Xtories

El juego de la piscina con mi cuñadita

Ricardo sabe que la piscina es su escenario y la vergüenza de Eva su mejor arma. Mientras su esposa se desmorona bajo la comparación, la cuñada obedece sin cuestionar, entregándose a un placer que bordea el dolor y la sumisión absoluta.

Arantza Urbiola19K vistas8.7· 6 votos

Relato previo Domesticando a mi cuñadita (I)

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La mañana amaneció clara y luminosa sobre la casa de piedra, con ese aire de provincia que parecía más limpio que el de Madrid. Eva fue la primera en aparecer en la cocina, impecable incluso a primera hora. Llevaba un vestido camisero blanco que realzaba su bronceado, un lazo azul en la cintura y unas sandalias de tacón bajo que la obligaban a ese caminar ligeramente ladeado, tan característico desde su prótesis de cadera. El pelo, perfectamente alisado con ondas medidas, caía sobre sus hombros y el aroma de un perfume caro –mezcla de jazmín y almizcle– llenaba el espacio antes que su voz.

Arantza entró unos minutos después, con el cabello recogido en una coleta alta y una blusa ligera, sin apenas maquillaje. A su manera natural, parecía más fresca que la otra, sin necesidad de artificios. Ricardo la siguió, aún medio adormilado, y se sentó a la mesa con la tranquilidad de quien se siente dueño del espacio.

El desayuno fue tenso sin necesidad de palabras gruesas. Antonio, entre bocado y bocado, atendía el móvil con gesto serio. Finalmente, se levantó bruscamente.

—Tengo que salir. Una reunión en la bodega no puede esperar. Estaré de vuelta al final del día.

Eva trató de protestar con una sonrisa ensayada, pero su marido ya había cogido las llaves y salido por la puerta. El silencio que quedó fue espeso, y en esa quietud Ricardo levantó la mirada hacia Arantza y sonrió con complicidad. Ella entendió al instante y bajó la vista, sumisa, como aceptando una orden silenciosa.

El mediodía los encontró en la piscina. Eva había escogido un bikini azul marino con detalles dorados, gafas de sol enormes y un sombrero de ala ancha. Antes de salir había dedicado media hora a retocarse el maquillaje y rociarse con una nueva capa de perfume floral. Caminaba con ese aire de diva coja que intentaba convertir su limitación en un gesto de estilo.

Arantza, en cambio, se tumbó en la tumbona sin más adorno que su crema solar y un bikini sencillo de triángulos negros. Su piel, dura y definida por meses de entrenamientos, brillaba al sol. Ricardo, con las gafas de sol caladas en la nariz, observaba en silencio.

Eva intentó acaparar conversación: habló del último bolso que se había comprado en Serrano, de la gala en el Museo Patio Herreriano, de cómo su coche nuevo era “más cómodo que cualquiera de los que circulan por Madrid”. Ricardo escuchaba con media sonrisa, pero cuando Eva esperaba su aprobación, desviaba la mirada hacia Arantza y con una sola seña le indicó que se quitara la parte superior del bikini.

Ella obedeció sin vacilar, quedando en topless bajo el sol. Los pechos generosos y firmes de Arantza impusieron una presencia inmediata. Eva parpadeó tras las gafas oscuras, atrapada entre la envidia y la vergüenza.

—Anda, ¿no te animas? —preguntó Ricardo con sorna.

Eva forzó una risa, pero no se atrevió. Unos minutos más tarde, incapaz de soportar la diferencia, se desató el sujetador del bikini y lo dejó caer a su lado. Su gesto buscaba igualar el terreno, sin embargo la comparación solo hizo más evidente su fragilidad: sus pechos pequeños, apenas cónicos, le parecieron ridículos frente a los de Arantza. Ricardo bromeó suavemente, y hasta Arantza no pudo evitar reír. Eva también lo hizo, aunque su sonrisa temblaba.

