El viejo mirón y la joven pareja 1
Los ventanales no tienen cortinas y el vecino de al lado lleva años esperando el momento perfecto. Don Víctor sabe que la inocencia de MC es frágil, y que su cuerpo, más que su mente, ya está respondiendo a la mirada prohibida. ¿Cuánto tiempo tardará ella en pedirle que siga mirando?
Parte 1: La primera mirada a través del cristal
El sol de la tarde caía como miel líquida sobre la urbanización de chalés adosados en la costa mañageña, esa zona privilegiada entre Málaga y Marbella donde los ricos y los que fingían serlo se escondían detrás de setos altos y ventanales de suelo a techo. El número 7 y el número 9 compartían un jardín trasero sin vallas, solo un muro bajo de piedra y un par de palmeras que apenas tapaban nada. Los ventanales del salón y del dormitorio principal de cada casa se miraban de frente, separados por apenas quince metros de césped perfectamente cortado. Era como si el arquitecto hubiera diseñado el lugar pensando exactamente en lo que Don Víctor llevaba años disfrutando en silencio.
Don Víctor, setenta y cinco años recién cumplidos, estaba sentado en su sillón de cuero gastado, en penumbra, con las luces apagadas y las cortinas abiertas solo lo suficiente. En su regazo descansaba el viejo telescopio Bushnell que había comprado en los noventa, aquel que usaba para “observar aves” según le decía a la vecina cotilla del número 5. Pero las aves no tenían tetas ni culos como los que él cazaba.
—Joder… mirad a estos dos pichoncitos —murmuró para sí mismo, con esa voz ronca y babosa que se le pegaba al paladar como tabaco rancio—. Tan jóvenes, tan limpios, tan… perfectos. Me dan asco de lo guapos que son.
Acababan de mudarse esa misma mañana. Luis, veintitrés años, ingeniero industrial recién titulado, alto, atlético, con esa mandíbula de anuncio y el pelo perfectamente peinado incluso después de cargar cajas. Y ella… ella era la puta obra maestra.
MC tenía diecinueve años y parecía una muñeca de porcelana hecha para que la corrompieran. Médica de guardia en el hospital de Málaga, recién casada, con una melena castaña que le caía en ondas suaves hasta la mitad de la espalda, ojos grandes y dulces color miel, labios carnosos que siempre parecían estar pidiendo un beso inocente. Medía un metro sesenta y cinco, pero su cuerpo era una provocación involuntaria: cintura imposiblemente estrecha, caderas redondas y firmes, unas tetas naturales en forma de lágrima, talla 95C, que se movían con una ligereza hipnótica bajo cualquier camiseta. Piernas largas y torneadas, culito respingón y alto que se marcaba incluso con pantalones de yoga. Y esa cara… esa cara de niña buena que todavía creía que el mundo era un lugar bonito.
Don Víctor sintió cómo se le endurecía la polla flácida y venosa dentro de los pantalones de pijama sucios. Se la agarró por encima de la tela y la apretó con saña, como si quisiera castigarla por reaccionar tan rápido.
—Miradla… la princesita. Diecinueve añitos y ya casada con el príncipe azul. Apuesto a que todavía folla con la luz apagada y le dice “te quiero” cada vez que se corre. Qué asco me dais los dos.
Desde su posición privilegiada, el viejo podía ver perfectamente el salón del número 7. Los ventanales eran tan grandes que era como si no existiera pared. MC estaba de espaldas a él, subida en una silla, colocando libros en una estantería alta. Llevaba una camiseta blanca de tirantes demasiado pequeña —seguramente de Luis— y unos shorts de algodón gris que se le clavaban entre las nalgas. Cada vez que se estiraba, la camiseta subía y dejaba al descubierto la curva inferior de sus tetas, redondas y pesadas, sin sujetador. El culo se le marcaba obscenamente, la tela metida en la raja, mostrando la forma perfecta de sus cachetes.
Luis entró en el salón cargando otra caja. Se acercó por detrás, la agarró de las caderas y le plantó un beso en el cuello. MC soltó una risita dulce, infantil, y se arqueó contra él.
—Luis, para… que todavía no hemos colocado nada —dijo ella con esa voz suave y cantarina que a Don Víctor le llegó clara a través del cristal abierto.
El viejo sonrió, enseñando los dientes amarillentos y torcidos.
—Qué inocente, zorrita. Todavía crees que tu marido te va a proteger de todo. Espera a que sepas lo que se siente cuando alguien te mira de verdad.
