He dejado de ser fiel... y quiero contarlo
Un mensaje de WhatsApp que no debería existir abre la puerta a un laberinto de deseo prohibido. Entre la discreción de su vida cotidiana y la brutalidad de sus instintos, Ana descubre que la traición puede ser el placer más intenso que jamás haya imaginado.
Me llamo Ana, tengo 45 años, muy atractiva y muy discreta a la vez, en el vestir y en personalidad. Me casé a los 30 y fui infiel por primera vez hace 6 años.
Trabajo en consultoría, en un puesto intermedio, pero sobre esto no hacen falta más detalles.
Con mis 39 años y en un feliz matrimonio, mi marido y yo cada vez nos veíamos menos por nuestros diferentes trabajos y viajes. Sin embargo, jamás me había sentido atraída por estar con otro hombre. Nuestra vida sexual, muy completa, incluso me atrevo a decir que estupenda, estaba limitada en cierto modo por nuestras ajetreadas vidas, pero no necesitaba otros hombres en mi vida. O eso pensaba yo… Creía que en el sexo tenía todo lo que necesitaba.
Carlos era un tío encantador, habíamos trabajado juntos en el departamento durante 2 años y le ficharon en otra consultora, se iba a Nueva York. Teníamos exactamente la misma edad y la relación profesional que habíamos mantenido durante esos 2 años había sido muy buena, habíamos hecho un gran equipo y sabía que le echaría de menos.
El viernes que terminó el equipo entero organizó una cena de despedida. Se iba el domingo a Nueva York. Una despedida emotiva para todos, divertida, un viernes estupendo, nos quedamos todos con un buen sabor de boca. Nos despedimos todos y ahí terminó su trayectoria en mi consultora.
Ese fin de semana, era uno más que mi marido pasaba fuera por sus viajes. La semana había sido dura y la cena y las copas del día antes prolongaron la semana así que el sábado me levanté casi a las 11 de la mañana.
Me preparé el desayuno y me puse a ver mis cosas en el móvil mientras me tomaba el café. Se me atragantó. Abrí el WhatsApp que me había enviado Carlos a las 10 de la mañana, solamente ponía: Me voy a Nueva York sin follarte.
Me causó tal impacto que no sé el tiempo que estuve en la cocina sin moverme, tratando de asimilar lo que había leído, pensando en que hacer, o que decir, o qué no decir… Cerca de la 1 de la tarde le respondí, había valorado incluso no hacerlo y dejarlo correr. Solo dije: Carlos ¿de qué vas?
Otoño. Madrid.
Me respondió al instante: Lo siento Ana, he pensado en ello desde el primer día que nos reunimos, pero me conoces y sabes que nunca hubiera tenido nada con nadie en el trabajo. Mañana me voy, ya no trabajamos juntos. Tenía que decírtelo. Siento haberte molestado. Olvídalo, perdóname.
No pensé lo que escribí, cuando me di cuenta estaba visto y leído: Podías haber sido más sutil joder.
Lo volví a leer y pensé: si a mí me responden así no me están diciendo NO, me están corrigiendo las formas solamente… y me puse nerviosa, había abierto una rendija que no sé a qué laberinto me podría llevar. No quería acabar mal con Carlos, me di cuenta en ese momento que no sabía cómo manejar la situación, una sola frase y había conseguido desbordarme emocionalmente.
Tardó un rato en responder, pero yo no solté el teléfono de mi mano en todo ese intervalo: Ana, ¿nos tomamos un café esta tarde?
Creo que no lo he dicho antes, pero Carlos también estaba casado y su mujer se había ido 2 semanas antes a Nueva York.
Respondí inmediatamente: sí. Pensé que lo mejor era aclarar las cosas y despedirnos bien, sin más.
Y me dijo: a las 5 en la cafetería del Barceló Imagine.
Es un hotel de 5* precioso, al lado de Chamartín, cerca de su casa.
Casi ni comí dando vueltas en mi cabeza a la situación, a qué decirle, a cómo gestionar cara a cara esa mini conversación que habíamos tenido.
Me duché y me sorprendí a mí misma al verme ante el cajón de mi cómoda eligiendo que lencería ponerme y diciéndome a mí misma: ¿Qué estás haciendo Ana? En ese momento es cuando tomé una clara conciencia de la realidad. Mi cabecita racional pensaba en aclarar las cosas, mi instinto más natural me había llevado a elegir mi mejor lencería: un conjunto de La Perla, una tanguita y un sujetador que me había regalado mi marido y solo había llevado en 2 ocasiones.
