Xtories

Allí donde te halles, te volveré a encontrar. 6

Ella no buscaba pasión, solo un pedazo de tierra para sobrevivir. Pero cuando la noche cae sobre la laguna y él la toma sin piedad, el dolor de su pasado se disuelve en un placer que no sabía que existía. Ahora, entre el barro del accidente y las sábanas húmedas, descubrirá que su libertad tiene un precio que ella misma está dispuesta a pagar.

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Noviembre 2014

Amanecer

Amanece en La Mar Chiquita y Lidia se despierta con los tibios rayos de sol que se cuelan por la ventana. Se despereza estirando los brazos todo lo que dan de sí cuidando de no despertar a su brioso amante y dibuja una mueca frunciendo el ceño. Se siente satisfecha y dolorida en partes iguales después de la increíble noche que ha pasado. Suerte que su hermana se ha hecho cargo de los niños, se suponía que solo venía a traerle la cena al muchacho.

Observa al gigantón que a su lado duerme desnudo a pierna suelta y se sonríe. No imagina donde hubiera terminado su familia de no ser por él. Observa en detalle su cuerpo relajado, los increíbles brazos doblados con las manos bajo la nuca, el poderoso pecho oscilando al ritmo de la respiración, la marcada musculatura abdominal y al llegar al badajo en reposo sobre el muslo derecho, se estremece.

Se levanta despacio y al sentarse, un pinchazo agudo le recuerda el descontrol nocturno. Se para con esfuerzo, camina unos pasos, abre las ventanas de corredera y se asoma a la pequeña terraza sobre la laguna. La mañana pinta preciosa, el sol ya se ha despegado de la prisión de las profundidades y más allá de la rompiente, las aguas están serenas.

Piensa en la noche pasada y se estremece, sus pezones se empitonan y le escuece el coño. Hacía tanto que no….

Desde el accidente de Braulio…-Le recuerda su inconsciente y un violento escalofrío de culpa la sacude.

No puede evitar que un par de lágrimas furtivas escapen por sus mejillas y cuando está por derrumbarse, el cuerpo de su amante imprevisto la abraza desde atrás y la sostiene. Todavía recuerda el desprecio de don David cuando su esposo cayó bajo el arado. Su única preocupación era el daño en los discos de la máquina y el gasto para repararlos. Y esa fué la excusa para dejarla de patitas en la calle junto a sus hijos pequeños y toda la familia, ni los gastos del funeral pagó el hijo de puta.

De no ser por la ayuda del muchacho cediéndole esa parcela de tierra para que la trabajara toda su gente, habría terminado en el puticlub del pueblo. Y hubiera triunfado, pensó con una sonrisa triste. Los hombres la deseaban. Era una linda morocha de veintisiete años, de carnes prietas, pecho prominente y culo erguido y sabía que sus piernas poderosas, producto del arduo trabajo en el campo, invitaban al pecado.

Sin embargo, salvo durante su sumisión, no intimó con más hombre que su marido, hasta este día y no porque le faltaran pretendientes, pero sus dos pequeños le demandaban toda la atención desde que murió su esposo.

Si bien es cierto que durante un largo tiempo se sintió sucia como para intentar rehacer su vida, tampoco era cuestión de hacerse mala fama en un pueblo tan pequeño. Por ese motivo la noche del sábado, cuando le acercó a Toño la ollita con el guiso de cordero, no tuvo más intención que la de ser amable con la persona que tanto los había ayudado. Se criaron como hermanos y en esos años lo quería con toda el alma, con un amor distinto.

Luego el tiempo y la distancia pusieron paños fríos sobre ese recuerdo y al volver tan hombre, tan generoso, convirtieron eses amor en otra cosa más física, más pasional, pero también sabía que era un alma libre de ataduras o por lo menos era lo que comentaban entre risas y en voz baja las muchachas del pueblo, entre ellas María, su hermana menor, que lo adoraba como a un dios.

Y las no tan muchachas también. Lo más extraño era que a los hombres del pueblo, tratándose de Toño, nada les molestaba. Era mucho lo que le debían y lo que confiaban en él.

