Aventura a 10000 metros
A 10.000 metros de altura, el espacio es reducido y el riesgo es máximo. Ella no lleva sujetador; él, la autoridad del cielo. Lo que empieza como una mirada en el pasillo termina encerrada en un baño, donde el silencio es la única regla y el placer, la única verdad.
Valentina Rojas era una mujer de belleza arrebatadora y presencia imponente, con 25 años recién cumplidos y una carrera ascendente en el mundo del modelaje de ropa interior. Nacida en Rosario, Argentina, su figura esculpida y su porte elegante hacen que se destaque naturalmente incluso entre las más talentosas.
Sus 1.77 metros de altura, y su cuerpo es el equilibrio perfecto entre lo atlético y lo sensual, su silueta de reloj de arena que parece tallada con esmero: cintura estrecha, marcada, de esas que resaltan incluso sin esfuerzo; caderas anchas y femeninas, que se pronuncian con elegancia en cada movimiento, y glúteos redondos y firmes, moldeados por el entrenamiento constante y una genética privilegiada.
Sus piernas largas y tonificadas tienen ese tipo de definición que solo se consigue con horas de ejercicio y buena alimentación. Los muslos son tersos y firmes, llenos sin excesos, y sus pantorrillas finas pero fuertes, con la curvatura justa que realza aún más su figura al caminar en tacones. Todo su cuerpo está cubierto por una piel dorada y suave, de tono oliváceo claro, sin imperfecciones visibles, que brilla bajo la luz con un matiz sedoso.
Su rostro es armónico y llamativo, con facciones fuertes pero femeninas. Tiene ojos almendrados, de un color miel profundo con destellos verdes, que parecen mutar según la luz o su estado de ánimo, sus pestañas son largas y espesas, enmarcando una mirada intensa, segura, que muchas veces parece rozar la provocación sin decir una palabra.
Las cejas negras y bien delineadas realzan sus expresiones con un toque felino, mientras que su nariz recta y pequeña le da un aire aristocrático, tiene pómulos altos y bien definidos, con una mandíbula suave pero firme, y una boca carnosa, perfectamente simétrica: labios gruesos y jugosos, sobre todo el inferior, que parece invitar a perderse en su sonrisa.
Su cabello negro azabache es otro de sus sellos distintivos, lo lleva largo, liso y brillante, cayendo como una cortina sedosa hasta la mitad de la espalda. A veces lo recoge en una coleta alta que acentúa su cuello alargado y elegante, otras veces lo deja suelto, permitiendo que enmarque su rostro como una corona salvaje de sensualidad pura.
El busto de Valentina es generoso, firme y natural, perfectamente proporcionado a su estatura y figura: senos grandes pero no excesivos, con un escote que impone sin buscarlo. En sesiones de lencería, estos atributos brillan con fuerza, destacando no solo por su tamaño, sino por la forma perfecta y la piel inmaculada que los recubre.
Su voz es suave y pausada, con un acentito argentino inconfundible, seductor por naturaleza, con ese arrastre meloso al final de las frases que vuelve hipnótica cualquier conversación.
Cuando posa frente a la cámara, se transforma: cada gesto, cada curva de su cuerpo habla un lenguaje de deseo, seguridad y control. Y sin embargo, fuera de la sesión, Valentina conserva un aire relajado, auténtico y encantador, con ese carisma natural de las mujeres que saben quiénes son y no necesitan demostrarlo a nadie.
Acababa de participar en el desfile de verano en Milán, y como era costumbre fue una de las más mencionadas por la prensa y los asistentes, para ella fue un día más en la oficina. Tomo un taxi desde el hotel al aeropuerto, le esperaban muchas horas de viaje, la ruta Milán-Sao Pablo-Buenos Aires era un viaje agotador, abordó el avión con paso ligero, casi despreocupado, se sorprendió al darse cuenta que el vuelo no llevaba muchos pasajeros, busco su asiento, y se acomodó tranquilamente y fui allí cuando lo vio, fue un flechazo, amor a primera vista, él se acercó y se presentó: Soy Santiago Ledesma, y estoy para cualquier cosa que necesites, ella simplemente sonrió y dio las gracias. Ella no llevaba sujetador, y su camiseta blanca dejaba insinuar claramente la forma de sus pechos, el aire frío de la cabina endurecía sus pezones, fingió no darse cuenta, pero sintió un cosquilleo instantáneo, y esa sensación cálida entre las piernas que solo el deseo sabe encender.
