María intercambiada en un coche - Completo (16)
Sara creía tener el control total sobre la trampa tendida a su esposo, pero lo que no esperaba era que la detective encargada de vigilarlo no solo hubiera fallado en su misión, sino que hubiera encontrado en él la llave de sus propios demonios sexuales.
María y yo nos miramos con los ojos fuera de las órbitas. Ella por el miedo y yo por la sorpresa.
¿María hablaba con Sara?, me pregunté, aturdido. Joder, ¿era ella con quien había estado intercambiando mensajes todo el tiempo, aunque había negado hacerlo cada vez que le preguntaba? ¿De qué coños se conocían las dos? Y, peor que todo lo demás: ¿por qué no se me había ocurrido quitarle el móvil en toda la noche? Tal vez fue porque quedaba algo de buena persona dentro de mí… o de gilipollas… me corregí.
—¿¡Qué… coños…!? —alcancé a tartamudear.
María siguió en silencio con expresión de horror, por más que la hubiera agarrado de ambos brazos y la zarandeara para que dijera algo. De pronto, su mirada voló por encima de mi hombro y, al instante, unos golpes de nudillos en la ventanilla de mi lado interrumpieron la escena que se desarrollaba en el habitáculo del coche.
Giré la cabeza al tiempo que el chivato de la apertura de puertas anunciaba que estas habían sido desbloqueadas. Sara abrió la de mi lado y, orgullosa, mostraba la copia del mando a distancia de su coche en una mano… Y un punzón perfectamente afilado en la otra.
El punzón con que habían pinchado las cuatro ruedas de mi coche la madrugada anterior, no me cupo la menor duda.
—Buenos días, querido…
Mostraba una sonrisa de hiena, con una mueca parecida a la que María había aprendido de mí durante las horas en que habíamos convivido en aquel auto.
—En fin, cariño… —prosiguió—. Por hoy la función ha terminado. A partir de ahora, vamos a disfrutar de tu estreno como actor porno… ¿Te importa mirar hacia el parabrisas delantero y saludar a las dos cámaras que hemos instalado María y yo, una en cada esquina, para que no se pierda ningún ángulo de la acción? Puedes saludar a los espectadores de esta magnífica producción. Y, por cierto, no te molestes en cargártelas por uno de esos enfados que sueles cogerte. Las grabaciones no se guardan en ellas, sino que suben directamente hacia las nubes. Maravillas de la tecnología —Rió a carcajadas el chiste, encantada de oírse a sí misma.
Giré la cabeza hacia mi alumna, que en esos momentos componía su vestimenta en silencio y con los labios apretados, dejando para el final los mocasines de niña buena que se había quitado al inicio de la noche y que no se había vuelto a poner más que para ir de copas.
—María… ¿tú y Sara…? Joder, cielo… ¿qué me has hecho…? —casi gemía—. ¿Así que ese era el secreto del puñetero parabrisas? Me has engañado como a un puto gilipollas…
Pero ella me rehuía y no decía nada… Se colocaba los zapatos y miraba al suelo. El pelo le había caído sobre la cara y esta vez lo había dejado allí, ocultándola de mi mirada acusadora.
—Tranquilo, Marcos… —quiso aclararme Sara—. Tengo que explicarte algo, querido: María no es una de tus preciosas alumnas… sino una excelente detective privada que he contratado para que prepare el material que va a permitir mi venganza por tus mentiras. Han sido demasiados años de engaños con esas chiquillas de las que te has aprovechado, abusando de tu posición de autoridad.
—Joder, María… di algo, por favor… —la agarré de un brazo, desesperado, pero ella se soltó con un sutil giro del hombro. ¿Había dicho Sara que era una especie de agente secreto? ¿Era por eso que manejaba las artes marciales como una auténtica ninja?—. Dime que no es cierto… Por dios, cariño, tú sabes que esta noche me has cambiado para siempre… Ya no soy el que era… No puedes dejar que Sara haga lo que dice… destrozará mi vida… La vida que quería vivir junto a ti a partir de esta noche…
La mirada de María se cruzó con la mía una fracción de segundo. En ese tiempo me pareció notar que sus ojos se hallaban acuosos. Pero no pronunció palabra alguna en voz alta. Con los labios, creí entender que articulaba un «perdóname» que solo yo pude ver. Aunque tal vez solo lo imaginé.