La tarde se estiró indolente junto a la piscina, con ambas mujeres aún en topless. Para Arantza era una cuestión de naturalidad: se movía con confianza, segura de su cuerpo trabajado y de la mirada posesiva de Ricardo que parecía protegerla de todo juicio. Eva, en cambio, se sentía atrapada en una contradicción. Había cedido a la presión quitándose la parte superior del bikini, pero la decisión no le daba paz. Sus pechos, aunque pequeños, eran bonitos y simétricos, firmes gracias al ejercicio constante, no obstante, cada vez que los veía al lado de los de Arantza, se sentía vulnerable, como si su encanto se deshiciera bajo la comparación.

El sol descendía lentamente cuando Arantza, por indicación de Ricardo, recogió los platos y desapareció hacia la cocina. El agua corrió en la pila y el sonido de los cubiertos se mezcló con el canto de los pájaros.

Eva se quedó inmóvil unos segundos, con el corazón acelerado. La risa de Ricardo y Arantza aún le ardía en las orejas; recordaba cómo la habían dejado en evidencia con su topless inseguro. De pronto, se levantó de la tumbona y se acercó a Ricardo, casi temblando.

—Ricardo… —murmuró, con la voz quebrada, y lo rodeó con los brazos.

Sus pequeños pechos se apoyaron contra el torso duro de él, buscando refugio, buscando calor. Era un gesto más de súplica que de seducción. Ricardo la sostuvo por la cintura, luego bajó las manos con naturalidad hasta apretarle las nalgas, haciéndola sentir atrapada y sostenida a la vez.

Eva alzó el rostro, y sus labios encontraron los de Ricardo en un beso húmedo y desesperado. Él la dejó hacer, sin rechazarla, inclinándose apenas para intensificar el contacto.

—Habrá un momento —susurró en su oído, con un tono bajo y firme—. Llegaremos hasta el fondo, pero no ahora.

Eva cerró los ojos, respirando hondo contra su pecho, como si aquellas palabras fueran el bálsamo que necesitaba. Cuando los pasos de Arantza se escucharon de nuevo, ambos se separaron con la rapidez de los culpables.

Arantza apareció con una bandeja de aperitivos, todavía en topless y con la seguridad tranquila de quien sabe que ocupa su lugar. Ricardo, con gesto burlón, hizo un comentario ligero sobre el sombrero ridículamente grande que Eva había dejado sobre la mesa. Arantza rió de inmediato, y Eva, entre colorada y excitada, se obligó a sonreír también, aunque en su interior ardía de rabia y vergüenza.

El resto de la tarde transcurrió entre charlas forzadas, ambas mujeres aún con el torso desnudo hasta que el sol cayó por completo. Solo entonces se vistieron para preparar la cena antes del regreso de Antonio. Eva se maquilló de nuevo, perfumándose con esmero, intentando recuperar el control de su imagen. Arantza, en cambio, se puso una blusa sencilla, obedeciendo las miradas de Ricardo con la calma de quien sabe que ya ha ganado.

Cuando Antonio regresó, lo encontró todo en orden: la mesa servida, el olor de la comida y las sonrisas ensayadas. Nada en apariencia había cambiado, salvo que las brasas de un deseo prohibido ardían bajo la superficie, esperando el momento de estallar.

Tras la cena, el ritual doméstico se repartió con naturalidad: las mujeres recogían platos y enjuagaban bajo el chorro del grifo, mientras en el salón los hombres discutían en voz baja con el mando a distancia en la mano. Antonio, con su imponente estatura y el cuerpo ancho de hombros, quería fútbol; Ricardo, más comedido pero de mirada firme y concentrada, prefería cine. Finalmente, tras unos forcejeos burlones, se impuso su criterio y acabaron poniendo El Padrino II.

