Xtories

Marie, la infidelidad del cuarto día de Crucero

Richard dormía a su lado, pero su mente estaba despierta, leyendo los mensajes que revelaban que su placer no fue casual, sino planeado. Ahora, con el secreto en sus manos, Marie sonríe en la oscuridad: ellos creyeron que la tenían bajo control, pero ella acaba de tomar las riendas del juego.

mariajose10K vistas8.8· 15 votos

Cuarto día del crucero: La noche que aprendí a leer mentes

Richard dormía profundamente, boca arriba, con un brazo extendido hacia mi lado. Su respiración acompasada llenaba el camarote con esa regularidad que conocía desde hacía muchos años. Sesenta kilos de hombre que ronca suavemente, pensé, y yo aquí, temblando como una colegiala.

A su lado, permanecí inmóvil, con los ojos bien abiertos en la oscuridad. Podía sentir cómo el semen reseco me tiraba de la piel del pubis y los muslos, esa tirantez incómoda que siempre me hace querer ducharme inmediatamente después. Pero esta noche no. Esta noche quería llevarlo conmigo, como una marca, como un recordatorio de lo que había pasado.

Pero no podía dormir. Mi mente era un torbellino de imágenes y preguntas. Mis pezones, aún sensibles por lo de hacía unas horas, rozaban la sábana de algodón, y cada roce era un latigazo eléctrico que me devolvía a esa escena: la mirada de Carlos a través del tabique, las manos de Richard sobre mí, la conciencia de estar siendo observada.

La excitación era tan intensa que me dolía físicamente, un peso cálido y húmedo entre las piernas que nada tenía que ver con lo que Richard había dejado allí. Pero también había algo más: una pregunta que no dejaba de dar vueltas, punzante como una astilla bajo la piel. ¿Y si no hubiera sido solo esta noche? ¿Y si llevan días, semanas, meses planeando cosas así? ¿Cuánto de lo que he vivido estos días ha sido real y cuánto una puesta en escena para su disfrute?

Necesitaba saberlo. Necesitaba leer esos mensajes ahora mismo, aunque fueran las tres de la madrugada.

Fue entonces cuando una idea cruzó por mi mente y no hubo marcha atrás. ¿Y si clonaba el WhatsApp de Carlos; en vez de bloquearlo?

Me incorporé con cuidado, apoyándome en un codo para no hundir el colchón. Con los pies descalzos busqué mis bragas al fondo de las sábanas, ese gesto tan femenino de tantear con los dedos de los pies hasta encontrar la prenda hecha un ovillo. Las localicé, las enganché con el empeine y las subí lentamente hasta poder alcanzarlas con la mano. No me las puse. Solo las apreté contra mi palma, sintiendo la humedad que aún conservaban, como un talismán.

Mis pies tocaron el suelo. La alfombra era mullida, y mis pasos no hicieron ruido mientras volvía a salir al balcón, descalza, solo con el camisón corto de seda color marfil que apenas me cubría las nalgas. El aire de la madrugada me erizó la piel de los muslos, esos muslos que siempre me habían parecido demasiado gruesos pero que Richard decía que eran "de mujer de verdad".

El teléfono seguía allí.

Lo tomé con manos temblorosas. La pantalla se iluminó al tocarla, y por un instante temí que el brillo delatara mi silueta contra la oscuridad del mar. Sin código de desbloqueo, tal como lo había dejado el muy confiado. Abrí WhatsApp y, con el pulso desbocado, busqué la opción de "WhatsApp Web". Mis dedos resbalaban en la pantalla, húmedos por los nervios.

El código QR apareció. Saqué mi propio teléfono —el mío, el que Richard me había regalado el año pasado, con su funda de flores que él dice que es "tan yo"— y abrí la cámara. Enfocando el código, sintiendo que el corazón se me salía del pecho.

Escanea el código QR, decía la instrucción.

Lo hice. Por un instante, la pantalla de mi móvil se quedó en blanco. Luego: Esperando código de verificación...

El mensaje apareció. Un código de seis dígitos que llegaría por SMS al teléfono de Carlos en cuestión de segundos.

