situación.

Pero Natasha no estaba para tolerancias. Con furia, recogió su ropa a toda prisa, el calor del enfado ardiéndole en la piel. Encontró su sostén hecho un ovillo cerca del borde de la cama y lo desdobló con dedos torpes, sintiendo la suavidad del encaje y la rigidez de la copa bajo su tacto. La adrenalina aún le hacía temblar las manos cuando lo deslizó por sus brazos y ajustó la banda alrededor de su espalda, sintiendo cómo el tejido se adhería a su piel aún húmeda de sudor.

Al abrocharlo, la presión del elástico comprimió su torso, encajando sus pechos en las copas que los alzaron con un movimiento firme, sintiendo el peso acomodarse en su lugar. La estructura rígida del sostén marcó el contorno de su busto, atrapándolo con una mezcla de seguridad y urgencia. Tironeó de los tirantes con brusquedad, haciéndolos chasquear contra su piel antes de asentarlos sobre sus hombros, sintiendo cómo cada ajuste apretaba la tela contra su cuerpo.

Sus pechos aún subían y bajaban al ritmo frenético de su respiración, rebotando apenas dentro del encaje, la sensación de la tela fría contrastando con el calor que le ardía en el pecho. El roce del sostén contra sus pezones, todavía sensibles por el reciente encuentro, la hizo estremecer, pero no tenía tiempo de pensar en ello.

El coraje aún la consumía, latiendo en cada latigazo de su pulso. Apretó los labios y buscó su blusa, sintiendo la urgencia de vestirse, de borrar cualquier rastro de lo que había ocurrido minutos antes. Pero el sostén seguía ahí, aferrándose a su cuerpo como un recordatorio de su propio descuido, de la mirada que había sentido recorrer su desnudez sin permiso.

—¿No fue para tanto? —repitió, indignada, mientras subía la falda plisada por sus muslos y la acomodaba en su cintura—. Tu padre me vio así, desnuda, cubriéndome como pude mientras tú dormías como un tronco.

Raúl seguía sin comprender del todo, su mente atrapada entre el letargo del sueño y el desconcierto de ver a Natasha vestirse con furia.

—¿Y qué quieres que haga? No fue a propósito…

—¡Lo que quiero es salir de aquí! —bramó ella, cerrando los botones de su blusa blanca de un tirón, sintiendo el roce de la tela sobre su piel aún caliente.

Se giró hacia él con el rostro encendido.

—Podrías, no sé, advertirme si alguien está en casa. No tendría que haber pasado por esto.

Raúl solo suspiró, pasándose la mano por el cabello con un gesto de frustración.

Pero ya no importaba. Natasha agarró su mochila y, sin esperar respuesta, salió de la habitación. Sus Converse crujieron levemente contra el suelo de madera con cada paso apresurado que daba por el pasillo. Su única intención era salir de esa casa lo más rápido posible.

Al bajar las escaleras, su cuerpo aun vibrando por la ira, se encontró con Julián de pie en el vestíbulo.

Él la estaba esperando.

Su postura era relajada, las manos en los bolsillos, pero sus ojos… Sus ojos la devoraron de arriba abajo con un análisis descaradamente pausado.

Natasha sintió su piel erizarse.

—¿Ya te vas? —preguntó Julián con tono casual, aunque la sombra de una sonrisa jugaba en la comisura de sus labios—. Espero que no sea por mi culpa.

Su voz era suave, educada. Hipócrita.

Ella apretó la mandíbula. No tenía intención de quedarse un segundo más de lo necesario.

—No, para nada —respondió, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Ya tenía que irme.

Dio un paso más cerca de la puerta, pero Julián no se movió.

—Me alegra escuchar eso —dijo él con esa misma cordialidad envenenada, sus ojos sosteniéndola con un interés apenas disimulado—. No quisiera que algo… incómodo, te hiciera sentir mal.

Natasha sintió cómo el pulso se le aceleraba. La forma en que lo dijo, con ese tono bajo y pausado, como si la frase tuviera un doble filo, la dejó sin palabras por un momento.

Pero no se iba a quedar ahí.

—No hay problema —dijo ella con frialdad, enderezando la espalda—. Fue solo un malentendido.

