Unos vecinos influencers
Los nuevos vecinos no solo invaden su urbanización, invaden su matrimonio. Mientras Armando observa impotente, su esposa Clara descubre que el deseo puede ser más fuerte que la lealtad, y que la verdadera libertad tiene un precio que ella está dispuesta a pagar.
"Me llamo Armando Sánchez y tengo cuarenta y dos años. Hasta hace exactamente diecisiete días, mi vida era perfectamente imperfecta."
El hielo golpeó el cristal de mi whisky con un sonido que siempre me recordaba el crujido de tacones sobre suelo de mármol. Desde mi atalaya en el segundo piso, la urbanización Los Robles se extendía como un catálogo de lujo: césped quirúrgicamente recortado, vehículos de alta gama pulidos hasta el éxtasis, vallas blancas que separaban jardines de pecados discretos.
"Soy corredor de bolsa. El mejor de Madrid. El que mueve fortunas mientras los demás aún sorben su café con leche."
El orgullo me llenó la boca, pero esta vez sabía a mentira. A los veintiuno compré mi primer traje Armani. A los treinta, tenía a un ministro, varios empresarios y jugadores de futbol entre otros, como mis clientes. Ahora, con mis canas distinguidas y mi abdomen plano (gracias a ese entrenador personal que cobraba lo mismo que un cirujano), poseía todo lo que un hombre podía desear.
Incluida ella.
Clara.
El nombre me quemó como el primer trago de un whisky caro. La conocí a los veinticinco, cuando aún creía que el mundo era mío. Ella tenía dieciocho y trabajaba de recepcionista en ese gimnasio cutre del centro, donde los hombres íbamos a ver cómo se le pegaba el uniforme a esas curvas que parecen dibujadas por el diablo.
"Era como mirar a Botticelli después de tres copas de tequila."
Y ahora, a sus treinta y cinco, seguía siendo el tipo de mujer por la que los camareros derramaban bebidas. Caderas que invitaban a pecados capitales, pechos que desafiaban la física y la decencia, cintura de avispa y ese pelo castaño que olía a coco y promesas rotas.
"Sí, le compré el gimnasio. Como le compré todo en la vida. Menos su mirada cuando los conocimos."
El "Body & Soul" era su reino. Daba clases de yoga los martes y jueves para señoras ricas que anhelaban su cuerpo, y el resto del tiempo paseaba entre máquinas con esos leggings que le pintaban el trasero como dos lunas llenas.
Luego está Alex. Nuestro hijo mayor, trece años, la réplica adolescente de mi rebeldía universitaria pero sin mi ambición. Pasaba horas encerrado en su habitación, escuchando esa música basura y gritándonos cuando le pedíamos que bajara a cenar. "Es la edad", decía Clara con esa sonrisa condescendiente que usaba para calmar mis explosiones. Y luego estaba Gael. Mi pulso tembló al pensar en el pequeño. Cinco años, pero parecía de tres. Parálisis cerebral infantil. El diagnóstico sonó como una sentencia aquel día en el hospital: "Tetraplejía distónica, retraso severo, probablemente nunca hablará..." Ahora, cinco años después, Gael seguía siendo un bebé grande en silla de ruedas, con la cabeza ladeada, los brazos contraídos y ese babeo constante que Juana, nuestra asistenta, limpiaba con paciencia monjil.
Todo normal hasta que llegaron ellos.
El vaso crujió entre mis dedos. En el reflejo de la ventana, mi cara se distorsionó como un cuadro de Dalí.
El rugido del camión de mudanzas desgarró el silencio como un amante impaciente. Por la ventana del comedor vi a tres operarios sudorosos y viriles descargando muebles blancos, fríos y caros como una amante de alto standing.
Bajé las escaleras como un tigre oliendo intrusos en su territorio. Clara estaba en la cocina, exprimiendo verduras con esa concentración que antes reservaba para nuestras noches más ardientes.
"Parece que tendremos nuevos vecinos", dije, apoyándome en el marco como un galán de película vieja.
Ella alzó la vista, esos ojos verdes que antes solo brillaban para mí.
"¿Jugamos a un juego?" Sus labios se curvaron como la hoja de un cuchillo. "Adivinemos qué hacen los nuevos vecinos. El que más se acerque... gana un premio".
Un latido salvaje estalló en mi pecho, como ese día en Milán cuando la vi desnudarse frente al espejo del hotel. "¿Un premio?" La idea me electrizó, despertando imágenes de esa lencería de encaje negro que le compré en Via Monte Napoleone - la que solo usó una noche, la que la convertía en una diosa del pecado.
"Si gana, quiero una mamada en el jacuzzi", estuve a punto de gruñirle al oído. Pero me contuve. Los animales inteligentes saben esperar su banquete.
En lugar de eso, esbocé esa sonrisa que siempre la hace mojarse y pregunté: "¿Qué premio, gatita?"
Clara dejó el cuchillo sobre la encimera con un clink calculado. Sus dedos -largos, hábiles- jugueteaban con el mango como si ya estuvieran practicando algo más interesante.
"Si gano yo..." Hizo una pausa dramática, los labios brillantes de jugo de fruta, "...quiero esos pendientes de Tiffany que vimos. Los de diamantes negros".
Reí como un lobo ante un cordero desprevenido. "Cariño, esos cuestan más que mi primer Aston Martin", dije, acercándome hasta sentir el calor de su cuerpo a través de esa blusa de seda que odio y amo por igual. Mi mano se deslizó por su cintura, apretando justo donde le gusta que la toquen cuando nadie mira.
