El contrato
La única forma de salvar el estudio era entregar a su esposa. Agustín lo sabía, pero no imaginó que la noche terminaría con su propia ruina moral y la pérdida de todo lo que amaba.
Agustín no podía creer que, tras diez años de relación con Estefanía y siete de matrimonio, ambos estuvieran tan enamorados como el primer día. Compartían la pasión por la abogacía y ejercían su profesión con el mismo rigor. Ambos pertenecían al prestigioso Estudio Jurídico Cordero y Asociados, un legado de la familia de Agustín encomendado por su padre, Franco Cordero, a quien él admiraba profundamente. Franco se había convertido en un abogado respetado y temido en los tribunales, mientras que Estefanía destacaba por su ambición y una destreza innata para el derecho. Con veinte abogados especializados en derecho penal y social, el bufete debía su prestigio a la asesoría legal brindada a empresas de alto nivel.
Mientras tomaba un whisky en su departamento esperando a que Estefanía saliera de la ducha, Agustín recordó aquella cena en casa de sus padres al inicio de la relación. Tras la presentación oficial, Franco y Bárbara quedaron maravillados con Estefanía, no solo por su belleza, sino por su inteligencia. Lo gracioso de aquella noche fue que ella se quedó a dormir y las sábanas de la habitación de Agustín fueron testigos de una pasión desatada. El detalle era que sus padres escucharon todo, ya que su habitación estaba justo al lado.
Al amanecer, Agustín y Estefanía bajaron a la cocina, ajenos al "espectáculo" sonoro de la noche anterior. Bárbara, mientras preparaba el desayuno, miró a Estefanía con una sonrisa cómplice.
—¿Pudiste descansar algo, Estefanía? —preguntó Bárbara extendiéndole una taza. —Sí, algo pudimos dormir... —respondió ella con evidente nerviosismo. —No se notó —replicó Bárbara. —Perdón, mamá, no pudimos contenernos —intervino Agustín, avergonzado. —¡Saliste a mí! —exclamó Franco apareciendo en la cocina entre risas.
Sin embargo, el presente era distinto. La noticia llegó como un balde de agua fría: el bufete estaba al borde de la quiebra. Tras la muerte de su esposa, Franco se había sumido en una profunda depresión, descuidando el negocio y acumulando deudas. Agustín sabía que debía actuar rápido; el estudio era el sustento de su familia y el símbolo de años de esfuerzo.
La única solución era cerrar un trato con Roberto Lobos, presidente de una de las constructoras más importantes del país y un negociador implacable. Gracias a Lautaro, un viejo amigo, Agustín logró una entrevista con James González, gerente de Recursos Humanos, quien aceptó revisar el proyecto. En apenas tres meses de gestión exprés, Agustín se presentó ante James con un plan definido. Expuso el potencial del bufete y la calidad de sus profesionales. James lo escuchó en silencio y, al finalizar, sonrió.
—Me gusta tu determinación, Agustín. Pero para cerrar esto necesito algo más que palabras; tenemos otros interesados. —Estoy dispuesto a ofrecerte una participación en el bufete y asegurar un retorno de inversión en un plazo determinado —respondió Agustín sin inmutarse. —Bien, eso podría interesarle al señor Lobos. —Además, puedo ofrecerles a usted y al señor Lobos una cena... bastante divertida. —Nos estamos entendiendo mejor —rio James—. Organiza todo y avísame. Seremos tres.
El deseo de salvar la firma alimentaba una ambición feroz en la pareja. Agustín fue transparente con Estefanía sobre la naturaleza de estos encuentros de negocios. En el mundo ejecutivo, la promiscuidad y la contratación de escorts para amenizar negociaciones eran realidades que ellos no pretendían cambiar, sino utilizar a su favor para salvar el buen nombre de los Cordero.
No era la primera vez que recurrían a esta estrategia. Para evitar sospechas, contrataron a Cindy, una acompañante de confianza, quien contactó a una colega para la cena. Agustín, por fidelidad a Estefanía y por principios personales, nunca se involucraba físicamente con ellas.
En la última ocasión, se reunieron en un bar y luego se dirigieron a un hotel. Mientras la otra habitación se convertía en el escenario de la diversión de los clientes, Agustín y Cindy simplemente pasaron el rato charlando, asegurándose de que la logística fuera impecable. Gracias a ese sacrificio de apariencias, la negociación avanzaba por el camino correcto.
El tiempo jugaba en su contra. Otros bufetes competidores acechaban el contrato y Agustín sabía que no podían permitirse un solo error. Aunque James González, el gerente de Recursos Humanos, ya había dado el visto bueno tras un par de cenas, faltaba el paso final: una reunión decisiva para sellar el acuerdo. Debido a las complicaciones de agenda y la falta de lugares disponibles, Estefanía tomó una decisión arriesgada.