No pudo evitar su invitación a compartir la mesa y cuando llamó a su hermana para avisarle que llegaría tarde, María le deseó suerte entre carcajadas. La muy guarra seguro ya lo había catado.

Antes de cortar, alcanzó a escuchar que su novio le preguntaba que pasaba y que ésta le contestaba entre risas.

Nada, nada…cosas de chicas ja, ja, ja. -No era cuestión de explicar.

La noche se presentó cálida y armaron la mesa en la terraza de la zona de estar que daba a la laguna. Entre risas, el cordero bajó acompañado por dos botellas de vino patero dulzón de factura propia y al terminar, mientras Toño recogía la mesa, Lidia se recostó melancólica sobre la baranda de la terraza observando el reflejo de la luna que a lo lejos, iluminaba la rompiente.

LA MAR CHIQUITA

Perpendicular a la avenida periférica que bordea el casco urbano de San Agustín y justo frente a la taberna donde se reúne la gente del pueblo por las tardes a tomar unas copas, parte el Camino del despeñadero, un sendero de tierra y tosca llamado así, porque en su derrotero hacia el sur, finaliza en un acantilado de treinta metros donde se precipita al mar.

Sobre el lado oeste del mismo, se halla la estancia de La Ballenera, ocupando todo la banquina a lo largo de sus diez kilómetros, desde la avenida perimetral en que se halla la taberna, hasta finalizar en el océano. A lo ancho y hacia el oeste se despliega el terreno y finalmente limita con la última gran estancia de la zona. La Don David

Frente a La Ballenera, sobre el lado este del camino, colgada del continente como un archipiélago y escindida hace años de ella, se extiende la estancia La Mar Chiquita, una extensión de tierra totalmente forestada de pinos y eucaliptus que ocupa tres kilómetros de ancho desde el camino del despeñadero hasta el mar y que contiene en su interior la laguna salada del mismo nombre, alimentada por el agua del mar.

La estancia tiene forma de rectángulo casi perfecto, con tres lados sobre el mar y la cara oeste demarcada por los diez kilómetros del camino del despeñadero paralelo a la costa.

Los diez kilómetros de acantilado, que forman el lado este sobre el mar, incluyen una caverna por donde se alimenta la laguna salada y más al sur, una hondonada donde la marea comió el acantilado a través de los años y dió lugar a unos quinientos metros de playa de suave pendiente donde descarga sus aguas el arroyo de La ballenera, que nace en la laguna del mismo nombre y cruza el camino del despeñadero casi en su límite sur.

Dos kilómetros antes del arroyo, termina la laguna de Mar Chiquita, el espejo casi cuadrado de agua salada de cien hectáreas pegado al mar y separado de éste por un farallón de piedras.

Sobre su borde interior de la laguna, del lado del sendero, solo accesible por una rampa de madera y reposando graciosamente sobre pilotes para eludir los caprichos de la marea, se halla la casa donde vive Toño. Diseñada por él y enteramente construida por sus propias manos sobre las ruinas de su pasado.

Se trata de un liviano y moderno conjunto de estructuras de madera y aluminio de doscientos metros cuadrados construido en una sola planta y que consta de un monoambiente que abarca la cocina, el comedor y una sala de estar rematada en el amplio balcón sobre la laguna donde habían cenado.

Desde el mismo, se contempla enteramente la laguna y mil metros por delante el farallón de piedras que la protege de la furia de la marea. Cuando la misma está en su punto más bajo, se puede observar la amplia caverna que la alimenta y la conecta con la estrecha franja de arena de la orilla que desaparece en pleamar.

Cruzando esta caverna y una vez sobre la arena, una gran roca blanca y negra, ubicada sobre el mar, oculta su entrada a los navegantes.

Sobre la izquierda de la casa, según se entra, un embarcadero conecta directamente la laguna con la cocina. Sobre él, un plateau con ducha permite enjuagarse la sal y la arena al salir de nadar y antes de entrar a la vivienda.