"Porque si gano yo..." Mis labios rozaron su oreja, haciendo que un escalofrío le recorriera la espalda, "...quiero verte con esa lencería milanesa. La que te convierte en mi puta personal cada vez que la usas".
Clara soltó esa risita entrecortada que solo sale cuando está excitada pero no quiere admitirlo, empujándome con una mano que no tenía fuerza.
"Dices unas cosas..." Sus mejillas ardían como las llamas del infierno que ambos frecuentábamos en la cama.
No esperé permiso.
Mis dedos encontraron ese punto sensible bajo sus costillas que siempre la hace gemir. Cuando se retorció de risa, la abracé con la excusa de sostenerla, aplastando sus pechos generosos contra mi pecho. El perfume Chanel N°5 -nuestro cómplice en mil noches de pecado- se mezcló con el olor a vainilla y deseo mojado.
"Serás golfa", le susurré al cuello, mordisqueando esa zona que solo yo conocía.
Ella se dejó abrazar exactamente siete segundos -los conté- antes de zafarse con esa sonrisa de mujer que sabe lo que vale.
"Ya nos presentaremos cuando lleguen", dijo, ajustándose el escote con dedos que temblaban levemente. "Pero primero... a ver quién gana".
Crucé los brazos, mostrando ese porte de banquero que tanto la excita. "Yo digo que tienen cuarenta. Él: director financiero. Ella: profesora universitaria que se cree intelectual".
Clara bufó, haciendo que sus pechos bailaran bajo la tela. "¡Aburridísimo!" Se acercó a la ventana, su silueta recortándose contra la luz del Porsche rojo que acababa de aparcar. "Él: veinticinco, jugador de fútbol. Ella: veinte, influencer. Los dos: acostumbrados a que el mundo se arrodille ante ellos".
La abracé por detrás, sintiendo cómo su trasero se aplastaba contra mi erección. Mis dientes encontraron su oreja.
"Eso es lo que tú quisieras, ¿no? Un jovencito musculoso que te folle contra las ventanas cada tarde..."
Clara no respondió. Pero su respiración acelerada y el roce de sus nalgas contra mí gritaban la verdad.
Un grito tan obsceno como un gemido me arrancó del sueño.
"¡QUE SÍ, CABRÓN, TÍRATE!"
Las sábanas estaban empapadas no solo de sudor. Me incorporé justo a tiempo para ver, a través de la ventana:
Botellas de champán flotando como juguetes sexuales abandonados, Ropa interior femenina colgando de los arbustos y dos cuerpos desnudos corriendo y tirándose a la piscina con alaridos que sonaban a orgasmos.
"Los putos vecinos", escupí.
Clara se removió a mi lado, sus pechos desnudos rozándome el brazo con esa suavidad que antes me volvía loco y ahora solo me recordaba lo lejos que estábamos.
"Es su primera noche, cariño...", murmuró, pero su voz estaba demasiado clara, demasiado despierta, como si llevara rato observando el espectáculo.
La agarré de la cintura -notando cómo se tensó bajo mis dedos- y la arrastré hacia la ventana.
"Mira bien lo que son", escupí, señalando a la chica -Lucy- emergiendo del agua como una sirena borracha, el pelo negro pegado a su cuerpo.
Clara intentó soltarse, pero la apreté contra mí. Noté su calor, su ritmo cardíaco acelerado... pero no la humedad que esperaba.
"¿En serio vas a defenderlos?", gruñí, mi erección -fruto de la rabia, no del deseo- presionando involuntariamente su muslo.
Ella giró la cabeza lentamente, esos ojos verdes que conocía mejor que mi propio reflejo brillando con algo nuevo: diversión.
"Venga, Armando...", susurró, su mano bajando para apartarme con suavidad. "Respira. Mañana les conocemos y si son unos garrulos, les echamos. Pero ahora..."
Un nuevo chapuzón en la piscina vecina, seguido de una carcajada que sonó a desafío, cortó su frase.
Clara se apartó por completo, arreglándose el pelo con esa calma que me sacaba de quicio, y entonces sonrió. No una sonrisa de consuelo. No una sonrisa de esposa.
Una sonrisa de mujer que acaba de ganar una apuesta.
"Creo que he ganado yo", dijo, los labios curvados como la hoja de un cuchillo. "Estos no tienen pinta de empresarios... ni ella de dar clase en la universidad".
Me dejé caer en la cama, las sábanas frías donde antes había calor. El reloj marcaba las 3:23 AM. Fuera, la música seguía.
"Sí...", admití al fin, mirando el techo como si pudiera ver las estrellas a través del yeso. "Creo que has ganado".
El viernes llegué a casa con el cuerpo pesado como plomo y la mente nublada por horas de reuniones estériles. El Mercedes se detuvo en el garaje con un suspiro mecánico, y al abrir la puerta de la cocina, me golpeó una mezcla de canela quemada y vainilla que olía a castigo doméstico.
Clara estaba de espaldas, removiendo una sustancia marrón en un bol de cristal. Llevaba esos leggings negros que convertían su trasero en una obra de arte del Renacimiento, y un top deportivo tan pequeño que dejaba al descubierto el tramo de piel dorada entre los riñones y el comienzo de su cintura.