—Agustín, sé que dudas, pero a contrarreloj, la casa de tus padres es nuestra mejor opción —sentenció ella con firmeza. —¡Estás loca! —exclamó Agustín, y su voz resonó en todo el edificio—. Llevar a las chicas a la casa de mis viejos... me preocupa que se den cuenta. Debo ser profesional, no puedo recibirlos en un ambiente familiar. —¡Tranquilízate! Intento ayudar; mi trabajo también está en juego —respondió Estefanía. —Tenés razón, mi vida, disculpa... es que los nervios me superan —admitió él, suavizando el tono. —Sé que es difícil, pero lo vamos a lograr —lo abrazó ella, dándole un beso corto—. Al contrario de lo que pensás, esto puede jugar a nuestro favor. Un ambiente cálido generará confianza. Diremos que alquilaste la propiedad para que vean que no escatimamos en gastos.
Agustín dudaba. Pensaba en las fotos familiares, en los recuerdos de Franco y Bárbara. Sin embargo, Estefanía lo convenció: ella misma se encargaría de ocultar cualquier rastro de los Cordero y de contratar a las cuatro acompañantes necesarias para asegurar el "final feliz" de la negociación.
El 10 de junio, un sábado de lluvia, los detalles estaban listos. En el estudio, antes de partir hacia la casona, la pareja ultimaba el plan.
—¿Pudiste hablar con Cindy? —preguntó Agustín. —Sí, las chicas estarán allí. Yo misma las busco y las llevo —aseguró Estefanía—. Solo avisame cuándo tienen que entrar. —Gracias, sos un ángel. De este contrato depende todo lo que construyó mi viejo. —Lo sé. Tenemos que hacer que firmen ese contrato de mierda —sentenció ella con determinación—. Y respecto a la chica que te "toca" a vos... será Cindy. Y ni se te ocurra tocarle un pelo o te rebano la pija, ¿estamos?
Agustín soltó una carcajada nerviosa. —Menos mal que ella es de confianza. Pero no puedo creer que en mi propia casa vaya a haber semejante jolgorio y yo nada... —Cuando salga todo bien, te voy a dar una buena recompensa —le susurró ella al oído.
La tensión sexual creció en el despacho, pero fue interrumpida por la entrada de Franco. El anciano, aún sumido en la melancolía, les recordó la importancia del estudio. Ver a su padre tan vulnerable reforzó en Agustín la convicción de que, sin importar los medios, debía ganar esa noche.
Agustín llegó a la propiedad, una antigua casona modernizada con estilo, sintiendo el corazón a mil por hora. Estefanía había hecho un trabajo impecable: no quedaba una sola foto familiar ni un objeto que lo delatara. Parecía una lujosa propiedad de alquiler para eventos exclusivos.
La lluvia golpeaba los ventanales mientras Agustín esperaba con un banquete servido y una generosa provisión de alcohol. De pronto, su celular vibró. Era Lautaro.
—Hola, Agus. Estamos llegando. ¿Es la entrada de rejas verdes con los dos árboles? —Exacto. Pasen directamente, los portones están abiertos —respondió, sintiendo un alivio momentáneo.
Antes de guardar el teléfono, leyó el último mensaje de su esposa: "Éxitos, amor. Te amo".
A lo lejos, unas luces rompieron la oscuridad de la tormenta. Una camioneta Toyota Crown color roja avanzaba por el sendero. El momento de la verdad había llegado; el futuro del apellido Cordero se decidiría entre copas de vino, lluvia y una hospitalidad calculada al milímetro.
Bajo la lluvia torrencial, tres hombres descendieron de una camioneta Toyota Crown roja. Lautaro, flaco y alto, recordaba vagamente a un joven Batistuta vestido de riguroso negro. James, el colombiano de cincuenta años, lucía una estampa impecable de cabello cano y físico cuidado. Pero quien dominaba la escena era Roberto Lobos: un hombre robusto, de traje azul y pañuelo rojo al cuello, cuyo anillo de oro y reloj de alta gama gritaban poder incluso para los estándares de los Cordero.
—Bienvenidos —saludó Agustín, estrechando sus manos.
Al entrar, los invitados quedaron maravillados. La casona, despojada de sus rastros familiares, lucía como un refugio de lujo.
—El lugar es realmente hermoso —comentó Roberto con una seguridad aplastante—. Te felicito por la elección, Agustín. ¿Te molesta que nos tuteemos? —Para nada, Roberto. Me parece lo más adecuado —respondió Agustín, anotándose el primer triunfo de la noche al servir el menú de comida japonesa, el plato favorito del empresario.
Sin embargo, la calma duró poco. Mientras Roberto iba al baño, Lautaro le advirtió a Agustín que otra firma estaba ofreciendo un trato competitivo, aunque Lobos parecía inclinado hacia los Cordero por la atención recibida. Pero al regresar a la mesa, el tono de Roberto cambió.