Julián inclinó apenas la cabeza, sus labios curvándose en una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Eso espero.

Natasha sintió que su cuerpo se tensaba. Sin decir nada más, abrió la puerta y salió sin mirar atrás, sintiendo la mirada de Julián seguirla hasta que cruzó el umbral.

Natasha no volvió a la casa de Raúl durante varios días. A pesar de que él intentó restarle importancia al incidente, ella aún sentía el ardor de la vergüenza mezclado con algo más peligroso: el recuerdo de aquella mirada. No podía olvidarlo. La forma en que Julián la había observado en la habitación, la pausa medida antes de cerrar la puerta, la cadencia en su voz al despedirse…

Pero la distancia no duró demasiado.

El cumpleaños de Raúl llegó rápido, y con él, una celebración íntima en casa de sus padres. Solo familiares cercanos, algunos amigos. Nada ostentoso. Raúl insistió en que ella debía estar allí, y aunque su primera reacción fue negarse, sabía que rechazar la invitación sería peor. No podía darle demasiada importancia al asunto. No podía dejar que un momento incómodo dictara su relación.

Natasha deslizó las manos por los costados de su vestido, acomodándolo sobre su piel como si buscara una respuesta en el tacto de la tela. Rojo. Raúl siempre decía que le gustaba cómo se veía en ese color.

Raúl.

El recuerdo de él surge con la naturalidad de una brisa cálida, transportándola a esos días en el instituto, cuando su relación aún resplandecía con el encanto de la primera vez.

Recordó con nitidez el día en que él le pidió ser su novia. Era primavera, un día soleado, pero con esa brisa fresca que hacía que todo pareciera más ligero. Se habían saltado la última clase, escabulléndose hasta el fondo del patio, donde los salones en desuso almacenaban muebles viejos, pupitres maltrechos y pizarras con restos de tiza que ya nadie limpiaba.

Raúl estaba nervioso, aunque trataba de disimularlo con esa sonrisa confiada que siempre la hacía reír.

—No sé si esto es la mejor idea… —había dicho ella, echando un vistazo a la puerta mal cerrada.

—Claro que lo es. Nadie viene aquí. —Él se acercó, su mano cálida tomando la de ella, sus dedos encajando con una seguridad que le erizó la piel.

—¿Y si alguien nos encuentra?

—Pues nos encuentran —se encogió de hombros—, pero al menos sabrán que estamos saliendo.

Natasha había soltado una risa nerviosa, sintiendo cómo la adrenalina se mezclaba con la emoción cuando Raúl la empujó suavemente contra una de las mesas acumuladas en el fondo. Sus labios se encontraron con torpeza primero, después con hambre. Fue un beso de descubrimiento, de deseo contenido demasiado tiempo, de promesas hechas sin palabras.

La madera crujía bajo sus cuerpos mientras las manos de Raúl se deslizaban por su cintura, ascendiendo por su espalda hasta enredarse en su cabello. Fue la primera vez que sintió su peso de esa manera, la primera vez que sus dedos se aventuraron bajo su falda y ella no solo lo permitió, sino que lo deseó con toda la intensidad del momento.

Esa tarde, Raúl desabrochó su blusa con torpeza, dejando que sus labios exploraran su cuello, su clavícula, el contorno de sus pechos. Pero un ruido los alertó, congelándolos en el instante, obligándolos a detenerse antes de que la osadía se convirtiera en algo más. Aun así, el recuerdo de sus piernas entrelazadas, del aliento de Raúl contra su piel y del temblor de su propia respiración contenida, quedó impregnado con el aroma de la juventud, con la emoción pura de lo prohibido.

Volver a esa imagen le trajo una sensación de calidez, pero también de distancia. El Raúl de ahora no era el mismo que la había tomado de la mano con nerviosismo aquella tarde. Seguía siendo cariñoso, sí, pero de una forma más pausada, más cómoda, más predecible.

Y entonces, sin querer, otro recuerdo emergió: la primera vez que conoció a Julián.

Fue en el cumpleaños número dieciocho de Raúl, en esa misma casa donde ahora tenía que enfrentarlo.

