Xtories

La becaria

El viaje de formación prometía ser solo profesional, pero la noche cambió las reglas. Entre confesiones a media luz y miradas cargadas, la becaria descubrió que su inocencia era la moneda de cambio en un juego donde ella no conocía las reglas. ¿Hasta dónde llegaría su sumisión antes de descubrir la verdad?

AlbertoXL17K vistas8.8· 12 votos

Cuando don Ramón, mi jefe, me explicó que aquel congreso de farmacia superaría todas mis expectativas, nunca imaginé a qué se refería. Es más, aquel viaje era una especie de premio por mi desempeño durante el contrato de prácticas que estaba a punto de finalizar, un viaje con todos los gastos pagados durante el cual actualizaría mis conocimientos en diabetes y conocería a gente influyente en el sector. Por un lado, supondría un fin de semana encerrada escuchando conferencias más o menos interesantes, pero por otra parte también podría visitar gratis una ciudad desconocida.

Yo era la única representante de mi empresa, de modo que la primera noche me senté a cenar con varias personas a quienes acababa de conocer. Afortunadamente la mujer que tenía al lado era muy simpática e interesante. Se llamaba Charo, y dada su larga experiencia como representante farmacéutica no le faltaban anécdotas que contar. Gracias al vino blanco el ambiente se fue relajando y acabé pasando un buen rato.

A Charo apenas le faltaban diez años para jubilarse, de modo que en cuanto terminó de cenar anunció que se iba a la cama. Eso sí, antes de marcharse, se me acercó de manera intrigante y me hizo una advertencia.

― Si te quedas, ten cuidado. Seguro que intentan ligar contigo. ¡Aunque, qué puñetas! Tú aún eres joven y puedes dejarte engañar… ―se rio con picardía, y tras darme un par de besitos se marchó a dormir.

Me acerqué a la barra y pedí una batida de coco con zumo de piña. No me apetecía mucho beber y tampoco pensaba trasnochar demasiado.

No había pasado mucho tiempo cuando se me acercó un hombre y se presentó. Se llamaba Alberto, era alto, elegante y mestizo. Sí, tenía rasgos árabes, labios gruesos y piel oscura. Recordé al instante el consejo de Charo y, por la forma en que Alberto me miraba, supe que intentaría llevarme a la cama. Aunque yo tuviese bien a la vista mi anillo de casada, una mujer es una mujer.

Intentando halagarme, el mulato dijo estar seguro de que yo no había asistido antes a ese congreso, pues de lo contrario se acordaría de mí. Divertida por su descaro a la hora de ligar le confirmé que sí, que era novata.

Entonces aquel hombre hizo algo que no me esperaba. Se volvió hacia el final de la barra y, mediante señas, le indicó a otro tipo que se acercara. La verdad es que me dejó desconcertada que el mulato llamase a un amigo si estaba tratando de enrollarse conmigo, pero bueno, en el fondo me daba igual porque lo que yo necesitaba era dormir y no lo que él estaría pensando.

― Hola, soy Luis ―se presentó sucintamente su amigo— Encantado.

El chico parecía bastante más joven que Alberto, de hecho tendría más o menos mi edad. No era tan alto, ni tan corpulento, pero su pelo castaño claro y su complexión delgada le daban ese aire bribón tan sugestivo a ojos de una ingenua como yo que no había hecho en la vida otra cosa más que estudiar. Es decir, el muchacho me cayó bien desde el principio, pues no paraba de hacer bromas y tenía respuesta para todo, pero era todavía más lanzado que el mulato y, antes de que terminase la canción que estaba sonando, se acercó a mi oído y comentó que por lo poco que se veía de mi sujetador, debía estar muy elegante en ropa interior. La verdad es que, cada uno en su estilo, los dos resultaban ciertamente seductores.

Se ofrecieron espontáneamente a ser mis benefactores en el congreso, prometiendo que al día siguiente me presentarían a gente influyente en el sector. Me gustó la idea, estaría genial poder mencionar esos encuentros en la memoria que debería presentar a mi jefe, de modo que acepté encantada. Después de todo, aquella primera tarde de congreso iba a resultar muy divertida y provechosa.

No obstante, y a pesar de que insistieron en que me quedara a tomar una copa, no tardé en decirles que estaba agotada por el madrugón y el largo viaje y, tras un par de castos apretones de manos, me fui sola a mi habitación.

Al día siguiente, Charo se sentó a mi lado durante el desayuno. Al poco apareció Alberto, y preguntó si podía acompañarnos. Por supuesto ambas respondimos afirmativamente, pero cuando Alberto dijo que me conocía de la noche anterior Charo me miró de forma inquisitiva, como diciendo: “¡Serás zorra!”. Me dije que más tarde tendría que explicarle a la veterana que entre el mulato y yo no había pasado nada.