—Excelente velada, Agustín —dijo mientras servían el vino—, pero me preocupa la capacidad financiera del estudio. Tengo mis dudas sobre si será solvente... —Roberto, podemos revisar los balances ahora mismo... —empezó Agustín, pero James lo interrumpió, bloqueando la carpeta con la mano. —No se refiere a los papeles, Agustín. Se refiere a que, si la empresa no puede costear una cena y una "diversión" de este nivel... ¿qué será de sus finanzas en el futuro?
Agustín lo entendió de inmediato. La "diversión" era la verdadera prueba de solvencia.
Agustín se excusó y corrió a la cocina para llamar a Estefanía, quien coordinaba la logística como una agente de inteligencia desde las sombras.
—¿Estefanía? ¿Vienen las cuatro? —susurró Agustín al teléfono. —Agus... tenemos un problema. Una de las chicas tuvo un inconveniente y, con esta lluvia y siendo sábado, es imposible conseguir un reemplazo rápido. —¡Esto es un desastre! Roberto es muy particular. Si falta una, no va a estar contento. —Llevo a las tres que tengo y sigo buscando —propuso ella. —No, esperá. Buscá a la cuarta mientras yo los entretengo con tragos.
Agustín regresó al salón y preparó un Manhattan para Lobos y mojitos para los demás. La espera se llenó de anécdotas de Roberto, quien hablaba de las mujeres con un cinismo que incomodaba a Agustín: "Las mujeres son como el tejado, si no las colocas bien se van con el viento".
Cuando Agustín intentó forzar la firma del contrato antes de que llegaran las chicas, James lo frenó en seco con soberbia: —El trato se cierra cuando la noche termine. ¿Qué pasa? ¿Se inundó el camino o se averió el coche?
Lautaro, intentando ayudar, sugirió que podían quedarse a dormir, lo que suavizó el ánimo de Lobos. Agustín aceptó de inmediato y los invitó a conocer el segundo piso para que eligieran sus habitaciones.
El destino, o quizás una ironía cruel, hizo que Roberto Lobos eligiera precisamente la habitación donde Agustín y Estefanía habían compartido su primera noche de pasión años atrás. Agustín sintió un escalofrío de incomodidad, pero solo pudo asentir con una sonrisa forzada.
Nuevamente en la cocina, el pánico volvió a apoderarse de él al llamar a su esposa. —¡Estefanía, ya no puedo esperar más! Lobos tiene cara de pocos amigos. Mandá a las que tengas, ahora mismo. —Está bien, amor. Ya salen para allá —respondió ella con la voz cargada de frustración.
Agustín colgó y regresó con sus invitados. —Ya están por llegar, caballeros. La lluvia complicó el trayecto, pero la espera habrá valido la pena.
La historia ha llegado a su punto de máxima tensión. El sacrificio personal de Estefanía y el dilema moral de Agustín transforman este "negocio" en un drama psicológico profundo. El clima de la tormenta exterior refleja perfectamente el caos interno de los personajes.
La medianoche se cernía sobre la casona y los nervios de James empezaban a desbordarse. —¿Qué pasa con las chicas? —preguntó con pragmatismo cruel—. Sabés que al jefe no le gusta esperar. Si hay un problema, decilo; preferimos ir a un club y terminar con esto. —Tranquilo, James. Ya deben estar por llegar —respondió Agustín, con el corazón en la garganta.
Justo en ese instante, las luces de un coche iluminaron el jardín. El alivio fue general. Mientras James y Lautaro salían con paraguas para recibir a las invitadas, Agustín se quedó preparando una nueva ronda de tragos. Las puertas se abrieron y las mujeres entraron: Cindy, morena y voluptuosa en un vestido negro; Camí, esbelta y colorida; y Vanesa, una rubia imponente con aire de vikinga.
Pero fue la última en entrar quien detuvo el tiempo. Se presentó como Ángela, con una voz suave y un vestido rojo, corto y entallado, que parecía esculpido sobre su cuerpo. Su belleza era tan impactante que Roberto Lobos quedó sin aliento. Para Agustín, el mundo se derrumbó: esa "Ángela" era Estefanía. El impacto fue tal que la bandeja se le resbaló de las manos, estallando los vasos contra el suelo.
—¡Por Dios, te ayudo! —exclamó Estefanía, metiéndose en su papel mientras se agachaba a recoger los vidrios. En el caos, ambos terminaron en la cocina, con la música a todo volumen ocultando su desesperada conversación.
—¿Qué carajo estás haciendo, Estefanía? —susurró Agustín, lívido. —No tuve otra opción, mi amor —respondió ella, temblando—. Faltaba una chica y no podía dejar que el trato se cayera. Pensé que Cindy se quedaría con Lobos y yo con vos. —¿Sabés qué habitación eligió él? La mía. Donde hacíamos el amor cuando éramos novios. —Todo va a salir bien —insistió ella, dándole un beso cargado de angustia—. Confía en mí.
Al regresar a la sala, la escena era dantesca para Agustín. Camí bailaba con James y Vanesa con Lautaro, pero los ojos de Roberto Lobos no se despegaban de Estefanía.
