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María intercambiada en un coche - Completo (13)

El asfalto frío bajo sus rodillas y el olor a champán rancio no importaban; lo único que existía era la mirada fija de María. Él sabía que cruzar esa línea lo convertiría en su esclavo, pero no imaginaba que el verdadero peligro no estaba en el juego, sino en lo que pasaría cuando terminara.

Abel Santos3.5K vistas9.5· 13 votos

Negué con la cabeza, era lo único que podía hacer. Y me sentí satisfecho cuando ella se volvió y le detuvo con una mano en su pecho, alejándole de ella. María había obedecido mi orden. O mi ruego, no tenía claro cuál era mi papel en ese juego dentro de la extraña pareja que formábamos mi alumna y yo.

Aun así, el muy cerdo —de mi propia especie, pensaba angustiado— no cejaba en su empeño. Y quería poseerla de cualquier modo y no iba a rendirse tan fácilmente. Y una nueva arcada se asomó a mi garganta cuando puso las manos sobre los hombros de María y la empujó hacia abajo, hasta que la tuvo de rodillas, a sus pies. Y comenzaba a desabrocharse el pantalón. Y vi su enorme verga asomar erecta como un asta y a María observarla a no más de diez centímetros de su rostro.

Faltó una décima de segundo para que me fuera hacia él y me liara a puñetazos. Fue la décima de segundo que tardó María en girar la cabeza y volver a interrogarme con la mirada.

Pude leer la delicada situación en que me hallaba sin gran esfuerzo. Si María decidía introducirse aquella verga en la boca, yo no tendría ninguna posibilidad de reclamar. Porque, simplemente, María sería una nueva jugadora y Jose sería la pareja que le tocaba en suerte. De hecho, unos minutos antes, yo mismo la había preguntado si quería participar. Y, si entonces ella hubiera aceptado, lo que ahora me parecía tan detestable, sería tan solo el normal transcurrir del juego.

Me quedé paralizado. Porque no podía decirle que no, aunque deseara gritarlo, so pena de quedar como un imbécil delante de aquel grupo de extraños, y de la misma María. Negarme a que María participase de aquel maldito juego iría contra toda lógica y mostraría a las claras lo mucho que aquella muchacha me había hecho cambiar en solo unas horas.

Joder… me dije… ¡lo mucho que había empezado a quererla!

Sentí ganas de llorar. Y miraba a María, y ella me miraba a mí, y el tipo sujetaba su gran verga con una mano mientras con la otra la agarraba del pelo y trataba de hacerla girar la cara hacia ella.

Y yo no podía negar con la cabeza para que María no se lo consintiera.

Finalmente, María giró la cabeza hacia el hombre y una nueva arcada llegó a mi garganta. La pude sostener por muy poco, pero lo conseguí.

Y no podía hacer otra cosa que aceptar que María había claudicado, lo mismo que había hecho varias veces conmigo en el coche de mi mujer aquella maldita madrugada.

*

Cuando supuse que había perdido la partida, algo sucedió que me devolvió la esperanza. Y era porque María no se había apropiado del miembro de aquel don juan de pacotilla, sino que se había puesto en pie.

Hablaba con él unos segundos y parecía que llegaban a un acuerdo sobre algún asunto. Y se giraba y comenzaba a andar hacia la posición que ocupábamos Elsa y yo en el todoterreno.

Mi respiración se calmó, mi erección volvió a repuntar y Elsa, feliz, chupó con más calma y pericia. Todo parecía volver a su estado natural. O eso creía yo en ese momento.

Cuando María llegó a nuestro lado, sacó un nuevo cigarro y fumó en silencio durante unos segundos. Intentaba leer en sus ojos, pero su mirada estaba fija en la milf que en esos momentos intentaba meterse mis testículos en la boca. Su rostro mostraba desagrado. Tal vez el mismo desagrado que yo experimentaba unos segundos antes mientras la veía siendo sobada por el tal Jose.

Mi alumna se quitó una hebra de tabaco de la lengua y luego se acercó a mí. Nuestras caras estaban casi enfrentadas, tanto que por un momento pensé que iba a besarme. Mi pene cabeceó y Elsa lo recibió con un grito de júbilo al asumir que el movimiento iba dedicado a ella.

