Xtories

Mi esposa hace un gran descubrimiento

La estantería crujió y reveló un secreto que ninguno de los dos estaba preparado para encontrar. Mientras el mundo exterior se derrumba con la derrota deportiva, en la oscuridad de la pared, una máquina mecánica promete un placer prohibido que podría destruir lo que tienen.

AlbertoXL24K vistas9.1· 21 votos

¡Cristina!, grité alarmado cuando el agudo siseo del ruido hidráulico me ahogó. La estantería de nuestra cabaña crujió, moviéndose lentamente hacia adentro por sí sola. El marco se estremeció, los libros se tambalearon precariamente hasta que algunos cayeron al suelo con un ruido sordo, levantando una gran nube de polvo. La estantería se abrió por completo y finalmente se detuvo para revelar un rincón oscuro y siniestro escondido dentro de la pared que emanaba un fuerte olor a cerrado. El ambiente se volvió pesado, como sacado directamente de una película de misterio. Fue un instante tan extraño, desconectado por completo de la realidad.

— ¿Qué pasa, cariño? —gritó mi esposa desde el baño, corriendo hacia la sala de estar en un santiamén, luciendo un aspecto desastroso. Su blusa de golf colgaba por fuera de la falda, el cepillo de dientes le colgaba de la boca y aún tenía pegotes de crema antiedad que no se la había extendido. Se quedó tan paralizada y pasmada como yo, contemplando con los ojos muy abiertos el oscuro abismo que se abría en la pared de una cabaña por lo demás normal.

— ¿Qué demonios? —murmuró Cristina, entrando con cautela en la sala de estar, moviéndose para ponerse a mi lado y cogerse a mi brazo.

—No sé qué ha pasado —confesé sin mirarla, mientras mi corazón se aceleraba. —Había un botón disimulado en el costado de la estantería, y al presionarlo ha comenzado a moverse. Creo que es una puerta.

Entonces me volví hacia ella, como esperando que ella supiese algo. En cambio, su rostro solo reflejaba mi propio desconcierto. Estaba estupefacta.

— Qué raro, ¿no? —murmuró, sus palabras distorsionadas por el cepillo de dientes que todavía tenía en la boca.

Sin embargo, su confusión duró sólo un momento antes de transformarse en curiosidad. Soltó mi mano y dio un paso hacia el pasaje sombrío, entrecerrando los ojos mientras escudriñaba en la oscuridad.

— ¿Qué crees que es, Alfonso? —preguntó, con la atención fija en las profundidades.

— No sé... Parece un refugio o algo así —sugerí con incertidumbre mientras la observaba avanzar, su curiosidad superando con creces la mía, acercándose cada vez más a la oscura rendija.

— Tendríamos que avisar a recepción —la apercibí con urgencia, pero Cristina no respondió.

La atención de mi esposa estaba centrada en el pasaje oculto que teníamos delante, el aire que nos rodeaba estaba cargado de aromas mezclados, del ambientador a pino del salón y un olor húmedo y mohoso que emanaba del interior y volvía el aire irrespirable. Los movimientos de Cristina fueron cautos y curiosos, como si una fuerza invisible la estuviera atrayendo hacia delante.

— Vamos a recepción —repetí con más determinación.

Aun así, mi esposa se acercó otro paso al vacío abierto tras la estantería y, con prudencia, escrutó más allá del hueco. Entonces alzó lentamente el brazo, con los dedos extendidos hacia adelante como si pretendiera tocar las tinieblas, pero éstos desaparecieron en el vacío como por arte de magia.

— Cristina, en serio, vámonos —insistí, haciendo patente mi frustración.

Pero ella no se inmutó, sus dedos se adentraron en la oscuridad como si algo más allá tirase de ellos. Cuando finalmente me miró, un fugaz destello de curiosidad infantil iluminó sus ojos. Luego la expresión de mi esposa se agudizó, reflejando la habitual determinación que yo conocía bien. Al día siguiente comenzaría el torneo de golf más importante de su vida, pero en ese instante el pasadizo reclamaba todo su interés.

— Hay un interruptor —anunció con entusiasmo, y sus ojos buscaron los míos como esperando permiso.

— Venga, enciéndelo —accedí, perdida la esperanza de hacerla entrar en razón.

La pequeña lámpara se iluminó con un resplandor débil y amarillento que se dispersó en la estancia. Nos detuvimos juntos en la entrada, titubeando. Fue como estar en el umbral de una de esas atracciones de feria, una casa del terror. Cristina me tomó de la mano y tiró de mí hacia el cuarto secreto que acabábamos de descubrir. Cruzamos el umbral juntos, con idéntica inquietud. Su puño se cerró alrededor de mi mano mientras nos adentrábamos en lo desconocido, completamente ignorantes del cambio que supondría en nuestras vidas.

— Pero ¿qué coño…? —exclamó Cristina cuando la estrecha habitación, no más grande que una celda de prisión apareció ante sus ojos.

La sorprendente visión hizo que mi carismática esposa se quedase boquiabierta, tan paralizada como yo mismo, la absoluta incredulidad conteniendo mi instinto de dar media vuelta y escapar.

La estancia parecía sacada de la película de Saw: tenuemente iluminada, sombría y poco acogedora. Una bombilla zumbaba en lo alto, balanceándose ligeramente por la corriente de aire que acababa de entrar desde la sala de estar. El resplandor, parpadeante y estéril, solo conseguía que las paredes de bloques sin enlucir pareciesen aún más siniestras. Además, el polvo acumulado en el piso indicaba que nadie había entrado allí desde hacía años.

Sin embargo, toda nuestra atención se centró de inmediato en el potro situado en el centro de la celda. Era un armatoste de madera con la tapicería raída y rajada en las esquinas, donde quedaba al descubierto la espuma amarillenta de debajo. Parecía sacado directamente de las mazmorras de la inquisición, con su armazón de madera agrietado por el paso del tiempo o algo todavía peor. Unas gruesas correas de cuero equipadas con siniestras hebillas metálicas.

Como si la vista del potro de tortura no fuera lo bastante inquietante, frente a éste había un siniestro objeto cubierto por una tela amarillenta que, no obstante, permitía intuir lo que había debajo. Cuando mi intrépida mujercita lo destapó, vimos por primera vez el artilugio que acabaría cambiando nuestra relación. Su forma y tamaño recordaban a las de aquellas cámaras de video que los reporteros de los 90 cargaban sobre un hombro. Su acabado desigual no lograba ocultar las vetas de óxido de debajo, lo que le confería un aspecto casero y tosco.