Sobre la derecha del comedor y cruzando un pasillo vidriado, se desemboca en una estructura satelital, construída sobre pilotes y ubicada enteramente sobre el agua. El pasillo desemboca en un baño completo para ser usado por toda la casa y a un lado del mismo, orientado al este, se encuentra el dormitorio principal en suite con cama matrimonial donde habían pasado la noche. Remata la estancia una pequeña terraza sobre el agua. Al otro lado del baño se halla un dormitorio mas pequeño con dos camas simples y placard que mira hacia la orilla.

Una gran bombona de gas ubicada en tierra firme alimenta toda la casa y un molino de viento apoyado por una usina de paneles solares instalada sobre el techo de chapa a dos aguas, alimentan dos grandes baterías, complementando la energía eléctrica obtenida de la red.

Completando la decoración interior, un poderoso equipo de UHF alimentado a baterías, comunica con los servicios públicos del pueblo durante las grandes tormentas que los dejan sin luz ni telefonía.

La vivienda es solo accesible por mar en marea baja y por tierra, solo si se conoce el laberíntico recorrido entre la espesa arboleda.

La tranquera que conecta el camino del despeñadero con la estancia da acceso a un sendero de piedras que conduce a un galpon solitario, donde duermen perezosos, un tractor antigüo convertido en vehículo de paseo con dos cómodos asientos sobre los grandes guardabarros, un unimog todo terreno de grandes ruedas pantaneras con nueve asientos distribuidos en tres filas y una vieja Royal Enfield de la segunda guerra puesta a nuevo, con su correspondiente sidecar.

La frondosa arboleda que rodea a este curioso garaje, plantada años atrás por los dueños primitivos como barrera de protección frente a los fuertes vientos provenientes del mar, tiene una disposición simétrica y alineada tan vistosa, que delata la intervención del hombre en su gestación. A tal punto esto es así, que saliendo por los fondos del galpón o rodeando el mismo, solo se llega a la casa principal siguiendo un curioso laberinto que pocos conocen y está demarcado por la ubicación estratégica de algunos eucaliptos, mechados en el tupido pinar.

La noche anterior

Lidia es de las pocas que conoce esa información y sobre eso meditaba mientras contemplaba extasiada el reflejo de la luna sobre el mar después de cenar. Vestida con una corta pollera tableada, un top que resaltaba su precioso pecho y zapatos de medio taco, la imagen que ofrecía vista desde atrás apoyada sobre la baranda era muy seductora.

Y esa vista es la que contempló Toño embelesado al volver de la cocina. Sin pensarlo demasiado y dejándose llevar por el instinto, se colocó detrás de la muchacha evitando tocarla y le dió un pequeño mordisco en el cuello. Lidia, tomada de sorpresa, sintió una descarga de adrenalina tal, que a lo único que atinó fué a recular y abrigarse en el cuerpo del muchacho, que no dudó en rodearla con sus brazos y clavarle su hombría en la grupa.

Lidia giró la cara y Toño le comió la boca, mientras sus manos inquietas, subiendo por la piel desnuda de la cintura, arrastraron top y corpiño hasta sacarlo por su cabeza liberando su fabulosas tetas. Las amasó, apretó y se apropió de los endurecidos pezones retorciéndolos con saña, provocando una descarga en la necesitada muchacha, mezcla de dolor y placer, que le provocaron el primer orgasmo de la noche.

Cuando las manos del enardecido muchacho, repitieron la faena con su pollera y sus bragas, Lidia supo que la batalla estaba perdida. Se dió vuelta, liberó afanosa la increíble tranca del macho y tomándose de su cuello se trepó a su cintura. A pesar de haber parido dos veces, se sintió llena y cuando sus carnes cedieron alojando al invasor, volvió a explotar como no recordaba.

Empalada como estaba, el gigante la levantó de las nalgas con sus poderosas manos y sentándola sobre la baranda, la empezó a follar como si le fuera la vida en ello, provocándole tantos orgasmos que perdió el conocimiento. Se despertó en la cama aturdida y al recordar lo acontecido, palpó asustada su irritada vagina.

