Elisa XI
Iván creía conocer a su esposa, pero la noche lo lleva a un lugar donde las identidades se borran y los secretos se pagan en euros. Al cruzar la puerta del club, descubre que el dolor de la infidelidad no es solo emocional, sino carnal y público. ¿Qué hará cuando la vea entregarse a extraños?
Elisa XI
Iván había seguido a Elisa desde el parque como quien sigue una verdad que duele. La vio alejarse con su bolso marrón, el paso rápido, el rostro rígido. El abrigo entallado. No lo había visto. No lo había sentido o no lo había querido sentir. La siguió a distancia, con la respiración contenida, soñando con que todo fuese un error. Con que Elisa diera la vuelta y lo encarara con un “¿qué haces ahí?” que lo salvara del miedo.
Pero no. Ella avanzó hasta un taxi que la llevó a un edificio de carteles luminosos, un club con una elegante mariposa de neón que batía sus alas lentamente, como si marcara el ritmo de una trampa. Paradise Luxury. Nada allí parecía paradisíaco. Todo gritaba peligro disfrazado de glamour.
La fila era corta, exclusiva: mujeres con vestidos cortos que parecían quebrarse en cada curva, hombres trajeados que olían a poder y tabaco caro. A los costados, dos porteros vigilaban con una postura militar. Hombros anchos, miradas que pesaban. Tatúas en los antebrazos: águilas bicéfalas, letras cirílicas. Había algo en ellos… algo reconocible.
Iván se acercó. El más alto lo detuvo con un brazo como una barra de acero.
-No puedes entrar, no así —gruñó en un alemán áspero, marcado por un acento del este.
Iván bajó la mirada. Estaba con jeans, zapatillas, camiseta medio desteñida.
-Solo… quiero entrar. Una amiga…
-Aquí no hay “amigas” —interrumpió el otro, con una carcajada breve—. Aquí hay miembros… o hay desconocidos que se largan.
Iván respiró hondo, buscó valor entre las piedras del suelo.
-¿De qué país son? —preguntó, sin pensar, intentando romper la dureza.
El portero de la izquierda giró apenas el rostro, curioso:
-Bosnia.
-Yugoslavia —corrigió el otro, marcando cada sílaba como si fuera un puñetazo.
Los dos se miraron entre sí y volvieron a mirar a Iván, midiendo si aquella pregunta era inocente… o peligrosa.
Iván tragó saliva.
-Mi padre… combatió en Sarajevo —dijo el primero, el de Bosnia, con un alemán sorprendentemente claro de pronto —. Vivía allí, tenía 11 años dijo Iván, cuando mi abuelo murió a mis pies.
Hubo un silencio grueso.
Iván bajo la mirada, con respeto:
-Mi tío… también estuvo. No regresó. dijo el otro
Por primera vez, los porteros lo miraron como a alguien con historia. Alguien que entendía el peso de una ciudad herida. Aun así, el veredicto fue inapelable:
-Necesitas traje, zapatos de vestir y una invitación—enumeró el serbio, como si recitara un código.
-¿Invitación? Y… como la consigo.
El bosnio lo observó un segundo más. Hubo un cambio mínimo en su expresión. Una grieta.
- Cámbiate de ropa. Hazlo bien y te ayudamos a pasar. - recuerda traer dinero. añadió el más bajo
Iván se retiró con los latidos en guerra dentro del pecho. Caminó hasta subir a la moto, llegó a su apartamento casi sin sentir el trayecto. Abrió el armario como quien abre un mapa de emergencia. Eligió su mejor traje, uno negro que había comprado para una entrevista de trabajo que nunca se concretó. Una camisa oscura. Zapatos limpios. Perfume, el justo. Dinero en efectivo: 600 euros que tenía reservados para pagar la moto.
Regresó. Ya no era un joven corriendo detrás del amor. Era un hombre temblando frente a la verdad.
Los porteros lo analizaron por segunda vez.
-Mejor —admitió el serbio.
- ¿Trajiste dinero?
Iván extendió billetes discretamente. El bosnio miró sin parpadear. Luego sacó de su bolsillo una cinta negra, estrecha, con un símbolo plateado en el centro: una mariposa.
-Colócatela en la muñeca. No se quita —advirtió.