Cuando María acercó su boca al lateral de mi cabeza, agudicé el oído y esperé sus palabras.

—Marcos… —susurró—. Estoy muy cachonda…

Sus palabras me sobresaltaron, ni en mil años hubiera imaginado que iba a decir aquello. No supe qué responder y ella prosiguió.

—Estoy tan cachonda que el color grana me ha vuelto…

Me fijé en la piel de su cuello y comprobé que no mentía.

—Creo… que voy a entrar en el juego… ¿te importa?

Joder, ¿qué podía responder yo a eso? ¿Que si lo hacía volvería a castigarla? ¿Y qué castigo le impondría? ¿La iba a obligar a chupársela a un desconocido, otra vez? Si ese era el final del cuento, ¿qué mal haría si la dejaba mamar de la verga de Jose desde el principio, por mucho que me doliera?

Despegué mi cara de su pelo y la miré.

—No puedo decir nada, María… —le susurré a mi vez—. Si es lo que quieres, eres libre de hacerlo, no soy tu dueño, solo soy un gilipollas y me merezco lo que me está pasando.

—¿Gilipollas… por qué lo dices…? —susurró, volviendo su boca a mi oído de nuevo. Sonreía, maquiavélica. Disfrutaba del juego, verme sufrir la excitaba—. ¿Y se puede saber qué es «eso» que te está pasando?

Cabeceé para negarme a hablar. Había dicho demasiado ya, preferí no meterme en más charcos por aquella noche. Pero luego cambié de opinión y le di un consejo.

—Vale, si lo deseas, hazlo… Pero si dejas que él te folle… —hice una pausa para captar su atención—. No lo hagas sin condón, ¿vale? Los he dejado en la bolsa de los sándwiches.

María rió bajito. Elsa, por su parte, me la mamaba mirándonos conversar. No debía de estar oyendo nada, aunque se la veía seguir nuestra charla con sumo interés.

—Gracias por el consejo… —replicó María—. Pero no voy a follar más por esta noche.

—Está bien, como quieras —respondí—. ¿Pero a qué te refieres con que vas a entrar en el juego?

Y entonces soltó la bomba de una forma inocente, casi infantil. Y dejó su decisión en mis manos.

—Voy a hacerle una mamada a alguien del grupo… —en mi mente se dibujó la cara del tal Jose, con una sonrisa triunfadora de oreja a oreja—. Pero quiero que tú me digas a quien se la chupo…

La miré, extrañado, pero ella no me dio tiempo a replicar.

—¿Quieres que se la chupe a Jose… o prefieres que te lo haga a ti?

Una corriente me recorrió todo el cuerpo, partiendo de los testículos y girando en el cerebro para luego volver hacia abajo. Y mi erección se multiplicaba por diez y Elsa, notando el subidón, sorbía de mi glande con regocijo.

—Ánimo, campeón —casi gritó la milf—. Tú puedes…

María tuvo un ataque de risa al ver mi cara de pasmo. Pero no tuve que responderle a esa pregunta. La leyó con claridad en mis ojos y yo le agradecí que no me obligara a expresarla.

Se agachó sobre Elsa, le susurró algo al oído y esta se levantó y comenzó a gritar.

—¡Jose, Jose! —decía, volviéndose hacia el tipejo, que se había acercado al todoterreno—. Hay cambio de planes. Has tenido la suerte de que sea yo la que te coma esa enorme polla. Ven, rápido, tenemos que ganar como sea…

Todos la miramos divertidos y reímos sin poder contenernos. La sonrisa del tal Jose se había agriado.

Aproveché para escrutar los ojos de María, que sonreía con el gesto irónico que había aprendido a mi lado durante las últimas horas. Le cogí de las manos y se las besé.

Pero ella no quiso esperar, no parecía abierta a interludios románticos. Se quitó el abrigo de encima de los hombros con un gesto y lo arrojó en el maletero del todoterreno. Luego, se puso en cuclillas a mis pies y apoyó una de sus rodillas en el asfalto.

