Unos vecinos influencers 5. El nuevo jugador
Armando creía ser el dueño de su vida y su matrimonio, hasta que Teddy, el nuevo vecino, comenzó a desmontar su realidad pieza por pieza. Lo que empezó como sospechas de infidelidad se transformó en una trampa donde ni su esposa ni su hijo eran quienes parecían ser. Ahora, atrapado entre el deseo y la vergüenza, Armando descubre que el juego no lo juega solo con él, sino contra él.
CAPÍTULO 5
EL NUEVO JUGADOR
"Los niños no entienden de juegos de adultos... pero reconocen el peligro antes que nadie."
Mis ojos recorrieron su cuerpo, buscando señales, pruebas, cualquier detalle que confirmara lo peor, el pelo mojado (¿ducha... o esfuerzo?), el cuello marcado (¿arañazos... o la toalla al secarse?), el bulto aún notable bajo el vaquero (¿excitación residual... o anticipación?)
Un gemido ahogado sonó arriba.
Teddy sonrió, lentamente, como un lobo que sabe que tiene al cordero entre sus dientes.
—*"Relájate, banquero...—** murmuró, ajustándose la entrepierna con descaro— *...solo estaba practicando para cuando ella esté lista."
Mis pulgares se clavaron en las palmas de las manos, las uñas marcando medias lunas rojas en la piel. Teddy seguía ahí, desafiante, su cuerpo sudoroso brillando bajo la luz del recibidor como si fuera un trofeo viviente.
—*"Te voy a arrancar la sonrisa a hostias—** rugí, avanzando hacia él con cada sílaba— y luego usaré tus dientes para decorar el maldito árbol de Navidad."
Teddy no retrocedió. Al contrario, se lamió el labio inferior con una lentitud obscena, como si mis amenazas le provocaran erección.
—*"Uy, qué duro te pones—** susurró, mirandome descaradamente—...aunque no tanto como yo cuando pienso en cómo Clara muerde ese labio cuando está a punto de—"
Mi puño voló antes de que terminara la frase.
Él esquivó con la agilidad de un gato, riendo entre dientes mientras mi mano golpeaba el marco de la puerta con un crujido sordo.
—*"¡Cobarde de mierda!—** escupí, agarrando su camisa hawaiana— ¿Te gusta jugar con mujeres casadas porque ninguna soltera te tocaría con un palo?"
Teddy se dejó arrastrar, sus ojos brillando con pura malicia.
—*"Ah, banquero...—** jadeó, fingiendo agonía mientras mis nudillos le arrugaban la tela—...si supieras lo mojada que se pone Clara cuando le hablo de—"
El claxon de un coche cortó el aire.
Ambos giramos la cabeza hacia la ventana. El Mini Cooper rojo de Clara entraba por el camino de gravilla, el sol reflejándose en el parabrisas como un destello de advertencia.
Mis pensamientos chocaron, ¿Esa es Clara? ¿Entonces por qué huele a su perfume en el aire?¿Y qué diablos hace Teddy aquí si ella no estaba?
Teddy aprovechó mi distracción para liberarse.
—*"Parece que llegó la dueña de la casa—** murmuró, pasando la lengua por los dientes—...y de otras cosas."
El motor se apagó. La puerta del coche se abrió. Clara apareció con bolsas de compras y una sonrisa que se congeló al vernos.
—"Armando... ¿qué pasa aquí?"
Teddy no esperó a que respondiera. Se inclinó hacia mí, su aliento caliente en mi oído:
—*"La próxima vez que quieras matarme...—** susurró—...asegúrate de que tu mujer no esté en el supermercado comprando pepinos."
Y entonces lo vi, el pelo de Clara impecable (¿nada de revolcones en la cama?), sus zapatos limpios (¿no había pisado el jardín trasero?), las bolsas llenas de comida (¿incluyendo esos malditos yogures griegos?). La duda era peor que cualquier certeza.
Mis tres reflexiones golpearon mi cráneo como balas perdidas, Joder, ¿y si todo fue un montaje para volverme loco?, La sonrisa de Teddy era demasiado perfecta, como si hubiera ensayado cada segundo de esta escena.Pero entonces... ¿por qué coño se masturbó aquí?Y por qué ahora Clara se ajusta el escote al ver a Teddy?,Sus dedos temblaron levemente al tocar el cuello de su blusa, ese movimiento que solo hacía cuando estaba nerviosa... o excitada.
Entonces, el universo estalló.