La caja se apoyaba sobre cuatro gruesas patas de metal también negras, cada una con su homogénea y espesa capa de polvo. Unos pernos anclaban las patas directamente al piso. No obstante, lo más impresionante no era la caja en sí, sino lo que emergía de un costado: un consolador cuyas grotescas proporciones y realismo era imposible no admirar. Se trataba de un miembro enorme, ligeramente curvado hacia arriba y con unas venas que le conferían un desconcertante realismo.

De unos veinte centímetros de largo, poseía el grosor de la muñeca de mi esposa. Tenía un aspecto tan imponente y amenazador que hasta el hombre más seguro de sí mismo sentiría una punzada de envidia. En la punta, un glande impecablemente tallado resaltaba dejando clara su función de perforación, de barreno para todo lo que venía después. Se alzaba paralelo al suelo, rígido, inflexible y en perpetua erección. Suponía una amenaza silenciosa que aguardaba con infinita paciencia a la desafortunada, o desafortunado, que se atreviera a echarse sobre el repugnante potro situado justo delante.

Encima de la caja de metal había un pequeño panel de control, no más grande que un teléfono móvil, atornillado a la superficie. Un descolorido interruptor rojo destacaba en el rudimentario panel, consolidando la construcción artesanal de la propia caja. A su lado reposaba un mando a distancia, una especie de joystick tan ancho como el propio consolador, del que surgía un largo cable que iba a insertarse en la caja por la parte de atrás. Era muy básico, sólo tenía un pulsador en la parte superior y algún tipo de mecanismo interno.

Cerca de allí, había una mesa con toallas cuidadosamente apiladas junto a un gran tarro de grasa Crisco y una coqueta cesta de mimbre repleta de condones XL. La margarina vegetal, unida a la cuidadosa disposición de las toallas y condones dejaba claro que, quien quiera que fuera el dueño o dueña de aquella inquietante mazmorra había previsto regresar, pero nunca lo había hecho.

—Tenemos que irnos —dije con urgencia—. Sólo queda media hora.

Estaba detrás de Cristina, sujetándola de los brazos para desviar su atención de la inquietante máquina que tenía delante. Pero Cristina no se movió. Estaba paralizada, hechizada por el artefacto, en una especie de trance fatal.

— Vámonos —dije de nuevo, tirando de ella con más firmeza.

Cristina permaneció en el sitio, resistiéndose con los ojos clavados en la máquina, mirándola con una intensidad que hacía que todo lo demás resultara irrelevante. Respirando de forma rápida y superficial, revelando un nerviosismo y una ansiedad que me dejó consternado hasta que mi aturdida esposa parpadeó, volvió en sí y me miró confundida.

— Guau —murmuró antes de volver a mirar la máquina, como si fuera incapaz de resistirse a su atracción—. ¿Crees que funcionará?

No preguntó qué era ni para qué servía o cómo funcionaba, pues la respuesta hubiera sido obvia. Su interés transmitía una curiosidad tan inesperada que me provocó un escalofrío. No tenía sentido, no con el torneo de golf más importante de su carrera a punto de comenzar.

Su mano izquierda se cernió sobre el desgastado interruptor, sus dedos titubeaban justo encima. El diamante de su alianza de casada reflejaba la luz amarillenta y parpadeante procedente de arriba, con su tenue iluminación rápidamente absorbida por las frías paredes de los bloques de hormigón.

Cristina me miró de nuevo, sólo que ahora con rostro sereno e indescifrable, visiblemente ajena a mi preocupación. A esas alturas no dudaba que accionaría el interruptor y, aún así, me sorprendió que la máquina cobrara vida con un chirrido mecánico que atravesó mi cabeza de forma abrupta e inquietante, imposible de ignorar. La vibración de la caja se propagó hasta el suelo de hormigón, con un temblor bajo y constante que podíamos sentir bajo los pies.

El zumbido aumentó a medida que el motor ganaba velocidad. Las paredes de bloques lo absorbieron y atraparon en el cuarto, llenando el espacio con un chirrido metálico que condenaba la falta de una adecuada lubricación.

Antes de que pudiéramos asimilar lo que pasaba, el enorme consolador comenzó un lento y preciso movimiento, primera señal de vida del oxidado mecanismo encerrado en la tosca caja negra. La varilla se movía adelante y atrás como un pistón; cada extensión acompañada por una fricción mecánica que cesaba al retraerse. Su inmutable ir y venir resultaba imponente.

La precisión del mecanismo era sobrecogedora, impulsando aquella monstruosidad fálica hacia el potro para luego retroceder con una precisión cíclica perfecta. Adentro y afuera; adentro y afuera… El repetitivo y amplio vaivén resultaba hipnótico, temible, eficiente, cada potente embestida calcada a la anterior.

— ¡Cristina, vamos! —exigí con voz firme para sacarla del trance.

Y sin embargo, no se movió. Ajena a su inminente torneo de golf, Cris permaneció paralizada, con los ojos fijos en la máquina, observando el enorme consolador moverse adelante y atrás.

Su fascinación se consolidó en algo evidente. Cualquier duda sobre su pensamiento desvaneció en aquel instante. Un interés descarado reconvertido en pura codicia. El deseo grabado en cada facción femenina de mi esposa, ansiando yacer a merced del cruel dispositivo, sin poder ocultarlo.

— ¡Por Dios, Cris! —espeté en un tono más alto de lo que pretendía, pero que al fin funcionó.

Cristina parpadeó confundida, como si acabara de despertar de un sueño húmedo.

— ¿Qué? —preguntó visiblemente aturdida, acusando la sensatez diluida entre las piernas.

Aun así, la pobre no logró ocultar el fulgor delirante, la lascivia de sus ojos ni el anhelado acto explícito marcado a fuego en su mirada.

Un segundo después, mi abrumada mujercita pulsaba de nuevo el interruptor rojo y la máquina se detenía lentamente a causa de la inercia. El zumbido de la vieja lámpara del techo regresó instantáneamente, llenando el vacío que la máquina había dejado atrás.