Poco después, apareció el otro joven y también se sentó con nosotras a desayunar. La verdad es que fue una suerte, no esperaba hacer tan buenos amigos en aquel congreso. Lo pasaba muy bien con todos ellos. Charo inteligente y con carácter, Alberto maduro y cautivador, y Luis más joven y desinhibido.

Saltaba a la vista que, a pesar de sus diferencias, ambos se cuidaban. Se mostraban esbeltos y elegantes, bromeaban con educación, tratándonos en todo momento de forma muy cortés y considerada y, aunque cada uno a su modo, ambos resultaban muy varoniles.

― Perdona que te pregunte, ¿qué colonia usas? ―le pregunté al mulato en un momento dado.

― BOSS Bottle, ¿por…?

― No, por nada —sonreí— Es que no estaba segura.

Pero la verdad era que el olor de ese hombre me resultaba terriblemente afrodisíaco. Luego, durante el desayuno, estuvimos hablando de nuestras respectivas empresas, de cómo el sector se estaba adaptando a la nueva normativa sobre fármacos genéricos y demás.

Charo nos recomendó las charlas que ella consideraba más interesantes y seguimos su consejo. Al final estuvimos toda la mañana juntos y los tres me presentaron a directivos, importadores e investigadores, y también compartimos el buffet de mediodía. En fin, formábamos un grupo de lo más divertido y variopinto.

Las sesiones de después de comer podían habérselas ahorrado. Menudo sopor…

Una vez que por fin terminaron las tediosas ponencias acordamos ir a cenar por ahí en lugar de hacerlo en el hotel. Yo comenté que quería ir a mi habitación a ducharme y ponerme algo más cómodo, así que quedamos en la recepción del hotel al cabo de una hora.

Cuando vi a Charo aparecer me quedé pasmada. La verdad es que para su edad no se conservaba nada mal, claro que siendo vegetariana lo tenía bastante fácil. El rotundo resonar de sus tacones causó sensación en la fastuosa recepción del hotel. Todos sin excepción, tanto ellos como ellas, se volvieron a mirarla.

Charo, vestida con la más fina seda color burdeos, destacaba en ese lugar atestado de gente. Caminaba muy recta, con el brillante bolso de mano a un lado, el cabello recogido en un moño perfecto bajo un sombrero inclinado lo justo, con una espectacular redecilla negra a los años 50 que le oscurecía los ojos. Se había puesto unas sofisticadas medias de rejilla, y lucía unos zapatos flamantes de puro nuevo. En resumen, sin abrir la boca ni hacer nada salvo caminar, Charo consiguió que el resto de mujeres allí presentes nos sintiésemos insignificantes.

Yo misma, vulgarmente discreta, había optado por mi vestido favorito de Adolfo Domínguez, una elegante prenda de punto en tono gris oscuro estampada con aros entrecruzados de colores cálidos.

Fuimos andando a un restaurante cercano al hotel, y ya en el mismo trayecto no paramos de contar divertidas historias en tono distendido. Había confianza entre nosotros y nos divertíamos mucho.

Al día siguiente la clausura del congreso no empezaría hasta las diez, así que después de cenar nos quedamos allí a tomar una copa. Más tarde, cuando nos quedamos solos en el restaurante, decidimos ir al bar del hotel y aprovechar que aún era pronto para irnos a dormir. Casi todos los clientes que allí había eran asistentes al congreso que, tras tantas horas juntos ya se comportaban como compañeros de instituto, creando un ambiente distendido y alegre en el que los más intrépidos incluso se atrevían a bailar.

Acababa de apurar mi segunda copa de la noche cuando noté que el alcohol se me empezaba a subir a la cabeza y que el tiempo fluía dócilmente río abajo. Sí, lo estaba pasando genial, y más cuando en un momento dado el joven Luis se aproximó a mí y, tomándome de la mano, me invitó a bailar. La verdad es que me apetecía muchísimo, de modo que me contoneé a un lado y al otro, intentando seguir su ritmo.

Sorprendentemente, el rubio se comportó en todo momento de forma correcta y no intentó en ningún momento meterme mano con la excusa del baile, cosa que, como ya digo, me extrañó bastante. Irónicamente, fue Charo, la más veterana de los cuatro, quien no pareció nada conforme con que Luis me sacase a bailar. No hizo falta que dijese nada, con una mirada circunspecta, de soslayo, los brazos cruzados y más tiesa que un sargento de la legión, Charo me dejó claro que me sacaría los ojos si intentaba seducir al chico.

La verdad era que no me había percatado hasta entonces, pero al parecer se había amañado la asignación de parejas. Si en un ataque de locura decidía tener sexo, debería ser con el hombre más mayor, y de piel tono café con leche. Esa injusta apropiación por parte de Charo, fue una de las razones por las que me opuse a ir a un pub cuando los camareros nos informaron que la barra estaba cerrada. La otra razón fue que ya era la una de la madrugada y llevaba desde las siete en pie. Entonces Luis, infatigable emprendedor, dijo que había visto cerca una tienda 24horas y se ofreció a comprar un kit de botellón para tomar la última en su habitación. Acabamos yendo los cuatro, y ya de dos en dos.