"¿Qué haces, bruja?", pregunté, dejando la cartera sobre el mármol con un golpe seco.
Ella se volvió con esa sonrisa de Mona Lisa que siempre escondía travesuras.
"Galletas de bienvenida para los vecinos", dijo, alzando el bol para mostrarme una mezcla que parecía aserrín mojado. "Avena, espirulina y... mi toque especial".
Probé un trozo y mi cara se contrajo como si hubiera mordido una limón.
"Joder, Clara. Esto sabe a sandalia de gimnasio después de un maratón".
"Por eso son para ellos", rió, acercándose para darme un beso fugaz que me dejó el sabor amargo de su traición en los labios. "Hoy nos presentamos. Tengo ganas de estrenar esos pendientes de Tiffany", añadió con un guiño.
Comimos una ensalada insípida (Clara estaba en modo "operación bikini" otra vez), y durante la siesta, ella se durmió sobre mi pecho, babando mi camisa como si fuera un adolescente. A las seis en punto, estábamos frente al espejo del recibidor, dos depredadores preparándose para la caza.
Yo elegí mi armadura: Camisa azul celeste de lino (la que Clara decía que me hacía parecer "un banquero de película porno"), pantalones chinos que escondían mi creciente incomodidad y unos zapatos italianos.
Clara, en cambio, había optado por un atuendo que era una declaración de guerra:
Top rosa palo de tirantes finos que empujaba sus pechos como globos a punto de estallar, vaqueros tan ajustados que parecían pintados con látex y sandalias de tacón que alargaban esas piernas que tantas noches me habían envuelto
"¿Vas a ir así?", pregunté, tratando de sonar ofendido y no excitado.
Ella se miró en el espejo, mordiéndose el labio de esa forma que siempre precedía a mis derrotas.
"¿Demasiado?"
"Para un velatorio, sí. Para seducir a un niño de universidad, perfecto".
Clara me dio un pellizco en el trasero (demasiado fuerte para ser cariñoso, demasiado bajo para ser casual) antes de coger la bandeja de galletas.
"Vamos, celosillo", susurró, sus caderas balanceándose como péndulos hipnóticos.
Los treinta pasos hasta su casa fueron un viacrucis. El jardín vecino mostraba las cicatrices de la fiesta: vasos de plástico flotando como cadáveres en la piscina, un tanga negro colgado descaradamente de un arbusto, ese olor dulzón que ahora reconocía como marihuana de alta gama.
Clara se detuvo frente a la puerta, lanzándome una mirada que decía "compórtate" antes de tocar el timbre.
Ding-dong.
El sonido resonó como un disparo en el silencio del barrio.
Dentro se oyeron pasos rápidos, una risa femenina ahogada, y luego...
La puerta se abrió como el telón de un teatro erótico.
Teddy apareció en el marco, gotas de agua recorriendo esos abdominales que parecían tallados a mano por un Dios con demasiado tiempo libre. La toalla blanca anudada en sus caderas era tan delgada que casi podía ver la sombra de lo que escondía.
"Hostia..."
La palabra se me escapó como un suspiro de hombre condenado. A mi lado, Clara hizo un sonido entrecortado, como si se hubiera atragantado con su propia saliva.
Teddy nos miró alternativamente, pasando una mano por su pelo mojado en un gesto que hacía saltar las venas de sus bíceps.
*"Hola, soy Armando"**, dije, extendiendo la mano con una sonrisa que me dolía en la cara. "Tus vecinos de la izquierda".
Teddy miró mi mano como si fuera un instrumento de tortura medieval, luego esbozó una sonrisa de lobo:
"Si te doy la mano ahora, vecino, voy a ofender a tu mujer".
Hizo un leve movimiento de caderas que hizo bailar la toalla en un vaivén hipnótico.
Clara soltó una risita demasiado aguda, el rubor subiéndole desde el escote hasta las orejas.
El aire se llenó de su aroma: champú de menta, agua clorada y esa esencia cruda de testosterona juvenil que hacía que mis puños se cerraran.
Entonces Lucy apareció como un fantasma de mis fantasías más oscuras, apoyándose en el marco con la elegancia de una gata en celo. La camisa blanca de Teddy (¿o era suyo el aroma que llevaba?) estaba abierta hasta el ombligo, revelando un tanga negro que desaparecía entre unas nalgas perfectas. En una mano sostenía una copa de vino; en la otra, un cigarrillo electrónico que se llevó a los labios con gesto obsceno.
"¿Quiénes son, cariño?", preguntó, examinándonos como un chef mira un filete antes de cocinarlo.
Teddy hizo un gesto teatral: "Nuestros encantadores vecinos. Él es Armando, y..."
*"Su mujer"**, interrumpió Clara demasiado rápido, adelantándose un paso. El movimiento hizo que sus pechos oscilaran bajo la tela ridículamente fina.
Lucy me miró entonces, sus ojos verdes recorriendo mi cuerpo como si estuviera en una subasta. Cuando su mirada llegó a mi entrepierna, una sonrisa lenta floreció en sus labios pintados de rojo sangre.
Teddy cogió la bandeja de galletas, sus dedos rozando los de Clara con una lentitud que me hizo ver rojo.
"¿Y esto es...?"
"Galletas de avena con espirulina", dijo Clara, mordiéndose el labio como hacía cuando estaba nerviosa o excitada. "Sin azúcar".
*"Traducción: están más malas que pegarle a un padre"**, susurré a Teddy.
