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Sara es el precio - Extracto 6

Sergio cree que puede manejar la situación con humor, pero la pregunta de Salva lo congela en el acto. ¿Dirá que sí para salvar las apariencias, o huirá antes de que sea demasiado tarde?

Abel Santos6.7K vistas7.9· 14 votos

Volví apresurado a nuestro rincón entre las furgonetas y, efectivamente, María ya no estaba allí. Refunfuñé por mi estupidez. Tendría que haberme dado más prisa, sin pararme a filosofar, y haberla acompañado de vuelta. Ahora no sabría responder a Mauro dónde estaba cuando me preguntara por ella.

Le di una patada a las múltiples colillas que habíamos dejado unos momentos antes sobre el pavimento y me dispuse a regresar.

Pero entonces oí los murmullos al otro lado de una de las furgonetas.

Eran cuchicheos entre varias personas, una de ellas una mujer. Reconocí a María en aquella voz femenina y sentí curiosidad. ¿Qué haría en otro rincón escondido como el que habíamos ocupado unos minutos antes? ¿Se habría unido a otro grupo de fumadores? Si estaba en lo cierto, iba a acabar con un paquete ella sola.

Picado por la curiosidad, rodeé la furgoneta con sigilo. Y descubrí a María en una pequeña explanada formada por una plaza de parking libre, entre la furgoneta y un todoterreno. Dos tipos la flanqueaban casi rozándola, como dos perros intentando montar a una perrilla en celo.

Sentí una punzada de pánico. ¿Quiénes serían aquellos tipos? ¿Ladrones? Comencé a temblar. Si era así, las iba a pasar canutas. No estaba yo en muy buena forma para defenderla contra dos hombres. Mi miedo, sin embargo, se evaporó al escuchar la risa divertida de María, que seguía ahumando el aire con su enésimo cigarrillo.

Así que salí de mi escondite y caminé hacia ellos.

Los dos hombres —en la cuarentena probablemente— vestían trajes caros con la corbata suelta, como tras una dura jornada laboral. No parecían precisamente un par de golfillos buscando una víctima a quien robar. Y eso me tranquilizó aún más.

María miró hacia mí al verme aparecer y los dos tipos volvieron la cabeza.

—Ahí está ése… —susurró uno de ellos y conseguí escucharle a pesar de que lo había intentado evitar.

No me gustó aquel «ése», aunque no quise ponerme borde sin siquiera saber quiénes eran. Di unos pasos hacia el grupo, pero uno de ellos se separó de él y me detuvo a medio camino.

—¿Qué pasa, tío…? —me dio una palmada en el brazo como se le hace a un colega—. ¿Todo bien?

—Sí, todo bien… —respondí mosqueado—. Ya veo que habéis conocido a María.

—Sí, es una tía muy maja… —replicó, y luego hizo las presentaciones—. Por cierto, soy Salva y ése es Joselu.

—Un placer… yo soy Sergio…

—Hola, tío —saludó levantando una mano el que se había quedado al lado de María.

—Sí, ya nos lo ha dicho ella… Sergio… —aseguró y su expresión se volvió interrogativa—. Oye… por cierto… una cosa que te quería decir…

Tragué saliva. El tipo ya no sonreía. Las rodillas empezaron a temblarme.

—Di… me… —tartamudeé.

Sospechaba que no me gustaría lo que venía a continuación, pero Salva me sorprendió.

—¿Es cierto lo que dice tu chica…?

Me hizo gracia aquella expresión. «Tu chica», como si creyeran que María era mi novia o mi mujer. Decidí seguirle la corriente.

—No sé… ¿qué es lo que dice…?

—Que sois una pareja abierta…

A pesar de los nervios, tuve que sujetar una carcajada. La buena de María les había vacilado de lo lindo. No era mala idea, tal vez yo también podía tomarlo a broma. Lo que fuera con tal de que nos dejaran marchar cuanto antes.

—Sí, eso es… —le confirmé conteniendo la risa—. Somos una pareja de lo más abierto.

El tal Salva se volvió hacia su amigo y María y alzó la voz para anunciar mi respuesta.

—Oye, Joselu, que dice que sí… que son liberales…

—Ah, vale… —respondió Joselu y se volvió hacia María de nuevo, acercándose un poco más a ella.

Me quedé en silencio. Aquello empezaba a torcerse, ya no tenía claro si había hecho bien en seguirles el rollo.

—¿Sabes? —dijo Salva tomándome de un brazo—. Tu chica está buena de cojones, ¿no te parece?

Carraspeé un instante antes de responder.

—Sí, está muy buena…

El tipo no me soltaba el brazo y eso me estaba molestando. Un run-run daba vueltas por mi estómago.

—¿Puedo pedirte algo…?

—Tu dirás…

Entonces me dejó ojiplático.

—¿Te importa si nos la follamos mi amigo y yo? —levantó las manos como en son de paz—. Pero con respeto, eh…, eso siempre…

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