A punto estuve de decirle que tuviera cuidado con las medias. Que recordara que eran prestadas y que podían quedar destrozadas con el roce sobre el pavimento del parking. En vez de eso, me arrodillé a su lado y tomé su boca con dulzura. La besé despacio, con un beso de amante. Ella me devolvió aquel beso y en sus ojos noté una chispa de satisfacción.

Pero aquello no duró mucho. Siempre hay alguien que sabe cargarse ciertos momentos, pensé. La tal Eli nos gritó al vernos tan acaramelados, con tono de envidia en su voz:

—Eh, tortolitos, no vale besar, este juego va de mamar… —Y se echó a reír con una risa ebria. Observé la botella de champán casi vacía en una de sus manos y comprendí.

María me empujó hacia arriba y luego volvió a acuclillarse a mis pies. Tomó mi miembro con tal cariño que este volvió a despertar tras unos segundos de haberse adormilado.

María se acarició el rostro con mi pene y lo mimó como se mima a un niño. Cuando la erección volvió a él con tanta fuerza que parecía que iba a estallar, lo introdujo despacio en su boca, no dejando que sus ojos se apartaran de los míos ni por un instante.

El tacto de seda de la boca de María contrastaba con el de papel de lija de la de Elsa. Introducir mi pene en aquella boca «amada» —la palabra me sorprendió al aparecer en mi mente— era como tocar el cielo.

Los siguientes minutos pasaron tan deprisa que apenas recuerdo lo que ocurrió. Solo he retenido en la memoria el ansia que sentía por no derramarme, de luchar contra el orgasmo días, meses, años, para que la boca de María no se separara nunca de mí. La necesidad de sentirme poseído por aquellos maravillosos labios y la sonrisa de dientes perfectos de aquella chiquilla. Saberme esclavizado por ella. Ser su siervo, plegarme a sus deseos, obedecer cualquier orden que saliera de su boca.

Por ser suyo, en el mejor sentido de la palabra.

María ejecutaba su mamada a la perfección, como una diosa. Y lo hacía despacio, se notaba que ella tampoco quería que aquello terminase. Y, lo que más me excitaba, no apartaba su mirada de la mía en ningún momento. Y en ella leía cosas que deseaba que no fueran un error de apreciación mío. Y quería leer que ella sentía lo mismo que yo. Y que su placer consistía en plegarse a mi placer, que sentirse mía la hacía sentirse más ella, más María, más mujer. «Mi mujer», aun sin ser mi esposa.

No quise pensar en Sara ni por un segundo. Solo quería pensar en María, aunque la iba a perder en cuanto amaneciese. Y ambos lo sabíamos.

Cuando ya no pude resistir más, tome a María de la coleta infantil que se había hecho en el coche y traté de apartarla. Porque no quería eyacular en su boca, me produciría un terrible malestar volver a verla escupir y casi vomitar. Y me iba a sentir como un desalmado si provocaba aquello de nuevo.

María, sin embargo, volvía a sorprenderme. Y me retiraba las manos y se introducía todo lo que podía mi pene en su garganta. Y yo casi sentía sus cuerdas vocales con la punta. Y lo entendía al instante: María quería que eyaculara dentro de ella.

Una prueba más de sus sentimientos, tan nuevos como los míos.

A punto estuve de seguir en la lucha por evitarlo, pero mi clímax no esperó y comencé a derramar mi semen dentro de su boca mientras notaba que ella lo tragaba sin expresión de desagrado. El orgasmo fue genial, intenso, magnífico, pero duró solo unos segundos. Mi edad y el trajín de la noche no dieron para más.

Cuando todo terminó, María se puso en pie y se abrazó a mí. En las comisuras de sus labios no se veía ni una gota de esperma. Había conseguido tragarlo por entero. Aquella muchacha que unas horas antes había vomitado cuando la forcé a hacerlo, ahora no mostraba ni un ápice de repulsión.

Estaba excitado, emocionado, pero no era capaz de articular palabra por el asombro. Quería abrazarla hasta el amanecer, no soltarla nunca. Pero de fondo se oía a las chicas disputarse el triunfo de la corrida más rápida y supe que no nos dejarían mucho tiempo para nosotros.