Ella había esperado encontrar a un hombre serio, formal, tal vez un poco distante. Pero Julián no era así. Se movía con una confianza natural, con una presencia que llenaba la habitación sin esfuerzo. No era el tipo de padre que se sentaba a un lado a observar la fiesta de su hijo; no, Julián participaba, bromeaba, reía con una voz profunda y contagiosa.

Había algo en su aura que atraía, y Natasha lo notó desde el primer instante.

Recorrió la cocina en busca de una bebida y se topó con la madre de Raúl, quien, con una copa de vino en la mano, suspiró con una sonrisa irónica.

—Espero que mi hijo no herede las mañas de su padre —comentó sin preámbulos.

Natasha arqueó una ceja, intrigada.

—¿Mañas?

—Oh, cariño… —La mujer bebió un sorbo antes de mirarla con complicidad—. Julián siempre ha sido un mujeriego. No puede evitarlo. Tiene ese… algo que lo hace peligroso.

Natasha había reído, sin darle demasiada importancia. En ese entonces, Julián era simplemente el padre de su novio, un hombre con atractivo, sí, pero lejos de su radar.

Pero ahora, recordando aquella advertencia, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Tal vez la esposa de Julián había hablado con resignación, como quien ya aceptó que su marido nunca cambiaría, pero Natasha lo entendió de una forma distinta. Ahora comprendía lo que había querido decir.

Porque si Julián era un mujeriego, lo era de la peor clase.

No de los que coqueteaban de manera evidente, sino de los que jugaban en la sombra, de los que provocaban sin tocar, de los que sembraban la duda hasta hacerte cuestionar si eras tú la que había dado el primer paso.

Como en aquella cocina. Como ahora, en esa casa, mientras ella se miraba al espejo, acomodando su vestido rojo y preguntándose por qué sentía un nudo en el estómago.

Se frotó los brazos, como si pudiera disipar la sensación con un simple gesto.

—No pienses de más… —susurró para sí misma.

Pero el eco de sus propios pensamientos la traicionaba.

El vestido. El maquillaje. Su pulso acelerado.

Y la pregunta que ya no podía ignorar:

¿Para quién te estás arreglando realmente?

Tragó saliva, desechando el pensamiento antes de que se arraigara. Se calzó las Converse blancas, el contraste con el vestido haciéndola sentir juguetona, relajada. Peinó su cabello en ondas suaves y salió, ignorando el cosquilleo en su estómago.

Al llegar a la casa, la celebración ya estaba en marcha. Risas, música suave de fondo, vasos tintineando con brindis ocasionales. Saludó a los invitados con una sonrisa controlada, encontrando a Raúl entre amigos y primos que hablaban de fútbol y la escuela. Él la recibió con un beso distraído en la mejilla antes de volver a la conversación.

Fue entonces cuando lo vio.

Julián estaba al otro lado de la sala, copa en mano, charlando con un par de invitados. Vestía una camisa blanca, con los primeros botones desabrochados y las mangas arremangadas, revelando los antebrazos fuertes de un hombre que, aunque maduro, aún conservaba una presencia imponente.

Pero no fue su atuendo lo que captó la atención de Natasha.

Fue la manera en que su mirada la atrapó en cuanto cruzó la puerta.

No fue un vistazo casual, ni una mirada fugaz. Fue un reconocimiento, un desliz lento de sus ojos sobre su figura, comenzando en su rostro y descendiendo por el vestido, deteniéndose apenas un segundo en la curva de su cintura antes de subir de nuevo. No sonrió, no hizo gesto alguno. Solo la observó con una calma que la hizo sentir más desnuda que aquella tarde en la habitación de Raúl.

Natasha sintió el calor subirle por el cuello.

Se movió rápido, buscando algo con qué distraerse. Caminó hasta la mesa donde estaba la torta y se sirvió un vaso de jugo. Respira. No es nada. No significa nada.

Pero lo significaba.

Los minutos pasaron y la tensión no se disipó. Natasha intentó sumarse a las conversaciones, a los brindis, pero cada vez que levantaba la vista, Julián estaba cerca. No demasiado. Solo lo suficiente para que su presencia se sintiera. A veces escuchaba su voz grave respondiendo a alguien, otras lo veía por el rabillo del ojo, desplazándose por la casa con esa seguridad tranquila que la ponía nerviosa.

