Una cajera del Mercadona – Parte 1
Laura lleva más de un año escaneando tus compras, pero hoy la cosa cambia. El uniforme ya no es una barrera, sino una invitación. En el estacionamiento, bajo las luces fluorescentes y el olor a humedad, la cajera profesional se transforma y te pide que no te vayas lejos.
Llevaba más de un año yendo al Mercadona de Mira-sol casi todos los días laborables. No porque la compra fuera urgente, sino porque estaba ella. Se llamaba Laura —lo supe después por la plaquita plateada prendida justo sobre el pecho izquierdo—. Tendría unos 42-45 años, pelo castaño oscuro recogido en una coleta baja y funcional, con algunos mechones sueltos que se le pegaban al cuello por el sudor después de horas bajo los focos del súper. No era guapa de portada, pero tenía esa presencia de mujer madura que sabe lo que vale: cara redonda pero definida, ojos oscuros que miraban fijo cuando hablaba, y un cuerpo que el uniforme no conseguía disimular del todo.
El uniforme era el estándar: camisa de manga corta o larga a cuadros pequeños en tonos verde-grisáceo (esos cuadros diminutos que desde lejos parecen un tejido liso pero de cerca se ven los detalles), remetida por dentro del pantalón gris elástico, recto pero ajustado en caderas y muslos. Cuando se inclinaba para coger un producto de la cinta o para meter la compra en bolsa, el pantalón se tensaba y se le marcaba la raja del culo de forma inevitable: una línea profunda, curva, que hacía que uno se quedara mirando un segundo de más. Los muslos rozaban ligeramente al caminar —se oía ese roce sutil del tejido contra tejido—, y el culo se movía con peso natural, maduro, sin ser exagerado. La camisa, con los dos primeros botones abiertos por el calor, dejaba ver a veces el borde de un sujetador negro o carne blanca cuando se agachaba mucho.
Yo iba con la cesta pequeña, compraba lo justo para justificar la visita: leche, pan, algo de fruta. Siempre elegía su caja, la número 5 o la 7 según el turno. Al principio era solo miradas. Le pasaba la tarjeta o el dinero rozándole los dedos más de lo necesario. Ella sonreía profesional, “gracias, buenas tardes”, pero a veces levantaba la vista y se quedaba un instante, como evaluándome. Un día, mientras escaneaba un paquete de café, le dije bajito, casi susurrando por encima del pitido del lector:
—Ese pantalón gris te queda demasiado bien… se nota todo lo que tienes debajo.
Se le subieron los colores al cuello, pero no apartó la mirada. Terminó de escanear, metió la compra en la bolsa de tela que yo llevaba, me dio el ticket con calma y, sin que nadie más lo oyera, murmuró:
—No seas descarado… pero gracias.
El ticket temblaba un poco en su mano. Lo cogí despacio, rozándole la palma. Me fui sin decir más.
Pasaron dos semanas. Yo seguía yendo, ella seguía en su caja. Las miradas se hicieron más largas. Un jueves por la tarde, cuando ya había poca gente, le dejé un post-it doblado dentro del ticket que me dio ella (esta vez fui yo quien metió el papelito con mi número: “Si algún día te apetece un café después del turno. Parking subterráneo, plaza 42”). No dijo nada, solo lo miró un segundo, lo guardó en el bolsillo del pantalón y siguió trabajando.
A las 21:35 me llegó el WhatsApp. Foto de su mano sujetando el post-it, con el fondo borroso de los vestuarios de empleados.
“Salgo en 12 minutos. Parking, plaza 47. No me hagas esperar mucho, que tengo frío.”
Bajé al parking subterráneo. Olía a humedad, a escape viejo y a productos de limpieza. Las luces fluorescentes parpadeaban un poco. Esperé junto a mi coche. Salió por la puerta de personal a las 21:48 exactas. Todavía con el uniforme: camisa de cuadros algo arrugada por el turno, pantalón gris con alguna mancha de polvo o de producto derramado en la pierna, el pelo ahora suelto cayéndole por los hombros, sudor en el nacimiento del pelo y en el cuello. Llevaba una chaqueta fina vaquera por encima, abierta. Caminó rápido hacia mí, miró alrededor —el parking estaba casi vacío, solo un par de coches de empleados— y, sin saludar, me agarró de la nuca y me besó con fuerza. La lengua caliente, sabía a chicle de menta y a café de máquina del descanso.
Llevo todo el puto turno pensando en ti —susurró contra mi boca, mordiéndome el labio inferior—. Se me han mojado las bragas dos veces solo de verte pasar con la cesta.
La metí en el asiento trasero. Cerré la puerta. El espacio era estrecho, olía a ella: sudor de ocho horas y media, perfume barato que se había puesto por la mañana y que ahora se mezclaba con el olor fuerte, animal, que sube de entre las piernas cuando una mujer está mucho tiempo de pie y el coño se le humedece sin parar.
Le subí la camisa de cuadros por encima del ombligo. El pantalón gris tenía un botón y cremallera. Se lo desabroché despacio. Debajo: bragas negras de algodón, con una mancha oscura grande en la entrepierna, el tejido pegado a los labios hinchados. Olía intensamente: salado, ácido, con ese toque a mujer que ha estado sudando todo el día. Le aparté la braguita a un lado. Estaba empapada, los labios gordos y abiertos, el clítoris hinchado. Metí dos dedos sin aviso. Entraron solos, resbaladizos. Ella soltó un gemido bajo y me apretó la muñeca.
—Chúpamelo… despacio… quiero sentirlo todo —pidió con voz ronca.
Me arrodillé como pude entre los asientos. Le bajé el pantalón gris hasta medio muslo, las bragas con él. Separé las piernas lo que daba el espacio. Hundí la cara. Primero solo respiré: olor fuerte, real, sin filtros. Luego lamí despacio, lengua plana recorriendo los pliegues, saboreando el sudor mezclado con los fluidos. Ella gemía bajito, me agarraba la cabeza y la empujaba. Cuando le metí la lengua dentro y froté el clítoris con el pulgar, empezó a temblar. El primer chorro llegó sin aviso: caliente, abundante, me llenó la boca y me chorreó por la barbilla. Tragué lo que pude. El resto cayó en el asiento. Se corrió con espasmos pequeños, mordiéndose el puño para no gritar.
Después se quedó jadeando, mirándome con los ojos vidriosos.
—Tu turno —dijo, y me bajó los pantalones.
Se la metió entera hasta la garganta en la primera intentona. Escupió, lamió los huevos, volvió a chupar. La baba le caía por la barbilla y me mojaba todo. Le agarré la coleta y le follé la boca con ritmo lento pero profundo. Cuando no pude más, me corrí dentro. Chorros espesos que se le escaparon por las comisuras. Se lo tragó casi todo, se limpió con el dorso de la mano y sonrió con aire de puta satisfecha.
—No te vayas lejos —me dijo mientras se subía el pantalón gris y se remetía la camisa de cuadros—. Mañana libro por la tarde. Quiero más… y más sucio.
Nos besamos con sabor a semen y a coño mezclado. La dejé en la parada de FGC de Mira-sol. Mientras conducía a casa, con su olor todavía en la cara y en los dedos, solo pensaba:
Esto acaba de empezar.
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