Cris todavía llevó una mano al consolador antes de darse la vuelta. Lo agarró como si quisiera medirlo, pero sus dedos no alcanzaban a abarcarlo. Se regodeó un momento, apreciativa y fantasiosa, para seguidamente emitir un resoplido de fastidio, girarse y salir del cuarto.

El piso de madera crujió conforme se alejaron sus pisadas y, un momento después, resonó el seco chasquido del cerrojo del baño al cerrarse. Me quedé allí, aturdido mientras, con toda probabilidad, mi esposa se masturbaba apresuradamente antes de prepararse para el torneo, y yo me sumía el una absoluta incredulidad.

Finalmente, apagué la luz y oculté nuevamente aquel secreto, deseando que la oscuridad también eliminase lo sucedido de mi memoria. Unos minutos después, Cristina salió del baño vestida con su habitual atuendo de los jueves: camiseta Nike rosa sin mangas y una falda corta color caqui.

El protector solar, que antes le manchaba la piel, ahora estaba bien extendido sobre su tez dulce y apacible rostro. No obstante, el inesperado descubrimiento seguía allí, en el travieso brillo de sus ojos. Aquel artilugio y, más específicamente, el miembro viril negro y venoso que lo remataba, la había alterado de modo irreparable.

Cris era una mujer de costumbres, pero por desgracia aquel día apenas dispondría de unos minutos para calentar en vez de su habitual media hora. Llegamos a Sawgrass en solo cinco minutos. Era un campo de golf de renombre mundial, hogar del icónico hoyo 17 y su infame green en forma de isla, se alzaba frente a nosotros, listo para albergar el torneo más importante de la carrera de mi mujer.

Dejé a Cristina en la entrada de la icónica casa club, reconocible al instante para cualquiera que siga con frecuencia el golf. El corto trayecto no dejó tiempo para procesar o discutir el inquietante descubrimiento que aún persistía en nuestra memoria. El peso de los acontecimientos flotaba en el aire, omitido por ambos, pero innegable. A fin de ayudarla a concentrarse, no mencioné el incidente ni pregunté si se había masturbado. Después de aparcar el coche me dirigí a la zona de calentamiento, deseando ver cada uno de sus golpes, un viejo ritual instaurado desde que viajábamos juntos a través de toda Norteamérica.

Cristina Revenga, golfista profesional del Epson Tour, sólo tenía un objetivo: lograr un buen resultado para asegurarse su tarjeta de participación en el tour mundial la siguiente temporada. Era un sueño que Cris perseguía desde que era una niña.

Normalmente, nos alojábamos en hoteles, buscando la comodidad y cercanía. Pero esa vez, optamos por una cabaña alejada del bullicio con la esperanza de desconectar cuando no estuviese compitiendo. Irónicamente, esa improvisación nos había procurado un inesperado e inquietante descubrimiento que la afectaría, se hubiese masturbado o no.

Nuestra relación había comenzado hacía once años gracias a Alberto, mi mejor amigo por aquel entonces, compañero de cuarto en la universidad y que, recientemente, se había convertido en nuestro vecino. Alberto y yo habíamos sido amigos desde la escuela primaria y, como también él era aficionado al golf, conoció a Cristina durante un torneo amateur.

Él nos presentó, y Cristina y yo no tardamos en conectar. Nos casamos apenas un año después de que empezásemos a salir. Teníamos veintidós años y estábamos recién salidos de la universidad, pero a pesar de las reservas de que nuestros padres nos acabamos casando. Ahora, a los treinta y dos, llevamos una década juntos.

Según dicen, formamos la pareja ideal. Con su metro sesenta y cinco de altura y sus gafas de montura metálica, Cristina irradia una combinación muy sexy de mujer inteligente, culta y en buena forma. Su corte de pelo es elegante y práctico. Aunque corto, su cabello castaño enmarca un rostro caracterizado por unas grandes gafas redondas que le confieren un aire intelectual y sexy. Su complexión atlética combinada con una inusitada feminidad y confianza en sí misma la vuelven muy atractiva a ojos de los hombres.

A pesar de hacer tanto deporte, sus pechos no son nada pequeños, lo que desafía la imagen estereotipada y plana de toda deportista profesional. Tanto sus brazos como sus piernas lucen morenos y bien torneados, con músculos definidos fruto de incontables horas golpeando pelotas blancas bajo el sol.

Con un peso por debajo de los cincuenta y ocho kilos, Cristina era conocida por sus golpes que a menudo superan las 275 yardas, una hazaña impresionante para alguien de su tamaño, y que la convierte en una de las pateadoras más potentes de la liga.

En cuanto a mí, soy Alfonso y mido un metro ochenta y cuatro y tengo una complexión más bien delgada sin llegar a ser flaco, con hombros estrechos y desgarbados. No soy el tipo de hombre que llama la atención, ni para bien ni para mal; soy alguien sencillo, sin más, un contable en excedencia con aficiones sencillas. La mayoría de la gente opina que tuve fortuna al conocer a una mujer del carisma de Cristina y, honestamente, creo que tienen razón.

Mientras que todos nuestros amigos se adaptaban a la vida familiar y a las rutinas tradicionales, Cristina y yo elegimos un camino diferente. Su incansable búsqueda de una tarjeta de la LPGA internacional había consumido una década de su vida, quedándose a las puertas de lograrlo temporada tras temporada. Desde el principio, su objetivo había sido el mío, y la apoyé en cada paso hacia la gloria. Nuestra relación se construyó sobre la base de la amistad y de un profundo respeto por su drive, y la intimidad conyugal quedó en un segundo plano desde el primer día.

Además de los hijos, el sexo fue otra de las cosas de las que aprendimos a prescindir, reservándolo para aniversarios de boda, cumpleaños o los raros momentos en que hacíamos por sentirnos como una pareja normal, realizando un exceso amoroso antes de que Cris se centrara de nuevo en su carrera como golfista profesional, en una sucesión infinita de viajes y entrenamientos. A menudo, sus victorias en el Epson Tour se habían convertido en un momento de felicidad y euforia compartida y una especie de sustituto para el sexo.