—¿Cambiamos de pareja? —propuso Lobos con una sonrisa pícara. Agustín titubeó, pero Estefanía aceptó para no levantar sospechas. En la pista, Roberto la tomó de la cintura con una familiaridad que enfurecía a Agustín.
—Estás increíble, sos muy linda —le susurró Roberto a Estefanía. —Muchas gracias, pero ya tenés a Cindy —respondió ella, intentando mantener la distancia profesional. —Sí, pero vos sos más de mi gusto. Sé por qué estamos acá, "Ángela". Sé que el estudio de Agustín está en quiebra y que él necesita que yo la pase bien para firmar. Hice mis averiguaciones.
Tras varios intercambios de parejas, la tensión llegó a su límite. Roberto manoseaba a Estefanía con descaro, diciéndole cosas al oído mientras Agustín observaba, impotente, desde un rincón. Finalmente, Lobos sentenció: —Espero que no te moleste la compañía de Cindy, Agustín. Yo me quedo con Ángela.
Agustín buscó a su esposa una última vez en la cocina. Afuera, los truenos anunciaban que la lluvia se había convertido en una tempestad. —Te va a coger, Estefanía... —dijo él, con la voz quebrada. —Mi vida, te amo —respondió ella con lágrimas en los ojos—. No podemos evitarlo. Todo sea por el legado de tu padre, por el estudio. Yo estoy dispuesta a todo. Decidí vos qué querés que haga.
El cerebro de Agustín era un torbellino. Ver a su esposa entregarse a otro hombre para salvar un negocio era algo que nunca imaginó, pero el hilo del que colgaba su futuro era demasiado delgado. —Si vos estás dispuesta... yo te apoyo en todo, mi amor —sentenció él, sellando el destino de ambos con un beso final.
Roberto irrumpió en la cocina, interrumpiéndolos. —No me estés engañando a Ángela, ¿eh? —bromeó. —Para nada, Roberto. Solo era un beso que le debía —mintió Estefanía con una sonrisa forzada. —Bueno, espero que a mí me des muchos. —Antes de que sigamos... ¿por qué no firmamos el contrato ahora? —insistió Agustín una vez más. —Qué pesado —rio Lobos—. El contrato se firma... después del show. —¿Show? —repitió Agustín, sintiendo que el verdadero calvario apenas comenzaba.
Son las 1:30 de la madrugada. Afuera, la tormenta ruge con una furia que parece imitar el torbellino interno de Agustín. Ver a su esposa, la brillante abogada Estefanía, convertida en "Ángela" frente al hombre que sostiene el futuro de su familia, es una tortura que apenas comienza.
En el salón, las notas de "Is This Love" de Whitesnake llenan el aire. Para Agustín y Estefanía, esa canción siempre fue un refugio; hoy, es el telón de fondo de un sacrificio. Roberto Lobos explora las caderas de Estefanía mientras bailan un lento, y ella se estremece. No es deseo; es la conciencia eléctrica de sentir los ojos de su marido clavados en su nuca, impotente ante el avance del empresario.
—Mirá cómo me tenés —le susurró Roberto al oído, forzando la mano de ella hacia su entrepierna. Estefanía retiró la mano con una sonrisa profesional, ocultando el asco que le provocaba la situación.
Durante una pausa, Agustín y Estefanía se refugiaron un momento en la cocina. El dolor en los ojos de él era evidente. —¿Me estás preguntando si te dejo acostarte con Lobos? —dijo Agustín con la voz quebrada y lágrimas en los ojos—. Sí... te dejo. —Te amo, no lo olvides —respondió ella, abrazándolo con fuerza—. Todo lo que pase será fingido, es por nuestro futuro. Vamos a salir de esto más fuertes, te lo aseguro.
El "show" comenzó poco después. Las chicas bajaron disfrazadas: Cindy de mucama, Camila de policía, Vanesa de enfermera y Estefanía de Caperucita Roja. La ironía del apellido de Roberto no pasó desapercibida para Agustín, quien se sentó en el sofá junto al empresario, tratando de procesar la promesa de que el contrato se firmaría apenas terminara el espectáculo.
—A mi chica la voy a destrozar esta noche —comentó Roberto con una crudeza que dejó a Agustín helado.
La música cambió a un ritmo sensual. Estefanía, que había tomado clases de stripdance con Cindy, demostró una gracia hipnótica. Agustín no podía apartar la vista mientras veía a su esposa despojarse de la minifalda, girando para mostrar su figura mientras el contoneo de sus caderas volvía locos a James y Lautaro.
Cuando sonó "Back in Black", la temperatura subió. Cindy se sentó en el apoyabrazos de Agustín y le dio un pequeño beso en los labios, buscando distraerlo. Estefanía, a pesar de su papel, sintió una punzada de celos, pero fue rápidamente sofocada cuando Roberto le tomó el mentón y la besó profundamente, introduciendo su lengua. Agustín amagó con levantarse, con los puños cerrados, pero la mirada de Cindy lo detuvo.
