Mis desahogos: Abdul - Parte 2
Sabe que su marido la espera con velas y cava, pero su mente está en otro lugar, obsesionada con el tamaño y la fuerza de un desconocido. Cuando el destino la empuja a un taxi y luego a un piso desvencijado, la barrera del matrimonio se quiebra bajo el peso de un deseo prohibido y primitivo.
Gracias por todos los comentarios y valoraciones en la parte anterior. De esta que os traigo advertir que una de las escenas, fácilmente detectable, es pura fantasía. El resto, como ya dije, es real con matices, acelerando tiempos y alargando encuentros que resultan más fugaces en la vida real de lo que me hubiera gustado.
Abdul - Parte 2.
Tras la “fotopolla” de Abdul y el chat que le siguió descubrí que el joven era congoleño y según él aquello que llamaba polla le venía de familia. Yo pensé que la familia debían ser caballos o centauros porque cuanto más miraba las fotos más me descolocaba el tamaño. Estaba hipnotizada y extasiada, me había masturbado por la noche y en la ducha. Cuando Joan entró en la cocina, se puso un café y me miró sonriente.
- Hoy es nuestra noche. -Tardé un par de segundos en entender a qué se refería. La duda debió de reflejarse en mi cara.- La noche de jugar… ¿Tengo que darte más pistas?
- No cariño, perdona estaba pensando en el trabajo…
- Tranquila. Sabes que ya tengo la ayuda. -Era cierto que le habían recetado algo, no viagra, para su médico no era tan grave el caso, pero le ayudaría.
- Me muero de ganas.
- Pues ya veras como lo vamos a pasar.
Sonreí y volví a mirar el móvil. Abdul me escribió, quería que nos viéramos y le dije que tenía que trabajar, así era. Me pasé la mañana recibiendo pacientes con dolencias ordinarias, uno de ellos el señor Rivas. El señor Rivas era un abonado semanal a la consulta.
- ¿Cómo estamos hoy señor Rivas?
- Pues ya sabes…- Se sobó el paquete.
- No tiene remedio lo suyo, tiene ochenta y tres años, debería relajarse.
- Si la enfermera esa que tienes no tuviera esos melones que tiene pues igual me relajaba pero joder como me pone siempre.- Vanesa en efecto estaba muy bien dotada y además todo natural.- Anda échame una mano que hace mucho que no lo haces.
- Hoy no va a ser una excepción, vamos a pasar aquí diez minutos reglamentarios para que parezca una visita normal y después usted en su casa se alivia sólo.
- Con lo que te gustaba chupársela al abuelito.
En más de una ocasión lo hice pero paré cuando le dio un microinfarto en mitad de una mamada y tuvimos que reanimarle con la polla fuera, me tuve que inventar que le estaba haciendo un reconocimiento urológico. El señor Rivas sabía que soy una guarra y una adicta al sexo, esto solo lo sabe por confesión mía Joan, así que allí sentado en la camilla se sacó la polla que estaba dura y goteando. El anciano no era un semental ni estaba extraordinariamente dotado como Abdul. No, lo que le hacía especial y excitante para mi es que tenía una capacidad sobrehumana para producir semen y eyacular. Le acompañaba a esto unos testículos de un tamaño que, más allá de nuestras perversiones, le había examinado pues me parecían anormalmente desarrollados. Así que sacó su octogenario rabo que ya chorreaba y sus dos cojones de toro.
- Sí tu no me ayudas dile a la Vanesa que pase, me gustaría lacarle los melones. -Era un guarro, como yo, y además estaba cachonda pensando en Abdul así que aunque no se la iba a tocar decidí jugar con él.
- ¿Quiere saber cómo son esos melones señor Rivas? -Se le encendieron los ojos, casi se le disipó el gris de la catarata del izquierdo.
- ¿Se las has visto?
- Más de una vez.- Resopló y empezó a masturbarse. -No se imagina cómo son sus pezones. Son grandes y rosados parecen los de una mujer lactante. -Rodeé mi escritorio y me senté delante, me levanté la falda para que viese mis bragas ligeramente transparentes que permitían ver mi raja y mi vello pubico difuminado por la tela.
- Seguro que da leche si se los chupas bien, ¿te gustaría chuparselos? -Caían gotas densas de entre la piel del prepucio que ni siquiera retiraba al masturbarse.
