La buena hermana: Capítulo 4
No debía mirar. No debía quedarse. Pero el sonido de los cuerpos chocando contra la pared la atrapó, y cuando sus ojos se cruzaron con los de él, supo que la vergüenza ya no era una opción, sino el combustible de su deseo.
Parte 8:
Los compañeros de Karol empezaron a llegar al laboratorio, uno a uno, con sus tazas de café y sus bostezos matutinos. Ella los iba saludando con una cortesía automática, asintiendo mientras repasaban los objetivos del día. Pero su mente estaba en otro lugar, anclada en el pasado. El calor en su entrepierna no desaparecía; era una pulsación constante, un recordatorio húmedo de la mujer que una vez fue y que ahora luchaba por mantener enterrada. Se negaba a atenderlo, a ceder. Ya no era aquella chica.
Tras una hora de trabajo forzado, donde sus dedos teclearon por pura memoria muscular, se levantó. Necesitaba aire. Salir a caminar por el campus, pensó que esa sería la forma de relajar su cuerpo y distraer su mente de esa calentura persistente.
Paseó por los pasillos principales, y la universidad se desplegó frente a ella como un mapa de su propia historia. Era un lugar vasto, una ciudad dentro de una ciudad. Edificios modernos de cristal y acero se alzaban junto a facultades clásicas de piedra y enredaderas, con patios interiores llenos de árboles centenarios. Veía a los alumnos apiñados en los cafés, a los grupos de estudio dispersos en el césped, y se recordaba a sí misma en las carpetas del frente, siempre con la mano levantada, lista para participar, ansiosa por la aprobación del profesor.
Pero mientras más caminaba, más su rumbo la desviaba hacia los bordes, hacia los pasillos ocultos y alejados de las rutas transitadas. Aquellas zonas de sombra, con menos luz y más polvo, donde los sonidos del campus se amortiguaban. Aquellos pasillos donde se ocultaba con novios de la universidad para tener sexo.
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios. Recordaba que le encantaba gemir alto, sin miedo, liberar todo su estrés en un grito que nadie oía. Tanto, que podía escucharlos ahora mismo en su cabeza, un eco fantasmal de su propia voz.
—Ahhh, sí, más fuerte...
El sonido era vívido, nítido. Pero tras seguir caminando, los gemidos subieron de tono, volviéndose más reales, más desesperados. Ya no eran sus recuerdos. Un choque rítmico de cuerpos se escuchaba también, un sonido húmedo y obsceno que rebotaba en las paredes de ladrillo. Karol entendió que ahí había una pareja.
Su primer instinto, el de la Karol responsable, fue alejarse. No le incumbía, era una invasión de privacidad. Pero la curiosidad, esa vieja y peligrosa amiga, se alzó de su tumba. Se unió a la calentura que la consumía, y la combinación fue imparable. Le ganaron.
Se acercó despacio, con el paso de una cazadora, sin hacer demasiado ruido. El sonido de sus tacones se amortiguaba en la alfombra del pasillo. Llegó a la última esquina del muro que los dividía. Contuvo la respiración y asomó levemente el rostro.
Y entonces los vio.
Era el saliente de Flavia, pero no estaba con su hermana. Estaba con otra chica, una rubia de piel bronceada que estaba de espaldas a él, apoyada contra la pared con las manos planas. Marcos estaba detrás de ella, con los pantalones bajados hasta las rodillas, moviendo las caderas con una fuerza brusca y animal. La cabeza de la chica estaba echada hacia atrás, sobre su hombro, con los ojos cerrados y la boca abierta en un gemido silencioso.
Karol se quedó inmóvil, con el corazón en la garganta. El shock fue helado, seguido de una oleada de... ¿qué? ¿Ira? ¿Indignación por Flavia? No. Fue algo más oscuro, más personal. Fue una punzada de excitación.
Mientras observaba, oculta en la sombra, sintió cómo el calor en su entrepierna se convertía en un incendio. La humedad de sus panties era ahora innegable, un testimonio de su traición a sí misma. No podía apartar la mirada. Estaba hipnotizada por la escena, por la traición, por la cruda y hermosa brutalidad del acto. Y mientras Marcos seguía follando a la otra chica, Karol, en la oscuridad del pasillo, se mojaba, quedándose estática, cómo una estatua de mármol en la penumbra. No podía apartar la mirada. Observaba cómo Marcos seguía follando a la rubia, con una fuerza que parecía sacada de un instinto primitivo. La chica gemía de placer, un sonido alto y sin filtros que resonaba en el pasillo vacío. Sus senos, grandes y naturales, rebotaban con cada embestida, un movimiento hipnótico que absorbió por completo la atención de Karol. Se veía a sí misma en esa rubia, sintiendo el mismo placer, la misma fuerza. Deseando ser ella la que estaba ahí, siendo cogida sin miramientos.
De repente, en un cambio de postura, Marcos giró a la rubia para ponerla de cara a la pared. Y en ese movimiento, sus ojos se cruzaron con los de Karol.
