Xtories

Servicio integral de limpieza

El calor del verano y el sudor de su uniforme revelan más de lo que las palabras podrían decir. Cuando la frontera entre el trabajo y el deseo se rompe, Javier descubre que la mujer que limpia su edificio tiene otras necesidades que satisfacer.

Javi6.6K vistas9.6· 9 votos

No me había parecido muy emocionante mi primera reunión de comunidad de propietarios, no sabía lo que me esperaba, los vecinos diciendo incoherencias todo el rato echándose mierda los unos a los otros todo el rato, ya que por lo demás las cuentas estaban bien y todo iba correcto salvo una cosa que ya detecté cuando me mudé unos meses atrás, el servicio de limpieza del portal y las zonas comunes parecía estar incumpliendo, así que votamos que íbamos a buscar otra empresa que lo gestionase.

Me llamo Javier y tengo treinta y ocho años, soltero y por fin he conseguido lo que quería, me compré un pisito, no muy grande para mí. Estoy soltero y sin aspiraciones, pero estaba cansado de vivir de alquiler con precios altísimos y, para que al final, el lugar en el que viva no sea mío y cuente con ciertas limitaciones por ello.

Vivo en un segundo piso de un bloque de cinco, no tenemos ascensor ni grandes lujos, pero a mí me vale. El único problema que yo veía era lo que se había tratado en la reunión, así que en breve se solucionaría también.

Menos de un mes después de dicha junta, vi que había alguien trasteando en el cuarto de contadores, que también servía como cuarto de limpieza, me asomé y lo primero que vi fue un bonito culo agachado que pertenecía a alguien que estaba revisando todo lo que había almacenado. No quería molestar, pero ese fino pantalón gris claro de trabajo, con un tanga negro que se podía entrever me provocó cierta curiosidad.

-¿Hola?

De repente la mujer dio un respingo y se incorporó, lo primero que vi era que estaba muy buena, a pesar de que el uniforme no le favorecía mucho, tendría unos cuarenta y pocos años, era muy guapa de cara, pelo rizado negro recogido en una coleta larga, ojos marrones claros detrás de unas gafitas pequeñas y una sonrisa bastante cautivadora, llevaba una camiseta blanca bajo la chaquetilla, pero se podían intuir un par de tetas bastante grandes.

-Hola, perdona, andaba enfrascada y me has sobresaltado.

-Perdona, no quería asustarte, es que hacía tanto que no veía a nadie en este cuarto que me ha sorprendido y todo.

-Si, algo me han contado, no te preocupes, que a partir de ahora sí que verás que aquí se mueven las cosas.

Le sonreí y le tendí la mano, ella me la estrechó con gusto.

-Javi, del segundo izquierda, teletrabajo generalmente, así que si algún día necesitas algo me llamas.

-Muchísimas gracias, yo me llamo Marisa, voy a volver al curro, que tengo que hacer inventario.

-Si, que te sea leve.

Nos despedimos y ella se volvió a girar para seguir con sus tareas, yo miré disimuladamente su culo un par de segundos más y me fui a casa.

Con el paso del tiempo demostró que era verdad lo que había dicho, la veía muy a menudo por allí y el lugar estaba como un sol, se notaba cuando alguien hacía bien su trabajo. Además no se podía negar que animaba bastante la vista, siempre estaba canturreando y bailando mientras trabajaba, meneando las caderas y el culo de tal manera que alguna vez tuve que terminar dedicándole una paja después de cruzármela por el pasillo o la escalera.

Un día entré en el portal, hacía un calor de muerte en la calle, según la tele llevábamos 2 días de calor intenso y nos quedaban otros cuatro o cinco. Al menos se notaba el descenso de la temperatura en el interior, me crucé con Marisa, que iba con la escoba hacia el cuarto de la limpieza, se la veía asfixiada, sudaba a chorros y resoplaba.

-Buenos días, Javi.

-Buenos días Marisa.

-Calor, ¿eh?

-Qué te voy a decir a ti…

-Estoy agotada, llevo fatal el calor, menos mal que acabo aquí y por hoy ya está.

-¿Te queda mucho?

-Acabo de llegar y estoy… muerta.

Le dije que me esperase en el portal un minuto y subí corriendo la escalera, saltando de dos en dos los escalones, entré en casa, saqué una botella de agua de la nevera y se la bajé. Ella agradeció con una sonrisa sincera el gesto.

-Bebe despacio, que está muy fría.