- ¿La verdad? Sí, me gustaría cogerla y ordeñarla como una vaquita. ¿Sabe que tiene solo veinticuatro añitos? -Aumentó la velocidad de las sacudidas, yo introduje un dejo en mis braguitas y empecé a jugar con mi clítoris.
- Sigue, ¿qué más le harías guarra?
- La comería el coñito, despacio apoyada aquí en la mesa, con sus agujeros apuntando a usted para que viese cómo se va humedeciendo y pueda oler como huele una jovencita así.
- ¿Lo harías delante de mí?
- Claro, esa es la gracia de todo esto. ¿O es que solo quiere correrse en sus tetas? Con lo que usted suelta seguro que la embaraza y le crecen aún más los melones y entonces sí que le saldrá mucha leche… Como a usted. -El señor Rivas ya había empezado a correrse, estaba a casi un metro y medio mío y aún así algunas gotas me cayeron en los zapatos.
- Puta que buena médico eres. -Le costaba respirar.
- Médica. Prefiero eso. -Me recoloqué la falda y volví a mi silla, yo también había llegado y francamente me había animado a mi misma a ver las tetas de Vanesa.
De hecho tuve que llamar a mi compañera cuando el señor Rivas se fue para que me trajese una fregona.
- No te preocupes Sandra ya lo limpio yo. -No me dejó agarrar el mocho. -¿Pero a este hombre qué le pasa?
- Incontinencia.
- No parece orina esto.
- Sí, le voy a pedir un análisis.
- Huele muy fuerte además.
- Sí, sí.
Sin más incidencias llegó la hora de irme y sabía que Joan me esperaba en casa, se había pedido el día para preparar la cena y preparar una noche romántica que acabase en un coito romántico. Me había mandado fotos, incapaz de mantener la sorpresa, de la casa decorada con velas del baño con una alfombra de rosas hasta la bañera y unas botellas de cava, él no bebería por la medicación pero yo podría hacerlo. Además de los bucólicos mensajes de mi marido también había recibido otros de Abdul, no tan románticos pero apelando a otro lado de mí.
Sandra
Quieres polla
Ven
Tengo mucha leche
Puedo darte fuerte
Me gusta
Ven
Sandra
Sandra
Me había contenido, quería quedar con Abdul pero no ese día ese día debía ir con Joan estár con él acompañarle mientras recuperaba eso que le faltaba y juntos disfrutar. Salí del CAP y me encontré a Abdul, por eso no me gustaba que mis desahogos supieran nada de mí, con Marcos me había traído problemas, la historia se repetía. Caminé hacía él, volvía a vestir de chándal.
- No contestas mis mensajes.
- Abdul te he dicho que hoy no puedo.
- No, tu no puede decir que te gusta mi polla y luego ignorar. -No sé porqué aquel chico se había obsesionado conmigo así, tal vez me paso de mística pero quizás lo notó nunca sentí ternura hacia a él y solo deseo
- Abdul, mañana tengo libre quedamos y pasamos todo el día juntos y hacemos todo lo que quieras pero hoy no puedo.
- ¿Tú ya no trabajo hoy?
- No. -Me di cuenta que no debí decir eso.
Abdul me agarró del brazo con fuerza, levantó el otro y paró un taxi que venía. Me arrastró dentro aunque tampoco opuse mucha resistencia no quería montar una escena delante del trabajo y no creí que pudiera resistirme. Le dio una dirección al taxista y me soltó. Estar liberada de su agarre me sirvió para retomar la confianza y hablarle.
- Abdul hoy no puede ser. Me espera mi marido, tengo que ir a mi casa. Voy a bajarme del taxi en el próximo semáforo y mañana hablamos y quedamos.- El taxista escuchaba y espiaba por el espejo retrovisor.
- No.
-Abdul… -Empecé a hablar pero me calló con un morreo.
Dios mío esos labios. No me habían parecido tan grandes hasta que los noté contra los míos, su lengua tampoco se quedaba atrás y entró hasta casi mi garganta. El taxista casi se come al coche de delante, por mirar como nos comíamos la boca, e hizo sonar el claxon con fuerza. Nos separamos del beso, la mano derecha de Abdul se metió bajo mi falda y buscó mi coño. Sus dedos eran largos y rápidos, no tardó en encontrar mi clítoris y empezó a acariciarlo, al tiempo con su mano libre recorría arriba y abajo la pernera de su pantalón. Mis ojos se fueron allí y vi como se iba formando un bulto enorme.