Iván obedeció. La cinta de cuero era fría contra su piel.
- Una última cosa —añadió el bosnio, con voz baja, casi confidencial—. Ponte esta máscara y no compres nada que no puedas pagar.
El serbio le abrió paso. El portón se deslizó, dejando ver un pasillo negro que respiraba música.
El primer golpe fue el sonido. Grave, profundo, como un latido de animal gigantesco enterrado bajo el suelo. Luego vino el olor: perfume caro mezclado con humo dulce y ansiedad humana.
Iván entró en una oscuridad que lo engulló.
Luces violetas se movían como cuchillas a través del aire. La pista brillaba como un lago metálico. Gente danzando, enmascarada. Todos con máscaras: doradas, negras, plateadas, algunas con plumas, otras con formas animales. Identidades borradas, transformadas. Nadie era quien era. Nadie reconocible. Nadie inocente.
Y entonces la vio.
Elisa.
En lo alto de una tarima, bajo un aro de luz púrpura, con una mini tanga de encaje que abrazaba sus curvas como un secreto. Bailaba. No vulgarmente. No obscena. Hipnótica. Sensual con elegancia. Un arte que dolía mirar.
Con, o sin máscara era Ella, la misma que lloraba escondiendo la cara contra su pecho meses atrás. La misma que le había dicho “es solo una guardia, solo una cena”. La misma que últimamente lo había obligado a esperar a medias.
La música subió. Ella giró, lenta. Su cabello ahora rubio se derramó por su espalda como oro líquido.
Iván sintió el pecho romperse en silencio. Quiso correr hacia ella. Quiso gritar su nombre. Quiso escapar. Pero se quedó.
Una mujer enmascarada se acercó con una bandeja: copas finas. Iván tomó una, aunque no quería beber. El cristal tembló entre sus dedos.
Una voz suave surgió detrás:
-No la mires tanto, o te verán temblar.
Iván volteó. Un hombre con máscara oscura, traje impecable. Ninguna pista de su rostro.
-No la estoy mirando…
-Sí, lo estás —interrumpió con calma—. Y aquí, cuando un hombre mira así, alguien viene a preguntarle cuánto vale esa mirada.
Iván no respondió. El desconocido sonrió bajo la sombra de su máscara y se alejó sin ruido.
El siguió observando. Incapaz de no hacerlo. Elisa se movía como si conociera el ritmo secreto de la noche. Como si le perteneciera.
¿Desde cuándo?
¿Cómo llegó aquí?
¿Por qué nunca me dijo nada?
Su propia respiración era un peso.
Se dijo a sí mismo que debía acercarse. Que debía hablar con ella. Que debía sacarla de ese lugar. Pero sus piernas no obedecían. Estaba clavado al suelo por una mezcla de miedo y fascinación.
Elisa descendió de la tarima con la tanga en la mano, iba desnuda. La música cambió. Hombres y mujeres la miraron, como atraídos por un imán invisible. Ella sonrió —esa sonrisa que él conocía—, pero ahora era otra cosa: un arma. Elisa giró cambiando hacia un pasillo que decía área vip
Iván dio dos pasos..
un portero apareció como un muro entre él y la luz.
-No te acerques a las mariposas —dijo. Era otro vigilante, parecía marroquí. Su voz ahora sonaba como una advertencia definitiva.
-Ella no es… —No terminó la frase. No supo cómo definir lo que Elisa era para él. Lo que fue. Lo que dejó de ser.
El portero se inclinó hacia su oído:
-Aquí, las mariposas se pagan. Y si las tocas sin permiso… te queman las manos.
Luego se apartó, como si nada hubiera pasado.
Iván sintió un vértigo feroz. Un hueco en el estómago. Una verdad incómoda:
Si Elisa estaba en ese ambiente… era porque quería.
No había secuestro. No había engaño. No había víctima.
Había decisión.
Eso lo derrumbó más que cualquier otra idea.
Él, que tanto se había preocupado por “protegerla”. Él, que siempre creyó que ella necesitaba su apoyo, su amor a medio declarar. Él, que pensó que podía salvarla del mundo.
Pero ella ya había elegido un mundo.
Uno al que él nunca tuvo acceso. Hasta ahora.
La música cambió otra vez. Más lenta. Más profunda.
