El ingeniero y la doméstica
Ligorio siempre tuvo el control, hasta que la timidez de Enriqueta se rompió bajo su mirada. Ahora, en la privacidad de su hogar, la criada descubre que su patrón no es solo un empleador, sino un hombre con necesidades que ella no puede ignorar.
Mientras Ligorio se cambiada de ropa en su dormitorio con el fin de ponerse otra más cómoda, recordó la escena vivida. No entendía porque se había puesto tan agitado. Había visto a la nueva criada haciendo la cama y, al contemplar los muslos desnudos de aquella joven, especialmente su perfecto trasero, sin por evitarlo, vio como su vástago se había increpado. Lo achacó a la deliciosa visión de la piel sumamente blanca de la joven. Mientras se terminada de colocar un pantalón corto y una camiseta, no lograba evadir de su memoria aquella visión.
¿Pero qué es lo que me pasa?, se dijo. Era cierto que, las relaciones con su esposa, pese haber descendido de intensidad en los últimos tiempos, continuaban siendo buenas. Bueno, no del todo. Marta, su esposa, parecía evitar los encuentros amorosos, que cada vez se hacían menos recurrentes, dilatándose bastantes en el tiempo, obligando al hombre a recurrir a alguna que otra masturbación.
Salió del dormitorio, y se dirigió a la cocina para tomar una cerveza fría. Al entrar topó de frente nuevamente con Enriqueta, la joven criada. Nuevamente volvió a experimentar cierta inquietud, viendo como aquella se volvía a sonrojar al percibir su presencia.
Ligorio, había terminado su carrera de ingeniero informático, y pronto buscó trabajo, pasando después de unos años, a prestar servicios en una empresa multinacional de gran asentamiento en el país, hacía de ello más de dos décadas. En aquellos momentos, había alcanzado su madurez en todos los sentidos, con cuarenta y ocho años de edad, era padre de dos hijos, casado con Marta, una mujer bien parecida, cinco años más joven. Disponía de una buena situación económica, y la empresa le permitía realizar gran parte de su trabajo en su casa, mediante teletrabajo.
Aunque su profesión se desarrollaba más sentando en un despacho, la realidad es que poseía una buena corpulencia física, con un cuerpo atlético, una altura que superaba 1.85, brazos bien fornidos y una espalda bastante ancha. No obstante, conservaba un peso ideal. Por otro lado, aparentaba una persona refinada, que se cuidaba bien, de muy buen aspecto, bien parecido, con un pelo color castaño, combinado con unos ojos azules, y una cara sumamente seductora. Su carácter afable y bastante dado a los demás, le hacía ser bastante popular entre los compañeros de trabajo.
El matrimonio disponía de una casa unifamiliar, ubicada en una urbanización en las afueras de la ciudad, de dos plantas de altura, más una planta semisótano, que daba a un pequeño jardín en su parte trasera. Dado que la planta semisótano disponía de luz natural y directa desde el jardín, Ligorio había montado un pequeño despacho donde tenía instalado sus aparatos informáticos para realizar sus programas, así como los trabajos de la empresa.
Marta, su esposa, trabajaba como asesora fiscal en una gestoría de la ciudad, por lo que pasaba gran parte del día fuera de la casa. Ello había motivado que el matrimonio tuviera que buscar ayuda para realizar las labores de la casa, contratando los servicios de una criada. Durante los primeros años, tuvieron a su servicio a una señora ya madura, que hacia la comida y atendía las labores de la casa. Sin embargo, el marido de aquella enfermó y, la mujer se vio obligada a dejar el trabajo. A partir de ahí, el matrimonio tuvo un verdadero problema para encontrar a una candidata óptima para poder desempeñar el trabajo que la casa requería. Una tras otra, las candidatas que entraban a trabajar, eran despedidas por Marta o, aquellas cesaron por sí mismas.
Por recomendaciones de una amiga, Marta logró contratar a una joven que había llegado del interior. Ligorio se vio un poco sorprendido ante la vestimenta tan conservadora de portaba la misma, la cual igualmente, se mostró poco habladora desde el principio, y con mirada cabizbaja. El hombre, pensó que no iba a durar mucho tiempo, y que no iba a encajar en su casa, especialmente con el carácter exigente de su esposa.
Motivado por su trabajo, durante las dos primeras semanas, Ligorio apenas estuvo en la casa, no coincidiendo con la joven doméstica. Sin embargo, se había sorprendido ya que su esposa le había comentado que parecía irle bien.
Esa mañana había regresado temprano a casa, ya que estaba elaborando el diseño de un programa informático, y necesitaba algo de más intimidad y concentración. Tranquilidad que pensó iba encontrar en el sótano de su casa donde tenía su despecho particular.
Había abierto la puerta de la casa, dejando las llaves en el lugar de costumbre, dirigiéndose rápidamente hacia su dormitorio, ya que quería cambiarse de indumentaria y colocarse una ropa más ligera para estar por casa. La realidad es que ni siquiera pensó hallar en la casa a la criada. Cuál fue su sorpresa, cuando al llegar a dormitorio se encontró con la presencia de la nueva criada. Aquella se hallaba de espaldas a la puerta, haciendo la cama.
No esperaba encontrarse a la misma, y menos en la posición en que hallaba la criada. Se quedó perplejo, ya que la joven que tenía delante suyo, no parecía tener parecido con la joven que había visto los primeros días. Pese a que vestía con el clásico delantal, observó que portaba una falda plisada, que, al agacharse para plegar las sábanas, había dejado a la vista unos muslos, que al hombre se le antojaron preciosos, limpios, sin ninguna varice, y de una piel casi blanca.
