María intercambiada en un coche - Completo (15)
María jura que todo fue mentira, que solo quería hacerte celos. Pero mientras ella sigue tecleando en la oscuridad del coche, su teléfono revela una verdad mucho más húmeda y peligrosa de lo que imaginabas.
A la espera de la hora final, cada uno de nosotros se recostó en su parte del asiento y nos dedicamos a jugar con el móvil. Ninguno de los dos aparatos emitía sonido alguno, a excepción de algún beep esporádico. En mi caso, lo había silenciado para evitar líos. No quería que María supiese lo que miraba en la pequeña pantalla. Sabía que, si se enteraba, habría polémica.
María, por su parte, tecleaba de cuando en cuando. Era raro esta actividad en aquellos momentos, aunque no era la primera vez que lo hacía durante la noche. Parecía estar chateando con alguien, y eso me mantenía alerta. Si mis sospechas se confirmaban, mi alumna me habría mentido sobre sus opciones de refugiarse en casa de alguna amiga o familiar hasta el amanecer.
Me picaba la curiosidad, debo reconocerlo. Mucho más que eso: ardía por dentro de inquietud. Y, aunque me mordía los labios para mantener la boca sellada, no pude evitar que la pregunta se me escapara:
—¿Con quién hablas a estas horas?
Alzó la cabeza y me miró como un niño al que han descubierto robando galletas de la alacena.
—Con… nadie… —Movía los ojos hacia un lado al hablar, lo que según los sicólogos significaba que mentía.
—Y entonces… ¿a qué viene tanto teclear?
—Mmmm… No estoy chateando, si eso es lo que insinúas… lo que hago es subir publicaciones a mis redes sociales…
Su explicación no sonó convincente.
—No me lo creo, pero allá tú…
—Sí, eso… mejor dedícate a ver esos videos que llevas tanto rato mirando como si aún no tuvieras bastante con la nochecita que llevas…
Me sentí pillado en falta de nuevo… y preferí no mentir.
—Bueno, no son videos tan especiales, hay mucha gente que los ve…
—Sí, claro… yo misma veo porno de vez en cuando —admitió—. Pero no después de haberte tirado a todo lo que se menea, so guarro… Admítelo, Marcos, tienes un problema con el sexo.
Callé y seguí a lo mío. María hizo lo mismo. El silencio volvió al habitáculo.
—¿Queda coca cola? —La voz de María me sorprendió porque me hallaba totalmente concentrado en lo que veía. Esto hizo que el móvil casi se me escapara de entre las manos.
Debí de tocar algún botón sin querer y el audio del teléfono se activó. Una voz femenina y lastimera escapó del aparato.
«No… Francis… por favor… por el culo no quiero que me lo hagas… me lo hicieron una vez y me dolió mucho…»
Me quedé paralizado un par de segundos. Justo el tiempo que le llevó a María arrebatarme el móvil de entre las manos con uno de sus movimientos de kunfu o lo que puñetas fuera lo que practicaba. Con la misma premura se lo arrebaté yo a ella y detuve el vídeo, pero el mal ya estaba hecho.
Habían sonado solo cinco o seis segundos de audio, pero eran suficientes para que quedara patente la temática del video que estaba reproduciendo. Al igual que todos los que había estado mirando desde el primer momento de lo que habíamos bautizado como «fin de la noche». Y ese detalle no le pasó desapercibido a la perspicaz María.
—¿Estás viendo videos de… enculamientos?
Su expresión de desagrado me llegó al alma. No sabía muy bien qué decir, así que dije la primera bobada que se me ocurrió.
—Se dice «sexo anal», eso de «enculamientos» suena fatal.
María se cubrió lo más que pudo con el abrigo que descansaba de nuevo sobre sus piernas.
—¡Me importa un comino cómo se diga…! —lanzó un gritito que pareció de terror—. Madre mía, estoy sentada al lado de un obseso sexual con el que he hecho más guarradas en una noche que en toda mi vida y no me doy cuenta del peligro que corro…
Intenté atajar su recelo.
—Por dios… no… María… —repliqué con tono dulce—. No es lo que imaginas…
—Pues tú me contarás…
El abrigo le cubría ya por encima del pecho y mi alumna amenazaba con tirar de él hasta taparle la cabeza.
