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Fantasías sexuales de españolas 2 (María 2) VIII

María siempre soñó con perder la virginidad de la pareja, pero nunca imaginó que lo haría en la arena, bajo la mirada de todos. Ahora, con el mar salpicando su piel y el aroma del deseo en el aire, la línea entre la fantasía y la realidad se desdibuja.

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María dormita en el asiento trasero. Una toalla cogida con el cristal de la puerta evita que le dé el sol. El aire caliente y espeso del mediodía entra por las ventanillas delanteras que Jero y Juanjo llevan bajadas. Llevan casi cuatro horas de viaje y la euforia con la que salieron de su ciudad ha ido decayendo conforme los kilómetros iban transcurriendo. Una vez pasada Sevilla pararon para desayunar. Entre los cuatro se bebieron un par de batidos de chocolate de litro y se comieron una caja de galletas de nata que María ha sustraído del supermercado donde trabaja. Lo ha hecho sin remordimientos, sin considerarse una ladrona, demasiado poco cobra y demasiado aguanta al dueño de la gasolinera, un tipo ya mayor que, aunque nunca ha intentado sobrepasarse con ella ni la ha molestado, se muestra avaro hasta más no poder con cada céntimo que le paga, con cada hora de más que la hace trabajar o con cada día libre que le cuesta la misma vida arañarle.

- Tía ¿no te da cosa? - le ha preguntado Natalia cuando le ha mostrado algunas de las cosas que se ha traído del súper sin pasar por la caja.

- Justo castigo para su puta maldad. A cambio del viernes libre me va a hacer ir dos sábados. Más cosas me tenía que haber traído.

El viaje se vuelve monótono después de haber hecho circular cuatro cintas por el radio cassette. Cada vez le tocaba a uno poner música y en un par de horas le han dado un repaso a casi todo panorama musical del país, donde ha habido sitio para el pop, para el rock e incluso algo de rumba de Peret. Ahora han puesto la radio, han escuchado un par de boletines de noticias que no decían nada interesante y por fin han sintonizado una emisora que sí les ofrecía música. El Hotel California de Eagles suena atrapándolos a todos con su dulce melodía y con esas voces que los transportan a otro sitio, a otra realidad, aunque no entienden lo que significa la canción porque ninguno sabe inglés. Cambia la hora y entra un nuevo locutor, ahora con música española. El “Visite nuestro bar” de los Hombres G empieza a sonar y Jero (que va al volante) suelta un:

- ¡Quita eso o vomito!

- Bueno nombre, déjalo que a mí me gusta - comenta Natalia solo para hacerlo rabiar.

- Puedo tragar mierda pija pero solo hasta cierto punto: en mi coche no se escucha esta basura. Y al que no le guste que se baje.

- Cuando yo tenga mi coche tendrás que escucharlos y también a Camilo Sexto.

- Lo de Camilo Sexto es distinto, ese es un señor - dice Jero que se ha escuchado toda la discografía porque su madre es fans.

- Y lo peor es que lo dice completamente en serio - ríe María que por otro lado le da la razón a su novio: los Hombres G también se le hacen bola.

Jero apaga la radio y ahora solo oyen el ruido del motor del coche que suena como un tractor con turbo y el aire que remueve todo el interior del vehículo entrando en tromba por las ventanillas. Todo eso les provoca morriña a las chicas que, cansadas por el madrugón, se quedan en una duermevela ligera en la que no están ni del todo dormidas ni del todo despiertas.

María está contenta, pronto estará en la playa con su novio y con sus mejores amigos disfrutando de unas ansiadas vacaciones. También está contenta porque acaba de terminar con la regla. Doblemente contenta porque eso le va a permitir poder bañarse sin ninguna restricción, sin el incordio de tener que usar tampones y también porque va a poder disfrutar del sexo con su novio, y por último (y no menos importante), porque ya se queda tranquila desde aquel episodio del coche donde jugó con fuego. No dejaba de darle vueltas a que pudiera haberse quedado embarazada. Esas locuras puntuales le dan sal a su relación, pero se dice que debe tener cuidado. No quiere sustos. El tema de contenerse en momentos tan morbosos es una tarea pendiente.

