Marta tiene un marcapasos
Cada sábado, la rutina cambia cuando las letras de las canciones se vuelven insinuantes y la limpieza se transforma en una excusa para el contacto. Ella no solo limpia su piso, sino que busca activamente su placer, transformando la discreta vecina en una amante desesperada que no pide permiso, solo toma lo que desea.
El salón olía a café recién hecho y a ese leve aroma a hombre solo que siempre flotaba en mi piso. Tenía casi treinta años, vivía solo y los sábados se habían convertido en el puto día sagrado de la semana gracias a Marta.
Cuarenta años, cuerpo de madre que todavía follaba bien, culo redondo y firme, y unas tetas enormes, pesadas, de esas que te hacen querer morir asfixiado entre ellas mientras te corres como un cerdo. Siempre llegaba con vaqueros ajustados y una camiseta que luchaba por contener aquellos dos melones.
Aquella primera mañana yo estaba sentado en el sofá con la guitarra. Rasgueé los acordes de Los Hombres G y cuando llegué al estribillo canté con toda la naturalidad del mundo:
Marta tiene un marcapasos…
Ella, que estaba pasando la fregona, se paró en seco, soltó una carcajada ronca y me miró con los ojos brillantes.
Joder, chaval… esa era mi canción cuando salía de fiesta de jovencita. La bailaba como una perra en celo.
Sonreí y seguí tocando.
Desde entonces, cada sábado repetía el ritual. Y poco a poco empecé a cambiar la letra solo para ella:
Marta tiene unos cocazos… que me tienen loco, loco, loco…
La primera vez que lo canté se quedó parada con el trapo en la mano, se puso roja y se echó a reír a carcajadas.
Serás cabrón…, dijo entre risas. Me gusta esa versión, hijo de puta.
Y así empezó todo.
Semana tras semana yo cantaba lo de los cocazos cada vez más descarado, mirándola directamente a las tetas mientras ella limpiaba. Ella se reía, se mordía el labio y seguía trabajando, pero yo veía cómo se le endurecían los pezones bajo la camiseta y cómo se le movía el culo con más intención cuando pasaba cerca de mí.
Hasta que llegó aquel sábado en el que yo tenía que salir pronto.
Marta, hoy no toco, le dije desde la puerta del baño. Tengo que ducharme rápido y largarme.
Vale, cariño, contestó ella desde la cocina.
Me metí bajo el agua caliente, enjabonándome la polla que ya estaba medio dura solo de pensar en sus tetas. De pronto oí la puerta del baño abrirse.
Marta entró sin preguntar, ya sin camiseta, solo con el sujetador negro que apenas podía contener aquellos dos monstruos. Se quedó mirándome a través del cristal empañado, con una sonrisa guarra en la cara.
No me has cantado lo de los cocazos hoy…, dijo con voz baja y ronca. Así que aquí vengo a metértelos en la boca.
Abrió la mampara y se arrodilló directamente dentro de la ducha, el agua cayéndole sobre la cabeza y los hombros. Sin decir nada más me agarró la polla con una mano y se la metió hasta el fondo de la garganta de un solo golpe.
Joder…, gruñí.
Marta chupaba como una puta desesperada. Babeaba abundantemente, la saliva espesa le caía por la barbilla y se mezclaba con el agua de la ducha. Hacía ruidos obscenos, gargajeaba, me la sacaba para escupir en la cabeza y volvía a tragársela entera, golpeándose la garganta con el glande. Sus ojos llorosos me miraban desde abajo con pura lujuria.
Llevo semanas empapando las bragas cada vez que te oigo cantar esa mierda, confesó entre lametones largos y babosos. Quiero que me trates como la guarra que soy.
Se quitó el sujetador y dejó caer aquellas tetas enormes, pesadas, con los pezones oscuros y duros. Me puso la polla entre los dos melones y apretó fuerte con las manos.
