Desayunos con Lujuria VIII
Bajo la mirada fría de su amo, debe entregar su placer a desconocidos en un laberinto de vapor y sombras. Cada gemido es una traición, cada toque una prueba de sumisión que la acerca al borde de la vergüenza pública.
La Sauna y la llamada de Víctor
El plan de la mañana era irnos a una sauna que mi amo había localizado en la calle Alcántara. Teníamos reservado un masaje tántrico para ambos. Me vestí con ropa ligera —unos pantalones fluidos y una blusa blanca de escote generoso—, evitando los vestidos del día anterior que ahora eran testigos del desenfreno, arrugados en el fondo de la maleta. Una pamela sencilla completaba el atuendo, un escudo de paja contra el sol madrileño que ya empezaba a clavar sus dientes.
Tomamos un taxi. Para la una estábamos frente a una puerta discreta. Dentro, el aire olía a incienso y cloro. Nos recibieron con amabilidad profesional, nos entregaron toallas y zapatillas de goma, nos indicaron el camino al sótano, la zona de agua. Nos prometieron avisarnos para el masaje. En el vestuario de parejas, nos despojamos de todo salvo de esas toallas que, en mi caso, eran más una sugerencia que una cobertura; el borde apenas velaba la sombra de mi pubis. Caminaba sintiendo el aire fresco en lugares que ya no me pertenecían del todo.
El sótano era un laberinto de placer acuático y semi-penumbra. En la entrada, la sauna exhalaba un aliento seco y leñoso. Por una puerta lateral se accedía a un jacuzzi donde dos hombres, solos, clavaron en mí sus miradas con la velocidad de un relámpago. Había una piscina amplia con chorros, una invitación a la hidroterapia anónima. Luego, el espacio se ramificaba: un pasillo llevaba a duchas con piedras, un baño turco donde el vapor prometía borrar los contornos, una sala de colchonetas iluminada por velas, y dos habitaciones con paneles de madera horadados —los famosos glory holes— desde donde llegaban gemidos sordos y el chasquido de carne contra madera.
Subiendo por otras escaleras, encontré más salas: una oscura como una boca de lobo, y otras dos con camas amplias, separadas por celosías que permitían ver sin ser del todo vistos. En total, conté cuatro hombres solos y una pareja encerrada en el ritual de los agujeros. El lugar era un organismo que respiraba deseo acompasado. Había una pequeña zona de bar con infusiones. De regreso, mi amo me dio las nuevas reglas:
—Esperaremos al masaje. Después, tendrás quince minutos. Deberás dar placer a todo hombre que esté solo en el local. La condición es que sea en un sitio donde yo pueda verte.
Acepté. El desafío era una brasa en mi estómago. Nos metimos en el segundo jacuzzi y activamos los chorros. Al instante, los dos hombres del jacuzzi vecino salieron y se unieron a nosotros. Venían «bien armados», como pude comprobar por el balanceo submarino de sus sombras. Mi amo, sin inmutarse ante aquellos cuerpos esculpidos, negó con un gesto casi imperceptible cuando uno quiso acercarse más. Se quedaron en su esquina, pero sus ojos no se apartaban de mí.
Mis pechos flotaban, liberados fugazmente de la gravedad que los había hecho ceder con los años. Los pezones, alerta, dibujaban dos puntas oscuras contra el agua. Leí un cartel que prohibía los actos sexuales en el agua. Una norma de higiene que, en ese momento, me pareció un dique necesario contra el torrente que sentía crecer dentro.
Rafa me sobó bajo el agua y me sentó sobre su regazo. Su sexo estaba fláccido, amansado por la temperatura. Yo traté de animarlo con movimientos sutiles de caderas, mientras devolvía la mirada a los dos desconocidos, ofreciéndoles con los ojos lo que aún no podía dar con las manos. Estaba pensando en el «post-masaje» cuando la recepcionista apareció para avisarnos.
Salimos del agua. Subimos por una escalera tras la recepción que desembocaba en un pasillo íntimo, alejado del murmullo público. Nos introdujeron en la segunda sala: un espacio amplio, con velas, perfumes de sándalo ardiendo y una música zen que envolvía el aire. Dos futones en el suelo, rodeados de toallas inmaculadas, esperaban.
Un minuto después, entraron ellos. Ella, rubia como yo —de bote— ojos verdes, pelo recogido, una bata floreada. Él, moreno, de pelo ensortijado y hombros tan anchos que la bata le quedaba pequeña.
—Hola, somos Marisa y Lucas —dijo ella, con una voz serena—. Vuestros masajistas. Por favor, tumbaos boca abajo. Podéis quitaros las toallas si queréis; os iremos cubriendo según avancemos.
—Gracias —respondimos al unísono, como un matrimonio bien entrenado- Nosotros Carmen y Rafael
—Yo me quedo sin nada —dije, dejando caer la toalla—. Con la tela me siento peor que desnuda.
—Como prefieras —asintió Lucas, sin perder la compostura—. ¿Alguna preferencia sobre quién os masajee?
—Lo que decidan ustedes —contestó mi amo, tendiéndose.
—Empezamos por parejas, entonces. Marisa con él, yo contigo – Confirmó Lucas
Apagaron algunas velas. La penumbra se hizo más densa, más táctil. Me tumbé boca abajo, la cara hundida en un soporte acolchado. En la oscuridad, todos los demás sentidos se aguzaron. Sentí a Lucas frotarse las manos y luego el derrame de un aceite tibio y espeso sobre mi espalda. Sus manos comenzaron a trabajar, presionando, amasando, desatando nudos que ni sabía que tenía. Gemí, y cada gemido era una rendición. Trabajó mi espalda, mis hombros, la curva de la cintura, bajó por mis piernas hasta los pies, y luego ascendió de nuevo hacia mis glúteos, como si quisiera concentrar toda mi energía en el bajo vientre, donde ya una pulsación familiar empezaba a despertar.