Cindy arrastró a Agustín nuevamente a la cocina para evitar un desastre. —No podés hacer nada, Agustín —le dijo ella, mirándolo a los ojos—. Tu esposa va a coger con Lobos y lo va a hacer por vos, por tu familia y por el estudio. Es el precio del contrato.
Mientras tanto, en el salón, bajo los acordes de "November Rain", la escena se volvió explícita. Camila y Vanesa se despojaron de sus corpiños y se arrodillaron frente a Lautaro y James, comenzando a darles placer frente a todos.
Estefanía, con el corazón latiendo a mil y la boca seca, observaba el frenesí en los sillones laterales. De pronto, sintió un movimiento a su lado. Se giró y vio que Roberto Lobos ya se había bajado los pantalones, liberando su miembro frente a ella. El "show" privado estaba por comenzar en la misma habitación donde, años atrás, ella y Agustín habían jurado amarse para siempre.
Tras el sórdido espectáculo en el salón, donde Roberto Lobos dio rienda suelta a sus instintos más bajos frente a la mirada paralizada de Agustín, el destino del bufete quedó sellado. El semen derramado y la humillación aceptada fueron el preámbulo del brindis. Estefanía, con una entereza casi sobrehumana, se reajustó la lencería roja y, con la mirada fija en el objetivo, le entregó la carpeta a su esposo.
—Este es el momento... hacé que firme —le susurró al oído, devolviéndolo a la realidad.
Minutos después, entre risas y el humo de los habanos, Roberto Lobos estampó su firma. El contrato estaba cerrado. Hubo aplausos, gritos y un brindis general. Agustín sintió una satisfacción amarga; el legado de su padre estaba a salvo, pero el costo era su propia paz. Estefanía lo abrazó con fuerza, un abrazo que sabía a despedida temporal.
—Por fin, mi amor... lo logramos —le dijo ella antes de susurrarle la advertencia final—: Ahora tenés que ser fuerte, muy fuerte. No dudes jamás que te amo.
El plan de Agustín de emborrachar a los invitados para que se durmieran fracasó. Roberto, con la lucidez del cazador que ya tiene a su presa, tomó a Estefanía de la mano. —Nosotros nos vamos a la habitación —sentenció—. Tenemos mucho de qué hablar.
Agustín se quedó solo en la casona con Cindy, mientras Lautaro y James se retiraban con las otras chicas. Cindy lo guio hasta la habitación de sus padres, la habitación contigua a la de Agustín, donde Roberto acababa de entrar con Estefanía.
—Tranquilizate, mi amor —le dijo Cindy, sentándose a su lado—. No hay nada que puedas hacer. Él se la va a coger y mañana será otro día. Ella decidió sacrificarse por vos.
La angustia de Agustín era un torbellino. La idea de Estefanía disfrutando o siendo lastimada lo carcomía. En un momento de debilidad y despecho, intentó buscar refugio en Cindy, pero ella lo detuvo con una sabiduría que él no esperaba.
—No voy a hacerlo —le dijo Cindy con firmeza—. Se lo prometí a tu mujer. Lo que están haciendo es valiente y no voy a dejar que arruines tu matrimonio por una venganza o un arrebato. Mañana te arrepentirías, y eso dañaría tu relación más que lo que está pasando al lado.
Agustín se rindió ante la lógica de Cindy. Se sentó en el borde de la cama, derrotado, con una botella de licor a medio terminar. Pero el silencio de la noche no le dio tregua. De pronto, un ruido rítmico y seco empezó a atravesar la pared: el crujir de la madera vieja de su propia cama, la que había sido testigo de su amor, ahora bajo el peso de Roberto Lobos.
Y entonces, el primer gemido de Estefanía atravesó la pared, desgarrando el corazón de Agustín más que cualquier firma o cualquier deuda.
—Aaaahaahahh... aaaaaaaahhaahahahahh... —el grito de su esposa resonó en el cuarto, confirmando que el acto final del trato se estaba consumando.
La luz de los veladores se encendió, rompiendo la penumbra de la habitación. Roberto Lobos se despertó con una sonrisa triunfal, mientras su mano derecha apretaba el pecho de Estefanía. Ella, aún procesando la culpa de haber disfrutado físicamente de la anatomía del empresario a pesar de su desprecio por él, se vio obligada a enfrentar la realidad: el "servicio" no había terminado.
—Dale, mamita. Trabá la puerta, prendé las luces y chúpamela de vuelta —ordenó Roberto, besándola con una violencia que le hizo temer lo peor. —¿Por qué la puerta estaba sin traba? —preguntó ella, temiendo que el ruido que oyó antes fuera Agustín viéndolos. —La abrí para tirar el forro, pero no vi cesto —mintió él, antes de soltar la bomba—. Poneme el preservativo con la boca. Te quiero bien puta y guarra, que se entere toda la casa de cómo te la estoy dando... incluido el cornudo de tu marido.