Ella la abrió y bebió con los ojos cerrados, me fijé en que llevaba la chaquetilla desabotonada y llevaba una camiseta de tirantes negra debajo sin nada más, era normal, con ese calor. Perlas de sudor cubrían su escote y empapaban su camiseta, provocando que los pezones se marcaran en la tela. Sabía que ella me había pillado mirándola por cómo me miraba ella a mi, yo bajé la mirada e intenté escurrir el bulto.

-A ver, podría haberte invitado a una cerveza o así, pero estás trabajando.

-Mataría por una cerveza fresquita… Ains, pero tienes razón, estoy trabajando, no daría buena imagen que me vean los vecinos con una lata aquí a lo camionera.

-Si te vale yo tengo de botellín, por si te es más refinado.

Marisa se empezó a reír y después le pegó otro trago al agua, no sabía si fue fortuito o deliberado pero un poco de agua se escapó por su barbilla, cayó por su cuello y se filtró entre sus tetas, yo intentaba ser sutil mirando, pero sabía que me miraba de reojo.

-Bueno, pues si me invitas…

-Te invito.

-Anda tonto, tira, que tengo que trabajar y me estás entreteniendo.

Me despedí de ella entre risas y me subí para casa, allí, debido al calor, me descalcé, me quité los pantalones y después la camisa, me puse una camiseta de tirantes y me fui a la habitación que había dejado a modo despacho a revisar unas cosas del trabajo con el portátil, al de un rato oí que por fuera alguien me retiraba el felpudo, me dirigí a la puerta y cuando miré a través de la mirilla pude ver a Marisa agachada enseñando ese fantástico culo al que no le hacía justicia la lente cóncava de la mirilla, puesto que lo deformaba bastante, aún así lucía espectacular. Marisa se giró al sentirse observada y yo me retiré para que no viera la luz saliendo por mi mirilla, aunque podría haberme pillado tranquilamente porque no era la primera vez, no soy ningún voyeur, ni cosas de esas, no me pasaba la vida observándola, pero ese día en concreto al verla me había calentado más que el día que hacía. Despejé la cabeza y me volví al trabajo, no era la gran cosa lo que me quedaba, repasar unos datos entre ese día y el fin de semana, y si me ponía podría hacerlo en media hora y librarme, así que me puse al lío con la intención de librarme de pensar en esas tetas y,de paso, del trabajo.

No había sido media hora, había sido casi una hora, pero me daba igual, envié los datos al servidor y cerré la sesión. En ese mismo instante sonó el timbre, fue todo tan a la par que me sobresalté pensando que le había pasado algo al ordenador, al volver a recuperar la coherencia en mi cabeza me dirigí hacia la puerta de entrada, no miré ni quien era, abrí sin más.

Plantada ante mí estaba Marisa con los brazos en jarra mirándome, tenía la chaquetilla completamente abierta, mostrándome ese escotazo y el maravilloso canalillo de sus tetas.

-¿Qué?¿Dónde está esa cerveza?

-Pasa, pasa, no pensé que te lo fueras a tomar en serio.

-¿Entonces me voy?

-No, no, no, no. Pasa, estás en tu casa.

Ella entró, cerró la puerta y dejó la mochila en la entrada. La hice pasar hasta la cocina y le indiqué que se sentara en una silla. Las persianas estaban bajadas en un vano intento de que no se colase el calor.

Abrí la nevera y saqué dos botellines de cerveza y los abrí.

-¿Vaso?

-No, que se calienta la cerveza, oye te ¿importa si…?.- Me indicó su chaquetilla dándole un par de tirones a la tela.

-No, no, quítate, hace calor, mira como voy yo.

-Sí, pero tu estás en tu casa.

Hace calor para todo el mundo.

Ella asintió sonriendo y se quitó la chaquetilla, como vi que tenía algunos cercos de humedad la extendí sobre el respaldo de una silla vacía para que se ventilase y secase.

Me giré hacia Marisa, disfrutaba de su trago de cerveza helada y yo de la vista de sus tetas.

-Tú no te cortes ¿eh?

Me quedé de piedra, me había cazado, me había quedado tan atontado viendo esos pechos que no me había dado cuenta de que había dejado de beber. Mi sangre estaba repartida entre mi rabo y mis mejillas, porque notaba cómo me iba sonrojando por semejante pillada.

-Perdón, no quería ser descarado.

-Me he dado cuenta de que te gusta mirarme.

-No, no es eso.

-¿Entonces qué hacías?

Ya no sabía que responder, estaba súper cortado, no tenía una respuesta para eso y ella lo sabía. Sin ningún tipo de vergüenza ella se quitó las gafas, las dejó sobre la mesa y después se quitó la camiseta, a mi se me cayó la mandíbula al ver esas tetas delante de mí, eran realmente grandes.

