Xtories

Mi mujer follada frente a mil ojos 👁️🍆🍑

Te sientas en la primera fila, sabiendo exactamente qué vas a ver. Tu esposa está desnuda en el escenario, y el hombre que la controla no eres tú. ¿Podrás soportar verla ser usada por otros mientras tú solo miras?

LittleMalaya28K vistas7.9· 14 votos

Llego y me siento en la primera fila. La butaca es vieja y cruje bajo mi peso.

El aire está cargado, caliente, con ese olor de teatro pequeño, de madera y tela antigua, mezclado con un remanente de otras funciones, un aroma espeso que siempre me resulta agradable.

Trago saliva y mi garganta se aprieta. Me he sentado cuatro butacas a la derecha de Diego Urzáiz, el director. Es el último día que ensayan, aunque no hacen un ensayo general al uso, sino un fin de semana de preparación.

Sé lo que voy a ver, y siento una punzada dura en el estómago. Sé que es real. Lo vi en los mensajes. Diego la llamó “puta obediente” y Carlota, mi esposa, respondió con corazones y emojis de diablo. Cada emoji es un latigazo.

En el escenario hay un futón negro, en el centro, que apenas se distingue del suelo negro. A la izquierda, en cuarenta y cinco grados, un sillón marrón oscuro, cuyas formarse recortan levemente contra la tela negra del fondo.

A la derecha, también en ángulo, un potro sexual. Pero no de tipo sofá, no. Más parecido a un banco de press, con apoyos para brazos y piernas más bajos que la superficie central en la que se pone el torso, y un añadido para colocar una cabeza con un agujero como el de las camillas de masaje, para hacer la cara de mi esposa más fácil de follar violentamente.

Sé que no es una actuación para ella, aunque lo disimule. Es actriz, pero no va a actuar. No sabe que yo lo sé, o quizás no está segura.

— Me encanta cuando me dominas así — decía Carlota en uno de los mensajes.

— Eso está bien. Pero si sólo lo hago yo es un juego para niñatas. Si eres mía, eres un objeto. Puedo hacer que te use cualquiera. Empezando por Javi en escena, y siguiendo por quien se me canten los cojones.

Ella respondió con emoticonos de salpicaduras. Los repitió, durante varios mensajes. Unas horas más tarde, de madrugada, habían más mensajes de ella, con más salpicaduras. Y más, unas horas después, hasta que volvía a aparecer Diego en un mensaje mañanero, diciendo “no se te ocurra llegar tarde, puta de mierda, o le doy el papel a la primera golfa que me encuentre”.

Y aquí estoy, esperando verlo.

Sobre el escenario, bajo luces suaves y anaranjadas, está mi mujer. Desnuda. Su piel reluce ligeramente por la temperatura del lugar, o por su nerviosismo, un brillo dorado que recorre su cuerpo. Parece una estatua, pálida bajo los focos, con las curvas exageradas por una luz cenital fuerte. Sus pechos llenos subiendo con cada respiración agitada y las sombras marcan su cintura estrecha, pronunciando aún más las anchas caderas.

Me saluda desde el escenario con la mano, una sonrisa breve. Pretende resultar cómplice.

El corazón me palpita con fuerza y siento el sudor en mi costado, pero respondo con una sonrisa.

Hay unas pocas personas más en la sala. Un par de familiares de actores y, supongo, amigos. Quizá alguno que ha traído Diego para que vea la mercancía que se follará más adelante. Sentados atrás, charlando bajito.

Dos técnicos que ajustan una estructura al fondo. Un actor secundario apoyado en una pared lateral, mirando a mi mujer.

Aparece una chica con un pinganillo en la oreja, con un un vestido en la mano, para Carlota, y deja caer unas sandalias a sus pies. Mi esposa hace el vestido una tira con las manos y se lo pone por la cabeza, dejándolo caer hasta que lo sostienen los tirantes y sobre todo la presión sobre sus dos enormes tetas. El vestido es mínimo, de tela finísima. Casi del color de su carne, blanca. La falda llega levemente por debajo de su coño. Se pone las sandalias.

Diego, sentado en primera fila, a cuatro butacas a mi izquierda. Lleva una camisa oscura remangada hasta los codos, exhibiendo los brazos fuertes y tensos. La espalda, ancha. Bajito. Unos sesenta años.

Está ligeramente inclinado hacia adelante. Sus ojos recorren lentamente el cuerpo de mi mujer.

“Si eres mía, eres un objeto”.

Ella lo mira estática, seria, con las manos a ambos lados de su culo. Sin dejar de observarla, él levanta la mano, exigiendo silencio con autoridad. Su gesto es seco. Los murmullos detrás se apagan instantáneamente.

Siento que el silencio me retumba en las orejas.

Dos telones diagonales salen del costado y, con un susurro sedoso, tapan el sillón y el potro, y en el centro queda Carlota.