Tranquila, no he acabado todavía.

Lidia bajó la vista y al ver la amoratada tranca del muchacho comprobó que era verdad y decidió solucionar el problema, se montó sobre él y con dificultad se empaló de nuevo.

Solo fué un acto reflejo, no estoy en días fértiles.

Apoyando las palmas de las manos en su pecho, puso en marchas sus caderas extasiada por lo que estaba sintiendo. El rostro afiebrado de la muchacha, el oscilar morboso de sus pechos y el trabajo sobre su polla, fueron demasiado para Toño, que explotó en un orgasmo monumental arrastrando a su pareja. Derrengados y satisfechos se quedaron dormidos con una sonrisa en el rostro.

Amanece que no es poco

La misma sonrisa con la que Lidia contempla el amanecer esta mañana desde el balcón, sintiendo la virilidad de Toño a sus espaldas.

A pesar de sentirse irritada, vuelve a estar excitada, abre las piernas y permite que la poderosa tranca se aloje entre ellas. Inclina el torso apoyada con una mano en la baranda y con la otra dirige al invasor a conquistar la ciudadela. Lo siente entrar despacio, tomando posesión de lo que siente suyo. Apoyando la otra mano también en la baranda, se pone en punta de pié y rinde el sitio.

La cópula se vuelve infernal. Tomado de sus tetas, Toño la embiste con tanta potencia que la levanta del piso. Cuando explota en un orgasmo violento gritado a los cuatro vientos, Lidia vuelve a perder el sentido. Despierta al sentirse en el agua de la laguna, Su amante la ha llevado en brazos y la limpia con cariño. Una vez despejada, juega un rato con él y luego de una ducha reparadora, se despide sin promesas cerca del mediodía. Los niños la esperan.

Noviembre 2014

Ramón

Caplac, caplac...caplac, caplac… caplac,caplac...caplac.caplac

Resuenan los cascos de mi caballo percherón en la seca e infernal tarde de Noviembre. Manso y tranquilo como espejo de mi estado de ánimo. No es tan dura la vida del pobre en el campo, siempre habrá un árbol para protegerse del sol o un arroyo para refrescarse.

A pesar de la sequía en el valle, ha llovido fuerte en las sierras y la Ballenera se ha desbordado, haciendo que el arroyo invada el camino de tierra y convierta cien metros a cada lado del cauce en un lodazal. Sin trabajo fijo desde que el viejo nos echó a la calle, no tengo más recursos, hasta que llegue en Diciembre la gente de La Ballenera, que los pesos que me saco ayudando a mi hermana Lidia en su parcela o desatascando carros cuando sube el arroyo. Eso, o llevarle la corriente a mi amigo en sus locuras. Tampoco necesito mucho más, mi pareja ya no está conmigo, y yo me conformo, después de todo, uno es pobre en la medida de lo que necesita. Y yo me arreglo con poco.

A lo lejos, la nube de tierra avisa de un coche que se acerca a toda velocidad. Si pasan y saludan con respeto, les aviso del desborde. Si no…Me gano unos pesos. Ni lo uno ni lo otro, los desgraciados al verme en el camino aceleran y apuntan en mi dirección. Sabiendo lo que va a pasar, tapo la cabeza de mi caballo con una manta para que no se asuste y me subo la capucha del buzo justo en el momento en que el deportivo convertible rojo me pasa rozando a toda velocidad, sumiéndonos en una nube de tierra y piedras.

En medio de la polvareda, alcanzo a divisar a dos muchachas, que vestidas de fiesta en mínimas prendas y con botellas en la mano, van sentadas a los gritos sobre los respaldos de los asientos. Temiendo el desastre, pego la vuelta y apuro el paso. Dos kilómetros más allá, encuentro el accidente.

Los nietos de Don David

El coche está enterrado hasta las puertas, las bolsas de aire disparadas y el conductor, junto al acompañante, colgando aturdidos de los cinturones de seguridad.

