María intercambiada en un coche - Completo (14)
Marcos creía haber perdido el control, pero María regresó al coche con una misión: recordarle quién manda realmente. Entre besos y confesiones crudas, la línea entre el castigo y el placer se desdibuja en la oscuridad del aparcamiento.
Cap. 17 – EL INICIO DEL FUTURO
Estuve tentado de hacer lo mismo que había hecho María: largarme de aquel infausto lugar. Me senté en el asiento del conductor y arranqué el coche con la intención de volverme a casa y olvidar aquella execrable noche. Una noche que sería difícil de olvidar, pero que debía hacerlo por el bien de mi propio juicio. Yo había pasado por situaciones complejas con muchas de mis alumnas sin recibir ni un solo rasguño. No podía permitir que María me afectara como lo estaba haciendo.
Sin embargo, no conseguí convencer a mis manos y mis piernas que condujeran el coche hacia la salida del aparcamiento. Una barrera invisible me impedía abandonar. Apagué el motor y me quedé allí, apagado, vacío, escrutando las sombras en la línea de árboles que formaban la frontera entre el parque y la explanada del aparcamiento.
Sentía que María podría volver. Lo deseaba con todas mis fuerzas.
Lo necesitaba, en realidad.
*
Me adormilé durante unos minutos. Al despertar, miré el reloj y no había pasado más de un cuarto de hora. Aún quedaba un buen rato hasta el amanecer, en esas fechas la luz del día se hacía esperar.
Levanté la mirada y una figura borrosa se formó lentamente en el exterior, saliendo de entre las sombras del árbol más frondoso. Pensé en la voyeur y me incorporé en el asiento. Me froté los ojos y comprendí que no era ella, aunque estaba seguro de que se trataba de una mujer. La sombra avanzó hacia el coche y se fue transformando en quien más deseaba.
Era María.
El estremecimiento me pilló desprevenido y la piel se me erizó. Ni en mis mejores sueños habría podido imaginar la escena que ahora presenciaba. María volvía a mí, como si la noche continuara en el punto donde se quedara unos minutos antes.
Mi alumna llegó despacio, haciéndose esperar, hasta la puerta trasera de su lado del coche e intentó abrirla. Estaba bloqueada y no lo consiguió a la primera. La desbloqueé con el mando a distancia y en su segundo intento la puerta cedió. Abrió en silencio. Dejó el abrigo, el bolso y la carpeta en el maletero por detrás del asiento y, tras acomodarse, cerró la puerta de un fuerte golpe. El silencio la envolvía. No acompañó sus acciones con una sola palabra. La escruté a través del espejo retrovisor, pero ella escamoteaba sus ojos para que no los encontrara.
Me sentía extraño, incapaz de articular una sola frase. Simplemente, no sabría por dónde empezar. La nueva situación requería un recomienzo, un borrar las horas previas y volver a estrenar una relación principiada y rota en una sola noche. Pero sabía que aquello era muy difícil, casi imposible. Apenas debía de quedarnos una hora para que el momento de nuestra separación —María la había fijado para las ocho y ya eran casi las siete— y necesitaría una vida entera para explicarle todo lo que su sola presencia provocaba en mí.
—Has vuelto… —Fue lo único que pude decir.
—Sí, he vuelto —respondió—. No tengo donde ir… ya lo sabes…
—Hasta las ocho de la mañana…
—Eso es, hasta las ocho…
Me mordí el labio e intenté reemprender la conversación desde el momento en que la habíamos dejado. Desde el maldito malentendido creado por un grupo de desconocidos ebrios de alcohol y sexo. Aunque sabía que la culpa no era de ellos, sino mía, solo mía.
—María…
—¿Qué…? —su respuesta urgente parecía pedirme que le dijera algo, que me disculpara. O, al menos, que no me quedara callado. Que esperaba algo de mí. La esperanza renació en mi interior.
—No… nada… —repliqué—. Solo… que… lo siento…
Volvimos a guardar silencio. Un minuto, dos minutos. Al cabo, ella preguntó:
—¿No vas a pasarte aquí detrás?