Me maquillé un poquito y como hacía un tiempo estupendo todavía me puse un vestido ligero, suelto, divino, de una sola pieza, algo escotado. Una chaquetita y mis taconazos.
Bajé a la calle a por un taxi y en el ascensor me di cuenta de que no me sentía como tantas otras veces que había quedado con Carlos. Me sentía como cuando tenía una cita antes de conocer al que ahora es mi marido. Y estaba cómoda, me relajé.
Llegué al hotel 10 minutos antes de la hora y me senté en un rincón algo apartado, antes de que me trajeran el café me saltó un nuevo mensaje de Carlos:
¿ya has llegado?
Si, le dije
Mis ojos siguiendo las letras de “escribiendo…” en su WhatsApp y cuando salta el mensaje y lo leo tuve que dejar el café sobre la mesa para que mi mano temblorosa no lo cayera:
Te voy a poner las cosas fáciles para que no pasemos un mal trago Ana. Nos olvidamos de lo que te dije. Te vas. Llegaré y no estarás. Y nunca más te escribiré. O te quedas. Y mientras me esperas vas al baño, te quitas tus braguitas, cuando llegue me las das discretamente en la mano y será la forma de decirme: voy a ser tu zorra el resto de la tarde.
Mi pensamiento en ese momento: hijo de puta.
Mi cuerpo: excitado como no recordaba.
Me iba a explotar la cabeza. Estaba confusa, excitada, cabreada… ¿Qué cojones se ha creído este hijo de puta? Esos sentimientos no me dejaron ser consciente de lo que hacía hasta que me vi en el baño quitándome aquel precioso tanguita. Joder, Ana, joder, párate y piensa lo que estás haciendo me decía la cabeza, pero mis manos ya estaban guardando el tanguita en el bolso…
Volví a mi asiento, leí el mensaje de nuevo y leí 10 veces más la última frase… mi indignación estaba dando paso a una excitación que me costaba manejar…
Desde mi mesa se veía la entrada y la recepción… y allí estaba, y tampoco lo había dicho pero es que está muy muy bueno. Fue directo a recepción y volví a indignarme: estaba haciendo el check-in sin saber si me había ido o no, el cabronazo está dando por hecho que estoy aquí esperando?
Me vio enseguida y me sonrió de lejos, con una sonrisa pícara que le devolví, pero la cabeza me iba a estallar, me parecía por momentos que todo era irreal.
Se sentó a mi lado sin dejar de sonreír mientras llamaba al camarero. Soy discreta pero no me corto fácilmente, le miré a los ojos 2 o 3 segundos y le dije: cabrón.
Zorra.
Esa fue su respuesta.
Hijo de puta. Le respondí.
Dámelas, me dijo el.
Cruzarnos esas 4 palabras me excitó a un nivel que creo que jamás había sentido. Llevé mi mano a la chaqueta, saqué el tanguita y se lo di bajo la mesa.
¿Por qué así Carlos? Le dije.
Porque te está gustando, me dijo. Porque quieres que te folle desde que leíste mi mensaje esta mañana.
Nos callamos. Nos mirábamos. El me observaba. Yo pensaba más que veía. Estaba más cachonda a cada segundo que pasaba. Voy a ser tu puta, se lo dije con firmeza.
Y se levantó sin decir nada más. Yo le seguí, íbamos camino del ascensor.
Cuando se cerró la puerta del ascensor me agarró del pelo con su mano, tiro suavemente hacia atrás de mi cabeza, y me dio un ligero mordisquito en el labio inferior. Llevó su boca hacia mi oído y me susurró: puta.
Salimos del ascensor y llegamos a la habitación, una suite preciosa. Fue cerrar la puerta y escucharle con una voz imperativa: desnúdate, quédate solo los zapatos. Él se sentó en un sofá. Sin decírmelo, sabía que quería ver cómo me desnudaba frente a él. Abrí mi vestido por atrás mirándolo y lo dejé caer. Me estaba gustando su forma contundente de darme instrucciones, su seguridad. Desabroché mi sujetador y lo dejé caer.