Alex bajó las escaleras como un huracán en pantalones cortos de fútbol, lanzándose sobre Clara con un abrazo que casi la derriba.
—*"¡Mamá! ¡Papa! —** gritó, con los ojos brillantes como lunas llenas— ¡Cómo no me dijisteis que Teddy es nuestro vecino! ¡Es el mejor día de mi vida!"
El silencio fue un mazazo.
La palabra resonó en mi cabeza como un eco envenenado. Clara sonrió, pasando una mano por el pelo revuelto de Alex, pero sus ojos... sus ojos buscaron a Teddy con una complicidad que me quemó las entrañas.
—*"Cariño—** dijo, dirigiéndose a Alex con una sonrisa que no llegaba a sus ojos— tu padre y yo no sabemos qué vídeos ves en tu móvil, ni conocíamos a Teddy ni a Lucy antes de todo esto... pero se ve que son muy famosos."
Mis ojos se clavaron en Teddy, que apoyado contra el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre ese pecho que tanto volvía loca a Clara, esbozó una sonrisa de falsa modestia.
Alex, el pobre inocente, saltó como un resorte, los ojos brillando como si le hubieran regalado la PlayStation 5.
—*"¡Famosos?—** casi gritó— ¡Son los más top del mundo! ¡Teddy tiene millones de seguidores! ¡Y Lucy es diosa en TikTok!"
Teddy se rió, un sonido bajo y sensual que hizo que Clara se mordiera el labio sin darse cuenta.
—*"Tampoco es para tanto—** murmuró, encogiéndose de hombros con estudiada humildad— Nos tienes sobrevalorados, pequeño."
Pero sus ojos, me desafiaban: "Sí, soy una estrella, y tu mujer lo sabe... ¿y qué?"
Clara se acercó a Alex, pasando demasiado cerca de Teddy.
—*"Son buena gente—** dijo, ajustándose el escote como si de repente le faltara aire— El otro día vinieron a casa, Teddy estuvo con tu padre viendo fútbol..."
Alex pateó el suelo, sus mejillas enrojecidas de indignación infantil.
—"¿Y no me avisasteis?"
Yo me aclaré la garganta, incómodo bajo la mirada de mi hijo.
—"Desde cuándo te gusta el fútbol?"
Alex se irguió como un soldado, los puños apretados de emoción.
—"¡Desde que Teddy viene a verlo a casa!"
—*"La próxima vez que venga, te lo diremos, cielo"**, le aseguró a Alex con una sonrisa maternal que no lograba ocultar el rubor en sus mejillas.
Alex saltó de emoción, los ojos brillando como si le hubieran prometido una consola nueva.
—*"¡Bieeeen!—** gritó, girándose hacia Teddy con adoración infantil— ¡Teddy, espero que te inviten pronto mis padres!"
Yo observé la escena con los dientes apretados, notando cómo Teddy no apartaba la mirada de Clara ni siquiera para responder a mi hijo.
—*"Seguro que sí, campeón"**, murmuró Teddy, pero sus pasos lo llevaron directo hacia Clara, como un tiburón olfateando sangre.
El movimiento fue calculado, su mano grande cubrió por completo la de Clara al agarrar la bolsa. Sus dedos se deslizaron lentamente por su palma, rozando cada nudillo con una intimidad que no correspondía, cuando Clara contuvo el aliento, él apretó levemente, como si estuviera midiendo su pulso.
—*"Me la dejas?..."**, susurró Teddy, su voz grave como un roce de terciopelo sobre piel desnuda.
Una pausa cargada.
—*"...La bolsa, digo."**
Clara parpadeó, aturdida, los labios entreabiertos.
—*"¡U-uh, sí! Jejeje—** rió nerviosa, **tragando saliva audiblemente— ¡Qué torpe soy!"
Pero no soltó la bolsa de inmediato.
Sus dedos permanecieron entrelazados con los de Teddy un segundo demasiado largo, el plástico crujiendo entre ellos como un testigo mudo.
Alex, inocente, seguía saltando alrededor de Teddy.
—*"¡Invítalos pronto, papá, porfa! "**
La sonrisa de Teddy fue un cuchillo envuelto en caramelo.
Teddy desapareció hacia la cocina con las bolsas, su espalda ancha bloqueando la luz del pasillo por un instante antes de que la oscuridad lo engullera. El crujido del plástico sonó como un susurro obsceno en la casa repentinamente silenciosa.