También le da vueltas al tema de sus fantasías. Cada vez más se excita pensando en un intercambio de parejas y en juegos liberales subidos de todo entre los cuatro. A pesar de la gran confianza que la une a su amiga y lo inseparables que son para todo, es un tema que no se ha atrevido a plantear abiertamente y no sabe si las bromas que se dan al respecto son simplemente eso, bromas, o hay algo más, una auténtica intencionalidad de llevarlos a cabo si se dan las circunstancias adecuadas. Recuerda al comentario de Natalia cuando unos días después recordaron el episodio del coche.

- Con eso de ponernos hasta el culo de beber y de fumar cualquier día vamos a acabar los cuatro montando una orgía - dijo con ese tono medio en broma medio en serio que pone ella cuando no aclara del todo sus intenciones.

A María sigue sin desagradable la idea, todo lo contrario, ya forma parte de sus fantasías, pero sigue inquieta porque teme las consecuencias. Sobre el papel todo está muy bien y muy guay, saben que seguramente lo disfrutarían todos, hay una gran sintonía entre los cuatro, pero una vez más continúa temiendo las consecuencias. No es solo un polvo, no es sólo una descarga de adrenalina, de semen, de flujo, son algo más que piel, huesos, son personas con sentimientos y remover los sentimientos supone guisar un caldo que nunca sabes cómo va a saber, si dulce o amargo. Aspira por la ventana y cree detectar olor a sal y mar.

- ¿Estamos cerca? - pregunta desperezándose - Parece que ya huele a playa…

- Huele a marisma - contesta Jero que conoce bien la zona porque ha hecho la mili en San Fernando - La marea debe estar baja y lo que huele es al lodo que queda en los caños cuando se retira el mar. Estamos llegando a Puerto Real. Desde ahí nos desviamos a San Fernando y luego por la carretera de Tarifa. Si queréis paramos en Chiclana, en La Barrosa y almorzamos.

- ¿Es buena playa?

- De las mejores.

- Pues podemos quedarnos aquí entonces ¿no? para que ir más lejos.

- Porque allí no vamos a poder acampar, es una zona donde va la gente bien de Cádiz y también muchos militares tienen segunda casa. La Guardia civil nos saca de allí a patadas en cuanto plantemos la tienda. Hacedme caso: es mejor ir para la zona de Caños de Meca o Trafalgar. Además, allí hay un ambiente hippy muy molón, el sitio os va a gustar.

Unos tres cuartos de hora después llegan a la Barrosa. El coche parece agradecer la parada, el ventilador continúa zumbando un buen rato después de apagado el motor y el capó desprende una alta temperatura, provocando ondas de calor que difuminan la imagen de un mar azul que se adivina tras un bordillo en el paseo marítimo. Los chicos plantan la sombrilla, organizan un improvisado campamento y corren hacia el agua. Una lengua de plata destella, donde el azul del mar se junta con el azul del cielo, sin una sola nube en el horizonte y la forma parda de un islote en forma de castillo destaca a la derecha, emergiendo como si se tratara de un animal acostado. Tienen que cerrar los ojos porque no soportan tanta luz.

Al mediodía tiran de bocadillo. Hay un chiringuito en la playa pero los precios son prohibitivos, incluso de las sardinas que es lo más barato. No muy lejos, Juanjo y Natalia encuentran una bodeguilla donde compran cerveza fría y un litro de refresco. Cuando se acaban los bocadillos y uno de los paquetes de patatas que María ha cogido de la gasolinera, se echan la siesta todos apretujados bajo la sombra. O mejor dicho, se la intentan echar porque no consiguen dormir, hace demasiado calor y a pesar de que se refrescan en el agua apenas pasan unos minutos y ya están de nuevo secos gracias al viento de poniente que corre. Deciden continuar. Todavía les queda un trecho. Recorren un camino asfaltado entre los pinos buscando de nuevo la carretera general.

- Conoces bien esto - comenta Natalia a Jero.

- Pues sí. Me llevé un año como conductor recorriendo todos estos sitios.

- ¿Qué tal fue eso de servir a la patria?

- Puta mili - con estas dos palabras acaba resumiendo Jero toda su experiencia durante un año en el Tercio de Armada.

- Bueno, después de todo aquí al menos tenías playa y seguro que en un año alguna chica conocerías – pregunta dando un codazo a su amiga.

- No.

Otro monosílabo corto, seco, que deja las cosas en su sitio.

