Xtories

Quiero ser cornudo (Cap. 4)

La llamada suena justo cuando los labios están a milímetros de tocarse. Ella sabe que debe irse, pero el calor en su vientre y la imagen de su pene en la pantalla del móvil le prometen una tortura dulce. ¿Podrá resistir la tentación de volver?

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NOTA DEL AUTOR:

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CAPÍTULO 4

SESIÓN DE FOTOS

Miguel rompió el silencio preguntándole:

–¿Y ahora qué?

Eso, “¿Y ahora qué?” pensó Lidia que no tenía la respuesta.

–Por un lado, podemos simplemente pasar el rato, ver una peli, tomar un par de copas, charlar de cualquier tema y en un par de horas regresas a tu casa. De hecho era el plan inicial aunque... si no enviamos ninguna foto, Nando, no se lo va a creer.

Lidia se quedó pensativa unos segundos.

–Tienes razón con lo de las fotos, pero tampoco nos vamos a acostar para hacerlas.

Lidia tomó un largo trago de su copa, hasta dejarla a la mitad. Se miró a Miguel y le pareció atractivo. ¿Por qué no se había fijado en él hasta ahora? Era un poco más alto que ella; vestía una americana casual que le sentaba muy bien. El pelo desordenado, un principio de barba y ojos claros. Muy claros. Vació la copa con otro buen trago.

Inmediatamente, Miguel le rellenó la copa y dijo:

–Te parecerá una locura, pero ¿y si simulamos un coito? Vamos al dormitorio, te tumbas, te quitas un poco de ropa, hasta donde te parezca conveniente y posas sexy para que pueda tomarte unas fotos. Luego invertimos los papeles; y yo me desnudo para que me puedas tomar fotos. Por mi parte no tengo inconveniente en desnudarme del todo o hasta donde tú quieras; tu pones los límites.

Lidia notó como el alcohol empezaba a enturbiar su raciocinio.

–La verdad es que no me gusta mucho la idea– respondió Lidia.

Se levantó y se quedó embobada mirando un retrato de la pared como una tonta.

–Bueno, seamos esquemáticos, – intervino Miguel, – a mi modo de ver tenemos tres opciones:

–Primera: Dejamos pasar el rato charlando o viendo la tv y en un par de horas regresas a tu casa contándole a tu marido una película de sexo desenfrenado, pero sin ninguna prueba que la sustente.

–Segunda: Nos tomamos fotos uno al otro simulando un coito y en un par de horas regresas a casa con un montón de imágenes para demostrarle a tu marido lo cornudo que es.

–Tercera: Nos desnudamos y disfrutamos de una sesión de sexo desenfrenado y cuando terminemos, regresas a casa con fotos de sexo explícito que dejaran a Nando patidifuso.

–Por mi parte, cualquiera de las tres opciones es buena, aunque como comprenderás, la tercera es mi preferida.

Lidia se había vuelto a sentar mientras Miguel exponía sus alternativas.

–Ya sabes que la tercera va a ser que no. Ya te lo dije el primer día cuando te propuse mi plan – respondió firmemente Lidia.

–De hecho, el plan original tenía prevista la primera opción, pero el cabrón de Nando la ha echado a perder al pedirme las fotos – añadió.

–Bueeennnnnooo – dijo finalmente Lidia arrastrando la voz – supongo que tenemos que plantearnos la segunda.

* * * * *

A Miguel se le escapó una pequeña sonrisa, aunque por suerte, Lidia no se percató de ella.

–Pues venga… vamos a ello – dijo Miguel abriendo paso hacía su dormitorio con Lidia que lo seguía pocos pasos por detrás.

Lidia se sentó en la cama y echó un vistazo rápido a la habitación. Era bastante grande, con una cama de matrimonio, una puerta corredera que daba a una terraza y una mesa escritorio pequeña en una esquina. Pero sobre todo le gustó que estuviera limpia y ordenada.

–Empezaré yo – dijo Lidia con los últimos atisbos de iniciativa.

–Toma mi teléfono y haz las fotos – añadió.

Miguel tomó el teléfono y se preparó para tomar fotos.