En la cocina, la luz cálida resaltaba los rasgos contrastados de ambas mujeres. Eva, erguida y segura, tenía una figura delgada y firme; su piel dorada parecía brillar bajo la lámpara, y sus grandes ojos azules, observaban los platos con un toque de cálculo elegante. Su mandíbula ancha, apenas perceptible, le daba un aire de carácter, casi masculino, que contrastaba con la delicadeza del resto de su rostro.

A su lado, Arantza desprendía una belleza más discreta y natural. Su sonrisa dócil suavizaba todos sus gestos, y sus ojos, de un verde marrón cambiante según la luz, tenían esa mezcla de timidez y entrega que a menudo turbaba a quien los miraba. Cuando se inclinaba sobre el fregadero, el movimiento de sus pechos firmes bajo la blusa ligera parecía acompasarse con el murmullo del agua.

Cuando terminaron de fregar, se acercaron al sofá. Arantza se sentó junto a Ricardo, pero apenas veinte minutos de trama bastaron para que comprendiera que aquella película no era lo suyo.

—¿No podríamos poner algo más ligero, algo que nos guste a todos? —propuso en voz baja.

Los tres la miraron como si hubiese dicho una herejía.

—Ni hablar —replicó Antonio con media sonrisa—. Ahora no se puede parar.

Eva asintió, encantada de tener excusa para seguir en el sofá junto a los dos hombres, cruzando las piernas con exageración. Arantza no insistió: se levantó y, con un beso leve en la sien de Ricardo, anunció que se iba a la cama.

En la habitación de invitados, Arantza abrió la ventana para dejar entrar el aire fresco. Se desmaquilló con calma, roció apenas una bruma ligera de perfume en su cuello y su pecho, y dejó el cabello suelto sobre los hombros. Se desnudó sin prisa, quedándose solo con unas braguitas claras, prenda que se dejó puesta porque todavía debía llevar el tampón. Al meterse en la cama, buscó instintivamente el lado de él, aunque aún vacío, y se acomodó abrazando la almohada, con una sonrisa tranquila.

En el salón, Eva se inclinaba de vez en cuando hacia Ricardo para comentar algún detalle de la película, aunque su cuñado apenas respondía con monosílabos. Antonio, por su parte, bebía cerveza con gesto serio. La tensión invisible recorría el sofá, y Eva intentaba equilibrarla con risas innecesarias y giros de cabello demasiado estudiados.

Al terminar los créditos, cada cual se dirigió a su dormitorio.

Antonio cerró la puerta de la suite con un portazo suave. Eva se desnudó frente al espejo, quitándose el vestido ligero que había escogido para la velada. Su figura era preciosa: la cintura estrecha, los glúteos firmes y los pechitos bonitos y muy simétricos. Sin embargo, en su mirada azul brillaba la inseguridad. Todavía resonaban en su cabeza las risas de Ricardo y Arantza junto a la piscina, aquella tarde en topless que la había dejado expuesta, vulnerable, ridiculizada en comparación con la naturalidad imponente de la navarra.

Antonio la observaba con deseo, y a la vez con esa impaciencia que lo hacía brusco. La atrajo hacia la cama, y cuando la penetró, Eva suspiró aliviada. Por un momento, la simple fuerza de su marido sobre ella disipó la humillación; se sintió acogida, deseada, casi reconciliada con su cuerpo.

Sin embargo, cuando él intentó abrir su ano con el dedo, el cuerpo de Eva se tensó de inmediato, incapaz de relajarse.

Antonio insistió, pese a la resistencia del esfínter rosado de la repipi, que se resistía a ceder. Ella lanzó un gritito y él apartó la mano.

El momento se quebró en un silencio incómodo. Ella, nerviosa, buscó su mirada y murmuró con un hilo de voz:

—Perdona, amor… quizá sea mejor intentarlo por detrás en otro momento, cuando esté más excitada.

Ricardo, en cambio, empujó suavemente la puerta del dormitorio de invitados y encontró a Arantza dormida de lado, con la almohada entre sus brazos. Durante un instante dudó, observándola con ternura. Pero la duda le duró poco: con un gesto firme levantó la sábana, acarició su espalda y, finalmente, la despertó con un azote sonoro en las nalgas.