- Jopetas tío, algo habría bueno…

- Sí, el hachís que era de primera categoría, el Winston americano de contrabando, el whisky de la base de Rota que nos cambiaban los americanos por nuestras raciones de combate y poco más.

- Entonces ¿por qué has querido que volviéramos aquí?

- Ahora es diferente – contesta echando una mirada por el retrovisor a María.

Por fin salen de nuevo a la nacional de Cádiz a Algeciras que va cargada de tráfico. A los muchos camiones, autobuses y vehículos que la transitan, se unen los turistas que van de vacaciones como ellos. Sufren alguna retención, pero por fin enfilan el trayecto que los separa de Los Caños de Meca. Recorren los kilómetros impacientes, deseando llegar por fin a su destino. Jero se desvía hacia Conil y justo antes de entrar al pueblo gira en un semáforo a la izquierda, buscando una carretera que pasa por una marisma desde donde ya se ve el mar. Van paralelos a la línea de costa, entre campos de trigo seco donde vacas retintas de color marrón oscuro, tostadas por el sol, pastan. Más adelante se encuentran con un pequeño convoy, un Land Rover y dos camiones Pegaso de tres toneladas y media color verde oliva.

- Infantería de Marina - dice Jero mientras los adelanta aprovechando una recta - Van a Barbate, a la sierra del Retín.

Ellos se descuelgan al llegar a cabo de Trafalgar. Llegan a una pista de asfalto que acaba comida por una duna de arena. El Levante de días antes la ha empujado y ha hecho desaparecer el camino. Dejan el coche en una venta, allí justo donde empiezan las sillas de la terraza vacía. Hace calor incluso debajo del toldo y los pocos paisanos que hay están dentro, tomando cerveza fría y pegados a dos ventiladores que hay puestos encima de la barra.

Los chicos andan sobre la arena y suben a la duna. Desde allí se ven las primeras casas de Caños de Meca que están muy próximas, a la izquierda. A la derecha se alza la mole del faro de Trafalgar aupado en una peña rodeada de dunas.

- ¡Wow! esto es alucinante - dice Natalia.

- Vamos a subir al faro, ya veréis que vista hay desde allí.

Lo hacen animados pero con paso lento. La arena no permite correr, los pies se entierran y quema por el sol. Pronto pasan el tramo y el asfalto vuelve a aparecer en una carretera que va ganando altura hasta llegar al mismo faro. Lo rodean porque hay una valla que impide la entrada. Dos pequeñas calitas con aguas transparentes rodeadas de piedras llaman su atención. Enfrente sólo el mar, un mar azul oscuro, profundo, con el viento de poniente levantando crestas en las olas que acaban por romper en la playa de Trafalgar que se extiende casi ocho kilómetros hasta Conil, enlazando con el Palmar a través de Zahora.

Se ve alguna sombrilla y algunos refugios circulares de piedra, pero a partir de quinientos metros más hacia el sur la playa aparece desierta. El paisaje es imponente como había adelantado Jero y los cuatro chicos contienen la respiración mientras se dan un festín visual y también en todos sus sentidos, porque notan el aire en su cuerpo, el salitre sobre la piel, el olor a mar.

- ¡No fastidies que toda esa playa es para nosotros!

- No sé, podemos montar la tienda esta noche allí, estaríamos prácticamente solos – propone Juanjo.

- No me gusta dejar el coche tan lejos. La venta cierra por la noche e igual mañana no encontramos ni las ruedas. Hay un montón de caminos y de carriles con aparcamiento cercanos a la playa, podemos investigar y acoplarnos en un sitio mejor. Para bañarnos tenemos kilómetros de playa sin tener que darnos la caminata.

María observa al mar. Realmente impresiona, no es una lámina como en algunas playas de Levante, sino algo vivo que se parece al agua que pone a hervir su madre para cocer huevos.

- No sé si me atrevo a bañarme, ahí debe haber corrientes.

- Puede haber resaca. Esta playa está muy expuesta, no tiene nada que ver con la Barrosa o la de Conil – explica Jero mientras se sume en un breve silencio - Aquí fue la famosa batalla de Trafalgar.

- ¿Por eso le pusieron el nombre al faro?

-Creo que fue al reves, la batalla lleva el nombre del Cabo donde está el faro. Fue justo enfrente de donde estamos ahora. A esa playa llegaron los restos de los barcos hundidos y también la gente que se ahogaba y que el mar devolvía.

- Tío, que siniestro…

- Siniestro pero real.

