Sara es el precio - Extracto 5
Desde la oscuridad del cubículo, el silencio se rompe con susurros prohibidos. No es solo curiosidad lo que lo mantiene pegado a la pared, sino la certeza de que está presenciando algo que no debería ver: el poder corrompiendo la jerarquía y la sumisión forzada.
Me moría de ganas por seguir a aquellos dos, pero no me atrevía. Si lo hacía, las tres chicas que aún quedaban en la sala de reuniones se darían cuenta y me moriría de la vergüenza. ¿Qué iban a pensar de mí? ¿Qué era un espía, un chivato, un mirón… o algo peor?
Me resegaba las manos, que me sudaban por la tensión, y me maldecía por no poder satisfacer mi curiosidad. Daría un brazo por ver lo que iba a ocurrir en los lavabos, pero todo apuntaba a que me lo iba a perder.
Pero cuando ya me resignaba, la situación dio un nuevo giro.
La clienta se despidió de Marta y abandonó la sucursal. La joven salió a la carrera —prueba de que se había dado cuenta de lo que sucedía— y se introdujo con las otras tres en la salita. Sin mucha discreción, cerró la puerta por dentro y bajó la persiana de lamas para no ser vistas desde el exterior.
Era mi oportunidad. Ahora o nunca, me dije.
No lo dudé un segundo, salí de mi despacho y me dirigí hacia los aseos a toda velocidad.
En la sucursal solo había un baño, que utilizábamos en modo unisex, con dos compartimentos. Uno de ellos —el más amplio— lo usaban las chicas. El otro lo utilizábamos Mauro y yo. El lavabo y el resto de utensilios se encontraba en el espacio común, fuera de los cubículos. O eso creía.
Apoyé la oreja en la puerta y solo escuché silencio. Si estaban allí dentro, debían haber entrado en un compartimento. Incluso podía ocurrir que cada uno hubiera entrado en uno de ellos y que yo solo estuviera imaginando cosas.
Muerto por la curiosidad, empujé la puerta con sumo cuidado y me colé en el interior.
Y mis sospechas se confirmaron.
Mauro y Laura solo podían estar en uno de los cubículos —el de las chicas—, porque el otro se hallaba vacío y con la puerta abierta. Me aproximé hacia el compartimento ocupado y escuché cuchicheos amortiguados.
Sin dudarlo, me metí en el cubículo masculino y me subí al inodoro aguantando la respiración. Los dos compartimentos estaban comunicados por la parte superior y desde mi posición podía ser testigo de la escena que se cocía en el de las chicas. Al menos oiría, aunque no pudiera ver nada.
Y entonces apliqué la oreja.
—A ver, Laura… —decía Mauro—. ¿Pero no le tocaba a Marta?
—Pues sí, señor director… —respondía Laura, con voz ahogada—. Pero es que estaba atendiendo a una clienta y no ha podido venir. Hemos tenido que echarlo a suertes y me ha tocado a mí… Pero si quiere, me salgo y le digo a ella que venga. No creo que tarde mucho en largar a la pesada de los jueves.
Estaba alucinado. ¿Estaba entendiendo bien lo que decía Marta? ¿El cerdo de Mauro se tiraba a las chicas de la oficina por turnos? ¿Tan depravado era el tipejo?
Con razón elegía a empleadas jóvenes y guapas, porque ya no me cabía duda de que las seleccionaba personalmente.
—No, no… quédate… —respondió el director—. Me vale contigo… Venga, cógemela y comienza a menearla… que necesito un desahogo urgente…
¡Joder! Le estaba pidiendo que le masturbara… ¿Se podía ser más cabrón?
Me moría por mirar, pero si asomaba demasiado la cabeza corría el riesgo de que me descubrieran, con el subsiguiente escándalo.
«¡Qué putada!», me dije.
Sin embargo, al elevar los ojos por encima del murete comprobé que en el cubículo había algo con lo que no contaba: un lavabo con espejo frente al inodoro. Supuse que lo habían instalado para guardar la intimidad de las chicas, cosa que ignoraba por no haber entrado nunca en el compartimento femenino.
Fuera como fuese, me venía al pelo. A través de él podía ver la escena sin tener casi que asomarme.
Y una erección espontánea empezó a crecerme bajo los pantalones.
*
Laura había cogido con una mano la polla de Mauro e intentaba pajearle sin mucho éxito.
—A ver, jefe… es que la tiene muy blandita… casi ni se puede mover la piel.
—Joder… —se quejó el director—. Si es que me habéis cortado el rollo. Yo esperaba a Marta, que tiene mejores tetas que tú… Venga, enséñamelas, no importa si son pequeñas… a ver si así me empalmo…
La chica extrajo la blusa de la cinturilla de la falda y la desabotonó. Luego se soltó el sujetador por la espalda y se lo sacó por un brazo. Mauro la manoseaba con las dos manos mientras ella le pajeaba.
—Ufff… —dijo el tipejo—. Son pequeñas, pero muy tiesitas y con buenos pitones… Venga, dale al rabo, que ya noto que me va creciendo.
—Sí, jefe…
Tragué saliva observando la escena. Laura masturbaba al asqueroso de Mauro y este sobaba a la chica. Pero parecía que la polla del tipo seguía sin alcanzar el tamaño deseado.
—A ver, para, para… que esto no sube —dijo el director—. Mira, haz una cosa…
Le puso una mano en la cabeza e intentó empujársela hacia la entrepierna. Pero Laura se resistió.
—Pero, jefe, ¿qué hace?