Arantza entreabrió los ojos, adormilada, y murmuró con un hilo de voz:

—Déjame dormir un poco más…

Ricardo sonrió ante la resistencia, pero su mirada firme no dejaba lugar a dudas. Se acercó, colocó una mano en su rostro y la acarició con suavidad antes de darle una segunda palmada en el trasero con la otra mano.

—Vamos, cariño… primero tienes tarea conmigo —susurró, dejando que el cachete le despertara por completo.

Arantza suspiró, intentando protestar, aunque pronto comprendió que no había escapatoria.

Ricardo, divertido por la situación, le dio un tercer azote, que se convirtió en una azotaina sobre sus nalgas. El gesto era juguetón, firme y lleno de autoridad, recordándole su lugar en la relación.

Con una mezcla de remoloneo y sumisión, tras los golpes, ella se incorporó, siguiendo con cuidado cada indicación de Ricardo. Su cuerpo se tensó mientras él la guió a la posición que quería, tumbada boca arriba, pero con la cabeza colgando por el borde de la cama, con su garganta completamente estirada, obligándola a mantenerse vulnerable y expuesta, recordándole con cada gesto su entrega total.

Cuando estuvo en la postura correcta, Ricardo la recompensó con caricias y suaves mordiscos sobre sus pechos, rozando su piel con delicadeza, llenándola de una sensación de placer y conexión que no necesitaba palabras. Arantza, jadeante y consciente de su entrega, se rindió completamente, entendiendo que su devoción y sumisión eran la manera de complacerlo y sentirse cercana a él.

Cada gesto, cada roce, era un recordatorio de la dinámica que ambos compartían: Ricardo guiando y premiando, y Arantza aceptando, aprendiendo que su satisfacción también residía en obedecer y complacerle.

Cuando él percibió la actitud correcta de Arantza, despierta y relajada, se colocó frente a ella y se bajó los calzoncillos, acercando su masculinidad a la cara de ella, que primero besó sus testículos desde abajo, sorbiéndolos dentro de su boca, mientras él con las manos en sus pechos, los masajeaba primero con mimo, pero después de forma intensa, estrujándolos sin miramientos, buscando con los dedos las pequeñas irregularidades de su tejido mamario para castigarlas apretando con fuerza sobre ellas.

Ella protestó con un quejido sordo y movió las manos compulsivamente hacia las manos de Ricardo.

—¿Esto duele, cielo?—preguntó con una voz entre dulce y burlona.

—Sí—él notó en sus testículos, que descansaban sobre los labios de ella, la voz incluso antes de oírla. El tono de dolor contenido demostraba que decía la verdad.

—Un poquito más—agregó con cierta malicia y volvió a apretar, más fuerte si cabe el pequeño bultito que había encontrado en el interior de su pecho.

—Por favor, hazlo con cuidado— su tono reflejaba temor y súplica.

Él sin embargo se dió por satisfecho y no apretó más, sino que tomando su pene con la mano, lo dirigió a la boca de su ternerita, que mostró su alivio por la mano retirada del pecho dolorido con un suspiro profundo y sincero, tras el cual, glotona mantuvo la boca lo más abierta que pudo para acoger la rama endurecida de Ricardo.

Despacio y con suavidad, él fue introduciendo el pene hasta que este hizo tope en la entrada de la garganta, y sin perder la suavidad, lo movió haciendo pequeños círculos, apretando el fondo de su paladar y separando poco a poco sus amígdalas y campanilla, buscando abrirla progresivamente hasta la introducción completa, no exenta de algunos momentos de arcadas que Arantza, acostumbrada a este duro tratamiento, fue capaz de contener sin perder del todo la dignidad.

