July y yo 14
Claudia lo ha tenido todo, pero el lujo no le ha dado placer. Cuando el sexo convencional se vuelve aburrido, Rafa le ofrece el extremo opuesto: ser tratada como basura por un hombre que no conoce su nombre ni su estatus. ¿Está dispuesta a entregar su dignidad por sentir algo real?
CAPITULO XV
LAS VIPS ENTRAN EN ACCION
CLAUDIA Y EL MENDIGO
El día de la cita, a las cinco menos cuartos, llegaron las seis. Vinieron en dos coches.
Azucena me saludo, dándome dos besos,
“Mira te presento a las chicas”, me dijo haciéndolas pasar de una en una.
“Esta es Mamen, 34 años, casada con una hija, es profesora en un instituto”, me dijo y la di dos besos.
“Te presento a Claudia, 41 años, es aristócrata. Dejémoslo ahí”, me dijo. La di dos besos.
“Raquel, 38 años. Casada, sin hijos, es ginecóloga”, le di dos besos.
“Paula, 36 años, casada, un hijo. Es informática”, le di dos besos
A Mariló la conoces, y a mí también.
“Pues encantado de conoceros a todas. Supongo que Azucena, ya os ha puesto al día de lo que vais a hacer aquí. Resumiendo, vais a follar como locas. Espero que todas uséis el culete, aquí todos lo usan, y que estéis todas rasuradas. Ahora las cuatro que vais a ocupar cabinas, pasareis a ellas, os desnudareis del todo, y os tumbareis en la camilla sacando las piernas por esos huecos”, les dije señalándolos.
Os lubricaremos y os daremos agua de vez en cuando para hidrataros. Otra cosa, en las cabinas hay un timbre para avisar a recepción de cualquier cosa que veáis fuera de sitio. Que os intenten sacar de los agujeros, que alguno vaya sin condón, etc. Cualquier cosa a recepción. ¿Alguna pregunta?”, les dije.
Todas dijeron que estaba claro.
“Bueno si no hay preguntas, las cuatro que van a estar en las cabinas que vengan conmigo”, les dije.
“Rafa, ¿te pagan?”, me interrumpió Azucena.
“Ah, cierto, pasamos por recepción y pagan”, les dije volviendo a salir.
Todas fueron pagando sus 100 euros, y Mamen, Claudia, Raquel y Paula, se dirigieron a las cabinas. Mariló y Azucena, las cedieron el puesto a ellas que aún no lo conocían.
Se fueron colocando, les sujetaron los pies como siempre, y July se presentó, las fue echando spray a todas, y calmándolas, y diciéndoles que cualquier problema hablaran con nosotros.
Empezaron a entrar los clientes, que aunque parezca mentira, en seguida detectaron que las chicas eran nuevas.
No tardaron nada en empezar a follarlas. Al ser nuevas, todos querían pasar por los dos agujeros de cada una. Las chicas empezaron a reaccionar a las acometidas de los clientes, con continuos grititos y jadeos, todas menos una. Me día cuenta que la tal Claudia, la aristócrata, no acusaba lo más mínimo la acción del folleteo. Pensé que quizás le costaba más entrar en calor.
Fueron pasando los clientes por ellas. Al cabo de las tres horas, ya las habían follado 18 a cada una. Decidí darles un descanso, pasando Mariló a cabina, quitando a Claudia. Una vez Claudia fuera de la cabina, me la lleve a la sala del diván.
“He oído, que, no visto, que mientras tus amigas se lo han pasado pipa, corriéndose cada una no sé cuántas veces, tú no te has inmutado. ¿Puedo saber por qué?, le pregunté.
“No tengo porque contestarte”, me dijo ella muy seca.
“Discúlpame, no he querido molestarte”, le dije, “Pero es una pena que una mujer tan joven, y guapa como tú, no disfrute de su cuerpo”.
“Discúlpame tu a mí si he estado muy brusca. Tú no tienes la culpa de nada”, me dijo ella.
“Ya, pero habrá un culpable. Quizás si lo hablamos puedo entenderte y puedo ayudarte”, le dije.