Una emoción que no pude disimular me recorrió por entero. Dejé el puesto del conductor a toda prisa y me acomodé en mi lado del asiento trasero. Luego la miré en silencio, esperando una señal. Pero era obvio que ella también la esperaba, porque me miraba a los ojos sin decir nada. Nos observábamos temerosos, como dos adolescentes en su primera cita. Y era hermoso el sentimiento que crecía en mí. Ojalá que fuera en ambos, deseé.
Cuando su mano se despegó de su cuerpo y la situó sobre el asiento entre los dos, supe que era la señal que esperaba. Estiré la mía y se la acaricié con suavidad. Ella no fue tan sutil, apretó la mía con tanta fuerza que me dolió.
Miré sus labios, le temblaban. Ella rozó los míos con las yemas de los dedos.
—Te tiemblan los labios —dijo.
—¿A mí también?
—¿También…? —se extrañó—. ¿Es que a mí me tiemblan?
—Sí… mucho…
No hubo más palabras. Se acercó a mí con prisa, como si temiera que fuera a huir y tomó mi boca al asalto. Con ese gesto, María desató la locura.
Ella me besaba. Y yo la besaba a ella. Y ambos nos besábamos. Y no había ningún lugar más en nuestros cuerpos que participara en aquella batalla de caricias. Y no me atrevía a tocarle ni un centímetro de su piel que no estuviera en su rostro. Porque de haberlo hecho, me habría sentido el hombre más sucio del mundo. Y yo ya no quería ser sucio con María. Quería ser limpio, y quería limpiarla a ella. Quería borrar las manchas con las que la había degradado en aquella miserable noche.
—Perdona… perdona… —repetía yo sin cesar—. Lo siento, chiquilla…
Su lengua mantenía el sabor a sal y a menta. Y era el sabor a sal que yo había depositado en su boca poco tiempo antes. Y lo absorbí con desesperación, quería limpiarlo de su boca, llevármelo todo, sacarlo de allí.
—¿Cómo pudiste pensar que sentía asco de ti? —protesté sin dejar de besarla—. Yo nunca, ¿me oyes?, nunca sentiría asco de ti… ¿Es que no has visto mi mirada cuando pensé que ibas a rendirte al pijo ese? Lo que pasó fue un maldito malentendido… Deja que te lo explique, por favor…
—Tranquilo, Marcos… —me besaba y hablaba, las lágrimas surcando su rostro—. Sé lo que ha pasado…
—¿Lo sabes?
—Sí, lo sé todo…
—¿Cómo… cómo lo sabes?
—Los pijos me han encontrado sentada en un banco cuando se iban. Han parado y las chicas se han bajado. Estaba llorando como una magdalena… Si no es por ellas, no sé lo que habría hecho.
—¿Llorabas… por mí?
—Ni de coña… ¡qué más quisieras!
Reímos en un susurro. Me separé unos centímetros de ella.
—Dime una cosa…
—Lo que quieras…
—Cuando estabas con el pijo… todo lo que hacías era para vengarte de mí, ¿verdad?
—No sé… tal vez… seguramente… —Reía al tiempo que dos gotas brillantes le recorrían el rostro. Era como el sol venciendo a la tormenta—. Quería hacerte sufrir… Tanto como tú me has hecho sufrir a mí…
—Pues lo conseguiste, chiquilla…
—¿De verdad?
—Estuve a punto de lanzarme a por el muy imbécil y romperle algún hueso…
—¿Cómo al gorila maltratador?
Reímos al unísono. Ambos sabíamos que yo no tenía ni media bofetada y que, en el caso de que el pijo hubiera tenido algunas horas de gimnasio, podría haberme roto él los huesos a mí.
Dejé de reír e intenté componer el rostro serio con el que me ganaba el respeto de mis alumnos en la facultad.
—¿Hasta dónde habrías llegado para conseguir tu venganza?
—¿Qué quieres decir?
—¿Te habrías dejado…?
—¿Follar…? —terminó la frase por mí.
Afirmé con un movimiento de cabeza.
—No sé… quien sabe… —respondió, escueta.
Puse una fingida expresión de enfado. Aunque no estaba seguro de estar fingiendo.