No hablábamos, yo solo esperaba sus palabras, sus instrucciones. No sabía por dónde iba a seguir todo aquello, era una situación extraña, no éramos 2 amantes encontrándose.
Solo dijo: mastúrbate.
Me senté a 2 metros de él, en un butacón. Sinceramente, parecía que lo habían diseñado para eso.
Puse una pierna encima de uno de los brazos del butacón y empecé a tocarme. No separé en ningún momento mi vista de sus ojos mientras mis dedos acariciaban mi coño despacio, empapado desde que me quité el tanga en los baños… Carlos llevó su mano al pantalón, acariciándose por encima. Yo ya no miraba a sus ojos, solo miraba su mano tocándose, viendo como su polla apretaba ya su pantalón. Bajó la bragueta y la sacó, grande, dura, larga. Ya no percibía el mundo a mi alrededor, solo pensaba en lo cerda que me estaba poniendo este hombre, que iba a hacer conmigo lo que quisiera… y que yo lo estaba deseando.
Se levantó. Se acercó a mí, mirando mis pechos, mis pezones duros… y comenzó a quitarse el pantalón a 1 metro de mi… ahora se estaba desnudando el para mí. Tenía una erección tremenda, pero yo no tenía prisa, iba a ser su zorra toda la tarde…
Los 2 desnudos (excepto mis tacones)… vino hacia mí, se puso en el suelo de rodillas, frente a mí, entre mis piernas. Subí la otra pierna en el sillón y me escupió el coño antes de acercar sus labios. Solo le dije: cabrón y empezó a comerme. Sentía como su lengua húmeda y caliente se deslizaba despacio y suave entre los labios de mi coñito, totalmente depilado, no se detenía, no dejaba de juguetear, de subir y bajar deteniéndose en mi clítoris para rodearlo con su boca y dar suaves tironcitos, soltándolo y volviéndolo a aprisionar con los labios. No podía creerme que Carlos estaba haciéndome la mejor comida de coño que me habían hecho en mi vida. Me estaba volviendo loca. Jamás había tenido sexo así, donde todo empezara por hacerme un dedo frente a un hombre y me comiera el coño sin haber llegado a tocarle. Y me corrí, tuve mi primer orgasmo de esa tarde. Mis piernas se tensaron, mis muslos se apretaron contra su cara y sintió mis temblores hasta que pararon.
Se incorporó y me besó la boca, me hizo sentir el sabor de mi coño.
Me había corrido, solo quería más, mi excitación era agónica. Había conseguido lo que quería, que fuera su zorra, ser su puta esa tarde.
Y tomé la iniciativa, me deslicé del sillón y me puse de rodillas. Había descubierto y entendido su juego, lo que quería, lo que le iba a volver loco… miré hacia arriba, le sonreí y le dije: follame la boca cabrón. Me encanta el sexo oral, pero jamás había subido el grado de lo lento y suave, jamás había pronunciado una frase así, me sentí cómoda, suelta, descubriendo, puta.
Me cogió la cara con sus manos, me la metió en la boca, entera, forzándome una pequeña arcada. La sacó, le escupí, me la clavó otra vez, y empezó a follarme la boca duro, con fuerza, cabrón. Sentía mi coño chorreando, mis muslos mojados otra vez, quería más. Quería su semen. Nunca lo hacía con nadie. Pero ese día quería su semen. Este cabrón había tocado en mí una fibra que desconocía.
Moví mi cabeza atrás liberándome de su polla y le dije: córrete en mi boca, dame tu leche hijo de puta. Me soltó la cara, me cogió de la barbilla para que abriera la boca y con su mano derecha empezó a pajearse rápido. Llevé mi mano derecha hacia mi coño, empecé a tocarlo, mi cuerpo estaba en llamas y le volví a repetir: crrete joder, dame tu leche cabrón, dámela toda. Y explotó. Sentí un chorro de semen directamente en mi lengua, un disparo, seguido de varios borbotones que me llenaron la boca y me resbalaba por los labios. Cerré la boca y lo tragué mirándole, mirándonos, y saqueé mi lengua relamiendo la comisura de mis labios, recogiéndolo todo, tragando todo.