No hace falta que Jero lo certifique, todos se encogen de hombros como si de repente el viento fuera fresco. Solo pensar en estar en una batalla en medio de ese mar, en que se hunda tu nave y en que tú te veas ahí flotando a merced de las olas, provoca un escalofrío que estruja el alma. Desde la arena de la Barrosa con un litro de cerveza en la mano, uno no es consciente de lo que tiene enfrente, de la inmensidad del océano. Allí sí están en un otero desde donde pueden ver bien, alcanzar a imaginar aunque solo sea una porción del océano Atlántico, en un sitio traspasado por la historia.

Pero el momento pasa, son jóvenes y no están allí para dar una clase de historia ni echar la vista atrás, vienen a pasárselo bien y ahora la prioridad es montar su campamento. Deshacen el camino dejando las dunas a su derecha. Años después, aquellas dunas descubrirán lo que esconden: dólmenes, una factoría de salazón romana, termas, restos que prueban que el sitio había llamado la atención del ser humano desde hacía mucho tiempo. Cuando llegan al coche entran en la venta y se permiten el lujo de pedir dos botellines y unas coca-colas para las chicas, están muy sedientos.

- Jefe ¿usted sabe si se puede acampar por aquí?

- Tenéis el camping aquí al lado.

- Me refiero por libre.

- A la Guardia civil no le gustan las acampadas por libre. Los dueños de los terrenos y los ganaderos suelen avisarlos cuando ven una tienda de campaña. Si cogéis en dirección a Zahora por cualquiera de esos carriles de tierra acabéis saliendo a la playa. Podéis montar la tienda para pasar la noche, no suele haber problema, pero una vez de día puede ser que recibáis una visita de los verdes.

- ¿Multan?

- Depende de cómo les pille el cuerpo y de lo bien o mal que le caigáis. Lo normal es que te den un aviso y si al día siguiente te vuelven a coger ya te empapelan.

Los chicos se miran entre ellos, es un rollo tener que andar montando y desmontando el campamento a diario.

- ¿Y en el pueblo? - dice señalando a Caños de Meca.

- Hay una pequeña parcela en la entrada que hace de camping. El dueño te cobra por montar la tienda pero es más barato que el camping de aquí. Por el pinar yendo a Barbate también hay sitios donde podéis acampar. Hay un par de campamentos hippies que no suelen poner pegas si os acopláis. En general en Caños vais a tener menos problemas, allí los turistas son bien recibidos si consumen y se dejan el dinero. Hay otro ambiente. A la gente del pueblo le da un poco más igual, siempre que os comportéis.

- Pues muchas gracias, jefe.

- Nada, no olvidéis pasaros por aquí el sábado que con la cerveza ponemos una tapita de arroz.

- Vale.

El trayecto hasta caños pasa en un suspiro, están al lado.

- ¡Mira, mira! - grita Natalia.

Justo a la entrada del pueblo a la derecha, en una playa rocosa donde no parece fácil bañarse, hay varias tiendas de campaña y algunas furgonetas aparcadas.

- A lo mejor ahí podemos quedarnos.

Jero frena, da marcha atrás y toma por un carril que aparece llevar hacia el agua. Efectivamente acierta, los últimos metros los hacen circulando entre la arena y la pista de tierra.

- Buenas - saludan a una familia que ha montado un campamento uniendo una tienda de campaña familiar y dos más pequeñas.

- Hola - los saluda una señora mayor que está haciendo un picadillo de tomate y lechuga en un balde grande.

- ¿Se puede acampar por aquí?

- Sí, sin problema - dice después de echarle una ojeada inquisitoria a ver qué pinta tienen. Que vengan con chicas parece tranquilizarla.

- ¿Venís para muchos días?

- Un par de noches.

- Vale, si no dais mucho ruido podéis quedaros.

- Que va, si somos muy formalitos…

A todos les viene bien el acuerdo y pronto congenian. Las chicas se hacen querer y se ofrecen a echar una mano a la mujer, una vez que tienen instaladas sus propias tiendas para traer agua de una fuente cercana.

- Mira, prefiero tener de vecinos a unas parejitas como vosotros antes de que vengan algunos hippies o gente rara y nos planten la tienda al lado.