Estaba con la espalda tiesa y pegada al asiento, el taxista salivaba y yo me había olvidado de Joan. Nos acercabamos al Gótico. Busqué mi móvil en mi bolso, tenía que decirle algo a mi marido. Abdul no me dejó. Agarró mi móvil y mi muñeca y llevó mi mano a su paquete. No estaba duro del todo pero era enorme, desde luego lo visto en las fotos estaba allí a punto de alcanzar su tamaño desafiante. Llegamos al destino, una callejuela que no identifiqué con claridad, Abdul arrojó veinte euros al taxista y tiró de mí fuera del coche. Me llevó, cogida de la cintura, y me metió en un portal. Contra una pared de mármol sucio me volvió a comer la boca. Me tenía loca, como a una adolescente en su primera vez.
Subimos a un tercero en un ascensor minúsculo en el que me metió mano por todas partes y pude sentir su polla contra mi vientre. Estaba muy caliente y me dejé llevar hasta el final.
- Dame el teléfono, tengo que decirle a mi marido que hoy no duermo en casa. -Abdul sonrió y me dejó mi móvil.
Escribí a Joan, le dije que había tenido que hacer un cambio a un compañero a último momento. Para mi marido iba a pasarme la noche de guardia y él ya se había tomado la pastillita mágica. A Abdul no le hacía falta nada de eso, mientras abría la puerta de su casa le metí la mano en el pantalón y por primera vez noté aquella monstruosidad de carne. Entramos a la casa, era un piso viejo y desvencijado como todo el edificio. Me llevó a una habitación al fondo. En lo que recorríamos el piso una mujer, negra y joven, apareció desnuda en el umbral de la cocina. Cruzaron unas breves palabras en francés y ella volvió a sus quehaceres.
En la habitación solo había un colchón en el suelo, un armario y un gran espejo. Abdul volvió a besarme tras cerrar la puerta, el beso me dejó sin aire y me hizo ponerme de puntillas para aguantar unos segundos más con los labios pegados. Cuando nos separamos de un empujón me lanzó a la cama. Se quitó la parte de arriba del chándal dejando al aire su torso de David de ébano con las heridas ya curadas. Después fueron los pantalones y emergió la bestia.
La polla de Abdul era enorme, circuncidada y por completo del mismo azabache profundo del resto del cuerpo. Aún sin estar completamente erecta casi doblaba en tamaño a Joan, debía de medir más de veinte centímetros solo así y me dio miedo verla en todo su esplendor. Miedo y deseo, un deseo tan animal que me lancé sobre él. Aquel rabo negro pesaba en mis manos, era más ancho que mi muñeca y olía a hombre, olía almizclada y densa como se sentía al tacto. Abrí mi boca más que nunca para recibir su glande en mi lengua. Noté el sabor salado de la carne, una agría gota de orina y un pulso latiendo por todo ese miembro. Me detuve unos minutos satisfaciendo y relamiendo ese glande de chocolate negro con sal. Mi lengua recorrió cada curva y recoveco, y mis labios succionaron cada gota de fluido que empezó a soltar.
Abdul durante mi deleite con la cabeza de su polla me observaba desde arriba y buscaba mis ojos, cuando los encontraba transmitía un deseo de más, quería hundir aquel monstruo en mi garganta pero se contenía. Sabía lo que poseía y era gentil, bajo aquel autocontrol sin embargo yo detectaba a la bestia, la bestia que se desataría cuando me hubiera acostumbrado y me haría recorrer placeres primarios. Decidí darle algo más, algo que aún no había tenido, mi cuerpo desnudo. Detuve la mamada y me quité la blusa y el sujetador, mis pechos quedaron a la vista y él me alzó para tenerlos más cerca aunque con la diferencia de altura aún estaban lejos. Él se encorvó, mientras me desabrochaba la falda, y mamó de mis pechos como un enorme bebe negro. Lo hizo con fuerza estirando mis pezones, amasando mis tetas y casi ordeñándome.
Cuando me libre de la falda y deslicé mis braguitas hasta mis tobillos mis manos buscaron su polla, la masturbé con ambas, el glande apuntaba a mi coño que se humedecía con el amantar y el calor que desprendía él se juntaba con el mío.
- Déjame volver a chupar. -Le susurré al oído.- Me tragaré más.