La joven se hallaba de espaldas a la puerta, y no se percató de su llegada. Al extender el edredón sobre la cama, la misma se vio obligada a recostar un poco su cuerpo, agachándose de tal forma, que Ligorio pudo contemplar con detalle, hasta la braguita de color rosa que llevaba. La visión de los interiores de la domestica, sus blanquecinas piernas, le produjeron un calambrazo, similar a un pinchazo en sus partes. Casi sin poder evitarlo, sintió crecer su vástago, alcanzando una erección casi inmediata. Intentó reponerse, anunciando su llegada a la domestica: -Buenos días Enriqueta- le saludó, con intención de romper el hielo, algo intranquilo ante la visión de las piernas de la joven.
-Oh...Buenos días señor. Perdone, pero, no le había visto llegar- le contestó la criada, sorprendida ante la presencia del marido de la señora.
-Acabo de llegar. Solo venía a cambiarme de ropa, ya que voy a trabajar abajo, en mi despacho. Pero siga, siga…. con lo que estaba haciendo. Yo puedo esperar- le contestó Ligorio.
Enriqueta, era una joven llegada del interior, que había crecido en una zona eminentemente rural, perteneciente a una familia humilde, pero sumamente conservadora y bastante tachada a la antigua. Era bastante tímida, y hasta parecía que le costaba articular palabra. La presencia del marido de la señora allí, en pleno dormitorio, mirándola, le dejó bastante intranquila. Se había dado cuenta que, al agacharse, había mostrado al señor posiblemente sus bragas. Esa circunstancia la alteró, enrojeciendo de vergüenza, aflorando los colores a sus mejillas, terminado por bajar la cabeza.
Ligorio de percató del rubor de la joven, y en cierto sentido sintió lástima de la misma, e intentó tranquilizarla: tranquila Enriqueta. No te pongas nerviosa por mi presencia. Me vas a ver con frecuencia por la casa, ya que suelo trabajar bastante en casa.
La joven, se incorporó, dejo lo que estaba haciendo, y salió de la habitación con la cabeza cabizbaja, limitándose a decirle que se cambiara, que luego ella volvería para terminar de limpiar la habitación.
Así fue, como tras cambiarse volvió a ver a la criada, esta vez en la cocina. Al notar la presencia del hombre, aquella volvió a sentir inquietud, y su nerviosismo se reflejó en los actos que realizó mientras preparaba la comida. Ligorio tomó una cerveza fría, y le dijo: ¿quieres algo de beber? El día está bastante caluroso.
-No señor. De momento no. le contestó la joven, débilmente continuado con lo que estaba haciendo.
Ligorio se sentó en una mesa de la cocina, y observó a la joven. Se dio cuenta que, pese a la rudeza de la joven, ésta parecía sumamente atractiva. No debía tener más de veintitantos años, de pequeña estatura, ya que no debía sobrepasar 1.60 a lo máximo. Su cuerpo parecía bastante delineado, con unas curvas muy pronunciadas. Su trasero, que ya había visto anteriormente, pese a ser un poco respingón, se mostraba redondo y muy bien puesto. El delantal no le permitía constatar realmente las dimensiones de sus pechos, pero dedujo que no debían ser muy abultados.
Mientras verificaba el cuerpo de la joven, constató que, sin saber cómo, su vástago había vuelto a increparse dentro de su corto pantalón. ¿Pero que me está pasando? -se dijo. ¿Cómo era posible aquello? Era la doméstica, una joven a la que le duplicaba en edad. Ni siquiera con las compañeras de trabajo, a las que trataba y veía todos los días, le había producido semejante excitación. Y eso, que alguna de sus compañeras estaba de muy bien ver, y, hasta se le habían llegado a ofrecer. Aquella joven tenía algo que no llegaba a comprender, pero que le dejaba agitado.
La joven por su parte se había dado cuenta de cómo le miraba el marido de la señora, y eso la comenzó a poner nerviosa. Tanto, que uno de los platos se le cayó al piso y se rompió. Al instante, Ligorio se incorporó y acudió en su ayuda: - tranquila Enriqueta. No pasa nada. Es solo un plato. ¿Te has hecho daño? - le pregunto muy cerca de la joven, la cual se encontraba envuelta en un manojo de nervios.
-No no. Pero… ay..¿no sé qué me ha ocurrido?. Oh lo siento, la señora se enfadará cuando lo sepa- exclamó la joven aturdida por lo sucedido.
-No pasará nada. No te preocupes, recogemos el mismo, y “le diré a mi esposa que se me ha roto a mí”.- le contestó el hombre para tranquilizar los ánimos de Enriqueta.
La joven miró al hombre, mostrando una clara muestra de gratitud. ¡No se esperaba la forma de actuar del señor! Había visto el fuerte carácter de la señora, y temía que la despidiera. Por ello, constatar el carácter afable del marido, era algo que no se esperaba. Con su carita casi pálida y tímida, le contestó: oh señor. ¡No tiene por qué hacer eso por mí!. Ha sido culpa mía.
-Ya. Pero, conozco a mi esposa. Mejor le decimos que he sido yo. Tu tranquila- le contestó el hombre ayudándola a recoger los trozos rotos del piso.
-Oh no se moleste. Yo los recojo- Le contestó aquella.
El hombre terminó la cerveza y marchó a su despacho. Comenzó a trabajar, pero no se quitaba de la cabeza la imagen de la joven, su extrema timidez, y el bonito cuerpo que tenía. Sin lugar a dudas se había quedado prendado de la domestica.
Al medio día, mientras se encontraba enfrascado en su trabajo, observó que la criada había bajado a buscarlo, y desde la puerta le decía: señor. La comida está preparada.
-De acuerdo Enriqueta, ahora mismo subo. Le contesto el hombre.