Clara se volvió hacia mí, los dedos jugueteando con el escote de su blusa, donde una gota de sudor trazaba un camino lento hacia la sombra entre sus pechos.
—*"Vengo cansada... y sudada—** susurró, mordisqueando el centro de su labio inferior de esa manera que solo hacía cuando estaba nerviosa. O excitada. —Voy a darme una ducha. Despídeme de Teddy, cariño."
Tenía las pupilas dilatadas, como si ya estuviera imaginando el agua caliente resbalando por su piel. O unas manos que no eran las mías enjabonándole la espalda.
Alex, inocente de la electricidad que cortaba el aire, saltó del sofá.
—*"¡Yo también me ducho!—** anunció, corriendo escaleras arriba antes de que pudiéramos responder. —¡Luego me enseñas más videos, Teddy!"
Teddy emergió de la cocina, las manos en los bolsillos de sus vaqueros, que se ajustaban demasiado bien a sus caderas. Se detuvo frente a mí, su sonrisa de lobo intacta.
—*"Pobre banquero—** murmuró, su voz un ronroneo bajo que hacía vibrar el aire entre nosotros—. "Te estás comiendo la cabeza con imágenes que no son reales."
Yo me tensé, los músculos listos para atacar.
—*"¿Ah, sí?—** gruñí—. "¿Y qué hay de real en que te hayas corrido en mi puto baño?"
Teddy se rió, un sonido cálido y peligroso, antes de inclinarse hacia mí, su aliento caliente rozándome la oreja.
—*"La realidad, Armando, es que tu mujer no estuvo aquí—** susurró—. "Pero tú no quieres creerlo, porque en el fondo... te excita pensar que sí."
Sus palabras me atravesaron como un cuchillo al rojo vivo.
—"La realidad—** continuó, pasando un dedo por el borde de mi cuello— es que me masturbé pensando en ella, sí. En tu cama. Con su colonia puesta. Y lo volveré a hacer."
El sonido del agua corriendo en la ducha arriba llenó el silencio.
—*"Pero hoy—** añadió, ajustándose el paquete con descaro—, "solo vine a jugar con tu hijo. Y contigo."
Teddy se apartó lentamente, sus labios aún curvados en esa sonrisa de depredador que me hacía ver rojo.
—*"Si yo fuera tú...—** susurró, arrastrando cada palabra como un cuchillo de seda—, "subiría al baño antes que Clara."
Una pausa calculada.
—"...Para limpiar."
Y entonces se rió, un sonido bajo y cargado de malicia, antes de darse la vuelta y caminar hacia la puerta, sus caderas moviéndose con esa arrogancia de quien sabe que ha ganado.
Mis ojos se clavaron en su espalda, en la forma en que los músculos se tensaban bajo la camisa con cada paso. ¿Qué mierda había dejado en mi baño? ¿Una toalla manchada? ¿Un condón usado? ¿O algo peor?
Teddy abrió la puerta, la luz del atardecer bañando su perfil como si el universo lo glorificara.
—*"Hasta la próxima, banquero—** dijo, lanzándome una última mirada sobre el hombro—. "No olvides revisar... el cesto de la ropa sucia."
Subí las escaleras de dos en dos, los latidos del corazón ahogando el crujido de los peldaños bajo mis pies. El aire olía a vainilla y menta—el champú de Clara—pero también a algo más picante, masculino, que se aferraba al pasillo como un fantasma.
La puerta del baño estaba entreabierta, el vapor escapándose en espirales seductoras. Clara, envuelta en una toalla demasiado pequeña, se giró hacia mí con los ojos brillantes de sorpresa.
—*"¿Qué haces?"** —preguntó, sus dedos apretando el tejido sobre sus pechos, pero no lo suficiente para ocultar el rubor de su piel recién lavada.
No respondí. Me colé en el baño antes de que pudiera detenerme, el espejo aún empañado, las gotas de agua resbalando como lágrimas sobre el cristal. Y ahí estaba.
Un rastro blanco, apenas visible entre el vaho, deslizándose lentamente hacia el borde del lavabo.
Mis dedos temblaron al pasar por la superficie fría, limpiando el vapor... y recogiendo su semen con mis propias manos.
—*"¿Qué haces?"** —repitió Clara desde la puerta, su voz más aguda ahora.
Me volví hacia ella, pasándome los dedos húmedos por el pelo con una calma que no sentía, la sonrisa falsa pegada a mis labios como una máscara.