Acto seguido, salió a la calle y, abriendo la puerta delantera del familiar, se acomodó en el asiento del copiloto.
—¡Déjala…! —amenazó Sara mostrando el punzón—. No se te ocurra tocarla ni un pelo, ¿me oyes?
Reparé en su vestimenta y la imagen de la voyeur de unas horas antes se materializó ante mí. Y entonces comprendí que Sara había sido espectadora privilegiada de todo lo que había ocurrido entre María y yo aquella madrugada.
—Joder, María… Tú sabías que la mirona era Sara y no dijiste nada… —dije, aunque era como si le hablara a una roca imperturbable.
En efecto, Sara había sido espectadora minuto a minuto. Segundo a segundo. Y en primera línea, a través de su móvil, con toda seguridad. ¿Habría gozado viendo las escenas que habíamos recreado para ella? ¿Habría llegado a masturbarse como solía hacer cuando chateábamos los dos? Seguramente era así. Su expresión serena denotaba una relajación sexual que la delataba.
—Y ahora bájate de mi coche… y de mi vida… —puntualizó la que ya veía como mi exmujer—. Creo que entenderás que tendrás noticias de mi abogado. Y de tus superiores, por supuesto. Tu carrera hacia la cátedra de Derecho se ha esfumado por tu debilidad a la hora de mantener la bragueta cerrada.
Me bajé del familiar con las pocas pertenencias de mi propiedad que en él había y me quedé allí de pie, observando como las dos mujeres a las que más quería y admiraba se alejaban del aparcamiento donde se había representado el final de mi trayecto profesional… y político.
Adiós a mi carrera. Adiós a mi vida.
Cap. 19 – CONVERSACIÓN DE CHICAS
Tan pronto como las dos mujeres se acomodaron en el coche, Sara arrancó y salió disparada hacia la salida que bordeaba la gasolinera 24h.
María observaba como la imagen de Marcos se reducía en el espejo retrovisor de su lado. Una mano invisible estrujó su corazón. Respiró profundo un par de veces y la alumna inocente desapareció por completo. En su lugar, la profesional detective surgió y tomó el control.
—Gracias… —dijo con el tono más firme que pudo fingir—. Si hubieras tardado cinco minutos más no sé qué habría pasado.
—¿Tan mal te encontrabas? —Sara giró la cabeza y la miró un instante—. ¿No hubieras podido resistirte si él lo intentaba?
—La verdad es que… no lo sé… —María suspiró.
Sara cabeceó demostrando decepción.
—Si te digo la verdad… —comenzó una queja, pero enseguida cambió de actitud y rehízo la frase—. Mira, María, no quiero que te ofendas, pero de verdad que no sé cómo te han asignado para un caso de este tipo. Una chiquilla de veintiún años, por dios… No me parece correcto todo lo que has tenido que soportar esta noche solo por tu trabajo…
—Bueno, no debes creerte todo lo que te digan o veas… las apariencias a veces engañan.
María había sonreído, pero su sonrisa no era franca, sino más bien triste. Sara guardó silencio, tan solo parecía interrogar con la mirada.
—Me refiero a la edad… —la detective hablaba mirando al frente—. No tengo veintiuno, te lo aseguro… En un par de meses cumpliré veintinueve.
—¿Lo dices en serio…? —se extrañó Sara—. Pero tu ficha de la universidad dice…
—Tan falsa como otras muchas cosas —le cortó María—. La ficha es parte del attrezzo de la historia. Ya te he dicho que las apariencias engañan. Y sí parezco una niña que no ha salido del cascarón… Es justo por mi aspecto infantil por lo que me eligieron para este caso…
Sara pareció comprender.
—Aun así… —cavilaba en voz alta—. Tener que pasar por una sesión de sexo… real… por trabajo… Es algo asqueroso… No me parece agradable para nadie, incluso para una detective.
—Tranquila, son gajes del oficio… No te sientas mal por ello. No ha sido la primera vez, ni será la última.
Sara paró en un semáforo en rojo. Miró a María y le hizo una pregunta que le había rondado durante toda la madrugada.