El descubrimiento de la mazmorra sexual había introducido una novedad, una inusitada tensión entre nosotros que había permanecido latente durante demasiado tiempo. En los once años que llevábamos juntos, nunca había visto a Cristina tan emocionada con algo relacionado con el sexo. Aquel hallazgo ponía al descubierto tendencias e inseguridades que ninguno de los dos había reconocido y que, tal vez, habíamos preferido ignorar.

El cuarto secreto pertenecía a otro mundo, un espacio paralelo donde otros se entregaban a deseos que nosotros habíamos descuidado en nuestro matrimonio desde hacía tiempo. Cristina, absolutamente obsesionada con su carrera deportiva, solía mostrarse apática e indiferente respecto al sexo. Sin embargo, esa mañana había evidenciado una fascinación absoluta por aquella verga de goma, eso era innegable.

La enajenación con que Cris había contemplado la máquina, tan abstraída y curiosa que casi la había tenido que apartar de ella por la fuerza, se quedó grabada en mi cerebro. El inmoral interés de mi esposa por aquel falo negro fue una faceta de mi esposa que yo jamás habría creído de no haberlo visto.

Mientras seguía el fabuloso trasero de Cristina por el campo de golf, mi pensamiento regresaba de forma recurrente al tarro de grasa vegetal que aguardaba nuestro regreso. Y no era que estuviera deseando ponerme a cocinar, cosa que nunca haría con una manteca tan insalubre e insulsa, sino que ese producto me había traído a la memoria un video porno vintage.

Se trataba de “Fuck my ass with crisco please”, una famosa escena en la que una caliente MILF americana suplicaba a su pareja que utilizase ese mismo producto como lubricante a la hora de sodomizarla; aunque lamentablemente comprobé que la compañía alimentaria había logrado eliminar dicho video de todas las páginas web salvo una, tnaflix.

En efecto, el culo de mi esposa representaba una obsesión a la que había renunciado hacía tiempo. A sus treinta y tantos seguía siendo perfecto, grande sin llegar a resultar excesivo, sublime en su forma y firmeza. Por desgracia, Cris nunca me había permitido follárselo. Se trataba de algo banal que, no obstante, pareció recobrar importancia en aquel momento. Imaginé por un instante aquel despiadado artilugio penetrando el inexpugnable trasero de Cris, derribando su reticencia y tomando su última virtud sin contemplaciones.

Tanto ella como yo estábamos un tanto nerviosos. La ronda de Cristina en Sawgrass reflejó la inquietud provocada por el reciente descubrimiento, concluyendo en una de las peores actuaciones de su carrera. Obtuvo un setenta y nueve, el máximo de la temporada, su peor puntaje desde que se unió al tour nacional. Su concentración habitual se había esfumado. Además, el calor era brutal y la sofocante humedad de Florida consumía su energía con cada paso, el sudor humedecía la tela de su blusa, oscureciendo el rosa pastel mientras sus brazos brillaban bajo el sol implacable.

Entre golpe y golpe, mi esposa miraba al vacío como si su mente estuviera lejos del siguiente hoyo. Se precipitaba casi con cada golpe, como si quisiese escapar del campo lo antes posible. Se suponía que este torneo sería un éxito definitivo, la culminación de años de esfuerzo, pero algo parecía ir mal. Por muchas razones, todas ellas inconfesables, aquel fue un día que ninguno de los dos olvidaría jamás.

El camino de regreso a casa estuvo marcado por un silencio tenso. El olor a hierba se mezclaba con el sudor de Cris en el reducido espacio del vehículo. Entramos en el camino tras el breve viaje, pero al parar permanecimos en silencio, contemplando la vieja cabaña, una modesta construcción de los años 50 o 60.

El aire acondicionado del coche zumbaba a toda potencia, lanzando aire fresco a nuestras caras mientras estábamos allí sentados. Ninguno de los dos hizo ademán de salir. Ninguno de los transeúntes que pasaban por allí tenían idea de lo que se escondía detrás de las paredes de aquella cabaña. Cristina miraba al frente perdida en sus propios pensamientos, procesando su desastrosa primera ronda, o eso creía yo.

Cuando entramos en la cabaña, nuestros ojos se sintieron inmediatamente atraídos por la estantería abierta, la cual revelaba el hueco oculto exactamente como lo habíamos dejado antes de salir precipitadamente hacia el campo de golf: un vacío oscuro y omnipresente. Además, el olor a humedad del cuarto secreto se había dispersado en la sala de estar, adhiriéndose a las paredes e impregnándolo todo.

Cuando Cristina dejó la pesada bolsa en el suelo, el familiar sonido metálico de los hierros al chocar entre sí sirvió como recordatorio de su funesto día de competición. Por lo general, tras una ronda mi esposa iba directamente a ducharse. Sin embargo, esa tarde se dirigió a la cocina sin haber dicho ni una sola palabra desde que habíamos subido al coche.

Permanecí un momento allí de pie, pero luego me senté en el sofá y encendí la televisión para que el ruido llenara aquel incómodo silencio. Escuché traqueteo de botellas procedente de la cocina, y el familiar tintineo de cristalería.

Momentos después, Cristina regresó con un par de copas del vino rosado que habíamos traído de casa y que, supuestamente, estaba reservado para una deseada celebración, pero que al parecer tendría una finalidad diferente. Me entregó una copa a medio llenar y se llevó las suya, rebosante, a la boca. El vino temblaba peligrosamente cerca del borde en sus manos nerviosas.

— En fin, qué le vamos a hacer, ha sido un día de mierda… —dijo al cabo.

El desparpajo habitual de mi esposa emergió al recostarse a mi lado en el sofá, fulminando la tensión entre nosotros con una mueca y una mirada indescifrables. Se acurrucó junto a mí tras haber reconocido su decepcionante primera ronda y sin ganas de añadir nada más. Al reclinarse, unas gotas de vino se derramaron sobre el borde de su copa, empapando su blusa y mezclándose con los cercos de salitre y sudor.

— Mañana te recuperarás —dije tratando de alentarla, pero ambos sabíamos de sobra la remota probabilidad de que tal cosa ocurriese después de una ronda tan desastrosa. Era prácticamente imposible, necesitaría un milagro para superar el corte. Cabizbajos, guardamos un elocuente silencio. Ambos sabíamos que al día siguiente haríamos las maletas y regresaríamos temprano a Orlando.