—*"Nada, nada... peinarme"**, dije, dejando que su esencia se mezclara con mi pelo.
Clara se rió, un sonido claro que cortó el aire como un cuchillo.
—*"¿Y para eso tenías que subir corriendo?"**
—*"No quería que me quitaras el primer puesto"**, contesté, mirando cómo una gota imaginaria de Teddy caía por mi sien.
Ella sacudió la cabeza, los ojos brillando de diversión.
—*"Estás loco"**, murmuró, dándose la vuelta con un movimiento de cadera que hizo vibrar la toalla.
Y entonces...
Me giré hacia el cesto de la ropa sucia, las manos hambrientas de más pruebas. Las prendas estaban revueltas, como si alguien las hubiera hurgado apresuradamente.
Y ahí, entre los pliegues de una sábana, lo encontré.
El tanga de Lucy brillaba entre la ropa sucia como una serpiente escarlata en la hierba. Minúsculo. Ese tanga blanco que le quedaba de cine.
Mis dedos temblaron al sacarlo del cesto, la tela sedosa deslizándose entre mis nudillos como piel viva. El móvil vibró en mi bolsillo.
Mensaje TEDDY: "De nada. Si Lucy se entera de que te lo he dado, me mata."
Una oleada de calor me subió por el cuello. ¿Por qué coño lo había hecho? ¿Por qué lo guardaba? ¿Y por qué lo dejaba aquí?
Lo acerqué a mi nariz, inhalando profundamente.
El aroma me golpeó como un puñetazo, olía al perfume caro de Lucy, sal (sudor fresco, reciente y algo más... ácido, animal...
La seda blanca se deslizó sobre mi lengua como una serpiente envenenada. Cerré los ojos, dejando que el sabor inundara mis sentidos, buscando desesperado lamer ese tanga imaginándome a Lucy.
El aroma era distinto al de mi mujer, vainilla mezclada con coco, sal marina, algo picante, exótico
El móvil vibró.
Mensaje TEDDY: "A que no adivinas dónde se lo quité... Pista: no fue en el gimnasio."
La imagen mental me golpeó como un puñetazo, Lucy, con ese cuerpo de modelo, arqueándose mientras Teddy le arrancaba el tanga con los dientes, sus gemidos, grabados en el móvil que ahora sostenía yo y lo peor... ¿había sido en mi casa? ¿En mi cama?
Mensaje de Armando: "¿Se lo quitaste la noche que viniste a mi casa? ¿O fue hoy, cuando Alex te dejó entrar a escondidas?"
El móvil vibró al instante, como si Teddy hubiera estado esperando mi respuesta con esa sonrisa de lobo suya.
Mensaje de Teddy: " "Jajaja, más caliente, banquero... pero todavía no lo suficiente. ¿Sabes qué pasó hace dos días? Mientras tú estabas trabajando, Lucy y yo fuimos a ver a Clara a tu casa para hacer yoga. En un descuido de ella, le quité el tanga a Lucy... Mi chica se excitó al saber que iba sin nada bajo el ropa, y yo, astuto, me lo escondí en el bolsillo. Aproveché para ir al baño y... bueno, te lo dejé de recuerdo. No digas que soy mal amigo... ¿O sí?
Yo me preguntaba ¿Por qué Clara no me dijo nada de que vinieron estos dos...?
Mensaje de Teddy: "Te lo dejé de recuerdo. Por si alguna vez quieres saber a qué huele una diosa cuando está mojada."
Mis dientes se clavaron en el labio. El tanga aún olía a ella, a ese perfume caro mezclado con algo más íntimo, dulce y salado a la vez.
Mensaje de Armando: "¿Y Clara lo sabe?"
La respuesta tardó unos segundos, deliberadamente lenta, como si Teddy estuviera saboreando mi agonía.
Mensaje de Teddy: "Clara tiene sus propios secretos, banquero. Pero eso ya lo sabes, ¿no? Por eso revisas su ropa. Por eso husmeas en su teléfono."
Mensaje de Teddy: "Te dejo con tu nueva prenda, Armando. A ver qué haces con ella... ¿La devuelves? ¿La guardas? ¿O la usas para imaginarte cosas que nunca tendrás?"
El último mensaje venía con una foto adjunta: Lucy, en mi gimnasio, mordiendo el tanga blanco entre sus dientes, los ojos medio cerrados en un desafío.
Mensaje de Teddy: "PD: Si se lo enseñas a Clara, a lo mejor se pone celosa... y ya sabes lo caliente que se pone cuando está celosa."
