Fantasías sexuales de las españolas: Esther III
Esther nunca imaginó que su noche terminaría montada en la moto de una mujer que la miraba como si quisiera devorarla. No es lesbiana, pero esta noche, con el viento en el pelo y el cuerpo de Maxim pegado al suyo, el deseo no distingue etiquetas.
Esther
Esther llega hasta la calle dónde está el pub de ambiente que visitó la semana pasada con su amiga Montse. Intenta engañarse diciéndose que sus pies la han llevado hasta allí, pero sabe que no es cierto, no es casualidad que esté ahora decidiendo que hacer, con la vista fija en la entrada del local y en el pequeño neón que lo anuncia.
Aquel local, su camarera y algunas de las mujeres reales o ficticias que lo pueblan, han protagonizado alguna de las pajas más épicas que se ha hecho últimamente. No, no es que Esther se haya vuelto lesbiana a raíz de aquella incursión (sigue sin sentir deseo por otras mujeres), pero el hecho de que la anhelen a ella, de haber sido durante unos instantes el centro de atención y que una dura camarera le dedicara varios requiebros, es algo que la enerva y la pone sobremanera.
Este jueves no ha podido salir con su compañera: Montse tenía otros compromisos con su pandilla de amigos, con los cuales Esther no conecta. Montse quiso incorporarla pero simplemente no funcionó. El carácter y la cultura catalana chocaron con la aragonesa, en este caso de forma incompatible. No nos mal entendamos, que no hubo afrenta ni malos modos, simplemente ella no encajaba en ese grupo y había una sensación como de incomodidad por ambas partes, que la chica decidió no prolongar con más salidas juntos. Por eso, los jueves es su día, el día que ella y Montse dedican a salir juntas y a divertirse. Menos este jueves, claro. Hoy tocaba cumpleaños y su compañera no ha podido escurrir el bulto, de modo que allí está ella, dando vueltas porque se niega a quedarse en casa encerrada, bastante triste ya es vivir sola.
Ha cenado algo, ha entrado en el cine y ahora, en vez de volver para casa, una idea loca no hace más que darle vueltas en la cabeza ¿Y si entra al Sweet Queen?
Aquello toma los tintes de una aventura emocionante y hace que se sienta nerviosa y excitada. Pasa dos veces por la puerta del local, como un adolescente en la puerta de un sex shop. Decidida pero sin atreverse, pura contradicción. Como diría Sabina: inquieta como un párroco en un burdel. Al final zanja que ya está bien de darle a la batidora de tanto retorcijón de estómago y tanto rayado mental. Entra y el mismo portero le franquea el paso. Contiene la respiración y se dirige a la barra, aparentando toda la naturalidad que puede. Evita mirar a los lados, ya tendrá tiempo de reconocer el terreno cuando esté en su rincón, a salvo.
- Vaya ¡mira quién tenemos aquí!
- Hola Maxim ¿puedo tutearte?
- Claro cariño, todos lo hacen. Tú eres Esther la amiga de Montse ¿verdad?
- Sí, buena memoria…
- Memoria de camarera, ya sabes, no se me escapa un detalle ¿Una coronita para empezar?
- Sí, y a lo mejor para terminar, solo voy a estar un momento. Me apetecía tomar algo y pasaba por aquí cerca, ya sabes, la última antes de irme a casa.
Maxim no contesta, simplemente me sonríe y me echa una mirada de “lo que tú digas guapa”, mientras va a ponerme la consumición. Recorro el local con la mirada. Menos público que la semana anterior, apenas dos parejas de mujeres, un trío (chica, chico, chica) y un par sueltas que me evalúan con mirada interesada. Maxim deja la cerveza (esta vez sin chupito) y se vuelve a su rincón. Se sienta en un taburete alto y a través del móvil, va cambiando la lista de reproducción del equipo de música.
