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Sara es el precio - Extracto 7

Él cree que la grabación es solo una burla, pero lo que ve lo destruye. Sara no se resiste; se entrega con devoción a la humillación de dos extraños. ¿Es esto lo que ella siempre quiso, o el precio que él no supo pagar?

Abel Santos6.4K vistas8.0· 9 votos

El mirón dio unos pasos y se arrodilló detrás de Sara. Se había quitado la toalla y mostraba una polla tan dura y orgullosa como la de su compinche.

Me fijé en su parte superior y comprobé que había acertado: el pasamontañas de látex que le cubría la cabeza era idéntico al que portaba el posible Mauro. Sujetando las ganas de reír, el muy cerdo se agarró el rabo y comenzó a realizar movimientos obscenos detrás de mi mujer, sin llegar a tocarla.

Una burla humillante en toda regla.

Súbitamente, Sara dejó de mamar y levantó la cabeza al tiempo que la giraba hacia atrás. No supe adivinar si había sido intuición, un sexto sentido o que le había llegado el perfume del que se burlaba de ella a su espalda. Pero la explicación era más simple: su antifaz no la cegaba tanto como parecía hacerlo.

—¡Joder! —exclamó, quitándose el antifaz—. ¿Qué hace éste aquí?

—Tranquila, nena… —le soltó el posible Mauro—. Éste solo quiere mirar…

—¡Y una mierda…! —volvió a rezongar—. Este quiere follar, como siempre.

—¿¡Y qué pasa si quiere follar!? —la retó el muy cerdo tirándola del collar.

—Pues pasa lo que le dije el otro día… —gritó enfadada—. ¡Que se va a follar a su puta madre!

—¡Eh, guarra! —le escupió a la cara llenándosela de babas—. ¡A mi amigo no le ofendas! ¡Es mi invitado y le vas a respetar!

—¡A tu amigo le ofendo si me sale de los ovarios…! —replicó Sara sin amilanarse.

—¡Serás zorra…! —volvió a tirarle del collar, esta vez con más inquina—. Le vas a abrir las piernas porque te lo mando yo…

—¿Pero qué coño te pasa? —no se venía Sara abajo—. ¿Te crees que soy una puta?

El tipo pareció llegar a su límite. Le atizó dos bofetadas —esta vez a mano abierta— y luego la tiró con una mano del collar y con la otra del pelo; después le acercó la cara para mirarla a los ojos.

—¡Claro que eres una puta, coño…! —le dijo zarandeándola—. ¡Dime si no te gustaría chupar otra polla mientras te la meto, guarra! ¿O prefieres comerte dos pollas? ¡Dime la verdad, que no te basta con una polla para lo zorra que eres…!

Pensé que mi mujer esta vez se rebelaría y que la escena se habría terminado, saliendo ella del salón con la poca dignidad que le quedaba.

Me equivoqué.

Sara parecía ponerse más cachonda cuanto más la humillaban y comenzó a confirmar todo lo que le pedía el tal Mauro: «que era una zorra y que quería chupar una polla mientras se la follaban», o que «se moría por comerse dos pollas y tragarse toda su leche».

Lo decía de forma desgarradora, con los dientes apretados y con una expresión de vicio en la cara que no daba lugar a dobles interpretaciones: daría lo que fuera para que se la follara el tipo del sofá. Y para conseguirlo permitiría que el otro le hiciera lo que quisiera. Pero, ¿tan grande era su deseo hacia aquella polla?, me pregunté mordiéndome el puño para no gritar.

El alma se me vino a los pies, puse el móvil a un lado y me eché las manos a la cara. El sonido del aparato se detuvo al apagarse la pantalla. Luego me levanté y me apoyé en el lavabo.

Antes de reiniciar el visionado, tuve que refrescarme la cara con agua fría. El vómito se presentó mientras lo hacía y apenas conseguí llegar al inodoro para expulsarlo.

*

Cuando volví a la grabación la escena había avanzado, pero no me atreví a volver hacia atrás y ver el final de la rendición de Sara, antes de entregarse a los dos cerdos. Me hubiera muerto de la angustia.

Me fijé en las imágenes y vi cómo mi mujer seguía mamando con devoción el rabo del que creía Mauro; y cómo el compinche de éste le lamía el culo a ella, separándole las nalgas a los lados.

—Mmmm… Mmmm… —gemía Sara.

—¿Qué te pasa, guarrilla…? —le acariciaba el pelo a mi mujer el que parecía su amo—. Mi amigo sabe comer un ojete, ¿eh?

—Mmmm… Mmmm… —respondía ella lo que podría ser un sí.

El «invitado», como lo había llamado el posible Mauro, se había situado detrás de ella y apenas me dejaba ángulo para ver lo que le hacía. Era evidente, sin embargo, que le había metido uno o varios dedos en alguno de sus orificios y que la follaba con ellos a toda velocidad. Sara dejaba de mamar de cuando en cuando y miraba hacia atrás con los ojos semicerrados por el placer.

—¿Te gusta, eh, guarra? —decía el tipejo cuyos dedos no podía ver si entraban por el orificio delantero o el trasero—. Pues espera a que te meta algo que no sean los dedos…

—Mmmm… Mmmm… —gemía ella con la boca llena.