El sonido de pasos en el pasillo me hizo esconder el tanga en el bolsillo. Clara apareció en el umbral, el pelo goteando sobre sus hombros desnudos, la toalla ajustada justo debajo de los pechos.
—"¿Con quién hablas tan concentrado?" —preguntó, inclinándose levemente hacia mí, como si intentara ver la pantalla.
Yo escondí el móvil, sintiendo el tanga de Lucy arder contra mi muslo.
—*"Nadie importante"** —dije, mientras mis dedos se cerraban alrededor de la seda húmeda—. "Solo un juego."
Clara sonrió, ese gesto lento y peligroso que hacía cuando sabía que mentía.
—*"A mí también me gustan los juegos, cariño"** —susurró, pasando un dedo por mi pecho—. "Sobre todo cuando hay... premios."
Y entonces, con un movimiento rápido, me arrebató el móvil de las manos.
Mi corazón se detuvo.
Ella miró la pantalla, sus ojos recorriendo los mensajes, la foto de Lucy...
Y entonces, para mi sorpresa, se rió.
—*"Ay, Armando"** —dijo, devolviéndome el teléfono con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. "Si querías verme celosa, tendrías que esforzarte más."
Se dio la vuelta, dejando que la toalla se le deslizara un poco más.
La puerta se cerró con un clic apenas Clara desapareció por el corredor. Mis dedos ya temblaban antes de deslizar el pestillo. ¿En serio iba a hacer esto?
El tanga blanco de Lucy brillaba en el borde del lavabo, como una invitación. Dulce. Sudado. Húmedo en los lugares precisos. Lo apreté contra mi cara y respiré hondo, dejando que su aroma—flores baratas y sexo—me devolviera a esa tarde: Lucy arqueándose en la esterilla de yoga, el escote cayéndosele mientras Clara no miraba…
—Joder— salió de mis labios mientras la mano bajaba por mi abdomen. La polla ya palpitaba, roja e impaciente. Como a los dieciocho. Como cuando te escondías en el baño de la escuela.
Me senté en el retrete, las piernas abiertas, y empecé a moverme. Lento al principio, acariciando el tanga contra el glande, imaginando que eran sus dedos. Luego más rápido, los músculos tensos, los dientes apretados. El espejo empañado reflejaba mi degradación: un hombre casado, embadurnando de saliva y precum la ropa interior de la amiga de su mujer.
—Ah… Lucy…— gemí, viéndola en mi mente: esas nalgas empujando contra mí, sus uñas clavándose en mis muslos. ¿Gritaría mi nombre? ¿O el de Teddy?
El orgasmo llegó como un latigazo. Chorros blancos salpicaron el espejo, igual que los de Teddy horas antes. Jadeante, tomé mi teléfono. Flash. La foto capturó todo: mi verga aún goteando, el tanga enredado en mis dedos, el reflejo borroso de un hombre que ya no reconocía.
No eres el único que se corre aquí, escribí a Teddy, añadiendo el archivo.
Un segundo después, tres puntos aparecieron. Su respuesta llegó con un ding: Pero yo lo hice pensando en Clara. ¿Y tú?
El corazón se me detuvo. ¿En quién había pensado realmente? ¿En Lucy?
Algo resbaló por mi frente. Toqué mi pelo con dedos temblorosos. Húmedo. Frío. Pegajoso. Recordé que tenía el semen de Teddy en mi pelo.
Un escalofrío me recorrió la espalda. De repente, el baño me pareció diminuto, asfixiante. Sucio.
"¡No, no, NO!"
Me levanté tan rápido que casi resbalé con mis propios pantalones enrollados en los tobillos. Corrí hacia la ducha, arrancando la ropa como si me quemara. El agua helada me golpeó primero, luego caliente—demasiado caliente—pero no importaba. Tenía que quitármelo todo.
Froté mi piel hasta enrojecerla, restregando el champú una, dos, tres veces en el cabello. ¿Limpio ya? ¿O todavía huelo a él?
Y entonces, entre el vapor, una risa imaginaria resonó en mis oídos…
"Jajaja, banquero… ¿ahora sí te sientes más caliente?"
El mensaje titiló en mi pantalla al amanecer, las palabras ardiendo más que el sol que filtraba entre las persianas.
Mensaje TEDDY: "Cabrón... Te enseñé el culazo de Lucy en TU casa. Te regalé esa foto de ella en toples. Hasta te dejé su tanga empapado escondido... ¿Y tú? Nada. ¿Así es la amistad que me das?"