Nada más salir del restaurante, Charo se agarró del brazo de Luis. El muchacho, muy extrovertido, no paraba de hacer parodias de los conferenciantes, provocando una vez tras otra las carcajadas de una mujer al menos veinte años mayor que él. Tras una breve deliberación, nos decantamos por la ginebra que, según afirmó Alberto, no provocaba tanta resaca como el ron o el whisky.

Fue en el camino de vuelta al hotel cuando Charo se empeñó en que subiésemos a su habitación en vez de a la de Luis, lo cual me pareció una excelente idea, pues no sé por qué, pero de alguna forma me sentía más cómoda así.

Como cabe imaginar la habitación del hotel tenía un mobiliario escueto. Charo y Luis se sentaron en el borde de la cama y, cediéndome el sillón, Alberto utilizó la silla del escritorio.

Como ya he dicho, yo llevaba un vestido elegante, aunque bastante ceñido a todas mis redondeces. También había ensalzado mis piernas con unas medias oscuras y zapatos de tacón a juego con el vestido, y por eso al sentarme hube de esforzarme para que no se me viera nada.

La última se nos terminó yendo de las manos. Para cuando nos hubimos bebido tres cuartos de la botella ya nos reíamos de cualquier cosa. Estuvimos hablando de todo: de los jefes, de los amigos, de nuestros maridos y de las ex de Luis y Alberto. Al igual que yo, Charo estaba casada, Alberto en cambio se había separado y Luis seguía soltero y sin compromiso.

Sin saber muy bien cómo, la conversación desembocó en el sexo, y más en concreto sobre nuestras propias experiencias y fantasías. Así fue como terminé confesando que mi idea más loca y morbosa sería hacerlo con dos hombres al mismo tiempo. Y claro, Charo, bastante achispada, no dudó en bromear.

― Ah, pues nada mujer, aquí tienes a dos voluntarios. Vamos, no creo que ninguno te ponga pegas…

― ¡No! ¡No, por Dios! ―le reí la ocurrencia y, colorada de vergüenza, me levanté para ir al baño. Demasiada ginebra. Aquello se estaba desmadrando, y traté de convencerme de que más me valdría dejar sin acabar la copa que tenía a medio.

Cuando salí del baño me quedé pasmada. Charo y Luis ya estaban dándose el lote sobre la cama. Aparentemente había sido Charo la que se había abalanzado sobre el muchacho, ya que éste estaba tumbado sobre la cama y era la madura quien, a horcajadas sobre Luis, le comía profusamente la boca.

Alberto observaba el espectáculo con su gin-tónic en la mano y cómodamente sentado en primera fila, pero en cuanto me vio salir, se incorporó y se acercó a mí.

― ¿Nos unimos a la fiesta? ―preguntó con malicia.

El mulato había puesto descuidadamente una mano en mi cintura, y si bien se trataba de un hombre alto y corpulento, me acariciaba el costado con tanta delicadeza que esa contradicción me excitaba sobremanera. Si ya había pasado al baño bastante perturbada por la insinuación de Charo, ahora mi corazón latía a toda velocidad. La idea de follarme a aquel hombre nubló súbitamente mi pensamiento. Pero…

― No, gracias ―conseguí balbucear, pugnando por contener mi incipiente deseo.

Alberto me miró intensamente, y fue subiendo su mano hacia mi barbilla.

― Quieres hacerlo, lo veo en tus ojos.

― Claro que quiero, me muero de ganas… Pero no puedo. Estoy casada y no me lo perdonaría.

El seductor ejecutivo continuó mirándome fijamente, regodeándose en mi ofuscación, deleitándose al pasar su pulgar sobre mis labios. Fue algo instintivo, un acto reflejo. De que quise darme cuenta de lo que hacía, ya chupaba aquel arrogante dedo como si de un caramelo se tratase, resobando con mi lengua, sorbiéndolo entre mis mejillas.

Me hallaba totalmente subyugada, mamando su pulgar como una buena esposa, diligente, atenta, solícita con las necesidades de su hombre, cuando de pronto él tomó mi mano y la guió hasta un objeto sólido y terriblemente caliente. No la podía ver, pues mis ojos estaban atados a la oscura mirada del mulato, pero no dudé ni un instante en que lo que aquel hombre poseía era lo más sobrecogedor que había agarrado en toda mi vida.

Él me mostró cuál debía ser la cadencia, e instintivamente obedecí sus indicaciones igual que una perra, mirando con devoción a mi amo. En tanto me esforzaba por portarme como una buena chica, Alberto se soltó el nudo de la corbata y acto seguido procedió a vendarme los ojos con ella, meticulosamente, sin dejar ni un resquicio por donde ver.