Diez metros por delante, las dos chicas están despatarradas sobre el barro en posición indecente. La más rubia de ellas, tirada de espaldas desmayada con las piernas abiertas, el vestido arremangado en la cintura y el coño desnudo tomando sol. La de pelo negro, también sin calzones, esta enterrada boca abajo pataleando desesperada, buscando zafarse para poder respirar.

Salto del caballo y mis botas de pesca quedan enterradas hasta las rodillas al lado de la morocha, tiro su cabeza para atrás tomándola del pelo y le saco el barro de la boca con el dedo para que respire.

A la tremenda bocanada de aire de la morena, le sigue un ataque de tos colosal, buscando expulsar el barro aspirado. Cuando se serena, la subo cruzada boca abajo sobre el percherón que se deja hacer manso y tranquilo y tomándome fuerte de la montura me hago arrastrar hasta la otra muchacha que está reaccionando. El suelo blando las ha salvado de una muerte segura.

Subo a la rubia junto a su amiga y colgado de mi caballo salgo del lodazal. Al pasar junto al auto enterrado, descubro que los varones son los nietos de Don David. El hijo de puta que dejó a mi hermana en la calle.

Sin preocuparme por ellos, paso de largo y el mocoso me increpa.

Hey tu, rotoso, ¿donde vas? Sácanos de aquí - grita el conductor al ver que sigo de largo.

Imbécil, a tí te estamos hablando - apoya el hermano menor

Al llegar a terreno seco, verifico que las muchachas estén bien a pesar de que están aturdidas, les pido que llamen pidiendo ayuda alcanzandoles las carteras que he recuperado del barro y montando mi caballo, vuelvo por los muchachos.

Me acerco al conductor y me quedo mirándolo fijo

¿Eres tonto?¿Vas a sacarnos o qué? - me increpa

Depende de lo que pagues por ello.

¿Cuánto quieres hijo de puta?

Ahora, todo lo que tengáis los dos.

Encabronados sacan de sus bolsillos todo lo que tienen y me lo dan. Ni una sola vez han preguntado por las muchachas. Reculo con mi caballo, ato la soga en el arnés especial y les tiro la otra punta.

Átenla en el gancho de remolque.

El auto se ha clavado de punta y el gancho trasero está expuesto.

Estás loco, está todo embarrado.

La atas o te quedas ahí.

A una seña del conductor, el acompañante se bajó con asco y enterrado hasta las rodillas pegó tres vueltas a la cuerda por el gancho y me alcanzó la punta para que la anude.

Cuando te lo diga, pones marcha atrás y reculas despacio mientras yo tiro.

Cuando logramos poner el auto en tierra firme, la ambulancia ya había llegado y después de revisar a las chicas se las llevaron al hospital. Como imaginaba, los primos salieron pitando tras de ellas sin siquiera darme las gracias. Cuento el dinero y me asombro…

Vaya cantidad manejan los mocosos para salir de farra, para qué habrá ahorrado tanto el viejo.- Pienso tristemente divertido recordando al tacaño de su abuelo.

Con unos pesos encima retomo el camino y al llegar cerca de la avenida ya veo sentado a una mesa a mi gigante amigo. Su gran estatura y su imagen de bruto, ocultan a la perfección la nobleza de su corazón. Si no, que le pregunten a mis hermanas.

Hablando de ellas, vaya forma de llegar Lidia a casa esta mañana. Caminaba con las patas abiertas como si estuviera escocida. María, mi otra hermana, la estaba esperando muerta de risa con mis sobrinos ya desayunados y cuchicheaban a escondidas en voz baja para que nadie se entere el porqué. Como si yo no supiera de qué iba la cosa.

El novio de María me miraba intrigado, me hacía señas con la cabeza para tratar de enterarme de lo que pasaba y yo sólo levantaba los hombros fingiendo ignorancia. Cómo explicarle que ella sabía por experiencia propia por qué andaba así su hermana.