—Mira, cielo… —dije con convencimiento—. A mí esto del «porculeo»… Sí, hablemos claro, ni «sexo anal» ni leches… Esto es «porculeo»… Pues, eso, que a mí me ha dado siempre un asco de narices… Y si de pronto me ha picado la curiosidad es por lo que te ha pasado antes con el pijo…
María se rebeló.
—Pues claro, no te fastidia… si todavía la culpa será mía…
—Yo no he dicho eso… —aclaré—. Lo único que digo es que si ese asqueroso no te hubiera propuesto semejante guarrada, a mí este asunto ni se me habría pasado por la imaginación.
—Eres un pedazo de hipócrita, eso es lo que eres…
—¿Hipócrita… yo? —me defendí—. Perdona, cariño, pero la que ha estado a punto de aceptar que la dieran por detrás si a mí no me hubiera parecido mal… eres tú… Así que no te hagas la ofendida…
De un tirón se retiró el abrigo de encima y lo arrojó al asiento delantero.
—¡A ver, Marcos… que pareces un niño de diez años…! —gritó desbocada—. ¡A ver si te enteras de una vez!… ¡Todo lo que he contado sobre mi aventura con el pijo es mentira, so imbécil! ¡Me lo he inventado para fastidiarte y que rabies de celos…!
El tiempo se detuvo. El aire se evaporó del coche. No existía nada. Solo sus ojos que me miraban y los míos que se abrían sin entender lo que presenciaban.
—Vale… no me mires así… pareces un zombi… —rompió María el instante de pasmo que se había creado.
—Joder, María… Si eso es lo que yo me imaginaba… ya te lo he dicho…
Mi voz se había convertido en vocecilla.
—Y una mierda… Te lo has tragado todo, como un niño de teta…
—¿Entonces…? ¿Qué ocurrió en realidad?
—¡Nada, atontado! —aclaró enrabietada—. Entre ese gordo asqueroso y yo no pasó absolutamente nada… —dijo, masticando las palabras.
—Excepto el sobeteo…
—Sí, excepto el sobeteo… que le dejé hacer para fastidiarte…
La miré embobado. A cada momento que pasaba la iba queriendo más. ¿Lo estaría ella leyendo en mi mirada?
Al fin, María pareció calmarse e intentó explicarse.
—Es verdad que me calentó miraros jugar a aquel estúpido jueguecito… Pero yo solo quería hacérmelo contigo. Pensé que al acercarme a ti dejarías a la rubia de bote y que me harías caso. Pero pasaste de mí y entonces me fui con el pijo para fastidiarte. ¡Ja!, menudo patán idiota el muy tiparraco… Intentó convencerme de que se la chupara con argumentos solo válidos para una cría de doce años. ¡Será gilipollas, el muy subnormal! Pero no me dio la santísima gana de metérmela en la boca, por mucho perfume que se hubiera echado en las pelotas. Estaba harta de pitos desconocidos… Al menos el tuyo ya me era familiar… —lo último lo dijo con un puchero de niña. Mi masculinidad volvía a despertar y cambié de postura para que no lo notara.
—María… no tienes que seguir si no quieres… —intenté cortar su discurso para evitar que dijera algo de lo que podría arrepentirse más tarde.
—Ya da igual… —se apartó el pelo, que se le había echado sobre la cara con el enfado. Luego prosiguió—. Me dejé sobar para cabrearte, estúpida de mí… Pensé que vendrías a rescatarme, como un supermán o algo así, que te molestaría verme magreada por otro. ¡Pero el señorito se lo estaba pasando de miedo con la milf rubia y yo le importaba una mierda…!
De pronto, detuvo el soliloquio. Miró hacia el exterior a través de la ventanilla de su puerta. Todo estaba dicho, no necesitaba proseguir.
—Toma, mira, aún quedan dos cervezas y una coca cola… —le ofrecí para cambiar de tema y me quedé con una de las latas verdes—. Ya no están frías, pero pueden valer…
—Gracias… —dijo ella más calmada y, abriendo su lata roja y blanca, le dio un trago tan largo que imaginé que se la había bebido casi entera.