—¿Qué quieres… decir?
—No lo sé… que quizá me hubiera dejado… —Me hizo una carantoña—. Pero no lo hubiera hecho por ti, no te hagas ilusiones. El tío era realmente bueno calentando a una chica, ¿sabes? Me puso a mil por hora, el muy asqueroso…
Callé, me merecía el castigo que en esos momentos recibía.
—Además… —prosiguió—. Tenía una «cosa» tan grande y tan dura… Y bonita, te lo juro. De verdad… era preciosa… Nunca he visto una tan deliciosa… Mejorando lo presente… por supuesto…
Rió, desvergonzada.
—Y olía de maravilla… por cierto…
—¿Olía…?
—Sí, el muy guarro se la había perfumado, y lo había hecho con perfume del caro… Lo tenía todo pensado… para el jueguecito, supongo… Era un olor maravilloso… Me atraía como a una perra en celo.
Me mordía el labio al escucharla y, lo hacía con tanta fuerza, que temía que de un momento a otro me empezara a sangrar.
—Pero no solo era el olor… también sabía, ¿cómo decirlo…? Era genial… tenía un sabor afrutado, como a frambuesa…
Me agité, rabioso.
—Joder, María, ¿cómo puedes estar segura de su sabor…? Qué yo haya visto no llegaste a metértela en la boca…
Tragué saliva esperando su respuesta.
—Oh, claro que no… —respondió. Con un dedo me recorría las facciones del rostro, desde la sien, pasando por la nariz hasta el mentón, los labios… y vuelta a empezar—. Pero la recorrí entera con la lengua y le besé el glande. Me supo a gloria, te lo juro…
Sonreía con sonrisa burlona, malévola. Suponía, pero no podría asegurarlo, que estaba inventando todo lo que decía, y que lo hacía para herirme. Y a fe que lo estaba consiguiendo. Mi malhumor crecía por segundos. Nunca antes me había visto a mí mismo como un hombre celoso. Pero siempre había una primera vez, me dije.
—¡Mientes, preciosa…! —exclamé con una sonrisa que más debía de parecer una mueca—. Yo vi todo lo que pasó y te estás inventando mucho de lo que dices solo para fastidiarme…
—Lo siento, Marcos… —dijo y emuló mi mueca irónica. La había aprendido de mí y ahora la utilizaba con maestría—. Pero eso es algo que nunca sabrás…
Acepté, resignado.
—Está bien… esta vez tú ganas…
—Sí, eso es… y tú pierdes…
Callé unos instantes. Pero al segundo seguía preguntando, necesitaba entender lo que había pasado entre ellos, saberlo todo.
—¿Cuándo te levantaste y hablaste con el pijo, qué os decíais?
—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó con tristeza—. ¿Qué más da eso ahora? Solo vas a conseguir aumentar tu malestar.
—Quizá es que me gusta sufrir… —repliqué—. Nunca me he sentido tan jodido por algo así… Tal vez soy masoquista y lo estoy descubriendo ahora.
—¿Nunca te han puesto los cuernos?
—¿Te refieres… en sentido literal?
—Sí… quiero decir tu mujer, por ejemplo… ¿nunca ha estado con otro?
La miré extrañado, pero le seguí el juego, no sabía adónde quería llegar.
—Claro, llevamos casados diez años… Es un tiempo muy largo y deja espacio para que ocurran muchas cosas.
—¿Más de una vez?
—Ni idea… fue solo con un tipo… supongo que todas las veces que quisiera…
—¿Y cómo te hizo sentir?
—No sé… yo lo sabía… y ella también sabía que yo conocía su secreto… no tuve sensación de engaño…
—¿No sufriste…?
—No… al menos no como esta noche… Lo he pasado peor en veinte minutos contigo que en diez años con Sara, ¿responde eso a tu pregunta?
—Joder, Marcos, eres un tío muy raro…
Sonreí y volví a la carga.
—¿No vas a comentarme lo que hablabais tú y ese pijo? ¿Ni siquiera como un favor personal?
—¿De verdad quieres saberlo?