Luis le dio un cachete juguetón en el culo y MC soltó un gritito, riendo, antes de bajarse de la silla y abrazarlo. Se besaron despacio, con esa ternura de recién casados que todavía se creen eternos. Don Víctor enfocó el telescopio directamente en la cara de ella mientras besaba a su marido. Vio cómo sus pestañas largas temblaban, cómo sus mejillas se sonrojaban ligeramente. Luego bajó el visor y lo clavó en sus tetas, que se aplastaban contra el pecho de Luis.
—Mirad esas tetas… joder, son perfectas. Pesadas, naturales, con esos pezones rosados que se marcan ya bajo la camiseta. Apuesto a que cuando se pone cachonda se le ponen como dos cerecitas duras. Y ese culito… Dios, ese culito virgen de médico buena que nunca ha sido follado como se merece.
El viejo se bajó los pantalones hasta los tobillos. Su polla era un desastre: gruesa, pero medio flácida, cubierta de venas moradas y con el glande hinchado y brillante de precum viejo. Se escupió en la mano y empezó a masturbarse lentamente, con movimientos largos y viscosos, sin prisa. Sabía que esta historia no se comía de un bocado. Esta se iba a pudrir poco a poco.
Mientras tanto, en el salón del número 7, MC se separó del beso y miró hacia los ventanales. Por un segundo sus ojos se clavaron exactamente en la dirección de Don Víctor, aunque con la luz del atardecer y la penumbra de la casa del viejo, era imposible que lo viera.
—Luis… ¿no te da un poco de corte que los vecinos nos vean? Estos ventanales son enormes… —dijo ella, mordiéndose el labio inferior con esa inocencia que hacía que la polla de Don Víctor diera un salto en su mano.
Luis se rio, le agarró las nalgas con las dos manos y la apretó contra su erección.
—Nadie nos ve, cariño. La casa de al lado está vacía, ¿no? Y aunque nos vean… que se jodan. Eres mi mujer y puedo tocarte donde quiera.
Don Víctor soltó una carcajada baja y ronca que nadie oyó.
—Qué equivocado estás, niñato. La casa de al lado no está vacía. Y yo no solo voy a ver… voy a disfrutar cada centímetro de tu mujercita hasta que tú mismo me la ofrezcas en bandeja.
MC se dio la vuelta otra vez hacia la estantería, pero esta vez se puso de puntillas y arqueó un poco la espalda, sin darse cuenta de que el short se le metía aún más entre las nalgas, dejando casi al descubierto el borde de su coñito depilado. Don Víctor ajustó el zoom del telescopio hasta que pudo distinguir el contorno de los labios mayores bajo la tela gris.
—Así, princesita… estírate más. Enséñame ese coño que todavía huele a recién casada. Apuesto a que está rosadito, estrecho y que todavía no sabe lo que es que un hombre de verdad lo reviente.
El viejo aceleró un poco el movimiento de su mano, respirando pesado, pero sin correrse. Todavía no. Quería saborear el primer día.
Dentro de su cabeza, la mente tóxica y misógina de Don Víctor empezaba a tejer la telaraña.
“Estos dos idiotas no saben lo que les espera. Ella cree que es feliz. Él cree que la posee. Pero yo voy a hacer que ella descubra lo que es que la miren como a una puta. Y él… él va a aprender a que le guste ver cómo otro hombre, un viejo asqueroso como yo, le pone cachonda a su mujercita perfecta. Poco a poco. Con paciencia. Con los ventanales. Con el telescopio. Con cada detalle que ella no sepa que estoy viendo.”
MC se agachó para recoger una caja del suelo. La camiseta se le subió del todo por la espalda y, por un segundo, el culo casi entero quedó al aire, solo cubierto por la fina tela del short que se le había metido entre las nalgas. Se le marcaba hasta el ano, redondito y virgen.
Don Víctor se pasó la lengua por los labios agrietados.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, doctora MC… —susurró—. Aquí los ventanales no mienten. Y yo tengo toda la paciencia del mundo para corromperte.
MC se incorporó lentamente de la caja que acababa de recoger del suelo. La camiseta blanca de tirantes se le había subido hasta casi debajo de las tetas, dejando al descubierto la piel tersa y bronceada de su vientre plano, ese ombligo pequeño y perfecto que parecía hecho para que una lengua lo recorriera con calma. El short gris de algodón se le había clavado aún más entre las nalgas, marcando la forma redonda y alta de su culo como si la tela quisiera desaparecer dentro de ella. Sintió un leve calor en las mejillas, pero no era solo por el esfuerzo de la mudanza.