Santiago era un hombre de 38 años que lleva más de una década surcando cielos como sobrecargo internacional en una de las aerolíneas más prestigiosas del mundo. Con una presencia magnética y serena, es el tipo de hombre que, al entrar en la cabina, impone respeto y deseo en igual medida, sin siquiera abrir la boca, media 1.85, con una postura impecable, erguida, casi militar, fruto de años de disciplina en el trato con pasajeros y entrenamiento físico, su complexión era atlética, con hombros anchos, espalda recta y una elegancia natural en cada movimiento, su piel trigueña clara con ese matiz bronceado que no necesita sol para lucir saludable, un rostro enmarcado por una mandíbula cuadrada y marcada, bien afeitada, una expresión seria que, al romperse en sonrisa, deja ver hoyuelos discretos y una hilera de dientes perfectos, blancos, naturales. Siempre parece saber dónde están sus manos, su cuerpo, su mirada… como si dominara el espacio que habita, aunque sea un pasillo de avión a 10.000 metros de altura.
Ya acomodada en su asiento junto a la ventanilla, con el asiento del medio vacío, sacó un libro y comenzó a leer, aunque apenas podía concentrarse. Sentía su mirada cuando pasaba por el pasillo. En una de esas rondas, él se inclinó levemente, apoyándose en el borde de su asiento.
¿Está todo bien, señorita? —preguntó, con la voz baja, como si compartieran un secreto, levantó la vista, mordió levemente su labio inferior y asintió todo perfecto… por ahora, Santiago notó el tono insinuante, el juego había comenzado.
El avión alcanzó la altura de crucero. Las luces se atenuaron, muchos pasajeros dormían o veían películas, ella levantó lentamente, descalza, y caminó hacia la parte trasera del avión mientras pensaba en una excusa: y allí lo vio, lo encontró de pie junto al compartimiento de servicio, revisando cosas con parsimonia.
¿Tienes una manta? —preguntó con esa mezcla de inocencia y provocación tan difícil de resistir, Santiago asintió, sacó una, pero al dársela sus dedos rozaron los de ella, se miraron en silencio durante tres segundos, eternos, Valentina no se movió. Él tampoco.
¿Y si… me la das allá dentro? susurró ella, señalando con la mirada el pequeño baño del fondo, Santiago la miró fijamente, no era la primera vez que le insinuaban algo, pero esta chica... había algo diferente. Un fuego suave, pero ardiente, no dijo nada, tomó la manta, la dobló sobre su antebrazo y caminó hacia el baño trasero. Golpeó suavemente la puerta cerrada, como si fuera parte del protocolo, al abrirla, no había nadie, entró Valentina y el la siguió de inmediato.
El espacio era estrecho. apenas cabían, pasaron el pestillo, y al girarse vio ya apoyada contra la pared, respirando agitada, no me hagas esperar dijo ella, casi en un susurro, mientras levantaba la camiseta blanca por encima de sus senos, revelando dos pezones endurecidos, provocadores, esperando ser devorados, Santi no necesitó más, la tomó por la cintura, la empujó suavemente contra la pared y hundió el rostro entre sus pechos, lamiendo y succionando con hambre contenida. Ella se mordía los labios para no gemir, mientras él bajaba sus manos por el abdomen, hasta el borde del short, lo deslizó hacia abajo con pericia, dejándola en ropa interior: una tanga de encaje blanco que ya estaba húmeda.
Estás tan mojada… murmuró él, pasando dos dedos por la tela, presionando justo sobre su clítoris, Hazlo ya… o juro que grito jadeó Valentina, cerrando los ojos no dudó un segundo, se arrodilló como pudo, acomodándose entre sus muslos, y deslizó la tanga a un lado, su lengua encontró el centro caliente y palpitante de Valentina. Primero lento, muy lento, como quien saborea un postre caro, luego más rápido, con la lengua presionando contra su clítoris mientras introducía un dedo, y luego dos, su vagina emanaba jugos de una manera increíble dejando empapada su mano, y este los saboreaba, Ella se arqueaba contra la pared, sujetándose del espejo.
—¡Oh, Dios!… santi… así… no pares…
Y el obedeció, siguió lamiendo cada rincón, cada pliegue de su vagina y por momentos pasaba su lengua por su ano, lo que le provocaba un espasmo que le recorría desde los pies hasta el alma, y allí con el saboreando hasta el último rincón tuvo el orgasmo, se tapó la boca con la manta para no hacer ruido, mientras sus piernas temblaban, el la sostuvo para que no callera al suelo.