El pánico helado la recorrió, la misma sensación que sintió al descubrirlo con Flavia. Se preparó para la vergüenza, para el alto repentino, para las disculpas.
Pero no pasó nada.
Esta vez, Marcos no se detuvo. Es más, una sonrisa lenta y perversa se dibujó en su labio. Empezó a cogerla con más fuerza, con una ferocidad calculada, como si quisiera darle un espectáculo. Cambió el ángulo, poniendo a la rubia un poco más a un lado, casi ocultándola con su propio cuerpo, pero sin dejar de mirar a Karol. La estaba desafiando.
La intrusión se transformó en una invitación. Karol, sin saber por qué, salió completamente de su escondite, quedándo a plena vista en mitad del pasillo. Ya no era una espía; era una espectadora autorizada. Quería ver de mejor forma la escena que se desarrollaba ante sus ojos.
Marcos, sin dejar de mirarla, agarró a la rubia por las caderas. Sus dedos se hundieron en la carne blanda, usándola como un mango para controlar sus movimientos, forzándola a moverse al ritmo que él quería.
—Mueve ese culo, zorra —gruñó él, sin quitarle los ojos de encima a Karol—. Muévelo para mí.
La rubia obedeció, moviendo sus caderas en círculos, mientras una de las manos de Marcos subió por su torso para agarrar uno de sus senos. Lo apretó con fuerza, haciendo que la chica soltara un gemido agudo de dolor y placer. Karol sintió un estremecimiento recorrerle el cuerpo. No era solo una espectadora; en su mente, ella era la protagonista.
“Oh, Dios”, pensó, sintiendo cómo su propia entrepierna ardía. “Quiero que me haga eso, quiero que me agarre así de fuerte, que me deje marcas. Quiero que me use como a un objeto, que me olvide de todo y solo me folle hasta no poder más.”
Marcos, como si leyera su mente, intensificó el espectáculo. Soltó el seno de la rubia y con ambas manos la levantó ligeramente, cambiando el ángulo de penetración. La rubia gritó, sorprendida por la nueva profundidad.
—¡Sí, Marcos, así! ¡Carajo, sí! —gritaba ella, con la voz rota—. ¡No pares, por favor, no pares!
Con la mano libre, Marcos pasó sus dedos por el sexo de la rubia, frotándola en círculos rápidos mientras seguía moviendo las caderas. La chica gritó, un sonido agudo de placer puro, y sus piernas empezaron a temblar.
—¡Correte, zorra! —gruñó Marcos, sin quitarle los ojos de encima a Karol—. ¡Correte ahora mismo!
Esa orden, dirigida a la rubia pero sentida por Karol, fue lo que la quebró. Vio cómo el cuerpo de la chica se tensaba, cómo se apoyaba con más fuerza en la pared mientras un orgasmo violento la sacudía. Sus gemidos se volvieron incoherentes, un torrente de "ah, ah, ah" que llenaba el pasillo.
Karol sintió cómo sus bragas se empapaban, el tejido delgado ya insuficiente para contener su excitación. Estaba completamente mojada, y el calor que sentía en el rostro no era solo por la vergüenza. Mientras oía los gemidos de la otra chica, se imaginaba a sí misma en su lugar, sintiendo a Marcos dentro de ella, mirándola con esa misma intensidad dominante.
Pero de repente, una vibración en su pantalón la sacó del trance. Era un mensaje de su equipo de trabajo en el chat del laboratorio. "Karol, ¿tienes los datos de la simulación del martes?". La palabra "simulación" la golpeó como una cubeta de agua fría.
Reaccionó como si la hubieran pinchado. Se alejó rápido de la escena, sin mirar atrás, dejando a Marcos seguir con su show, dejando atrás ese momento suyo de debilidad. Casi corrió hacia el baño más cercano, entrando con urgencia y encerrándose.
Se acercó al lavamanos y se lavó la cara con desesperación, el agua fría goteando por su cuello. Miró su reflejo en el espejo, respirando de forma pesada. Sus mejillas estaban enrojecidas, sus ojos brillantes con una mezcla de pánico y deseo. Vio en el reflejo los cubículos, todos vacíos. El baño estaba completamente vacío, solo ella y esa calentura que le imploraba masturbarse.
Necesitaba hacerlo. Necesitaba desahogarse, aliviarse de esa tensión que la estaba consumiendo. Dio un paso hacia el cubículo más lejano, su mano ya extendida para abrir la puerta.
Pero justo cuando estaba a punto de entrar, su celular volvió a sonar, una llamada esta vez. Era su compañero de trabajo. Respondió con la voz temblorosa.
—¿Hola? Sí, disculpa... ya voy en breve, tuve que... uh... hacer una llamada. Sí, enseguida.
Colgó. Se quedó allí, de pie, justo en la puerta de aquel cubículo. No se estaba despidiendo de su compañero de trabajo. Se estaba despidiendo de ese momento al que estaba renunciando, de esa versión de sí misma que ansiaba liberarse. Respiró hondo una última vez, se arregló la ropa y salió del baño, lista para seguir siendo aquella chica responsable en la que había decidido convertirse.
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