“Hasta en psicólogos he estado, y nadie ha encontrado una solución a mi problema. Y bueno es sencillo. No siento nada follando. El sexo convencional me aburre sobremanera, y mira que he follado en mi vida, que siempre he intentado buscar algo que me motivase, pero claro soy aristócrata, y todos me tratan como tal”, dijo ella casi lloriqueando.
“Ya, a ti te haría falta ponerte en el otro extremo. ¿Hasta dónde estarías dispuesta a aguantar?”, le pregunté.
“Que estás pensando?”, me preguntó ella.
“Pues ponerte en el otro extremo de la cuerda”, le dije.
“Explícate”, me dijo ella.
“Imagínate, y estoy pensando en alto, que pasas de aristócrata a vagabunda, que te vas a convivir unos días con unos vagabundos, que no tienen ni puñetera idea de quién eres, y que te van a tratar como a una perra”, le dije.
“Sigue”, me dijo ella.
“Son gente violenta, que tratan a las vagabundas que caen en sus manos como basura. Las golpean, las follan sin condón, las hacen servirles en todo… en fin, como te decía el otro extremo de la cuerda. Por eso te decía que hasta donde llegarías”, le dije.
“Tú puedes conseguir eso?”, me preguntó.
Su cara empezaba a iluminarse, aquello le estaba gustando.
“Si no, no te lo estaría proponiendo”, le dije.
“Puede interesarme. ¿Dónde tendría que ir?”, me preguntó.
“Tendría que hacer una llamada, si me disculpas”, le dije cogiendo el teléfono y llamando a Irene.
“Irene?, hola guapa, soy Rafa. Oye, ¿tú puedes contactar ahora con Oscar?” “Genial, llámale a ver si puede pasarse el por aquí en un rato con el colega que hay que vigilar”. “Sí, si, ese mismo”. “Vale, espero tu llamada”.
No tardó nada. Al momento me estaba llamando.
“Dime Irene”, ¿“Que sí?”, genial, voy a buscarlos?”, “Ah vale, los acercas tú fenomenal, pues os espero, y que se vengan tal y como están nada de ponerse de tiros largos”.
“Bueno Claudia, pues vienen para acá, dos. ¿Que responsabilidades familiares tienes?, te lo pregunto, porque lo mismo quieren llevarte con ellos ya”, le dije.
“Buff, estoy empezando a ponerme nerviosa”, me dijo ella.
“Ya, lo supongo, por eso he preferido que vinieran aquí, a que fueras tú directamente donde paran ellos”, le dije.
“Si, claro lo entiendo, pues tendría que hacer un par de llamadas, y solucionado”, me dijo.
“Vale, habrá que incentivarlos un poco, económicamente”, le dije.
“Lo que haga falta si me gusta lo que proponen”, me dijo ella.
Bien los haré pasar aquí, y te dejaré con el que servirás. Estaré al loro por si hubiera que intervenir”, la dije.
“Gracias”, dijo ella, ¿“Me visto o algo?”, preguntó.
“Voy a decirle a mi mujer que se acerque a un chino a comprarte ropa adecuada”, le dije.
Salí y le dije a July que le comprara una camiseta blanca unas alpargatas, y unas bragas de abuela.
Al rato estaba allí con las cosas.
Le dije que se pusiera las bragas, no sin antes, hacerlas un par de agujeros con las manos. La camiseta la restregamos por el suelo del local para que cogiera tono y olor, y se la puso, también rompiéndola en un par de sitios.
La alborotamos todo el pelo, y July la limpio la cara de maquillaje, manchándose también las manos en el suelo y luego restregándoselas por la cara.
Al poco rato, Irene me mandó un wasap, diciéndome que estaban en la puerta y que los negros decían que los dos mendigos no podían entrar.
Salí a por ellos. Oscar me saludo y me presentó al otro.
"Hola, siento venir sin asear, pero Irene me dijo que como estuviéramos. Te presento a Nikolai, es un compañero búlgaro. Vino a España huyendo de la policía de allí que le buscaba por haber matado a varias personas a golpes. Su mejor camuflaje es el que tiene, nadie busca a un vagabundo", me dijo Oscar.
Le saludé cortésmente.