Contuve la respiración. Si él tenía el teléfono en silencio... si no lo había puesto en vibración... Mis ojos se clavaron en la pantalla del móvil de Carlos, rogando en silencio que no emitiera sonido, que no vibrara, que no hiciera nada que pudiera despertarlo en el camarote de al lado.

El teléfono de Carlos vibró suavemente en mi mano. Un zumbido corto, sordo. El SMS. Abrí el mensaje con el pulso tan acelerado que tuve que apoyar el móvil contra la barandilla para no temblar. El código: 284731.

Lo introduje en mi teléfono con dedos torpes, equivocándome una vez, dos veces. Tercera, correcto. Un segundo de carga que se me hizo eterno. Luego, la pantalla de mi móvil cambió.

Estaba dentro.

Los chats de Carlos se desplegaron ante mí como un mapa del tesoro, como un álbum de fotos prohibidas. Allí estaban todas sus conversaciones: con Ana, su mujer —la celosa, la que nunca participaría de sus juegos—; con amigos del trabajo; con contactos que no reconocí. Y allí, en primer lugar, destacando sobre los demás, un chat que me heló la sangre y encendió mi sexo al mismo tiempo.

El nombre: Richard.

Mi marido.

Richard (vecino)

Tragué saliva. Mis ojos recorrieron rápidamente los mensajes anteriores, los que ya había visto, confirmando lo que ya sabía. Pero luego, más abajo, encontré algo nuevo:

"Los amigos de Marie"

Un grupo.

Abrí el chat y sentí que el mundo se detenía.

Los mensajes que leí entonces confirmaron mis sospechas. El plan, las miradas, las copas, el baile. Todo orquestado. Todo diseñado para que yo, sin saberlo, me convirtiera en el centro de sus fantasías.

Pero lo más perturbador, lo que hizo que un calor húmedo y espeso creciera entre mis piernas, fue descubrir que había funcionado. Que yo había respondido exactamente como ellos esperaban. Que mi cuerpo, mi tímido cuerpo de cuarenta y un años que aparenta treinta, se había entregado al placer de ser observada, de ser deseada, de ser tocada por un desconocido.

Y ese desconocido era Sven. El sueco. El que había visto conversando con mi esposo, el que al parecer había buscado mi lunar, el que había hecho que me corriera con solo sus dedos mientras mi marido miraba desde las sombras.

Cerré el chat. Mis dedos temblaban tanto que tuve que apoyar el teléfono en la barandilla. Mi respiración era un caos, entrecortada, casi jadeante. Y entre mis piernas, la humedad era ya un río.

Los sentimientos me embargaban como oleadas: indignación, sí, por haber sido planeada, observada, compartida sin mi consentimiento. Traición, también, de mi marido, de ese hombre que llevaba veinte años a mi lado y que ahora resultaba ser un desconocido. Pero también, y esto era lo más perturbador, una excitación tan intensa que me hacía transpirar hasta las palmas de las manos.

Me desean, pensé. Me han deseado todo este tiempo. Y yo, sin saberlo, he sido el centro de sus fantasías.

Salí del teléfono de Carlos. Con cuidado, con manos que aún temblaban, lo dejé exactamente donde lo había encontrado, recolocando la servilleta una vez más. Luego, sigilosa como una ladrona, volví a la cama.

Pero no pude dormir.

Durante horas, mientras la luna viajaba por el cielo y el mar mecía el barco con su vaivén, permanecí despierta, con los ojos abiertos, planeando. Dándole vueltas a todo. A cómo había sido mi comportamiento esos días, a cómo me había sentido cuando Sven me había tocado, a cómo había gemido para él sin saber que todo estaba orquestado.

Quieren jugar, pensé. Pues jugaremos. Pero con mis reglas.

Sonreí en la oscuridad.

Y supe, con una certeza que nada podría quebrar, que mañana sería el día más importante de mi vida.

8:47 AM

Me desperté con el sol entrando por las rendijas de las cortinas, ese tipo de luz dorada que solo existe en el mar. Parpadeé, desorientada por un instante. Richard ya no estaba a mi lado. Oí la ducha corriendo en el baño.