Hasta que finalmente, no pudo evitarlo.

Lo encontró junto a la cocina, sirviéndose más vino. Como si el destino hubiera conspirado, el espacio estaba despejado, la mayoría de los invitados en el patio o en la sala. Era un rincón silencioso, apartado del bullicio.

Natasha no pensó demasiado antes de acercarse. No sabía si era curiosidad, desafío o simplemente una necesidad irracional de enfrentar lo que flotaba entre ellos.

—¿Puedo? —preguntó, señalando la botella.

Julián alzó una ceja, pero sonrió con suavidad y sirvió más vino en su copa.

—¿Disfrutando la fiesta? —preguntó con esa voz pausada que la hacía sentir atrapada.

—Sí. —Dio un sorbo, evitando su mirada.

Él dejó la botella sobre la encimera y apoyó una mano en la mesa, inclinándose apenas.

—Bonito vestido. —El comentario fue simple, pero el tono… el tono no tenía nada de casual.

Natasha sintió la copa temblar apenas entre sus dedos.

—Gracias.

—No recuerdo haber visto a ninguna de las amigas de Raúl con algo así. —Sus palabras parecían inocentes, pero el peso en su voz las volvía algo más.

Ella lo miró entonces.

Julián sostenía su mirada con una facilidad inquietante, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo. Como si estuviera tanteando el límite de su control.

Y ahí estaba la verdad: lo estaba haciendo.

—¿Es un cumplido? —preguntó ella, con más firmeza de la que esperaba.

La sonrisa de Julián se ensanchó apenas.

—Es una observación.

El aire se volvió pesado.

El murmullo de la fiesta parecía lejano, casi irrelevante. Natasha sintió la tensión entre ellos vibrar en el espacio estrecho que los separaba, un hilo invisible que se tensaba con cada segundo que pasaba sin que ninguno retrocediera.

Julián giró la copa en su mano, su mirada nunca apartándose de la de ella.

—Espero que esta vez no te sientas incómoda —dijo en un susurro apenas audible, su voz casi un roce contra su piel.

Natasha sintió el vino atorarse en su garganta.

No podía responder. No podía moverse. Porque en ese instante, entendió algo devastadoramente peligroso: Julián no iba a dar el primer paso.

No necesitaba hacerlo.

Solo estaba esperando que ella lo hiciera.

Y lo peor de todo… es que, en lo más profundo de sí misma, parte de ella quería hacerlo.

Natasha sintió el calor del vino ardiéndole en la garganta, quemándole el estómago mientras intentaba procesar lo que acababa de pasar. Julián no la estaba buscando abiertamente. No la perseguía. No intentaba seducirla. No necesitaba hacerlo. Solo estaba ahí, observándola, esperándola.

Y eso la inquietaba más que cualquier gesto descarado.

Su mano tembló ligeramente al llevar la copa a sus labios otra vez, buscando algo que la ayudara a calmar el nudo en su pecho, la opresión en su vientre, la descarga eléctrica que aún sentía en su piel después de aquella frase. Bebió de más. Mucho más. El vino resbaló en su lengua con la misma facilidad con la que su autocontrol se disolvía.

Cuando las risas en la sala se hicieron más fuertes y la música subió de volumen, Natasha sintió que el calor le subía por el cuello, envolviéndola. La mezcla de alcohol y ansiedad la mareaba, la hacía sentir atrapada en un espacio que se encogía cada vez más.

Salió buscando aire.

El jardín trasero estaba iluminado apenas por unas cuantas luces cálidas que colgaban del techo, proyectando sombras alargadas en el césped. El aire nocturno acarició su piel expuesta, erizando sus brazos y obligándola a cruzarlos sobre su pecho en un intento de apaciguar el estremecimiento que la recorrió.

No debía estar tan nerviosa. No debía sentir esto.

Pero lo sentía. Cada vez que Julián la miraba, cada vez que su voz grave se deslizaba sobre ella con esa calma calculada, el mundo parecía encogerse y expandirse al mismo tiempo.

—¿Huyendo de la fiesta?

La voz llegó a ella como un susurro desde la penumbra, grave, familiar.

Natasha giró bruscamente.