Se giró hacia los ventanales enormes del salón. El cristal reflejaba el atardecer dorado de la costa mañageña, pero más allá, en la casa de al lado, todo estaba en penumbra. Solo se intuía la silueta oscura de un sillón y una forma borrosa sentada en él. MC entrecerró sus ojos grandes y dulces, color miel, y sintió algo extraño. Un cosquilleo. No era miedo. No exactamente. Era… como si una mano invisible le hubiera pasado un dedo muy lento por la nuca, bajando por la columna vertebral hasta detenerse justo encima de su coxis. Un calorcito bajo, casi imperceptible, que se le instaló en el vientre y le hizo apretar inconscientemente los muslos.
—Luis… —murmuró ella, sin dejar de mirar hacia la casa del vecino. Su voz era suave, casi un susurro, con ese tono inocente que todavía conservaba de cuando era una estudiante de medicina de diecinueve años que acababa de casarse con su novio del instituto.
Luis estaba agachado ordenando cables de la televisión, pero levantó la cabeza al oírla. Se acercó por detrás y le rodeó la cintura con los brazos, pegando su pecho contra la espalda de ella. MC sintió el bulto de su polla semierecta contra su culo y sonrió, pero sus ojos seguían clavados en aquellos ventanales oscuros.
—¿Qué pasa, mi vida? —preguntó Luis, besándole el hombro desnudo. Olía a sudor limpio y a ese gel de ducha que tanto le gustaba a MC.
Ella se mordió el labio inferior, ese gesto tan suyo que parecía sacado de una película romántica. El cosquilleo no se iba. Al contrario. Se había extendido un poco más, como un hormigueo cálido que le llegaba hasta los pezones, haciendo que se le marcaran ligeramente bajo la tela fina de la camiseta. No era que estuviera mojada todavía… pero sentía algo. Una humedad lejana, como el primer indicio de que su cuerpo de muñeca perfecta estaba reaccionando a algo que su mente dulce e ingenua aún no entendía.
—No sé… es una tontería —dijo ella, girándose un poco para mirarlo, pero sin apartar del todo la vista de la casa de al lado—. Es que estos ventanales son tan grandes… Siento como si alguien nos estuviera mirando. Desde ahí. —Señaló con la barbilla hacia la penumbra del número 9—. No sé por qué, pero me da un cosquilleo raro. Como… como si me recorriera algo por dentro. No miedo, eh. Es… diferente. Como un escalofrío, pero calentito.
Luis soltó una risa baja y le apretó las caderas con más fuerza, bajando las manos hasta agarrarle el culo con posesión. La tela del short estaba tan metida entre sus nalgas que sus dedos rozaron la piel desnuda de los cachetes.
—Mi doctora paranoica… —bromeó él, besándole el cuello con ternura—. La casa de al lado lleva meses vacía, cariño. Lo miré en el contrato. Y aunque hubiera alguien, ¿qué? Eres mi mujer. Que miren. Que se mueran de envidia. —Le dio un mordisquito juguetón en el lóbulo de la oreja y MC soltó una risita, pero el cosquilleo no desapareció. Al contrario. Se hizo más intenso cuando imaginó, por un segundo, unos ojos clavados en ella desde la oscuridad. Unos ojos que no eran los de Luis. Unos ojos que la miraban como si ya supieran exactamente cómo eran sus tetas desnudas, cómo se le ponían los pezones cuando se excitaba de verdad.
Don Víctor, desde su sillón en penumbra, lo estaba viendo todo con el telescopio Bushnell ajustado al máximo. El zoom estaba tan cerca que podía distinguir las pecas casi invisibles que MC tenía en el puente de la nariz, el leve brillo de sudor en su escote, y cómo sus pezones se habían endurecido lo suficiente como para formar dos puntitos perfectos bajo la camiseta blanca.
—Joder… miradla —gruñó el viejo para sí mismo, con la voz ronca y babosa, mientras su mano gruesa y venosa subía y bajaba por su polla gruesa pero flácida, escupiendo más saliva para lubricarla—. La princesita se ha puesto cachonda sin saber por qué. Diecinueve añitos y ya siente el peligro. Ese cosquilleo que te recorre el coño, ¿eh, zorrita? No es miedo. Es morbo. Es el primer latigazo de saber que alguien te está violando con la mirada y tú no puedes hacer nada. Y se lo cuentas al niñato de tu marido como si fuera una anécdota divertida. Qué inocente eres, MC. Qué puta inocente.
El viejo se pasó la lengua agrietada por los labios secos. Su cara era un mapa de arrugas profundas, con manchas de edad y una barba blanca de tres días que le daba aspecto de reptil viejo y vicioso. Los ojos, hundidos y amarillentos, brillaban con una lujuria tóxica. Se la agarró más fuerte, apretando el glande hinchado y morado hasta que le salió una gota espesa de precum que le chorreó por los dedos.