"Vete a la mierda”, me dijo,” ¿que quieres de mí?", me dijo.
Genial comienzo. Mal hablaba el español, lo suficiente para ser entendido. Tenía una pinta grotesca, una melena muy canosa por los hombros, una barba totalmente descuidada también larga. Olía desde lejos a mezcla de sudor y suciedad acumulada en diferentes partes de su cuerpo de mucho tiempo. Seguro que llevaba meses sin darse una ducha. La piel ennegrecida por la suciedad y el sol y la ropa era imposible saber el color que tenía al principio, con un sinfín de manchurrones por todos lados.
"Nikolai te necesito para educar a una tía", le dije.
"Oscar, vámonos", dijo girándose hacia la salida.
"Espera hombre", le dije "¿ni siquiera quieres verla?".
"Si quieres educarla llévala al colegio", me dijo.
Moussa y Ousmane, observaban desde su sitio por si tenían que intervenir.
"No es el tipo de educación que busco para ella, y lógicamente sería compensada económicamente, pero si no te interesa ya buscaré a otro", le dije.
Había pronunciado las palabras mágicas.
"Cuántos euros? ", me preguntó.
"Eso tienes que decirlo tú cuando sepas lo que quiero para ella", le dije.
"Ostia, pues dime lo que quieres y no me hagas perder más el tiempo", me dijo.
Seguro que le esperan un montón de tareas ineludibles, pensé para mí.
"Bien la idea es que te lleves durante una semana a la tía a convivir contigo, y que la trates como te venga en gana. El único límite sería no matarla", le dije.
"Y puedo hacer lo que quiera?", me dijo.
"Lo que quieras, se trata de tratarla como una perra inmunda", le dije.
"Eso te costaría caro, por lo menos 300 euros", me dijo Nikolai, seguro que calculando los briks de vino que podría comprar.
"Haremos una cosa, te doy 500 ahora y otros 500 cuando hagas el trabajo", le dije.
Los ojos de Nikolai se abrieron como platos.
"Donde está la perra?", me dijo mirando a su alrededor.
"Ahora la conocerás, y debes de convencerla para que se vaya una semana contigo", le dije.
"Lo hará o la despellejo. Eso no es matarla", me dijo esbozando un atisbo de sonrisa.
Era el momento de llevarle ante Claudia. Aunque me anticipé yo.
"Claudia, excepto la alianza, quítate todas las joyas que lleves, que ya está aquí tu mendigo", le dije.
Visiblemente nerviosa, se quitó sortijas, pulseras y cadenas dándomelas.
"Se las daré a Azucena. Le he prometido al mendigo una gratificación de 1000 euros, así es que te va a costar un pellizco la broma", le dije.
"No hay problema", me dijo Claudia entre dientes.
"Espero que encuentres lo que buscas", le dije.
Abrí la puerta, y dejé entrar a Oscar y Nikolai.
Este último cuando la vio dijo,
"De qué vas disfrazada? Las perras no llevan ropa", le dijo yendo hacia ella, cogiendo la por la camiseta y arrancándosela de un par de tirones.
"Quítate las bragas, vieja", le dijo.
Claudia obedeció quitándoselas y dándoselas a Nikolai. Este las tiró a un rincón.
La cogió por los hombros haciéndola arrodillarse ante él.
"Así debes estar ante mí siempre perra, si no quieres que te deslome a palos", le dijo.
Claudia obedecía entre asustada y expectantes. Desnuda ante aquel tipo, que seguramente no había visto una mujer así en su vida.
"Tráeme un vaso de vino", le dijo.
Claudia me miró como diciendo y ahora que hago.
Oscar, estaba al tanto y sacó del morral de Nikolai un Brik de vino. Yo del almacén traje unos vasos, por si eran necesarios.
Nikolai no paraba de pasarla su mugrienta bota por el coño.
Claudia se las apañó como pudo para abrir el Brik y servirle un vaso de vino a Nikolai.
“Bien perra. Has sido lenta, pero ya aprenderás. Sírvete tu otro vaso. No me gusta beber solo”, le decía sin parar de pasarle la bota por la parte de los cordones que tenía unos enganches metálicos y oxidados.