Julián estaba apoyado contra el marco de la puerta que conectaba con la casa, con una copa de whisky en la mano y una media sonrisa en los labios. La luz de la terraza lo bañaba desde un ángulo que resaltaba la sombra en su mandíbula, el reflejo ámbar del licor vibrando en el cristal.

Él no se movió. No se acercó. Pero su sola presencia llenaba el espacio.

—Solo quería aire —murmuró ella, intentando sonar indiferente, aunque su voz traicionó un temblor apenas perceptible.

Julián bebió un sorbo pausado antes de responder.

—Mucho vino para alguien tan joven.

Natasha sintió el rubor encenderle las mejillas. No sabía si le molestaba el comentario o si la forma en que lo decía la hacía sentir más vulnerable.

—Estoy bien.

No estaba bien.

Julián dejó la copa en la baranda de la terraza y se enderezó, avanzando con esa lentitud perezosa que lo hacía parecer aún más imponente. No era un movimiento amenazante, pero tampoco dejaba espacio para escapar.

—¿Estás segura? —preguntó con una falsa preocupación que se deslizaba por su tono.

Natasha dio un paso atrás. Error.

La sonrisa de Julián se ensanchó levemente. Lo había notado. Notó su nerviosismo, su reacción instintiva de retroceder.

Él la estaba midiendo.

Pero antes de que pudiera pensar en una respuesta, el mareo del vino la traicionó. Dio otro paso en falso y, sin previo aviso, su tobillo cedió.

El suelo pareció inclinarse bajo sus pies.

Julián reaccionó antes de que pudiera caer, su brazo atrapándola por la cintura en un movimiento firme, controlado, como si ya hubiese estado esperando ese momento.

El contacto la dejó sin aire.

El calor de su piel atravesó la delgada tela de su vestido, el agarre en su espalda era tan seguro que la hizo temblar. Natasha sintió su pecho subir y bajar contra el de él, su perfume mezclado con la madera ahumada del whisky.

Julián no la soltó de inmediato.

De hecho, no se movió en absoluto.

Su otra mano se deslizó con naturalidad sobre su brazo desnudo, apenas rozándola, pero el contacto fue suficiente para enviar una corriente eléctrica hasta su vientre.

—Cuidado… —murmuró, su boca peligrosamente cerca de su oído.

Natasha cerró los ojos con fuerza. Mierda.

Ese tono bajo, pausado. Esa cercanía. Podía sentir su aliento caliente en la curva de su cuello.

—Te tengo.

¿Por qué sonaba tan distinto viniendo de él?

Podría haber sido una simple frase, pero en los labios de Julián, sonó como algo más. Una advertencia. Una promesa.

Natasha levantó la vista con rapidez, con la intención de alejarse, de recuperar el control de la situación, pero fue un error mirarlo directamente.

Sus ojos la atraparon en la penumbra, oscuros, afilados, hambrientos.

Ese fue el momento en el que Natasha supo que estaba perdida.

No porque Julián la hubiera atrapado físicamente, sino porque en ese instante, ella no quería moverse.

Su cuerpo no quería alejarse.

Su corazón latía como un tambor frenético en su pecho, y su piel, tan alerta que cada roce con la tela del vestido se sentía como un eco del contacto de sus manos.

Ella debía alejarse.

Pero no lo hizo.

Julián esperó, sin soltarla. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Natasha tragó saliva. Podía salir de esto.

Podía hacer una broma, reírse, enderezarse y pretender que nada de esto estaba ocurriendo.

Pero sus piernas aún estaban débiles, sus pechos subían y bajaban con demasiada intensidad contra el torso de él, y su piel, ardiente, le pedía que no diera ese paso atrás.

Y Julián lo sabía.

Lo sintió.

Podía oler el miedo en su respiración entrecortada, la confusión en su mirada.

Podía sentir el calor que se acumulaba en su vientre.

Y eso lo excitaba.

No de una forma obvia o desesperada, sino con la paciencia de alguien que disfrutaba del poder del momento, del control silencioso que ejercía sin necesidad de tocar más de la cuenta.

La tenía acorralada sin presionarla, atrapada sin sostenerla con fuerza.

Y ella, temblando en sus brazos, le estaba dando todo el permiso que necesitaba sin decir una palabra.