A los chicos les viene bien tener de vecinos a una familia que puedan echarle un ojo a su campamento cuando salgan de playa o de marcha por la noche. Porque pronto descubren que esa zona de la costa es impracticable para el baño. Más allá de darte un remojón echándote tú mismo agua, no se puede uno meter. Hay demasiadas rocas, ostión de Cádiz con conchas afiladas incrustadas que te hacen resbalar y con las que puedes tener un mal tropiezo. Sólo con la marea baja quedan algunas charcas y zonas donde puedes meterte con algo más de seguridad.

- Lo mejor es que vayáis para Trafalgar con el coche o andando a la playa de Caños.

Eso es lo que hacen una vez que tienen ya todo montado. Se preparan unos bocadillos, cargan la mochila y suben por la pista de tierra hacia la carretera de Caños a Barbate que atraviesa el pueblo. Como Jero les había adelantado, pueden ver mucho ambiente. A pesar de ser un pueblillo se nota que hay mucha gente de fuera y diversidad a tope. Un par de tascas con terraza ya enseñan la fauna que se van a encontrar por los alrededores. Gitaneo, hippies, modernos, algunos con pintas de rockeros, incluso algún que otro pijo con náuticos, bermudas y niki de Lacoste. Suena Triana en uno de los bares y más adelante, una chica sentada en la acera muy morena y tostada por el sol, con un vestido de tirantes remangado por encima de las rodillas que prácticamente les enseña los pechos morenos, toca “knockin' on heaven's door” de Bob Dylan y les lanza una mirada furtiva, esperando a ver si hay suerte y le cae una moneda. María le pregunta por una bodeguilla donde comprar cerveza fría y ella le indica en dirección a una sombrilla de helados Camy de un azul ya desvaído por muchas horas de sol y con el filo hecho flecos por el Levante, que señala el lugar.

- ¿No tendréis cinco duros para echarme un quinto?

- No tenemos nada suelto, perdona.

- Vale, guay, no hay problema - dice ella mientras sus dedos arrancan de nuevo y continúan por donde lo había dejado.

Cuando llegan al localucho, una especie de tiendecilla donde hay de todo un poco, se pillan dos litros bien fríos y un paquete patatas fritas. Antes de ir a pagar María toma de la nevera un quinto de Cruzcampo.

- ¿Y eso?

- Para la artista.

- Claro, como nos sobra el dinero…

- No seas rata tío, que luego siempre andas tú acercándote a los colegas del parque para que te inviten a un buchito de litrona y eso que no tocas la guitarra ni nada.

Cuando salen a la calle, le da el quinto a la chica, abre el paquete de patatas y le echa un puñado encima del pañuelo que tiene en suelo.

- Gracias - le sonríe ella.

- No hay de qué.

- Oye ¿para bajar a la playa?

- No tiene pérdida, si seguís por la carretera veréis a la derecha una especie de rampa con unas escaleras para bajar. Hay dos o tres, yo recomiendo la última, la que está pegando al acantilado. Allí tendréis más sombras si os pegáis a la pared y hay varios caños donde luego os podéis duchar. Si pilláis la marea baja, podéis andar hasta un par de calitas que forma el acantilado. Si os va el rollo, allí es zona nudista.

- Gracias tía, nos vemos…

- ¿Veis cómo hay que hacer amigos? - les dice María cuando se junta con ellos - ya me ha dicho la colega cual es el mejor sitio para ponernos.

De camino hacia la playa siguen cruzando por la calle principal, por la que van cogiendo altura. A la derecha, una jaima se alza al borde de un pequeño acantilado.

- ¿Y esto?

- Esto es el pub de moda aquí.

- No jodas.

- Las mejores puestas de sol de toda la zona.

- ¿Tú ya has estado aquí antes?

- Vinimos una noche que estábamos de maniobras, acampados entre Barbate y Zahara de los atunes. Tuvimos un herido, un cabo primero que se jodió la pierna haciendo rapel y lo llevamos en la ambulancia a San Fernando, al hospital San Carlos. A la vuelta el Malaguita, un curso de mi compañía y yo, paramos aquí. Nos habían hablado del sitio los camaradas de Cádiz y decidimos hacer una visita. Cuando aparecimos de uniforme por poco se lía parda, pero a la media hora ya nos habíamos tomado tres o cuatro cervezas y nos habían invitado a fumar. Aquí se junta lo mejorcito de caños.

- Pues habrá que hacer una visita.

- Claro, esta noche venimos.