Estefanía quedó helada. Roberto lo sabía todo. Había investigado su vida, su matrimonio y la crisis del estudio. Había aceptado la farsa solo para saborear la humillación de tener a la esposa de su socio "entregada en bandeja".
Mientras tanto, en la planta baja, el agua para el café comenzaba a hervir. Agustín y Cindy compartían un momento de honestidad brutal sobre la mesada.
—¿Contratar chicas y que Estefanía se prostituya nos hace unos hijos de puta? —preguntó Agustín, con la mirada perdida. —No —respondió Cindy, tomándole las manos—. Ella lo hizo por amor a vos y al estudio. Tuvo el valor de hacer lo que hizo frente a tus propios ojos para que nadie se quedara sin trabajo. Ese cerdo de Lobos puede comprar sexo, pero nunca tendrá a una mujer que se la juegue así por él.
Agustín aceptó el abrazo de Cindy, buscando en el torso de la chica un alivio para la náusea que le provocaba saber que, en ese mismo instante, su esposa estaba arriba con el hombre que los tenía en la palma de su mano.
Arriba, Estefanía tomó una decisión. Si el plan se había caído y la humillación era total, al menos terminaría de sellar el destino del estudio dándole a Lobos lo que quería para que se fuera de una vez. Se arrodilló, tomó el preservativo con la boca y comenzó a trabajar sobre la verga del empresario con un esmero nacido de la rabia y la desesperación.
—Eso... así, señora Cordero —gemía Roberto, enterrando sus dedos en el cabello de ella, forzándola a bajar más—. ¿Qué pensaría el gran Franco Cordero si viera a su nuera chupándole la pija al tipo que les salvó el culo?
Estefanía hizo oídos sordos. Se concentró en el ritmo, en la succión, en darle a ese hombre el placer que exigía para que la pesadilla terminara. Ignoró las lágrimas que amenazaban con salir y se enfocó en su tarea, tragando el orgullo junto con el semen que el empresario ya empezaba a prometer.
Agustín y Cindy subían las escaleras para intentar descansar cuando él se detuvo en seco. La luz debajo de la puerta de su antigua habitación seguía encendida. Un presentimiento oscuro lo invadió.
—Hey, vamos a dormir. Dejá —le susurró Cindy, tironeando de su brazo, notando que el aire volvía a cargarse de una tensión peligrosa.
Agustín se quedó inmóvil. Al otro lado de la madera, el silencio era interrumpido por sonidos inconfundibles que le confirmaban que el trato, lejos de haber terminado con una firma, seguía cobrándose intereses en carne y dignidad.
Versión Corregida: El Espejo de la Humillación
La madrugada avanzaba con una lentitud tortuosa. Tras el segundo encuentro entre Estefanía y Lobos —uno marcado por la sumisión absoluta y el descubrimiento de la farsa por parte del empresario—, el silencio volvió a la casona, pero era un silencio cargado de veneno.
Agustín, tras haber pasado minutos de agonía con los auriculares puestos mientras Cindy simulaba gemidos para protegerlo, no pudo evitar salir al pasillo. Vio a su esposa pasar, envuelta en una toalla, saliendo de una ducha que intentaba, en vano, borrar el rastro de Lobos. Sus miradas se cruzaron: un "te amo" susurrado que sonó más a un pedido de perdón que a una declaración de afecto.
Poco después, la necesidad física obligó a Agustín a ir al baño. Al entrar, se encontró con una escena que terminó por dinamitar su orgullo: Roberto Lobos estaba duchándose con la cortina abierta, exhibiendo su desnudez sin el menor rastro de pudor.
—Uh, qué susto, Agus —rio Roberto mientras el agua corría sobre su cuerpo—. Disculpa el atrevimiento, pero necesitaba refrescarme después de tanta acción. No te molesta, ¿no? —No, para nada. Mi casa es tu casa —respondió Agustín, con la voz plana, evitando mirar el miembro de Roberto que, incluso en reposo, le recordaba la magnitud de lo que Estefanía había tenido que enfrentar.
Agustín se acercó al retrete bajo la mirada burlona de Lobos. Mientras orinaba, el empresario no soltaba su presa psicológica.
—Che, decime... ¿hay que pagar algún extra por las chicas? Le pregunté a la piba con la que estuve, pero me dijo que estaba todo arreglado con vos —soltó Roberto, tratando a Estefanía como una mercancía más. —No es necesario, Roberto. Está todo cubierto —contestó Agustín, lavándose las manos mientras el agua fría no lograba apagar el incendio que sentía por dentro.
Roberto cerró la ducha y comenzó a secarse con una toalla blanca, moviéndose con la confianza de quien se sabe dueño del lugar.
—Disculpa por el bochinche que hicimos, eh. Qué fiera es esa "Ángela" en la cama. Cómo goza, cómo grita... y cómo petea. Tenés buen ojo para contratar, Agustín. Me gustaría el teléfono de esa flaca, quiero ser consumidor recurrente de sus servicios.