En ese momento la escena dio un nuevo giro. El del sofá pidió a su amigo que se acercara a su posición y los dos tipejos se pusieron en pie. Sara, de rodillas, ahora le mamaba las pollas por turnos. El invitado la sujetaba del pelo y administraba los relevos con humillantes tirones, aunque a menudo juntaban las puntas y mi mujer mamaba de las dos a la vez.

—Joder… vaya putón… amásame los huevos ­—gemía el tipejo, enfebrecido.

De haberlo tenido al alcance de mis manos, le habría estrangulado sin dudarlo. Aquella escena era pura pornografía, y de la peor calaña: la protagonista femenina era mi propia mujer. Era para volverme loco y tenía que hacer esfuerzos para no gritar.

Sin previo aviso, el posible Mauro tomó a Sara en volandas y la sentó sobre el sofá. Lo hizo con total ligereza como si mi mujer fuera una pluma o como si él tuviese una fuerza hercúlea.

—Ven, putita… —le dijo mojándose los dedos de saliva y esparciéndola por el orificio delantero de Sara—. Estoy deseando meterte algo dentro para ver la carita de zorra que pones.

Luego le abrió las piernas, se coló entre ellas y sujetándoselas en el aire la penetró hasta los huevos de una sola embestida. Los zapatos de tacón oscilaban en sus pies mirando al techo.

—Ufff… —soltó con satisfacción mirando a su amigo—. Está mojada y caliente como una cerda… Este coño está para follárselo toda la noche.

—Jajaja… —coreó el invitado la gracieta de su compinche.

No habría pasado más de un minuto desde que la penetrara, cuando Sara comenzó a ponerse rígida. El cuello se le arqueó y todo el cuerpo empezó a temblarle descontrolado.

Las manos se aferraban a los cojines del sofá, agarrotadas por el placer.

—Hostia, tío, que se te corre la muy guarra… —soltó el invitado con tono jocoso.

—Ya lo ves, no es que lo diga yo… —rió el anfitrión—. No sé qué tiene mi polla, pero es metérsela y empezar a correrse la hijadeputa… Vamos, zorra, córrete bien y no sueltes la polla de mi amigo, nadie te ha dicho que dejes de chupar.

Sara se moría de gusto y apenas respondía con gruñidos —«Mmmm», «Ooohhh» y poco más—, y se dejaba follar la boca sin compasión por el invitado, quien se había arrodillado a su lado sobre el sofá. De cuando en cuando, le arreaba una bofetada y reía acompañado por su amigo.

—¡Vamos, chupa…! —le soltaba envalentonado—. Mira, colega, que carita de puta pone la niña… El orgasmo la ha sentado de puta madre… Ahora la mama con más ganas…

—Ya te digo… —confirmaba el otro—. Cuánto más te la follas, mejor jode la muy guarra… jajaja.

Y seguían los dos a lo suyo, humillando el cuerpo de mi mujer como si fuera un objeto.

De repente, el que comenzó a rugir fue el posible Mauro.

—Joder… tío… me voy a correr… Ugggg… esta zorra me ha calentado pero bien… Mmmm…

—No jodas, ¿no puedes aguantar un poco más…? —respondió su amigo.

—Imposible… Hummm… joder… joder…

—Pues llénale la cara de leche, que se joda la muy puta… —dijo girando la cabeza de Sara hacia su amigo y sujetándola por el pelo.

—Ogggg… —gruñó el que la follaba—. Y comenzó a soltar ríos de lefa sobre el rostro de mi mujer, que había cerrado los labios a cal y canto.

El invitado le soltó otra bofetada y la conminó a tragar la leche que le iba cayendo a latigazos.

—Abre la boca, pedazo de zorra…

Sara acató la orden y abrió los labios antes de sacar la lengua. Los últimos disparos de semen le cayeron sobre ella, que los recogía y jugaba con ellos a la vista de los dos cerdos. Durante la corrida del tipo, Sara no había apartado la mirada de sus ojos. Parecía disfrutar del placer del hombre con devoción, y semejante entrega me destrozó por encima de todo lo demás.

Las lágrimas me recorrían las mejillas sin que intentara controlarlas.

Finalmente, tras terminar de correrse, el posible Mauro se dejó caer sentado sobre la alfombra. Mi mujer aprovechó para coger la toalla e intentar limpiarse.

Pero el invitado se la quitó de las manos.

—De eso nada, guapa… Si quieres quitarte esa mierda de la cara, te la comes… Venga, adentro hasta la última gota…

Como mi mujer no diera signos de obedecer, el posible Mauro comenzó a recoger los restos de semen con los dedos y a metérselos en la boca para que se los chupara.

—Vamos, vamos… que sé de sobra que te gusta… —le decía entre risitas.

Por la cara de asco de mi mujer no parecía que esa afirmación fuera tan cierta. Y yo ya sabía que no era así, que del semen Sara odiaba hasta el olor. Pero, incomprensiblemente, de nuevo se plegaba a las órdenes de su amo y se tragaba lo que le daba a lamer.

Cuando se cansó de fastidiar a Sara, el tipejo le dio dos pequeñas bofetadas amistosas y luego se puso en pie y anunció que se iba un momento.

—Voy al baño a mear y limpiarme. Tú sigue con ella como te apetezca, no me esperéis. Y tú, Sarita, que no me entere yo que le niegas algo a mi amigo.

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