― Dado que deseas ser una esposa leal… —le escuché decir, con voz alta y clara—, quiero que pruebes un nuevo dispositivo que hemos desarrollado para satisfacer a mujeres como tú, ¿qué te parece?

― Grande —respondí con inquietud, maravillada con la tensión a la que estaban sometidos tanto mis ojos como la suave piel de su polla.

El mulato rió mi ocurrencia, que no podía haber sido más genuina.

― No te preocupes, preciosa —indicó con malicia— Lo importante es que, mediante esta sencilla técnica, puedes imaginar que estás en compañía de tu esposo.

— Si tú lo dices… —declaré, escéptica, dudando que lograse ignorar las sutiles diferencias.

Curiosamente, fue tan gracioso imaginar ese pollón entre las piernas de mi esposo que no tardé ni dos segundos en masajear de manera vigorizante aquel formidable dispositivo hecho para mujeres como yo. Mi respiración se volvió intensa, entrecortada, y no precisamente por el esfuerzo que suponía menear con ambas manos aquellos veinte centímetros de roca.

— ¿Cuál es su apellido de casada?

— Hernández —jadeé.

— Muy bien, señora Hernández. Póngase de rodillas.

No sentí molestia ni resentimiento alguno cuando acaté aquella orden tajante, ni tampoco cuando Alberto me acarició el pelo con benevolencia. Solo había lugar para una cosa en mi mente, y esa cosa no era otra que el formidable cilindro que en ese mismo instante me obligaba a abrir la boca de manera grotesca.

Seguía sin poder verlo, pero al menos ahora era perfectamente consciente de hasta qué punto el miembro de mi supuesto esposo se había vuelto formidable. Con todo, cabeceé adelante y atrás lo mejor que pude, a pesar de lo aparatoso de la tarea, y aproveché cada pausa para tomar aire y recorrer con mi lengua toda su nudosa envergadura.

Se me hacía la boca agua, pero es que la felación siempre había sido uno de mis pequeños vicios. De manera que en aquel momento me sentía más feliz que una adolescente en una tienda de zapatos. Aquella era la polla más deliciosa y embriagadora que había tenido entre los labios en toda mi vida, y como tal la chupé y relamí como una gatita en celo.

Fue entonces cuando Alberto se inclinó hacia delante para subirme la falda del vestido de punto y tirar con saña de la parte de atrás de mi braguita. De esa pérfida forma, el mulato hizo que mi prenda íntima se introdujera a lo largo del surco de mi sexo, estimulando mi exultante clítoris de un modo atroz.

El aguijonazo que recibí fue más de lo que ninguna mujer, casada o no, hubiera podido soportar. Fue un golpe bajo, un sucio truco, una malvada artimaña para hacerme perder el control de mis actos. Amordazada como me encontraba, me vi forzada a soportar la sublevación de mi pelvis, pues ésta comenzó a sacudirse simulando el acto sexual con un ansia deplorable.

Entonces rogué, imploré bondad, supliqué misericordia para una pecadora como yo, para una esposa adúltera, una furcia presa de la lujuria. “Dios mío, por favor, deja que me corra primero…”.

Rato después, un torrente cálido y denso desbordó las comisuras de mi boca y corrió raudo en su caída hacia mi pecho. Aún así, a pesar de que sentía su esperma pegado a las encías, mis labios siguieron ceñidos a su falo y mi lengua continuó adorando su glande con devoción. Se lo había ganado, el condenado mulato me había hecho gozar como hacía siglos que nadie lo conseguía. Había sido un orgasmo demoledor, agónico, de esos que se hacen de rogar para luego absorberlo todo y hacerte rabiar durante unos gloriosos segundos, unos instantes donde no hay nada más en el mundo, nada salvo un placer lacerante, total e infinito.

Luego de unos minutos, cuando Alberto retiró su corbata de mis ojos, pude comprobar que seguía tan elegantemente vestido como minutos antes. A parte de que mi mentón y mi escote estuviesen parcialmente cubiertos de semen, nada sugería que hubiese pasado algo anormal. Y sin embargo él me observaba con gesto serio, reprobador, y entonces vi la cucharilla de plástico que sostenía en la mano derecha. Una a una fui tomando cada cucharada que él acercó a mis labios. Las primeras, que iban llenas hasta el borde, las tragué sin más, pero las últimas, aquellas que él tan cuidadosamente rebañó de mi barbilla, las saboreé de manera libidinosa.

— Te lo volveré a preguntar, ¿quieres que te folle?

Me lo tuve que pensar, ¡vaya que sí! Realmente me hubiera encantado tenerlo dentro. No tenía duda de que sería un buen amante, pues ni siquiera había dejado rastro de su anterior fechoría.