—Así, muñequita… mírame un poco más. Siente cómo te estoy follando el alma desde aquí. Ese culito respingón que tienes, ese coño depilado de médica buena que todavía huele a virgen recién casada… Apuesto a que ahora mismo estás notando un calorcito en los labios de tu conejito. ¿Verdad? Te estás mojando un poquito, aunque no lo admitas ni a ti misma. Y el maridito ahí, tan confiado, pensando que te protege. Ja. Yo voy a hacer que tú misma le pidas que deje las cortinas abiertas. Poco a poco. Con paciencia. Con estos ventanales que son mi mejor arma.
MC volvió a mirar hacia la casa de Don Víctor. Esta vez se quedó más tiempo. El cosquilleo se convirtió en un pulso lento y caliente entre sus piernas. Inconscientemente, se pasó la mano por el vientre, bajando un poco la camiseta como si quisiera cubrirse, pero en realidad solo consiguió que la tela se pegara más a sus tetas, marcando completamente la forma redonda y pesada de ellas. Sus pezones estaban duros. Lo notaba. Y eso la confundía.
—Luis… en serio —insistió ella, con la voz un poco más baja, casi tímida—. No sé explicarlo. Es como si… como si alguien estuviera disfrutando viéndome. Y no me da asco. Me da… no sé. Un calor raro. Como cuando tú me miras en la ducha, pero… multiplicado. ¿Crees que estoy loca?
Luis la giró completamente hacia él y la besó con más intensidad, metiéndole la lengua despacio, saboreando esa boca dulce y cálida. Sus manos subieron por debajo de la camiseta y le cogieron las tetas por encima de la tela, apretándoselas con cariño. MC gimió bajito contra sus labios, un gemidito casi inaudible, pero Don Víctor lo captó perfectamente con el telescopio.
—Estás cachonda, mi vida —le susurró Luis al oído, sonriendo—. Es normal después de todo el día moviendo cajas. Y si te excita la idea de que alguien nos mire… pues que mire. Yo estoy aquí para follarte igual.
MC se rio, pero había un brillo nuevo en sus ojos miel. Un brillo que no había estado allí esa mañana cuando descargaban la mudanza. Se apretó más contra él, frotando su pelvis contra la erección de Luis, pero su mirada volvió a escapársele hacia los ventanales oscuros.
Don Víctor soltó una carcajada ronca y baja, casi un gorgoteo de satisfacción perversa.
—Escuchadla, joder. La muy zorra ya lo siente. Diecinueve años, casada hace tres meses, y ya se está mojando el coñito pensando en que un viejo asqueroso como yo la está mirando. No sabe que soy yo. Todavía no. Pero su cuerpo lo sabe. Ese cuerpo de muñeca de porcelana —tetas perfectas, culo alto, cintura de avispa— está empezando a traicionarla. Y el marido… el marido ya está cayendo. Le ha dicho que le gusta. Que “que mire”. Ja. Dentro de unas semanas voy a hacer que él mismo me la prepare. Que le diga “cariño, abre más las piernas para que nos vea el vecino”.
El viejo aceleró un poco el movimiento de su mano, pero seguía sin correrse. Quería alargar el placer. Quería que el primer día se grabara en su mente como el inicio de algo podrido y delicioso.
MC se separó del beso y miró una vez más hacia la casa de al lado. Esta vez no apartó la vista tan rápido. El cosquilleo se había convertido en un latido suave y constante entre sus piernas. Se humedeció los labios con la lengua, inconscientemente, y susurró contra el cuello de Luis:
—Pues si alguien nos está mirando… que disfrute. Porque yo… yo me siento guapa cuando me miras así.
Luis gruñó de excitación y la levantó en brazos, llevándola hacia el sofá del salón, justo frente a los ventanales. MC soltó una carcajada dulce, pero sus ojos volvieron a buscar la penumbra de la casa vecina. Y por primera vez en su vida, sintió un morbo desconocido, lento, corrosivo… como si algo oscuro y excitante acabara de abrir una rendija en su mundo perfecto de recién casada.
Don Víctor sonrió con toda su dentadura amarillenta y torcida, sin dejar de masturbarse con lentitud viciosa.
—Bienvenida al juego, doctora MC. El primer día ha sido solo el aperitivo. Mañana… mañana empezaré a enseñarte de verdad lo que significa que te miren como la puta que vas a aprender a ser.
Y los ventanales, enormes e impúdicos, seguían abiertos de par en par, reflejando el atardecer mientras la primera semilla de corrupción empezaba a germinar en el interior de aquella pareja idílica.
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