Elisa se detuvo, girando ya dentro del pasillo. Fue como si hubiera sentido algo. O a alguien. Sus ojos barrieron la multitud. Buscando.
Iván contuvo el aire.
Fue fugaz, por un instante sus miradas se cruzaron, pero en la multitud no lo reconoció. Iván no vio en su mirada ni miedo, ni culpa.
Siguió su camino
.
Una mano se posó en su hombro. Firme. Pesada.
Iván volteó, pero era otra máscara. Otra identidad irreconocible. No era portero. Ni nadie conocido. Aquí podían ser todos… o ninguno.
-La noche recién empieza —susurró la voz de una mujer detrás del rostro oculto—. Y tú ya has cruzado la puerta. Me llamo Dalia y por 250 nos vamos una hora
Iván no respondió. No podía.
Todo lo que alguna vez creyó seguro en su vida… se había vuelto desconocido.
Todo… por ella.
Elisa volvió a girar hacia la puerta vip, desapareciendo. Iván quedó perdido en la marea de cuerpos, luces y música —al ritmo que marcaba el destino mientras su corazón latía más fuerte.
entendió, con un dolor que le quemó el pecho:
Ya no había marcha atrás.
Y aunque su corazón gritaba que corriese…
sus pies se hundieron en el suelo de aquel paraíso infernal.
Iván avanzó entre la multitud como quien atraviesa una nube espesa de ruido y luces que no le pertenecen. La música rebotaba contra los espejos y las columnas cromadas del local, multiplicando cada golpe de bajo como si quisiera desplazarlo de dentro hacia afuera. No sabía muy bien cómo había llegado ahí; solo recordaba la discusión de la tarde, los silencios acumulados, la sensación de derrumbe lento. Y caminar sin dirección, buscando algo que le quemara lo suficiente como para no pensar.
Cuando llegó a la barra, el barman lo reconoció enseguida. Era un tipo flaco, ya entrado en años, con un peinado tan engominado que parecía tallado en piedra.
-Caballero, lleva un brazalete de invitación y tiene un trago de cortesía —dijo, como si se tratara de una frase ensayada para cientos de clientes, pero dirigida esta vez con una mirada distinta, casi evaluada.
Iván no se sorprendió. Muchas veces los locales regalaban algo para enganchar a los recién llegados o a los que, como él, tenían la cara de estar buscando un escape.
Pidió un Chivas doce años, lo único que su boca recordó pronunciar sin temblar.
-Aquí tiene.
-Gracias.
El barman lo observó apenas un segundo más de lo necesario, con un gesto que Iván no supo descifrar. Después, el hombre inclinó la cabeza hacia la pista.
-Lo vi mirando a la chica nueva —comentó con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Iván apenas asintió, sin energía para fingir interés.
-Se llama Ágata —agregó el barman—. Hoy está debutando.
Ese nombre le cayó en el pecho como un golpe blando, inesperado. Ágata. No sabía por qué le resultaba tan fácil recordarlo apenas escucharlo. Tal vez por cómo se movía sobre el escenario, con una elegancia casi encantadora, como si bailara desde un lugar que no se permitía mostrar.
Iván permaneció callado un instante, bebiendo un sorbo que le quemó la lengua, la garganta y algo más profundo que prefería ignorar. Finalmente, preguntó:
-¿Cuándo vuelve a bailar?
El barman bajó la voz, como si estuviera compartiendo un secreto codiciado.
-Lo hará después de la orgía.
Iván arrugó el ceño.
-¿orgía? — preguntó, sin entender del todo.
El barman lo miró un segundo antes de decirlo de manera directa, sin adornos:
-Si. Con varios hombres en una sala
La palabra lo atravesó con un sobresalto torpe, casi infantil.
-¡Qué! — murmuró, aterrado por la imagen repentina que apareció en su cabeza.
-Serán solo nueve afortunados. Empieza en media hora.
El mundo alrededor pareció condensarse en un zumbido lejano. Iván comprendió recién entonces por qué Elisa había desaparecido del escenario tan rápido, por qué algunos clientes se habían acercado discretamente al final del número. Había una mecánica en ese lugar, una que él desconocía pero que ahora se desplegaba delante de sus ojos.
- ¿Dónde? —preguntó, con una voz que no parecía la suya.