Se sentó a la mesa, viendo que ella le había preparado el almuerzo. Entonces el hombre la miró y le pregunto: ¿tú no comes?
La joven enrojeció, diciéndole: Yo comeré, después del señor.
Ligorio la miro y le dijo: ¡de ninguna manera! ¡Comerás conmigo!. Eres la doméstica, pero no por ello una esclava. Anda siéntate a la mesa y ponte de comer. Comeremos juntos.
La joven volvió a sentirse halagada con el comportamiento del marido de la señora. Tomó unos platos y se sentó a comer enfrente del mismo. Durante la comida, Ligorio intentó entablar conversación, logrando que la joven le contara algo de su vida, donde había nacido, como vivía, etc. La joven tomó confianza, y se sintió más suelta, comenzando hablar con mayor naturalidad con el hombre.
Enriqueta quedó bastante contenta con aquel primer encuentro con el señor de la casa, y a partir de esa fecha, las relaciones fueron más cordiales, llegando a mantener conversaciones más fluidas, dado que Ligorio siempre le pedía que se sentará a la mesa a comer con él. En alguna ocasión en que estaba presente la mujer, dejaba que aquella decidiera, y la criada comía aparte, pero cuando estaban solos, siempre lo hacían juntos.
Por otro lado, la joven se fue familiarizando con la presencia constante del señor en la casa, permitiéndose incluso hacerle el café a media mañana, el cual le acercaba hasta su despacho.
Enriqueta apenas había mantenido contacto con ningún joven, salvo algunos escarceos sin consecuencias en el pueblo, siempre a escondidas de sus padres. Aunque no hubiera tenido relaciones amorosas con ningún joven, no por ello dejaba de sentir sus deseos como cualquier mujer, especialmente a su edad, en plena efervescencia sexual. Por ello, sin saber cómo, comenzó a sentirse agitada ante la presencia de aquel hombre, especialmente al ver como la miraba de arriba abajo, mientras hacia sus labores en la casa. Pese a todo, se fue acostumbrado a la presencia constante del señor en la casa.
Se había dado cuenta que era un hombre bastante mayor que ella, que casi le duplicaba en edad, pero percibía cierto estremecimiento cuando lo veía medio desnudo, sin camisa, con aquella tremenda altura, su ancha espalda, sus fornidos brazos, y una especie de cruz de pelos en el pecho.
Cierto día en la mañana, hacia bastante calor, y mientras se encontraba limpiando el baño del dormitorio del matrimonio, hizo su aparición Ligorio que venía de la calle. Tras saludarla, viendo que ella permanecía en el baño, el hombre decidió cambiarse de ropa, como acostumbra hacer. Para ello comenzó a desvestirse, preparándose para colocarse un pantalón corto y una camiseta. En ese momento la joven llegó hasta la puerta del baño, retrocediendo, mientras limpiaba el suelo, adentrándose dentro del dormitorio.
Al percatarse de la casi desnudez del hombre, “palideció”. El señor se hallaba de pie al borde de la cama, portando únicamente un pequeño slip, con todo el resto del cuerpo desnudo. Un tremendo estremecimiento la envolvió. Ver al señor de la casa, casi completamente desnudo, la turbó. No por ello, le impidió fijarse en el bulto que formaba el slip, que le evidenció que, el señor debía tener un aparato genital bastante dimensionado. Oh señor lo siento… ¡no sabía que estaba…!.
-tranquila Enriqueta. ¡No pensé que ibas a terminar tan pronto en el baño! Intento disculparse el hombre, quien se puso algo tenso al verse sorprendido en plena faena de mudarse de ropa.
Pero pese a todo, el saberse sorprendido por la doméstica, le otorgó un morbo especial. Intentó dilatar la colocación del pantalón corto, facilitando que la joven criada pudiera contemplar mejor el bulto de su aparato reproductor. Luego se colocó la camiseta y salió del dormitorio en dirección a su despacho.
No dejó de pensar en lo ocurrido. Aquella jovencita lo había pillado en paños menores, y se había excitado tremendamente. Notó la enorme dureza de su falo dentro del pantalón mientras recordaba lo sucedido. Intentó relajarse, pero no por ello le bajo la hinchazón. No llegaba a comprender que le ocurría con aquella joven. Poco a poco se fue relajando y pudo concentrarse en su trabajo. Algo más tarde, observó cómo llegó la joven, diciéndole: Señor, le traigo el café.
Ah. Enriqueta, muchas gracias, pasa- le dijo, poniéndose algo tenso ante la presencia de la joven.
Enriqueta se acercó hasta el mismo, y dejó sobre la mesa del escritorio, el café y unas galletas. Ligorio notó el enrojecimiento en las mejillas de la joven. Recordó la escena del dormitorio. Ante ello le dijo: Enriqueta ¿no te habrás puesto nerviosa por haberme visto en esa lid en el dormitorio?
La joven agachó un poco la cabeza, ruborizándose aún más, pero quedándose junto a la mesa. El hombre interpretó que la joven iba a esperar que terminara de tomarse el café. Mientras echaba un poco de azúcar, comprobó de reojo como la doméstica tenía fija su mirada en la entrepierna de su pantalón. Instintivamente comprobó que su falo, estaba marcando un tremendo bulto bajo la tela del pantalón.
¡No se lo podía creer! La doméstica, pese a su timidez y rudeza, no perdía ocasión de contemplar el bulto de su entrepierna. Tuvo claro que aquella se había quedado sorprendida al verlo solo con el slip en la habitación. Su agitación le llevó a ser un poco más incisivo, por lo que, aprovechando la oportunidad le dijo: ¿Te pone nerviosa el bulto de mi pantalón? Lo siento Enriqueta, no he podido evitarlo. Y, mirándola a la cara añadió: Eres una joven muy bonita, con un cuerpo espectacular. Pero, eso ya lo sabes. ¿seguro que te lo habrán dicho más de una vez tus pretendientes?