Me miró con la cara a mi misma altura y me morreó, con hilos de saliva aun uniendo nuestras bocas volví a arrodillarme y esta vez me metí aquella polla hasta donde pude. Alcancé algo más de la mitad de su polla, aguanté unos segundos y la saqué recorriendo todo el tronco con una fuerte succión de mis labios. Tomé aire y volví a intentar ir más profunda, y otra vez. Cuanto más lo repetía más se aceleraba la respiración de Abdul y más tensión aplicaba con sus manos en mi nuca. Acabé llegando a mi límite aún lejos del tope de su pubis completamente rasurado. Allí él, con fuerza, apretó mi cabeza y yo contrarresté ese acercarme con mis manos en sus muslos. Me mantendría poco más de treinta segundos, quizás llegó al minuto, pero ahogarme con ese trozo de carne se me hizo eterno y sumamente placentero pese a las lágrimas que escaparon de mis ojos achinados o la rojez de mis mejillas.
Al liberarme Abdul se tumbó en el colchón boca arriba, con su polla apuntando al techo, no hicieron falta palabras para entender mi cometido. Aún de rodillas peregriné a su altar y me puse en cuclillas sujetando con mi mano derecha su miembro para dirigirlo a mi agujero. Noté la humedad de mi propia saliva en su glande contra mi humedad más propia. Me fui sentando lentamente en su polla absorbiendo todo el aire de la habitación con una “o” sostenida. Pocos hombres había notado tan adentro cuando por fin me senté en sus caderas. Abdul buscó las mías con su manos e inició un serpenteante movimiento vertical, yo era tan poca cosa para él que sin esfuerzo mi cuerpo se acomodó al movimiento. Apenas un par de centímetros entrarían y saldrían, pero la anchura de su pene hacía que mis paredes internas los notasen con máximo detalle. Agradecí sus suavidad hacia mi novato cuerpo, novato para él, experto para otros, desde ese día con cátedra.
Poco a poco él aumentó el ritmo, yo estaba ya empapada y me deslizaba con suavidad incluso acompañaba los sube y baja con intensidad. Notaba, cuatro dedos por debajo de mi ombligo, nacer el clímax. Me aceleré, por pura penetración he tenido contados orgasmos en mi vida, aquel día casi se dobló el número de los mismos. Cuando ya sonaba el chapoteo de dos cuerpos excitados me vino el primero, estaba en cuclillas y las rodillas me fallaron cayendo sobre su pelvis y quedando a la merced de sus embestidas, él me sostuvo casi en el aire por las caderas y me usó y me ayudó a desvanecerme en un orgasmo que parecía no acabar. El hormigueo bajo mi ombligo se extendió por mi columna hasta romperme en gemidos y temblores. Me corrí y él al poco lo hizo también, dentro, muy adentro, no me importó en el momento pero supe que debía tomar medidas más tarde.
Cuando él acabó me dejó derrumbarme a su lado, con un hilo de denso semen recorriendo mis muslos. Nos besamos, nos besamos y acariciamos mucho, suficiente para que Abdul recobrase el vigor. Me dijo que me girase, le di la espalda y él ya restregaba su polla dura entre mis nalgas, durante un segundo se detuvo en mi ano, me dio un infarto, luego buscó mi raja. Me penetró desde atrás con menos miramientos esta vez, dándome por dilatada y aún con su semen dentro lubricando. Las clavadas eran profundas y me hacían gemir con gusto y dolor. Ahora Abdul estaba definitivamente al mando y yo era su juguete, me tiraba del pelo y comía de mi cuello. El colchón temblaba pero menos que mi cuerpo, me apretaba las tetas dejando la marca de sus enormes manazas en ellas. Bufaba y empezó a decirme cosas, esas que me volvían loca y deseaba escucharle, pero me avergonzaba pedirle.
- ¡Puta! ¡Tú puta mía! ¡Tú puta blanca de hombre negro! -Con un tirón fuerte de mi pelo me arqueó la espalda hasta que pudo besarme doblando su cuerpo al extremo.- ¡Dis toi! ¡Dice! -Me dio una bofetada, no fuerte solo sonora para acentuar su orden.
- ¡Soy tu puta! ¡Tu puta blanca!