—¿Que qué hago…? —resopló el muy cerdo—. Pues qué va a ser… Anda, no seas mala, Laurita, y dale unos besitos…
Pero la chica se resistía…
—Que no, que no… —intentaba zafar la cabeza de las manazas del director—. Que no se la chupo…
—Si no quiero que me la chupes… —mentía el canalla—. Me vale con que le des un par de lametazos… Joder, niña, no me hagas esto… no ves que si no, no vamos a acabar en toda la tarde…
La chica suspiró y al final humilló la cerviz. Parecía muy convincente el puñetero Mauro. Al llegar a la altura del rabo del director, sacó la lengua y comenzó a pasarla a un lado y a otro de la punta mientras con una mano se la sujetaba y con la otra le amasaba los huevos.
—Así, Laurita, así… —gemía el tipejo—. No pares, que ya se me levanta…
La chica, de vez en cuando, absorbía del glande como si intentase sacarle el jugo, y eso complacía al muy canalla.
—Joder, que bien lo haces, niña… qué contento debe de estar tu novio contigo… qué bien la chupas…
La chica pareció enfadarse.
—A mi novio no lo miente, don Mauro, que me enfado y se la chupa a usted su padre…
—Calla, calla… y chupa. Jodía niña…
La muy boba se había confiado al regañar al tipejo y había abierto demasiado la boca. Y el muy canalla no desaprovechó la ocasión. La sujetó por la coronilla, empujó la cadera hacia adelante y la polla le entró a Laura hasta la garganta.
—Jodeggg… nommmff… —protestó.
—Calla, guarra… —dijo el cabronazo, moviéndose adelante y atrás—. Y chupa de una puta vez…
La chica había caído de rodillas y el tipejo le sujetaba la cabeza para que no la retirase mientras le follaba la boca sin contemplaciones.
—Joder, ahora sí que sí… Laurita… ahora sí que se me ha puesto dura…
Laura se aferraba a los muslos de su jefe para evitar que le traspasase la garganta con las embestidas y tosía para no atragantarse. La saliva se le escapaba por la comisura de los labios y de vez en cuando amagaba una arcada.
El muy asqueroso la estuvo follando la boca sin interrupción durante varios minutos. Cuando la chica daba muestras de ahogo o de cansancio, se la sacaba y la dejaba descansar. Luego volvía a las andadas.
—Toma… toma… así se folla una boquita… ábrela más que no me cabe… jajaja.
«¡Puto enfermo!», mascullaba para mis adentros imaginando que aquello mismo le habría hecho a mi mujer. No solo la manipulaba a su antojo, sino que la humillaba de palabra.
Al cabo, el cerdo pareció hartarse del juego. La tomó de las axilas y la puso en pie. Luego la empujó para situarla a su gusto, entre el inodoro y la pared. Mauro le tapaba la salida. De ninguna manera podría haber escapado aunque lo hubiese intentado.
Aunque la chica no parecía muy proclive a huir. Muy al contrario, se quedó mirando con los ojos muy abiertos cómo el tipejo manejaba algo que había en el bolsillo de su camisa.
—¿Q-qué va a hacer, jefe…? —preguntó temerosa.
Enseguida nos dimos cuenta —tanto Laura como yo— de lo que tramaba. El muy cerdo manipulaba el sobre de un condón. Lo rasgó con los dientes y se lo colocó en la polla con pericia. Laura lo miraba alucinada.
—¿Recuerdas lo del aumento de sueldo que me pediste hace un mes? —dijo el tiparraco.
—Sí… sí… claro… —dijo ella abriendo aún más los ojos—. ¿Por qué…?
—Pues porque este es el momento de que te lo ganes…
—No, follar, no, don Mauro… —Laura volvió a protestar. Se había echado las manos a la boca, atemorizada. Yo me preguntaba por qué no luchaba o simplemente gritaba. Pero el cerdo del director sabía manejar la situación. Se veía que no era la primera vez que lo hacía.
—Mira, te vas a abrir de piernas… y el aumento está hecho… El próximo mes comienzas a cobrarlo…
Pero la chica seguía sin verlo claro.
—Pero, jolín, don Mauro… que si me folla, se me va a abrir el coño como una flor… Y mi novio lo va a notar… que es de piñón fijo y me pide guerra todas las noches…
—Pues te buscas una excusa, que las mujeres sabéis manejar a los atontaos como tu novio… Anda, déjate de monsergas y levántate la falda.
Las manos de Laura habían bajado a su entrepierna, intentando defenderla contra los ataques del director.
—Además… —murmuraba la joven—. A las otras nunca se las ha follado… ¿Por qué a mí sí…?
El muy canalla soltó una carcajada.
—¿Qué no me las he follado…? —reía en tono bajo—. ¿Eso te han contado…? Ay que ver lo mentirosillas que son las muy putas… jajaja.
Decía esto mientras levantaba una pierna de la chica y la apoyaba en el inodoro. Laura no había mostrado ni un gramo de resistencia, así que prosiguió. Con la mano libre, le levantó la falda y se la hizo sujetar. Laura, incomprensiblemente —con el aumento de sueldo en la mente, con toda seguridad—, se dejaba hacer.
—Venga, apóyate en la pared y echa la cadera palante —la conminó—. Te voy a enseñar como me he follado a tus amiguitas.
Le tiró de las bragas lo justo para aflojárselas —«con esto me vale», susurró jadeando— y se agachó ligeramente. Luego, atrayendo el culo de Laura con una mano, con la otra apuntó entre los muslos de la chica y de un certero empujón se la metió hasta los huevos.
—Ufff…. —gimió la joven.
—¿Lo ves…? —decía el asqueroso tipejo resoplando—. Así es como se la he metido a esas guarras… Por delante y cara a cara, como un torero…
..........
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