Xtories

Una zorra en la oficina

Esther siempre fue la recepcionista perfecta, pero esa mañana, con la oficina vacía y el trabajo pendiente, su sonrisa inocente se transformó en una invitación prohibida. Alberto sabía que no debía, pero la mirada de ella encendió una llama que ninguna corbata podría apagar.

AlbertoXL30K vistas8.8· 19 votos

Recuerdo la primera vez que la vi. No podía apartar la mirada de ella. Sus ojos parecían tan inocentes y verdes como profundos charcos de lluvia. No llevaba maquillaje. Tampoco lo necesitaba, no con esas gemas cristalinas mirándome intensamente.

Su sonrisa era cautivadora. Sus labios, carnosos y rojos, prominentes e incitantes, me hipnotizaron desde el principio. No pude evitar pensar en lo mucho que se parecía a esa actriz de Holywood. Ya sabéis, Angelina Jolie, la mujer que interpretó a Tomb Raider. Eliminé ese pensamiento de mi cabeza y tomé su mano tendida.

— Un placer conocerla, señorita.

— Llámeme Esther —respondió—. ¿Eres fijo o temporal?

Había cambiado de trabajo y ahora dirigía esa oficina para una importante aseguradora, pero Esther no estaba el día anterior, cuando me presentaron al personal.

— No, soy fijo —respondí—, o eso espero.

— Oh, qué bien —sonrió—. Será divertido tener a un hombre en la oficina para variar. Espero que no le importe trabajar con un grupo de señoras agriadas.

Pero ella era de todo menos agria. Supuse que tendría cuarenta y tantos años o algo así. Desde luego no más de cincuenta. Su cabello, largo y castaño oscuro, le colgaba más allá de los hombros. Casi tan alta como yo, su cuerpo era simplemente perfecto.

En fin, no estoy diciendo que fuera modelo de bikinis, pero era estilizada y estaba en forma. Sus pechos, aunque no demasiado grandes, resultaban proporcionados a su esbelta figura. La elegante curva de sus caderas acentuaba una delgada cintura bajo la falda gris hasta la rodilla que se le ceñía como un guante.

Me costó mucho evitar que mis ojos la devoraran mientras charlábamos. Fue una tortura no mirarla de forma lasciva, pero hice todo lo posible a fin de evitar una demanda de acoso.

Esther dijo que estaba allí para ayudarme si necesitaba algo, pues su trabajo como recepcionista implicaba que yo era su supervisor.

A medida que pasaban las semanas descubrí que ella era mucho más que una cara bonita tras el mostrador de recepción. En primer lugar se encargó del inventario de la oficina y se aseguró de que tuviéramos de todo. Además, eliminaba las llamadas que me hubieran hecho perder el tiempo y se aseguraba de pasarme sólo las mas importantes. ¡Incluso limpiaba y ordenaba el despacho en sus ratos libres!

Era tan activa y asumía tantas funciones que ahorraba dinero a la oficina. De hecho, no había necesidad de un servicio de limpieza ya que ella pasaba la mitad de su descanso para el almuerzo pasando la mopa, vaciando las papeleras y repasando pomos de puertas y superficies de cristal. Era pues meticulosa y trabajadora, como poco.

Mi nuevo trabajo, aunque de naturaleza bastante repetitiva y tediosa, a veces presentaba desafíos por parte de representantes insistentes y clientes que requerían constantes servicios. De modo que era fácil atrasarse en el trabajo cuando varias de estas cosas ocurrían de forma simultánea.

Una vez más, Esther fue de gran ayuda en esos momentos difíciles. Siempre llena de energía, parecía encantada de hacerse cargo de algunas de mis tareas personales. Después de aproximadamente un mes y medio en el puesto, me había acostumbrado al ritmo de trabajo y aprendido los entresijos del cargo como responsable de oficina. Supongo que podría decirse que me había adaptado a la rutina, pero un jueves por la mañana, justo antes del almuerzo, Esther apareció en la puerta de mi oficina con una pila de carpetas y una mirada preocupada.

— ¿Listo para que te sepulte?

— ¿Qué diablos es eso?”, pregunté con una mueca descorazonada.

— Nuestro contable acaba de rescindir su contrato —respondió—, dejando abruptamente una pesada pila de carpetas en la esquina de mi escritorio.

— Pero, ¿por qué? —pregunté reclinándome en mi silla, abatido—. ¡Qué diablos!

— No hemos sido solo nosotros —aclaró—. Al final no ha conseguido traspasar el negocio y ha cerrado por jubilación.

— Pues conseguimos un nuevo contable y ya está.

— Sí, claro —asintió—, pero eso llevará unos días, y hasta entonces tenemos que procesar los balances.

— Mierda —me quejé en voz baja—, acababa de ponerme al día…

— No te preocupes —sonrió—, voy a buscar una silla y el ordenador portátil y acamparé aquí contigo durante unos días. Lo lograremos, ya verás.

Alargué la mano para coger la carpeta cuando se dio la vuelta para salir. Mis ojos no pudieron resistirse a seguirla. La falda se le ceñía al trasero de modo sublime, ajustándose a la perfección para realzar la magnificencia de lo que había debajo.

Sacudí aquel pensamiento de mi cabeza y miré el reloj de la pared. Faltaba una hora para salir, pero sabía que estaría allí al menos un par de horas extra, de modo que no había tiempo para andar coqueteando con mi subordinada.

Sonreí al escuchar las ruedas de su silla mientras era empujada por el pasillo. Su computadora portátil estaba en el asiento cuando la colocó junto a mi escritorio.

— Voy a llamar a la niñera y ver si puede quedarse un rato más.

— ¿Tienes hijos? —pregunté con sorpresa.

— Sí, dos niñas.

— No lo sabía.

— Casada, claro —dije sin pensar.

Con una mueca engreída, abrió su teléfono y me mostró una foto familiar. Supuse que sus hijas tendrían entre doce y quince años. Su esposo estaba sentado a su lado y parecía muy orgulloso, no podía culparlo. Entonces Esther señaló a cada niña y dijo: “Ésta es Carla y ésta es Beatriz. Mi esposo se llama Alfonso”.