-En la zona VIP. Si desea participar, dese prisa. Ya vendí seis.
El barman lo dijo con la serenidad de quien anuncia el clima. Como si no estuviera describiendo algo que a Iván le revolvía el estómago con furia y celos que no sabía que podía sentir tan profundo.
-¿Cuánto cuesta?
-Seiscientos euros, tres horas.
Iván bajó la mirada hacia su propia billetera, recordando el dinero que llevaba. Era exactamente lo que tenía, 600. Ni más ni menos. Como si un destino cruel se hubiera encargado de cuadrarle las cuentas.
Ante su indecisión, el barman añadió, con una voz suave y calculada:
-Esla más guapa del club. Vale cada centavo, las primeras noches suelen ser las mejores.
Esas palabras le atravesaron algo que no supo definir. No era deseo. Tampoco era simple curiosidad. Era un tipo de enojo mezclado con tristeza que no tenía forma.
Lo pensó mejor y aceptó para verlo por sus propios ojos, necesitaba destruir cualquier chispa de esperanza. — Sacó el dinero.
El barman contó los billetes uno por uno, los tocó con la precisión de un banquero cansado. Luego tomó un brazalete dorado con letras negras. En él podía leerse: Sala VIP – ÁGATA.
-A las doce y media ve a la puerta de la zona VIP —dijo mientras se lo colocaba en la muñeca—. El portero te llevará a la sala.
Iván asintió. El trago en su mano ya estaba tibio. Lo apuró de un golpe y el alcohol le ardió como gasolina bajando por la garganta, quemando los últimos restos de amor que todavía lo ataban a la vida que había dejado afuera.
Cuando dejó el vaso sobre la barra, sus dedos ya estaban fríos.
Siguió el camino indicado y llegó al punto de encuentro. Frente a la puerta cerrada había siete hombres esperando, algunos excitados, otros nerviosos, uno claramente borracho. Iván los observó con una mezcla de desprecio y rabia muda.
Los odió. Los odió a todos por estar allí.
Por querer lo mismo que él.
Por imaginarla con ellos.
Siendo follada, compartida.
Y, sobre todo, por recordarle con su mera presencia la clase de persona en la que él mismo estaba a punto de convertirse. Un maldito cornudo.
Una voz interrumpió sus pensamientos
-Caballeros bienvenidos, tengan la amabilidad de acompañarme. Caminaron por el pasillo
A su izquierda tienen los vestuarios, dentro están los inodoros y los lavamanos, detrás los armarios donde pueden guardar sus ropas. La única prenda que se dejan son los calzoncillos, es la pieza que se permite para ir a la sala.
¿vamos a estar así? Preguntó alguien
Claro caballero, a la sala se va a follar libremente.
Intervino un asiduo del club — La luz es tenue y todos terminaremos desnudos dándole caña a la perra. No te preocupes tío.
Iván entró a los vestuarios, dentro vio dos pasillos, en el primero los lavamanos elegantes, y al fondo los urinarios y frente a ellos los cubículos de los inodoros, en el segundo pasillo los armarios apilados a cada lado y en el centro un largo taburete acolchado en un color vino tinto. Algunos se sentaron para quitarse los zapatos otros permanecieron parados, cada uno despojándose de las ropas. Al terminar salieron al pasillo y entraron en la sala ubicada justo al frente.
En el había una cama redonda de dos metros de ancho. Alrededor dos sofás en forma de medialuna. 4 se sentaron en el de la izquierda y los otros cuatro en el de la derecha
Ivan pensó, no eran 9? Aquí solo hay 8
En ese momento entró el que faltaba. Se presentó como uno de los dueños del local
Las luces se atenuaron y de la mano de otro hombre entró Elisa. Llevaba la misma mini tanga. tacones y pechos al aire. Ella miraba al suelo evitando el contacto visual con los hombres
- Señores, yo y mi socio seremos los que empecemos la orgía, luego podrán follarla a su antojo. Les recuerdo que la casa exige el uso de preservativos, el que no lo haga será expulsado — dicho esto el guardia de seguridad les entregó una caja a cada uno.
—En la caja que le acaban de dar hay 4 preservativos. Para sexo oral no hace falta ponérselo. Dicho esto, empecemos.