Marisa volvió a darle un trago a la cerveza mirándome fijamente, yo no podía mantenerle la mirada, los ojos se me iban a esos pezones marrones y puntiagudos, veía como esos globos brillaban por la película de sudor que los cubrían y por esas gotitas que caían por el sendero entre ellos.

Ella bajó la mirada y comprobó, sonriente, que mi calzoncillo tenía un bulto más que considerable.

-Supongo que así las puedes ver mejor.

-Si, la verdad.

-Te diría que puedes tocar, pero no creo que te resulte agradable con la sudada que llevo.

-A mi no me importa, vienes de trabajar y hace mucho calor, además yo también estoy sudando.

-Bueno, pues adelante.

Estiré mi mano lentamente, tenía sentimientos encontrados, sentía curiosidad y morbo, aunque todavía no me había recuperado del shock de que Marisa, la mujer de la limpieza de la comunidad, estuviera sentada delante de mí con las tetas al aire.

Sentí la piel suave y húmeda de su pecho, acaricié con suavidad su teta y luego pasé a la otra, estaban duras y firmes, eran redondas sin apenas caída, la superficie rugosa de su areola me hizo leves cosquillas en las puntas de los dedos. Cuando pasé un dedo por el pezón ella cerró los ojos y suspiró con una sonrisa.

Decidí utilizar las dos manos, una en cada teta, masajeando con delicadeza y jugueteando con sus pezones pasando mis pulgares haciendo círculos sobre ellos, Marisa seguía con los ojos cerrados y suspiraba con la boca entreabierta. Decidí que quería probar su sabor, así que adelanté el cuerpo hacia ella, la cual abrió los ojos en ese preciso instante y me detuvo con su mano.

-Ah, no, no, querido, si quieres más aquí tendremos que estar igual los dos.

Me puse recto en mi asiento y me quité la camiseta de tirantes, la cual acabó en el suelo junto a la suya. Marisa miró mi pecho y lo acarició con suavidad, me sorprendió que tenía las manos muy suaves, a pesar de que las usaba para trabajar a diario, con los dedos se paseó por todo mi pecho con gusto.

-Tenía ganas de tocarte desde el primer día.

-¿Por qué no lo hiciste?

-Porque está feo que en horario de trabajo sobe a un cliente.

-Bueno, has terminado tu jornada.

-Cierto.

Marisa se mordisqueó el labio mientras me seguía acariciando. Yo me acerqué y besé sus tetas, lamiendo esos pezones que me estaban invitando a hacerlo desde que los vi. Marisa volvió a suspirar cuando succionaba un pezón y le pasaba la lengua, me encantaba eso, me gustaba lamer su piel, saborear ese toque salado. Ella me acariciaba el pecho con una mano y la otra empezó a acariciar mi calzoncillo, me estaba poniendo como una moto, comencé a subir la cara para besarla y me di cuenta de que volvía a estar con ese gesto raro mirándome.

-¿Qué?

-Pregunta, ¿va a aparecer alguien en algún momento?¿novia, mujer…?

-Ah, no, tranquila, estoy solo yo.

-Pues podrías enseñarme el resto de la casa, que no nos veo tan cómodos aquí.

-Tienes razón.

Nos pusimos de pie, pero antes Marisa se quitó los zuecos del trabajo con una evidente sensación de alivio, resultaba hasta divertida la situación, ahí estaba caminando por el pasillo con el calzoncillo en modo tienda de campaña y una mujer con las tetas al aire a mi lado enseñándole la casa.

A propósito le enseñé las cosas por orden: la sala, la habitación de invitados, mi pequeño despacho, el baño y por último mi habitación, estábamos ahí plantados delante de la puerta de mi cuarto, ella se apoyó contra el marco de la puerta para curiosear, yo acaricié su espalda y ella se quedó quieta con los ojos cerrados disfrutando de esa sensación.

Bajé mi mano y la colé bajo la tela de su pantalón para poder acariciar su culo, era redondito y duro, ella giró la cabeza para mirarme a los ojos.

-¿Te gusta que te acaricie?

-¿A quién no?

Mi mano estaba paseando por debajo de sus bragas colándose por la raja de su culo cuando su boca se encontró con la mía, nos besamos mientras yo continuaba acariciando su surco, hasta toparme con el hueco de su ano, no me corté y acaricié por los bordes de su hoyo, noté en mi boca su suspiro, pero me movía fatal a cuenta de la goma del pantalón que aprisionado mi antebrazo, así que me separé un poco de ella, saqué mi mano de ahí y me coloqué tras ella para besarle los hombros, ella puso la cabeza contra el marco y se dejó hacer.