— Gracias, Alberto, de verdad. Pero será mejor que lo dejemos aquí —y como sentía que le debía una explicación, se la di.

Si bien podría asimilar lo ocurrido, pensar inocentemente que, tal y como había sugerido Alberto, todo había sido producto de mi imaginación, ello sería del todo imposible si Alberto amaestraba mi coño a la medida de su miembro. No, ya no sería la misma mujer, y entonces mandaría un “Qué tal?” a ese ex novio, el mejor de todos; y luego a ese amigo de mi esposo que tan bien me mira; y a ese compañero del laboratorio cuyo trasero nos tiene locas; y al repartidor de mensajería... No, no, no debía, aún tenía el sabor del semen en mi boca y ya estaba pensando en el condenado paquete de los jueves a medio día.

Alberto, resignado, se acercó a la cama donde Charo y Luis seguían a lo suyo. Puso su mano en la espalda de Charo y cuando ésta se giró le dijo algo al oído. La mujer se volvió hacia mí y mirándome empezó a acariciar sobre el pantalón la afligida erección de Alberto. Sonreía. Sí, la muy zorra se reía de mí. Aunque estuviese tan casada como yo, Charo no pensaba dejar escapar la oportunidad de pasarlo a lo grande.

Ahora sé que debería haberme marchado en ese mismo momento, pero la intensidad de los acontecimientos que se precipitaban frente a mí me paralizó por completo. El comportamiento tan apasionado, desinhibido e impropio de una mujer de la edad de Charo me fascinaba. No podía entender que una mujer aparentemente normal, evidentemente madura, se comportara de esa manera. Además, ansiaba ver como acababa el órdago que la veterana había lanzado al más joven de los dos hombres, de modo que me acomodé de nuevo en el sillón y me mentalicé para ver mi primer show erótico en vivo.

Un instante después Luis desabotonaba la blusa de Charo e introducía la mano en pos de su pezón. Ella jadeó y no dudó en responder al chico introduciéndole la lengua en la boca. Aquello era sólo el comienzo, pero la madura distaba mucho de mostrarse intimidada o en inferioridad de condiciones ante el resuelto muchacho.

Aunque yo no participase, me sentía extrañamente agitada, subyugada por la excitación ambiental, nerviosa a causa de mi inquietud sexual. La situación tenía un morbo insólito para mí, pues jamás había presenciado cómo le hacían el amor a otra mujer. Aunque fuera como espectadora, no podría negar que estaba disfrutando de lo que veía. Nunca había presenciado nada igual.

Alberto, de pie junto a la cama, deslizó los dedos a lo largo de la espalda de Charo, desde la esbelta nuca hasta el soberbio culazo. Charo, centrada en besar el cuello y el torso de Luis con verdadera devoción, ni siquiera pareció percatarse. Resultaba sobrecogedor verla anhelar desesperadamente el cuerpo del chico, tan fibroso, ligero, potente, refulgente de juventud.

Entonces el mulato se equivocó, pues apretó con saña un puñado de la pálida y suave piel del trasero de Charo, marcándola con las uñas.

― ¡AAAGH! ―gruñó ésta con estupor, propinando un certero golpe al antebrazo del mulato— ¡Oye, que si la chica no quiere nada contigo, no es culpa nuestra! ¡No nos molestes… Llevo un año esperando esto!

De pronto comprendí que había algo más entre Charo y el muchacho, algo que yo ignoraba, un pasado. Pero Luis la dejó en bragas y sujetador en un instante, por lo que apenas pude pensar en ello. Ahora el joven recorría centímetro a centímetro aquel voluptuoso cuerpo, torneado no sólo por el tiempo, sino por la maternidad, por cada paso, éxito y fracaso de esa mujer a lo largo de su vida. Luis no sólo la acarició con sus dedos, sino también con la lengua y con labios hambrientos de deseo. Y no obstante fueron los aullidos de aquella loba vieja, la emoción de verla entregarse en cuerpo y alma, lo que hizo que empezase a pensar en tocarme.

Alberto, cabizbajo, caminó hacia la otra butaca y se me quedó mirando con resentimiento. Envidiaba a su amigo que, a diferencia de él, ahora tenía la entrepierna de una mujer empapando sus dedos. Sí, él también contempló el repentino respingón de Charo, seguido de un suspiro de alivio, cuando Luis llenó con sus dedos el vacío que había atenazado a la madura durante meses.

Una historia, un escabroso relato de ternura y sexo, se fue revelando en mi cerebro. En esa película, Charo tutelaba a un alumno en prácticas, lo llevaba a un hotel al finalizar la jornada de trabajo y lo instruía en el arte de amar. Forzando el guión, puede incluso que aquella señora fuese la primera mujer para un chico que, agradecido, correspondía su generosidad absorbiendo cada consejo del mismo modo que sorbía entre sus muslos en ese mismo momento. Imaginé una serie donde, capítulo a capítulo, año tras año, aquella mujer cada vez más madura esperaba con ilusión volverse a encontrar con un joven cada vez más hombre.

