Xtories

Deseos Prohibidos IV

Layla creyó haberlo quebrado por completo, atándolo a su voluntad con el secreto de la hermana desaparecida. Pero cuando las sombras del pasado regresan para ofrecerle la verdad, Idris descubre que su obediencia tiene un precio demasiado alto. Ahora, cada orden que recibe es una mentira, y la única salida es destruir a la mujer que lo posee.

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La Ilusión de la Libertad

El sol apenas comenzaba a filtrarse por los ventanales de la mansión cuando Esmeralda despertó. Su cuerpo aún sentía los estragos de la noche anterior, su piel marcada con los recuerdos del dominio de Layla. Un estremecimiento recorrió su espalda al recordar la forma en que había sido sometida, la intensidad de cada toque, cada orden, cada mirada cargada de autoridad. Su mente estaba atrapada en una nebulosa de deseo y confusión.

Se giró lentamente en la cama, pero Idris no estaba allí. La habitación, bañada en la tenue luz matutina, parecía más grande, más fría. Aún podía percibir el aroma de su amante en las sábanas, pero también la presencia latente de Layla en cada rincón. Se incorporó con dificultad y caminó descalza hasta el ventanal, observando los jardines impecables que rodeaban la propiedad. Era hermosa… una prisión disfrazada de paraíso. El cielo, despejado y radiante, contrastaba con la tormenta interna que la consumía.

El sonido de la puerta al abrirse la sacó de sus pensamientos. Layla entró con su andar felino, vestida con una bata de seda negra que apenas se ceñía a su cuerpo. En sus labios se dibujaba una sonrisa de satisfacción, pero sus ojos reflejaban algo más profundo: control, deseo y un matiz de expectación.

—Buenos días, Esmeralda —susurró, recorriéndola con la mirada—. ¿Cómo se siente nuestra joya esta mañana?

Esmeralda bajó la mirada, sin atreverse a responder. Layla avanzó con pasos lentos hasta quedar frente a ella y, con un movimiento delicado pero firme, tomó su mentón y la obligó a mirarla. La calidez de sus dedos contrastaba con la frialdad de su mirada, haciéndola estremecer.

—Te hice una pregunta, cariño.

—Me siento… bien —susurró Esmeralda, aunque su tono era una mezcla de sumisión y duda.

Layla sonrió, satisfecha con su respuesta. Se apartó con elegancia, dejando que su fragancia envolviera el aire a su paso.

—Idris ha salido esta mañana a atender unos negocios —dijo con indiferencia, mientras se paseaba por la habitación—. Así que hoy estarás solo conmigo. Quiero mostrarte algo.

Esmeralda sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. No sabía qué esperar, pero tampoco tenía opción. Layla le indicó que se vistiera con una bata similar a la suya y la llevó por los pasillos de la mansión. Cada paso resonaba en el silencio del corredor, aumentando la sensación de aislamiento. Esmeralda sintió que la casa, con todo su lujo, la envolvía como una jaula dorada.

Llegaron a una puerta que jamás había cruzado. Su corazón latía con fuerza. Layla deslizó una llave dorada en la cerradura y la giró con un chasquido seco. Cuando la puerta se abrió, Esmeralda sintió que su corazón se detenía.

Frente a ella había una habitación completamente diferente al resto de la mansión. Era un espacio decorado con cortinas de terciopelo oscuro, un aroma embriagador a incienso flotaba en el aire, y en el centro, una silla de cuero con correas de sujeción esperaba en el medio de la sala. La iluminación tenue dejaba entrever estantes llenos de objetos cuya función apenas podía imaginar, herramientas de placer y castigo perfectamente organizadas, invitándola a un mundo que no sabía si estaba preparada para explorar.

—Bienvenida a la última fase de tu transformación —susurró Layla, acercándose a su oído—. Aquí es donde descubrirás quién eres realmente.

Esmeralda tragó saliva, sintiendo su respiración volverse más errática. Layla la empujó suavemente hacia el centro de la habitación, recorriendo su cuello con sus dedos mientras hablaba.

—Hoy aprenderás lo que significa la verdadera entrega. Hoy dejarás de luchar contra lo inevitable.

El sonido de la puerta cerrándose tras ellas retumbó en el silencio, y Esmeralda supo que, después de esa noche, su voluntad jamás volvería a ser la misma.