María deshizo el abrazo, me miró largamente y luego acercó su boca a la mía para besarme. No llegó a depositar sus labios sobre los míos.

A su espalda observé al tal Jose que se acercaba por detrás de ella con la intención de arrebatármela, agarrándola por los hombros. Recordé como la había manoseado y la furia me hizo perder el control. Moví la cabeza para demostrarle que si lo hacía le partiría la cara. Por desgracia, al hacer ese movimiento, el beso de María se perdió en el aire. Conseguí que el tipo se frenara y volviera a su posición frente a su mujer.

Pero el mal ya estaba hecho.

—¿Por qué me rehúyes? —protestó María. Quise responder que no la había rehuido, pero no me dio oportunidad. Su mirada de desprecio me paralizó—. Te doy asco, ¿no? Dime, ¿es eso? ¿Te doy asco? ¿No era eso lo que has querido toda la noche, que me tragara tu semen? ¿Y ahora sientes asco de mi boca? ¿Ya no soy tu chica, verdad? Solo soy una putita más. Mañana ya no seré nada para ti, solo una muesca más en tu cinturón, ¿me equivoco?

Su retahíla airada no me dejaba intervenir para expresar lo equivocada que estaba. ¿Cómo podía pensar que sentía asco de ella? Joder, por dios, ¿es que no había entendido nada?

Se apartó de mí con movimientos urgentes, tomó su abrigo del maletero del 4x4 y salió hacia nuestro coche a paso ligero. Solo fue una fracción de segundo, pero durante ella no conseguí mover un músculo, tan grande era mi estupor.

—¡No, María, no es lo que crees…! ¡Espera! —conseguí articular, por fin.

Intenté correr tras ella, pero nuestros recientes amigos me lo impidieron. No entendían el porqué de nuestra discusión y seguían con su celebración absurda. En su locura ebria, querían ofrecerme el primer premio a la corrida más rápida y hacerme beber el resto de la botella de champán que aún les quedaba. Me retorcí para escapar de aquella marabunta de empujones, risas y griterío. Cuando lo conseguí, María ya había llegado hasta el coche, había recogido sus pertenencias y salía de allí a la carrera.

Corrí tras ella y por fin la alcancé en la frontera entre el parking y el jardín. La tomé del brazo y la obligué a girarse. Las lágrimas que corrían por su rostro me dejaron sin habla. Me costó unos segundos vocalizar algo.

—Por dios, María, no puedes irte así… —casi grité—. Déjame que te explique…

—Déjame, cerdo… —me escupió a la cara—. Eres un enfermo… No quiero volver a verte en mi vida…

—María, no… por dios, no…

Intenté sujetarla de nuevo por un brazo, pero ella me cogió la mano, hizo un movimiento tan rápido que no llegué ni a entrever y se soltó sin apenas esfuerzo.

Y me abofeteó tan fuerte que las dos parejas de maduritos debieron de oír la bofetada desde su posición.

Me quedé allí plantado, viéndola bajar por el terraplén de hierba que yo había recorrido un tiempo antes tras la voyeur que nos había aterrorizado durante la madrugada.

—María, María… —dije para mí. La magia que en los minutos previos me había embargado, se había convertido en amargura en solo unos segundos. Era el karma que se vengaba de mí, estuve seguro de ello. Me castigaba por mis acciones terribles durante la noche. Y también estaba seguro de que me lo merecía. Era el efecto de un maldito karma que me había hecho amar a aquella chiquilla en tan poco tiempo, para quitármela de la forma más dolorosa no mucho después.

Y el peor dolor que puede sentirse en esa situación era el de un maldito, un estúpido, malentendido. Como el que se había producido entre nosotros justo en el momento de mayor ternura de toda la madrugada.

No sé cuánto tiempo estuve observando a María alejarse, pero cuando volví al coche de mi mujer, los treintañeros habían desaparecido. Debían de haberse sentido fatigados por la frenética noche, pensé. Estarían deseando volver a casa a besar a sus niños. O, quizá, a jugar con la canguro a sus sucios juegos.

Tan sucios o peores que los míos.

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Continuará...

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