La joven se volvió a ruborizar ante las palabras del señor, contestándole tímidamente: Ay señor, yo nunca he tenido pretendientes.
-¿Cómo es posible eso? ¡Imposible que los jóvenes no se hallan fijado en una flor tan hermosa como tú! - le contestó el mismo.
La joven se sintió halagada con aquellas palabras, aunque se sentía turbada. Estaba hablando de un tema que en su casa siempre había sido tabú. Era un tema totalmente prohibido. Por ello, que el propio señor le hiciera aquel comentario, le había dejado fuera de contexto.
Ligorio quiso aprovechar aquella oportunidad, y decidió preguntar capciosamente a la joven: Enriqueta. ¿De verdad nunca has estado con ningún hombre?
La joven palideció ante aquella pregunta. Su cuerpo se estremeció. No esperaba que el señor fuera tan directo. Su primera reacción fue no contestar, pero se sentía agradecido del marido de la señora, y no quería serle descortés. Por ello con voz muy débil, le contesto: ¡claro que no señor! Mis padres son muy rectos. Tampoco he tenido novio.
El hombre la miró, y movió el sillón para girarse totalmente hacia la joven, mientras terminaba de echar el azúcar en el café, haciéndole una nueva pregunta: Enriqueta, pero ya eres una mujer. ¿Me supongo que tendrás tus deseos como cualquier joven de tu edad?
La joven no le contesto. Se sentía azorada ante las preguntas del señor. No obstante, pese a su turbación, volvió a dirigir de nuevo su mirada hacia el bulto del pantalón. Eso emocionó al hombre. Pese a su aparente inocencia y rudeza, observó que la joven estaba alucinada, contemplando el bulto de la su entrepierna.
Y era cierto. Enriqueta se sentía agitada, e intrigada al ver el tremendo bulto que formaba el aparato reproductor del señor bajo el pantalón. En el fondo de su corazón, ansiaba ver y conocer las dimensiones del mismo. Verlo en la realidad. Estaba tan intrigada, que pecó de inocente.
Ligorio se percató de tal extremo, percibiendo el efecto que su erección estaba causando en la doméstica. Ello le animó a ser más osado, y preguntarle: ¿has visto alguna vez el pene de un hombre?
La joven enrojeció. Un escalofrió invadió su cuerpo. Aquella nueva pregunta, la volvió a turbar. Jamás había tenido una conversación tan directa como aquella. Sus padres y, hasta los pocos conocidos que tenía, evitaban hablar del sexo. Eso era algo “tabú”. Lo poco que conocía del sexo, lo había aprendido al haber tenido la ocasión de visualizar unas revistas eróticas, que por casualidad cayeron en sus manos. En ellas se había nutrido de información sobre los genitales del hombre y de la mujer. Algo, que hasta la fecha sus padres le habían ocultado. La visión del aparato reproductor de los artistas, que observó en aquel tipo de revistas, le había llamado poderosamente la atención. Y, esa curiosidad, es la que había aflorado de nuevo al ver el bulto del señor.
Ante la pregunta tan directa de Ligorio, se quedó casi sin reacción. Pero sus nervios la traicionaron. Tímidamente se atrevió a contestarle: No.. claro que no..,. Jamás... Bueno… he visto el de mi padre en una ocasión y el de uno de mis hermanos se atrevió a confesarle cabizbaja, demostrando su inocencia.
Ligorio estaba con una empalmadura de mil demonios. Aquella conversación tan excéntrica que mantenía con la joven doméstica, lo tenía envarado. Se notaba tan excitado, que dudo sobre la conveniencia de continuar aquella conversación con la joven. Pero se había dado cuenta que, la domestica, pese a todo, mostraba curiosidad por superar sus miedos y sus reticencias. Evidentemente conocía que estaba entrando en un terreno peligroso, y de consecuencias imprevisibles. Pero, eso no le amedrantó para atreverse a preguntar a la joven, con evidente temeridad: ¿te gustaría ver el mío?
La joven palideció, enrojeció una vez más. Miró la cara del hombre, mostrando su rostro encendido por la vergüenza. Su primera intención fue salir corriendo de la estancia. Fue consciente de que aquella era una pregunta indecorosa, grosera, fuera de lugar. Sin embargo, algo dentro de su ser la obligó a permanecer allí. Sabía que aquello estaba mal, pero su morbosidad, y su curiosidad le jugaron una mala pasada. Casi sin saber cómo, venciendo su timidez, sus labios llegaron a contestar: ¡No creo que eso este bien! Si su esposa se entera me echa de la casa. Mejor…
-Enriqueta. Es un secreto entre los dos. Mi esposa no tiene por qué saber nada de esto. Ya sabes que no le digo nada malo respecto de ti. Le contesto Ligorio, mientras colocaba por primera vez su mano, sobre el bulto de su entrepierna. Se había puesto tan cachondo, que osadamente comenzó acariciar su aparato por encima de la tela del pantalón. ¡Algo que nunca se hubiera imaginando podría hacer!
La joven volvió a enrojecer ante la acción del hombre. Pero, su cara, anunció al hombre que, que la joven estaba ansiosa, como si deseara de verdad, que le mostrara su pene. Por ello decidió jugársela. Se incorporó un poco y, de un tirón se bajó el pantalón corto y su slip. Ante los ojos anonadados de la joven, emergió entre sus piernas el aparato reproductor del mismo.
Enriqueta se echó las manos a la boca, sin que pudiera evitar escapar un gemido. Se había quedado perpleja, alucinada, incrédula. No daba crédito a lo que veían sus pequeños ojos. El señor se había desnudado de medio abajo y le mostraba su pene totalmente erecto. Su agitación fue máxima. Estaba viendo en directo, por primera vez, el falo de un hombre.