Desde el sofá se vislumbraba la oscura rendija a la derecha del televisor, una presencia callada que no obstante ninguno de los dos lograba ignorar del todo. Intenté iniciar una charla intrascendente con planes para la cena, la velada que se avecinaba, cualquier cosa que evitase que mi esposa pensase en lo que ambos sabíamos que pensaría. Dejando eso aparte, había una verdad que pesaba sobre Cris como la losa de una tumba: esa había sido su última oportunidad de entrar en el tour internacional, la Ladies Professional Golf Association.

Nuestras ganancias en el Epson Tour apenas cubrían los gastos, cada torneo era un arduo reto que apenas dejaba lo suficiente para seguir adelante. Desafortunadamente, éste era especial. Marcaba el final del plazo de diez años que habíamos acordado cuando nos casamos, un plazo que había alcanzado su fecha de vencimiento.

A los treinta y dos años, su mejor golf había quedado atrás. La competición era cosa de jóvenes. Si no lo había logrado ya, nunca lo haría. El golf pasaría ser un pasatiempo de fin de semana, un juego que seguiría dominando contra los gallitos locales, pero nunca más condicionaría su día a día. Cris tendría que encontrar un horario estable y práctico de nueve a cinco y comenzar el inevitable proceso de dejar atrás el sueño que la había ilusionado todos estos años.

Mi maravillosa esposa comenzó a beber largos y decididos sorbos de vino, cada uno más amplio que el anterior. El peso de la decepción la golpeaba. Finalmente, el sueño que había forjado su vida se había desmoronado, y no por un mal swing o un putt fallado, sino por una de las tarjetas más decepcionantes de toda su carrera.

Lo extraño era que aquella catástrofe hubiese coincidido con el hallazgo de aquel impresionante artilugio sexual, y la sospecha de que ello hubiese hecho descarrilar su carrera deportiva de una manera que ninguno hubiésemos sospechado jamás. Cada sorbo parecía intensificar la humillación, la sensación de hundimiento, de haber perdido la última oportunidad de conseguir aquello por lo que había trabajado tan duro durante tanto tiempo.

En cuestión de minutos, mi esposa había bebido lo que normalmente le habría durado una noche entera y, al no estar acostumbrada a beber alcohol tan rápido, su pequeño cuerpo parecía aún más inestable. Normalmente, Cris era una bebedora ligera y social, nunca así, ni siquiera después de otros días malos.

Sentada en el sofá, hizo girar lentamente el vaso vacío en sus manos, las yemas de sus dedos recorriendo distraídamente el borde mientras miraba el hueco oscuro abierto tras la estantería. Su silencio se sentía aún más opresivo de lo habitual, y cada pensamiento no expresado incrementaba el peso de su desasosiego. Y lo peor era saber que no se trataba solo de esa frustrante primera ronda.

De pronto, Cris se levantó del sofá y se dirigió de nuevo a la cocina. El viejo suelo de madera crujió bajo cada paso de los zapatos de golf que aún no se había quitado. Volví a oír el ruido de la botella al verter su afrutado contenido y el suave golpe de la puerta del frigorífico al cerrarse.

Cuando Cris regresó, sólo llevaba una copa. Esa vez el contoneo de sus pasos fue ostensible, deliberadamente provocador. Su copa de vino volvía a estar hasta el borde. Ya no se trataba de una simple bebida, sino su manera para mitigar la tristeza, y una medicina para afrontar lo que planeaba hacer.

En lugar de sentarse, Cris comenzó a deambular. Sus pasos desiguales adolecían de un ligero tambaleo a causa del alcohol. Costaba dilucidar si el movimiento de sus caderas era deliberado o no, pero daba la impresión de seguir un camino que hubiera trazado previamente.

Se encaminó rumbo a la vieja estantería a la izquierda del televisor, aunque solamente para dar un rodeo y deslizar los dedos de la mano sobre los lomos de los libros con fingido interés. Demoró el paso, golpeando con un par de dedos algunos de los títulos. No por afán de notoriedad, sino para retrasar el inminente final de aquel rodeo.

Tras cruzar frente al estúpido televisor, mi fascinante mujer llegó a la entrada del sombrío cuarto secreto y se detuvo. Era como si aquel umbral la atrajera de un modo irresistible, como un imán invisible que la guiara hacia delante con una fuerza silenciosa e inexorable. Cristina tomó un último y largo sorbo de vino antes de desaparecer en las sombras tras la estantería.

Un momento después, la luz parpadeó, arrojando su tenue y errático resplandor a la entrada de la guarida. Permanecí inmóvil en el sofá a pesar del clic del interruptor, pensando a toda velocidad e intentando darle sentido a lo que estaba sucediendo.

Mi esposa, sexualmente distante y reservada durante todo nuestro matrimonio, se mostraba ahora completamente fascinada por aquella maldita máquina. La inquietud se apoderó de mi pecho, hiperventilaba y el corazón me latía febrilmente. La acuciante necesidad de hacer algo me obligó finalmente a ponerme de pie.

Caminé de modo vacilante a través de la sala de estar, sudando profusamente con cada paso, y me quedé de pie en el umbral. Mis ojos se adaptaron a la siniestra luz amarillenta de una bombilla forrada con el polvo de dos décadas. Tenía frente a mí lo que esperaba tener. Allí estaba Cristina, con su copa de vino en la mano, la mirada clavada en el dispositivo con una intensidad idéntica a la de aquella mañana, mayor, intensificada por el vino que en ese instante le corría por las venas.

Mi mujer se había bebido la mitad de su segunda copa de vino, y ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba tras ella. Completamente absorta en la contemplación del imponente artilugio, luchaba por reconciliar a la mujer sensata, disciplinada y reservada que creía ser.

Desesperado por necesidad de anunciar mi presencia e intervenir de algún modo, mi mente buscó algo que decir. Las palabras escaparon con naturalidad de mis labios.

— ¿Vas a probarlo?

Al oírme, Cris se dio la vuelta súbitamente y casi derramó su vino.

— Dios mío, es jodidamente enorme —declaró con una mezcla de inquietud y asombro.

Escuchar aquellas palabras salir de su boca me partió el alma. No había intentado ocultarlo; la curiosidad estaba ahí, en sus ojos, sin reticencia, innegable. El arrepentimiento de haber preguntado me invadió casi al instante. Desvié la vista para no mirar directamente el enorme consolador, como si ignorarlo pudiera hacer que no existiese.