— Bonita familia —aduje con honestidad, aunque lo cierto era que sus hijas no se le parecía mucho.

— Le he enviado un mensaje para que sepa que llegaré tarde —añadió entonces con tono profesional—, pero, y tú, ¿tienes que avisar a alguien?

— No —respondí—, trabaja en otra ciudad. No la veré hasta el viernes por la noche.

— Debes aburrirte mucho.

— Bueno —dije, encogiéndome de hombros—, te acostumbras.

— Yo no creo que pudiera, ya no puedo dormir sola.

— Ah, sí, sé lo que quieres decir”.

— No entiendo cómo lo soportas, sonrió.

— No te creas —repliqué, y con un gesto elocuente, añadí—. Aprovechemos al máximo los días que ella está en casa…

— ¡Wow! —sonrió—, eso suena bien.

Levanté las manos en señal de rendición.

— Aunque siempre puedo jugar al solitario.

— ¿Al solitario? —repitió con extrañeza.

— Sí, ya sabes —sonreí, e hice el gesto de masturbación con la mano derecha en el lenguaje internacional de signos.

Ambos nos reímos de buena gana.

— A veces hay que apañárselas —me justifiqué.

Sacudió la cabeza con una sonrisa y salió de mi oficina para hacer una llamada. Estaba repasando mi primer correo electrónico cuando ella regresó y me dijo que su niñera podía quedarse un poco más. Luchando contra mi instinto, miré hacia otro lado cuando Esther se inclinó para enchufar su ordenador portátil.

Tratar de concentrarme en el trabajo era una batalla perdida, pues la gran incomodidad que sentía bajo los pantalones hizo que no tuviese más remedio que echar una mirada furtiva a su trasero. Realmente no existía mejor señuelo que aquel para un hombre, pues se trataba de un culo soberbio, esférico, bien formado y de aspecto macizo.

Fingí trabajar mientras ella se daba la vuelta hacia mi escritorio. Permaneció de pie, con la mano en la cadera mientras esperaba a que se iniciara su ordenador. La fragancia de su perfume se esparció hasta mis sentidos, despertando un deseo que traté inútilmente de sofocar.

Mi miembro dio un respingo contra la tela de mis bóxer cuando la exuberante morena desplazó una silla y se sentó a mi lado, en la esquina de mi mesa, incómodamente inclinada hacia mí.

Mantuve mi concentración, desechando deliberadamente su omnipresencia en mi mente. El golpeteo de los teclados, interrumpido por un carraspeo ocasional y el murmullo de un pensamiento incoherente, llenaba la pequeña oficina. El tiempo pasó despacio, pero a las cinco menos diez cerré la última carpeta y entrelacé las manos detrás de la cabeza para estirar la espalda.

— Suficiente por hoy —sugerí.

Igual que al comer un buen puñado de ciruelas uno sabe que algo va a suceder, yo tenía claro que Esther se traía algo entre manos. Y fue entonces cuando ocurrió.

La morena cerró la carpeta en la que estaba trabajando, pero entonces dejó caer su bolígrafo al suelo como por descuido. Con naturalidad, se inclinó a un lado y tomó su bolígrafo, solo que antes sus rodillas se separaron lo suficiente para dejarme ver el camino al cielo.

Sus muslos bronceados se torneaban sensualmente hacia su penumbrosa entrepierna. Casi podía saborearla desde mi silla, pero claro, no aparté la mirada a tiempo y me gané una mirada de reprobación. Esther me había descubierto mirando entre sus muslos, pero se enderezó con discreción y ocultó su intimidad.

— Lo siento —me excusé, azorado—, no quería…

— Fue culpa mía —respondió fríamente—. Te lo he puesto en la cara.

— Bueno, ha sido un accidente —sugerí dando el asunto por zanjado—. En fin, ya he acabado.

— Sí, yo también —replicó ella con un bostezo—. Aunque tenemos otra pila de carpetas para mañana.

— ¿En serio?”

— Sí, igual que esta.

— Maldita sea —suspiré—, tengo que irme al mediodía.

— Pues ya sabes lo que eso significa —comentó encogiéndose de hombros.

— Que tendré que trabajar el sábado.

— Exacto —conmino—. Así que descansa un poco. Nada de solitario esta noche.

— Maldita sea —me quejé con una mueca de desolación—. Después de lo que acabo de ver bajo tu falda.

— Lo siento, de verdad —se disculpó llevándose la mano al pecho—. Supongo que podrás hacerte uno rapidito.

— Oh, gracias —dije con sarcasmo—. Aunque sería un detalle que me ayudases.

Girando la silla, me puse en pie y mostré la escandalosa erección que abultaba mi entrepierna.

— Oh, caray… —exclamó estupefacta— Te echaría una mano, pero creo que las tengo demasiado pequeñas.

— Pues utiliza las dos —sugerí aproximándome y tomando suavemente su mentón—, así sí compensarías tu desliz.

Me contempló atónita, pero al oír como me bajaba la cremallera, mi compañera se activó como el resorte de una trampa y se puso en pie.

— ¡Alberto! —se zafó— ¡Pero qué…! ¡¡¡MADRE DE DIOS!!!

No hace falta decir que la última exclamación de la morena se debió a la contemplación directa de mi miembro. Su cara era un poema, los ojos parecían a punto de salírsele de las órbitas.

Si he de ser honesto, confesaré que pensaba que la buena de Esther saldría despavorida. No obstante, la mujer alargó tímidamente una mano y probó a asir la base de mi erección. En efecto, había acertado. La punta de su pulgar no alcanzaba a tocar el resto de sus dedos, lo que hizo que la madura se mordiera con frenesí el labio inferior.

— Gracias, corazón —murmuró mientras daba a mi rabo un par de buenas sacudidas—, pero creo que prefiero cenar algo más ligero.

— ¡Da por seguro que te la dedicaré esta noche! —aseguré unos segundos más tarde, alzando la voz y viéndola menear el trasero camino del ascensor.

— ¡Hasta mañana, Alberto! —dijo entre risas mientras hacía resonar sus tacones.