Pese a su primer estremecimiento, su manifiesta curiosidad, le llevó a querer contemplar el mismo, dándose cuenta de que, aquel pene, no era un pene cualquiera. Poseía unas dimensiones bastante grandes, especialmente largo, y grueso. Nada que ver con el que había visto a su padre o a su hermano.
Se quedó tan parada que no llego articular palabra. Pero contra todo pronóstico, tampoco hizo ademán de retirarse. Estaba ensimismada, contemplado el aparato genital del señor. El vástago emergía entre las piernas de señor como un verdadero misil, envarado hacia arriba, mostrándose duro, fierro y majestuoso. En el fondo, la joven estaba maravillada.
¿Qué te parece Enriqueta? Le preguntó el hombre, quien continuó mostrando su tremenda empalmadura.
Ligorio estaba sorprendido al comprobar la inocencia de la joven, quien no solo no había salido corriendo de la estancia, como esperaba que hiciera, sino que permanecía impasible, allí, junto a él, contemplado su aparato genital.
¿te gusta como lo tengo? - osó volver a preguntarle ante permanencia de la joven.
Enriqueta, le miró aturdida, pero sus ojitos, aunque temerosos, evidenciaban una extrema curiosidad. La joven parecía no medir ni conocer las consecuencias de su curiosidad. Notó como su cuerpo se estremeció ante la vigorosidad de aquel falo. Pese a su nerviosismo, y volviendo a demostrar una vez más su inocencia, le contesto al hombre: Oh señor. ¡Tiene un pene muy grande!
¿Se parece a la que viste a tu padre? le pregunto agitado el hombre ante la respuesta de la joven.
La doméstica, contestó casi como un verdadero resorte: ¡claro que no! El suyo es mucho más grande. Y,…“más gordo”.
Ligorio, tomo en su mano su tremendo falo, lo acarició ante la atenta mirada de la joven, al tiempo que le dio unos meneos, que pusieron su vástago más erecto aún. Viendo la carita que ponía la joven, le pregunto de nuevo: Enriqueta, ¡acércate, tócala! ¿Se que sientes la necesidad te tocarla?
La criada, se quedó electrificada ante semejante petición. Sabía que debía negarse, de debía salir del despacho del señor a toda prisa. Aquella, era una petición indecorosa, indecente. Iba a contestarle de mala manera, reprocharle su comportamiento. Pero nuevamente se retrajo. Estaba como absorta, contemplar el aparato genital del hombre.
-Anda. Tócala. ¡Te juro que no te voy hacer nada! Solo para que veas lo dura que la tengo. Anda, ¡tómala en tu mano!.- le instó el hombre exhibiéndole su pene.
La joven miró hacia la puerta del despacho, como descartando que nadie estuviera mirando. Se movió indecisa, como si perdiera el equilibrio. No obstante, de forma tímida, dio unos pasos hacia donde estaba el hombre, acercándose más al mismo. Titubeó, pero “sentía verdaderos deseos de tocar el miembro del marido de la señora”. De forma, lenta, casi temblorosa, alargó su manita, y tocó el glande. La retiró al momento. Pero, luego volvió, y su manita abrazó la parte superior del increpante aparato. Enriqueta sintió como un corrientazo eléctrico que, partiendo del instrumento del hombre subía por su mano y se dispersaba por todo su cuerpo.
Pese a ese estremecimiento, no soltó el pene. Continuó con él mismo en su mano, semiagachada, atreviéndose a explorar aquel pedazo de carne. Comenzó a desplazar su mano por todo el pene. Se percató de su dureza y firmeza. Su manita le costaba rodear el diámetro del tremendo falo. Hasta llegó a sentir la extrema dureza del pene, y como llegó a palpitar en su mano. Se asombro al contemplar las venas, gruesas e hinchadas que recorrían el mismo.
Ligorio no le quiso decir nada más. Dejó que fuera la joven por su propia voluntad, quien decidiera. Estaba tan excitado que parecía que su falo se iba a reventar. Así fue como vio que la joven, llena de curiosidad, descendió un poco bajando por el tallo del pene, hasta casi alcanzar la base. Luego volvió a subir hasta la cabeza. Observó el capullo, y como si necesitara comprobarlo todo. Tiró un poco de la piel, quedando admirada al ver como “se descapullo”. Abrió sus ojos como platos, cuando observó el glande desnudo, grueso y reluciente. Estaba tan ensimismada que llegó a pasar la yema de sus dedos por la hendidura de hongo. Fue entonces cuando se atrevió a mirar a la cara del hombre, mostrando el enrojecimiento de su rostro.
Ligorio, al ver al interés con el que la joven había explorado su aparato reproductor, estaba que no podía mas. Pero, no quería hacer nada que estropeara aquel momento alucinante. Solo le dijo casi con dulzura: ¿has visto lo dura que la tengo?
Enriqueta, que seguía manoseando el pene del hombre, como si fuera un verdadero juguete, del que no quería desprenderse, le miró, e inocentemente exclamó: Oh señor…¡parece que se le vaya a reventar!. ¿Por qué se le ha puesto así? le pregunto.
-Enriqueta, es que tienes una manita divina. Me gusta como acaricias mi pene. ¡Le gusta que la toques!
La joven en un momento dado, como si se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo, recapituló y retiró su manita de la entrepierna del hombre. Tomó el plato con la taza del café, y se retiró como alma que lleva el diablo, sin decirle nada más al hombre.