Como una universitaria que hubiera dejado atrás todas sus inhibiciones, Cristina bebió el resto de su vino de un trago, el singular traqueteo colmaba la pequeña estancia. Me entregó el vaso vacío como si yo fuera un simple camarero, sin apartar los ojos del aparato.

— Al diablo... —concluyó con resolución, respondiendo así a mi anterior pregunta.

Decidida, tomó una de las toallas blancas de la mesa, cuyo grosor revelaba que se trataba de algodón de calidad y, con movimientos ágiles y expertos, la abrió de golpe y la colocó sobre el ajado tapizado del potro, alisándola luego con la palma de las manos. La toalla, con clara finalidad higiénica, poseía un toque perturbador y extrañamente detallista, el emblema del complejo turístico. Luego, con la misma indiferencia con la que se toma una servilleta, Cris cogió un condón de la cesta. Sus movimientos fueron tan rápidos, decididos y seguros que me quedé mudo de la impresión.

Cristina se volvió hacia mí con una sonrisa juguetona y el aroma del vino en su aliento.

— No había visto uno de estos en mucho tiempo—, bromeó, sosteniendo el condón entre el pulgar y el índice.

El envoltorio plateado captó la luz y las letras XL relucieron para burlarse de mí. Un tamaño destinado a unos hombres a los que no tenía ninguna esperanza de igualar. Al igual que la toalla, el condón había sido colocado allí deliberadamente, una oferta silenciosa para mujeres frustradas y parejas dispuestas a experimentar con aquel diabólico artilugio.

Lo abrió con el desdén de una universitaria achispada, en un incómodo intento de suavizar el trance mediante una actitud casual y burlona, que tuvo el efecto contrario. Cada movimiento y mueca de Cris solo hacía que ponérmela dura, llevando al límite mi incomodidad. Ella fingía no darse cuenta, o simplemente era lo que menos le preocupaba en aquel instante. Concentrada, extrajo el condón del envoltorio y lo revisó.

— A ver si me acuerdo... —dijo, francamente divertida.

Con todo, una brizna de vacilación se asomó con cautela en el brillo de sus pupilas. No habíamos usado condón desde la universidad, y ni siquiera entonces había sido ella la encargada de colocarlos. Se puso a ello con manos torpes, pero decididas. Se detuvo allí, evaluando el tamaño de la verga una última vez antes de comenzar la sobrecogedora tarea de envolverla en látex.

Me desconcertó la lenta y meticulosa precisión de sus dedos, con un deleite que me traumatizó. El gran tamaño del consolador en contraste con sus delicadas manos de un modo que era imposible de pasar por alto, cada centímetro de la goma negra me sumía más y más en una sensación vergonzante.

Cris hizo una breve pausa y luego estiró el condón para hacer que la abertura fuera lo suficientemente grande como para que el glande de la bestia cupiera dentro. El cilindro de goma se mantuvo obstinadamente firme y el látex se tensó como una prenda ajustada. Las cejas de mi esposa se fruncieron en señal de concentración y esfuerzo, hasta que finalmente el látex se ajustó a la perfección sobre el glande y Cristina exhaló con alivio.

— ¡Wow! —la incredulidad de su voz permaneció en el aire.

Mi mente se colmó de pensamientos sobre cómo esa monstruosidad podría caber dentro de mi mujer. Se antojaba improbable que pudiese soportarlo, pero yo conocía muy bien la naturaleza competitiva de Cristina y, para ella, aquello supondría un reto, un desafío para su fuerza de voluntad, y eso era precisamente lo que más miedo me daba, ya que en su afán de superación, Cris era capaz de llevar las cosas demasiado lejos.

Vaciló un instante en que sus dedos titubearon sobre el colosal juguete, consciente de que éste habría follado a decenas de mujeres curiosas e intrépidas como ella; aunque Cristina en seguida comenzó a desenrollar el condón con resolución, cubriendo cada espantosa vena hasta que el látex se acabó y aún dejó al aire unos cuantos centímetros de rabo negro.

Sus manos agarraron la verga, meneándola alegremente adelante y atrás en una alegoría de masturbación. A pesar de mostrarse muy ufana, Cristina no alcanzaba a envolver toda su extensión, ni siquiera con ambas manos. La falta de congruencia entre éstas y el voluminoso consolador me dejó consternado.

Aún siendo XL, el condón se veía tan tenso que parecía que reventaría en cualquier momento. Entonces Cristina se detuvo a admirar su obra de arte y, mordiéndose la comisura de los labios, se levantó la falda lo suficiente como para pasar un par de dedos bajo el elástico de sus bragas de algodón y bajarlas hasta las rodillas. El bronceado de sus piernas estaba delimitado por una clara línea a mitad de sus muslos, a partir de la cuál, su piel era tan pálida como la nieve.

La sencillez y funcionalidad de su ropa interior decía mucho sobre nuestra menguada vida sexual, de la progresiva falta de pasión y sexo de nuestro matrimonio. Mi mujer se tendió con cautela sobre el potro, que resultó ser algo bajo y la obligó a separar las piernas un tanto, lo que hizo que sus bragas se tensaran paralelas al suelo de hormigón.

Maniobró con cuidado, vacilante y concentrada como si caminase por un callejón oscuro. Sus manos se agarraron con fuerza a los costados para mantener el equilibrio mientras se acomodaba, con todo su peso sostenido ahora por el trapecio de madera. Cristina se inclinó hacia atrás poco a poco, con renuencia, súbitamente consciente de la vulnerabilidad de su postura.

Yo seguía petrificado junto al vano de la puerta, con la mirada fija en ella. Dejé de contemplar su trasero para fijarme en sus zapatos de golf, con briznas de hierba entre las púas y restos de tierra en los tobillos de ese último golpe en el búnker, en el hoyo dieciocho.

— Estoy muy nerviosa, sabes —admitió, mirándome con vacilación a través de las gafas.

En esa posición, con el trasero en alto, el enorme consolador permanecía fuera de su vista, bloqueado por sus propias caderas. Su expresión era una mezcla de aprensión y anticipación, pero traslucía esa mirada tan suya al enfrentarse a un desafío.