Uno preguntó —- ¿usted no tiene caja?
Los dueños podemos follarlas sin protección, para eso nos hacemos exámenes periódicamente
Aquello le produjo dolor de barriga a Iván. Decidió salir
-Necesito salir, le dijo al portero
-Ahora no se puede, va a comenzar un baile privado para una despedida de soltero en la otra sala y están por entrar. Hasta que no estén dentro no se puede salir
Iván regresó a su asiento. Elisa acostada en la cama se dejaba quitar la tanga. Cerró los ojos para no verla
Tras unos minutos el que estaba a su lado habló
Joder, tío le han metido dos pollas, menuda perra
Abrió los ojos y la vio. El que estaba debajo le metía la polla en el coño y el de arriba con las manos puestas en sus hombros le perforaba el ano con sorna.
El regordete arriba de ella se afanaba mientras desde su asiento Iván veía como le entraba la polla de aquel viejo en el ano a su mujer, todo esto acompañado de sus dos grandes testículos que chocaban en el culo de Elisa produciendo el típico sonido de plosh plosh plosh.
Abajo el otro viejo le agarraba las nalgas a Elisa como si quisiera arrancarlas. Las apretaba, las separaba, las nalgueaba, dejándolas marcadas.
Pronto ambos penes se acoplaron entrando al unísono en los huecos de su esposa.
Recordó las pocas veces que ella lo dejó follar por detrás y todas las que le dijo que no le gustaba
Pensó: estos malditos viejos deben tomar algo para aguantar tanto.
Pararon y cambiaron, ahora el regordete estaba acostado debajo. Elisa se puso encima de él y tomando la polla por la base se la ensartó en el culo, acto seguido se dejó caer de espalda y el otro viejo se puso encima de ella clavándosela en el coño.
Iván veia a su esposa entre dos tíos. En ese momento el de arriba le abrió bien las piernas para dar un mejor espectáculo. Los clientes posicionados frente a la cama tenían una perfecta visión del culo de Elisa taladrado por dos pollas, una totalmente metída en el coño y la otra en el culo. El de arriba empezó a moverse frenéticamente al tiempo que la besaba. Elisa se tensó. No podía verle la cara por la máscara, pero podía intuir que aquello le daba asco. Finalmente, ambos viejos sé corrieron.
Agitados se dejaron caer al tiempo que Elisa se hacía un ovillo. Iván sintió pena por ella, pero luego recordó que se lo había buscado.
Tras recuperar el aliento se incorporaron, el más alto tiró de Elisa haciéndola levantar, luego la colocó a cuatro patas al borde de la cama.
El moreno regordete se sentó ala izquierda y el otro a la derecha, cada uno le agarró una nalga y tirando de ellas le abrieron a tope el culo. El regordete posó una mano en la espalda obligando a arquearla. Ahora Elisa mantenía el culo en pompa con las nalgas bien separadas.
-Puja perra. Deja que todos vean como te llenamos. El culazo enrojecido era impresionante.
Elisa pujó. El coño se le abrió empezándole a salir un líquido espeso
Al mismo tiempo del ano salían pequeñas gotas.
-Lo tienes cerrado dijo el moreno, déjame ayudarte
El tío le metió un dedo y al sacarlo empezó a manar semen.
Al principio poco pero luego fue un caudal, en los últimos se le salió un pedo haciendo una bomba como las que se hacen con chicle. Todos los presentes rieron. Todos menos Iván que indignado estaba loco por desaparecer de allí. Se levantó y fue hasta la puerta
El vigilante frunció el ceño
-Tío eres rarito ¿pagas 600 y te quieres ir?
Coño, me estoy orinando
A vale, vale.
El portero abrió e Iván salió a toda prisa.
Dentro del vestuario se puso la ropa dispuesto a salir de aquel maldito lugar, sin embargo, los mareos y las náuseas del estrés lo obligaron a entrar en el inodoro, donde cerró la puerta y expulsó todo. Dos grandes chorros hicieron que se sintiera mejor, luego bajó la manilla dejando que se fuera por el retrete. Se levantó despacio dispuesto a irse, pero se detuvo al oír unas voces provenientes de la puerta.
-Entonces, que vas a hacer con Elisa
-Esa perra está demasiado buena, obviamente se queda
-¿Pero el contrato de 100 horas termina hoy?