Alterné los besos con breves pasadas de lengua entre sus hombros y la parte central de su espalda, la respiración de Marisa se aceleraba a medida que mi lengua hacía pasadas cada vez más hacia abajo, yo estaba ya de cuclillas lamiendo su región lumbar cuando tiré hacia debajo de la ropa que le quedaba, ella se separó un poco del marco para facilitarme la tarea y se volvió a pegar a él.

Cuando su pantalón y sus bragas enrolladas estaban en sus tobillos alcé la mirada y tenía justo a la altura de mis ojos el culo más bonito que había visto hasta el momento, redondeado y firme, no lo dudé, metí mi cara entre sus nalgas y pasé mi lengua por él, pasadas largas y húmedas desde su ojete hasta la base de la espalda, ella se movía bastante argumentando que le encantaba pero que también le hacía cosquillas. Estuve un ratito dándole pasadas hasta que, en una de ellas mi lengua penetró en su ano, ella gimió al recibirme ahí, yo me recreé un rato con mis labios pegados a su agujero mientras metía y sacaba la lengua de ahí como un colibrí que busca néctar. Marisa temblaba, gemía y se movía restregando sus tetas contra el marco de la puerta mientras yo seguía lamiéndole el interior de su culo, estaba tan cachonda que su voz se entrecortaba a la hora de hablar

-No pensé que fueras a empezar por ahí, pero quiero que me folles el culo.

Me despegué de ella y, aún de cuclillas le indiqué que fuera a la cama, Marisa se incorporó, pasó por encima de su ropa y se sentó en el borde de la cama para quitarse los calcetines, vi que su coño estaba completamente depilado y unos labios rosados y empapados asomaban entre sus piernas.

Me aproximé quitándome el calzoncillo liberando mi rabo de su prisión, ella no hizo ningún amago, engulló mi polla y me la mamó frenéticamente, supe lo que hacía cuando enormes goterones e hilos de baba cayeron al suelo, la estaba lubricando para la inminente penetración, yo estaba sintiendo todo el placer de una felación furiosa cuando ella se detuvo en seco.

Una vez dejó mi miembro barnizado de saliva se levantó y se recostó boca abajo dejando sus rodillas justo en el borde de la cama.

-Rómpeme el culo y llénamelo de gotelé, lo estás deseando.

-No sabía que fueras tan puta.

-Si me dan pie puedo serlo, y mucho, venga, lléname de ti.

No me lo tenía que seguir pidiendo, me coloqué de pie tras su culo en pompa y con la mano dirigí mi babeada polla a la entrada de su babeado culo.

Mi polla entró hasta la mitad sin ningún esfuerzo, Marisa soltó un gemido largo y profundo cuando mi trozo de carne empezó a horadar más a fondo, una vez dentro me quedé quieto, sintiendo cómo su caverna palpitaba sobre mi polla, me encantaba esa sensación cada vez que taladraba un culo, ese en concreto era una maravilla.

Bombeé suave mientras ella suspiraba y gemía de placer, iba despacio, sujetando sus caderas para que los dos disfrutásemos de ello. Marisa estiró la mano y agarró la almohada para ponérsela bajo la cara y estar más cómoda.

Gradualmente fui aumentando el ritmo, ya que su culo había aceptado mi rabo y podía moverme con total libertad dentro de él, ella me iba pidiendo más mientras movía su pelvis, contribuyendo a estimularnos a los dos. Yo ya llevaba una velocidad bastante rápida cuando ella entre jadeos me pidió más.

-Más, más fuerte.

-¿Más? Eres insaciable.

-Si, pero no pares ahora que me corro.

Estiré la mano y agarré su coleta, estiré, provocando un grito apagado y una risilla por su parte. Aceleré todo lo que pude, con mis pelotas restallando a golpes contra ella, Marisa se corrió entre gritos haciendo que su ano se estrechara momentáneamente, cosa que hizo que mi polla se uniera a su orgasmo.

Sentí como mi polla descargaba dentro de su culo dejándonos a ambos agotados.

Marisa cayó despatarrada en la cama y yo me retiré para no hacerle daño con mi peso, mi polla se escapó ya algo blanda con un sonido acuoso de su interior, me tumbé a su lado y, por fin, besé sus labios, eran suaves y finos, su lengua jugaba con la mía, mientras nos abrazábamos, los dos estábamos completamente bañados en sudor, debido al calor y el ejercicio físico.