Después de cenar, me acomodé con una copa de whisky y un libro para pasar la tarde. La noche era tranquila y cálida, así que me senté en el columpio del porche delantero.

Los vecinos estaban escuchando música a todo volumen, pero su gusto musical era similar al mío y la distancia suavizaba el sonido. La canción La Musica Non C’é llegó en la oscuridad de la noche, creando una atmósfera melancólica. Siempre podías contar con Coez.

Dejé mi libro y di un sorbo al licor de mi vaso. Vi una hacendosa araña tejer su trampa en lo alto de una de las columnas de mi porche. Fue entonces cuando me di cuenta de que me estaba acariciando la polla por encima de los pantalones. Sonreí mirando al insecto, pero en mis pensamientos veía a Esther de forma vívida. Otro sorbo deleitó mi garganta, al igual que el pálpito de mi polla en la palma de la mano. Esa mujer me la ponía durísima.

Introduje la mano a través de la abertura del pantalón. Mi polla presionaba con fuerza. "Un solitario", le susurré a la araña Esther. Mi cabeza se apoyó en el respaldo de la mecedora en cuanto tomé mi miembro. Cerré los ojos y allí estaba ella. Su cuerpo, bronceado y desnudo yacía sobre una suave nube blanca en mi imaginación. Sin ningún defecto, el vello púbico elegantemente recortado.

Sujetando y sacudiendo mi palpitante erección, imaginé su cuerpo perfecto con las piernas flexionadas y ligeramente abiertas, invitándome a unirme a ella. Yo parecía flotar sobre Esther, absorbiendo su belleza, deseando su calidez. Mi polla apuntaba obscenamente hacia su cuerpo como una lanza lista para penetrar sus pliegues más suaves.

Sus ojos se clavaron en los míos, invitándome a tomarla. Sus brazos extendidos me pedían que me acercara. Casi podía oler su aroma a canela flotando en el aire, haciendo hervir mi deseo. Su piel tersa y bronceada contrastaba con la blancura y aspereza de la nube que la acunaba. Quería tocarla.

Recuperé el control justo a tiempo. Un segundo después y me habría salpicado el vientre de semen. Jadeaba y el corazón me palpitaba en el pecho. Sentía el poder del orgasmo deseando liberarse y no quería desaprovechar toda esa energía. Me mordí el labio pugnando por mantenerme a salvo del clímax y, poco a poco, éste se fue diluyendo y apaciguando como una ola al llegar a la orilla.

Sostuve mi polla, jactándome de su dureza y envergadura. Sonreí entornando los ojos con malicia y disfruté de todo lo que podría hacerle a mi compañera con semejante herramienta. Decidí que retendría aquel orgasmo para el momento apropiado, cuando estuviéramos juntos. Había pasado al menos una semana desde mi última eyaculación, por lo que la siguiente sería épica.

Respiré lenta y pausadamente, calmando mi ritmo cardíaco de forma paulatina, orgulloso de recuperar mi autocontrol. Despacio, deslicé la mano fuera del pantalón y cambiando mi miembro por el vaso de whisky brindé por la pronta materialización de mi fantasía.

Costó, pero la novela de Alfonso Goizueta ayudó a que me quedase profundamente dormido. Por suerte, dormí sin soñar, de forma relajante y reparadora. Por la mañana tomé mi café favorito con el desayuno y me dirigí a la oficina, esperando con ansia pasar las siguientes siete horas cerca de Esther. Sabía que ese día no me resultaría fácil concentrarme, y anticipé problemas al tenerla en la mesa de al lado, pero jugaría mis cartas lo mejor que supiera.

Cuando llegué vi su coche en el aparcamiento de empleados y, antes de pasar, exhalé profundamente y deseé que la suerte estuviera de mi parte. Habitualmente la madura llegaba la primera y ese día también la encontré trabajando. Por desgracia había una enorme pila de carpetas en mi escritorio, pero era viernes, y no me importaba trabajar como un cabrón si así tenía libre el fin de semana.

El aroma a pino del pasillo indicaba que Esther ya había pasado la mopa. Miré hacia abajo y vi que el suelo estaba reluciente y prácticamente seco. No acababa de entender que una recepcionista se encargara de la limpieza de la oficina, pero me senté a trabajar y, había logrado avanzar bastante, cuando ella entró luciendo su amable sonrisa.

— Espero que vengas con ganas de trabajar.

— Por supuesto —sonreí—. ¿Crees que acabaremos hoy?

— Probablemente no —respondió con un brillo travieso en la mirada—. El informático vendrá a las doce a actualizar todos los ordenadores. Tardará menos de una hora, o eso ha dicho.

— Entonces supongo que tendré que venir mañana.

— Probablemente —afirmó con lástima.

— Bueno, haré hoy todo lo que pueda —dije—, y mañana el resto.

— Dame un minuto —replicó—. Termino los baños y vengo a echarte una mano.

Aunque comencé de inmediato a actualizar pólizas, al cabo de una hora me sentí como cuando era niño y mi madre ponía algo de comer que yo detestaba. Yo picoteaba y daba algún que otro mordisco, pero tenía la impresión de que el plato nunca se vaciaría. Del mismo modo, la pila de carpetas apenas disminuía. Al contrario, casi parecía crecer.

Me estaba aflojando la corbata cuando Esther regresó. La colgué en el perchero que tenía detrás de mi mesa y le dirigí una sonrisa amable para luego desabrocharme un botón de la camisa, remangarme y volver a la tarea.

— Por fin estoy aquí —anunció—. Venga, Alberto, terminemos esto.

La observé mientras tomaba asiento. Su falda era igual de corta que la del día anterior, pero tenía una abertura en el costado que dejaba a la vista gran parte del muslo. Con todo, Esther sonrió de forma inocente, tomó una carpeta y encendió un ordenador portátil. Resignado y diligente, bajé la mirada y centré mi atención en la póliza que tenía delante.

A lo largo de la mañana, las interrupciones y preguntas de mis compañeros me robaron tiempo para mi propósito de acabar. Por si no tenía bastante, el gerente anunció eufórico que había asegurado un nuevo contrato con una empresa de transporte. Sin embargo, teníamos que redactar la documentación y dejarla preparada para el lunes.