Mi cuerpo aún recordaba la noche anterior. Era una sensación física, real, tangible: esa conciencia de haber sido tocada por alguien que no era mi marido, de haber gemido para otro hombre, de haberme abierto a sus caricias... todo eso vibraba en mí como una segunda piel, como un perfume recién estrenado.

Me incorporé, y la sábana resbaló dejando al descubierto mis pechos. Por un instante, me miré: la piel todavía sonrosada, los pezones erectos, la curva generosa de mis caderas bajo el ombligo. Cuarenta y un años, pensé, y aparento veintiocho. Y todavía provocas esto.

Necesitaba ir al baño. La vejiga me apremiaba con esa urgencia de después de dormir. Me levanté y, antes de entrar a la ducha, me senté en el inodoro.

El alivio fue inmediato, pero también incómodo. Al orinar, sentí un ligero escozor, esa molestia que a veces queda después de una noche intensa. La mucosa, irritada por el roce y la sequedad del semen, protestaba al contacto con la orina caliente. Hice una mueca y esperé a que terminara.

Cuando me limpié con el papel, noté algo. Una zona especialmente sensible, justo en la entrada. Pasé el papel suavemente, y luego, con la curiosidad que solo tenemos las mujeres a solas, me llevé los dedos para palpar. Sí, estaba ligeramente inflamada, como si hubiera sido usada más de lo habitual. El recuerdo de anoche —las manos de Sven sobre mi piel, su búsqueda de mi lunar, sus dedos hábiles— hizo que un escalofrío me recorriera.

Antes de levantarme, miré el interior del inodoro. El agua tenía un color amarillo intenso, casi anaranjado, señal de que no había bebido suficiente agua durante la cena. Demasiado vino, poca hidratación. Y allí, flotando en el agua, pequeños hilos blanquecinos que se arremolinaban lentamente. Restos de semen. De Richard. Solo de Richard, porque Sven no había llegado más allá de sus dedos. Al menos eso creo haber sentido.

Me quedé mirándolos, fascinada. Diminutos filamentos que se deshacían en el agua, evidencia de lo que había pasado. Instintivamente, sin pensar, me llevé los dedos con los que me había limpiado a la nariz. El olor llegó inmediatamente: rancio, ligeramente ácido, inconfundible. Ese olor que conozco desde hace veinte años.

Y entonces, las preguntas empezaron a asaltarme, calientes, prohibidas, haciéndome ruborizar aunque estuviera sola.

¿Todos los hombres eyaculan la misma cantidad? ¿Richard eyacula mucho o poco comparado con otros? ¿Sven... él también habrá...? No, él no llegó a eso. Pero si hubiera llegado... ¿su sabor sería diferente?

Me sonrojé al pensarlo. Parecía una adolescente, no una mujer de cuarenta y un años con veinte años de matrimonio a sus espaldas. Pero ahí estaban esas preguntas, bullendo en mi mente, despertando una curiosidad que nunca me había permitido tener.

¿Qué habrá pensado Sven de mí? ¿Le gustó lo que vio? ¿Compararía mi cuerpo con el de otras mujeres?

Me levanté rápidamente, sonrojada, y tiré de la cadena. El agua arrastró las pruebas. Pero las preguntas siguieron allí.

Abrí la ducha y entré. El agua caliente me relajó, pero no pudo borrar de mi mente todo lo que había descubierto.

Cuando salí del baño, Richard ya estaba vestido, sentado en la cama con el teléfono en la mano. Me dedicó una sonrisa, esa sonrisa cómplice que ahora sabía leer de otra manera.

—Voy a desayunar —dijo—. ¿Bajas luego?

—Sí, en un rato. Necesito arreglarme.

Salió, y yo me quedé sola frente al espejo del tocador. Mi reflejo me devolvió la imagen de siempre, pero ya no era la misma.

Comencé mi ritual.

Primero, el cuidado de la piel. Me apliqué tónico, sérum, crema hidratante. Movimientos circulares ascendentes, como me enseñó la esteticista. Masajeando el rostro, el cuello, el escote. Mis dedos deslizándose sobre la piel, sintiendo su textura, recordando otras manos. Las de Sven, grandes, cálidas, seguras.