Julián podía sentir la respiración errática de Natasha contra su cuello, el leve temblor en su cuerpo mientras se aferraba a su camisa como si eso pudiera estabilizarla. Pero lo que más le llamaba la atención no era su vulnerabilidad, sino la forma en que no se apartaba.

No lo detenía.

No hacía ningún intento por retroceder, por devolver la distancia segura que él mismo había dejado abierta.

Y entonces, ella levantó la vista.

El movimiento fue lento, como si estuviera debatiéndose internamente. Sus ojos, oscuros y brillantes bajo la luz tenue, buscaron los de él con una mezcla de ansiedad y algo más profundo, algo que Julián reconoció de inmediato.

Deseo.

No había duda de ello. Lo supo en el instante en que vio su lengua humedecer sus labios con nerviosismo, en la manera en que su pecho subía y bajaba con una expectación silenciosa, en cómo su cuerpo se inclinó apenas un poco más hacia el suyo.

Y cuando Natasha se alzó sobre la punta de sus pies y dejó que su boca rozara la suya, lo entendió.

Ella quería esto.

Tal vez lo había estado reprimiendo, tal vez el vino le había dado el coraje que su conciencia se negaba a aceptar. Pero ya no importaba. Había dado el primer paso.

Y eso era todo lo que Julián necesitaba.

Su autocontrol, ese fino hilo que había sostenido solo por respeto a su hijo, se rompió en ese instante.

Su mano se deslizó a su nuca, aferrándola con firmeza mientras profundizaba el beso que ella había iniciado con tanta torpeza. Natasha gimió suavemente contra sus labios, su cuerpo fundiéndose contra el suyo sin resistencia. Su piel estaba caliente, su sabor impregnado de vino y algo más dulce, algo que Julián estaba dispuesto a probar con más paciencia.

La imagen de ella en la cama, aquella tarde, desnuda y vulnerable, cubriendo sus pechos con un brazo y apenas tapándose con la sábana, regresó a su mente con una nitidez perversa.

No la había olvidado.

No desde aquella noche en la que, solo en su habitación, su mente lo traicionó y la imaginó así de nuevo, pero para él.

Había intentado sofocar esa atracción en su momento. Había tratado de convencerse de que era algo pasajero, de que no podía desear a la novia de su hijo.

Pero ahora, con Natasha entre sus brazos, con su boca cediendo bajo la suya, ya no le parecía una mala idea.

—Vamos a otro lugar —susurró contra sus labios, su aliento rozando su piel ya erizada.

Natasha asintió sin decir nada.

Él la tomó de la mano, guiándola a través del jardín, alejándolos del brillo de la casa y de cualquier posible mirada indiscreta. Más allá de la terraza, un rincón cubierto de sombras los esperaba, protegido por el follaje alto de los árboles. Un lugar sin testigos, sin barreras.

Cuando llegaron, Julián no le dio oportunidad de dudar.

La empujó suavemente contra el tronco de un árbol, atrapándola con su cuerpo. Su boca volvió a buscar la suya, esta vez con más hambre, con más certeza. Natasha se aferró a su camisa, jadeando contra sus labios, sus manos temblorosas recorriendo su pecho.

Era inexperta.

Él lo notó en la forma en que se movía, en cómo sus manos parecían dudar antes de deslizarse por su espalda. Eso solo lo excitó más.

Era más joven, más fresca, más pura en su entrega.

Nada como las mujeres que había tenido antes. Nada como las amantes que buscaban dominarlo con mañas conocidas. Natasha no sabía jugar este juego.

Y eso lo hacía aún más delicioso.

Su mano se deslizó lentamente por su cintura, siguiendo la curva de su cadera antes de colarse bajo el borde de su vestido.

Ella tembló.

—Julián… —susurró, pero su voz no era de rechazo.

Era un gemido ahogado, un reconocimiento de lo que estaba sucediendo.

Él sonrió contra su cuello, su aliento cálido recorriendo la piel expuesta.

—Dime que me detenga —murmuró, con esa calma que lo hacía parecer aún más peligroso.

Pero ella no lo hizo.

En cambio, dejó escapar un jadeo cuando sus dedos encontraron su entrepierna.