El joven soltó una carcajada, mostrando unos dientes perfectos que me dieron ganas de partírselos a puñetazos.
"Querido, deberías vestirte", murmuró Lucy con voz melosa mientras su mano recorría el torso sudoroso de Teddy como si estuviera tocando una escultura de mármol vivo, deteniéndose justo donde la toalla se anudaba precariamente en sus caderas. "No queremos asustar a los vecinos... todavía".
Teddy hizo una mueca de niño travieso y se volvió hacia nosotros, haciendo que la toalla se tensara sobre sus nalgas perfectamente esculpidas, revelando el contorno de un cuerpo que parecía diseñado para ser fotografiado, tocado y adorado.
"Disculpad el atuendo", dijo con una sonrisa que sabía no era sincera. "Vuelvo en un santiamén".
Cuando desapareció escaleras arriba, el aire quedó cargado con el olor a cloro, ambición y deseo reprimido. Lucy se recostó contra el marco de la puerta, abriendo deliberadamente las solapas de la camisa hasta mostrar el arco perfecto de sus caderas y ese tanga negro que parecía hecho de pintura más que de tela.
El silencio se hizo tangible, El tic-tac del Rolex de Clara marcando los segundos de mi paciencia que se agotaba, el chasquido obsceno del vape de Lucy al inhalar y el crujido de mis nudillos apretándose detrás de la espalda.
"¿Entran?" Lucy exhaló un anillo de humo que se enroscó alrededor de sus pechos como un collar de perlas invisibles, su voz tan dulce como el veneno. "Acabamos de descorchar un Albariño ".
Clara tragó saliva con un sonido audible, sus ojos siguiendo el camino que Teddy había tomado. Yo, en cambio, no pude apartar la mirada de la sombra oscura que se marcaba bajo la tela translúcida de la camisa de Lucy, imaginando la humedad entre sus muslos dorados.
El juego había comenzado.
Lucy nos guió a través de la casa con la gracia de una anfitriona de talk-show, cada movimiento de sus caderas haciendo bailar los flecos de la camisa abierta. El jardín trasero era un escenario de deseo, Sofás puff blancos que parecían diseñados para cuerpos entrelazados, mesa de mármol rosado con vetas que recordaban venas bajo piel excitada, luces LED que parpadeaban como miradas lascivas en la penumbra
"Sentaros donde queráis", dijo Lucy, dejándose caer sobre un puff con la estudiada languidez de una odalisca. Sus piernas se abrieron en un abanico de piel dorada antes de cruzarse lentamente, mostrando cada músculo tonificado de sus muslos.
Me acomodé junto a Clara, notando cómo sus ojos escaneaban cada detalle con la avidez de una compradora en rebajas.
"No es por ser entrometido...", comencé, haciendo girar mi copa de vino (servida en cristal de Riedel), "pero sois muy jóvenes para todo esto. ¿A qué os dedicáis exactamente?"
Lucy rió, un sonido que hacía vibrar sus pequeños pero perfectos pechos bajo la tela.
"¿En serio no nos conocéis?", preguntó, arqueando una ceja tan perfecta que dolió mirarla.
Clara y yo intercambiamos una mirada. La vergüenza ajena sabía a bilis en mi boca.
"La verdad es que no", admití, sintiendo cómo mis cuarenta y dos años me pesaban como un abrigo de plomo.
Lucy extendió su mano -uñas pintadas del mismo rojo que sus labios-:
"Dame tu móvil, dinosaurio".
Nuestros dedos se rozaron al pasarle el dispositivo, su piel más caliente de lo que debería estar. Mientras tecleaba, no pude evitar fijarme en:el hueso de su muñeca, frágil como cristalería fina, el brillo de sudor en su clavícula y el modo en que su lengua asomaba entre los dientes al concentrarse.
"Toma", dijo, devolviéndome un teléfono que ahora sentía contaminado.
TikTok se abrió en su perfil: @LucyyTeddy - 3.7 millones de seguidores.
El vídeo en reproducción mostraba a Lucy bailando en tanga negro y sujetador de encaje, girando sobre una mesa mientras Teddy -en shorts que dejaban poco a la imaginación- le seguía el ritmo como un perro en celo. 1.2 millones de likes.
"Madre mía...", respiré, sintiendo cómo mi sangre se dividía entre la indignación y la excitación.
Clara se inclinó sobre mi hombro, su perfume ahogando momentáneamente el olor a pecado de Lucy.
"¡Uau! ¿Todos estos seguidores son reales?"
Lucy bebió un trago de vino, dejando el rastro de sus labios en el cristal como un beso fantasma.
"Sí, cariño", dijo, señalando alrededor con su cigarrillo electrónico como una varita mágica perversa. "Esta mesa: Sklum. Esos puff: Westwing. Hasta el césped artificial tiene patrocinador. Bienvenidos a la nueva economía, bebés".
Teddy reapareció entonces, vestido con unos shorts que parecían pintados y una camiseta tan ajustada que podía contar sus abdominales.
"¿Os ha contado Luce nuestro pequeño secreto?", preguntó, deslizando una mano por la espalda de Clara como si ya tuviera derecho a tocarla.
El vaso de vino casi se me rompe en la mano.