Después de un par de minutos él se incorporó, se desabrochó el cinturón del pantalón del uniforme y liberó su erección. Su miembro era largo, grueso, con las venas marcadas y la punta estaba brillante por el líquido preseminal, no hizo falta que el dijera algo, instintivamente ella se arrodillo, cuando lo tuvo a la altura de su cara lo tomo con las manos, lo acaricio con mimo, recorría cada centímetro, analizándolo, saboreando lo que iba a devorar, haciéndolo sufrir un poco, lo acercaba a su boca, sus labios quedaban a centímetros del glande pero no, ella tenía el control de la situación, aunque se moria de ganas por tener ese pedazo de carne en la boca sentía más placer al ver los ojos de Santiago, ansioso, deseoso de sentir la humedad de su lengua.
Finalmente y con mucho cuidado lo beso suave, como si lo pudiera dañar, luego le paso la lengua, una ráfaga de placer recorrió todo su ser lo miro a los ojos, y se lo introdujo todo, aunque no sabía si sería capaz de tal hazaña, sonrió victoriosa al sentir los testículos en la barbilla, fue un logro personal, y eso la motivo más, recorría cada trozo de piel, lo lamia con ansia, chupaba esa rosada cabeza, mientras con las manos lo masturbaba, lo recorría con la lengua para luego chuparle los huevos, soltaba uno para agarrar el otro, cuando sintió que estaba a punto de venirse Santiago la detuvo, la levanto y le dijo al oído, de acá no sales hasta que te penetre, ella con una sonrisa macabra le dijo, es lo que quiero, que me llenes mi conchita, acto seguido se recostó al lavamanos y levanto el culo, esperando ese momento, él se acomodó detrás y lentamente la penetró, ella solo abrió la boca al sentir que entro todo, aunque le dolió un poco en ningún momento le pidió que parara, le gustaba ese dolor, de cómo sus músculos vaginales llegaban a su máximo, como cada pliegue de su interior abrasaba a ese gran intruso, pero era solo el comienzo.
El espacio reducido obligaba a movimientos cortos, pero cada embate era preciso, intenso, brutalmente placentero. Valentina temblaba con cada embestida, sus nalgas se sacudían contra él mientras su rostro se deformaba de placer frente al espejo, Eres perfecta, jadeaba Santi, sujetándola de las caderas y apretando su cuerpo contra el suyo con fuerza, tan estrecha… tan caliente…
Sí… dame más… fóllame más fuerte… susurraba ella entre dientes, sudorosa, con los muslos brillando por los fluidos, el aumentó el ritmo, Cada choque de sus cuerpos hacía temblar el pequeño cubículo, Valentina sentía que el orgasmo se le venía encima como una ola salvaje.
¡Me corro! ¡santi, me corro…!
El la hizo incorporar, y la beso, mientras la seguía penetrando y ella no aguanto más y estalló, su cuerpo se contrajo en espasmos incontrolables, se agarró al cuello de el mientras gemía contra su propio brazo para no hacer ruido.
Santiago la sintió apretarse contra su miembro como una boca caliente y húmeda, y no pudo más. Se retiró justo a tiempo y eyaculó sobre su espalda baja y sus nalgas, con varios chorros densos y calientes que luego cayeron lentamente, por un instante todo fue silencio, solo se oía su respiración acelerada, el como buen caballero tomó algunas toallitas húmedas del dispensador y limpió con cuidado su piel, ella lo miró por el espejo, con una sonrisa pícara y satisfecha, creo que ya no voy a necesitar la manta, mientras se acomodaba la ropa con las piernas aún temblorosas, “pero yo sí voy a necesitar más vuelos contigo” respondió él, dándole un último beso en el cuello antes de abrir la puerta con cuidado.
Salieron uno tras otro, fingiendo normalidad. Nadie pareció haber notado nada… salvo una azafata que cruzó miradas con Valentina y sonrió levemente, como si supiera más de lo que decía.
Cuando se acercaban a Sao Pablo el comandante anunció por megafonía un retraso técnico, La parada iba a durar al menos 2 horas. Valentina, aún con el cuerpo encendido por lo ocurrido en el baño, sintió que el destino le daba una segunda oportunidad, bajó del avión junto al resto de los pasajeros, estirando las piernas en la zona de tránsito, sin perder de vista al sobrecargo que la había llevado al cielo, literal y figuradamente.