La Prueba Suprema

El aire dentro de la habitación pesaba, cargado de un aroma embriagador a incienso y cuero. Las luces tenues proyectaban sombras ondulantes en las paredes cubiertas de terciopelo oscuro. Esmeralda sentía el latido acelerado en su pecho, su respiración entrecortada mientras observaba cada rincón de ese espacio que prometía moldearla de maneras que aún no podía comprender.

Layla se movió con una gracia inquietante, caminando en círculos a su alrededor, sus dedos deslizándose por los bordes de la silla de cuero que dominaba la habitación.

—Has aprendido mucho hasta ahora, Esmeralda —murmuró, con una sonrisa ladina—. Pero aún queda un último paso antes de que seas verdaderamente nuestra.

Esmeralda tragó saliva. Su cuerpo, ya entrenado para la obediencia, respondió instintivamente cuando Layla tomó su muñeca y la guió hacia la silla. Su piel se erizó al sentir el contacto frío del cuero bajo sus muslos desnudos. Layla deslizó las correas de sujeción sobre sus muñecas y tobillos, asegurándolas con la delicadeza de un amante, pero con la firmeza de alguien que no aceptaba resistencia.

—Respira, déjate llevar —susurró Layla, inclinándose sobre ella, su aliento cálido rozando su piel—. Eres una joya demasiado valiosa para que temas lo que viene.

La puerta se abrió con un leve chirrido, y Esmeralda alzó la vista. Idris apareció en el umbral, su figura imponente bañada por la luz tenue. Sus ojos, oscuros y calculadores, la devoraron con una intensidad que la hizo estremecerse.

—Perfecta —dijo en voz baja, acercándose con pasos medidos.

Layla se apartó con una expresión de satisfacción, cediéndole el control. Idris se inclinó sobre Esmeralda, sus dedos delineando la piel de su cuello hasta llegar a su clavícula. No había prisa en sus movimientos, solo una confianza absoluta en su dominio sobre ella.

—¿Confías en nosotros? —preguntó, su voz ronca, acariciando su oído con cada palabra.

Esmeralda cerró los ojos un momento, sintiendo la tensión de su propio deseo mezclado con el vértigo de la rendición total. Cuando volvió a abrirlos, encontró las miradas de ambos fijas en ella, esperando su respuesta.

—Sí —susurró, su voz apenas un aliento.

Idris sonrió, satisfecho, y deslizó una venda de seda sobre sus ojos, sumiéndola en la oscuridad.

—Entonces, deja que te llevemos más allá de lo que jamás imaginaste.

Mala Noticia

Don Julián estaba sentado en su escritorio, revisando documentos cuando su teléfono sonó. Al contestar, una voz anónima y distorsionada retumbó en su oído.

—Eres una basura, y como la basura que eres, te voy a barrer de este mundo, a ti y a toda tu gente.

Intentó responder, pero la llamada se cortó abruptamente. Su rostro se tornó rojo de ira, golpeó la mesa con furia. En ese momento, su secretaria irrumpió en la oficina con el rostro pálido.

—Señor… hemos perdido los terrenos que estábamos por adquirir. Fueron comprados por otra persona.

—¿Cómo puede ser? —rugió Don Julián, atragantándose con su propia saliva—. ¿Quién lo compró?

—No lo sabemos, señor… pero nos aseguraremos de averiguarlo.

Con una expresión llena de rabia, Don Julián intentó rastrear la llamada que había recibido. Sin embargo, el número estaba protegido por un sistema antirastreo. Algo oscuro se cernía sobre él.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, un hombre vestido con un traje negro señorial dirigía la ejecución de una serie de embargos sobre edificios y galpones en los muelles. Acompañado por la fiscalía y escoltado por un anillo de seguridad, su presencia era imponente, intimidando incluso a la policía.

—Señor fiscal, todo esto es mío. Me pertenece. Tomaré posesión de todo. ¿Alguna objeción? —dijo con voz firme.

Los fiscales, sin vacilar, apoyaron el embargo de inmediato. Al mismo tiempo, en la oficina de Don Julián, los teléfonos no dejaban de sonar. Su imperio se estaba desmoronando, pero no sabía cómo ni quién lo estaba destruyendo.

El golpe más fuerte llegó cuando sus galpones fueron completamente vaciados. En esos almacenes había ocultado grandes sumas de dinero en las paredes, provenientes de sus negocios ilícitos. Pero cuando intentó recuperar lo que quedaba, no encontró nada. Las paredes habían sido desmontadas, y el dinero había desaparecido sin dejar rastro.