Un poco más adelante ya se vislumbra el pinar y los acantilados de la Breña que separan Barbate de Caños. Unas escaleras bajan haciendo zig zag hacia la playa que no está muy llena por esa zona. No obstante, andan un poco hacia la izquierda en la dirección que les ha dicho la chica hippy. Pasan delante de una oquedad donde las paredes rezuman agua con verdina y un chorro cae del techo.

- ¿Qué es eso?

- Eso es uno de los caños, hay varios.

- ¿Por eso se llama así la playa?

- Sí, es el agua de la montaña donde hay varios arroyos y veneros subterráneos. Es agua dulce. Los compañeros de Cádiz me dijeron que te puedes duchar e incluso se puede beber.

- ¡Qué sitio más curioso! me da que aquí nos vamos a divertir.

- De eso se trata ¿no?

Los chicos por fin se detienen, pinchan la sombrilla y delimitan con toallas un espacio alrededor. Las chicas corren hacia el agua deseando darse un baño. Allí salpican, juegan y retan a sus novios a bañarse. Estos pronto se unen y hay risas, abrazos, ahora sí que de verdad empiezan sus vacaciones.

- ¿Dónde vais? ¿ya os vais a salir?

- Es que se calienta la birra, vamos a bebernos por lo menos una ¿no os parece?

Natalia y María todavía retozan un poco más disfrutando del mar. Cuando se reúnen con ellos un cigarro humea y el litro está ya bastante mediado. Ellas beben y se lo acaban mientras Jero abre el otro y Juanjo les pasa el porro.

- Es muy temprano, ahora no me apetece - rechaza María.

- A mí tampoco – secunda su amiga – Oye, nos han dicho que más para allá hay nudismo ¿queréis que demos un paseo? - propone picarona.

- Yo estoy molido de conducir, me quedo aquí tomando jarabe de litrona.

Juanjo tampoco parece muy entusiasmado, de momento prefiere terminarse el petardo que se está fumando.

- Sois unos muermos - dice Natalia mientras se levanta, se coloca un sombrero y se desabrocha la parte de arriba del bikini.

- ¿Qué haces?

- Pues quitarme esto para que me dé el sol, no pienso volver a casa con las tetas más blancas que las de una monja.

María la imita. Sus pechos son más pequeños, pero más simétricos. Botan como dos pelotitas con cada paso que da. Las dos caminan mientras los chicos fijan la vista en sus pechos y también en sus culos, donde todavía queda un rastro de arena y los cachetes asoman entre la tela del bikini. Andan por la playa y llegan a una zona donde la lengua de arena se estrecha. Tienen que pasar entre arena mojada y rocas. Hay bajamar. Se supone que con la marea alta a aquella parte no se puede acceder. A partir de ahí el ambiente, ya de por sí liberal y despreocupado donde abundan los topless, deja paso a una zona más salvaje y también más desinhibida.

Lo primero que ven es a un chico totalmente desnudo, pelo largo y agua hasta las rodillas mirando hacia el mar. Se dan cuenta pronto que, aunque también hay chicas, la mayoría son hombres.

- Mejor para nosotras - parece decirle Natalia con una mirada pícara.

Los chicos también las observan a ellas que se juntan y pegan hombro con hombro como si no hubiera playa para andar separadas. Finalmente llegan a un sitio donde las olas acaban por romper contra el acantilado: ya no se puede continuar. Es una pequeña cala donde la arena está salpicada de piedras y donde la bajamar ha dejado hueco para que se instale gente que parece salida de una comuna hippie. La mayoría están desnudos y lo que a ellas les llama la atención, allí parece tan normal que son ellas mismas las que distorsionan el paisaje con su bikini puesto en la parte de abajo. Se sientan un rato en la arena dejando que las olas bañen sus muslos. Están tranquilas, nadie las molesta ni se pone pesado, simplemente algunos chicos se acercan y se meten en el agua alrededor como tratando de llamar su atención. Las chicas sonríen y les vuelve a dar la risa floja. Cuando tras un rato los moscones ven que no tienen intención de coquetear, les dejan espacio y ya no insisten.