Teddy se dejó caer en el puff junto a Lucy con la arrogancia de un rey tomando posesión de su trono, su brazo rodeando sus hombros en un gesto que era mitad cariño, mitad marca de territorio. Observé cómo su pulgar dibujaba círculos hipnóticos en el hombro desnudo de Lucy, cómo sus dedos largos y tatuados enredaban las puntas de su pelo negro como si fueran hilos de una marioneta.
Y entonces lo vi: El vídeo de TikTok cobró vida ante mis ojos. Esos cuerpos dorados y sudorosos, esa energía salvaje que irradiaban, esa libertad obscena de convertir cada centímetro de sus vidas en espectáculo. Todo lo que a mí me enseñaron a ocultar tras trajes caros y sonrisas profesionales.
"Vaya negocio", dije, apretando la copa hasta que los dedos me dolieron, tratando de sonar impresionado en lugar de herido en mi orgullo de macho proveedor.
Teddy lanzó una carcajada y alzó su copa, los músculos de su brazo flexionándose bajo los tatuajes. "El mejor, viejo. Nos pagan por ver lo que hacemos, básicamente."
El vino se me atragantó en la garganta. Clara tosió, el escote bailando peligrosamente mientras intentaba recuperar el aliento. Lucy le dio unas palmaditas en la espalda, sus dedos rozando la piel expuesta demasiado cerca del sujetador, y sentí cómo la rabia me hervía en las venas.
Lucy tomó un sorbo de vino, dejando el rastro de sus labios en el cristal como un beso fantasma. "Somos creadores de contenido", explicó con voz de experta, su dedo índice -uña blanca impecable- deslizándose por la pantalla de mi teléfono con la soltura de una pianista.
Su feed era un catálogo de tentaciones, Lucy en bikini diminuto probando un batido verde (#PatrocinadoPorVerdeFit),Teddy haciendo flexiones en ropa interior (#MuscleWear),ambos retozando en esta misma piscina (#VidaDeLujo)
Clara se inclinó hacia adelante, el escote cayendo como una trampa para miradas, sus ojos brillando con una admiración que me escocía como sal en una herida. "¡Tienes casi cuatro millones de seguidores!"
Teddy reapareció entonces, las gotas de agua resbalando por su torso como si su piel estuviera hecha para ser mojada, los shorts de nadar pegados a sus muslos como una segunda piel.
"Nuestro último reel de la casa superó el millón en un día", dijo, su brazo rodeando a Lucy con familiaridad conyugal, los dedos jugueteando con su collar de perlas como si fueran las cuentas de un rosario profano.
Mis ojos captaron el movimiento bajo la mesa: el empeine desnudo de Lucy rozando la pantorrilla de Teddy, un contacto tan íntimo como casual, tan natural como calculado.
"Así que básicamente... os pagan por vivir", resumí, la voz más áspera de lo que hubiera querido.
Lucy rió, mostrando esos dientes perfectos. "Nos pagan por mostrar cómo vivimos. La diferencia es importante."
Teddy se inclinó hacia adelante, los codos en las rodillas, exhibiendo los tatuajes de su espalda: "Este sofá es de @DecoHome. Una stori y fue nuestro."
Clara palpó el tejido inmediatamente, sus dedos -los mismos que me habían explorado a mí tantas noches- acariciando el cuero como si estuviera tocando piel. "¿En serio?"
Lucy se ajustó la camisa, dejando escapar un destello de piel dorada. "Totalmente. Sin mover un dedo."
La frase resonó en mi cabeza como un insulto. Sin mover un dedo. Sin sudar por nada. Sin ganárselo como yo lo había hecho.
Y lo peor de todo: viendo cómo Clara los admiraba por ello.
El sol se derramaba sobre el jardín como miel espesa, bañando cada superficie en un resplandor ámbar que hacía brillar las copas de cristal y las miradas cargadas de intención. Lucy balanceaba su vino entre dedos esculpidos, las uñas rojas como heridas frescas contra el cristal. Su sonrisa, afilada y calculadora, cortó el aire como un cuchillo.
"Y vosotros… ¿a qué os dedicáis?"
La pregunta flotó entre nosotros, inocente solo en apariencia. Yo deslicé los dedos por el puño de mi camisa, sintiendo el roce de la seda mientras la luz dorada acariciaba el Rolex en mi muñeca, un recordatorio silencioso de quién llevaba las riendas.
"Gestiono el dinero de gente con más cifras que sentido común."
Teddy soltó una carcajada demasiado estridente, como si estuviera siguiendo un guion mal escrito. Se reclinó en el puff, los músculos del abdomen tensos bajo la fina camiseta blanca, como si cada respiración fuera un espectáculo.
"¡Uy, qué emocionante!" —alargó las vocales con un sarcasmo que rozaba lo infantil—. Sus ojos, oscuros y desafiantes, se clavaron en los míos, retándome, tentándome a morder el anzuelo.
Sonreí, pero solo con los labios. Saqué mi tarjeta de visita del monedero—cartulina gruesa, letras doradas que brillaban como promesas—y la deslicé sobre la mesa de mármol hacia él con un movimiento deliberadamente lento.
"Hay mucha gente con dinero que no sabe administrarlo." Mi voz era suave, envenenada de dulzura. "Podríais ser vosotros dentro de unos años… cuando TikTok os canse."
Teddy la tomó entre el índice y el pulgar, como si sostuviera algo contaminado, pero fue Lucy quien la arrebató con un gesto felino, sus uñas acrílicas raspando la superficie con un sonido que hizo vibrar algo dentro de mí.