Claudia se sirvió su vaso de vino. No sé si estaría acostumbrada a beber vino, pero seguro que el vino era un poco de mejor calidad, del que ahora se bebía.
“No me gusta tener espectadores”, nos dijo Nikolai, indicándonos amablemente que nos fuéramos.
Y lo hicimos, pero no del todo, porque nos fuimos a la oficina, y nos dispusimos a seguir todo por la cámara de la estancia.
Nada más salir nosotros, la cogió de los pezones, y la levantó hasta casi tenerla de pie, dejándola caer sobre sus rodillas. Claudia, se dejaba hacer con una sumisión absoluta.
“Sácame la polla”, le dijo.
Torpemente, Claudia busco en el pantalón del hombre la cremallera. Nikolai, la cogió del pelo, la dio una bofetada y la dijo,
“Es que eres tan inútil que no eres capaz de ver que son pantalones con elástico?”.
Gracias a que le sujetaba del pelo, sino de la bofetada, Claudia, se había ido a la otra punta de la sala.
Le bajo los pantalones, dejando a la luz unos calzoncillos que eran muy difícil determinar su color. Vete a saber el tiempo que llevaban sin lavarse.
Tiró de los calzoncillos para abajo, dejando a la vista la polla de Nikolai. No era muy larga, pero si bastante gorda.
“Debes rendir honores a mi polla, perra. Mírala, acaríciala, bésala”, le dijo Nikolai.
No quiero ni pensar a que olería aquello. Claudia, supongo que hacía de tripas corazón, y besaba aquella polla.
“Lamela también, no lo haces mal”, le dijo Nikolai.
Aquel reconocimiento, debió de estimular a Claudia, que ahora recorría la polla con su lengua por arriba y por debajo.
Nikolai, debía de estar pensando que aquello debía de tener algún truco. No se sentía cómodo en aquel sitio por mucho que la perra le comiera la polla.
“Donde está el jefe?”, preguntó.
No tenía más remedio que ir.
“Me buscabas?”, le pregunté al entrar.
“Quiero mi pasta, y llevarme ya a esta perra a mi ambiente”, me dijo.
Miré a Claudia que asintió con la cabeza.
Vale pues que se vista que haga unas llamadas que tiene que hacer y mientras voy a por tu dinero”, le dije.
“Que llame todo lo que quiera, pero de vestirse nada. Las perras están desnudas”, me dijo.
“Sí, pero no puede ir por la calle desnuda”, le dije yo.
“El maletero del coche, será un buen y cómodo sitio para ir”, me dijo Nikolai.
“Vale, pues espéranos fuera en el coche, le dije.
Salió con Oscar e Irene.
“¿Estas segura, Claudia?”, le pregunté.
“Totalmente”, dijo ella, “voy a hacer las llamadas y me voy con él”, me dijo.
“Vale, será una semana, y mil euros”, le dije.
“Toma”, me dijo dándome la tarjeta. Me dijo el pin al oído.
Pase diez veces la tarjeta por la máquina, para poder dar los 500 euros al mendigo. Se los di de mi bolsillo, ya que la maquina no tenía dinero. Me guardé los otros 500 como segundo pago.
Claudia hizo las llamadas para avisar de su ausencia durante una semana. No sé a quién llamó ni que excusa dio, tampoco me importaba.
“Vale, ya estoy”, me dijo Claudia.
“Ponte una de las batas de la cabina”, le dije.
“No, mi dueño me ha dicho que vaya así, y así voy”, me dijo Claudia saliendo a la calle en cueros.
Fui con ella intentando taparla lo que podía con la bata. No era cuestión de formar un escándalo público. Nikolai, la abrió el maletero y ella se metió en él. Yo aproveché para decirle a Oscar, que estuviera al tanto, y que si veía el tema jodío me avisara. Se subieron todos al coche y se fueron.
Yo me entretuve en recoger todas las cosas de Claudia, ropa, bolso, etc., y dejarlas en la oficina, para dárselas luego a Azucena.
Lógicamente antes, fisgué en el bolso, a ver que había. Nada que mereciera la pena, al margen del DNI del que hice la correspondiente foto.
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