En la suite principal, Eva se arqueaba sobre la cama intentando seguir el ritmo de Antonio. Sus movimientos eran torpes, inseguros, y cada vez que él intentaba avanzar hacia más, ella se tensaba, incapaz de relajarse del todo. La frustración de Antonio era evidente: gruñía entre dientes, molesto por no haber logrado lo que minutos antes había intentado con el dedo, esa puerta cerrada que ella nunca parecía ceder. Con un gesto brusco, la tomó por la cintura y la colocó en la postura del perrito, de rodillas sobre la colcha.

Al principio, Eva siguió rígida, con la mente aún atrapada en lo ocurrido por la tarde: el topless junto a la piscina, las miradas de Ricardo, esa sensación incómoda de humillación que no lograba apartar de su cabeza. ¿Lo deseaba o lo odiaba? No lo sabía. La contradicción la desgarraba por dentro. Pero el cuerpo de Antonio, su empuje constante, terminó por arrancarle pequeños jadeos que se escapaban de su control. A pesar de sus dudas, empezaba a sentir cómo el placer se abría paso.

Finalmente, tomó la iniciativa y se giró sobre él, empujándolo hacia atrás. Se acomodó sobre su cuerpo y lo montó con decisión, cabalgando su miembro con un ritmo irregular al principio, pero cada vez más seguro. Antonio la miró con intensidad, dejó escapar un gruñido de aprobación y llevó sus manos a sus pequeños pechos, acariciándolos con hambre.

—Me vuelven loco tus tetitas… —murmuró, pellizcando sus pezones con firmeza.

Ese contacto, esa atención concreta a una parte de su cuerpo que aquella tarde había sentido en desventaja frente a la imponente Arantza, la liberó de golpe. Eva, por primera vez desde la situación vivida en la piscina, se sintió segura de sí misma, deseada sin reservas. Cerró los ojos y se dejó llevar, cabalgando con fuerza hasta que el orgasmo la atravesó de pies a cabeza, arrancándole un grito ahogado. En ese instante, con Antonio dentro de ella y sus pechitos adorados entre sus manos, las dudas se disiparon como humo.

Eva sintió cómo la ola del placer la recorría, lenta y profunda, como un suspiro que se volvía fuego. Se aferró a su marido, temblando, mientras un nudo de emoción y alivio se deshacía dentro de ella. Hacía mucho que no sentía un orgasmo tan prolongado.

Cuando el ritmo empezó a calmarse, fue ella quien tomó la iniciativa, buscando el pene de su marido con los labios para devolverle algo del gozo recibido. Antonio la observó con ternura y un punto de asombro, acariciándole el pelo, agradecido en silencio por esa entrega.

Ella levantó la vista, sonriendo con dulzura.

—Avísame... —murmuró, en tono travieso, y Antonio soltó una risa ahogada.

Poco después, las palpitaciones que venían desde la próstata avisaron a Eva, que se sacó el pene de la boca para permitirle descargar sobre su pecho plano y sus pezones duros, frotando el pene contra ellos mientras recibía el espeso orgasmo de Antonio, caliente y pegajoso.

El gesto que siguió fue íntimo y juguetón, lleno de complicidad más que de pasión desbordada. Cuando al fin descansaron, respiraban acompasados, uno junto al otro.

En el cuarto de invitados, Ricardo colocó un cojín en el suelo y guió a Arantza sobre él, apoyando su cabeza y hombros en el cojín, mirando hacia arriba y después levantando y doblando sus piernas hasta que sus nalgas y después su espalda se separaron del suelo, quedando como unico apoyo su nuca y hombros la postura la hizo sentir aún más forzada y vulnerable, con la cabeza abajo el trasero levantado del suelo y su equilibrio dependiendo sólo de la sujeción de su hombre. Ella se dejó hacer, aunque su incomodidad era evidente y sus ojos buscaban los de él con pucheros en la mirada, pues ella sabía, por experiencia, que en esa postura acabaría mareada y dolorida.