Ligorio se subió el pantalón, y se quedó pensando en todo lo ocurrido. No sabía cómo había llegado aquella situación. Se había quedado con una erección trepidante bajo su pantalón. Aquella joven lo tenía cada vez más enloquecido. Intentó continuar con el trabajo, pero tuvo que desistir. Pronto llegaría la hora del almuerzo, por lo que visualizó algunos periódicos digitales hasta el momento de subir a comer.
La joven solía tener la comida a una hora concreta, por lo que, tras asearse, se dirigió a la cocina. Enriqueta estaba colocando los platos sobre la mesa. Ella le vio llegar, pero no dijo nada. Ligorio, la observó durante un momento, contemplando el trasero de la joven, que ese día llevaba puesto unos pantalones. La suave tela de los mismos, permitía divisar la pequeña braguita que llevaba debajo. Aquel trasero le pareció divino. Le dieron ganas de acercarse, bajarle el pantalón, y clavar allí mismo a la doméstica. Esa idea la descartó al momento, y sentó a la mesa.
La joven sirvió la mesa, y comieron juntos, casi sin decirse muchas palabras. Al terminar, el hombre le ayudo a llevar los platos hasta el fregadero. La joven se quedó extrañada del comportamiento del mismo, agradeciéndolo. Al tener a su lado al señor, tan cerca de ella, admiró el tremendo cuerpo del mismo, y volvió a fijarse en los fornidos brazos. Se imaginó como se sentiría entre aquellos poderosos brazos. Su padre la solía acurrucar cuando pequeña entre los suyos. Pero aquel no era su padre, pero se imaginaba como se debería sentir entre ellos.
El hombre no quiso importunar más a la joven, por lo que decidió ir a ver la televisión un rato, mientras ella terminaba en la cocina. Más tarde se puso a trabajar y, la joven, tiempo después, marchó.
Paso casi una semana tras lo ocurrido, y Ligorio se tuvo que quedar a trabajar en la empresa. Percibió que añoraba volver a ver a la doméstica, sentir su presencia, pero no le quedó más remedio que aguantarse. Mientras realizaba el acto sexual con su esposa, de hecho, estaba pensando en la doméstica, constatando que ello lo agitó de tal manera, que hasta la propia Marta se dio cuenta, dado el énfasis que había puesto.
La muchacha por su parte, tras lo ocurrido aquel día, se sentía tremendamente confusa. Sabía que no estaba bien lo que había hecho y que tampoco debía haber tocado el miembro del señor. Pero, según fueron pasando los días, al no ver al señor, comenzó a echarle de menos. Deseaba volver a sentir su presencia. De pronto, se vio observando con detalle la ropa del hombre, y hasta visualizó algunas fotos. Sentía que algo interior le estaba pasando. Aun recordaba la dureza del pene del hombre en su mano, notando como su braguita se comenzó a humedecer.
Carecía de experiencia sexual, pero había visualizado las revistas eróticas, y recordaba algunas escenas haciendo el acto sexual. Incluso se agitó al recordar algunas posiciones sexuales, y hasta las felaciones que las mujeres les hacían a los artistas porno. Aquello era un mundo vedado a la misma, hasta la fecha. Su pensamiento respecto al sexo estaba dando un giro copernicano. Era como si su mente se hubiera abierto de pronto.
Así fue como, comenzó a observar su cuerpo en el espejo, su monte de venus, examinando en detalle sus labios vaginales y, hasta una parte del interior de su vagina. Observó el huequito de su vagina, y recordó el tremendo falo del señor. ¡Imposible, aquello no podía caber dentro de su huequito!
Ella tenía pleno conocimiento de las horas de regreso de la señora de la casa, los días que acostumbrada a llegar más temprano o más tarde. Sabía que en la mañana casi nunca venía por la casa. Por otro lado, los hijos de la señora comían en el instituto, y regresaban en la tarde, con la señora, ya que se quedan tras salir del instituto en casa de la abuela materna.
Eso le instó a comenzar a usar en la casa unas faldas algo más cortas que la que solía llevar. Tenía la esperanza de ser vista por el señor vistiendo aquella faldita. Estaba sola en la casa todo el día, pensando, meditando en todo ello. Recordaba como tocó el falo del señor y se agitaba.
Por fin Ligorio tuvo un momento de respiro en la empresa, y esa mañana, tras realizar una visita a unas instalaciones para llevar a cabo una reparación, decidió pasar por su casa. Entró en la casa, y no vio a la doméstica. Vio una nota en la cocina, y se imaginó que aquella había marchado a comprar. Estaba algo sudoroso, acalorado, por lo que, sin más, decidió darse una ducha. Dejó medio abierta la puerta de su dormitorio, se desnudó completamente y entró al baño. Se estaba secando, cuando percibió que alguien entraba en su dormitorio. Instruyó que debía ser Enriqueta. Su mujer no solía llegar a casa a esas horas.
Su agitación se puso a flor de piel. Su falo sin poder contenerse, comenzó crecer irremediablemente, mostrando una empalmadura importante. Dejó la toalla, y se puso a peinarse en el espejo, permaneciendo totalmente desnudo.
La joven observó la ropa del señor esparcida por la cama, y dedujo que el señor se estaba duchando. ¡Su cuerpo se estremeció! Pensó en salir del dormitorio, pero algo la retuvo. Ansiaba volver a ver al señor, e incluso pillarlo desnudo. Se agito tremendamente. Sin pensarlo mucho, tomó unas tollas que había recogido de la secadora, y decidió entrar en el baño, haciéndose que las iba a colocar en las estanterías. Al entrar, se topó de lleno con el señor, que como se imaginaba, se hallaba completamente desnudo, peinándose en el espejo.
-Ay ¿esta Vd?.- exclamó la joven.