—De todas… formas… —improvisaba, titubeante, le costaba articular las palabras que le quemaban por dentro—. Con las primeras imágenes… me refiero a la… felación… Había material de sobra para la denuncia… ¿Por qué te quedaste con él toda la noche? ¿Por qué… no seguiste el plan? Muchas cosas de las que han pasado han sido porque tú las has querido… incluso buscado… Lo sabes, ¿no?
María tragó saliva y asintió.
—Sí, lo sé… Y también sé que mereces una explicación por ello…
El semáforo cambió a verde, pero Sara no arrancó.
—¿Quieres que busquemos alguna cafetería y lo hablemos? —propuso—. Podemos aprovechar y tomarnos un buen desayuno, yo invito… ¿Qué te parece?
—Sí, creo que debemos hablarlo despacio —repuso María—. Me parece genial.
El coche de Sara se deslizó en silencio por la avenida.
*
Unos minutos después se hallaban acomodadas en una espléndida cafetería a la que los más madrugadores empezaban a acudir en busca del desayuno que les permitiera arrancar el día. Habían elegido una de las mesas del fondo, donde podían hablar sin ser molestadas. Una camarera les tomó las comandas y las dejó a solas. Sara decidió comenzar la conversación con algún comentario intrascendente.
—Fue una suerte que anoche lloviera como lo hizo, ¿verdad? Te dio la excusa perfecta para subirte a su… a mi coche, quiero decir.
—Sí, ya lo creo, la lluvia fuerte me lo puso tan fácil que casi no podía creerlo.
—¿Qué habrías hecho de no haber llovido?
—Algo se me hubiera ocurrido, te lo aseguro… —María vio llegar a la camarera y se detuvo un instante mientras les servía los desayunos. Luego, prosiguió—. A los detectives nos pagan para algo más que seguir a la gente y tomarles fotos. Una de las cosas con las que aportamos valor es con la imaginación… La capacidad de improvisar… inventar salidas sobre la marcha… te puedes hacer una idea…
—Sí, lo imagino…
Ambas atacaron las delicias que les habían servido. Se veía que María estaba hambrienta. Sara la observaba curiosa y sonreía para sí.
—Y, además, no había una segunda oportunidad… —María sonrió, el desayuno empezaba a hacer efecto en su estado de ánimo—. No podíamos dedicarnos a pinchar las ruedas al coche de tu marido día sí, día no...
Rieron a coro.
—Por cierto, fue una gran idea lo de montar las cámaras en el coche. —alabó Sara—. ¿Fue tuya?
—Sí, fue mía… gracias…
—¿No habría sido más fácil montarlas en una habitación de hotel, una casa…?
—Bueno, eso estaba previsto también. Tenía cámaras preparadas en el supuesto piso de mi novio, por si acabábamos allí. Pero ha habido casos donde el infiel no ha querido subir a una casa ajena. Te asombrarías de lo perspicaces que son los tíos… No se fían de nada ni de nadie. En un espacio familiar, como el coche de la esposa, hay muy pocos que se sientan inseguros… y ahí se les caza muy fácilmente…
—Ya veo…
—Además, ya lo hablamos, tu coche es grande y cómodo… Había espacio para todo…
—Sí, eso ha quedado probado…
Las dos mujeres rieron de nuevo, cómplices. Sara creyó que era el momento de retomar la pregunta que había quedado en el aire unos minutos atrás.
—Dime, María… —volvió a buscar las palabras adecuadas—. ¿Por qué no lo dejaste tras la felación…? Estaba a punto de hacer mi aparición… Pero justo en ese momento me llegaron tus mensajes… Tuve que agacharme y bordear el coche casi a gatas para que Marcos no me viera. No entendí nada… Habías llegado al portal, como acordamos. Solo tenías que esconderte dentro y volver cuando yo le estuviera explicando que le habíamos grabado… Dime, ¿por qué volviste a su lado? ¿Por qué dejaste que siguiera abusando de ti?
—A ver… En un primer momento iba a cumplir lo pactado… —explicó María, haciendo girar su café con la cucharilla, aunque no parecía verlo—. Pero de pronto, una idea se me pasó por la mente. ¿Y si la grabación no se hubiera realizado de la forma correcta? Si el material no era válido, todo lo hecho no serviría para nada… Y volver al principio no era posible, todo se habría venido abajo, necesitábamos grabar más imágenes…
Sara la miraba y esperaba que ella terminara su explicación. Una duda, sin embargo, la empujó a preguntar.