Mi pulgar se detuvo sobre la pantalla, la boca repentinamente seca.
Mensaje ARMANDO: "¿Qué quieres, Teddy?"
Los puntos suspensivos bailaron un segundo antes de su respuesta.
Mensaje TEDDY: "Quiero que devuelvas el favor, banquero. Hoy. En mi casa. Trae algo de Clara a tú elección."
El aire se espesó en mis pulmones.
¿Era una amenaza? ¿Una invitación?
Mensaje ARMANDO: "Estás jugando con fuego."
Mensaje TEDDY: "Y a ti te encanta quemarte, Armandito. 6 pm. La puerta estará abierta..."
Una foto adjunta. Lucy en bikini.
El sol de la tarde doraba el jardín, y yo, me encontraba reclinado en mi silla, con un libro entre las manos que no leía. El murmullo de la brisa entre las hojas apenas lograba distraerme del sonido que, poco a poco, comenzó a filtrarse desde el otro lado de la enredadera.
El reloj marcaba las 7:12 PM fue un débil recordatorio de que había ganado. No fui. No respondí. No le di el placer de una excusa.
La puerta de mi casa -mi santuario- permanecía cerrada con llave, las cortinas corridas como un muro definitivo entre su juego perverso y mi paz. Dejé que su invitación ardiera en el infierno de sus fantasías.
El silencio era dulce.
Hasta que...
Una voz grave, cargada de esa seguridad que solo los años—y ciertos secretos—pueden dar. Teddy.
—No me digas que no lo has pensado…—susurraba, con ese tono que hacía que hasta el aire se espesara.
Y entonces, la respuesta. Una voz más joven, titubeante, pero con un temblor que no era de miedo, sino de… anticipación.
—Es que no deberíamos…
Mi hijo.
El libro se me resbaló de las manos.
Me incliné hacia adelante, sin respirar, mientras los dedos se me aferraban al borde de la mesa. Del otro lado de la pared, el crujido de la madera del viejo banco de Teddy traicionó un movimiento. Un cambio de postura. Algo más íntimo.
Teddy: —¡Joder, tío! ¿Viste cómo se le marcaba eseculazo a Lucy con esos leggings rotos? Parecía una puta portada de Playboy... ¡y la muy zorra sabe que nos pone a todos como piedras!
Alex: —Jajaja, ¡hostia, sí! Cuando se agachó en el jardín pa' coger el móvil... ¡te juro que vi el hilo de la tanga!
Teddy: —¡JA! ¿Y eso fue todo lo que viste, niño? Porque yo, el martes, cuando vino a "hacer yoga"... la muy guarra iba sin el sujetador. Dos tetas como melones rebotando mientras hacía el perrito cachondo... digo, el perrito hacia abajo.
Alex: —¡JODER! ¿En serio? ¡Jajaja! Pues el otro día en la piscina, con ese bikini blanco... se le transparentaba todo cuando salía del agua. Parecía un porno en HD, ¡tío!
Teddy: —Coño... ¿Y tu padre? ¿No dice nada el pringao?
Alex: —¿Él? ¡Ni se entera! Se pone colorado si le digo "culo" en la cena... Imagínate si supiera que me pajeo pensando en Lucy como los demás!
Teddy: —JAJAJA... Pues dile que aprenda, que a Lucy le gusta que la miren... y que a mí me gusta enseñarla. ¿Sabes lo que me dijo ayer? "Teddy, qué fuerte que Armandito nunca me haya dicho ni mu..."
Alex: —...¿Y tú qué le contestaste?
Teddy: —"Que no te preocupe, bombón... que ya le enseñaré yo lo que pierde."
Hijo de puta... HIJO DE PUTA. Pensaba. Cada palabra de ellos era un cuchillo torcido en las costillas.
¿Desde cuándo mi hijo habla así? ¿Desde CUÁNDO mira así a Lucy? ¿En mi puta casa?¿Mientras yo pagaba la maldita hipoteca? Y Lucy yendo en Transparencias... yoga sin sujetador... el hilo de la tanga. ¿Por qué nunca miré? ¿O no... quise mirar?
Cuando el aire se había vuelto ya irrespirable y el peso de lo no dicho amenazaba con reventarnos el pecho, sus palabras tomaron un giro oscuro, afilado... como cuchillos jugueteando con una herida.