Luego, la base de maquillaje. Una capa fina, solo para unificar el tono. Mi piel es buena, siempre lo ha sido, la genética me ha bendecido con esa elasticidad que hace que la gente me eche diez años menos. Correctores en las pequeñas ojeras, esas que delataban la falta de sueño. Polvos translúcidos para fijar.

Las mejillas necesitaban color. Un rubor suave, melocotón, aplicado con brocha en los pómulos. Sonreí al espejo, exagerando el gesto para marcar la zona, y en esa sonrisa vi algo que no había visto antes: picardía. Y determinación.

Los ojos. Sombra en tonos tierra, marrón claro en el párpado, un toque más oscuro en la cuenca para dar profundidad. Delineador negro, muy fino, casi imperceptible. Rímel en las pestañas, dos capas, dejando que se sequen entre una y otra. Abriendo los ojos, cerrándolos, probando diferentes expresiones.

Así me verá Sven hoy, pensé. Así quiero que me vea.

Los labios. Un gloss rosa, suave, con un toque de brillo. Nada demasiado llamativo, pero lo suficiente para que inviten a mirarlos.

Por último, el pelo. Lo sequé con el secador, cepillo redondo en mano, dando volumen, marcando las ondas. Unas horquillas para recoger un lado, dejando el otro suelto, cayendo sobre el hombro. Un look casual pero estudiado, de esos que parecen espontáneos, pero llevan horas.

Antes de vestirme, mientras el pelo terminaba de enfriarse, cogí mi teléfono. Abrí WhatsApp Web. El chat de Carlos seguía sincronizado. Y allí, en "Los amigos de Marie", había mensajes nuevos. De esta madrugada. De después de que yo me durmiera.

Mi corazón se aceleró. Leí.

02:47 - sven: guys i cant sleep that was incredible she is so beautiful

02:48 - Richard: jajaja yo tampoco duermo maricon

02:48 - Carlos: yo estoy despierto tb ana se durmio hace rato y yo aqui dandole vueltas

02:49 - sven: her skin so soft and when i touch her... that spot richard you were right she melt

02:49 - Richard: lo se tio lo se por eso os lo dije

02:50 - Carlos: yo desde el balcon no veia bien los detalles pero cuando la pusiste de espaldas y la apretaste contra ti vi como se le marcaban las tetas contra el vestido dioooos

02:50 - sven: yes her breasts are amazing so full and when i put my hands...

02:51 - Richard: cuenta cuenta no te cortes

02:51 - sven: when i put my hands inside her dress i could feel her nipples hard like little stones and she moaned so soft

02:52 - Carlos: y el lunar tio lo encontraste

02:52 - sven: yes i search for it i remember what you said and when i touch it she gasp and open her legs more i think she couldnt help it

02:53 - Richard: joder que ganas tenia de ver eso

02:53 - Carlos: y luego cuando le metiste los dedos yo desde el balcon veia como se movia como arqueaba la espalda

02:54 - sven: she was very wet i could feel her through the dress and when i put my fingers inside... so tight so warm and she grab my arm and say dont stop

02:54 - Richard: MI MUJER DICIENDO DON'T STOP A OTRO TIO QUE PUT0 AMOOOR

02:55 - Carlos: jajajaja literal tio estas como una cabra

02:55 - sven: i think she came i feel her muscles contract around my fingers and she make this sound like... like she was surprised

02:56 - Richard: si siempre hace eso cuando se corre le sale un gemido como de sorpresa como si no se lo esperara

02:56 - Carlos: que fuerte conoces a tu mujer tio

02:57 - Richard: muchos años juntos se conoce todo

02:57 - sven: she is amazing richard you are lucky man

02:58 - Richard: lo se por eso quiero compartirla

02:58 - Carlos: y yo que me lo perdi por el put0 bingo ojala hubiera visto esa escena en directo

02:59 - sven: carlos you miss something special when i pull out my fingers she look at me with this eyes... like she want more

02:59 - Carlos: y tu que hiciste

03:00 - sven: i kiss her neck and tell her later and she understand i think she know richard was watching

03:00 - Richard: ella no sabe que estabas tu en el balcon carlos

03:01 - Carlos: ya pero sabe que alguien la miraba supongo por eso estaba tan prendida

03:01 - sven: yes she knew someone was there she perform for you richard she is natural

03:02 - Richard: no sabes lo que me puse cuando la vi con tus dedos dentro

03:02 - Carlos: yo tambien me la puse dura viendolo desde el balcon

03:03 - sven: i was hard the whole time my friend when i go back to my cabin i have to...