El caos aumentó cuando descubrió que sus cuentas bancarias estaban bloqueadas por lavado de dinero y actividades ilegales. Su poder se desmoronaba en pedazos. Desesperado, intentó huir antes de que la justicia lo atrapara, pero en su camino se encontró con un callejón oscuro, lejos de la avenida principal.

Allí, una figura emergió de las sombras. Don Julián sintió un escalofrío recorrer su espalda. Cuando sus ojos se encontraron con los de su atacante, su voz apenas fue un susurro:

—Tú…

Antes de que pudiera reaccionar, su visión se volvió borrosa y la realidad se desvaneció.

Mientras tanto, en la mansión de Layla, la vida continuaba con su ritmo habitual. Layla, Idris y Esmeralda habían compartido una mañana placentera. Pero cuando Layla salió de la habitación, un sirviente se acercó con una noticia que la hizo detenerse en seco.

Layla giró lentamente hacia Idris y, con una mirada fría, le dijo:

—Tengo un trabajo para ti. Encuentra a Julián y tráemelo antes que nadie.

Idris sintió un escalofrío al escuchar ese nombre. Nadie mencionaba a Don Julián en público, solo en privado, y hacerlo ahora significaba que algo grave estaba por ocurrir.

—¿Qué pasa, Layla? —preguntó con cautela.

Layla lo miró de una manera que no había visto en años, una mirada que lo llevó de vuelta a sus inicios con ella, a los días en que no era más que un simple guardia de seguridad en un bar. Recordó el momento en que Layla lo contrató como su guardaespaldas personal… pero antes de eso, tuvo que someterse completamente a ella.

Años atrás, Idris era un hombre fuerte pero sin rumbo, sobreviviendo con trabajos de seguridad en clubes nocturnos. Su primer encuentro con Layla fue una prueba de poder: ella lo retó con su mera presencia. Desde la primera noche, Layla dejó claro que si trabajaba para ella, no solo protegería su vida, sino que también le pertenecería en cuerpo y alma.

El entrenamiento de Idris fue brutal. Layla no solo moldeó su disciplina con rigurosas sesiones de combate y tácticas, sino que también lo llevó a experimentar la sumisión de formas que jamás imaginó. Lo despojó de su orgullo, lo ató en noches interminables donde el placer y el dolor se entremezclaban hasta hacerle perder la noción del tiempo. Aprendió a obedecer sin cuestionar, a complacer sin dudar, a adorar a su dueña sin reservas.

Layla lo quebró… y luego lo reconstruyó.

Idris emergió de ese proceso como un hombre nuevo, un sirviente devoto y un amante feroz. Se convirtió en su sombra, su protector y su posesión más leal. Pero esa mirada que Layla le dirigía ahora despertaba recuerdos que había enterrado hace mucho.

Idris respiró hondo y asintió.

—Lo encontraré. Y te lo traeré.

Layla sonrió con satisfacción.

—Eso espero, mi fiel Idris. No me falles.

La Pérdida de un Amor

Idris salió por la puerta con paso firme, dispuesto a cumplir las órdenes de Layla, pero en el fondo de su ser, un peso invisible lo detenía. El dolor que guardaba en su alma era una herida que nunca había sanado. Su mente viajó al pasado, a los días en que su única razón para vivir era su hermana menor, Karen.

Desde que tenía memoria, Karen había sido su luz, su motor. Con una deficiencia psicomotora que limitaba su movilidad, ella dependía completamente de él. Idris trabajaba de sol a sol, acumulando horas de esfuerzo agotador para costear sus operaciones y terapias. Cada billete que ganaba era para ella, cada sacrificio estaba enfocado en su recuperación. Era su única familia, su única responsabilidad en el mundo, y no permitiría que nada le impidiera darle la vida que merecía.

Un día, el destino lo llevó a conocer a Layla. Ella apareció como un ángel oscuro, envuelta en lujos y promesas seductoras. Se acercó a Idris con una oferta imposible de rechazar.

—Puedo cuidar de tu hermana, Idris —susurró Layla, mientras jugaba con la copa de vino en su mano—. Pagaré sus operaciones, le daré la mejor atención médica y aseguraremos su futuro. Pero, a cambio…

Idris no tardó en entender el precio. Layla no daba nada sin pedirlo todo.

—A cambio de mi completa lealtad —dijo él, con la voz apagada.

Layla sonrió, un gesto cargado de control y satisfacción.

—Exactamente. Serás mío en cuerpo y alma, harás lo que yo ordene, cuando lo ordene. No habrá preguntas, no habrá dudas. Solo obediencia.