Una de las mujeres se levanta y se acerca hacia donde yo estoy con una copa en la mano. Alta, delgada, con poco pecho. Media melena morena, debe rondar los cuarenta, pantalón vaquero ajustado y camisa. Yo me remuevo inquieta y miro fijamente a la cerveza, consciente de que me va a abordar.
Maxim en su esquina se ríe quedamente. Se divierte viendo mi zozobra. Envío una muda petición de socorro que ella desatiende.
- Hola me llamo Caty.
- Encantada Caty, soy Esther.
- ¿Te importa si me siento aquí contigo?
- Bueno verás, yo no soy… quiero decir que no he venido a... - me cuesta encontrar las palabras para no parecer una borde o peor aún, una novata estúpida. Decido ir a lo fácil y le suelto la misma frase hecha que le diría a un chico impertinente, con quien no me apeteciera ligar. El clásico “verás, es que estoy esperando a una amiga”.
Ella observa con una media sonrisa colgada de la cara, igual que mira una alumna de bachillerato a las chiquillas que entran en primero de la ESO en el instituto. No parece enfadada por mí más que brillante excusa, más bien me mira con curiosidad, como intentando evaluarme y encajarme ¿Soy una lesbiana novata? ¿Una que pasaba por allí por casualidad y realmente está esperando a un amigo? ¿Me estoy quedando con ella? Me quedo con la duda porque, afortunadamente, ella decide plegar velas y no insistir.
- Vale, te dejo aquí en tu esquinita, pero si no viene tu amiga o te lo piensas mejor, estoy allí sentada. Encantada de conocerte, Esther - me indica al oído mientras pasa su brazo por mi cadera y luego la retira, dejando resbalar la mano por mis nalgas.
- Lo mismo digo - consigo decirle a una espalda que camina hacia su mesa.
Me he estremecido entera con aquella caricia no solicitada. He sentido un poco de miedo mezclado con algo de repulsa. Pero precisamente eso es lo que me ha calentado ¡Una mujer pretendiéndome!
Me sobresalto al ver a Maxim a mi lado. Como una loba se ha situado junto a mí sin que haya podido percibir su presencia. Los labios dibujados en negro, finos y duros, su mirada penetrante y oscura, toda una incógnita que no es capaz de revelarme lo que bulle en su cabeza, los hombros otra vez al aire y el tatuaje que destaca y atrae mi atención, provocativo, como si fuera una bandera levantada al viento. Coloca dos chupitos de tequila.
- ¿Otra vez me invitas?
- Me parece que no te apetece mucho beber sola ¿me equivoco?
- No, no te equivocas – concedo, ya he hecho bastante el ridículo por esta noche así que no voy a tratar de aparentar una seguridad que no tengo.
- Dime Esther... ¿que buscas realmente tu aquí? - Maxim me descoloca, es como adivinara lo que pienso.
- No sé, me excita estar en este sitio. Es extraño, no sabría explicarlo - me sincero con ella. Maxim asiente despacio y me deja tiempo para explicarme - No siento atracción por las mujeres pero la otra noche, cuando estuve aquí, me gustó.
- ¿Qué es exactamente lo que te gustó?
- Que me prestaran atención.
- Cuando esa mujer se te ha acercado he visto que te sentías incómoda, pero has puesto una expresión un poco extraña, como si en el fondo desearas que se quedara.
- Me siento un poco intimidada ¿sabes? no sé muy bien cómo gestionar esto.
- Jugar a las lesbianas sin serlo…
- Bueno, algo así - comento mientras el pavo se me sube a las mejillas y me pongo colorada.
- No pasa nada, allá cada cual con sus fantasías, si a tí eso te funciona...
- ¡Oh créeme, que sí que funciona!
Maxim suelta una carcajada: le brillan por un momento los ojos al reír y yo me contagio de su buen humor.
- Eso tienes que contármelo.
- No en nuestra primera cita - le sigo el juego.