—De verdad…
—Luego no me vengas con cabreos, castigos y esas bobadas… ¿eh? Mira que ya no soy la de hace dos horas…
—Te lo juro… ni una sola queja…
—Ay, no sé… Marcos… El caso es que a veces me das miedo… Pienso en esas cuerdas de pulpo, o como se llamen… y me echo a temblar…
—No digas tonterías, no hay cuerdas de pulpo… Solo bromeaba…
—¡Y una mierda bromeabas…! Me conozco yo tus bromas… y no me fio de ti ni un pelo…
—Venga… por favor… cuéntame… No ves como sufro…
Se mojó los labios con la lengua y entonces se decidió a contarme la escena.
—No sé, Marcos… A ver cómo te lo explico… Pues resulta que yo estaba a mil por hora, ya te lo he contado… También se lo comenté al pijo… Y cuando me levanté sin querer mamársela se mosqueó… El tío no entendía por qué no me la metía en la boca si estaba tan cachonda…
Se detuvo un instante. Luego prosiguió.
—Pero al segundo creyó entenderlo… Es decir, pensó que no quería darle a él nada, sino recibir algo de él… Total, que me propuso que nos situáramos detrás del árbol, así podríamos hacer lo que quisiéramos sin que nadie nos viera…
—¿Y tú que le respondiste?
—Que lo estaba deseando… pero que tenía miedo de lo que pudieras hacer… Que eras un hombre violento… —tuvo que contener la risa, aunque a mí no me hizo ni puñetera gracia.
Me mordí los labios, me estaba poniendo de muy mala leche con aquel tío. Aun así, me mantuve en calma, tenía que hacerlo si quería oír la historia al completo.
—Sigue… ¿Qué pretendía hacerte detrás del árbol?
—Pero, bueno, Marcos… ¿qué edad tienes, cinco años…? ¿Tú que crees que quería? ¡Quería follarme, como cualquier tío…! Sois todos unos cerdos asquerosos… Aunque…
Se interrumpió y yo la animé a seguir.
—¿Aunque… qué?
—Me hizo una pregunta que me extrañó… y entonces sentí miedo…
—¿Una pregunta extraña?
Tragó saliva, le costaba decirlo.
—Me preguntó si alguna vez me lo habían hecho por detrás…
—¿Por… detrás? ¿A cuatro patas…?
—No… se refería a… «por detrás»… literalmente…
Comprendí enseguida, aunque me había costado más de tres segundos pillarlo. ¿Estaba perdiendo facultades por culpa de aquella chiquilla?
—¿¡Por el culo!? ¡Será hijo de puta…!
—¿Por qué? ¿Tan raro te parece?
—No sé… me parece una guarrada… sobre todo si no hay algún sitio donde lavarte… antes… Y… después, supongo…
—¿Tú lo has hecho alguna vez?
Dudé si decir la verdad, pero al final lo hice.
—Pues no, siempre me ha parecido asqueroso… ¿y tú?
—Tampoco… hasta esta noche me parecía una aberración…
—¿Y ya no…?
—No sé… por la forma de hablar de ese tío… casi me pareció algo natural… normal… como cualquier otra cosa del sexo…
—Pero acabas de decir que sentiste miedo…
—Sí, sentí miedo… pero no de él, sino de mí…
Le quité la mano de mi cara.
—¡Joder!
—¿Qué te pasa...? ¿Ahora te enfadas? Mira que te lo he advertido…
—No, no es eso… Bueno sí, es eso, pero no del todo… Me jode que estuvieras a punto de dejarte follar por ese gilipollas… pero, al mismo tiempo…
—¿Al mismo tiempo… qué…?
—Joder, María, oyéndote me estoy poniendo cachondo como un perro…
Se echó hacia atrás de un salto.
—Eh… eh… Marcos… tranquilito… Si te pones cachondo te la meneas… ¿eh? Conmigo no cuentes más por esta noche… Ya he tenido bastante… Me gustaría saber lo que pensaría mi novio si nos viera… Te ibas a llevar las dos hostias más merecidas de tu vida.
La miré, consternado.
—Tienes razón… lo siento…
Aunque no le había mentido en absoluto. Mi erección de la velada había vuelto a aparecer.