—¿Te parece si hacemos como si esto no hubiera pasado? —dije cuando ella dejó de beber.
Aceptó con un cabeceo.
—Vale… Pero no quiero que te pienses lo que no es… No vayas a creer que estoy pillada por ti…
—Tranquila, no pienso nada raro… Solo que eres una gran chica y que me caes genial… ¿Te importa que me parezcas una chica fantástica?
—No, claro… —respondió, ruborizada—. Gracias…
Le ofrecí el abrigo y ella se volvió a cubrir las piernas con él.
Me sentía feliz. Lo que había imaginado sobre la historia entre María y el tal Jose había resultado ser la verdad: un cuento inventado por ella para matarme de celos. Y joder si lo había conseguido. También había confesado haberse sentido celosa por mí. Eso era más de lo que podía resistir, una emoción intensa me recorría por dentro y me hacía sentir bien. Jodidamente bien.
Era el puto nirvana.
La situación era peligrosa, sin embargo. Estaba más que claro que se había creado un vínculo entre los dos y no tenía ni idea de cómo iba a gestionarlo. Imaginé que ella sentiría la misma confusión. Lo dejé correr, los días siguientes traerían soluciones a lo que aquella madrugada mostraba como problemas insalvables.
Los dos volvimos a nuestro rincón y retomamos la actividad en nuestro móvil. Cada uno con sus cosas.
Pero no recordaba que el audio estaba habilitado en mi móvil y, cuando pulsé el play, los gemidos femeninos volvieron a llenar el ambiente. María me amonestó con la mirada y yo pedí disculpas una vez más aquella noche antes de desactivarlo.
Acto seguido, María volvió a teclear de forma frenética sobre su iPhone. Cuando terminaba de teclear lo que parecía una parrafada, se quedaba a la espera mordiéndose una uña, nerviosa. Cuando un beep de atención le animaba el rostro, parecía leer por un instante y volvía a teclear, apresurada.
Ya no me cupo la menor duda: estaba chateando con alguien. Y el hecho de que lo hubiera negado de forma tan reiterada me provocó un estremecimiento de aprensión.
Pensé en las personas que podrían estar al otro lado de su conversación. Podía ser cualquiera, recordé que no conocía absolutamente nada de mi alumna. La complicidad que se había creado entre los dos en aquella madrugada a veces me hacía creer que éramos íntimos desde mucho tiempo atrás. Pero, en realidad, no sabía nada de ella. Ni de su vida, de sus amigos, sus padres, su novio…
Concluí que el que se encontraba al otro lado debía de ser el novio. María no había hablado gran cosa sobre él en todo el tiempo que estuvimos juntos. Aunque podía intuirse fácilmente por qué. Imaginé que ahora le estaría contando donde se encontraba, y tal vez le detallaba todo lo ocurrido para pedirle perdón.
Pensar en ello me produjo un escalofrío. Si las habilidades con las artes marciales del novio de María eran solo la mitad que las suyas, aquel tipo podría matarme con solo un dedo.
Así que quise aclarar el asunto antes de que fuera tarde.
—Eres una mentirosilla… —dije acercándome hacia ella de un salto.
—¿Qué…?
La había pillado por sorpresa y aproveché su confusión para intentar cogerle el móvil. Ella tiró a su vez del iPhone.
Se produjo un tira y afloja y, en la disputa, este voló por el aire, yendo a caer en la alfombrilla del coche, junto a mis pies. Había aterrizado con la pantalla hacia arriba, que se mostraba iluminada e indiscreta. Ambos lo habíamos seguido con la mirada y el pitido que emitió mientras volaba nos sorprendió por igual.
Tras el beep de turno, la pantalla se iluminó y mostró los dos mensajes que ocupaban la ventana de bloqueo. Eran los dos últimos mensajes intercambiados: uno emitido por ella y, la respuesta, acabada de recibir y causante del pitido.
Ambos los leímos a la vez. Y ambos nos quedamos paralizados.
MARIA: Por favor, Sara, ven ya… Como me descuide tu marido va a terminar follándome por el culo.
SARA: Aguanta, por dios, ya estoy llegando.
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Continuará...
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