Él notó su incomodidad y con suavidad la animó a dejarse hacer, acariciándola suavemente mientras la colocaba y hablándola con suavidad acercó su pene, que estaba muy hinchado y endurecido, recurvado hacia arriba por el deseo.

—Es todo para tí, cielo

Ella obedeció, dejando que el la colocara como quiso aunque los músculos tensos de su cuerpo revelaban la resistencia inicial.

La menstruación de Arantza le impedía ofrecerse del modo habitual, y esa circunstancia la empujó a aceptar lo que él exigía sin protestas. Ricardo no se apresuró: su calma era parte de su autoridad, una forma de recordarle que todo ocurría a su ritmo.

El camino de la sodomía fue áspero, marcado por la falta de preparación, y cada avance la obligó a morderse los labios para no soltar un quejido demasiado alto. Poco a poco, él fue ganando terreno sobre la rigidez de su esfínter, hasta que la notó rendida bajo su control. Entonces sacó el pene completamente para volver a hundirlo a continuación de un sólo golpe.

Esta forma de penetrarla era incómoda para ambos: Para él porque necesitaba enfilar la verga hacia abajo, cosa contraria a su arco natural al estar con una erección extrema, pero que resolvió con una leve inclinación de su torso, y especialmente para ella, pues la entrada brusca en su recto la generaba tensión no sólo en el esfínter sino internamente, sintiendo que podría acabar lesionada en cualquier momento.

De pronto perdió los nervios, y comenzó a mover sus manos histérica, a golpear los muslos del hombre y a tratar de frenar, sin éxito la brusquedad de la penetración a la vez que emitía un sonido que estaba entre gritos y sollozos y que amenazaba con oírse por toda la casa.

Ricardo con una risa suave la dejó descansar unos segundos introdujo sus propias bragas en la boca, algo que ella agradeció pues la ayudaba a contener los gritos, y la tranquilizó un poco. La risa de él no era cruel, sino cómplice, demostrando que estaba disfrutando del momento y ella supo que estaba mereciendo la pena. Mientras ella recuperaba el aliento, él acarició su vulva, que estaba empapada, a un lado colgaba el cordón del tampón.

—Muy bien, cielo, mírame a los ojos— cuando estaba excitado le gustaba ver la vulnerabilidad en su mirada.

Apuntó el pene de nuevo al ano, que unos segundos antes estaba abierto como una boca bostezando y ahora casi había recuperado su posición de reposo, fruncido como un asterisco de carne enrojecida por el roce. Los ojos de ella rogaban un poco más de descanso, pero no lo tuvo.

Con cada entrada del cilindro de carne por su hendidura irritada ella sentía cómo se le escapaba la poca dignidad que había querido guardar, igual que ya se le había escapado más temprano cuando su garganta se rindió a él. Aunque esa humillación, lejos de hundirla, la excitaba: era el precio de ser suya.

Cuando al fin Ricardo quedó satisfecho, tras eyacular en su interior, no se apartó de inmediato. La retuvo en el suelo, besándola con fuerza y mordisqueándole los senos como a ella le gustaba, hasta arrancarle pequeños gemidos que se confundían entre dolor y placer. Sus manos, firmes y sabias, descendieron para terminar lo que aún quedaba en suspenso: tomo con sus dedos el hilo de semen espeso y blanco que brotaba del ano y se lo frotó sobre la vulva, untándoselo en los labios y el clítoris con movimientos precisos hasta que la llevó el orgasmo, obligándola a arquearse bajo él, completamente rendida.

Agotada, temblando, Arantza se sintió extrañamente dichosa. Había sido su juguete, su desahogo, y ahora también su obra culminada; en ese papel encontraba una plenitud que nada más en su vida podía igualar.