— ¡Entrando! — grita Diego, su voz cortando el aire como un látigo.

Y entran. Tres actores, un chico y dos chicas, vestidos de verano, sus ropas crujen al moverse. Desde los altavoces suena una música casi irreconocible con risas y voces de fiesta. Los actores en escena hablan con Carlota, que sonríe. La rodean. Animados, pero no los escucho.

Javi Delgado, el actor principal y un buen amigo, emerge de atrás entre los telones, completamente desnudo. La mira y avanza lentamente.

Como Carlota me dijo, su polla es enorme, y cuelga llegando casi a la mitad de su muslo. Gorda como un vaso de cubata.

Ellos siguen charlando, una de las chicas enmudece, mirando a Javi acercarse, y empieza a irse. Javi se acerca más, y el chico se da la vuelta. Los telones diagonales se van retirando levemente mientras Javi alcanza a mi mujer por detrás y la otra chica se da la vuelta para salir de escena, en silencio.

Carlota los mira irse, extrañada.

— Brazos. — dice Diego, sin gritar, pero de forma que, me parece, todo el teatro puede oirle.

Javier agarra por los brazos a mi esposa, los dedos hundiéndose en su piel blanca, dejando marcas rosadas que florecen como fuego, y la hace ponerse recta, presionándolos hacia arriba. Sus pechos se alzan, y los pezones sobresalen más de la tela mínima.

— ¡El agarre no, imbécil! El cuello. — corrige Diego con tono seco, resonando en el silencio.

Javi ni siquiera asiente. La rodea con un brazo por el cuello. Las venas se marcan en su garganta pálida. El otro brazo va a su cadera, clavándole los dedos.

Carlota trata de coger aire y agarra con ambas manos el brazo que la asfixia, mirando a Diego a los ojos.

— Más fuerte. — exige el director.

Javier aprieta más, llevándola levemente hacia atrás. La inclinación hace que sus tetas se mueva y su coño se vea bajo la falda. Sus muslos carnosos tiemblan y los pies se ponen levemente de puntillas.

Mis manos se crispan en los reposabrazos.

— Más piernas, puta. — dice Diego.

Ella intenta liberarse. Sus piernas buscan apoyo a los lados, abriéndose con el forcejeo para que el público vea mejor su coño. Forcejea más contra el brazo de Javier, pero no puede siquiera moverle. Los impulsos se estrellan contra él, plantado en el suelo como un árbol, y sólo consiguen hacer botar más sus tetas, con un tirante cayendo por su brazo y ese pezón ya escapando de la tela.

Diego me mira por un segundo. Pero no puedo apartar los ojos de mi esposa.

“Puta”... Aún el personaje es sólo una mujer asaltada.

— La cara, ponla en su sitio ya. — dice Diego, con voz suave, pero potente. Él mismo es uno de los mejores actores de teatro que conozco.

La mano de Javier sube a los labios de Carlota y luego se abre, cubriendo por completo su rostro hasta que sus dedos se aprietan contra su frente, el pulgar y el meñique contra la mandíbula de mi mujer; veo los ojos de ella encerrados entre los dedos de mi amigo, como rejas. Ella jadea contra la palma de la mano, “no, nnn-no…”.

Diego asiente despacio, aprobando desde su silla.

— ¡Tetas! — ordena Diego, seco.

Javi obedece al instante. Una mano sigue en su cara, apretándola contra él, y la otra pega un tirón del vestido para liberar los pechos de mi esposa. Lleva la mano abierta hacia abajo y ataca, azotando una montaña de carne, luego la otra teta, vuelta a la primera, ¡plas! ¡plas! ¡plas! Y las recorre, apretándolas y frotándolas, aunque no puede abarcar las ubres completas como sí puede abarcar toda su cara. Las rodillas de Carlota se contraen una sobre la otra, mientras suelta grititos, ah!, ah!, y trata de mirar a Diego entre los dedos de Javier.

— ¡Porooo! — grita Carlota al fin, contra la mano de Javier. Creo que es “para”.

Javi suelta su cara y lleva ambas manos al vestido ya bajo los pechos de Carlota, y tira con fuerza, rasgándolo desde el centro con un chasquido y un rraaass agudo.

La tela cede y sus curvas explotan libres: las tetas enormes bamboleándose, un pie ligeramente hacia adelante, como si fuese a caer del escenario, con las manos equilibrándose y mirando al fondo del teatro, los ojos como platos y la boca abierta. Los muslos parecen contraerse rápidamente, una luz nadir, desde el suelo, hace brillar su coño depilado y destaca repentinamente más sus pechos.

Son sus tetas, pienso. Probablemente sin esas tetas no tendría el papel..............

Este relato es un fragmento del capítulo 1 de la serie "Mi mujer follada frente a mil ojos", titulado "Empieza el ensayo" y publicado completo, con el resto de la serie en curso, en Patreon.

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