No llevaba medias, solo la tela fina de su ropa interior separándola de su contacto. Y cuando sus dedos se deslizaron sobre la tela, sintió la humedad acumulada entre sus muslos.

Natasha dejó caer la cabeza contra el tronco del árbol, apretando los labios con fuerza, como si intentara contener el placer que la embargaba.

Demasiado tarde, pequeña. Julián presionó con más firmeza, deslizándose sobre su centro con un ritmo lento, provocador, mientras su boca trazaba un camino de besos húmedos por su cuello.

Ella se arqueó contra su cuerpo, su respiración cada vez más errática.

Esto era solo el comienzo.

La adrenalina latía en el cuerpo de Natasha, un fuego mezclado con la ansiedad de saber que, a pocos metros, los invitados de la fiesta seguían riendo, brindando y charlando como si nada estuviera ocurriendo. Si alguien salía al jardín en ese instante, los encontraría así: ella atrapada entre el tronco rugoso de un árbol y el cuerpo cálido y firme de Julián, sus manos explorándola como si ya le perteneciera.

Y eso lo hacía aún más excitante.

Los dedos de Julián siguieron su lento recorrido sobre la delgada tela de su ropa interior, presionando justo donde su cuerpo lo pedía sin necesidad de palabras. Natasha jadeó, ahogando el sonido contra su propio puño cuando la intensidad de su caricia la hizo estremecerse. No podía hacer ruido. No podía delatarse.

Pero Julián la quería al borde.

—Mírate —murmuró contra su oído, su aliento tibio recorriéndole la piel.

Natasha apenas pudo sostener la mirada cuando él deslizó su mano por debajo de la tela, sus dedos rozando la piel húmeda de su centro. Su gemido quedó atrapado en su garganta.

—Estás empapada —susurró con una sonrisa oscura—. ¿Te gusta la idea de que alguien pueda vernos así?

Natasha negó con la cabeza, pero su cuerpo decía lo contrario. Se arqueó contra su toque, sus caderas buscando más, sus piernas apenas sosteniéndola cuando él deslizó un dedo dentro de ella. La sensación era sofocante, como si el aire mismo hubiera cambiado de densidad.

Las voces en la terraza se hicieron más fuertes. Alguien se acercaba.

Julián no se detuvo.

Al contrario, aumentó la presión de su mano, moviéndose con precisión, con la seguridad de un hombre que sabía exactamente cómo quebrarla.

—No pares —susurró Natasha, sus palabras saliendo en un hilo de voz, desesperadas, rendidas.

Julián soltó una risa baja, disfrutando de su entrega, de la manera en que su cuerpo temblaba en su contra.

—No pienso hacerlo.

Natasha sintió su boca devorar la suya en un beso voraz mientras sus dedos seguían su juego implacable. La embestida lenta y calculada la empujaba al límite, la volvía loca.

El sonido de pasos sobre la grava los hizo tensarse.

—¡Natasha! ¿Estás por aquí? —Era la voz de Raúl.

Ella se quedó congelada, su pecho subiendo y bajando con violencia, su cuerpo aún pulsando alrededor de los dedos de Julián.

Pero él no la soltó.

Con un movimiento calculado, presionó su palma contra su sexo, asegurándose de que sintiera cada centímetro de su tacto antes de retirarse lentamente, como si saboreara la desesperación en su expresión.

—Ve —susurró contra su piel, sus labios dejando un último roce en su cuello antes de apartarse con una calma insoportable.

Natasha temblaba. Su cuerpo gritaba por más, pero su consciencia la obligaba a reaccionar.

Se arregló la ropa con manos temblorosas y, sin atreverse a mirarlo, salió del refugio oscuro entre los árboles.

Raúl la encontró en el camino de piedra, su sonrisa tranquila, ajena a todo.

—¿Dónde estabas?

Natasha forzó una sonrisa, el sabor del pecado aún en su boca, el ardor entre sus piernas como un recordatorio imborrable.

—Solo necesitaba un poco de aire.

El resto de la noche transcurrió como un borrón. Natasha regresó a la fiesta con la piel aún palpitante, con la humedad entre sus piernas como un recordatorio indeleble de lo que había sucedido en el jardín. Raúl, ajeno a todo, pasó un brazo sobre sus hombros y la besó en la mejilla, sonriente, satisfecho con la celebración.