Él se tumbó de lado, en el borde de la cama, mientras ella permanecía en el suelo de rodillas junto a él, para lamer su pene hasta dejarlo impoluto con una atención silenciosa, casi ritual. No quedaba espacio para las palabras: sólo el sonido de la respiración de ambos y el roce suave de su lengua con los genitales masculinos que iban perdiendo firmeza poco a poco. Arantza movía los labios con ternura, mientras sorbía con delicadeza, como si su misión fuera devolverle la calma, limpiar cada rastro de lo que acababa de suceder, purificarlo y dejarlo perfecto.

Ricardo la observaba entreabriendo los ojos, sin decir nada, disfrutando del cuidado minucioso con que ella lo atendía. Había en ese gesto una entrega total, una mezcla de reverencia y cariño que iba más allá del deseo.

Cuando terminó, él ya se había abandonado al sueño, con el cuerpo relajado y la expresión satisfecha. Arantza lo contempló un instante, sintiendo una oleada de ternura.

A continuación se incorporó en silencio, sintiéndose sucia y pegajosa, y dirigirse al baño para limpiar con meticulosidad cada resto de lo que acababa de recibir, dejando que el agua y el jabón lavaran la evidencia de su entrega.

Al abrir la puerta del baño, escuchó el murmullo del agua y se detuvo. El baño contiguo estaba ocupado. El sonido era inequívoco: alguien más se estaba lavando. Reconoció enseguida la respiración entrecortada de Eva, el golpeteo rítmico del agua sobre la porcelana, los movimientos breves y contenidos de quien intenta mantener la compostura.

Arantza sintió un estremecimiento extraño, una mezcla de pudor y complicidad silenciosa. No se atrevió a hacer ruido. Se limitó a cerrar el grifo del lavabo a medias, dejando correr solo un hilo de agua para no delatarse, y se limpió con delicadeza.

Por un instante, las dos hembras compartieron el mismo aire, la misma intimidad posterior, separadas apenas por una pared fina. Ninguna habló, pero ambas sabían que la otra estaba allí, sucia.

La noche terminó con la casa en silencio, aunque ese silencio escondía matices distintos tras cada puerta cerrada.

En la suite principal, Antonio dormía con el cuerpo pesado y el gesto satisfecho, convencido de haber impuesto su deseo. Para él la frustración persistía en un rincón de su mente, pero se había acallado bajo la entrega final de su esposa. Eva, en cambio, permanecía despierta con los ojos fijos en el techo, atrapada en una maraña de pensamientos que no la dejaban descansar.

Por un lado, la humillación sufrida esa tarde junto a la piscina, con las risas de Ricardo y Arantza retumbando en su memoria, había encendido en ella un deseo prohibido que no se atrevía a confesar: lo anhelaba a él, precisamente porque la había hecho sentirse pequeña e insuficiente. Y a la vez lo odiaba, tanto como a la nueva novia que había traído, por el modo en que la habían dejado expuesta. Por otro lado, las manos de Antonio, aunque torpes, le habían recordado que aún era deseada, que su cuerpo todavía podía ser celebrado sin burla ni comparación. Ese contraste la desarmaba.

Amaba a su marido y le agradecía la seguridad que le daba; pero al mismo tiempo, la sombra de Ricardo la perseguía, atrayéndola con la misma fuerza con la que la hacía sentir culpable. Entre el amor y la rabia, el deseo y el rechazo, Eva se removía inquieta bajo las sábanas, incapaz de hallar calma. Solo cuando el cansancio la venciera, se abandonaría a un sueño ligero y turbulento, poblado de imágenes confusas donde Antonio y Ricardo se mezclaban, y Arantza aparecía como un espejo doloroso de todo aquello que ella nunca podría ser.

En el cuarto de invitados, en cambio, reinaba otra clase de silencio. Ricardo dormía profundamente, con la tranquilidad de quien se sabe dueño de la situación. A su lado, Arantza se había acurrucado tras pasar por el baño. Aún tenía el cuerpo marcado por la azotaina y ambos extremos de su tubo digestivo (garganta y ano) resentidos por la forma en que él la había utilizado, aunque lejos de incomodarla, aquello la llenaba de una extraña paz.