"Siempre viene bien un buen asesor," murmuró Teddy, pasando la lengua por sus labios húmedos mientras su mirada se deslizaba hacia Clara, no hacia mí.
Lucy estudiaba la tarjeta con ojos verdes que brillaban bajo la luz del atardecer, como un depredadora evaluando su presa.
"Tiene que ser un trabajo emocionante," susurró, rozándome la mano al devolverla. Sus uñas—rojo pasión, como su boca—rasparon mi palma con una lentitud que no era accidental.
"La bolsa es como una mujer impredecible," contesté, bajando la voz hasta convertirla en un rumor cargado de provocación. "Un día te arruina y al siguiente te hace millonario. A mí… me gusta domarla."
Lucy se mordió el labio inferior, un gesto pequeño, casi imperceptible, pero lo vi. Y supe que ella quería que lo viera.
Fue entonces cuando Teddy decidió entrar en el juego.
Se inclinó hacia adelante, los shorts ajustados revelando más de lo que debían, y posó su mano derecha sobre la rodilla desnuda de Clara con una familiaridad que no pedía permiso.
"Y tú, preciosa… ¿a qué te dedicas?"
Sus dedos dibujaron círculos lentos sobre su pierna, como si trazara un mapa invisible. El aire se espesó, cargado de electricidad. Clara se sonrojó, el rubor ascendiendo desde el escote hasta las sienes, pero no apartó la pierna.
Yo apreté la copa hasta que los nudillos palidecieron, observando cómo Teddy me lanzaba una mirada rápida, un desafío silencioso.
"Tengo un gimnasio," respondió Clara, la voz un poco más baja de lo habitual. "El mejor de la zona. Deberíais apuntaros."
Teddy retiró la mano con teatral lentitud, como si le costara separarse de su piel.
"Justo buscábamos uno," murmuró, los ojos fijos en el escote de Clara, donde el latido de su corazón traicionaba su calma.
Lucy intervino con una risa plateada, rompiendo la tensión como un cristal al estallar.
"Por un par de historias en IG, ¿nos lo dejas gratis?"
Clara abrió la boca, ofendida, pero antes de que pudiera hablar, Lucy le tocó el brazo con un falso arrepentimiento.
"Es broma, cielo. Te pagaremos… y te haremos publicidad gratis." Su sonrisa se ensanchó, mostrando esos dientes perfectos que sabían mentir tan bien. "A cambio, quizá nos dejes usar el gimnasio para algún vídeo especial… ¿no, Teddy?"
Teddy no respondió. Estaba demasiado ocupado devorando a Clara con la mirada, recorriendo cada curva de su cuerpo como si ya la imaginara envuelta en licra ajustada, la piel brillante de sudor, jadeante, suyo. Sus ojos oscuros, cargados de deseo, se detenían en cada detalle—el escote que se elevaba con cada respiración, el muslo que tembló levemente bajo su toque—como si estuviera memorizando cada centímetro para más tarde.
Lucy se deslizó del puff con la elegancia de una pantera, estirando los brazos hacia el techo en un movimiento estudiado que hizo que la camisa holgada de Teddy se abriera aún más, revelando el borde de su tanga negra de encaje, un detalle deliberado, un guiño a la provocación.
—Necesito más vino—anunció, pasando la lengua por sus labios carmesí mientras su mirada danzaba entre nosotros, calculadora, retadora—. ¿Alguien me acompaña a la cocina?
Clara, todavía con las mejillas teñidas de un rubor que delataba más de lo que quería admitir, me dio un codazo discreto.
—Cariño, ve con ella—susurró, aunque sus ojos no se apartaban de Teddy—. Y trae las galletas que dejamos en la encimera.
Teddy, que no había despegado los ojos del escote de Clara, soltó una risita baja, cargada de insolencia.
—Sí, Armando, acompaña a mi novia... No vaya a perderse.
La cocina era un santuario de lujo frío y pulcro—electrodomésticos de acero inoxidable, encimeras de mármol blanco, una isla central lo suficientemente amplia como para que Lucy se sentara en ella con la naturalidad de quien sabe que el espacio le pertenece.
—El vino está en la nevera—dijo Lucy, señalando con un movimiento de mentón mientras se subía a la isla sin pedir permiso, las piernas infinitas abiertas, los pies descalzos balanceándose con una languidez que no era casual.
Al inclinarme para buscar la botella, sentí su rodilla rozar mi costado—un contacto eléctrico, deliberado, que fingí ignorar.
—Tienes manos de pianista—murmuró ella de pronto, observando cómo mis dedos rodeaban el cuello de la botella—. Fuertes... pero delicadas.
Me volví lentamente, encontrándome con el espacio entre sus piernas abiertas, justo a la altura de mi cintura. El encaje negro de su tanga brillaba bajo la luz cálida de las lámparas, un detalle íntimo expuesto como un desafío.
—¿Delicadas?—repliqué, descorchando el vino con un pop estudiado—. En mi trabajo hay que ser más lobo que cordero.
Lucy rió, un sonido cristalino que escondía navajas, mientras balanceaba un pie descalzo que rozó mi pantalón justo donde la tensión empezaba a hacerse evidente.
—¿Y qué soy yo? ¿Cordera o loba?—preguntó, apoyando las palmas en el mármol detrás de ella y arqueando la espalda, haciendo que los pechos se le marcaran bajo la tela fina, los pezones endurecidos visibles bajo el tejido.