—Pero, es que no te entiendo… —dijo, extrañada—. ¿Cuántas veces has eyaculado esta noche? ¿Cuatro, cinco? ¿Es que no puedes parar…? Tampoco es que seas un crío para tener tanto aguante…
—No sé, de verdad… a veces me pasa... Es como si el cuerpo no se cansara y me pidiera más y más…
—Pues lo siento por tu mujer… y por tus alumnas…
Rió, maliciosa. Y ambos callamos.
—¿No vas a contarme cómo acabó la conversación? —insistí.
—Vale, está bien… pesado… Pues… cuando él me hizo la propuesta de follarme… le di las gracias y…
—¡Qué cojones…! —exclamé—. ¿Le diste las gracias… a ese hijo de puta que te quería dar por detrás?
—Joder, Marcos, era una forma de hablar… como cuando le das las gracias a un camarero al traerte la cerveza… ¿Quieres que te lo cuente o te vas a poner celoso con cada palabra que diga?
Se cruzó de brazos, enfadada. Luego volvió a hablar.
—Además… ¿«hijo de puta» por qué? —le defendió—. Al menos él me pedía las cosas… y con amabilidad… No me obligaba a hacerlas como has hecho tú toda la noche…
—Sí, ya me conozco las peticiones «amables» de un tío… —dije, burlón.
—¿A qué te refieres?
—A ver, María… los tíos os ponen calientes como perras con un toquecito por aquí, unas palabritas en el oído por allá… Esas cosas que no son nada y a las que vosotras no dais importancia, pero que sirven para poneros a tono…
María me miraba sin pestañear.
—Y cuando ya estáis cocinadas… Entonces os piden «suavemente» que os bajéis las bragas… cuando en realidad estáis tan calientes que os las habéis quitado mucho antes de que os lo pidieran…
—¿Me estás hablando por experiencia propia, no? —me espetó con gesto más que serio—. ¿Es esa la estrategia que usas con tus alumnas? Bueno, de hecho puedo dar fe de ello, yo soy el último trofeo del señor…
Me sentí pillado y busqué una huida hacia delante.
—Joder, María… Es mi estrategia, la del pijo y la de cualquier tío que sale de caza… Y vosotras sois tan inocentes que caéis como pajarillos en una jaula…
—Mira, Marcos… —Ahora se la veía enfadada de veras—. ¡Si las tías caemos o no en esas trampas de mierda… es porque nos sale de los ovarios…! ¿Te enteras? Ya somos mayorcitas y, si un tío nos pone de verdad, no necesita tanto jueguecito para llevarnos a la cama… ¡Nos vamos a la cama porque se nos pone en…!
Dejó la frase en suspenso. Una vez más había metido la pata, tocaba disculparse de nuevo. Menuda nochecita llevaba, no había dejado de cobrar desde que la chiquilla me había ablandado como ninguna mujer había conseguido hacerlo antes. Era respondona María, tenía que admitirlo. Se merecía una nota de sobresaliente para arriba. Y no bromeo, demostraba tal facilidad de palabra que yo mismo la contrataría en un bufete si necesitara una hábil negociadora.
—Vale… María… perdona… soy un gilipollas… —dije, aunque luego me atreví a remachar—. Pero eso que tu llamas «jueguecitos» los usan muchos para tirarse a unas crías que no llegan ni al mostrador de los bares… No solo a chicas mayorcitas… Y no hablo por ti, se ve que eres muy madura para tu edad, pero hay muchas chicas de veintiún años que aún no han salido del cascarón y son presas demasiado fáciles para según que tíos…
—¿Ahora estás hablando del pijo… o te estás describiendo a ti mismo?
¡La madre que la… ¡ De nuevo me había pillado. No tenía forma de escapar de mis propios demonios con aquella muchacha. No bajaba la guardia ni por un segundo. María sonreía ahora con la puñetera ironía que no sé cómo le había sabido transmitir, pero que había aprendido de maravilla. Y aquella ironía me desarmaba por completo.
—¡Joder! —exclamé, cabreado. No había forma de ganar la discusión con buenos modales, así que activé mi modo «grosero».
