El Club de tenis Élite. Cap. 7
Andrea no la miró. Solo extendió la piera, apuntando con la zapatilla sucia hacia su cara. 'Quítamelas', dijo. Y Melissa, temblando, obedeció. Esta vez, el castigo no será un insulto, sino una prueba de vida o muerte en la mesa de una cena privada.
Los días siguientes al sábado fueron un túnel lento y asfixiante para Melissa.
El domingo se quedó en la cama hasta las tres de la tarde, hecha un ovillo bajo la sábana fina, mirando el techo desconchado. No comió. No se duchó. Solo lloró a ratos, en silencio, repasando cada segundo de la noche anterior: la habitación de Carlos, el condón que se le escapó de los dedos torpes, el semen caliente en la boca y en la mejilla, la voz de Andrea cortante como un cuchillo (“¿Qué coño has hecho?”), la puerta cerrándose detrás de ella, Elena pisándole las manos con sus sandalias, los besos desesperados a los dedos gordos del pie con sabor a cuero y sudor, y finalmente Andrea marchándose en su coche sin mirar atrás, con ese “me lo tengo que pensar” que seguía resonando como una sentencia.
El lunes se levantó a las seis y media, como siempre. Se duchó con agua fría para despertarse del todo. Se miró en el espejo agrietado del baño: ojeras profundas, labios mordidos, expresión vacía. Se recogió el pelo moreno en el moño bajo profesional, se puso el uniforme —polo blanco con el logo dorado, falda plisada gris hasta la rodilla, zapatillas negras neutras— y salió al frío sin desayunar.
Llegó al club a las ocho menos cuarto. El vestuario femenino estaba vacío. Inspeccionó las taquillas como cada mañana: la de Andrea (la más grande, con el adhesivo “A.”), la de Elena (justo al lado). Vacías. Ninguna bolsa, ninguna zapatilla asomando, ningún rastro. El silencio le pesó como una losa.
Trabajó como un autómata: dobló toallas, rellenó dispensadores, limpió espejos que ya estaban limpios, fregó baldosas que no estaban sucias. Cada vez que oía pasos en el pasillo, el corazón le daba un vuelco violento. Cada vez que la puerta se abría, levantaba la vista con una mezcla de terror y esperanza desesperada. Pero nunca eran ellas.
Pasó el lunes entero así. Y el martes. Y el miércoles. Y el jueves.
Cada día era idéntico: llegaba temprano, limpiaba todo dos veces, miraba las taquillas cada diez minutos, esperaba, temblaba, se humillaba a sí misma en silencio. Por las noches llegaba a casa exhausta, se quitaba el uniforme, se metía en la cama y se masturbaba pensando en Andrea: en su pie apoyado en el pecho, en su voz diciendo “buena chica”, en el semen de Carlos en su boca mientras Andrea la miraba con desprecio. Se corría rápido, con culpa, y después lloraba hasta quedarse dormida.
El viernes por la tarde, cuando ya estaba recogiendo el carrito de limpieza, oyó pasos en el pasillo. Dos pares. Risas ahogadas. Una voz grave y segura, otra más ligera y juguetona.
Melissa se quedó paralizada junto al banco, con una toalla a medio doblar en las manos. El corazón le subió a la garganta.
La puerta se abrió.
Andrea entró primero. Elena detrás. Melissa sintió que le fallaban las piernas. Dejó caer la toalla al suelo sin darse cuenta. Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante.
Andrea ni siquiera la miró al entrar. Dejó la raqueta en el banco con un golpe seco, abrió su taquilla y empezó a quitarse la muñequera empapada como si Melissa no existiera. Elena hizo lo mismo, sacudiéndose el pelo y salpicando gotas por todas partes.
El silencio duró solo unos segundos. Andrea giró la cabeza despacio y por fin la miró. Sus ojos azules claros se clavaron en Melissa como cuchillos. No había sonrisa, no había media sonrisa, no había nada cálido. Solo frialdad absoluta.
Melissa se arrodilló al instante, sin que se lo pidieran. Las rodillas golpearon el suelo con un sonido sordo. Bajó la cabeza, las manos temblando sobre los muslos, las lágrimas cayendo ya libremente.