–Intenta ponerte sexy, supongo que cuanto más enseñes mejor para convencer a tu marido. Tú sabrás hasta donde quieres llegar. Ya sabes que yo no intentaré convencerte para que hagas nada que no quieras hacer.

Lidia se tumbó e inmediatamente su cabeza tuvo la sensación de flotar, el alcohol empezaba a hacer su perverso efecto. Tuvo que abrir los ojos para no marearse. Vestía una falda hasta las rodillas, medias abiertas, y una camisa estampada con colores; así que al tumbarse, la falda se levantó un poco mostrando buena parte de la pierna.

Miguel tomó las primeras fotos.

Lidia se desabrochó un par de botones de la camisa dejando entrever un buen escote. Sus grandes pechos quedaban aprisionados por un sujetador de encaje negro.

Miguel continuó tomando fotos.

Lidia giró sobre si misma colocándose en cuatro y levantando el culo

Miguel continuó tomando fotos.

Lidia se incorporó un poco, sentándose en la esquina de la cama, y con un movimiento calculado, se quitó el sujetador y lo tiró sobre la mesita de noche.

Miguel tomó más fotos; del escote que apenas podía ocultar unas preciosas aureolas oscuras y del sujetador desordenadamente tirado sobre la mesita de noche.

Lidia notaba como el calor le subía del abdomen hasta su cara y empezó a enrojecerse; se acarició los pechos levantándolos pero sin mostrarlos aún. Notaba una extraña excitación. Exhibirse delante de un extraño, ligeramente mareada por el alcohol y disgustada con su marido porque le había fastidiado su perfecto plan era una sensación sorprendentemente placentera. Tenía ganas de vengarse de él, de desinhibirse, de sofocar aquel calor que la estaba torturando.

Levantó ligeramente su falda y se quitó una media; luego otra y, finalmente, con un calculado tirón se quitó las braguitas para lanzarlas encima del sujetador y las medias que yacían sobre la mesita de noche.

Miguel tomó las fotos de Lidia bajándose las medias y las braguitas. Las braguitas mostraban una delatadora manchita en la zona de la vulva. También tomó fotos de Lidia con la falda hasta los muslos y los pechos liberados pero, aún, ocultos detrás de la fina camisa.

Lidia se notaba arder. Se desabrochó un par de botones más, hasta que sus voluminosos pechos escaparon de la camisa y Miguel pudo disfrutar de unas vistas esplendidas sin dejar de tomar fotos.

Finalmente, el último botón de la camisa fue desabrochado, pero Lidia no se la quitó. Se tumbó, levantando las rodillas y dejando que Miguel tomara unas fotos espectaculares desde el pie de la cama; donde se podía ver la humedecida vagina de Lidia apenas oculta por la falda.

Entonces, Lidia se incorporó y se recompuso un poco. Tomó aire profundamente e intentó serenarse un poco. Le hizo falta una enorme fuerza de voluntad, pero logró tomar el control de la situación y dijo:

–Creo que con esto es suficiente, ahora te toca a ti.

Aquella interrupción decepcionó a Miguel, pero no dejó que Lidia lo percibiera.

Entonces, Miguel, le entregó el teléfono a Lidia que, tras abrocharse la camisa, se preparó para tomar las siguientes fotos.

–Detenme cuando creas que ya tienes suficiente – dijo Miguel mientras se quitaba la americana y la dejaba pulcramente alisada encima de una silla.

Con calma, se desabrochó el cinturón y el botón de los pantalones, pero no se lo quitó. Antes se sentó en la cama y se desabrochó la camisa mostrando un pecho fuerte y musculoso. No era un adonis, pero se le marcaban los músculos del abdomen. No tenía pelo en el pecho por lo que Lidia supuso que se lo había depilado recientemente.

Mientras tanto, Lidia tomaba fotos. Su cuerpo ardía y estaba empezando a dudar sobre si sería capaz de mantener la situación bajo control. Sus labios estaban húmedos; ambos labios estaban húmedos, los horizontales y los verticales.

Miguel se levantó y, apoyándose sobre el respaldo de la mesa, primero se quitó la camisa y, finalmente, se desprendió a la vez de los pantalones y los calzoncillos liberando un pene completamente erecto.