Ella y muchas otras mujeres de San Agustín

SAN AGUSTIN

San Agustín es un pequeño poblado recostado sobre la costa, construído en tierras donadas por un visionario alrededor de lo que supo ser el casco de la estancia bicentenaria del mismo nombre. Una gran hacienda de veinte mil hectáreas robadas a los pueblos originarios en la campaña del desierto que los expulsó de sus tierras. Tierras que luego fueron repartidas entre las familias patricias que financiaron la cristianización del territorio.

Las sucesivas muertes de sus propietarios y el reparto de los bienes entre los múltiples herederos, llevaron al desguace de la estancia en múltiples parcelas y otras haciendas, de las cuales en la actualidad, solo un par permanecían en manos de rancias familias. Paradójicamente, esas tierras eran las únicas que se presentaban yermas o mal administradas. A pesar de navegar en un mar de fertilidad, solo eran utilizadas como símbolos de ostentación y disfrute personal.

El resto, la gran mayoría, habían caído en manos de un heredero bastardo y desclasado, que honrando el legado de su difunto y recién descubierto padre, desde el momento de tomar posesión de su herencia decidió honrarlo y profundizar los cambios. Para disgusto de las rancias familias originales y aprovechando que su difunto padre había dividido su herencia en parcelas de diez hectáreas, las había dado en explotación a los baquianos de la zona, hijos y nietos de los explotados trabajadores empleados antiguamente de los dueños primitivos.

Ingeniero agrónomo recién recibido de profesión, organizó a los antiguos peones en una gran cooperativa y diversificando las parcelas en unidades productivas ató las utilidades de cada una al rendimiento del grupo, evitando de esa manera diferencias entre los parcelados. Al ser el administrador y propietario desconocido de la tierra y además el responsable del asesoramiento técnico de la cooperativistas, ató sus utilidades a las del grupo y fijó su renta en un acuerdo con los demás integrantes de la cooperativa.

Una parcela se destinó al tambo, otras a la cría porcina, a un criadero de aves, a la ganadería y de las destinadas a siembra, se fijaba la cantidad, el tipo de cultivo y la rotación, en reuniones previas a cada campaña.

Finalmente un sector importante fue destinado al acopio de granos, depósito y mantenimiento de maquinaria y administración.

Gracias a la visión de su difunto padre, la casona victoriana del casco de la estancia se había adaptado como escuela primaria y secundaria y alrededor de ella fué creciendo el pueblo. En poco tiempo habían crecido tanto, que ya contaban con un pequeño hospital totalmente equipado para urgencias, una sala de consultas médicas y recientemente, con el apoyo de la cooperativa, habían inaugurado una escuela agraria para estudios terciarios y en sus instalaciones se habían montado una fábrica de chacinados, conservas y mermeladas atendidas por alumnos y profesores.

En el aspecto servicios y esparcimiento, contaban con un almacén de ramos generales, un par de tiendas. un pequeño hotel para los viajantes de comercio y la vieja taberna de la periferia, devenida en restaurante mediodía y noche y confitería o bar de copas el resto del tiempo

Allí se encontraban Toño y Ramón reflexionando, que sin embargo, tanto cambio positivo para la vida de los habitantes de San Agustín, no era del todo bien visto por las pocas familias de potentados que todavía conservaban grandes extensiones de tierras.

Perder el poder de hacer y deshacer a su antojo sin dar explicaciones, los traía de mal vivir, sobre todo, las pretensiones salariales y laborales del poco personal que sus menguadas economías les permitía contratar.

Hablando de dar explicaciones, podrías explicarme porque mi hermana llegó en ese estado a casa esta mañana. - Preguntó socarrón Ramón

¿Có…cómo? Yoo..este…

Ja, ja, ja tranquilo hacía rato que no la veía tan contenta. Solo espero que no le des falsas esperanzas, ha sufrido mucho la pobre desde que los hijos de puta la dejaron tirada después de la muerte de mi cuñado… Hablando de hijos de puta…

Se interrumpió mirando hacia la entrada. En ese momento hacía su ingreso a la taberna un figurín atildado de bigote finito, con pintas de llevarse el mundo por delante.