—No sé, de verdad… Pero yo había visto las imágenes en directo en mi móvil, eran perfectamente asquerosas y válidas. Te lo confirmé en un mensaje… ¿No era eso prueba suficiente de que la grabación era buena?
—Verás… —replicó María con la mirada huidiza—. Nunca se sabe… hasta que no entras directamente en el servidor y las visualizas, no puedes estar segura…
Sara tomó una mano de la joven. Su gesto mostraba preocupación por la detective.
—¿Estás segura...?
—¿Segura...? —preguntó María, indecisa.
—¿Segura… de estar diciendo la verdad?
La falsa alumna se desinfló y soltó un gemido tímido. Había llevado una mano hacia su boca y se la cubría, avergonzada. Sus ojos se veían enrojecidos.
—Y… esa excusa del color rojo de tu piel… —insistió Sara—. ¿Es cierto que se te pone de color grana en ocasiones extremas?
—Sí… esa excusa no era en realidad… una excusa… —María mantenía baja la mirada—. Hay momentos incómodos en que la piel me cambia de color.
—Si lo entiendo bien, Marcos te inspeccionó y confirmó que tu piel era como la grana… Es que… ¿estabas excitada de verdad…?
María se mordió el labio. Le hubiera gustado hacerlo sangrar, pero se contuvo.
—Sí… no mentí… estaba muy excitada… por dios… el asqueroso de Marcos me puso terriblemente encendida… —respondió, bajando aún más la mirada—. Lo siento… Tu marido me tocó alguna fibra… no sé… no tengo ni idea de cómo sucedió… me volvió como… loca… necesitaba seguir a su lado, que me tocara, que me hiciera el amor… o follara… o lo que quisiera hacerme… Soy de lo peor, Sara… lo siento…
El sollozo brotó por fin de los labios de María.
—Por dios, chiquilla, no me digas que ese cabrón te ha…
María suspiró, descompuesta.
—No lo sé… de verdad, Sara, no lo sé… Nunca me había pasado algo así… Ni en el trabajo ni en mi vida privada…
Sara no sabía cómo continuar aquella conversación sin lastimar a la joven. Pero necesitaba seguir preguntando, conocer todo lo que había pasado.
—María… dime la verdad… ¿Te has pillado de mi marido… en una sola noche…?
Un nuevo sollozo de la falsa alumna la conmovió. Esta se quedó unos momentos en silencio. Por su cabeza pasaba la verdad de lo sucedido en los últimos días. Era cierto que se había pillado por aquel profesor tontorrón, pero a la vez tan… sugerente, tan seguro de sí mismo, tan canalla… en suma. Pero no había sido en una noche. Desde que lo había conocido semanas atrás en la facultad, con ese porte de suficiencia, había empezado a sentir que se le iba metiendo por las venas. No podría reconocer ante Sara que se había masturbado multitud de veces pensando en él antes de aquella noche. Y Sara también acertaba en que ella no habría tenido que estar en aquel coche en un estado tan vulnerable como en el que se hallaba. Tendría que haber pedido un cambio de planes en la agencia, pero algo la hizo querer seguir adelante, creyendo que aún podría salir con éxito de aquel coche… y de aquel caso.
Al cabo, suspiró largamente y respondió entre lágrimas, la voz entrecortada.
—Me temo que sí… Y tal vez algo peor…
—¿Peor, aún…?
—Sí… mucho peor…
—¿Qué puede ser peor, chiquilla?
—Creo que me ha… —el sollozo no la permitió terminar…
—¿…Sometido? —Sara acabó la frase por ella, que no parecía poder proseguir. Se sentía desbordada, no tenía palabras para consolarla. En parte, se sentía culpable por la situación, aunque se mantenía en la opinión de que se habría necesitado una estrategia que no hubiera expuesto a aquella muchacha tan profundamente como para haberle causado el estado en que se hallaba.
Le acarició la mano y esperó a que se serenara. Y la animó a beber el zumo de naranja de su vaso. Quizá el azúcar la ayudaría a recuperar el ánimo.