Teddy —Joder, Alex… tu madre con ese top… ¡qué puta bomba!
(Alex se atraganta con algo que estaría bebiendo. Risita cómplice.)
Alex:—¡Jajaja! ¡No jodas! Es mi madre.
Desde mi escondite, sintiendo cómo el sudor frío me recorre la nuca.
Teddy —Toda la noche mirándole ese escote… La muy zorra lo sabía. Hasta se agachó delante de mí a echarme vino. Como si quisiera que viera más…
Mi puño se cierra solo. ¿Clara? ¿Mi Clara? Pero… ¿cuántas veces me quejé yo de ese vestido «demasiado ajustado»?
Alex (bajando la voz, cómplice)—Mamá tiene unas tetas que no te crees. El otro día, en la piscina… Menudos bikinis usa..
Teddy —Seguro que tu padre ni se fija. Un pringao que duerme con esa diosa y ni le lame las…
Alex Invitado a mi piscina estás.
Teddy—¿En serio me invitas, pequeño? Porque si llevo a Lucy… y tu madre saca esos bikinis que dices… la piscina no será lo único que hierva.
Alex se atragantó. Desde mi escondite entre los arbustos, sentí cómo una gota de sudor —¿o era vergüenza?— me recorría la espalda.
Alex —Joder… si vieras cómo se le sale todo cada vez que se ajusta los tirantes… ¡como si lo hiciera a propósito!
Mi respiración se cortó. ¿Clara? ¿Ajustándose? ¿Cuántas veces había visto ese gesto inocente —manos hacia atrás, pecho alzado— sin atreverme a pensar en lo que ellos ahora verbalizaban con obscenidad?
Teddy —Pues dile que se ponga el más pequeño… ese que no esconde ni los pezones… A ver si tu padre por fin se entera de con qué diosa vive.
¿Era posible que Clara…? No. No podía ser. Y sin embargo, mi mente ya pintaba la escena: Teddy, bronceado y sudoroso, vertiendo aceite sobre su espalda mientras Lucy —¡esa maldita sirena!— le susurraba cosas al oído a mi hijo para excitarlo más.
Alex —Si vienes… yo me encargo de que mamá se ponga el que tú quieras.
El mundo se detuvo. ¿Mi hijo negociando la ropa —o la falta de ella— de mi mujer? ¿Y si Clara ya estaba en el juego? ¿Si esos «ajustes» de bikini habían sido siempre para…?
Teddy: —Pues entonces, campeón… que empiece el espectáculo.
La puerta corrediza de la casa de Teddy se cerró con un clic sordo, el sonido de un mundo que se aislaba voluntariamente. Los pasos que siguieron no tenían la urgencia de quien busca algo, sino la lentitud calculada de quien sabe que el tiempo ahora le pertenece.
—¿Mamá?
La voz de Alex me hizo estremecer. Estaba cerca, demasiado cerca. Si giraba la cabeza, podría verme agazapado como un ladrón en mi propio vecindario.
Me arrastraba entre los setos, las ramas arañándome los brazos como si la naturaleza misma intentara detenerme. ¿Qué demonios estaba haciendo ahí? ¿Era el marido desconfiado o el voyeur que llevaba años escondido bajo mi traje de banquero?
—Me acabo de acordar... tengo que limpiar la terraza... y repasar mates —farfulló, con esa torpeza adolescente que delataba mentiras.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta. Podía imaginarme a Clara inclinando la cabeza, esos ojos que tantas veces me habían desnudado ahora estudiando a su propio hijo con una intensidad que no entendía.
—Claro, cariño.
Su voz era miel sobre navajas. Demasiado dulce. Demasiado... cómplice.
El portazo de Alex resonó como un disparo. Y entonces, el verdadero juego comenzó.
Teddy murmuró algo, las palabras tan bajas que se perdieron entre el zumbido de mi propia sangre en los oídos. Pero el tono... Dios, ese tono. Era la voz que usaba un hombre cuando sabía que ya había ganado. Clara respondió con un susurro, pero fue el ritmo de su conversación lo que me dejó seco: Pausas largas, respiraciónes entrecortadas y silencios que gritaban.
Los pasos cesaron. Ya no se movían por el jardin. Se habían detenido... ¿en el salón? ¿En el dormitorio? ¿Frente a ese sofá de cuero donde Teddy recibía a sus "visitas"?