Santi también la miraba desde lejos, su uniforme seguía impecable, pero su mirada ya no era la del tripulante intachable. Ahora era la de un hombre que había probado un cuerpo y quería más. Mientras los pasajeros se acomodaban en los asientos de la sala de espera, Santi se le acercó como por casualidad y le dijo ¿Te apetece un café? Hay una sala VIP donde podemos esperar más cómodos. No está abierta para pasajeros… pero tengo acceso.
Valentina no respondió. Lo miró, sonrió con una mezcla de picardía y complicidad, y se levantó sin dudar, siguieron un pasillo lateral, cruzaron una puerta restringida y entraron en una sala silenciosa, alfombrada, con sillones de cuero, iluminación cálida y ventanales que daban a la pista de aterrizaje. La sala estaba vacía. Cerraron la puerta tras ellos. El silencio era denso, eléctrico.
—Pensé que quizás… necesitabas liberar algo de tensión —dijo él.
—Yo creo que no soy la única, respondió ella, llevándose las manos a la cintura y bajándose lentamente el short. No llevaba nada debajo. Su sexo, húmedo y depilado, brillaba bajo la luz suave, Santi se acercó para besarla, pero un ruido suave los detuvo, una segunda puerta se abrió, entró un hombre, también de uniforme, era mayor, 50 años aproximadamente, con el porte seguro de quien lleva el mando, era el capitán.
¿Interrumpo? preguntó el, cerrando la puerta tras de sí, capitán, Valentina y yo estábamos… relajándonos un poco dijo santi, sin fingir nada, el capitán la miró de arriba abajo, su voz era grave, su presencia dominante infundía respeto pero también generaba morbo, esa sensación de cuando ya no tienes el control pero te gusta, te excita el no saber que puede pasar, de cuando estas indefensa.
—¿Así que eres tú la responsable de que Santi haya bajado tan sonriente? preguntó con media sonrisa, mientras dejaba su gorra sobre una mesa, Valentina tragó saliva, su cuerpo reaccionaba solo, verlos a ambos allí, uniformados, con autoridad y deseo en la mirada, la excitaba más de lo que esperaba, se sentía pequeña, deseada, vulnerable… y hambrienta.
No creo que sea justo que él lo haya disfrutado solo, dijo ella con voz baja, mientras daba un paso hacia el capitán, Santiago se acercó por detrás y le retiró la camiseta y Valentina quedó completamente desnuda entre los dos hombres. El aire acondicionado le erizó la piel, sus pezones estaban duros, el sexo empapado, y su cuerpo temblaba por dentro, hizo un pequeño desfile, pero esta vez no habían cámaras, no estaba rodeada de luces y miles de personas mirándola, solo habían dos pares de ojos, devorándola; en ese momento se sintió poderosa, tenía todo en sus manos, y con una seguridad que ni ella conocía les dijo….
Quiero verlos, susurró, con voz dulce pero firme, ¿que tienen para mí?
Ambos comenzaron a desabrocharse el uniforme, con calma, como si fuera parte del ritual de vuelo, el joven fue el primero en quedar con el torso al aire, musculoso, bronceado, el capitán reveló un cuerpo más maduro, fuerte, con vello en el pecho, y una mirada que perforaba el alma, cuando sus pantalones y ropa interior cayeron, y sus erecciones quedaron a la vista: grandes, distintas ella se saboreó, el de santi era largo grueso y recto, el del capitán era algo un poco más corto, pero curvado hacia arriba, de esos que toca justo donde tienen que llegar.
Valentina cayó de rodillas entre ellos. Su instinto tomó el control, acarició ambas vergas con las manos, admirando la diferencia, dejando que sus dedos sintieran la textura, el calor, comenzó a lamer a Santi, lento, sensualmente, mientras con la otra mano acariciaba al capitán, luego se giró hacia él y lo tomó en la boca, envolviéndolo con los labios mientras lo miraba a los ojos.
Qué boca más perfecta tienes… —murmuró el capitán, sujetándole la cabeza suavemente mientras ella lo chupaba con avidez, dejando escapar sonidos húmedos, obscenos, llenos de entrega, Santi aprovecho para agacharse detrás de ella y abrió sus nalgas con ambas manos, su sexo estaba brillante, abierto, palpitante, estás tan mojada como en el avión, y sin esperar, hundió su lengua en su interior. Valentina gimió con el pene del capitán aún en su boca, estremeciéndose, la lengua de Santi la devoraba mientras el capitán le follaba suavemente con la boca, era una sinfonía de placer, con Valentina en el centro. Su cuerpo vibraba de deseo, los músculos tensos, el clítoris hinchado, pidiendo atención.