—Te juro que no puedo creerlo… —dijo Sara, cuando María dejó de sollozar—. ¿Marcos, un amo dominante…? O, lo que es lo mismo, ¿un Mr. Grey…? ¡Increíble! Ni en mis más extrañas fantasías lo hubiera imaginado…
María la escuchaba, pero ahora se mostraba silenciosa.
—Aunque eso aclara algunas de mis dudas… —prosiguió Sara al ver brillar una luz en su mente—. Tiene todo el sentido del mundo… Quizá es por eso que ha conseguido tener tantas aventuras con sus alumnas… el muy cerdo…
—Sí, es más que posible… —confirmó María con un hilo de voz.
Y, otra idea que le sobrevenía, le permitía entender la escena final en el coche.
—Y también comprendo ahora tu petición de socorro cuando creías estar en peligro de que te penetrara… ya sabes… por detrás…
María asintió con la cabeza.
—No es que no pudieras «defenderte» físicamente de él… —recalcó Sara—. Es que no habrías podido «negarte» a obedecerle… Te había anulado la voluntad… Hubiera hecho de ti lo que hubiera querido, el muy hijo de…
María recapacitó. Sara solo había visto las escenas que habían tenido lugar dentro del coche. No podía saber que ella tenía una fuerte formación en defensa personal. Pero había acertado al afirmar que toda su habilidad para vencer a un hombre en una lucha física no habría podido ayudarla a resistirse a Marcos, si este hubiera decidido sodomizarla. Estaba segura de que su virginidad anal se habría ido al garete a poco que él se hubiera empeñado. Un escalofrío la recorrió al pensar en ello.
—Sí, estás en lo cierto… Por eso te pedí que vinieras a toda prisa… —respondió, quitándose con la mano una lágrima que recorría la aleta izquierda de su nariz—. Es algo que yo tampoco entiendo… Estas cosas solo las había visto en las películas… Era increíble… cuando me decía que hiciera algo, no podía decirle que no… Intentaba negarme, pero no lo conseguía… Era superior a mí… ¿Qué me ha hecho, Sara…?
De pronto, Sara abrió los ojos. Otra duda parecía habérsele aclarado.
—Marcos hizo mención al libro «50 Sombras de Grey» —dijo—. ¿Crees que era una alusión clara a lo que pretendía?
María lo pensó, pero por fin denegó.
—No creo. Y si mi intuición no me engaña, ni siquiera él sabe que tiene ese poder sobre las mujeres… Por dios, ni siquiera se le nota a simple vista. Aunque lo conozca tan poco, tengo amplia formación en perfiles de hombres y mujeres infames. Hubiera detectado un perfil «especial» de haberlo visto tan de cerca. Pero tu marido es un tipo más bien simple, del montón. Su rara «habilidad» la lleva escondida en algún lugar inaccesible.
—¿A qué te refieres?
—No sé, es un tipo normal… Es atractivo, vale… Pero no es un adonis… ¡Si hasta tiene tripita cervecera…! Tiene buenos modales, cierto… Es bastante cabrón, por supuesto, pero cariñoso si quiere… Sabe cuándo decir la palabra que te duele… pero también la que te endulza… Infringe daño, pero placer y calma a la vez… Jamás usa la violencia física, la odia, de hecho…
—¡Por dios, María, estás describiendo al perfecto seductor…! —exclamó Sara— ¿Está segura de que no es uno de los perfiles de «don juan» que has estudiado?
María volvió a quedar pensativa.
—Cielos… —dijo por fin, echándose hacia atrás en su silla—. Tienes razón… Estoy describiendo a un dominador de libro… a un puñetero «amo»… Y es más que probable que él mismo no tenga ni idea de que lo es…
Ambas sonrieron, esta vez con mejor talante. El azúcar funcionaba, así que Sara la animó para que apurara el vaso de zumo.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo María tras relamerse el néctar que había quedado en la comisura de sus labios.
—Por supuesto…
—¿Todo eso que dijo Marcos sobre la cuerda de pulpo, la cinta americana…? ¿Es cierto? ¿Lo llevas en el coche?