Cris me miró con picardía una vez más antes de echarse hacia atrás, movimiento que reveló la formidable definición de los músculos de sus piernas que, sin duda, eran la fuerza detrás de su meritoria carrera deportiva.

Por su parte, el artilugio permaneció suspendido en horizontal, con una solidez absoluta y el rotundo glande apuntando directamente entre sus piernas. Solo unos escasos centímetros lo separaban del palpitante sexo de mi mujer, con los oscuros rizos de su pubis que no habían visto una cuchilla de afeitar en años.

El alcohol y la excitación la habían transformado en una persona completamente diferente, un espíritu joven y libre de las inseguridades que la habrían atenazado de estar sobria. Parecía incluso demasiado cómoda con aquello, encantada con lo que estaba a punto de suceder.

— Espero estar bastante mojada —dijo, burlona.

Su calma no dejaba lugar a dudas. Mi posición como mero espectador no quitaba que mi corazón latiese con fuerza, palpitando en mi pecho mientras la incertidumbre se enroscaba a mis entrañas. Mi dedo índice se cernía sobre el interruptor rojo mientras me preguntaba cómo sería nuestro matrimonio después de aquel trauma.

Resoplé con fastidio, bastante molesto con la fascinación de Cristina, visiblemente ansiosa por descubrir algo nuevo y experimentar con lo desconocido. Tenía que apretar el dichoso botón, pasando de ser un mero observador a un cómplice necesario, tan culpable de cometer aquella locura como ella misma.

Mi reticencia a participar me llevó a posponer el momento y me sirvió de inspiración. Retiré el dedo que ya tenía sobre el pulsador y me acerqué a la mesa. Ante la atenta mirada de mi esposa, retiré el precinto del tarro de Crisco y hundí un par de dedos en la inmaculada capa de grasa blanca, que apenas despedía un ligero olor a rancio después de tanto tiempo allí.

— Es alucinante, ¿eh? —declaró Cris cuando me vio lubricar el enorme falo, no sin una pizca de curiosidad y deseo— ¿Crees que Alberto la tendrá así?

Mi esposa había tardado en quitarse la máscara, pero ahí regresaba su recurrente fantasía con nuestro amigo y vecino.

Obviamente yo sabía de buena tinta que el mulato estaba bien dotado, pero otra cosa muy distinta era que estuviera dispuesto a comentar con mi esposa lo del pollón de Alberto, y tirar así piedras a mi propio tejado. Ya tenía suficiente con haber hecho refulgir el miembro viril negro con mis propias manos, pues el calor del frotamiento fundía rápidamente la grasa vegetal y ésta brillaba ahora como la carrocería de un coche nuevo que cautivaba a mi caprichosa esposa.

Una vez perpetrada mi contribución a facilitar las cosas y mostrar mi beneplácito, volví a poner el dedo sobre el pulsador. Lo hice consciente de que aquella experiencia cambiaría unas cuantas cosas entre nosotros, si bien ella misma era la verdadera responsable, la instigadora de aquel desenfreno sexual en el que estábamos a punto de sumergirnos.

El tiempo pareció ralentizarse mientras luchaba con la visión de Cristina reclinada sobre el maltrecho plinto de madera y cuero. La blusa rosa se pegaba a su cuerpo a causa de la sofocante humedad de Florida y su propia transpiración, acentuando en contorno de sus pechos.

Su fabuloso trasero, echado hacia atrás, dejaba sus orificios completamente expuestos; visión que incitó a que otro pensamiento pecaminoso se abriera paso en mi mente. Al igual que su gruta se abría con labios hinchados y melosos, también el ano de mi esposa se mostraba dispuesto a recibir su parte del botín. De modo que, en un alarde de autocomplacencia, me dije que si ella no parecía reprimir su deseo de entregarse a aquel rabo negro, por qué debía contener yo las ganas de gozar de su fenomenal culazo.

Cris tenía las piernas bien abiertas y los zapatos de golf todavía puestos, ya que su arrebato libidinoso no se le había pasado por la cabeza quitárselos. Unas gotas de rocío se condensaban en torno a un clítoris que resaltaba con determinación ante lo que se le venía dentro. Si por lo normal era una mujer tímida y reservada, el vino la había despojado sus miedos e inhibiciones, transformándola en una señora alocada y atrevida.

Su sonrisa complacida y maliciosa al sentir mis dedos rebañar el licor destilado por su sexo dio paso a una mueca de estupor cuando mi dedo corazón, el más largo, penetró su esfínter con total alevosía e impunidad.

— ¡¡¡OGH!!!

Fue un gran sollozo, sí, pero no me pareció que manifestara protesta ni desagrado, sino la lógica sorpresa, el susto de que su bien amado esposo le hubiera metido un dedo en el culo. Conmocionada, Cris se agarró al acolchado del potro y empezó a hiperventilar, percibiendo que aquel intruso no permanecía inmóvil, sino que acto seguido daba comienzo a un cadencioso e inexorable vaivén.

— Intenta relajarte, querida —dije con sorna, pues aunque mi dedo estaba bien lubricado y entraba y salía a la perfección, podía notar como su poderoso esfínter lo apretaba, ciñéndose al superar una y otra la gruesa unión interfalángica.

— ¡Aaah!

Ahí estaba, aquella mojigata que siempre se había opuesto a cualquier práctica anal, gozando de forma ostentosa con mi dedo. Continué follándola metódicamente, metiendo y sacando mi dedo a fondo, con una determinación que sólo podía conducirla a un lugar; su trasero abriéndose de forma gradual a la profanación, entregándose con pasión a la sodomía hasta que repentinamente un clamoroso orgasmo la hizo estremecerse de pies a cabeza y jadear como la más distinguida de las cerdas.

¡¡¡PLASH!!!

Aquel descubrimiento, el hallazgo de un clímax puramente anal, se merecía una celebración que, dado el lugar, no podía ser otra que una estrepitosa y sonora nalgada. Jamás había visto así a mi esposa, tan entregada, excitada y fuera de sí.

Detrás de las gafas de mujer culta y sofisticada sus ojos me suplicaron más, seguir dándole de aquello tan maravilloso, pero no, era hora de ser valientes y accionar el interruptor de una vez. Por fin iba a resarcirme del férreo racionamiento sexual que mi esposa me había impuesto durante los últimos tiempos; de decenas de “tengo sueño”, de “nos van a oír” y “Ay, no seas pesado”.