¡OOOGH! ¡UMMM!

Charo se agitó en la pasión de su admirador, y se revolvió y volcó sobre él. Aún más depravada que el joven, buscó con urgencia entre cinturón, botones y cremalleras hasta dar con algo que lograra llenar su esencia vital. Su trasero se alzaba en el aire delante de mí cuando, una mano que pude identificar alzó el mástil que enarbola la virilidad de todo hombre. Y Charo, demasiado impaciente para quitarse las bragas, las apartó a un lado y lo fagocitó, fundiéndose con él, conformando un único organismo con cuatro brazos, dos bocas y un par de corazones.

Los primeros gemidos ayudaron a que nadie se diese cuenta de como me quitaba disimuladamente las bragas, o eso pensé yo, pues de repente giré la cabeza y mi mirada se cruzó con la de Alberto que, repantigado en la butaca, me observaba de forma inquietante, severa. Me había visto.

― ¡OOOOOOGH! ―la diosa del amor, la belleza y la fertilidad cabalgó sobre Luis destino al paraíso. Gozó con aquel trote, segura de que nada en el mundo podría hacerla más feliz. Y así continuó hasta desplomarse sobre el pecho del joven completamente rendida, agotada, consumida.

Entonces se dieron mutuamente un respiro y dejaron en paz sus cuerpos, por el momento. Solamente Luis la acariciaba el costado con dulzura, aguardando a que se recuperara. Con la cabeza ladeada sobre el hombro del chico, Charo yacía como muerta.

― Te gusta mirar, ¿eh? ―me preguntó súbitamente Alberto, sin ocultar su rencor.

— Mucho —afirmé alzando la barbilla, decidida a no dejarme avasallar.

― ¡Agh! ―protestó Charo, de repente molesta por tener que expulsar a Luis de su cuerpo— ¡Tengo que ir al baño, amor! —palabra ésta que acompañó con el beso apropiado.

Cuando nuestra anfitriona, sujetándose sus opulentos pechos mientras corría, desapareció tras la puerta del baño, yo exigí una aclaración por parte de alguno de los dos. Al margen de que Charo estuviera casada, no entendía porque me habían ocultado que ella y Luis tenían algún tipo de relación sentimental. Sin embargo, Alberto se volvió hacia su amigo y le felicitó por su suerte. Luis, con una sonrisa de oreja a oreja, era la viva imagen de la felicidad.

Cuando Charo salió del baño envuelta en una toalla, fue directamente hacia Luis, sin decir nada, como si Alberto y yo no estuviésemos allí. Reconozco que sentí envidia, envidia sana, de la buena, envidia de otra mujer irracionalmente enamorada de un jovencito que la apreciaba, admiraba, deseaba, mimaba y acogía entre sus brazos al menos un par de días al año.

Charo caminó como la reina que era hasta llegar a los pies de la cama. Irradiaba señorío, carácter y sabiduría. Y por eso lo que hizo a continuación fue tan sublime. En silencio, tiró del nudo de la toalla y se desnudó para él, mostrando a Luis todo lo que tenía, todo lo que era. Luego, a pesar del alarde de dignidad de la dueña y señora de aquella habitación de hotel, ésta echó al suelo la toalla y se postró de hinojos ante él.

― Ven aquí ―le instó a bocajarro, a la vez que se sujetaba el pelo con una goma. Y Luis fue y se paró frente a ella, con la erección por delante. Charo se iba a divertir.

La habilidad de Charo como felatriz se vio fielmente reflejada en el rostro del muchacho. Hasta yo tomé buena nota de un par de trucos que le vi hacer, como aquel caracolear con la lengua en círculos, primero en un sentido y luego en el otro, restregando con intensidad.

Cada vez que a aquella gata se le escapaba el ratón de entre las fauces, su presa se quedaba apuntando al techo, con las venas que la surcaban evidenciando lo dura que debía estar. Eso también me hizo sentir envidia: “A Alfonso ya no se le pone así”, lamenté casi sin darme cuenta, comparando cruelmente la imponente segunda erección de aquel joven con el impotente pene de mi marido que, dicho sea de paso, es mucho mayor que yo.

― Vas a hacer que me corra ―le advirtió Luis, toda vez que ella parecía haber perdido la razón.

Pero en cuanto éste le soltó el moño, Charo continuó mamando para lograr que ahora le colmase la boca con pasión. Al mirarme un momento, sin dejar de lamer, noté como la madura me invitaba de forma implícita a imitar su gula. No mordí el anzuelo, no deseaba que se me volviesen a caer las lágrimas al tragar el miembro del mestizo.