—Bueno… sí… —respondió Sara—. Lo llevo para cuando lo necesito, aunque no es algo que utilice a menudo…
—Por dios… —gimió.
—¿Por qué lo dices? ¿Te preocupa algo?
—Me preocupa porque él me amenazó con usarlas… ¿No te das cuenta?
—Cielos… tienes razón…
—Me he librado por los pelos de convertirme en la Anastasia de 50 Sombras…
—¿Tú crees? —dudó Sara—. Él decía muchas tonterías, pero luego te aclaraba que era solo un juego…
—Sí, lo sé… Pero algunas de las cosas comenzaron como un juego y, si me descuido, acabo con una fila de hombres guardando cola para hacérmelo por turnos… Y, lo peor, es que lo habría hecho con sumo agrado con tal de verlo feliz… O, al menos, de que no se enfadara conmigo y volviera a castigarme…
—Joder, no puedo entenderlo de ninguna manera… —remachó Sara—. A mí nunca me ha hecho esas cosas… Y llevamos muchos años juntos.
María se mordió el labio. No sabía cómo explicar con palabras lo que se moría por salir de su boca.
—Hay algo que no creerás si te lo digo…
—Inténtalo… —replicó Sara.
—A pesar de todo, esta noche ha sido muy especial… No creo que pueda olvidarla mientras viva.
Sara la miró, consternada.
—Confirmado, cariño, creo que te has pillado del todo de ese cerdo… ¡El muy canalla…! —Sara intentó disculparse por la parte que le tocaba en todo aquel embrollo—. ¿Qué te hemos hecho, María…? Lo siento tanto…
—No te disculpes, Sara… Yo no me siento mal, sino todo lo contrario… Verás… Marcos me ha hecho sentir muy… sucia… muy puta… —hablaba para sí misma—. Y eso me ha hecho bien… mucho bien, en realidad. Lo he pensado y llego a la conclusión de que todo lo que Marcos ha sacado a la luz es algo que ya llevaba dentro, esperando la oportunidad de aflorar a la superficie… Marcos solo ha sido la llave que ha abierto la puerta...
—Joder, María, me dejas alucinada…
—Tranquila, mujer, no tienes por que lamentarte por mí… En parte, me siento liberada… Creo que ya nunca seré la misma, seré una mujer más libre, con mayor capacidad para gozar de mi propio cuerpo… Para permitirme a mí misma sentir el placer que me ha producido exponerme al sexo sin tapujos… Para ser una fulana cuando me apetezca serlo… Sin dar explicaciones a nadie… Y todo gracias a tu marido… Al cerdo de tu marido, quiero decir…
Rieron al unísono la última frase.
—Si te digo la verdad… empiezo a envidiarte… Si Marcos hubiera hecho en mí solo una parte de lo que te ha hecho a ti en una sola noche, quizá no estaríamos negociando sobre esta mesa la mejor manera de destruirle.
*
Las mujeres se miraron y se tomaron de las manos. La conversación cambió de tercio. Ahora tocaba abandonar el pasado y planear lo que sucedería a partir de ese momento.
—¿Qué ocurre con tu novio? —se interesó Sara—. Espero que no sepa a qué te dedicas exactamente.
—Oh, por eso no te preocupes…
—¿Lo sabe… y lo consiente?
María sonrió. Notaba los ojos curiosos de Sara sobre ella. La estaba preguntando sobre su novio como lo habría hecho si estuviera hablando con una prostituta. En cualquier caso, no se sintió ofendida, aquella mujer mostraba una calidez que la envolvía. Se sentía bien a su lado. Era… como estar en casa. «Espero no estar cayendo ahora en manos de una Ama», se dijo sonriendo para sus adentros.
—En estos momentos no tengo un novio oficial… —le aclaró—. El último fue un compañero de profesión. Y te aseguro que él se ha tenido que acostar con bastantes esposas infieles por su trabajo…
Las dos amigas —ya se veían como tales— se sonrieron con simpatía.
—Vale… te lo diré… —susurró María, de pronto.
—Decirme… ¿el qué?