— Eso está hecho —aseguré ocultando mi lógico fastidio—. Y si no, volveré mañana para terminarlo.

— Y yo, claro —intervino Esther—, o ¿cómo vas a entrar?

— También es verdad —admití.

— Genial, con empleados como vosotros, da gusto —dijo el jefe, dándonos efusivamente la mano antes de irse.

— Gracias, Esther.

— De nada, —contestó guiñándome un ojo de forma graciosa.

Casualmente o no, sus rodillas estaban a la vista e, instintivamente, mis ojos se clavaron entre sus muslos con la esperanza de echar otro vistazo a la penumbra que allí se entreabría.

Al intuir el color de sus bragas sentí que mi polla comenzaba a crecer inmediatamente. Esta vez el color burdeos ocultaba el tesoro de debajo. Comprobé que Esther no había observado mi indiscreción y eché otra rápida ojeada a su oscura entrepierna. Unas rodillas elegantes. Unos muslos sugerentes. Unas bragas bonitas. Dudas y más dudas, corazonadas sobre las intenciones de aquella mujer casada.

Acerqué la silla a la mesa a fin de ocultar que mi polla estaba completamente dura y levantando la tela de mis pantalones, y entonces sí me encontré con una sonrisa en su rostro y con una pregunta.

— ¿Café?

— Eso sería genial —respondí.

— Solo, ¿verdad?

— Sí, señora —respondí—. Acertaste.

— Te he visto tomarlo así varias veces —sonrió—. Sin azúcar. Sin leche.

Esther se dio la vuelta y salió con mis ojos adheridos a su apretado trasero que se balanceaba bajo la pequeña falda gris. Mi polla se enderezó en mis pantalones, ansiosa por liberarse y salir tras la belleza que se alejaba. Sacudí la cabeza, acuciado por la tensión que se acumulaba en mis testículos y la pila de carpetas.

A una hora para el final de la jornada todavía quedaba una docena sobre mi escritorio. Con suerte podríamos hacer otras cuatro más. Esther regresó con dos tazas humeantes y las puso sobre el escritorio.

— Ésta es la tuya —señaló empujando una de las tazas hacia mí con su carita angelical—. Enseguida vuelvo.

La miré nuevamente balancearse mientras salía, preguntándome qué iba a hacer ahora. Maldita sea, si ese trasero no fuera tan imponente… Estaba trabajando a toda velocidad cuando Esther regresó con un plato de papel con dos donuts encima.

— ¿Tienes hambre? —preguntó.

— Sí, claro.

— Hay uno normal y otro relleno de crema. Elige.

Sin embargo, cuando alargué la mano para coger el relleno de crema, ella retiró el plato.

— Ese no —dijo con una sonrisa. De modo que tomé el de azúcar glaseada.

Dejó el plato sobre mi escritorio y mordió el donut relleno de crema.

Fue un gran truco pues, cuando Esther lo mordió, la crema salió a borbotones, derramándose desde la comisura de su boca y adornando su lindo rostro.

Cuando Esther vio cómo la miraba, compuso una mueca de preocupación y preguntó…

— ¿Qué?

— Tienes un poquito ahí.

Intentó quitárselo con la punta de la lengua, pero se dejó casi todo. Divertido, deslicé un dedo por su mejilla, arrastrando la crema de una pasada. Pero entonces, al retirar la mano para limpiarme con una servilleta, Esther me agarró por la muñeca de improviso.

— ¡Qué haces! ¡No! —rezongó antes de chuparme el dedo con deleite, saboreando el dulce de leche.

Evidentemente, tenía la polla igual de dura que el hormigón. En serio, casi me corro en el acto. Esther chupó la crema con esmero, dejando salir mi dedo lentamente mientras me miraba directamente a los ojos.

Tuve que abrirme la camisa del sofoco. Sentía en la garganta el pulso de mi palpitante y emocionado corazón.

— ¡Ummm! —musitó con deleite—. No se puede desperdiciar algo así.

Estuve tentado de mojar el dedo en el pedazo de donut que le quedaba para que ella me lo volviera a chupar, sólo que eso hubiera hecho aparecer una mancha enorme en mis pantalones.

— Todavía te queda —mascullé.

Esther se limpió y chupó los dedos, pero cuando vio como la miraba, sonrió y utilizó la lengua de forma extremadamente lasciva. Me la puso tan dura que pensé que eyacularía de forma espontánea, pero lo peor fue que la madura se regocijase de mi sufrimiento.

— No seas mala —la reproché.

— Ay, pobre… —se lamentó con una risita—. Vas a tener que volver a consolarte solito.

— Eso me temo —admití—. Al final anoche me quedé dormido. Así que estoy a tope.

Mi malvada compañera se rió de buena gana, lo que hizo que la tensión entre ambos se desvaneciera, si bien mi miembro permaneció rígido como una palanca. Haciendo un ímprobo esfuerzo, trabajamos diligentemente durante los siguientes cuarenta minutos. Al cabo, miré mi reloj y dije: “Supongo que es hora de terminar”.

La morena dejó caer su bolígrafo en la carpeta y la cerró con un profundo suspiro de extenuación y alivio.

— Solo quedan seis archivos para codificar —comenté—. Mañana vendré un rato y lo terminaré.

— Yo también vendré —respondió—. Así terminaremos el doble de rápido. No olvides que hay que redactar lo del contrato de contabilidad. Además, mi esposo va a pescar, y prefiero hacer cualquier cosa menos eso, creemé.

En ese momento nuestro jefe asomó la cabeza por la puerta y dijo: “El informático ya está aquí. Todos fuera”.

No discutimos. Había sido una mañana ajetreada y notaba mis boxers húmedos por el líquido pre seminal, amén de una erección perpetua. No podía esperar para aliviar mi dolor de huevos, de modo que dejé el bolígrafo sobre la carpeta que tenía abierta y me levanté.

— Bueno, pues mañana nos vemos —comenté echando la pelvis hacia delante para que mi miembro abultase de forma flagrante el pantalón.

En cuanto Esther se puso de pie, sus ojos se detuvieron en mi entrepierna. Fue solo un segundo, ya que desvió la mirada de inmediato.