Al verlo completamente desnudo, con el mástil emergiendo entre las piernas, completamente envarado, se agitó. No pudo evitar mirar la entrepierna del hombre. Nuevamente palideció ante la dureza de aquel pene, que se mostraba majestuoso, y enfilado hacia arriba.
-Hola Enriqueta. Pasa,.. hacia tanto calor que entre a ducharme.
La joven hizo intención de irse, pero el hombre le dijo: Anda pasa. No tengas miedo. Coloca las tollas. Ya me has visto desnudo el otro día. - le indicó.
La joven se detuvo ante las palabras del señor. Era cierto que lo había visto casi desnudo. Pese a sus dudas, lentamente se fue acercando para colocar en las estanterías las toallas. Obviamente tuvo que pasar, justo al lado de donde se hallaba el mismo. Se sentía sumamente excitada, nerviosa, pero en el fondo le gustaba contemplar el cuerpo desnudo del hombre. Tras colocar las toallas, se volvió para contemplar los genitales del marido de la señora, haciendo un gesto como si se mordiera el labio.
Ligorio se giró hacia donde ella estaba, mostrándose ante ella por completo. Al contemplar la mirada ruborizada de la joven, quien no paraba de observar sus genitales, se acercó a la misma, y le dijo: -Tenía ganas de volver a verte Enriqueta. Veo que tú también. ¿Has visto como se me ha puesto mi pene al verte? Anda tócalo. ¿Se que lo estas deseando? Le dijo, casi cerrando la posible salida de la joven del baño.
-Oh señor. Mejor será que me vaya. Esto no está bien- exclamo nerviosa la joven, como si se hubiera arrepentido de haber entrado.
-Relájate Enriqueta. Solo quiero que la vuelvas a tomar en tu manita, Que sientas su dureza. – le sugirió el hombre.
La doméstica, se dio cuenta que el hombre le cerraba la salida. No es que no quisiera volver a tocar el pene, pero estaba confusa, y tenía cierto miedo. Ante la insistencia del hombre alargó su manita y volvió a tomar en su mano el falo. Volvió a sentir un estremecimiento, al acariciar aquel tremendo sable.
El hombre le volvió a preguntar: ¿te gusta como la tengo?
La joven entonces, le miró, con una carita de bastante agitación, respondiéndole débilmente: ¡Se le ha vuelto a poner muy grande!
-¡Es que le gusta que la acaricies!. Anda, sigue acariciándola. Al tiempo que le indicó como quería que lo masturbara.
La joven, entre curiosa y excitada, hizo caso a lo que le decía el hombre, pasando toda su manita por el tallo hasta llegar al prepucio, para bajar hasta la base. La joven comprobó cómo iba creciendo el pene en su manita, hasta el punto de que se volvió a descapullar. Dada las dimensiones del hombre, con respecto al pequeño cuerpo de la joven, la verga de aquel se localizaba más arriba de la cintura de la joven. El nerviosismo de la doméstica aumento cuando el señor le dijo: -Enriqueta, ¿quieres meterla en tu boquita?
¿Cómo?... ¿quiere que me meta eso en la boca? Pero eso es algo indecente. - exclamó la muchacha, asustada y recelosa de lo que quería el señor.
-Anda preciosa. ¿No ves como la tengo? ¡Está a reventar! Necesito descargarla. Vamos ponla un poquito en tu boquita. Solo un poquito. - le continúo susurrando.
La joven se sintió como atrapada. No obstante, supero sus primeras reticencias, y decidió acercar su boquita, lamiendo levemente el pene como le pedía el señor. Pero desistió, era la primera vez y, le parecía algo asqueroso. No obstante, volvió hacerlo, repitiendo la misma operación varias veces.
Miró el pene, y le pareció bastante grande. No sabía si le iba a caber en su boquita. Pero, ante la insistencia del señor, acercó el capullo a su boquita, y tras lamerlo, abrió un poco la misma, saboreando leventemente la cabeza del pene. El sabor algo salado, le repugnó, pero poco a poco fue tomándole carrerilla, y pronto se atrevió a más.
Ligorio, observó con gran alegría como la joven había logrado engullir más de la mitad de su falo en su pequeña boca. No llegaba a creérselo. ¡La doméstica tenía en su boquita su tremendo cipote!
-Oh si nena. Continua así. Lo estás haciendo muy bien. Oh si continua asi…- le susurró ante la deliciosa felación que la criada le estaba propinando.
La joven le miraba de vez en cuando, percibiendo las expresiones del señor, evidenciando que le estaba satisfaciendo. Eso la animó a continuar.
Ligorio estaba tan excitado, que, con suma delicadeza, colocó la mano izquierda bajo la barbilla de la joven, dirigiendo la cabeza hacia su pene, para comenzar a empujar su falo, en un intento de que la joven engullera un poco más su enorme pene. Lo hizo con extrema suavidad, y eso permitió que la joven pudiera respirar de vez en cuando. La criada abrió más su boquita para que el hombre hiciera entrar y salir de su cavidad bucal el tremendo sable.
En un momento dado, la joven observó que la verga que engullía, comenzó a hincharse dentro de su boquita. Se agitó. No era tonta, y percibía que el señor estaba a punto de correrse. Temió que lo hiciera en u boquita, como había visto en algunas revistas. Por ello intentó apartarse, colocando sus manos en los muslos del hombre, en un intento de apartarlo, pero no logró conseguirlo, ni sacar el falo de su boca.
Ligorio no estaba por la labor de desistir. Se hallaba tan excitado que continuó apretando la cabeza de la joven, manteniéndola sujeta por la barbilla, mientras arremetía una y otra vez, introduciendo sin parar, gran parte de su poderoso falo en la boca de la criada. El placer era tan excitante que pronto sintió como emergía su caliente semen.