—Te fastidias, cielo… por baboso y acosador de alumnas impúberes.
Bajé la mirada. Y ella volvió a atacar.
—Y no has respondido a mi pregunta: ¿Por qué te cabrea tanto lo que yo hiciera con el pijo? ¿Te has puesto celoso o qué…?
—¿Celoso… yo…? —negué tajante, aunque en seguida rectifiqué—. Vale, está bien… sí que me he puesto celoso… Pero me callo y lo acepto, me lo merezco…
—¿Sabes? Me encanta la carita que pones cuando te muestras así…
—Así, ¿cómo?
—Como un perro apaleado…
Y volvió a soltar una de sus risitas burlonas que a mí me parecían tan dulces como la miel.
—¡Serás hija de…! —exclamé, aunque más por mantener mi modo «grosero» que por estar enfadado de verás.
—¡No acabes esa frase…! —replicó como el rayo—. ¡O te juro que salgo del coche y no vuelves a verme más!
—Vale, la retiro... Pero que sepas que estoy seguro de que todo lo que me estás contando es mentira, lo haces solo por joderme y reírte de mí por los celos… y por la mala leche que se me pone…
—Tal vez… —se dejó caer—. Pero ya te he dicho que siempre te quedará la duda…
—Y yo lo acepto… te lo prometo… Además, qué más da todo… En un rato te marcharás y esta noche no habrá existido.
—Eso es… Esta noche no habrá pasado nada… métetelo en la cabeza…
La miré con la imagen de perro apaleado que acababa de mencionar. Necesitaba extraer de ella a la madre que llevaba dentro.
—Sigue si quieres… ya me callo…
Hice la señal de cerrar la boca con una cremallera. Tardó unos segundos en reiniciar el relato.
*
—Como te he dicho, le di las gracias… y le dije que tenía que preguntarte a ti… Que si tu aceptabas, me dejaría hacer lo que él quisiera… Pero que, sin tu consentimiento, no se le ocurriera tocarme ni un pelo… Que tenías muy malas pulgas… Peligro de muerte…
Reí, contento. Ella sonrió, pícara.
—Ya veo… —apunté yo—. Y cuando lo hablamos y te pusiste de rodillas ante mí, se quedó con un palmo de narices, el muy cretino. Ahora entiendo la cara de decepción que puso al anunciarle la rubia que había cambio de planes…
—¿Tanto se le notó…?
—Ni te lo imaginas… —puntualicé—. Tú estabas de espaldas y no podías verle, pero parecía que se le había pasado la borrachera de golpe. Perderte a ti fue un buen palo para él.
Rió coqueta y se ruborizó.
—Pero luego intentó volver a la carga, el muy hijo de puta… —proseguí.
—¿A qué te refieres…? ¿Luego…? ¿Cuándo…?
—Cuando ibas a besarme después de… ya sabes… —expliqué—. Fue cuando el tío se lanzó hacia ti… Simulaba bromear, pero estaba claro que quería seguir jugando a… calentarte… No se rendía el muy mamón, incluso conmigo delante. Al fin y al cabo, tú me habías hecho a mí la mamada, pero tu calentón no lo había apagado nadie… Debía de pensar que aún estabas al rojo vivo… Y que tal vez tuviese una última oportunidad para convencerte…
—¿Un nuevo intercambio?
—Tal vez… Su mujer tampoco estaba nada mal…
María se echó las manos a la boca.
—¿Su mujer? Jajaja —soltó una carcajada—. Otra milonga de esos cretinos….
—¿Qué quieres decir? —pregunté, extrañado.
—Se me había olvidado comentarte. El pijo me contó la verdad —volvió a reír—. Esas dos chicas no son sus mujeres. A sus esposas y a los niños los han mandado de fin de semana a una casa rural, alegando que tenían un finde jodido en el trabajo. Las chicas son dos «amiguitas» de los cabroncetes.
—¿Hablas en serio?
—Completamente… La rubia es la secretaria del gordito —María sonreía complacida al ver mi expresión de asombro—. Por lo visto, se abre de piernas con solo que la inviten a una paella con Sangría.