Los dos amigos quedaron en silencio observando al cincuentón peinado con gel, que vestido con camisa blanca, pantalón de montar y botas relucientes a la rodilla entraba conversando con dos hombres de gesto adusto y mal entrazados, acompañados de un muchacho más joven que ellos de aspecto frágil y asustadizo.

Uno de los sujetos era muy blanco, tenía la cabeza afeitada al ras y muy colorada por la desacostumbrada exposición al sol al igual que su cara, como si hubiera salido al exterior después de mucho tiempo de estar encerrado y el otro era moreno, de abundante pelo corto y lucía una cicatriz que le cubría toda la mejilla derecha.

Ese que ves ahí es Juan, el cuñado de don Ismael, dueño de La Ballenera, un ave de rapiña bueno para nada con más pretensiones que el rey de España. Un figurín inútil que solo piensa en sus beneficios personales. Fíjate el lustrado de los zapatos y dime si ese hombre hace algo más que rascarse la tripa en el campo.

Comentaba Ramón, mi amigo rústico pero de buenas entrañas, mientras no se quedaba quieto en su silla.

Ja, ja, ja. Por lo inquieto que estás, parece que no te cae bien. No te quedas quieto un minuto.

Cállate, las almorranas me tienen a mal traer. Tengo fecha de operación para la semana que viene y no sé cómo decírselo al patrón. Justo vienen de vacaciones y su esposa estrará más quisquillosa que nunca.

No sé porque sigues trabajando para esa gente después de lo que te hicieron, te tratan mal y te pagan peor y para colmo, si siguen así, pronto se van a quedar sin nada.

Sé que tienes razón, es que son muchos años, la familia de mi madre llevaba trabajando para ellos por más de tres generaciones y no son tan mala gente como los pintan, sólo han tenido mala suerte. Nada comparable a los desgraciados de Don David. Esos sí son mala gente, mira lo que han hecho con mi hermana. Además sé que don Ismael se vió obligado a echar a mi familia y en compensación, me conservó el puesto durante el verano. De no ser por tí...

Don Ismaél, un hombre de sesenta y cinco años, rechoncho y de carácter huraño, era el dueño de la estancia la Ballenera, una extensión de tierras improductivas de doscientas hectáreas lindera con el pueblo, que no era explotada comercialmente desde hacía ya muchos años. Casado con doña Isabel, una mujer hermosa de cuarenta y dos años, tenía dos hijos. Ignacio de cuarenta años, fruto de su primer matrimonio e Inés de veintidós.

Ignacio era un muchacho delgado de carácter irascible, casado con Juana, una morena voluptuosa y sufrida de treinta y ocho años que le había dado dos hijos preciosos pero arrogantes, José de diecinueve nueve años y Jacinto de diecisiete. Buenos para nada, odiaban el trabajo manual y sufrían lejos de la gran ciudad. No veían el momento de echar mano a su herencia y dedicarse a la usura.

Inés en cambio, era una muchacha rubia hermosa de curvas pronunciadas y carácter alegre que soñaba con poder trabajar algún día en la estancia. Estudiante avanzada de agronomía y ajena a la realidad económica de su padre, se pasaba las horas recorriendo los diferentes emprendimientos de los vecinos, que la atendían con respeto en honor a su apellido y su buen hacer.

Completaba la familia, Isolda, la hermana de don Ismael, una mujer enjuta y amargada de cuarenta y ocho años casada con Juan, un figurín de cincuenta años bueno para nada, que se había pasado la vida viviendo de la herencia de su mujer. Putero y arrogante, solo servía para el baile, las mujeres fáciles y la buena vida.

Del antiguo esplendor de la estancia sólo se conservaba la gran casona usada para vivienda de vacaciones, los barracones del personal de servicio, y un par de hectáreas vecinas a ellas, usadas como jardín, huerta, caballerizas y lugar de esparcimiento, con canchas de tenis y pileta de natación.

El resto eran tierras improductivas cubiertas de yuyos y pastizales, donde solo era rescatable un frondoso monte de árboles añejos regalo de la naturaleza y dentro de él, una gran laguna llena de pejerreyes, delicia de los pescadores furtivos que se colaban por los rotos alambrados.