Gemi y me seguí humillando para él hasta alcanzar el segundo orgasmo. Esta vez Abdul se había corrido antes, de nuevo dentro pero, pero siguió penetrandome el tiempo casi justo para que yo llegase. No me pude aguantar y llevé mi mano a mi coño para coger algunas gotas de su semen y probarlo, lo degusté mezclado con mis flujos y con ese sabor aplaqué los últimos temblores del clímax. Él me abrazó por detrás y hundió su cabeza en mi melena tomando profundas respiraciones hasta caer dormido agarrándome como un niño a un juguete. Busqué a tientas mi móvil en mi bolso que estaba al límite de mi alcance en aquella postura. Joan me había escrito para preguntarme cómo me iba la noche, le mentí, en parte, diciéndole que de maravilla.
Las profundas y parsimoniosas respiraciones de Abdul me sumieron a mi también en un sueño. Quiero recordar que fue un sueño placentero, pero la realidad es que fue breve o eso creo. De nuevo con mi cuerpo de lado, Abdul desvelado jugaba con su polla en mi culo. Quería despertarme, por aquello de que no hay dos sin tres o tal vez porque le habían despertado a él con una música como la que nosotros habíamos tocado hace un rato. Se oían gemidos de mujer, agudos y exagerados, sin duda debía ser la chica que vimos al entrar.
La tercera y última vez de la noche lo hicimos en misionero, y aquí sí me dolió sentir caer todo el pollón de Abdul acompañado de su peso. Mi coñito ardía y con mi lado masoquista más despierto que el resto de mi ser llegué bastante pronto al orgasmo. Abdul tampoco tardó mucho, sabía que le espoleaba oír los gemidos de la otra pero le demostré que yo era su puta por algo.
- Córrete sobre mí, quiero tu leche en mi cuerpo. Quiero que me marques como tuya. -Sé que lo entendió y la sacó para bañarme en una corrida menos abundante que las anteriores y menos espesa. Aun así generosa.
Al acabar los dos yacimos mirando al techo. Nos dormimos, esta vez yo le abracé a él, mis manos buscaron su polla ya más pequeña y relajada. Desperté sola en la cama, ni rastro de mi desahogo. Me vestí y salí a buscarle, no había ni rastro. En el piso solo la joven negra.
- Abdul se ha ido. Trabajo.
- Buenos días, gracias por decirmelo.
- Buen polvo. -Me miraba sonriendo, por supuesto si yo la oí ella a mí también. -Tienes suerte, pocos hay como él. No todos los negros tan pollones.
- Lo sé. Tu no eres del Congo, ¿no?
- No, soy negra pero de Viladecans. Estoy con Moha, un amigo de Abdul. Me llamo Marta.
- Yo Sandra. Peronda, ¿el baño?
- Esa puerta de ahí. -Entré a asearme un poco.- No tengo toallas limpias para dejarte, sorry. Por cierto muy morboso eso de “soy tu puta blanca”, a Moha le puso como una moto.
- Gracias supongo.
- Si te va ese rollo un consejo, buscate un moro. Son más cañeros, tienen buenos rabos y lefan que da gusto.
Esa chica me recordaba a mí con diez o quince años menos. Le devolví la sonrisa y mentalmente tome buena nota de su consejo. Me despedí y me fui al metro, al llegar a casa Joan no estaba. En la nevera los restos de la cena afrodisíaca que me había preparado. Me duché, una ducha larga y con bastante estimulación. Me tomé la píldora, la pastilla que me tocaba ese día, agradecí no haberme saltado el tratamiento porque después de las dos descargas de Abdul corría riesgos que no me gustan. Días más tarde me hice pruebas para asegurar otros aspectos, menos maternales.
Esa tarde, cuando Joan llegó, le esperaba en el baño con velas y la mesa puesta. Se me unió, nos besamos y nos acariciamos. Intentó masturbarme pero tuve que guiar yo sus dedos, fingí una pequeño orgasmo. Cenamos y fuimos a la cama, las pastillas funcionaron. Le pedí que usará condón mintiendo sobre mis medidas anticonceptivas, y por su seguridad. Con las pastillas su aguante se notó mayor, sus habilidades de amante iguales. Fueron diez minutos de sexo que nunca habíamos tenido. Nos dormimos, él más feliz, yo esperando que Abdul me contestase. De madrugada mi móvil vibró y yo me desperté al segundo.
Cuándo otra vez?
CONTINUARÁ
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- Relato #185973— title-regex: contiguous parts (1 -> 2)
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