Penétrala, ordenó el capitán, quiero verla cómo te la follas mientras me la chupa, Santiago obedeció, se levantó, la tomó por las caderas y la penetró de nuevo, de un solo empuje. Valentina gritó contra el miembro del capitán, que volvió a su boca, el vaivén era rítmico, entraba por detrás mientras la llenaban la boca por delante, Era una marioneta de placer, un juguete humano entre ambos hombres.
Cada embestida de Santi la hacía gemir, Sentía las bolas golpear contra su clítoris, el sabor del capitán llenaba su boca, caliente, ligeramente salado, adictivo.
—Me voy a correr —avisó Santi, jadeando.
Valentina se separó un segundo y miró hacia atrás—. Dentro… quiero sentir cómo me llenas, Santi no necesitó más, aumentó el ritmo, la tomó del cabello y, con un gemido profundo, eyaculó dentro de ella, caliente y abundante. Valentina sintió cada pulso, cada contracción, cada chorro que la dejo inundada, llena, satisfecha.
Apenas salió, el capitán la empujó suavemente hacia el sofá. Ella se tumbó boca arriba, las piernas abiertas, el semen aún chorreando entre sus labios, el capitán se colocó encima y la penetró sin contemplaciones. Su verga curva estimulaba otro ángulo, rozando el punto exacto.
—No pares… no pares… —gimió Valentina, retorciéndose de placer, abrazándolo con las piernas para que llegara más profundo (si era posible), la folló con fuerza, sujetándola de las muñecas, como si se la quisiera quedar para siempre, ella se corrió con un gemido largo, ronco, temblando de pies a cabeza. El capitán aguantó unos segundos más, luego se retiró y eyaculó sobre su vientre y tetas, llenándola con varios chorros calientes, ella los esparció por todo su cuerpo, le gustaba sentirse sucia, usada, pero plena, feliz, como nunca antes se había sentido.
Quedaron en silencio. Los tres jadeaban, Santiago se acercó, le besó en los labios con ternura, esos mismos labios que hasta hace poco eran penetrados por otro hombre, pero a él no le importó, la quería saborear, o más bien premiar y agradecer por el placer que acabada de darles.
Deberíamos aterrizar más a menudo, dijo el capitán, Valentina sonrió, sin fuerzas ya, con las piernas aún abiertas y los muslos temblorosos, y dijo si cada escala va a ser así… que se jodan los horarios.
Se vistieron y luego volvieron a la sala de espera, abordaron el avión con rumbo a Buenos Aires, fue un vuelo de unas 3 horas, pero no pasó nada, nada mas además de las miradas que cruzaban cada vez que Santiago caminaba por el pasillo.
Cuando estaban a punto de aterrizar se acercó y le dio un papel, tenía un nro. de teléfono y un ¿te espero?, no hizo falta que ella le respondiera, solo con el siguiente cruce de miradas todo quedo pactado.
El hotel era de cinco estrellas, ventanas amplias y una ubicación privilegiada en Puerto Madero. Valentina, tras recoger su maleta, le envió un mensaje a su teléfono, un minuto después estaba la respuesta, Hotel Marriott, Habitación 1210. Te espero.
No dudó. No se cambió. No se arregló, solo se dirigió al lugar, se presentó en la recepción y posteriormente subió al ascensor con el corazón latiendo como un tambor, sabía lo que quería, y esta vez, nadie les pondría freno.
Golpeó suavemente la puerta. Cuando se abrió, encontró a Santi en camiseta negra y pantalón de pijama suelto. Se veía más atractivo que nunca, con el cabello algo desordenado y una mirada cargada de deseo reprimido.
Estás preciosa, dijo, cerrando la puerta tras ella.
Valentina se acercó, lo abrazó, y comenzaron a besarse sin palabras, como si continuaran una conversación interrumpida, sus labios se fundieron, húmedos, intensos, las lenguas se encontraron con hambre, se acariciaban mientras sus cuerpos se apretaban uno contra otro.