El corcho quedó abandonado en la encimera. Di un paso hacia adelante, lo justo para que sus rodillas me encerraran entre ellas.
—Tú eres... una niña jugando con cerillas—dije, sirviendo el vino en su copa con una precisión que no dejaba espacio al error—. Y yo soy el depósito de gasolina.
Ella tomó un sorbo lento, dejando la huella de su labial en el cristal, y luego me ofreció la copa con una sonrisa que prometía peligro.
—Prueba—retó, la voz un susurro cargado de malicia—. A ver si sabes distinguir el año.
Cuando mis labios tocaron el borde exacto donde los suyos habían estado, Lucy deslizó un pie por mi pierna, desde el muslo hasta el tobillo, con una lentitud que quemaba.
—Teddy dice que no sabes nada de vinos—susurró, los ojos brillando como esmeraldas bajo la luz—. Tienes cara de no saber de nada de vinos. Una pausa. A mí me encantaría que me demostraras lo contrario.
Afuera, las risas ahogadas de Clara y Teddy llegaban como un eco lejano, como si el mundo más allá de esta cocina, de este juego, ya no existiera.
La cocina olía a vainilla y lujuria, las encimeras de mármol brillando bajo la luz cálida que acariciaba cada curva del cuerpo de Lucy mientras se apoyaba contra la isla central. El filo frío del mármol mordía apenas sus muslos desnudos bajo la camisa holgada de Teddy, que apenas le cubría lo esencial.
—Ayúdame con algo…—su voz era miel derramándose sobre cristal roto, dulce pero peligrosa.
Antes de que pudiera responder, su iPhone aterrizó en mi mano. El dispositivo pesaba como un secreto a voces.
—Quiero un selfi desde arriba. Un ángulo picado, para que se me marque la cintura.—Sus labios, rojos como una advertencia, se curvaron en una sonrisa que prometía más de lo que decía.
No esperó mi aprobación. Con un movimiento fluido, se inclinó sobre la encimera, apoyando las palmas sobre el mármol mientras la camisa se deslizaba hacia atrás, revelando el arco perfecto de su espalda baja, las caderas estrechas y ese tanga negro que parecía más una invitación que una prenda.
Joder.
Sentí cómo la sangre abandonaba mi cerebro en una migración traicionera, dirigiendo todo el flujo hacia donde no debía.
—¿Armando?—Lucy giró la cabeza hacia mí, un mechón de pelo negro cayéndole sobre un ojo como en esas películas que saben demasiado—. El selfi, cielo. No me tengas aquí en esta pose eternamente.
Su tono era juguetón, pero había un desafío ahí, un "a ver si te atreves" no dicho.
Me acerqué, levantando el teléfono con una mano que fingía estabilidad. La pantalla me mostraba a Lucy en tiempo real: labios entreabiertos, ojos entrecerrados bajo pestañas postizas, el arco de su espalda baja conduciendo la mirada hacia donde el tanga desaparecía entre las nalgas, redondas y levantadas hacia la cámara como una ofrenda.
—Un poco más cerca…—murmuró, empujando su cuerpo hacia atrás hasta que el calor de su piel rozó mi pantalón.
El contacto fue eléctrico, deliberado. El teléfono casi se me escurrió de los dedos.
—Vamos, banquero…—susurró, las palabras rozándome el oído como caricias de cuchillo—. Haz click antes de que me canse.
Lo hice. El sonido del obturador artificial resonó como un disparo en el silencio cargado de la cocina.
Lucy se enderezó con la gracia de una gata y, en un movimiento fluido, rodeó mi cintura desde atrás para ver la foto, sus pechos presionándose contra mi espalda, su aliento caliente en mi nuca.
—Mmm… Qué buen ángulo.—Su voz era una caricia áspera—. Tienes talento para esto.
Me devolvió el móvil con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos de esmeralda líquida.
—Si quieres…—deslizó un dedo por mi pechera, dejando una estela de fuego—, te la mando luego. En privado.
—¿No la ibas a subir para que la viera todo el mundo?—Mi voz sonó más ronca de lo que habría querido.
Lucy rió, un sonido como cristales rompiéndose en cámara lenta.
—Oh, Armando…—Se inclinó hasta que sus labios casi rozaban mi oreja—. Las fotos que subo son las aburridas.
Su mano bajó como un rayo, rozando la tensión evidente en mi pantalón con los nudillos antes de alejarse hacia la puerta.
—Las interesantes… Esas tienen un público mucho más selecto.
Cuando salió, dejó tras de sí el rastro embriagador de su perfume y el eco de su respiración aún caliente en mi piel.
El sol de media tarde doraba el jardín cuando regresamos, la botella de albariño ahora pesando como una culpa entre mis manos. El aire olía a hierba recién cortada y a cloro de piscina, pero todo palideció ante la escena que nos esperaba.
Clara yacía boca abajo en la hamaca, su top rosa de tirantes finos deslizado hasta los codos, revelando la espalda desnuda. La tela, arremolinada bajo su pecho, se levantaba peligrosamente con cada respiración, mostrando el perfil de sus senos con una generosidad que hacía que mis dientes rechinaran.
Teddy estaba arrodillado a sus pies, un bote abierto de crema de masaje de menta entre las piernas. Sus manos, grandes y bronceadas, trabajaban los arcos de sus pies con movimientos circulares que hacían brillar la piel bajo el sol.