El corazón de Idris latía con fuerza. Miró la foto de su hermana en su billetera. La imagen de Karen sonriendo, ajena a la oscuridad que lo envolvía, lo hizo tomar su decisión.

—Haré lo que sea necesario —susurró.

Los primeros meses bajo la influencia de Layla fueron una prueba constante de resistencia. Idris fue moldeado, quebrado y reconstruido a la imagen de su nueva dueña. Su cuerpo fue entrenado para ser fuerte, su mente para no cuestionar, su voluntad para obedecer.

Sin embargo, con el paso del tiempo, algo cambió. Karen dejó de responder sus llamadas. Los reportes médicos que Layla le enviaba eran vagos y poco detallados.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó un día, su voz firme pero temblorosa.

Layla lo observó con indiferencia, recostada en un diván de terciopelo rojo.

—No te preocupes por ella, está bien cuidada —respondió con una sonrisa enigmática—. Tú solo concéntrate en servirme.

Idris sintió un nudo en el estómago.

—Necesito verla.

Layla suspiró, como si su paciencia se agotara.

—No es necesario, Idris. Confía en mí. O… ¿estás cuestionando mi generosidad?

El tono de su voz era una advertencia. Idris comprendió en ese instante que ya no tenía control sobre el destino de Karen. Layla había desaparecido a su hermana, y él no podía hacer nada al respecto. Fue entonces cuando comprendió su verdadero lugar en la mansión: no era un amante, no era un socio… era un esclavo con la esperanza rota.

Con el tiempo, la esperanza de encontrar a Karen se desvaneció, pero su lealtad a Layla permaneció intacta, porque en el fondo, aún soñaba con verla de nuevo. Soñaba con encontrarla sana, convertida en una mujer normal, con una carrera, con una vida que él nunca pudo darle.

Cada noche, cuando se encontraba solo, pensaba en ella. Recordaba su risa infantil, la forma en que le pedía que le contara cuentos antes de dormir, la emoción con la que hablaba de su futuro, de todas las cosas que quería hacer cuando estuviera mejor. Y cada noche, juraba que haría cualquier cosa por recuperar a su hermana, incluso si significaba seguir arrodillado ante Layla hasta que encontrara la forma de arrebatarle el control.

Ahora, mientras caminaba por el largo pasillo de la mansión, sintió el peso de esa promesa más fuerte que nunca. Sabía que el día de su venganza llegaría. Sabía que un día encontraría a Karen, sin importar el precio que tuviera que pagar.

Y cuando ese día llegara, Layla pagaría por todo.

Idris cerró los ojos un momento antes de continuar su camino. Había aprendido a esconder su dolor, a fingir que Layla no le había arrebatado lo más importante de su vida. Pero en el fondo, sabía que la lucha no había terminado. Cada orden que cumplía, cada sacrificio que hacía, era un paso más hacia el único objetivo que realmente le importaba.

Recuperar a Karen.

El Hombre de las Sombras

La noche caía sobre la ciudad con una brisa gélida que arrastraba el eco de un imperio en ruinas. En las calles, rumores oscuros circulaban entre quienes alguna vez temieron el nombre de Don Julián. Pero ahora, su ausencia era un misterio que nadie se atrevía a cuestionar en voz alta. Había desaparecido como si nunca hubiera existido, dejando tras de sí solo el polvo de su legado caído.

Sin embargo, en un despacho oculto, un hombre observaba la ciudad desde lo alto de un rascacielos. Su silueta imponente se recortaba contra la ventana, con un vaso de whisky en la mano y una mirada calculadora. No era un espectador pasivo; él había movido las piezas necesarias para que todo colapsara.

—Todo está saliendo según lo planeado —dijo en voz baja, girando apenas su cabeza hacia el hombre a su derecha.

El interlocutor asintió con respeto.

—Las cuentas de Don Julián han sido drenadas, sus aliados lo han abandonado y el sistema lo busca sin descanso. Es como si nunca hubiera existido.

El hombre misterioso sonrió con una frialdad perturbadora y tomó un sorbo de su bebida.

—Aún falta algo. Layla —musitó—. Su reinado no puede continuar.

El interlocutor tragó saliva.

—Señor, Layla no es como Don Julián. Ella es más astuta, más calculadora. Si vamos contra ella, debemos hacerlo con precisión absoluta.

El hombre misterioso dejó su vaso sobre la mesa con un leve golpe.

—Lo sé. Y es por eso que tenemos que usar su punto más débil contra ella. Idris.