No hay forma de describir lo que pasó a continuación sin que resulte grosero. La cabeza de Charo fue bajando cada vez más, amenazando con hacer desaparecer a Luis por completo. El joven se retorcía de gusto, mordiéndose el labio mientras se sostenía con una mano al pecho de su compañera.

El frenesí de Charo me empujó a masturbarme a discreción. La sincronización entre sus labios y mis dedos era perfecta, como si hubiésemos ensayado ese baile mil veces. Su boca se abalanzaba ávidamente sobre la lujuriosa rigidez del miembro masculino, mis dedos volaban sobre mi clítoris repitiendo una y otra vez su conjuro.

Charo chupaba con una habilidad envidiable. Los gemidos desesperados del objeto de su amor mostraban como su excitación no dejaba de aumentar. Luis se retorcía cuando un roce lo hería, pero al momento un beso lo aliviaba. El placer era tan intenso y sinuoso que su cuerpo se contorsionaba incapaz de tolerarlo.

Aquella señora ya sólo buscaba tener en la boca el semen del joven al que amaba… Estaba totalmente desbocada, de manera que el único límite a su lujuria parecía ser su propia imaginación. Un fino hilo de trasparente saliva se balanceó aquí y allá antes del suicidio. Una tensa agonía se instauró entre los dos y, entre estertores de una pequeña muerte y lamentos de dolor, el torrente de babas que ya fluía entre los labios de afrodita cambió súbitamente de color. La abundante saliva que se derramaba por la comisura de su boca adquirió vida y sabor, y un delicado tono blanquecino impregnado con el ADN de su joven amante.

Despatarrada en el sillón, también yo estuve muy cerca de ser alguien mejor a través del orgasmo. De hecho, lo hubiera conseguido si Alberto no me hubiera agarrado del brazo para hacer que me levantara.

Mi madre me había dicho muchas veces que un hombre de verdad es aquel que nunca deja de jugar, que lee con el corazón, siente la música en el alma y hace lo que haga falta para defender a una mujer, pero lo que Alberto tenía intención de hacer no era nada de eso. No, y es que mamá también había dicho a mis hermanas mayores que se cuidaran de los chicos: “Si tienes aspecto tentador, los hombres se vuelven depredadores”.

El mulato acorraló mis pezones entre sus dedos y a mí contra la pared. Se demoró allí, haciendo que notase que algo me recorría el cuerpo, como si sus manos se hubieran desplazado hasta mi entrepierna. Por todo mi ser latió una carencia que ansiaba llenarse. Pero yo no sabía qué hacer, qué decir, así que me pegué a él para que Alberto hiciera lo que tuviese que hacer.

Mientras gozaba dispuse de tiempo para repasar lo que acababa de ocurrir. Alberto se me había quedado mirando un segundo, sin ver ni oír nada más. Caminó hacia mí con intención. Su mano me alzó, pero fue la fiereza de su expresión lo que me empujó contra la pared. Él me agarró por los hombros y me empujó con firmeza contra la superficie vertical.

Luego me sujetó los brazos contra los costados y, gracias a Dios, esa vez no pidió permiso. Me besó mientras empujaba su ingle contra la mía y su pollón se abría paso entre mis muslos. Como mujer casada me había acostumbrado a que me besaran con calma, despacio, no así. Al contrario que Charo, yo prefería que ellos tomasen la iniciativa, pero el mulato me miraba inquisitivo, frotando su miembro bajo mi vulva, adelante y atrás, adelante y atrás. ¡Estaba chorreando, por Dios! Su polla iba y venía con total fruición, chapoteando en mi ciénaga. ¡Si seguía torturándome así, me correría en cuestión de segundos!

Entonces se separó unos centímetros y me taladró con las profundas esferas pardas de sus ojos. Despacio, me bajó la cremallera del vestido y me ayudó a sacar los brazos para descubrirme los pechos. Se tomó su tiempo para examinarlos, mirarlos bien con ojos y dedos, y rodear mis pezones. Entonces, tomó el vestido de mi cintura y tiró hacia abajo, deslizándolo sobre mis caderas hasta que éste se arrojó al suelo voluntariamente.

Casi desnuda por primera vez ante él, jadeé e intenté taparme con las manos. Indiferente a mi candoroso pudor, el mulato me las apartó con suavidad y se tomó su tiempo para mirar mi cuerpo. Sentí con nitidez como me latía la entrepierna, como si toda mi sangre hubiera acudido allí. Él, sin dejar de mirarme, empujó de nuevo su erección contra mí vientre. Huí con timidez, alzándome sobre las puntas de los pies, pero él me levantó la barbilla.

— Mírame. Mírame a los ojos.

— Alberto… —sollocé.