- Ya veremos - me reta ella mientras se levanta para atender a un cliente.
Tres horas después Maxim y Gabi echan el cierre. Han tenido que empujar hacia fuera al grupito formado por el trío, al que se ha añadido una de las chicas solas. Querían seguir de copas, la cosa se había calentado, pero el horario es el horario.
Después de una noche de terapia de barra me cuesta despedirme de mi camarera.
- ¿Te acerco con la moto?
- No te molestes, ya cojo un taxi.
- No es molestia y además, es un poco tarde para que andes sola por ahí.
Maxim me señala una moto de gran cilindrada. Al final va a resultar que sí que es una motera.
- No sé si voy a poder con esta minifalda - le indico.
Súbetela, no pasa nada porque se te vean un poco las bragas ¿o es que no llevas?
De nuevo quedo como una idiota al soltar una risita nerviosa.
- Sí que llevo.
- Pues entonces vamos - me dice mientras me tiende un casco que saca del portamaletas. Con soltura y agilidad echa la pierna por encima y quita la pata de cabra. Los pantalones vaqueros ajustados le marcan el culo que duro y prieto sobresale. Yo echo a mi vez la pierna y mis muslos quedan al descubierto casi hasta las bragas. Lanzo el brazo a su cintura y me agarro sintiendo el frío cuero de la chaqueta que me pone duros los pezones. Mi coñito también reacciona al tomar contacto con las macizas nalgas de Maxim y cuando arranca la moto, la vibración reproduce una estimulación que poco a poco, se va convirtiendo en placer.
Todo se acentúa cuando ella arranca y salimos disparadas. Entonces, tengo que apretarme contra el cuerpo de la camarera. No estoy acostumbrada a montar en motos de gran cilindrada y temo caerme en alguno de los acelerones. Maxim me pone a prueba poniendo la moto a bastante más velocidad que la que permite la vía, e incluso, haciendo alguna tumbada en una curva. Parece disfrutar al estar pegadas, como si fuéramos un solo cuerpo, al notarme temblar como un flan y apretándome inconscientemente cada vez que ella mete gas. Sin embargo, yo también lo disfruto: el aire en mi pelo, el cuerpo vibrando, mis muslos al aire… es una estampa que no había previsto para esta noche y de alguna forma, me hace sentirme viva, emocionada y agitada.
Cuando aparcamos en la puerta de casa, me apeo y le devuelvo el casco, se produce un momento un poco tenso. Me gustaría invitarla a subir a mi apartamento y estar un rato más con ella. Tomarnos quizá la última copa, agradecerle que me haya traído… pero sé que esa invitación se puede malinterpretar y no quiero por nada del mundo ofender a Maxim. No sé cómo plantear el tema sin que ella se enfade.
- Oye me gustaría pasar un rato más contigo, pero...
- Pero…- repite ella.
- No sé si es adecuado que te invite a subir. Si lo hago, es solo para que nos tomemos una copa juntas, me apetece mucho seguir hablando contigo. Pero a pesar de todo lo que yo haya podido hacer esta noche y de lo que a ti te pueda parecer, te repito que no soy lesbiana.
Maxím me mira con aquellos ojos oscuros, indescifrables. Sonríe.
- ¿Tienes miedo de que suba?
- No, solo tengo miedo de decepcionarte y no quiero perderte, no tan pronto: acabamos de conocernos.
- Estás hecha un lío Esther. Y eso te hace perder oportunidades.
- ¿Oportunidades de qué?
- De divertirte, de experimentar, de ser tú misma... en fin, cuando te hayas aclarado nos tomamos esa copa.
Maxim me da un beso en la mejilla que no espero, sujetándome la cara con la mano y prolongándolo un instante, solo un instante más de lo correcto. Luego se ríe y se borra en la noche entre acelerones.
Permanezco allí de pie, viéndola desaparecer, confusa pero no molesta (todo lo contrario), me siento más viva que nunca.
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