— Que pases una buena tarde.

La maldije por darse la vuelta para marcharse. “¡¡¡Cabrona!!!”. Era la segunda vez que me dejaba con la miel en los labios, pero no pude evitar verla contonearse de nuevo, con resignación. Sin embargo, decidí en ese momento que no iba a masturbarme. Mi esposa estaría de vuelta al día siguiente. Sería una tortura pero podía esperar.

No obstante iba a necesitar una ducha fría en cuanto llegara a casa, además de que tendría que intentar no pensar en mi compañera de oficina al irme a la cama y, por si fuera poco, tendría que estar a solas con ella toda la mañana siguiente. De modo que iba a necesitar todos mis superpoderes para aguantar.

Hacer una hora de ejercicio antes de la ducha fría me ayudó a apaciguar la fiereza de mi miembro. Luego, de pie frente al espejo, me observé detenidamente. El agua resbalaba por mi piel. Para tener cuarenta y siete años, todavía estaba en bastante buena forma. Me gustaba comer sano y hacía ejercicio regularmente, de modo que hacía tiempo que me mantenía en mi peso ideal. Por otra parte, mi esposa me prefería sin vello corporal, así que me me pasaba afeitadora con regularidad. En fin, me sentí a gusto conmigo mismo, pero no sexualmente.

Los recados y las compras llenaron la tarde. Una llamada de mi esposa y tres episodios de Yellowstone hicieron lo propio con la velada. Luego de una buena noche de sueño me levanté a las siete. Una ducha rápida, esta vez caliente y, ya que era sábado, en lugar del habitual traje me puse unos vaqueros, una camiseta y me dirigí a la oficina. Obviamente el coche de Esther estaba en el estacionamiento cuando llegué.

— ¡Cierra la puerta! —la oí gritar desde el fondo— Había alguien aquí cuando llegué, pero se fue a toda prisa.

Preocupado, hice lo que me dijo y entré a la carrera.

— ¿Apuntaste la matrícula? —pregunté cuando entré en la oficina.

— No —dijo con súbita indiferencia.

Me detuve en seco. Esther estaba repantigada en mi silla y mi corbata colgaba alrededor de su cuello y caía entre sus pechos. Llevaba puesta una camisa con sólo un par de botones abrochados, y nada más.

Yo sabía que iba a ver a Esther, aunque no fuera desnuda, de modo que llevaba una erección de mil demonios.

Ella, en cambio, parecía la mar de tranquila. Segura de sí misma y confiada en mi total entrega, me aguardaba con las piernas abiertas y su sexo moreno oculto casi por completo con mi corbata. La camisa estaba lo suficientemente abierta como para revelar la mayor parte de sus pechos, aunque no los pezones.

La dulce e inocente sonrisa de mi compañera había desaparecido, reemplazada por una mueca traviesa y terriblemente sexy, sobre todo teniendo en cuenta que se trataba de una supuesta mujer respetable.

— Buenos días —saludó con desdén, presionando el índice sobre su labio inferior.

— Eh… Buenos días —respondí con incredulidad.

Mi polla empujó con fuerza contra la cremallera de los jeans, obscenamente abultada y rígida. Me deleité contemplando lo que no tenía permitido ver. Los cortes de bronceado asomaban a ambos lados de mi corbata.

— Vine muy temprano —sonrió Esther, su mano deslizándose lentamente por el borde de la camisa, apartándola a un lado para exponer su pecho derecho por completo.

— Ya he acabado el trabajo.

— ¿Entonces he venido para nada? —bromeé.

Tiró entonces de la corbata hacia arriba, exponiendo su reluciente y húmeda rajita.

— Puedes irte a casa si quieres —respondió.

Esther lucía en el pubis una delgada franja de pelo castaño, recortada muy a ras, justo encima de los inflamados labios de su sexo. Mi compañera era una hembra madura y sexy. Incluso la piel blanca del triángulo del bikini contrastaba de forma sublime con el resto de su cuerpo bronceado.

— No, señora. No iré a ningún lado —gruñí agarrando mi miembro.

Sentada en mi silla, la mujer curvó su índice, haciéndome un gesto para que me acercara.

Me situé frente a ella con tres pasos y me quedé hipnotizado con el brillo de ojos, más profundos y verdes que nunca. Solo me quité la camiseta después de que ella me abriera los pantalones con determinación y una sonrisa de aprobación iluminara su rostro al extraer mi miembro.

— Lo sabía —dijo con convicción.

— ¿qué sabías, preciosa? —pregunté con arrogancia.

No contestó, sino que sonrió envolviendo sus dedos suavemente alrededor de mi palpitante miembro viril.

— Tu polla sí que es preciosa, encanto.

Su suave mano se deslizó lentamente arriba y abajo, templando mi erección, apretándola con firmeza mientras sus ojos la evaluaban. Era como si la estuviera estudiando, midiendo cada centímetro de su porte venoso.

— Dieciocho centímetros —indiqué—, y cuatro y pico de diámetro.

Sonrió al saberse descubierta, y el brillo de la avaricia resplandeció en sus ojos justo antes de que sus sensuales labios se abrieran para abarcar mi hombría.

Respiré profunda y lentamente, gozando de la calidez de su beso. En cambio, ella me miraba de forma maliciosa, sabiéndose vencedora mientras comenzaba a acariciar la cabeza de mi pollón con su lengua. Enervantemente lenta, meticulosamente hábil, Esther trazó un círculo completo alrededor del glande, logrando extraer ipso facto una gota transparente y que yo colocase una mano en lo alto de su exuberante melena rizada.

Podría mentir, decir que era consciente de lo que hacía, y que no era lo correcto; podría decir que me sentí culpable por engañar a la mujer con quien llevaba quince años casado, esa mujer que no retuvo nada de lo que deseé en la oscuridad de la noche; la mujer que dio a luz a mis hijos y ayudó a llevar la carga de una hipoteca y todas las otras cosas que tanto esfuerzo nos costó conseguir.