Pero ella no podía concentrarse.

No en las conversaciones, no en los brindis, no en las miradas que se cruzaban sobre la mesa mientras soplaban las velas del pastel de cumpleaños. Su mente estaba atrapada en la sensación de los dedos de Julián dentro de ella, en el calor de su aliento contra su cuello, en la forma en que la había sostenido con firmeza, sin darle opción de escapar.

"No pienso hacerlo."

La frase se repetía en su cabeza como un eco.

Julián no se acercó a ella otra vez en toda la noche, y eso solo empeoraba las cosas. No necesitaba hacerlo. Desde su lugar, con su copa de whisky en mano y su expresión relajada, parecía completamente ajeno a lo que había sucedido entre ellos. Como si no acabara de tocarla en la oscuridad del jardín. Como si sus dedos no la hubieran empapado, como si no la hubiera dejado temblando contra un árbol mientras su hijo la buscaba.

Y eso la frustraba.

Él tenía el control.

Julián sabía exactamente lo que había hecho con ella, y no tenía prisa en buscar más. Porque la estaba dejando con hambre.

Esa idea la enloquecía.

Raúl tomó su mano al final de la fiesta, entre las despedidas y las carcajadas de sus amigos ebrios.

—Te acompaño a casa —le dijo, pero Natasha negó con la cabeza.

—Estoy cansada, prefiero pedir un uber.

No era mentira. Estaba cansada. Pero no por la fiesta.

Su cuerpo entero ardía.

Al llegar a su habitación, se quitó las zapatillas sin cuidado y cerró la puerta tras ella con un suspiro entrecortado. Se dejó caer sobre la cama, con la piel aún electrificada, incapaz de ignorar el hormigueo entre sus muslos, la humedad que ya manchaba su ropa interior.

Julián no la había terminado.

Había dejado su trabajo a medias.

Y ella no podía quedarse así.

Su respiración se volvió pesada cuando deslizó sus manos por su cuerpo, recorriendo su propio vientre hasta llegar a la tela empapada entre sus piernas. El simple roce la hizo gemir en la oscuridad de su habitación.

Dios.

No recordaba la última vez que estuvo tan excitada.

Se quitó la ropa con movimientos torpes y ansiosos, dejando que el aire fresco de la habitación la envolviera mientras sus dedos volvían a bajar, resbalando con facilidad entre su humedad.

Cerró los ojos.

Se imaginó sus manos, pero no eran las suyas.

Eran las de él.

Las de Julián, fuertes y firmes, sujetándola sin preguntar, como lo había hecho en el jardín. Su boca en su cuello, su aliento contra su piel, su voz grave diciéndole que no se moviera.

—Julián… —murmuró contra la almohada, su voz un jadeo ahogado.

Su cuerpo reaccionó al instante.

Su espalda se arqueó cuando aumentó la presión de sus dedos, imitando lo que él había hecho antes. Cerró las piernas alrededor de su mano, temblando con cada movimiento, perdiéndose en la imagen de su boca recorriendo su piel, de su peso aplastándola contra la cama.

Imaginó que era él quien la sujetaba de las caderas, que era él quien empujaba sus dedos dentro de ella, más profundo, más rápido.

"Mírate."

"Estás empapada."

Sus propios pensamientos la llevaron al borde con una velocidad que la dejó aturdida. Todo su cuerpo se tensó cuando el placer la consumió, cuando el orgasmo la arrastró con una intensidad que la dejó jadeando contra las sábanas, con las piernas temblando, con el nombre prohibido escapando de sus labios una vez más.

—Julián… —susurró contra la almohada, su cuerpo aun estremeciéndose. El silencio la envolvió de inmediato, dejándola a solas con el eco de su propio deseo. Su pecho subía y bajaba con fuerza, el latido martilleándole en las costillas como un tambor desbocado. La culpa llegó después, lenta, pesada… pero no lo suficiente como para hacerla arrepentirse. Porque cuando cerró los ojos, abrazando la almohada con los labios aún entreabiertos, no pensó en Raúl. Pensó en él. Pensó en lo que había comenzado esa noche. Y en lo inevitable que sería volver a caer.

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Finalizado el 31 de enero de 2025.