Lidia no pudo evitar notar un sofoco. Por un momento se le olvidó tomar fotos, porque aquel miembro no sólo era más grande que el de su querido Nando. Era mucho más grande; ¡probablemente el doble! Y grueso. Lo único en lo que pudo pensar era en que era un pene hermoso.

Entonces Miguel se acercó a Lidia la cual retrocedió hasta que su espalda chocó con la pared. Tenía a Miguel a pocos centímetros de su cuerpo. Notaba su calor. Notaba su aliento. Notaba su pene presionando sobre su barriga. Se sintió abrazada y notó como una mano rozaba su pecho, para luego agarrarlo completamente.

Intentó empujarlo para alejarlo de ella, apoyando sus manos sobre aquel pecho ardiente, pero no tenía fuerzas. Miguel era un hombre apuesto, inteligente, simpático y… estaba completamente desnudo frente de ella.

Y sin ser consciente de como sucedió, notó que tenía su pene agarrado con una mano. Estaba duro, caliente y ligeramente húmedo.

Miguel cogió el teléfono que aún sujetaba Lidia con una mano, y empezó a tomar fotos de sus dos cuerpos tocándose. De la mano de Lidia agarrando aquel miembro descomunal. De la cara de Lidia, mordiéndose los labios, con los ojos semicerrados y respirando agitadamente.

Y entonces el Universo se detuvo ya que, sin previo aviso, el teléfono se iluminó y sonó la melodía de llamada entrante rompiendo el embrujo y deshaciendo el instante. Era Nando.

* * * * *

Inmediatamente, Lidia cogió el teléfono y cortó la llamada. Pero el momento había sido interrumpido tan abruptamente que le permitió recuperar su porte y mientras se ponía el sujetador y las medias dijo:

–Creo que ya tenemos suficientes fotos, con esto voy a dejar a Nando completamente satisfecho.

Miguel no pudo hacer nada más que balbucear incrédulo:

–¿Cómo? ¿Me dejarás así?

Pero Lidia estaba tan agitada que no se dignó ni a responderle. Desesperada buscó las bragas, pero al no encontrarlas en la mesita de noche salió del dormitorio y, como poseída por el diablo, abrió la puerta del apartamento y, echando una última vista atrás, dijo:

–Gracias Miguel pero no puedo ir más allá. Ya te había dicho que hoy no pasaría nada... y... – dudó – y... –

Tras un breve silenció continuó.

–Y ha pasado más de lo que tenía que pasar... mucho más. Tengo que irme – y se fue, cerrando la puerta tras de sí con energía pero notando como la humedad de su sexo resbalaba por sus piernas.

Cuando llegó al portal tuvo una incómoda sensación de desnudez; por un momento se planteó regresar y no detenerse hasta encontrar sus bragas, pero ya era demasiado tarde. Su cuerpo aún ardía. Su sexo aún rezumaba líquidos y sabía que si regresaba, no podría detener lo que tanto deseaba hacer.

Llamó un taxi y mientras se recuperaba, desbloqueó el móvil y mandó un mensaje a su marido.

[Lidia] Estoy regresando, llego en 20 minutos.

Inmediatamente recibió respuesta.

[Nando] ¿Como ha ido?

[Lidia] Bien. Ya te contaré cuando llegue a casa.

Cerró el móvil pero inmediatamente sonó el sonido de mensaje entrante.

[Miguel] Hola Lidia. ¿Qué ha pasado? No te imaginas como me has dejado. Eres una mujer increíble y ahora que he podido disfrutar un poco de ti, deseo más que nunca tenerte cerca.

Y poco después le mandó una foto. Era un primer plano de su polla, aún dura y grande pero con una gran cantidad de semen esparcida sobre su musculosa barriga.

[Miguel] Si te molesta esta foto bórrala, pero he creído que te gustaría saber lo que tu hermoso cuerpo ha provocado en el mío. Te deseo.

Lidia se miró aquella foto abducida por su belleza, era grande, larga y dura; la viva imagen de la perfección del miembro viril masculino. El glande hinchado y enrojecido, el prepucio replegado y el pubis completamente depilado. Mentalmente evocó la lujuriosa sensación que tuvo al acariciar y percibir la fina textura y el calor de aquella descomunal polla.

Derrotada, tuvo que apagar el móvil para no acabar masturbándose dentro del taxi.