Entonces, Natalia se incorpora y camina metiéndose en el agua. Cuando le llega hasta el pecho se detiene y bracea un poco manteniendo el equilibrio entre las olas. María la imita, intentando llegar hasta ella. Es un error de cálculo porque su amiga es más alta y ella no sabe nadar. Piensa que aquello es como una piscina, pero el terreno es irregular y las olas hacen subir y bajar el nivel, sumergiéndola de repente. Se asusta y traga un poco de agua, pero enseguida sale a flote. María trata de llamar la atención de Natalia, pero ésta mira hacia el mar. Intenta gritar, sin embargo las olas le dan por encima de la barbilla, de modo que cierra la boca para no volver a tragar agua mientras hace gestos con la mano esperando que Natalia se gire y la vea. Se da cuenta que está en una especie de hondonada, posiblemente formada por el oleaje con la marea baja que su amiga ha pasado sin dificultad pero que a ella le está costando un buen tropiezo. Con alguna que otra tragantada y unas pocas inmersiones consigue finalmente que Natalia se fije en ella. Ha conseguido mantener la compostura y no ponerse nerviosa, pero su situación es delicada porque no puede mantenerse allí mucho tiempo. Casi a la vez que su amiga empieza a nadar en su dirección para ayudarla nota como unos brazos la levantan y la elevan sin dificultad en el agua. Un hombre la sostiene tomándola por la espalda y por debajo de las rodillas. Es un tipo fuerte, con mucho vello en el pecho, pelo rubio, es lo único que María puede ver mientras la saca hasta la orilla y la deja en la arena.

- ¿Tú bien? - pregunta con un acento extraño, casi quebrando las vocales.

- Sí, sí, gracias.

Está más aturdida que asustada y la sensación que ha tenido entre los brazos de aquel tipo mayor que ella, alto, con bigote, barba rubia y cabello largo no contribuye demasiado a tranquilizarla. Ella es más bien delgada y bajita en comparación con él. Se ha sentido como una muñeca en sus brazos. Ahora lo puede mirar y descubre que el tipo es guapo, que debe tener treinta y tantos años y los ojos de un azul profundo. Se estremece pensando en los minutos que ha pasado en sus brazos, cortos pero intensos. Mientras salía del agua no ha tenido tiempo de recapacitar ni de sentir demasiado, solo quería que la llevaran a la orilla, pero ahora su cuerpo se rebela y se niega a permanecer tranquilo. La piel se le eriza, no sabe si por frío o por lo que le provoca aquel hombre al que sigue investigando con los ojos, alto, de cuerpo macizo, torso ancho y brazos y piernas musculosos. Parece un vikingo. Quizás un poquito de grasa en la cintura, pero el conjunto no desmerece. Su vientre le provoca un pequeño movimiento sísmico en el cuerpo y a pesar del agua helada del Atlántico siente calor en el pecho.

- ¿Que te ha pasado tía?

- Es que no hacía pie.

- ¿Estás bien?

- Sí, solo ha sido un pequeño susto.

- ¿Y este maromo es el que te ha salvado? - dice Natalia mientras le hace un escáner al rubio - Pues muchas gracias guapo por sacar a mi amiga del agua.

- Gracias por nada- consigue construir el otro retorciendo un poco las sílabas.

Luego les hace un guiño y se marcha en dirección a la pared de roca donde una gente lo espera.

- Vaya tipo, a mí también me gustaría que me salvara un par de veces.

Las dos ríen y vuelven sobre sus pasos dando por zanjado el incidente. Lo hacen por la parte más alejada de la orilla, siguiendo la roca de la pared quebrada.

- ¿Cuantos penes has visto tú?

- Hasta ahora creo que cinco.

- ¡Uy, qué mala rima tiene eso!

Les vuelve a dar la risa.

Mientras bordean pegadas al acantilado, ven que hay entrantes en la roca formando minúsculas playitas y que también se forman cuevas, en las que hay gente que ha echado la toalla y buscan algo de intimidad. Natalia se detiene y le tira del brazo. Entre unas piedras, una chica rubia, oronda, con bastante pecho y muslos gruesos se sube encima de su pareja. Mueve la cintura apretando las nalgas hacia adelante y atrás, parece que solo están jugueteando pero ella mete la mano en su entrepierna, busca algo que ambas saben sin necesidad de verlo y se lo introduce.

- ¿Están follando?

- ¿A ti qué te parece?