Su mirada se endureció. Este hombre no era un simple rival comercial ni un enemigo reciente. Era alguien que había sido dañado por Don Julián y su red. Su conexión con el inframundo era más profunda de lo que nadie imaginaba. Su nombre había sido borrado de los registros oficiales hace años, su existencia reducida a un mito entre aquellos que sabían demasiado.

Había sido un hombre con un futuro brillante, con una vida antes de que Don Julián la arrebatara de sus manos. Su esposa había sido víctima de la red de trata, su cuerpo hallado sin vida, marcado por el horror y la violencia. Desde ese día, su única misión había sido la venganza.

Pero Layla… Layla no era como Don Julián. Ella era un depredador distinto, uno que controlaba desde las sombras, un ente que no dejaba rastros de sus crímenes. Y eso lo enfurecía más.

Mientras tanto, en la mansión de Layla, la tensión era palpable. Idris había salido en busca de Don Julián por orden de su ama, pero Layla no era una mujer que confiara en la suerte. Algo en el aire la inquietaba.

Sentada en su sillón de cuero negro, jugueteaba con la copa de vino en sus manos, su mente analizando cada movimiento reciente. Sabía que la caída de Don Julián era solo el primer acto de un juego mucho más grande.

Esmeralda, que estaba de pie cerca de la chimenea, la observaba con cautela. Había aprendido a leer los silencios de Layla, y este era uno de preocupación disfrazada de indiferencia.

—¿Pasa algo, Layla? —preguntó con suavidad.

Layla levantó la mirada y sonrió con esa expresión que nunca revelaba más de lo necesario.

—Algo está cambiando, querida. Y quiero asegurarme de que estamos listas para lo que viene.

Pero en el fondo, Layla sentía un frío que pocas veces la había tocado. Solo había un hombre capaz de desmantelar un imperio con tal precisión y limpieza. Solo una persona conocía los métodos para borrar a alguien del mundo sin dejar rastro.

—No puede ser… —murmuró, apretando la copa de vino con más fuerza de la necesaria.

Esmeralda frunció el ceño.

—¿Quién? ¿A quién temes?

Layla se levantó y caminó hasta la ventana, observando las luces de la ciudad.

—El único hombre que jamás debió haber vuelto.

Sabía que si él estaba detrás de la caída de Don Julián, entonces ella era la siguiente en su lista.

En otro punto de la ciudad, Idris se movía entre sombras. Su búsqueda de Don Julián no había dado frutos, y eso lo inquietaba. Pero lo que más le preocupaba era la sensación de que alguien más estaba moviendo los hilos. Alguien que no se había mostrado aún.

De pronto, su teléfono vibró. Un mensaje sin remitente apareció en la pantalla.

"Deja de buscar a un muerto y preocúpate por lo que realmente importa. Tu hermana sigue con vida."

El corazón de Idris se detuvo por un instante. Un fuego antiguo se encendió en su interior, y por primera vez en años, sintió que su camino no estaba atado solo a Layla.

Su hermana estaba viva. Y estaba dispuesto a quemar el mundo para encontrarla.

Idris miró la pantalla por largos segundos, su pulso acelerado. Nadie sabía la verdad sobre Karen, nadie salvo Layla… ¿o acaso no era así?

—¿Quién eres? —susurró al teléfono, pero no obtuvo respuesta.

Se movió con rapidez, alejándose de la calle principal y ocultándose en un callejón oscuro. Intentó rastrear el número, pero su pantalla solo mostraba un código encriptado, un sello que él reconocía: una marca de alguien con acceso a información privilegiada.

Una figura emergió de la penumbra, con un abrigo largo y un cigarro encendido entre los dedos.

—No hagas preguntas innecesarias, Idris. Tienes una sola opción: elegir qué es más importante para ti. Layla… o tu hermana.

Idris apretó los puños, su mente luchando entre la lealtad y el deseo de recuperar lo que más amaba.

—Si ella está viva… dime dónde está.

El hombre misterioso exhaló el humo lentamente.

—Todo a su tiempo. Primero, tendrás que demostrar que realmente la quieres de vuelta.

El viento sopló con fuerza, llevando consigo las últimas cenizas de un imperio caído, mientras Idris comprendía que su mundo estaba a punto de cambiar para siempre.

En la oscuridad de su despacho, el hombre misterioso apagó su cigarro y tomó una fotografía de su bolsillo. En la imagen, una joven con una cicatriz en la mejilla le sonreía.

—No dejaré que lo que te hicieron quede impune —murmuró, su voz cargada de promesas rotas y venganza.