Iván tomó el móvil y comenzó a grabar.
-Me hizo 100 horas de prostituta, pero está muy buena. Voy a chantajearla con un video que tomé en secreto mientras la follaba y si no acepta se lo muestro al marido.
-crees que lo haga
- la zorra tiene pavor a perderlo.
- ¿y el cornudo sospecha?
- Eso parece, la jefa de enfermería dijo que estuvo por el hospital
-No sabía que Elisa trabajaba para mi y le dijo que no estaba. Le dije que si vuelve le diga que está trabajando. Además, para que no sospeche la pondré en turnos diurnos, así el gilipollas no se dará cuenta.
- Si la sacas en el horario de trabajo a putear, ¿podría pillarla?
- Claro que no, las jefas de enfermería están confabuladas, dirán que está en la unidad de cuidados intensivos y allí no puede entrar
- todo planificado
-Ya te digo
-Y la nueva?
- Te refieres a Valeria
-Si
-ella tiene al padre ingresado, el pobre necesita una operación, pero se quedaron sin dinero
- le toca mover el culito, jajaja.
-Exacto, como solo le faltan 7 días para la mayoría, la tengo en un apartamento vacacional haciéndome servicios a clientes de confianza.
-Ten cuidado, eso es delicado
El pitido del fin de la capacidad de grabación del móvil los alertó (en el 2005 era muy limitado)
¿Escuchaste algo?
-No
Iván sintió que caminaban hacia los lavabos
Se sentó en la tapa del inodoro y alzó los pies para que no lo vieran
-Ufff, estamos solos.
-Relájate Abdul
Se fueron. Iván esperó un rato antes de salir.
Una vez ubicado en el pasillo escuchó los gemidos de su mujer.
Murmuró para sí. —Malditas seas Elisa, lo estás disfrutando.
La puerta estaba sola, el marroquí se había ido.
La abrió de golpe. Igual que antes Elisa era follada por dos tíos. Ella arriba de uno le movía las caderas frenéticamente mientras el otro le daba por detrás. Sin embargo, ahora había un tercero de pie frente a ella follandole la boca. El tío agarrado a su cabello se la enterraba hasta las pelotas. Tras un gruñido Elisa recibió en la garganta el semen de aquel desconocido, donde en arcadas y sin poder tragárselo todo se le salió parte de la corrida por la comisura de los labios. Aún ahogada comenzó a temblar moviendo las caderas, evidenciando de que estaba apunto de alcanzar el clímax.
Abajo otro se aferraba a sus tetas comiéndolas como loco.
A todas estas Elisa de espaldas a la puerta, no se había percatado de la presencia de su marido.
Los que la follaban no se cortaban un pelo, animándola a acabar con todo tipo de improperios
- Te gusta mi semen zorra, ja ja ja. Venga, córrete rico
El de abajo se sacó una teta de la boca. —- Uff, no veas como la puta aprieta la vagina
El otro — El culo también, me estrangula la polla, jajaja.
-Venga, córrete cerda.
El tío le sacó la polla del culo propinándole tres nalgadas. Plash plash, plash. Se la ensartó toda de vuelta. — Aaaaayyy. - jajaja toma puta
Los espectadores animaban. De len caña — más fuerte — destrocen le el coño. No se hicieron de rogar
Plosh, plosh, plosh, plosh, la follaron con furia. Detrás Iván veía como dos pares de huevos rebotaban en el culo de su mujer.
Elisa tembló, se retorció, se le salió la polla de la boca y las babas cayeron por su barbilla.
-Oooooooohhh Aaaahhhh, haaaaaass. Ida en la lujuria del orgasmo entrecerró los ojos desplomándose en el pecho de su amante, pero al girar el cuello vio una figura en la penumbra y sus miradas se cruzaron.
-!!Iván!!
Continuará…
Cap. I Saura
Cap. II Peter28
Cap. III Saura
Cap. IV Peter28
Cap. V Saura
Cap. VI Peter28
Cap. VII Saura
Cap. VIII Peter28
Cap. IX Saura
Cap. X Peter28.
Nota:
El capítulo XI lo hicimos juntos en la terraza del café Gijón de Madrid
Espero les guste… besitos… y gracias totales.
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