Agustín sintió que el aire le faltaba. Cada palabra de Roberto era un golpe diseñado para humillarlo, una forma de decirle que sabía que era su mujer y que, aun así, la había tomado dos veces por el simple placer de demostrar su poder.
—Después te lo paso —alcanzó a decir Agustín, deseando que la tierra se lo tragara. —Bueno... ¿dónde tenés el secador de piso? No quiero dejarte el baño hecho un desastre —preguntó Roberto con una amabilidad fingida que resultaba más insultante que un grito.
Agustín le señaló el rincón donde estaba el secador y salió del baño casi corriendo. Se refugió en la habitación donde Cindy lo esperaba, pero el olor del jabón de Lobos y el eco de sus risas se quedaron pegados a él. La firma en el contrato, ahora guardada en la carpeta del primer piso, parecía una victoria demasiado pequeña para el precio tan inmenso que acababan de pagar.
Eran las 5:30 de la mañana. La lluvia finalmente había cesado, dejando tras de sí un silencio pesado y húmedo. Agustín, con los oídos aún zumbando por el vacío de los auriculares, vio a Cindy levantarse de la cama. Alguien golpeaba la puerta.
Era Estefanía. Al entrar, envuelta en su bata roja transparente, su rostro reflejaba una mezcla de agotamiento y urgencia. Se sentó en la cama, ignorando por un momento a Agustín para buscar la mirada de Cindy. El aire estaba cargado; Estefanía traía consigo el rastro de los tres encuentros anteriores con Lobos, pero algo nuevo, algo más oscuro, brillaba en sus ojos.
—Necesito tu ayuda —le dijo a Cindy, casi suplicante—. Sos la única que puede ayudarme.
Agustín, desesperado por entender, fue enviado a la cocina por Cindy bajo el pretexto de traer algo de beber. En la soledad de la planta baja, preparó el jugo de arándanos preferido de su esposa, preguntándose cuánto más tendría que soportar el legado de los Cordero.
Cuando Agustín regresó, Cindy salía del cuarto para ducharse, dejándolos solos. Estefanía tomó el jugo y, tras un suspiro profundo, soltó la bomba que terminó por destrozar la poca paz que le quedaba a su marido.
—Roberto se despertó de nuevo —dijo ella, apretando la mano de Agustín—. No le bastó con tres veces. Ahora quiere... quiere cogerme por atrás. Quiere sexo anal, Agustín.
A Agustín se le cortó la respiración. Recordó la imagen de la anatomía de Lobos en el baño; la idea de que ese hombre forzara a su esposa de esa manera, algo que ellos mismos casi nunca habían explorado por decisión de ella, le dio náuseas.
—Le dije que tenía una mejor opción —continuó Estefanía, tratando de sonar pragmática—. Vine a buscar a Cindy. Ella no tiene problema en cubrirme en eso. Al fin y al cabo, ella era la chica que él debía tener originalmente.
Lo que Estefanía no se atrevía a confesarle a Agustín era la amenaza directa de Lobos. En su mente resonaban las palabras del empresario: "Entregame el culito y que tu esposo se entere, o cuento todo, rompo el contrato y hundo el nombre de los Cordero".
Ella había negociado tiempo. Había ofrecido a Cindy para intentar salvarse de la humillación final, pero Roberto, con una risa cruel, le había puesto una condición aterradora: "Me pinta un trío. Le hago el orto a ella, pero no sé si te salvás vos. Y escuchame... sin forro y no tardes".
Agustín, ajeno a la magnitud total del sadismo de Lobos, solo veía una salida técnica al problema, sin saber que el "Lobo" ya estaba saboreando la idea de tener a ambas mujeres a su merced.
—Vamos a decirle que vos estás dormido y que Cindy está dispuesta —concluyó Estefanía, levantándose para prepararse para lo que ella sabía que sería el acto final, y quizás el más violento, de esa eterna madrugada.
El contraste entre la pureza de los recuerdos de Agustín y la crudeza de lo que ocurre a pocos metros es demoledor. Mientras él se refugia en los votos matrimoniales del "Padre Pepe", el jardín que una vez fue testigo de promesas de fidelidad eterna ahora es el escenario de una noche que ha roto todas las reglas.
Eran las seis de la mañana. El cielo de la provincia comenzaba a teñirse de un gris pálido, anunciando un amanecer que nadie en esa casa estaba listo para enfrentar. Agustín, con los auriculares a todo volumen intentando bloquear la realidad con melodías de los 90, cerró los ojos y se dejó arrastrar por un recuerdo: el día de su boda.
"...para amarla y respetarla, en la pobreza y en la riqueza, hasta que la muerte los separe".
La voz del cura resonaba en su mente como una burla cruel, mientras en la habitación contigua, el "trío" llegaba a su clímax.
El Espectáculo de Lobos
Roberto Lobos estaba sentado en la punta de la cama, observando cómo las dos mujeres se despojaban de sus batas. Cindy, la profesional, tomó el control de la escena. Sabía que para proteger a Estefanía del sadismo anal de Roberto, debía ofrecerle un espectáculo visual y físico que lo mantuviera distraído.