Después me levanté y fui a la cocina a por otro par de cervezas frías, volví al dormitorio y ahí estaba Marisa boca arriba acariciándose el coño mirando al techo, se veía que disfrutaba con lo que hacía, no la quise molestar, así que me senté a su lado y pegué un trago mientras mi polla se volvía a endurecer con esa vista.

-¿Me das un traguito? Estoy asada y sedienta.

-Toma, te he traído una entera.

-Eres un amor.

Le pasé su botellín y de un solo trago casi se la bebió entera. Después dejó el botellín en la mesilla y continuó acariciándose mientras me miraba a los ojos.

-¿No has tenido bastante?

-Perdona, me has jodido el culo, pero el coño me lo tienes sin tocar.

-Eso es verdad.

-Anda, túmbate aquí conmigo.

Me tumbé a su lado y los dos disfrutamos un rato de nuestra mutua compañía y nuestras cervezas, apenas intercambiamos ninguna palabra estábamos en silencio, desnudos en mi cama, con la persiana bajada ocultos del sol abrasador que atacaba ahí fuera.

Marisa volvió a acariciarse la vulva ahí a mi lado, mi polla reaccionó al momento con una elegante erección, ella miró a mi entrepierna.

-¿Vuelves a estar juguetón?

-No veo que tu hayas dejado de estarlo.

Marisa se sentó en la cama, miró mi rabo, lo acarició un poco y después me miró a los ojos.

-Bájate un poco.

Me separé del cabecero y ella se puso prácticamente de pie en el colchón, pasó un pie a cada lado de mi cabeza y se sentó directamente en mi cara, al ver semejante regalo comencé a atacar su coño con mi lengua, dándole besos y pasadas a sus labios, ella se dejó caer sobre mi cuerpo y se tragó mi polla con un fuerte sonido de arcada, lo cual, entre la sorpresa y los sonidos me provocó que mi rabo de pusiera duro completamente.

Estuvimos fundidos en un 69 delicioso en el que yo follaba su coño con la lengua y la nariz casi se me metía por su ojete y ella, por su parte, devoraba con avidez mi polla, los dos nos movíamos y gemíamos mientras recibíamos placer y se lo dábamos al otro.

Estuvimos un rayo así hasta que Marisa dejó de mamarme y después quitó su coño de mi cara empapada de sus jugos, tras eso se sentó, con total naturalidad, sobre mi rabo, ensartándose con un profundo y sonoro suspiro.

Marisa movió su pelvis haciendo movimientos circulares sobre mi mientras se agachaba para besarme, nuestras lenguas se lamían y yo sentía como nuestras babas caían por mi barbilla, ella cambió el ataque dando pequeños saltitos sobre mi, yo agarré su culo desde abajo para ayudarla en sus botes.

Marisa se incorporó y, con ayuda de sus rodillas, aumentó la intensidad y velocidad de sus rebotes provocando unos golpes rítmicos contra mi pelvis. Sus gemidos eran cada vez más continuos, yo la agarraba por las caderas para atraería más hacia mi cuando bajara y que se clavara más mi polla, cabalgaba con furia, como una amazona y yo de vez en cuando me recreaba más sobando sus enormes tetas sin ningún pudor, ella consiguió concatenar dos orgasmos seguidos en esa postura.

Cuando vi que me corría le avisé y ella, automáticamente casi como si llevara un resorte, se desclavó de mi rabo y se agachó sobre él para volver a introducírselo en la boca, donde, finalmente, eyaculé con más fuerza y mayor cantidad de leche que la que se había quedado atrapada en su culo.

Marisa no despegó su boca hasta que mi polla dejó de vaciarse, tragó ruidosamente el contenido de su boca y después lamió los hilillos de semen que habían quedado por el tronco de mi rabo.

Cuando terminamos el polvo ella se me volvió a abrazar y me besó con pasión con esa lengua que sabía a mí.

Estuvimos un rato abrazados hasta que, de repente, miró su reloj, frunció el ceño, se levantó y dijo.

-Coño, se ha hecho súper tarde.

-¿Y?

-Que he quedado con mi novio para cenar y primero tendré que pasar por casa a ducharme y vestirme.

-No me habías dicho que tuvieras novio.

-No lo has preguntado.

-También es verdad. Dile que has tenido que hacer alguna hora extra y ya está.

-Algo así le diré.

Se colocó los calcetines, en la entrada de la habitación se puso la parte de abajo del uniforme y después se fue a la cocina para terminar de vestirse, yo la acompañaba desnudo viendo su cuerpo, que cada vez me iba mostrando menos carne y una vez hubo terminado me volvió a besar y se fue de mi casa.

Y ahí me quedé yo en la entrada, en pelota picada, procesando todo lo que acababa de pasar.