03:03 - Richard: jajajaja todos hemos tenido q

03:04 - Carlos: yo me corrí viendo como la tocabas

03:04 - Richard: hermano

03:05 - sven: we need do this again

03:05 - Richard: obvio

03:05 - Carlos: pero yo quiero participar la proxima no solo mirar

03:06 - Richard: veremos como se da ella manda aunque no lo sepa

03:06 - sven: she is the queen we are just her audience

03:07 - Carlos: el sueco siempre tan poetica jajaja

03:07 - sven: i speak truth

Dejé el teléfono sobre el tocador. Mis manos temblaban. Mi respiración era superficial, acelerada. Entre mis piernas, esa humedad familiar volvía a crecer.

Se corrió viéndome, pensé. Carlos se corrió en su camarote mientras Sven me tocaba. Y Richard... Richard lo planeó todo.

Pero lo que más me llamó la atención, lo que hizo que un calor diferente, más cálido, más tierno, creciera en mi pecho, fueron las palabras de Sven.

"She is the queen. We are just her audience."

Ella es la reina. Nosotros solo somos su público.

De todos ellos, de los tres, Sven era el único que me veía así. Como una reina. Como alguien que merecía ser admirada, no solo utilizada. Mientras que Carlos hablaba de mis tetas y de mis curvas, mientras Richard hablaba de compartirme como si fuera un trofeo, Sven hablaba de mi piel, de mis ojos, de mis gemidos. Con respeto. Con admiración. Con algo que se parecía peligrosamente al cariño.

Tomé una decisión en ese momento.

Dividir para gobernar, Sven sería el primer objetivo.

No sabía cómo, no sabía cuándo, pero él sería el primero. Él merecía saber que yo no era la ingenua que ellos creían. Que yo estaba al tanto de todo. Que yo, la tímida Marie, la recatada Marie, había decidido tomar las riendas de su propio destino.

Y tal vez, solo tal vez, Sven podría ser algo más que un aliado.

Me levanté y fui al armario. Abrí las puertas y recorrí con la mirada mis opciones.

Hoy no podía ser cualquier día. Hoy empezaba mi juego.

Elegí un vestido de lino color crudo, de manga corta, con escote en pico y cinturón fino a juego. No era llamativo, pero se ceñía lo suficiente a mis curvas para marcar la cintura y dejar adivinar la forma de mis caderas. La falda, por debajo de la rodilla, se abría ligeramente con cada paso, dejando ver mis pantorrillas.

Las piernas. Mis piernas siempre habían sido mi orgullo secreto. Torneadas, fuertes, muy proporcionadas, con esa forma que Richard decía que era "piernas divinas, piernas de una diosa". Me puse unas medias finas, color carne, y unos zapatos de tacón medio, beige, que estilizaban aún más la figura.

Antes de ponerme el vestido, me miré al espejo en ropa interior. Sujetador de encaje beige, de esos que levantan y separan sin apretar demasiado. Bragas a juego, de talle alto, que marcaban la cintura y cubrían el vientre. Me gustaba cómo me veía. A los cuarenta y uno, mi cuerpo seguía siendo generoso, deseable.

Me vestí lentamente, disfrutando cada prenda. El roce de la tela contra mi piel, el gesto de ajustarme el cinturón, la forma en que el vestido caía sobre mis caderas.

Perfume. Unas gotas en el cuello, detrás de las orejas, en la nuca. Ese aroma que Richard conocía, pero que hoy era para otro. Para Sven.

Una última mirada al espejo. Mi reflejo me sonreía, cómplice.

Vas a jugar con ellos, me dije. Vas a ser su reina, su fantasía. Pero todo el tiempo, tú serás la que mueve los hilos.

Sonreí.

Empecemos.

NdA: (Notas de Autora)

fotos de eventos del crucero existen y deben ser solicitadas a la autora y a su correo personal