Se comentaba que la afición por el juego, el puterío y la buena vida del hacendado, habían dilapidado la fortuna heredada y en estos tiempos de altos impuestos y fisco hambriento, era solo cuestión de tiempo que la propiedad se rematara. Remate que era esperado con ansiedad por algunos buitres propietarios de tierras vecinas.

Sobre todo los actuales dueños de la estancia don David, cuyo hijo Jhoel, principal actor en la caída en desgracia de mi familia, un flaco alto de treinta años con cara de buitre, avaro y explotador de sus peones, era el actual novio de Inés, la hija de don Ismael.

Viendo el percal del figurín que se floreaba amanerado en la mesa contigua, Toño podía imaginarse de qué iba la cosa con ese hombre, lo que no cuadraba eran sus compañías disonantes, gente de muy baja calaña por donde se los mire.

Como eso le generaba curiosidad y sospecha a partes iguales, así como todo lo que rodeaba a esa familia, Toño tomó un par de fotos disimuladas de los impresentables por si las llegara a necesitar y se ofreció a su amigo.

Si quieres puedo darte una mano.

¿ Y eso cómo sería? -Preguntó Ramón extrañado.

Pensaba tomarme unas vacaciones estos días, puedo cubrirte hasta que te repongas.

¿Tu haciendo trabajo de peón?¿ Es que te ha dado el sol o que te pasa?

¿Por qué no? Ellos no me conocen y a tí te debo mucho, eres mi hermano, tu familia me ha criado y me han enseñado todo lo que sé. No trabajamos juntos por tu cabezonería y que yo sepa, tu trabajo no es que sea de peón precisamente.

No...Es peor que eso.. soy el esclavo de la puta yegua...Ramón prepárame a Jacinta que quiero salir a cabalgar… Ramón los aperos no están lustrados… Ramón acompáñame a la laguna que hay mucho maleante suelto…

Declamaba en falsete Ramón imitando a su jefa y provocando la risa de Toño.

Ja ja ja. Bueno...Por lo menos en la laguna te habrás recreado la vista.

En eso tienes razón, está buena la hija de puta, pero es más fría que un témpano. No le he visto jamás una sonrisa.

Estará mal cogida, no se lo vé muy activo a tu patrón Ja ja ja

Ja ja ja mira que eres malo, pobre Don Ismael, no sabes con qué hambre la mira el hijo de puta de su cuñado.

Agregó señalando al figurín.

¿Qué quieres? Viendo con el cardo que está casado el pobre tipo, debe andar desesperado el hombre. ja ja ja

Finalmente Toño lo convenció y al mes siguiente, una mañana bien temprano estaban parados frente a don Ismael que los escuchaba atento, sin dejar de contemplar al hombre que Pedro le presentaba. Un muchacho alto, de anchas espaldas y aspecto rudo. Pelo negro largo atado en una coleta y barba enmarañada que no dejaba ver su cuello. Solo sus ojos grises y vivaces desmentían el aspecto bruto y rústico del reemplazante propuesto.

Vestido con una camisa holgada, bombachas de campo y botas tres cuarto, tenía aspecto pulcro y prolijo, pero una fuerza extraña parecía removerse inquieta bajo esas discretas prendas. Una especie de violencia reprimida, una rebeldía innata esperando a ver la luz. Quizás la horma del zapato para la insolente Isabel o su indomable hija.

Como le digo patrón. Toño es el hermano varón que no tuve, se ha criado a mi lado y es como de la familia.

Sé que si lo traes es porque es de tu confianza, pero también sabes que mañosa es mi mujer. espero no la decepciones. Odiaría tener un problema contigo después de tantos años.

La velada amenaza quedó colgada en el aire y no pasó desapercibida por Toño que se forzó a no contestar.

Al día siguiente a las seis de la mañana se presentó a trabajar e hizo el recorrido desde su casa caminando. Eran solo un par de kilómetros.

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Continúa en