—Pues la respuesta a esa pregunta que no te atreves a hacer… —le dio un golpecito a la nariz de Sara con un dedo, como se acaricia a un niño curioso—. Solo hago este trabajo tan jodidamente ingrato por dinero… Lo pagan más que bien, debes de haberlo notado en la minuta que te han pasado. Pero, en cuanto haya ahorrado lo suficiente, dejaré de acostarme con tipos infieles para que sus esposas les puedan sacar la pasta en el divorcio y montaré mi propia tienda de moda… ¡Adoro la moda!
Las chicas rieron, la presión del inicio parecía haberse disipado completamente.
—Me alegro por ti, te lo prometo…
—Gracias… sé que eres sincera.
Hubo una pausa que utilizaron para engullir los restos de sus respectivos desayunos. Sara fue la primera en terminar y en volver a hablar.
—¿Qué hacemos con las grabaciones? —preguntó—. ¿Tengo que enviárselas a la policía y al rector de la universidad? Dime lo que tenga que hacer y lo haré…
—No, tranquila —respondió María—. Nosotros nos encargaremos de todo. Además, tengo primero que editar las imágenes. Recuerda que hay escenas en las que hay consentimiento… Incluso petición desesperada de sexo por parte de la protagonista…
Volvieron a reír, desenfadadas.
—Cuando estén editadas, nuestro gabinete jurídico redactará un informe y lo enviará al rector de la universidad y al departamento de protección a la mujer de la policía. Estos abrirán un expediente y tendremos que declarar todos los implicados.
—¿Crees que Marcos podría librarse por algún defecto de forma o algo así?
—Por eso no te preocupes… He visto más casos como este… Aunque Marcos fuera declarado inocente, no habría rector de universidad en el mundo que pudiera confiar en mantener a un profesor con su historial cerca de un montón de alumnas jóvenes y hormonadas. No olvides que una cosa es la «prueba legal» y otra la «prueba obvia» que salta a la vista y que ofende al sentido común.
—¿Qué quieres decir?
—En otras palabras, que Marcos no puede alegar: Sr. Rector, el juez ha dicho que no soy culpable del delito de haberme tirado a mi alumna María contra su voluntad, y le prometo que a partir de ahora no voy a volver a follármela ni aunque me lo pida de rodillas…
La carcajada fue simultánea. Los comensales silenciosos de las mesas adyacentes levantaron sus cabezas para mirarlas.
—Hay algo, sin embargo, que deberías tener en cuenta.
La expresión de María cambió de pronto. Su tono se volvió profesional. Sara sintió como si la conversación con la amiga hubiera terminado y que esta se hubiera intercambiado con una abogada.
—Te has puesto muy seria, mujer, ¿a qué te refieres?
María la escrutó la mirada, quería ver la reacción en sus ojos cuando le dijera la siguiente frase:
—Estás a tiempo de echarte atrás, antes de que todo el proceso estalle. Después no habrá forma de revertirlo.
—Pero… ¿por qué habría de hacerlo?
—Déjame que te explique… Una vez que la denuncia esté hecha, tu marido estará profesional y personalmente acabado. Podría llegar a vivir en la calle… Y no pienses que lo digo en broma. Tal vez quieras pensártelo antes.
Sara la miraba alucinada.
—Piénsalo —prosiguió María—. Tienes un marido guapo, sexy, triunfador… Y que, a su manera te quiere. Tal vez, en lugar de joderle la vida, te apetezca recomponer vuestra relación. Intentarlo, al menos. ¿Lo entiendes? Tal vez no consigas que deje de ver a otras chicas, pero quizá puedas compartir con él esas experiencias y disfrutar del sexo juntos. No creas que estoy improvisando. Lo que te estoy diciendo está en el manual del detective de infidelidades. Es parte de mi trabajo hablarte de ello.
María sonrió, pero no consiguió contagiar a Sara esta vez.
—No sé qué decir… me estás asustando.
—Mira, lo haremos así: Cuando toda la documentación esté preparada, te la pasaré para que puedas revisarla con tranquilidad. Después tomaremos otro café… Esta vez invito yo… Y, entonces, me darás tu respuesta definitiva. Si me dices «adelante», todo se habrá cumplido. Marcos será un cadáver ambulante. Pero, hasta entonces, siempre cabrá la posibilidad de una vuelta atrás.
Sara se cubrió la cara con las manos. El mensaje le había llegado alto y claro.
.
Continuará...
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...
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