Así que no voy a negar que disfrutara como un niño al colocar el artilugio en la mismísima vulva de Cristina, con una precisión fría y perversa. Al igual que luego, cuando lo accioné y el clic cortó el sepulcral silencio de la mazmorra.

La máquina echó a funcionar con un zumbido cíclico y despiadado. El tiempo pareció dilatarse en tanto la varilla de metal se extendía y un siseo hidráulico acompañaba el movimiento del grueso miembro de goma dentro de Cris, extendiéndose y penetrándola.

La invasión le provocó un estremecimiento, una brusca e involuntaria sacudida simultánea al pasmo de su rostro; un estupor que no era nuevo, pero sí más amplio, exigente e imperioso; un desafío para su feminidad que no cesó hasta que la varilla retrocedió vaciando su vagina, solo para comenzar un nuevo avance constante, un ciclo mecánico.

Unos segundos después el dispositivo mantenía el ritmo, pero mi esposa no. Al colocarlo, no me había dado cuenta de que el chisme saldría completamente de ella en cada vuelta, repitiendo la invasión inicial. Debía adelantar la máquina para detener aquella tortura, aunque ello implicase que el dildo negro alcanzase aún más profundidad.

La mejoría fue tal que el consolador pronto estuvo recubierto de los fluidos blanquecinos y pringosos que manaban de mi esposa. Unos tibios gemidos se deslizaron de sus labios, acompañando el zumbido de la máquina como una amante complacida con el imponente tamaño de éste y su vaivén enloquecedoramente rotundo, constante y repetido.

Sin darme cuenta, me sumí en un trance hipnótico, asumiendo que los dogmas de mi esposa se estaban viendo afectados. Ella se mostraba gustosa al respecto, pero yo no estaba preparado para semejante humillación. La arrogancia del consolador, casi tan ancho como su muñeca, carcomía mi autoestima; cada precisa arremetida aumentaba un sinsabor dentro de mí. Sus gemidos se tornaron más profundos a medida que empezó a sincronizar el contoneo de su pelvis con el ritmo de la máquina, poniéndomela durísima.

— ¡Más! ¡Mas! —jadeó Cristina con la voz espesa, la boca colmada de sollozos y una desesperación que nunca había escuchado antes.

“¡La muy zorra no tenía suficiente!”, una exigencia que me compelía a hacer algo.

Alcé una pierna para situarme a horcajadas sobre el infatigable artilugio, tras el formidable y casto trasero de mi esposa. No tenía claro si la máquina era mi peor rival o mi mejor aliada, pero sí que supondría un desafío para ambos. Se me formó un nudo en la garganta cuando contemplé su esfínter y pensé en las consecuencias de lo que me hallaba a punto de hacer, en el peligro de romper algo más que el culo de mi esposa, nuestro matrimonio.

— ¡Hazlo de una vez! —exigió en tono más agudo, autoritario y presuroso, sacándome así de mi aturdimiento; con una desesperación que nunca le había escuchado— ¡Métemela!

Cristina, que apenas gemía cuando hacíamos el amor, me imploraba que arruinase su último resquicio de virtud. Aquel desvarío por su parte me indignó, me ofendió como hombre e infundió valor para, sin pensar lo que hacía, extraer mi miembro del pantalón y ensartarla analmente sin miramientos.

Su orgasmo fue fulminante, instantáneo, clamoroso, inesperado, prolongándose en el tiempo gracias a la incansable y desinteresada colaboración de la máquina, al estrambótico alboroto que un dúo de erecciones causaba en su ser. La faz de Cristina era todo un poema, la viva imagen de un espanto que nada tenía de fantasioso, después de todo la estaban enculando y follando a un tiempo, una doble penetración, algo inconcebible, inaudito en una mujer con tanto carisma.

A pesar de mi esfuerzo por contenerme y prolongar todo lo posible aquella primera y trascendental sodomía, sus respingos y temblores, sus improperios y alaridos terminaron venciendo mi renuencia a eyacular e inaugurar el culo de Cris con una buena corrida y, con un gruñido, anuncié la oleada de esperma que estaba a punto de inundar su recto.

Persistí, embestí con ahínco, yendo y viniendo entre las nalgas de Cristina hasta hacer rebosar el esperma en torno a mi insistente pistón mientras ella gritaba y gritaba, corriéndose conmigo.

Sus ojos estaban fuertemente cerrados, la expresión contorsionada mientras luchaba por procesar el abrumador placer que la recorría. Cada golpe preciso de la verga mecánica la hacía tensar los dedos; hundía las uñas en los bordes deshilachados del potro, aferrándose desesperadamente, tratando de sobrellevar el implacable ataque.

— ¡Joder! —gritó a pleno pulmón, la voz temblorosa mientras, con una pierna levantada y la otra temblando mientras se sacudía sin control a cada espasmo orgásmico— ¡Joder, Alberto! —vociferó dando rienda suelta a su fantasía y dejándome perplejo— ¡Párala, por dios! —suplicó antes de quebrarse— ¡Oh, mierda, otra vez…! —clamó apretando los dientes y echándose a temblar de forma cruda y desenfrenada.

“Alberto”, habia dicho “Alberto”. Y aquel nombre me golpeó en el pecho como un mazo mientras Cristina gritaba el nombre de mi amigo y vecino, de aquel que nos había presentado hacía once años. “¿Habría oído bien?”, me cuestioné a mí mismo esperando estar equivocado. Y lo absurdo se hizo evidente, sobre todo la facilidad con la que su coño se había tragado un consolador de veinte centímetros; el temor con el que siempre había convivido; un recelo que había permanecido latente todo el tiempo.

Me flaquearon las piernas y, sin darme cuenta, extraje mi miembro de su culo, lo que fue inmediatamente seguido de un inesperado torrente lechoso procedente del interior del maltrecho agujero de Cristina; mejunje que fue a derramarse sobre sus propias bargas.

El vahído hizo que tuviese que aferrarme instintivamente a sus caderas, mi estómago revuelto repentinamente. Recién salía del paraíso de su trasero, me veía sumido en una pesadilla.

CONTINUARÁ.

Referencias:

— Fairway Fantasies, de HungTalesFL, en Lushstories.