Coloqué las manos detrás de sus hombros, deseando besarlo, pero él me mantuvo apartada y me forzó a esperarlo con los ojos. No sabía que el simple roce pudiera provocar tal deseo. Y entonces el mulato recorrió con sus manos mi ingle, mi pubis y coló sus dedos en el interior de mis muslos. Instintivamente, aparté un poco cada pie a un lado. Él se movió entre mis piernas para masajear con dulzura zonas que yo apenas sabía que existían.

Alberto me estaba preparando para recibirle, y lo que me hizo me llevó a echar atrás la cabeza y gemir. De pronto, me levantó en vilo y me asusté, pero sobre todo porque noté su miembro buscar una rendija entre mis piernas. Cooperé, arqueé la espalda y él entró en mí del único modo posible, haciéndome estremecer. Él creyó tomarme, pero en realidad fui yo quien lo hice mío. Fui yo quien se apoderó de él de una manera primitiva, ancestral, primigenia, anudando mis pies a su espalda y empujándole enérgicamente dentro de mí.

Entonces descubrí un rincón al que nadie había accedido antes que él, y es que Alberto era mi primer mulato. Lo hicimos de pie, pausadamente, pero también de forma contundente, hundiendo enérgicamente su miembro en mi sexo. Al principio mi expresión debía mostrar un enorme placer, pero a medida que aquella dura polla se adentraba más y más, abrí los ojos de puro estupor.

Mientras Alberto me follaba de una forma brutal y maravillosa, por encima de su hombro pude atisbar como Luis devolvía, lametón a lametón, el regalo que Charo le había entregado un momento antes. Consolaba a la mujer que lo estimaba y deseaba más que a nada en el mundo, devorando su angustia. Sin embargo, pronto me olvidé de ellos y me centré en vaciar al hombre que tenía entre las piernas. Pero él no me lo permitió.

Los ojos de Charo se abrieron de un modo espeluznante mientras su boca, igualmente desencajada, comenzó a jadear tan profundamente como debía alcanzar la lengua de Alberto. La experimentada señora ya no dejaba de resoplar, revolviendo suplicio y placer a manos llenas.

“¡Fóllame, cabrón!”, y sí, me horroricé al escuchar mi voz, pero él no, y sosteniéndome en vilo como nadie se había atrevido a hacer antes que él, Alberto siguió poseyéndome sin prisa, de un modo formidable, estrepitoso y obsceno contra la pared.

Me hallaba excitadísima y, aunque me avergüence reconocerlo, no tardé ni un minuto en alcanzar un clímax tan insano que me hizo sollozar a cada sacudida, temblando y convulsionando de pies a cabeza.

Al haberse aliviado justo antes, el mulato pudo vengarse por lo mal que se lo había hecho pasar. No sabría decir cuánto tiempo me estuvo follando, pero sí que casi acaba conmigo, y también que mis piernas se contrajeron alrededor de su cintura al menos media docena de veces. Al final Alberto se hundió en mí todo lo que pudo y me irrigó estrepitosamente con su esencia. Luego, mientras resollaba con mi frente apoyada en la suya y un escalofrío me recorría por sorpresa, observé con asombro como una insidiosa capa blancuzca fluía de mi vulva, porque ya no cabía más dentro de mí.

En silencio, unos en la cama y otros en el suelo, todos reposábamos exhaustos y satisfechos.

― Ummm, me vas a matar ―sollozó Charo, un minuto después, cuando las caricias del chico sobre su trasero empezaron a volverse explícitas, insinuando la posibilidad de una última y definitiva prueba de afecto.

Sonreí. La pobre señora ahí, aturdida, con flojera de piernas, follada hasta la catarsis y, aún así, respingó las nalgas, miró a Luis a los ojos, con cara de pena, y se lo dijo con la mente: “No puedo más, y por el culo, nada menos… Pero te deseo tanto que si me lo pides, te dejaré”.

― Sí, claro... ―alegó Luis con sorna, jugando con la yema del dedo en el último refugio de esa mujer donde desea meter su polla—, pero ¿y cuando Ramón se entere que tiene que pagar? Entonces, ¿qué?

― ¿Cómo has dicho? ―pregunté, creyendo no haber entendido bien.

― Es un juego —aclaró Alberto, todavía dentro de mí—, una apuesta entre Charo y tu jefe… Todos los años él envía aquí a su mejor becaria y, Luis y yo… En fin, ahora ya lo sabes —afirmó con una gran sonrisa.

En realidad todos reían, a carcajadas, los tres, de modo que agarré mi bolso y salí de allí sin bragas y rebosando indignación y algo más entre los muslos. Estaba más furiosa conmigo misma que con ellos o con mi jefe. Al fin y al cabo, lo que habíamos hecho era alucinante, Charo era ahora una amiga y hasta Luis me había caído genial y, no obstante no podía dejar de pensar que, además de dejarme follar, me había dejado tomar el pelo como la típica becaria estúpida.

Referencias:

— “La chica salvaje”, de Delia Owens.