Me incorporé, me quité mis zapatos y le llevé cogido por la mano a la ducha, nos tocamos, nos besamos, nos acariciamos, hablamos y reímos. Volvimos en cierto modo a ser los amigos-compañeros de siempre hasta que le dije… Oye Carlos, estoy pensando en lo que iba a pasar aquí… y lo hemos empezado muy bien… quiero ser tu puta hoy, haz conmigo lo que quieras, úsame, hazme, pídeme… sin tabúes… sonríó y me dijo: ¿estás segura?
Si, le respondí. Y te diré algo más, me está volviendo loca el lenguaje directo, sin tabúes, bruto.
No dudó mucho…. ¿te han follado el culo alguna vez Ana?
Nadie me lo había follado.
No, follamelo.
Cuanto mas directo hablábamos, más cachonda me ponía.
Me llevó a la cama, sin secarnos, me puso a 4 patas, me soltó un bofetón en el culete y me dijo: abrelo. Pegué mi cara y mi pecho contra el colchón, ofreciendo mi culo, separando las nalgas con las manos. Uf, fue sentir el impacto de su escupitajo en el ano y mojarme otra vez, metió su cara entre mis nalgas y sentí como su lengua jugaba con el, hacia círculos alrededor con su lengua, lo penetraba suavemente, pensé que me moría del placer. Estuvo así hasta que el placer me relajó, me dilató, y empezó a masajeármelo con el dedo, poco a poco lo penetraba con su dedo y notaba como se destensaba… estaba empapada, notaba mi flujo resbalando por los muslos…. Follamelo ya joder.
Sentí su glande entrar fácilmente, y parar, dejando que se dilatara y se relajara aun más. El cabrón no era el primer culete que se follaba. Fue entrando poco a poco, sin prisa, despacio, sabiendo lo que hacía. Cuando me había metido la polla entera la sentía latiendo dentro de mi, Carlos no tenía prisas, sabía como ir dejando que se me dilatara… y cuando lo consiguió empezó a moverse, despacio, cogiendo ritmo, acelerando pero sin prisa. Ahí supe que era la primera vez pero no la ultima que alguien me follaría el culo, lo tuve clarísimo. Empezó a acelerar, a embestir, sentía sus cojones golpeándome, me había dilatado tan tan bien que el placer era inmenso, siempre había pensado en el sexo anal como algo doloroso, pero no… me hizo correrme dos veces follándome el culo, estaba agotada, me temblaban las piernas.
Y salió, sin correrse. Me llevó de nuevo a la ducha. Repetimos como la anterior. Y una vez más le dije: quiero más.
Yo también, dijo.
Salimos de nuevo de la ducha. Me sentó sobre el borde de la amplia encimera donde había dos lavabos, dejando mi coñito en el borde. Seguía empalmado como un animal. Su cara a centímetros de la mía. Y empezó a masajearme los labios del coño con la polla durísima, deslizándola entre los labios, notando la presión de su glande en mi clitorís. Empapada. Joder, que placer, que maravilla.
No me has follado el coño, le dije.
No tuve que repetirlo. El cabronazo me empotró tan fuerte que me quedé boquiabierta. Y me hizo soltar un largo gemido. Sentí como me la había metido hasta los huevos, entera, y se paró, quieto, dejándomela sentir. Mirándome a los ojos muy cerca, tensos, salvajes, animales. Empezó a follarme despacio. Aceleró y me folló duro en el momento que me escuchó susurrarle al oído: quiero que vuelvas a llenarme la boca de leche caliente hijo de puta. Ahí empezó a follarme tan fuerte que pensé que me rompía por dentro, me arrancó otro orgasmo en el momento que me dijo de nuevo: puta. Y siguió, siguió embistiendo, follándome como un animal, rompiéndome… hasta que me dijo: me corro Ana…me corro.
Se la pedí: dámela, quiero todo en mi boca. Salió de mi, me fui directa al suelo, y esta vez me dejó hacer a mi, no me folló la boca, me dejo que terminara con mi boca, le saqué todo, volví a sentir como el semen salía a borbotones directamente a mi boca, caliente, espeso, y me volví a correr sintiéndolo resbalar por mi garganta, sintiendo como se vaciaba totalmente, sacándole hasta la ultima gota y escuchándole pedir que lo tragara todo, zorra.
Esa fue mi primera infidelidad. Cambió mi vida. El sexo nunca ha vuelto a ser lo mismo para mi. He seguido siendo infiel.
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