El silencio que siguió fue diferente. Espeso. Cargado. El tipo de silencio que se paladea, que se mastica, que se traga con la garganta seca. No escuché besos. No escuché gemidos. No escuché la cremallera de ese maldito vestido blanco bajando.
Pero en mi mente, ya los veía:
Teddy detrás de ella, sus labios rozando esa marca de nacimiento que solo yo conocía... hasta hoy. Sus manos, esas manos grandes, el gemido que yo no escuchaba pero que podía sentir en mis huesos, ese sonido que durante años creí reservado solo para mí.
El grito de Alex resonó como un disparo en la tarde quieta—¡Papá!—y mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Las piernas me llevaron hacia el garaje en una carrera muda, el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escapar por sí solo. La puerta se cerró tras de mí con un chasquido que sonó a condena.
Alex apareciendo en el umbral, con esa sonrisa que no era de niño, sino de cómplice que ha ganado una apuesta. —¿Qué haces… escondiéndote?
Su voz goteaba malicia, recorrieron mi sudorosa camisa, mis manos temblorosas.
Yo, apoyado contra el BMW que Clara me regaló por mis 40 años, tratando de dominar la respiración. Él, cruzado de brazos, la cadera ladeada como un matón de barrio. El aire olía a gasolina y mentiras.
Yo (fingiendo autoridad que ya no tenía):—Nada. Buscaba la… llave inglesa.
Alex soltó una risa—corta, afilada—y se acercó. Demasiado cerca. Su perfume, el mismo que usaba Teddy, me envolvió como una nube de provocación.
Alex susurrando, como si compartiéramos un secreto: —¿La llave inglesa…?. Sonreía
Y esa sonrisa… ¿la aprendió de Teddy? ¿O siempre supo cómo clavarme un cuchillo y girarlo lentamente?
Él, como si leyera mis pensamientos, dejó caer una mano al bolsillo de sus jeans—demasiado ajustados, como los de ella —y sacó… el móvil.
—Por cierto… mamá dice que cenará fuera hoy. ¿Te paso el mensaje o ya te lo ha pasado?
El móvil pesaba como un ladrillo en mi mano. Pantalla en blanco. Ningún mensaje de Clara. Nada. Solo el vacío digital gritándome lo que ya sabía: algo no encajaba.
Yo (los dedos temblorosos sobre la pantalla, escribiendo como un poseso):—¿Clara? ¿Dónde estás? (¡Mensaje no enviado!)
Alex observaba, apoyado contra el marco de la puerta del garaje, los brazos cruzados. Su sonrisa era una herida abierta.
Alex (con voz melosa, fingiendo preocupación):—Vaya… ¿no le llegan? Qué raro. A lo mejor hay poca cobertura donde está mamá.
La palabra "cobertura" la pronunció demasiado lento, como si la saboreara. Como si fuera un chiste privado… entre él y alguien más.
Marqué su número. El tono de llamada sonó una, dos veces… y luego, el vacío. Ni siquiera el buzón de voz. Como si Clara hubiera desaparecido del mundo. O como si me hubiera bloqueado.
Mis Pensamientos fuero rápidos¿Dónde cojones estás, Clara? ¿En qué restaurante no hay ni un puto decibelio de cobertura?"¿O es que estás en algún sitio donde no quieres que te localicen? ¿En algún lugar con paredes demasiado gruesas… y un vecino demasiado cerca?
Alex, como si leyera mi mente, se ajustó el cuello de la camisa—demasiado grande, como prestada—y dejó escapar una risita.
Yo (con la voz más fría que pude reunir):—¿Dónde exactamente dijo que cenaba?
Él alzó las cejas, inocente como un demonio.
Alex:—Uy, no me acuerdo… ¿El italiano del centro? ¿O era el japonés ese privado, el que está al lado del motel de la carretera?
El motel. La palabra flotó en el aire como un gas venenoso. Yo había estado ahí con Clara hacía años, en nuestros tiempos de pasión. ¿Cómo cojones sabía él eso?
Alex se acercó, hasta que el aliento le llegó a mi oreja.
Alex (susurrando, como un amante):—Tranquilo, papá… seguro que solo se le agotó la batería. Aunque… ¿no es raro que justo hoy no te avisara?
Y entonces, el golpe bajo: sacó su móvil. En la pantalla, una notificación de Clara—enviada hace media hora—: "Hecho. Él no sospecha nada."
El mundo se detuvo. ¿Era para Alex? ¿Para Teddy? ¿O para algún otro cómplice en esta obra que yo no entendía?
Continuará…
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