La mujer empieza a culear, las tetas se balancean al compás mientras que con golpes de cintura se mueve encima del chaval. Se detiene un momento y toma un pareo que tiene sobre la arena. Se lo coloca alrededor de la cintura para tapar un poco sus muslos y las nalgas y que no resulte tan evidente lo que están haciendo, aunque es la única medida de precaución que toma porque luego siguen como si nada.

- Hala hija ¡a disfrutarlo! - exclama María mientras las dos continúan su camino haciendo bromas.

- Pues sí que hay ambiente aquí - comenta Natalia mientras ambas se fijan ahora más en cada recodo y en cada roca se encuentran.

Casi al final, otra sorpresa. Un cuerpo se aplasta contra la roca en la sombra, en una de las oquedades. Está de pie y parece querer fundirse contra la piedra. Detrás, otro cuerpo empuja y se restriega contra él mientras lo besa en el cuello. Son dos cuerpos morenos, musculosos, chicos con el pelo corto, a lo militar.

- ¡Osti tú! Tía, dos parguelas.

- Pues parece que se lo están pasando bien.

- Qué lástima chiquilla, con lo buenos que están.

- Pues sí, vaya desperdicio, pero también tienen derecho ¿no?

Cuando llegan donde están los chicos ambas vienen alteradas y excitadas.

- Joder, tenéis que ir a dar una vuelta un poco más adelante: hay de todo.

- Uy, estas dos vienen muy aceleradas…

- ¿Qué, habéis visto algún nabo?

- Unos pocos. Y también hay chicas y una parejita dándose caña y hasta dos tíos follando.

- ¡No jodas!

- Ahí mismo, en la playa. Bueno, ocultos entre las rocas…

- Pues ya sí que no me muevo de aquí.

- ¿Qué pasa? ¿tienes miedo de que te metan mano?

- Cádiz tiene fama de mariconeo así que mejor me estoy aquí quieto.

- ¿Es verdad que en Cádiz hay tantos homosexuales? - pregunta Natalia a Jero.

- No sabría decirte si hay más o menos que en otros sitios, lo que sí es cierto es que quizás por el tema del carnaval, las fiestas, lo de travestirse y todo eso, destacan más. Como que no se esconden tanto, pero bueno, ya habéis visto que en los sitios de movida ahora salen como setas.

Era cierto. Sin ser todavía algo aceptado plenamente, en determinados ambientes sí que se consentía e incluso parece que estaba de moda que la gente exhibiera su homosexualidad, tanto chicos como chicas, o que jugaran a la sexualidad ambigua.

- Entonces ¿por eso es la fama de Cádiz?

- Bueno, a mí me contaron una historia durante la mili, pero no sé si es verdadera o no.

Las chicas se acomodan junto a ellos con las piernas cruzadas. Deciden volver a ponerse crema, con el baño anterior y la caminata están expuestas y solo el aire ya te quema la piel si no tienes cuidado.

- Venga, a ver esa historia - reclama Natalia que se ha quedado con la curiosidad.

- Me lo dijo un subteniente cuando estaba haciendo la mili, quien por cierto creo que perdía más aceite que alguno de los camiones que teníamos allí en el taller mecánico para reparar. Antiguamente, cuando la época del Imperio español, ser homosexual era algo que estaba penado.

- Joder, como hasta hace poco…

- Sí, pues eso, pero entonces el castigo que había para la homosexualidad parece ser que era el destierro. Te mandaban al Nuevo Mundo, a las Indias como ellos decían. Una vez al año, todos aquellos que habían sido castigados con esa pena eran embarcados en un navío y los enviaban a América. Pues parece ser que ese barco salía de Cádiz, así que por eso dicen que Cádiz tiene fama de mariconeo, porque allí concentraban a todos los homosexuales de España antes de largarlos.

- ¿Y será verdad?

- Pues no lo sé, pero si algún día me encuentro con un historiador le pregunto.

Una hora después, los chicos emprenden el camino de vuelta. Pronto anochecerá. Antes han aprovechado uno de los caños de agua que caen del acantilado para ducharse con agua dulce y quitarse la sal y la arena. María, previsora, se había llevado un bote de gel. Todavía quedaban algunas personas en la playa aprovechando la tranquilidad y esperando ver el atardecer, pero a ellos no les ha importado quitarse los bañadores mojados y ponerse pantalones cortos y camisetas, quedando desnudos y desnudas a la vista de todos, aunque solo sea unos instantes. Lo han visto hacer a un montón de gente que incluso se han duchado completamente en pelotas.