Fóllame las tetas, cabrón. Úsalas como una puta manga de coño.
Empecé a empujar entre sus cocazos mientras el agua caía sobre nosotros. La carne caliente y blanda envolvía mi polla perfectamente. Cada vez que asomaba la cabeza entre sus tetas, Marta sacaba la lengua y me lamía el frenillo, recogiendo el precum que ya chorreaba.
No aguanté ni cinco minutos.
Me corro… joder…
Córrete encima, mi amor. Lléname estas tetas de leche caliente.
Eyaculé con fuerza. Chorros espesos y blancos salpicaron sus tetas, su cuello, su cara. Un golpe le cayó directamente en la lengua. Ella se untó mi corrida por todo el pecho, masajeándose las tetas con mi semen como si fuera crema hidratante, gimiendo de placer.
Nos duchamos juntos, besándonos como animales. Yo no podía dejar de sobarle las tetas, apretarlas, pellizcarle los pezones mientras mi polla volvía a ponerse dura contra su vientre.
Salimos del baño todavía mojados y la tiré sobre mi cama sin contemplaciones. Marta se abrió de piernas como una puta en celo, mostrando un coño hinchado, depilado y chorreando jugos.
Ven aquí y rómpeme el coño, suplicó. Llevo meses soñando con que me folles como un salvaje.
Me hundí en ella de un empujón brutal. Estaba empapada, caliente, resbaladiza. Empecé a follarla fuerte, profundo, sintiendo cómo sus paredes me apretaban la polla. Sus tetas rebotaban violentamente con cada embestida. Me agaché y le mordí un pezón mientras le metía dos dedos en la boca.
Chupa, guarra.
Ella chupaba mis dedos como si fueran otra polla, babeando abundantemente.
Le di la vuelta, la puse a cuatro patas y le escupí directamente en el culo. Empecé a follarla por el coño otra vez, pero esta vez le metí el pulgar entero en el ano sin avisar. Marta soltó un gemido ronco y empujó hacia atrás.
Más… méteme más dedos en el culo, cabrón…
Le metí dos dedos mientras seguía clavándole la polla en el coño. El sonido era asquerosamente delicioso: chapoteo de coño mojado, huevos golpeando contra su clítoris, sus gemidos de puta barata.
Quiero que me folles el culo, pidió casi sin aliento. Métemela por el puto culo y lléname de leche.
Saqué la polla chorreando de su coño y la apoyé contra su ano. Empujé despacio al principio, viendo cómo su agujero se abría poco a poco para tragarse mi polla. Cuando estuve completamente dentro, empecé a follarla con embestidas largas y profundas.
Joder, qué culo más estrecho tienes, Marta… pareces una virgen del orto.
Fóllame más fuerte… rómpeme el culo… quiero sentirte hasta los huevos.
La agarré del pelo y empecé a darle de verdad. La cama golpeaba contra la pared, sus tetas se balanceaban como locas, y el sonido de mis huevos chocando contra su coño empapado llenaba toda la habitación.
Cuando noté que me corría, le metí la polla hasta el fondo y descargué dentro de su culo. Chorros calientes y espesos la llenaron hasta rebosar. Al sacarla, un río blanco y espeso salió de su ano abierto, cayendo sobre su coño y sus muslos.
Nos quedamos jadeando en la cama, sudados, sucios, con olor a sexo por todas partes.
Ese fue solo el principio.
A partir de ese sábado, cada fin de semana terminaba igual: guitarra, limpieza, el chiste de los cocazos… y luego dos horas de follar como animales. Coño, boca, tetas y culo. Corridas por todas partes. Gemidos que se oían desde el pasillo.
Y cada vez que terminábamos, Marta se iba con el coño y el culo chorreando mi leche, las tetas rojas de tanto sobarlas, y una sonrisa de guarra satisfecha en la cara.
Yo me quedaba solo en el piso, con la polla dolorida y ya pensando en el próximo sábado.
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