—Ah, volvéis—dijo sin levantar la vista, aunque el ritmo de sus dedos se ralentizó al pasar del talón al gemelo—. Clara estaba tensa… necesitaba un masaje.
Noté cómo la musculatura de su espalda se tensaba bajo la camiseta mojada que llevaba, y cómo los shorts ajustados no dejaban duda de su leve pero perceptible excitación.
Clara giró la cabeza hacia nosotros, apoyando la barbilla en el dorso de las manos. Sus ojos brillaban como los de un gato satisfecho.
—Teddy me estaba explicando que es masajista titulado—dijo con voz melosa, como si eso justificara por qué sus pulgares ahora subían por sus pantorrillas hacia el hueco poplíteo, un área que poco tenía que ver con pies cansados—. ¿Sabías que los puntos de presión en las piernas alivian el estrés lumbar?
Lucy, a mi lado, soltó un resuello apenas audible y me clavó las uñas en el antebrazo, justo donde ella había dejado marcas invisibles en la cocina.
—Qué… profesional—logré decir, mientras observaba cómo Teddy esparcía más crema entre sus palmas antes de deslizarlas por los tobillos de Clara, lentamente, como si midiera cada centímetro conquistado.
El aroma a menta se mezclaba con el perfume de Clara—flor de azahar y vainilla—creando una niebla afrodisíaca alrededor de la hamaca.
—Lucy, cariño—dijo Teddy con una sonrisa de lobo—, ¿me pasas esa toalla? La crema está resbaladiza.
Pero no era la toalla lo que quería.
Lucy avanzó como un felino, arrancando la toalla de la mesa con un gesto brusco. Cuando se la lanzó a Teddy, el bote de crema cayó al suelo con un golpe sordo, derramando un charco blanco sobre los adoquines.
—Uy, qué torpe—murmuró Lucy, mirando directamente a Clara mientras el líquido espeso se escurría hacia la piscina.
Clara se incorporó sobre los codos, el top colgando precariamente de un solo tirante, y sonrió como si nada fuera anormal:
—No importa, ya estaba terminando. Gracias, Teddy.
Y entonces lo hizo.
Al levantarse, apoyó una mano en su hombro para mantener el equilibrio, los dedos hundiéndose en su piel mojada un segundo más de lo necesario.
Teddy no disimuló su triunfo. Sus ojos se encontraron con los míos mientras su mano "casualmente" rozaba la cintura de Clara al ayudarla.
—Cuando quieras, preciosa. La próxima vez trabajamos la zona lumbar… Es donde se acumula más tensión.
Lucy resopló y se enroscó alrededor de mi brazo como una serpiente, sus uñas pintadas de rojo arañando mi reloj.
—Vámonos, Armando—susurró con voz dulce como el veneno—. Creo que nuestros vecinos necesitan… privacidad.
Los tacones de Clara resonaron sobre las losas de piedra del jardín, cada golpe un martilleo en mi conciencia. El silencio entre nosotros era denso, cargado, tan pegajoso como los restos de aquella maldita crema de menta que aún brillaba en su espalda. Lucy se había quedado atrás, sus labios rozando el oído de Teddy en un murmullo que le arrancó una carcajada demasiado íntima. El sonido me quemó como un latigazo.
Al cruzar el umbral de nuestra casa, Clara se desprendió de las sandalias con un movimiento estudiado, dejando que los tirantes de su top volvieran a su lugar con falsa inocencia. Como si ese gesto pudiera borrar lo que todos habíamos visto. Lo que todos habíamos sentido.
—Voy a ducharme— anunció, evitando mi mirada mientras sus dedos rozaban el hombro donde las huellas de Teddy aún brillaban, blancas y húmedas, contra su piel. —Tengo la piel... pegajosa.
Pegajosa por sus manos, pensé, observando cómo la crema no absorbida trazaba el mapa de sus caricias prohibidas.
Subió las escaleras con esa cadencia calculada que usaba cuando sabía que la observaba: caderas oscilando como péndulos de reloj, espalda arqueada en desafío, cabeza alta como una reina que no se arrepiente. Cada paso era un mensaje claro: "Sí, lo permití. ¿Y qué vas a hacer al respecto?"
Me dejé caer en el sofá del salón, el mismo donde apenas dos semanas atrás la había tomado contra los cojines, ahogando sus gemidos con mis labios mientras celebrábamos nuestro aniversario. Ahora encendí el televisor sin verlo, las voces de los comentaristas deportivos mezclándose con el sonido del agua cayendo en la ducha del piso superior.
El partido de fútbol pasaba a cámara lenta, pero yo solo veía repeticiones de otra jugada peligrosa: las manos de Teddy ascendiendo por las pantorrillas de Clara, el brillo de la crema en sus dedos mientras "masajeaba" zonas que ningún curso de masajista titulado incluía.
El agua seguía corriendo arriba. Demasiado tiempo para una ducha normal. Demasiado silencio para alguien que solía cantar bajo el chorro.
Mis puños se apretaron solos.
Continuará...
Si este capítulo te ha dejado con el corazón acelerado y la piel erizada, no dudes en escribirme a [email protected]. Me encantará conocer tus teorías, tus impresiones y, sobre todo, qué crees que ocurrirá cuando Teddy y Clara vuelvan a encontrarse... porque esto, querido lector, no ha hecho más que empezar.
Luz Oscura
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