Podría contar esa mentira, pero sólo sería eso, una mentira. No sentí culpa ni pensé en mi esposa ni una vez. En lo único que pensé, fue en la hermosa mujer que se alimentaba de mi polla en ese momento. Tampoco albergaba ningún amor ni la ilusión de robársela a su marido. Todo lo que deseaba en ese momento era disfrutar de su cuerpo, pero si en el futuro se presentaba la oportunidad de una segunda cita o un idilio amoroso, no dudaría ni un segundo en vivirlo con ella.

Sentí como sus labios se deslizaban suavemente sobre la cabeza de mi verga para luego bajar por mi rabo hinchado. Su lengua serpenteaba alrededor del grosor de mi sexo, drenando más de ese deseo líquido hacia su paladar. Gimiendo en señal de aprobación, la madura chupó mi miembro con cariño, mientras los dedos de su mano libre me masajeaban los huevos.

— ¡Joder! —rezongué— ¡Qué maravilla!

Quería advertirle sobre la cantidad de semen que inundaría su boca de seguir así, avisarla de que no aguantaría mucho, de que su habilidad y lascivia eran increíbles. Envidié al esposo de esa señora cuya cálida y húmeda boca era capaz de envolver tu erección mientras con los dedos te estimulaba las pelotas.

— ¡¡¡OOOGH!!! —gruñí súbitamente cuando ella tragó tanta polla como fue capaz.

La madura me sostuvo la mirada mientras yo le lanzaba mi jugo contra el paladar. No derramó ni una gota. Al contrario, se regodeó con cada nuevo chorro. Ahora solo tenía el henchido glande en la boca, pero continuó exprimiendo con cuidado mi rabo y mis huevos, arrastrando cada gota hacia su lengua. Descubriéndome a toda una gourmet, una sibarita del semen.

Sin dejar de succionar, arqueó las cejas repetidamente, alardeando, jactándose de la fabulosa mamada que me acababa de hacer. Una amplia sonrisa y unos ojos alegres me miraron fijamente cuando al fin dejó escapar mi polla, sujetándola todavía, meneándola lentamente con desparpajo, en tanto mi orgasmo se desvanecía poco a poco, abandonando mi cuerpo con ligeras y espasmódicas convulsiones, que tuvieron un abrupto final con una última y sonora chupada por parte de mi compañera de oficina.

¡¡¡Pop!!!

— ¿Bien? —inquirió con preocupación.

— Increíble —suspiré, apoyándome en el borde de la mesa.

La madura se rió de mi efusividad.

— Tu semen también me ha gustado —replicó con diplomacia—. Oye, ¿tú no te habías masturbado?

— Al final, no —reí yo entonces, pensando en la media docena de chorros que habría eyaculado.

— Ya me había parecido —comentó con sutileza.

— Oye.

— ¿Qué?

— Te importaría soltarme los huevos…

— ¡Ups! —rió, sacando la mano al momento.

La ayudé a ponerse de pie, y nos dimos nuestro primer beso. El aroma de mi esencia permanecía en su aliento, pero no me importó.

Mis manos vagaron por su cuerpo, explorando las pronunciadas curvas y contornos de su imponente anatomía. Amasé y separé sus nalgas. Sus brazos, en cambio, descansaban sobre mis hombros en tanto su lengua luchaba con la mía. Mi miembro, reacio a marchitarse, estorbaba ahora entre nuestros cuerpos, y es que todavía anhelaba poseerla de otras formas, tantas como ella me permitiese.

— Sigue dura —comentó Esther, mordisqueando el lóbulo de mi oreja. Su aliento caliente acariciando mi cuello con dulzura.

— Sí —respondí—, es que quiere follarte.

— Ummm —ronroneó como una gatita— Pues pregúntale a qué espera.

Tomando la iniciativa, la tomé en brazos y la llevé a la sala de espera, donde había un par de sillones. Sin embargo, Esther, nada más ver cuáles eran mis intenciones, fue al cuarto de la limpieza y trajo un par de toallas que extendió cuidadosamente sobre el asiento de uno de los sillones. Luego, con otra sonrisa traviesa, se colocó de rodillas dándome la espalda.

Al echarse sobre el respaldo, su jugoso coñíto se abrió para mí. Agradecido, me aproximé e inhalé su aroma, pasé mis manos por su formidable trasero y, separando sus apretados glúteos, introduje mi lengua entre sus pliegues tan dentro como pude

Con un gemido sexy, la madura apoyó la cabeza sobre los antebrazos mientras yo continuaba empujando mi lengua profundamente, para luego moverla dentro de ella. Me atrevería a asegurar que, al igual que yo, Esther llevaba una buena temporada sin follar. Me dio esa impresión, pero no sabría decir por qué. Quizá porque sus jugos fluían de las profundidades de su coño como si de un valle se tratara, empapando, pringando mi lengua, mi nariz y barbilla.

Mi polla ya palpitaba de nuevo, deseosa de entrar en acción.y, en un arrebato, derramé un considerable cóctel de fluidos en el ano de la madura y, audaz, titilé juguetonamente en aquel inhóspito agujero.

— ¡Ey! ¡Alberto!

Ni respondí ni pregunté. Seguí con lo que estaba haciendo, aunque al tiempo que le comía el culo, empecé a masajear su clítoris con el pulgar. La reacción fue instantánea.

— Oh, sí —jadeó—. Sigue. No pares.

Tras un minuto de jadeos y sacudidas de su trasero, Esther se estremecía con la punta de mi lengua entrando y saliendo a través de su musculoso esfínter y la yema de mi dedo haciendo diabluras a su perla más febril, acciones que, simultáneas, lograron desencadenar un orgasmo de nivel seis en la escala de Richter.

Yo descartaba que una mujer tan sensual e impulsiva como ella no hubiese probado la sodomía, pero aunque así fuera, me quedó claro que a ese culo le iba la fiesta. Con todo, la primera vez era mejor ir por orden, y no paré de comerla hasta que me pidió que la follara. Gemía y se estremecía de placer gracias a mi juguetona lengua, y poco a poco un orgasmo comenzaba a formarse en ella como una tormenta en el horizonte, con alaridos súbitos como truenos cada vez que hurgaba con la punta de la lengua en su ano, tanteando y soliviantando aquel rincón olvidado.