Le levantó la camiseta, sin apuro pero sin pausa, y sus pechos quedaron al aire, comenzó a besarlos, lamerlos, succionando cada pezón como si quisiera memorizar su sabor. Valentina arqueó la espalda, cerrando los ojos, disfrutando de cada caricia y de cada beso que recibía.
Quiero que esta noche no te guardes nada, y quiero que me uses a tu gusto susurró ella.
Esta noche vas a saber cómo se siente entregarse de verdad le respondió, con voz grave, mientras le lamia el cuello, Santi la levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó hasta la cama, la desnudó con calma, como quien abre un regalo, le besaba cada centímetro nuevo que quedaba al descubierto, cuando le quitó la ropa interior, Valentina ya estaba mojada, el pubis palpitante, su clítoris duro, expuesto, ansioso.
Él la miró como se observa una obra de arte antes de devorarla, pero la quería hacer sufrir, asi como lo hizo ella en el baño del avión, bajo a sus tobillos, los beso despacio, subiendo con la lengua por sus pantorrillas, las rodillas, los muslos. Se detuvo a centímetros del sexo, sopló suavemente, y luego, con un movimiento suave paso de largo y fue a la otra pierna, y bajo hasta el pie, luego los lamio con mimo, lento, le quería dar el máximo placer posible, luego empezó a subir, despacio, probando cada centímetro de su deliciosa piel, disfrutando cada curva de su esbelto cuerpo, y cuando estuvo allí, entre sus piernas la miro a los ojos y la lamió, despacio, de abajo hasta arriba, lento y largo. Valentina se estremeció, tenía el ritmo justo, exploraba cada rincón de su ser, y cuando pensó que no podía ser mejor bajo hasta su culo, y lo lamio, poso su lengua en ese agujero prohibido hasta ese momento, ningún hombre se había atrevido a llegar hasta ese lugar, por eso no sabía que podía ser tan placentero, tan estremecedor, tan rico, lo único que hizo fue agarrarlo del pelo y dar un gran grito de placer, Santiago tenía una lengua mágica, iba desde si ano hasta su clítoris, luego introdujo un dedo en su vagina, y seguía con su ritmo, lento pero sin pausa, eso la volvía loca, y cuando estaba a punto de llegar su orgasmo sintió como le metió levemente una falange en el culo, fue algo sutil, pero suficiente para explotar, para que ese orgasmo fuera intenso, largo, delicioso, al borde de perder la conciencia.
Valentina gemía sin contenerse. Estaban solos, no había cabinas, ni baños, ni silencio forzado, Solo ella, desnuda y abierta en una cama de hotel, siendo adorada por un hombre que sabía exactamente lo que hacía, sintiendo como usaba todos sus agujeros de una forma magistral, luego de un par de minutos donde le costaba respirar ella dijo…
Ahora… tú, con los ojos brillantes, quería devolver ese placer que acababa ella de recibir, Santi se quitó el pantalón, su erección era imponente, gruesa, tan dura que parecía latir, Valentina lo tomó con ambas manos, lo besó en la punta, lo lamió lentamente desde la base hasta el glande, y luego lo metió en la boca con entrega, hasta que su nariz tocó su bajo vientre, Lo mamó como si fuera lo único que importara en el mundo, lento, profundo, con ruidos húmedos, con las manos acariciando los huevos, con la mirada fija en él, Santi se sujetó del cabecero de la cama, jadeando, disfrutando de su rica boca, de esa lengua que hacia maravillas, y fue cuando el le dijo:
Te juro… que si sigues así me vengo en tu boca, Valentina lo miró, sin dejar de chupar, y le respondió con los ojos: hazlo, no aguantó, con un gemido grave, se corrió en su boca. Valentina lo tragó todo, mirándolo a los ojos, y luego lamió la punta, como si no quisiera desperdiciar ni una gota, succiono para extraer hasta la última gota de ese néctar tan preciado.
Dios mío… eres una diosa, susurró él, ella solo acerco sus labios a los suyos y le dio un beso cargado de deseo.
Después de un par de minutos donde solo hubo silencio, donde las manos decían lo que querían expresar, donde recorrieron cada rincón de su ser, y sus labios exploraron su piel, el le dijo acuéstate boca abajo, y asi lo hizo, la tomó de espaldas, le abrió las nalgas, la escupió suavemente sobre el ano y comenzó a acariciarlo con el pulgar mientras volvía a penetrarla por la vagina. Su miembro, aún duro, resbalaba con facilidad dentro de ella. Valentina gemía, pero al sentir el dedo presionando su otra entrada, se estremeció aún más.