El destino de Layla, Idris y Esmeralda ahora estaba en sus manos.

La Caza Comienza

Layla contemplaba la ciudad desde la ventana de su dormitorio, con una copa de vino entre los dedos y una expresión impenetrable. Aunque intentaba mantener la compostura, el aire a su alrededor vibraba con una tensión latente. Sabía que alguien había movido las piezas en su contra, alguien que no debía estar aquí.

—Él ha vuelto —susurró, casi para sí misma.

Detrás de ella, Esmeralda se removió incómoda en el enorme lecho de satén. Había visto muchas facetas de Layla, pero nunca la había sentido verdaderamente inquieta.

—¿De quién hablas? —preguntó con cautela.

Layla se giró lentamente, dejando la copa sobre una mesa de mármol. Su mirada se encontró con la de Esmeralda, intensa y calculadora.

—De alguien que jamás debió regresar. Un fantasma del pasado… alguien que conoce demasiado.

Esmeralda frunció el ceño, pero no insistió. Aprendió que Layla solo revelaba lo que consideraba necesario. Sin embargo, el aire en la habitación parecía haberse vuelto más denso, cargado de una amenaza invisible.

Layla avanzó hacia Esmeralda y, con un gesto lento, deslizó los dedos por su clavícula, dejando un rastro de calor en su piel.

—No quiero distracciones ahora, cariño —murmuró, inclinándose para rozar sus labios con los de Esmeralda—. Pero necesito que estés lista. Todo está a punto de cambiar.

Mientras tanto, en una bodega abandonada en los muelles, Idris enfrentaba al hombre misterioso. El aire estaba impregnado de humedad y óxido, y la única luz provenía de un viejo farol titilante.

—Dime dónde está mi hermana —exigió Idris, su voz un gruñido contenido.

El hombre encendió otro cigarro con parsimonia antes de responder.

—Karen sigue con vida, pero está fuera de tu alcance… por ahora —dijo con calma, estudiando cada reacción de Idris—. Si realmente la quieres de vuelta, debes hacer algo por mí.

Los ojos de Idris ardieron de furia.

—¿Qué quieres? —preguntó, aunque en el fondo ya sabía la respuesta.

El hombre exhaló lentamente el humo y sonrió con frialdad.

—Layla. Derríbala desde adentro. Quiero verla caer, quiero que pierda todo, como yo lo perdí.

Idris sintió un nudo en el estómago. Había servido a Layla por años, había sido su sombra, su protector… pero su hermana era lo único que realmente le importaba.

—Si acepto, ¿cómo sé que cumplirás tu parte? —su voz fue apenas un susurro.

El hombre misterioso sacó un sobre de su abrigo y lo deslizó hacia Idris.

—Dentro hay una foto reciente de Karen. Está viva, y esto es solo el comienzo. Haz lo que te pido, y te llevaré hasta ella.

Idris tomó el sobre con manos temblorosas. Su mundo estaba a punto de romperse en dos.

—¿Y si me niego? —desafió.

El hombre sonrió con una tranquilidad escalofriante.

—Entonces nunca volverás a verla.

El silencio se extendió entre ellos como una cuerda tensa a punto de romperse.

De regreso en la mansión, Layla cerró los ojos un momento antes de hablar.

—Es hora de prepararnos. La caza ha comenzado… y esta vez, no seré la presa.

Con un movimiento elegante, tomó su teléfono y marcó un número secreto. Alguien respondió al otro lado de la línea.

—Necesito información. Quiero saber quién está detrás de todo esto… y si es quien sospecho, lo quiero muerto.

La batalla por el control estaba a punto de desatarse.

Esmeralda observó el rostro de Layla, viendo algo en ella que rara vez se manifestaba: vulnerabilidad. Un instante después, desapareció, reemplazada por la mujer feroz e implacable que siempre había conocido.

Layla colgó la llamada y se acercó lentamente a Esmeralda, tomándola del mentón con firmeza.

—Esta noche, cariño, serás más que mi consuelo. Necesito recordarle a todos que sigo siendo la reina de este juego.

La besó con una intensidad feroz, como si con ese acto estuviera sellando una promesa de guerra.

En un despacho oculto, el hombre misterioso observaba el reflejo de la ciudad en el cristal. No era un simple jugador en esta partida; él movía las piezas desde las sombras. Y esta vez, no iba a perder.

—Corre, Layla —susurró, tomando un trago de whisky—. Vamos a ver cuánto puedes durar.