La madura hervía de forma estentórea y su cuerpo comenzó a temblar. La tormenta rápidamente la envolvió. Sus jugos brotaban con fuerza ahora, como un río que desborda sus orillas. Estaba al filo del orgasmo, jadeando y maldiciendo como un camionero, de modo que su vocabulario no empeoró cuando la penetré analmente con el pulgar. Aún así, me quedé sorprendido por las palabras que escupió su boca. Toda inocencia y el comedimiento desmentidos por una dialéctica tan grosera que no pude menos que sonreír.

— Fóllame, Alberto —jadeó.

Antes de que tuviese tiempo de reaccionar, Esther me apartó de una patada y se giró sobre la espalda, separando las piernas para mí. La atraje hasta el borde del sillón, presioné la polla sobre su raja y arrollé su prominente clítoris. Entre tanto Esther se amasaba los pechos con lascivia, estrujándose los pezones hasta hacerse rabiar a sí misma.

— Alberto, por favor —imploró.

¿Cómo podía negarle nada a una mujer tan mojada y ansiosa? Por extraño que parezca, mi polla estaba tan dura como la de un adolescente. De modo que empujé mi miembro entre sus labios hinchados, arándolos sin entrar en ella para luego atizar su exuberante clítoris y divertirme como un niño.

— ¡No seas malo! —me reprendió con cara de gusto— Méteme esa cosita.

Reí al escuchar aquel diminutivo, y mi lado travieso disfrutó torturándola más todavía, haciéndola gozar a medias y quedarse con las ganas. La madura se retorció, frotándose contra mi glande púrpura, intentando meterlo dentro, rebozando mi miembro con su caldo.

Ella se estaba impacientando, y yo lo deseaba tanto como ella. Tomándola por los tobillos, coloqué sus piernas sobre mis hombros y sus ojos me observaron con estupor, muy abiertos.

— ¿Quién va a ser tu hombre a partir de ahora?

— Sólo tú, maldito —sonrió burlona.

— ¡Premio! —susurré, deslizando lentamente mi miembro en su sexo.

Estaba tan cerrada que costaba creer que hubiera dado a luz a dos niños, pero tampoco vi ninguna cicatriz de cesárea. Así que me pregunté cuánto tiempo llevaría en el dique seco.

Empujé más, profundizando y ensanchando cada centímetro de su caliente, húmedo y apretado sexo. Sin duda aquella iba a ser una experiencia inolvidable y, de hecho, cuando hube entrado en ella por completo, deseé quedarme ahí para siempre.

Permanecí inmóvil unos segundos, disfrutando de su candor al tiempo que ella se sentía repleta.

— ¡Joder, qué maravilla! —gimió—. Dame fuerte, por favor.

Por contra, emprendí un lento vaivén que hizo que sus ojos se cerrasen y Esther se mordiese el labio inferior con frenesí, ronroneando de placer como una gata.

Sus dedos se agarrotaron, clavando las largas uñas en la tapicería. Dentro y fuera, gané velocidad paulatinamente, trazando círculos con la yema del pulgar en torno a la perla de su clítoris, que en ese instante chisporroteaba como un pararrayos.

— ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí…! —gritaba una y otra vez.

Las paredes de su sexo parecían agarrar y succionar mi miembro. Mis embestidas eran fuertes y rápidas ahora, restallando contra la mullida piel de su trasero mientras Esther movía la cabeza de un lado a otro y el cabello se le enredaba sobre el rostro, gozando de lo lindo.

Mis manos agarraron la suave carne de sus pechos. Apretando y pellizcando con tiento, inclinado para mamar de sus pezones al tiempo que seguía arremetiendo. En esa postura tan encogida, las rodillas le presionaban en los hombros y mi polla se hundía dentro de ella hasta la raíz.

— ¡Así! ¡Así! —gritó estremecida con cada enérgica y cadenciosa embestida.

Tuve que traerla nuevamente al borde del sillón y, queriendo volverla loca, comencé a decir obscenidades: Así te gusta, ¿verdad?”; “Quieres que te deje bien abierta, ¿eh?”; “Rellena de semen hasta las orejas”; “¿Te has corrido otra vez, sinvergüenza?”.

La morena apretó los dientes, luchando por mantener su orgasmo al máximo. Un cóctel caliente manaba su sexo, derramándose por el surco de sus nalgas y empapando mis huevos. Mi compañera se había vuelto pringosa, resbaladiza, pegajosa, y yo chapoteaba en ella una y otra vez, hasta que la pobre comenzó a restregarse contra mí, utilizando la vagina del mismo modo que antes había usado la boca.

Mis manos recorrieron sus piernas, muslos, abdomen y pecho, dichosas de tener a semejante mujer a su disposición. Satisfecho y agradecido, mantuve inmóvil mi miembro en tanto su orgasmo se desvanecía, entrelazando mis dedos con los suyos.

Al cabo, como la madura no parecía tener prisa, besé el interior de sus rodillas y comencé a bogar mínimamente, con delicadeza, pausadamente, lo que hizo que alzase las cejas y me observara con desconcierto.

— ¿No has tenido suficiente?, comentó.

— Oh, sí… —dije guiñándole un ojo—, pero mentiría si no confesase que me encantaría probar ese culo que tan bien contoneas cuando vienes con zapatos de tacón, como hoy —y diciendo esto, puse su pie izquierdo a la altura de mis ojos y besé con devoción la punta de aquellos zapatos.

Ella se rió de mí y de mis tonterías, por lo que seguidamente pregunté:

— Por cierto, al principio me ha dado la impresión de que estabas demasiado cerrada para estar casada.

Esther se encogió de hombros, negándose a verbalizar la evidente ausencia de sexo conyugal.

— ¿Dos hijos? —barrunté.

— Son de Alfonso —aclaró—, de su primera esposa. Nunca he estado embarazada.

No lo dijo con pena ni resignación, lo que me hizo dudar.

— Usas anticonceptivos, entonces —inquirí— ¿No quieres tener hijos?

— No, no es eso —sacudió la cabeza, y seguidamente guardó un largo silencio— Alfonso no puede tener hijos. Quiero decir, nunca ha podido.