—¿Alguna vez te han tomado los dos orificios?
Ella negó con la cabeza, sin poder hablar.
—¿Quieres que sea ahora?
—Sí… —jadeó—. Quiero que seas tú.
Santi sonrio como cuando a un niño le dan su golosina favorita, introdujo lentamente un dedo, con delicadeza, mientras seguía bombeando su vagina, Valentina se tensó, pero su respiración profunda la ayudó a relajarse.
Después de varios minutos de caricias y preparación, santi saco su pene de la vagina y lo fue guiando hacia el lugar más prohibido, su ultima virginidad, la que pensó que nadie era digno de poseer, pero allí estaba el, con su pene a un par de centímetros de perforarla, ella se puso de rodillas levanto sus nalgas, como si de un sacrificio se tratara, expuesta, entregada, deseosa de ser poseída y perforada por el, en cuatro, con las piernas separadas y mirándolo a los ojos le dijo “despacio por favor”.
Él asintió con la cabeza, y lentament presionó, su glande entró despacio. Ella soltó un gemido agudo, mezcla de dolor y placer, el no se movió, esperó, le acarició la espalda, le beso el cuello y le dijo
Respira, relájate y me dices cuando puedo seguir.
Cuando ella asintió, él siguió, poco a poco, después de un par de minutos la llenó completamente, Valentina gritó de placer, y él comenzó a moverse. La folló por el culo con ritmo lento, profundo, mientras con una mano le acariciaba el clítoris hinchado y con la otra le agarraba un pecho, la sensación era brutal, invasiva, plena, ella sentía que cada parte de su cuerpo vibraba al compás de las embestidas.
—Me corro otra vez… Santi, me corro…
Y se vino de nuevo, con lágrimas en los ojos y el alma entregada, nunca paro, aguantó, siguió penetrándola un par de minutos más y luego cuando ella tuvo otro orgasmo, esta vez más intenso que el anterior no pudo aguantar más y eyaculó dentro de ella, llenando su interior con calor espeso, mientras gruñía con fuerza y apretaba sus caderas, diciéndole este cuerpo me pertenece y puedo hacer con él lo que quiera.
Cayeron juntos en la cama, exhaustos.
Se quedaron en silencio. Respirando, él la abrazó por detrás, pegando su pecho a su espalda, aún unidos, aún dentro de ella.
Nunca tuve un vuelo tan perfecto, dijo Valentina, acariciando la mano de él.
Ni yo una pasajera que me hiciera perder así el control, respondió él.
Se quedaron dormidos juntos, con el cuerpo saciado y el alma… rendida.
El sol ya asomaba sobre el Río de la Plata cuando Valentina salió de la ducha del hotel, envuelta apenas en una toalla. Sus piernas aún temblaban ligeramente, su cuerpo mostraba las marcas sutiles de la noche anterior: mordiscos suaves, enrojecimientos en los muslos, el clítoris aun sensible y la piel del cuello por los besos de Santi, él aún dormía, medio desnudo, con una pierna fuera de las sábanas y el pecho al descubierto. Lo observó en silencio, sintiendo cómo algo distinto se había encendido, no era solo sexo. Había sido entrega, complicidad, Un viaje sin retorno.
Se vistió despacio, eligió ropa ligera, un vestido suelto, y dejó su perfume flotando en la habitación como una última caricia antes de salir, se acercó a la cama, se inclinó y besó a Santi en la frente, él abrió los ojos justo a tiempo para tomarle la muñeca.
¿Te vas así? Preguntó con voz ronca.
Si no me voy ahora, no me voy nunca dijo ella, sonriendo con ternura.
Se sentó, con el cuerpo aún desnudo bajo las sábanas. La miró fijamente y le dijo ¿te volveré a ver? Y ella le respondió luego de darle un húmedo beso en los labios: “estoy para ti cada vez que vengas a la ciudad”
Y antes de que pudiera hacer algo ella salió de la habitación, y quedo el allí, solo, con mil pensamientos en la cabeza, pero con el corazón lleno; después de un rato de estar acostado en la cama se levantó y fue al baño, y encontró un papel sobre el lavamanos con un beso marcado y un corazón pintado que decía:
“Gracias por hacerme volar sin despegar los pies del suelo. Valentina.”
Santi sonrió, acerco la nota a sus labios y con un tierno lo beso y lo doblo.
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