—¿Te gusta lo que ves, bombón? —susurró Cindy, moviendo sus caderas con un ritmo hipnótico antes de besar profundamente a Estefanía.
Estefanía, atrapada entre el asco y la adrenalina del peligro, correspondió. Sus cuerpos se entrelazaron bajo la mirada lasciva del empresario. Lobos, cuya vitalidad sexual desafiaba su edad, no tardó en unirse al juego. Con una mano en la nuca de Estefanía y la otra en el trasero de Cindy, las obligó a turnarse sobre su miembro.
La escena se volvió un torbellino de carne y gemidos. Cindy se encargaba de los testículos con una técnica experta, mientras Estefanía, con los ojos cerrados para no ver el rostro triunfal de Lobos, se esforzaba por darle el placer oral más intenso que pudiera.
—Mirá que me he cogido secretarias, esposas de socios y empleadas... pero ninguna como ustedes —jadeó Roberto mientras las azotaba rítmicamente.
El empresario, buscando romper la última barrera de Estefanía, ordenó a Cindy que le practicara sexo oral a su amiga. Cindy, sorprendida por la intensidad del momento, se hundió entre las piernas de Estefanía. El placer que Estefanía sintió —un placer prohibido, nacido de la lengua experta de la morocha— la hizo gritar de una forma que Agustín, a pesar de los auriculares, pudo percibir como una vibración en la pared.
Mientras Roberto las cabalgaba alternativamente, besando los pies de Estefanía y manoseando los pechos de Cindy, Agustín en su cuarto se aferraba al recuerdo del "Sí, acepto". La ironía era insoportable: en el mismo jardín donde juraron ser un solo cuerpo ante Dios, su esposa estaba ahora compartiendo el suyo con un extraño y otra mujer para salvar los restos de su fortuna.
La noche, que parecía eterna, finalmente empezaba a ceder ante la luz del día, pero el daño ya estaba hecho. Los votos de Agustín se habían convertido en un escudo de papel frente a la tormenta de carne y humillación que Roberto Lobos había desatado sobre su hogar.
Mientras Agustín se aferraba en su mente a la imagen del Padre Pepe declarándolos marido y mujer, la realidad golpeaba las paredes de la casona. La tormenta de carne en la habitación de al lado llegaba a su fin. Estefanía, drogada por la adrenalina y la necesidad de sobrevivir, permitió que Cindy tomara el lugar del sacrificio final. El "honor" de Estefanía —al menos el físico— se salvó gracias a la intervención de la morocha, quien recibió a Lobos por donde Estefanía no se había atrevido.
Al amanecer, el brindis de los socios con café y medialunas fue la última humillación para Agustín. Escuchar a Lobos jactarse de "haberle roto el orto a una" mientras él sabía que su esposa estaba en la misma cama, fue un trago más amargo que cualquier licor.
Cuatro Meses Después: La Trampa de Cristal
El éxito del contrato trajo prosperidad al estudio Cordero, pero la sombra de Roberto Lobos nunca se disipó. El mensaje de WhatsApp en el baño de la oficina fue el principio del fin: fotos y videos del trío original. La extorsión era perfecta.
Estefanía mintió. Inventó un accidente de su madre para correr hacia el Hotel Cabrales. En la recepción, entregó su identidad y sus pertenencias, quedando desnuda de toda protección, salvo su anillo de casada, que la recepcionista —con una ironía cruel— le permitió conservar.
En la suite 144, el aire olía a una mezcla de flores baratas y lubricante. Roberto Lobos no buscaba solo sexo; buscaba la conquista total. En el jacuzzi, con la vista de la ciudad como testigo, Estefanía entregó su última frontera.
—¡Para, hijo de puta, me duele! —gritó ella, con las manos aferradas al borde del mármol. —Aguantala, maricona... así el culo se acostumbra —le respondió él, sin piedad.
El agua del jacuzzi se tiñó con unas gotas de sangre, un sacrificio final que Lobos exigió para cumplir su palabra de no molestarla más. Estefanía regresó a casa esa noche con el alma rota y el cuerpo dolorido, guardando un secreto que la quemaba por dentro.
Días después, bajo una lluvia que le recordaba aquella noche fatídica, Estefanía pasó frente al hotel. Su corazón se detuvo al ver a Cindy entrando del brazo de Roberto Lobos. Las risas, la complicidad, el modo en que se miraban... Todo encajó en su mente de forma siniestra.
¿Había sido Cindy una aliada o la arquitecta de su desgracia? ¿Fue el trío un plan de escape o una trampa coordinada para que Lobos tuviera el material necesario para extorsionarla por siempre?
Estefanía miró su anillo de casada y luego el hotel. El contrato estaba firmado, el estudio era un éxito, pero el precio había sido su libertad. La red de Roberto Lobos era mucho más grande de lo que ella y Agustín jamás imaginaron.
FIN
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