— Y entonces cómo…

Esther sonrió al ver mi expresión de desconcierto, y apretando mi mano, añadió:

— Siendo generoso —sentenció—, y permitiendo a su primera esposa elegir al hombre apropiado.

Asentí con la cabeza en señal de comprensión y por un instante consideré la poco halagüeña idea de ser padre por tercera vez, sólo que de forma ilegítima, no consentida y cuando ya había sobrepasado la edad indicada para ello.

— ¿No habrás llegado tú al mismo acuerdo? —quise saber.

— Lo creas o no, hacía tres años que no tenía sexo —admitió—, y no, no temas. No quiero quedarme embarazada a estas alturas de la vida.

— ¿Entonces solo lo has hecho por diversión?

— No es tan sencillo, sabes…

La madura me contó que no tener sexo no la hacía sentir yerma ni frustrada, como yo imaginaba, sino empoderada y plena. Se veía a sí misma como una sacerdotisa perteneciente a una casta superior, solitaria, intocable y por encima de aquellas mujeres que se dejan arrastrar por sus impulsos.

Esther no era estúpida ni frígida. Sabía lo que era desear y ser deseada, por hombres y por mujeres. Y aún así, durante esos tres años no había sucumbido a la atracción física. Se jactaba de su independencia, al menos hasta que le habían diagnosticado un cáncer de mama y esa independencia se transformó en soledad y le hizo meditar en lo que se había perdido.

Ahora su resplandor y belleza se desvanecían como la niebla, como si nunca hubiesen existido, y en cambio aparecían las arrugas, el sosiego y la fatiga. A veces se preguntaba de qué servía su castidad y la fidelidad a un esposo que nunca la complacía, pero las punzadas que sentía por la noche ya no eran de lujuria, sino de arrepentimiento.

— Así es —sonrió, apretando mi mano—, una no elige de quién se enamora.

Asentí manifestando mi comprensión. Si bien me costaba creer lo que oía. No es que dudara de ella, sino que esa mujer era demasiado sensual y demasiado extrovertida para la castidad. Mi mente volaba: “¿Por qué entonces?”; “¿Por qué yo?

— Y has decidido recuperar el tiempo conmigo —concluí.

— Sí. No sé. Hay algo especial en como me miras, o eso creo —dijo encogiéndose de hombros y apretando otra vez mi mano—. Algo que me dice que tú eres distinto.

El aroma de aquella madura era embriagador y su sexo sumamente cálido y resbaladizo. Su vagina se sentía tan receptiva que mi miembro resucitó por segunda vez, sin la rigidez previa, pero sí con todo su esplendor y completamente bañado en sus fluidos de niña mayor.

Mi excitación era mutua, cómplice e incipiente. Decidí que después de haber gozado en su boca y sus sexo era hora de hacer lo propio con el último de los paraísos que aquella mujer poseía. Saqué pues la barra de carne que nos unía y la utilicé para embadurnar el surco que dividía sus nalgas.

El mutismo de mi compañera me animó a ir y venir de un lado a otro, extendiendo en su culo lo que acababa de rebañar en su coño, contagiando la lascivia de un agujero al otro hasta que un poderoso orgasmo la hizo temblar por sorpresa mientras mi orondo glande removía su talismán del placer. Sus jugos manaban, su cuerpo convulsionaba.

Como no quería que su tensión sexual decayera ni un ápice, me paré en el borde del sillón, la atraje de nuevo hacia mí y golpeé vilmente su clítoris. Su sexo estaba preparado y dispuesto, de modo que lo penetré sin ningún problema a pesar del tamaño que mi polla había adquirido.

— ¡Oh, sí! ¡Sí! —susurró Esther.

Lentamente, comencé a balancear las caderas, sosteniendo sus piernas en alto por los tobillos. Ella hubo de sujetarse a los brazos del sillón para mantenerse en el sitio y evitar resbalar hacia atrás por mis embestidas.

— Más rápido, Alberto —exigió casi sin aliento—. Si, fóllame fuerte.

Volví a arremeter violentamente en lo más hondo de su ser. Los secos restallidos sexuales resonaban nuevamente en la amplia sala. A diferencia de antes, esa vez fue ella misma quien estrujó sus pechos llenos y duros, pinzando los pezones y retorciéndolos con saña mientras con la otra mano se masturbaba frenéticamente.

Su orgasmo brotó de repente, con tal oleada de fluidos que refrescó mis testículos y, sin llegar a desvanecerse, aquel clímax generó un sinfín de temblores y sacudidas que descompusieron el semblante de la madura.

Aunque continué cebando aquel sexo voraz e insaciable, bajé entonces la intensidad de mis embestidas, deslizando mi miembro rítmicamente, abultando su bajo vientre con cada penetración. Me perdía en el delicioso interior de su sexo, pero mi verdadera intención era bombear unos jugos con los que luego encenagar su espléndido trasero.

Con todo, lo que verdaderamente desquició a mi compañera fue que, echándome sobre ella, la forzase a flexionar el tronco hasta que las rodillas le tocaron los hombros, dejándola encogida y empotrada en el sillón con los pies en alto. Esa postura no sólo dejó mi miembro metido a fondo, sino que también me dejó las manos libres.

Mirando su rostro congestionado con fijeza. Solo hacía falta verla para saber que el suyo había sido un orgasmo abrumador. De tal modo que comenzó mi tercera y última descarga de la mañana.

Casi me desplomo sobre ella pues, en lugar de apoyarme, empleé las manos para sujetar las caderas de Esther en tanto mi erección se sacudía rítmicamente, inyectando mi esencia en las entrañas de aquella señora.

Gemimos y jadeamos, sudando durante un orgasmo increíble que nos dejó sin aliento y exhaustos. Después de unos minutos de caricias y besos postorgásmicos, hube de afrontar la delicada tarea de sacar la polla del sexo de una casada sin menoscabar su dignidad.

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Referencias:

— At The Ofice, The Story Of Esther, de CrystalsVoyur.

— Cónclave, de Robert Harris.

— Kelly Aleman deep-throats thick dick, PORNHUB.