Para ella, ser el juguete de Ricardo era un honor. Con el sexo aún palpitando en su cuerpo, Arantza se permitió cerrar los ojos con una sonrisa diminuta, sintiéndose dichosa y completa. Mientras Eva giraba inquieta en la suite, prisionera de sus dudas, la abogada navarra se dormía en paz, segura de que había complacido al único hombre que importaba.

A la mañana siguiente, el rugido de la moto rompía la quietud de la carretera castellana. Arantza, pegada a la espalda de Ricardo, lo abrazaba con fuerza, notando cómo el viento le azotaba el rostro y cómo el calor de él se imponía al frío de la noche. El viaje de regreso se sentía como una prolongación del propio dominio de Ricardo: ella no tenía más que dejarse llevar.

Pararon en el mismo área de servicio que en el viaje de ida, Ricardo reconoció de inmediato la sonrisa de Lola tras la barra. El local estaba tranquilo, inundado por la luz del mediodía que se colaba por los ventanales. Ricardo se sentó en una banqueta y Arantza hizo ademán de hacer lo propio, pero inmediatamente se volvió a poner de pié al sentir una punzada de dolor agudo entre ambas nalgas, “al llegar a Madrid me daré mi pomada”, pensó, “serán solo unos días de molestia”. Se acercó a él con suavidad y le besó desde un lateral, se sintió afortunada porque en la moto había encontrado la postura en que la molestia de su esfinter irritado era soportable. Él, casi instintivamente, la devolvió el beso cariñosamente, aunque sin dejar de mirar a la camarera.

Aquella vez la ésta llevaba el cabello recogido en un moño alto, con algunos mechones rebeldes enmarcando su rostro. No vestía la falda corta de la anterior ocasión, sino unos pantalones ajustados que resaltaban la redondez de sus caderas. Al servir los cafés, dejó caer una mirada traviesa sobre Ricardo, acompañada de un roce apenas perceptible en sus dedos. Arantza lo notó, aunque fingió no hacerlo, refugiándose en la taza humeante y en la sensación de que su papel era precisamente ese: aceptar que Ricardo atraía miradas que nunca podría controlar.

De vuelta en la moto, mientras el motor ronroneaba, Ricardo sacó un momento el móvil y revisó las notificaciones. Había un único mensaje de Eva:

"Aún siento en los labios lo que nunca debió pasar junto a la piscina."

Él sonrió de medio lado, guardándose el teléfono sin responder. El recuerdo de aquella tarde, las insinuaciones, el beso furtivo, se mezclaban con la certeza de que esa historia aún no estaba cerrada.

El viento les volvió a envolver, y mientras Arantza apretaba los brazos alrededor de su cintura, él dejaba que la tarde se estirara ante ellos como un terreno de conquista.

En paralelo, en Valladolid, Antonio caminaba al lado de Eva mientras la ayudaba a colocar las compras en el coche. Con voz grave y sin acusar directamente, comentó:

—Qué manera tan intensa de despedirte de mi hermano esta tarde... —murmuró con voz grave, sin decir más.

Eva tragó saliva, incapaz de sostenerle la mirada. Sabía a qué se refería. La culpa le pesaba, pero también la quemaba el deseo: Ricardo seguía presente en su mente, en sus labios, y esa sensación de prohibido la estremecía.

Arantza, en la Honda, se acurrucó aún más contra Ricardo, dejando que su pecho rozara su espalda y sus manos se aferraran con firmeza a su cintura, feliz de ser suya, ajena a reproches y dudas. Él conducía seguro, dueño de la carretera y de ella, mientras en el coche de su hermano, el matrimonio se enredaba en silencios cargados, celos disimulados y un torbellino de sentimientos que no les abandonaría en muchos días.

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Relato basado en mi novela Domesticando a mi cuñadita: ES - US - MX