—Joder… —dije yo—. ¿Y la otra?
—La morena es una profesora de yoga en el gym donde van… Suelen quedar con las dos cuando consiguen cuadrar sus agendas y se dedican a realizar jueguecitos como los que hemos visto esta noche.
—No me lo creo —apunté—. Te ha contado esa historia para calentarte. Si lo sabré yo… Se les veía muy aburridos con las dos chicas, necesitaban sangre nueva, por eso estaban tan empeñados en que nos uniéramos a la fiesta.
—Pues, si se ha inventado esa historia para ponerme cachonda, lo ha hecho perfecto…
—¿Qué quieres decir?
—Cuando te intenté besar… tenía intención de pedirte que nos viniéramos al coche y que me… «terminaras», como te gusta decir… —dijo y rió, avergonzada.
—¿Querías que te follara otra vez? —No tuve que fingir la extrañeza…
—¡Eh… eh… alto ahí, don juan…! —me paró en seco—. Solo iba a pedirte que me lo… chuparas… De follar más por esta noche, nada de nada… Lo había dejado claro, ¿no? Por cierto, ¿habrías aceptado…?
—Con sumo gusto, señorita…
Reímos juntos, esta vez.
—Aún puedo hacerlo… si lo necesitas… —dije con un titubeo. María se puso en guardia, así que me apresuré en aclarar mis palabras—. Me refiero a hacerlo para que te baje el color de la piel… no pienses mal…
—No te preocupes… ya me he arreglado yo solita…
Volví a tragar saliva. Joder con la conversación que estábamos teniendo de nuevo mi alumna y yo. ¿Es que no había forma de hablar con María sin que acabara en tal calentón de mis testículos que llegaban a doler?
—¿Te has… tocado… otra vez? —pregunté, aunque imaginaba la respuesta.
—Pues… sí… —soltó una risita nerviosa—. Estaba tan caliente que he tenido que esconderme tras unos setos para hacerlo. Y he tenido un orgasmo de los buenos… de nuevo…
—Hija de…
—Esa boquita, profesor…
—Perdón… lo siento… —me disculpé por enésima vez.
—Pero la buena noticia es… —me hizo esperar dos segundos y prosiguió—. Que en esta ocasión también pensaba en ti… Como cuando fuiste a por los condones…
—Qué cielo eres, chiquilla… y hay que ver cuánto te…
La palabra se me congeló en la boca. ¿De veras iba a decir «te quiero»? ¿Me estaba volviendo loco? Joder, aquella muchacha me sacaba de mis casillas. Tendría que cambiar mis planes: mejor no volver a verla nunca más fuera de clase. La cría me desquiciaba, algo que nunca había conseguido hacer ninguna de mis alumnas… ni las más complacientes.
Pero ella estaba al quite, por fortuna, y puso su mano en mi boca a tiempo y no me dejó terminar. Callé y bajé la mirada. Luego le puse una mano en el muslo más cercano. Se lo acaricié un segundo. Pero ella me la retiró y se ajustó la falda, tirando de ella cuanto pudo.
—La noche ha terminado, Marcos, lo siento…
Me dio un beso suave en los labios y luego se recostó en su rincón del asiento. Acepté el final, en algún momento tenía que terminar, y ese era tan bueno como cualquier otro.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunté, más por romper el silencio tenso que se había creado que por real interés. Ahora era María quien tenía el control, yo era el sumiso y ella la ama, así que esperé instrucciones.
Miró su reloj antes de responder.
—Son las siete y cuarto. A las ocho en punto me llevarás a casa. Después…
—¿Después… qué? —dije en un susurro casi inaudible.
—Después... empezará el futuro.
Cap. 18 – EL ORIFICIO DE ATRÁS
Y de nuevo volvimos al punto de partida. Aquella madrugada de sábado se había convertido en un ir y venir, pero siempre con vuelta al inicio, como en una eterna partida de parchís.
No había ya nada más que hacer o decir, pensé.
Pero no sabía lo equivocado que estaba al creer esto. ¿Cómo imaginar los acontecimientos que aún iban a sorprenderme en aquella inverosímil madrugada?
.
Continuará...
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...
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