—Señorita Andrea… —susurró, la voz rota—. Lo siento… lo siento tanto… por favor…
Andrea no dijo nada. Se acercó un paso, se sentó en el banco con un suspiro cansado y estiró la pierna derecha hacia adelante, la zapatilla sucia apuntando directamente a la cara de Melissa.
—Quítamelas —dijo simplemente.
Melissa obedeció al instante. Se inclinó hacia adelante, cogió el talón de la zapatilla derecha con dedos temblorosos. El cuero estaba caliente, húmedo por dentro, el polvo de pista adherido a la suela y los bordes. Tiró con suavidad. La zapatilla salió con ese sonido pegajoso y cálido que ya conocía tan bien. El olor llegó fuerte: sudor intenso, cuero caliente, sal, polvo de pista. Repitió con la izquierda.
Las dos zapatillas quedaron en sus manos, pesadas y todavía humeantes.
Elena se sentó al lado de Andrea, estiró también las piernas y señaló con la barbilla sus propias zapatillas.
—A mí también.
Melissa se arrastró un poco sobre las rodillas para quedar justo delante de las dos. Cogió el talón de la zapatilla derecha de Elena. El cuero blanco estaba igual de sucio, el talón verde con pequeñas marcas de uso, la suela blanca con restos de polvo y goma desgastada. Tiró. La zapatilla salió con el mismo sonido húmedo. El olor era más ácido, más penetrante. Repitió con la otra.
Las cuatro zapatillas quedaron alineadas en el suelo delante de ellas.
Andrea flexionó los dedos dentro del calcetín blanco corto, ahora empapado y casi transparente. Miró a Melissa desde arriba, sin expresión.
—Has estado llorando toda la semana, ¿verdad?
Melissa asintió, sollozando bajito, sin levantar la vista.
—Sí… señorita Andrea…Andrea soltó un suspiro largo, casi aburrido.
Elena soltó una risita baja, cruzando los brazos.
—Pobrecita. Se nota que no ha dormido.
Andrea se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.
—Te di una oportunidad. Te llevé a la fiesta. Te dejé entrar en la habitación. Y lo estropeaste todo porque no pudiste ni siquiera limpiar bien una polla. ¿Sabes qué es lo que más me jodió? No que fallaras. Eso era esperable. Lo que no puedo perdonar tan fácil es que me dejaste en ridículo delante de Carlos. Hiciste que pareciera que no controlo ni a la empleada del vestuario que me sirve. Eso es muy difícil de perdonar.
Hizo una pausa. Dejó que el silencio pesara.
Melissa sollozó más fuerte, la frente casi tocando el suelo.
—Lo sé… lo siento… por favor…
Andrea levantó una mano para callarla.
—No quiero más disculpas. Quiero hechos.
Se enderezó.
—Este sábado tengo cena en mi casa. Solo nosotros: Carlos, Jaime, Víctor, Elena, Lucía y yo. Tú vas a ser la que sirva. Toda la noche. Traes los platos, sirves el vino, recoges los restos, llenas las copas cuando estén vacías. Si alguien quiere algo —cualquier cosa— se lo das. Sin dudar. Sin quejarte. Sin fallar. Si lo haces bien… quizá te perdone. Si fallas aunque sea una sola vez… desaparecerás. Y no volverás nunca. Haré que mi padre te eche de aquí. En este papel te dejo la dirección. A las 7. Ven vestida de forma discreta...y sin sujetador
Melissa sintió que le faltaba el aire. Las lágrimas caían sin control, mientras recogía el papel que le daba Andrea.
—¿Entendido?
Melissa asintió rápido, la voz apenas salió.
—Sí… señorita Andrea… entendido… estaré allí… haré todo lo que me diga… por favor…
Andrea flexionó los dedos descalzos.
—Tendrás que demostrarlo. Ahora vete a la cocina del club por si te necesitan.
Se levantó, caminó hacia las duchas. Elena la siguió, riendo bajito.
Melissa se quedó de rodillas un segundo más, respirando agitada.
Luego se levantó, y salió de los vestuarios femeninos hacia la cocina.
Con lágrimas todavía cayendo.
Pero con una certeza nueva y aterradora instalada en el pecho: Andrea no se había ido.
Todavía era suya.
Y ahora tenía una última oportunidad de no perderla.
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