No tuvo intención de permitir que la joven extrajera su pene de su boca. Cuando sintió que se venía, sujetó fuertemente la cara de la joven, manteniendo firme su falo dentro de la boca de la domestica, hasta que soltó su primera lechada, y luego otra, y otra... ¡Se estaba corriendo en la boca de la doméstica!
-Oh si nenita. Ya me viene ooo siii…. Así oooo…oh que boquita….
La joven se quedó sorprendida, y su corazón se agitó, viendo cómo como su boquita recibía los cuajarones de semen del señor. La venida del semental fue tan copiosa, y profunda que notó que se ahogaba. Al ver que no podía respirar se vio obligada a tragar una parte de la corrida, para poder aliviar. Sentía en su boca el semen caliente, baboso, espeso, que fluía sin parar llenando su boquita. Tuvo que volver a tragar una parte, para poder respirar. Hasta que, por fin, el hombre extrajo su falo, y continuó vertiendo su semen en la carita de la joven.
Al verse libre de la intrusión del falo, la joven tosió muy fuerte varias veces, como si carraspeara, en un intento de expulsar la mayor parte del semen acumulado en su boca y garganta. Sus labios mostraron los restos del vertido del hombre.
-Se ha corrido dentro. ¡que asco! Le dijo la joven en plan de reprobación.
-Oh Enriqueta. No he podido contenerme. Tienes una boquita que es una delicia. “Me he corrido como nunca”- le contestó el hombre.
La joven se dirigió rápidamente al lavabo y se lavó la boca. Cuando acabó miró al hombre, observando que pese a haberse vaciado en su boquita, aún mantenía erguido su pene. Era una joven indecisa, y de reacciones imprevisibles. Pero, pese a todo, no hizo amen de retirarse, quedándose detenida, como esperando, pegada al lavabo.
Ligorio al ver que la joven no hizo amago de marcharse, se acercó hasta la misma, e hizo algo que sorprendió aquella. La tomó por los muslos y la elevo en el aire, hasta quedar su carita a la altura de la suya. Oh ¿qué hace…? exclamó sorprendida la joven.
Ambos se observaron en el espejo del baño. La joven estaba en ese momento en los brazos del hombre, quien la había elevado como si de una muñeca se tratara. La joven se sentía agitada, pero había añorado sentirse abrazada por aquel fornido hombre. Para evitar caerse, le echó sus manitas al cuello. Ligorio, observo aquella carita deliciosa, sensual de la doméstica, y sin poder contenerse la atrajo hacia él y la besó en los labios por primera vez.
La joven intentó evitarlo, pero la fortaleza física del hombre la mantuvo pegada al mismo, hasta que se vio necesitaba de abrir su boca y permitir que la lengua del señor entrara en su boquita. Aún tenía los restos del semen, pero a Ligorio no le importó. El beso fue ardiente. La joven era la primera vez que la besaban.
Cuando se despegó de la cara del hombre, aún en brazos de aquel, Ligorio le pregunto: ¿nunca te han besado verdad?
La joven afirmo con su cabeza, constatando que era la primera vez. El señor quedo alucinado al ver cómo fue la propia joven la que volvió a besarlo. Pero esta vez, fue un beso más ardiente, amoroso, que enloqueció a la joven, y agitó aún más al señor.
Al retirarse miró al señor con carita enrojecida, pero esta vez no de vergüenza sino de auténtica pasión. Dirigió su mirada hacia el amplio espejo del baño y contempló los cuerpos de ambos. Sintió un nuevo estremecimiento al verse en los grandes brazos de aquel hombre corpulento, atlético, que la sujetaba y mantenía en brazos como si tratara de una muñeca. Se fijó igualmente en que el hombre seguía desnudo, constatando que su pene se mantenía enfilado hacia arriba, y casi se pegaba a su trasero.
Ligorio se percató del estremecimiento de la joven al ver reflejados sus cuerpos en el espejo. Al contemplar la pequeña faldita de la joven, observó que dejaba entrever una parte de sus nalguitas. No lo dudo ni un instante, y fue bajando sus manos hasta que estas entraron en contacto los glúteos de aquella. Enriqueta se volvió a estremecer al sentir como el hombre atrapó sus nalguitas con sus grandes manos.
Agitada miró al hombre, ruborizándose. Nunca aquel le había llegado a tocar ni sus muslos ni sus nalgas. El hombre continuó acariciando las nalgas, suavemente, y a veces las apretaba entre sus grandes manos. ¡El señor le estaba tocando claramente todo su trasero, y se estaba recreando!
Ligorio, intentó tranquilizarla, diciéndole: tienes unas nalguitas preciosas, y muy suaves.
La joven no obstante se sintió intranquila, mucho más, cuando el hombre la dejó caer un poco, hasta que las nalguitas hicieron contacto directo con la cabeza de su pene, que emergía como un misil entre las piernas del señor. Agitación que se incrementó cuando aquel comenzó a puyar con su falo el culito de la joven.
-Oh señor… ¿será mejor que me baje?. Esto no está bien. - le comentó bastante intranquila, mientras miraba la escena reflejada en el espejo.
El hombre la miró, diciéndole: ¿sientes mi pene en tu culito? ¿has visto como esta de grande? ¿te gusta sentirla verdad?
La doméstica se alteró, exclamando: oh ¿no pretenderá metérmela?
Ligorio era consciente de la temeridad que estaba cometiendo. Por ello decidió no importunar más a la joven, diciéndole: relájate. No es el momento. ¡En otro momento lo intentaremos!
Tras ello, la bajó, dejándola en el piso. Una vez en el suelo, la joven decidió salir del baño, dejando que el hombre terminara de asearse y vestirse. Mientras se retiraba, desde la puerta del baño, volvió a dirigir una última mirada al falo del hombre, antes de retirarse.
continuara
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