Cariño, salgo a correr, parte 4
El portal entreabierto no fue un descuido, fue una invitación. En la cocina, con la lavadora girando de fondo, la tensión se rompe sin preámbulos ni miramientos.
Esa noche al llegar ella al jardín no se acercó a mí, sólo me dirigió una pícara mirada, echó la basura y volvió al portal de su casa. Por un momento pensé que ya había conseguido lo que quería, ser infiel a su marido, y que pasaba de mí. Pero me di cuenta de que había dejado entreabierta el portal del edificio.
Cuando entré, ella ya había subido en el ascensor, así que sin poder esperar subí por las escaleras. Al llegar al segundo su puerta estaba también abierta, entré y la cerré. La luz de la cocina era la única que estaba encendida así que me dirigí hacia allí.
Ella estaba metiendo ropa en la lavadora poniendo el culo en pompa hacia donde yo me encontraba. Mi primera idea fue ensartarla allí mismo, le baje el pantalón y la braga de un tirón y ella pegó un gritito de sorpresa. Se veía un precioso panorama, un culito de pera dividido por una mata de pelo que salía de entre las piernas.
Bajándome el pantalón y el calzón cogí con la mano mi miembro e intenté introducírselo. Digo intenté porque estaba tan prieto que no pude. Ella se quejó y entonces me acordé de lo que me dijo de su marido, pero yo no estaba para preámbulos así que abrí el frigorífico que me pillaba a mano y saqué la mantequilla, aplicándosela en su conejito.
Esta vez el ungüento hizo que mi glande se introdujera en su prieta vulva, suavizándola lo justo para meter todo el pene. La queja se convirtió en gemido y el gemido en jadeo. Mientras, para no caerse por las arremetidas de mi pelvis, se agarraba a la lavadora que había comenzado su programa. Le despojé de todas las prendas superiores para dejar sus senos al aire, sin dejar de darle porrazos con mi verga.
Sus tetas enormes aparecían bamboleándose bajo su esbelta espalda y sentí un inquietante deseo de estrujárselas. Doblé el tronco para acceder con mis manos a sus pechos con tan mala suerte que mi pene salió disparado de dentro de su conejito quedando entre las piernas. Continué intentando metérselo sin las manos, ocupadas en el magreo de sus pezones, pero solo conseguía que la punta de mi glande rozara su clítoris.
Me indicó que siguiera así, con el roce, que le gustaba mucho y noté cómo su pepitilla se elevaba y endurecía como un pequeño pene. Seguí con el masaje de mi miembro sobre su pubis hasta que reventó en un ahogado grito, desparramando su exhausto cuerpo en el frío suelo.
Yo, que continuaba en marcha, me puse de rodillas y levanté su culito para ponerlo a la altura idónea. Ella se dejaba manejar como una muñeca de trapo y pensé en introducírsela en el ano, pero me corté y se la volví a meter en el agujerito que ya tenía dilatado y húmedo. Me bastó con un par de sacudidas para llegar yo también al orgasmo. Y la regué con todo mi calentito esperma cuando ella aún continuaba jadeando en el suelo. Me tiré en el suelo boca arriba junto a ella y entonces se acercó a mí, me dio un beso y me dijo que me tenía que marchar.
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