—Gírate —susurró cerca de mi oído.
Me volví, ofreciéndole mi frontalidad sin pudor. Vertió más aceite entre mis senos, y luego otro diferente, más denso y caliente, en mi monte de Venus. Mis piernas se abrieron solas, una respuesta animal. Sus manos, una en mi pubis y otra en mis pechos, comenzaron un baile coordinado y letal. Una palma quieta sobre mi sexo, calentándolo; la otra revoloteando, pellizcando mis pezones con una precisión que me hacía arquear la espalda. Empezó un masaje circular en mi vulva, abriéndome con delicadeza exasperante. Sentía sus dedos acariciando los labios, rodeando el clítoris sin tocarlo aún, mientras la otra mano no cesaba en su trabajo sobre mis pechos. Mi cuerpo reaccionaba con espasmos involuntarios; un ronroneo profundo me salía del pecho.
Luego, el clítoris recibió su atención: apenas un roce, un vaivén tenue que era más sugerencia que presión.
—Respira hondo – susurró - relájate.
Lo hice. Entonces introdujo un dedo, luego otro, explorando el punto G en la pared anterior de mi vagina. Cada toque arrancaba de mí suspiros más profundos, gemidos que no podía contener. Me llevó tres veces al borde del abismo, frenando cada vez que mi respiración se volvía caótica. Mi cuerpo era un volcán a punto de explotar.
—Si quieres correrte, puedes hacerlo —dijo su voz, ya dentro de mi oreja.
—Sí… quiero —jadeé.
Y en la siguiente embestida digital, estallé. Un orgasmo líquido y violento me recorrió de dentro afuera, mojando la toalla bajo de mí mientras mi cuerpo se convulsionaba en olas sucesivas. Él contuvo el flujo con su mano, sereno, profesional. Luego, durante diez minutos largos, sus manos suaves me devolvieron a la calma, acariciándome con una toalla gruesa. Fue una experiencia alucinante, un viaje guiado a mi propio centro del placer. Al recobrarme, oí a Rafa llegar también a su clímax, ayudado por Marisa.
—Lucas —dije, mi voz aún velada—, lamento que no haya sido bidireccional.
—No te preocupes —respondió él, sonriendo—. Es mi trabajo, y lo hago con gusto.
—Pues yo he quedado encantada. Si te parece, me quedaré un rato más por la sauna. – Lo insinué por si quería acompañarme.
Bajamos de nuevo a la zona de agua, relajados y con los músculos como gelatina. Nos metimos en el primer jacuzzi, ahora vacío. Mi amo renovó su orden:
—Cuando quieras, tienes quince minutos. Desnuda, por las salas. Todo hombre solo es tuyo. Y solo puedes hacerlo en lugares donde yo pueda verte.
—Muy bien, amo.
Me levanté, el agua escurriéndose de mi piel. Caminé por el pasillo hacia los baños turcos, sintiendo su mirada en mi espalda como un peso dulce. Recorrí las salas: estaban vacías. Una decepción momentánea. Subí a la zona de las camas. La habitación oscura parecía respirar, pero al entrar, solo encontré silencio y penumbra. Al salir al pasillo, los vi: dos hombres de mi edad, desnudos, sentados en la zona del bar tomando infusiones. Tenían cuerpos flácidos, pancitas que escondían lo poco que exhibían, pero sus miradas eran las de sátiros ancianos. El que estaba de frente le hizo un gesto al otro. Carne fresca. Me metí en la habitación contigua, dejando la puerta abierta. Me tendí en la cama y abrí las piernas hacia el umbral.
No tardaron ni un minuto.
—Vaya, una Venus escapada de las aguas —dijo uno.
—Y dos Adonis, espero, dispuestos a satisfacer a esta diosa —respondí, forzando un tono de diosa que no sentía.
—Por supuesto que sí. Esto no se ve todos los días.
Entraron. Sus manos fueron toscas, urgentes, nada que ver con la sofisticación de Lucas. Me manoseaban los pechos con fuerza, tirando de los pezones hasta el dolor. Tuve que redirigirlas. A uno le agarré la polla —pequeña, flácida— y me la llevé a la boca. Se excitó de golpe, agarrándome la nuca y empujando hasta que mi nariz chocó con su panza velluda, ahogándome. El otro me puso a cuatro patas e intentó una penetración desde atrás, torpe y rápida.
Duraron lo justo. Por el rabillo del ojo vi los pies de mi amo asomarse por la puerta y retroceder. En ese instante, los dos estallaron: uno en mi boca, el otro dentro de mí, con unos gritos más cercanos al dolor que al placer. El de atrás quedó retorciéndose en la cama, gimiendo. Me recompuse, los dejé ahí, y bajé las escaleras.
En el recibidor de la zona de agua, la puerta de la sauna se abrió. Salió un hombre que solo de verlo me repelió, una masa amorfa, calvo con mechones desesperados, cara contrahecha. Me sonrió, me dio las buenas tardes, y se dirigió al jacuzzi. Seguí buscando a mi amo con la mirada. Estaba junto al baño turco.
—¿Lo has visto? —le pregunté en voz baja.
—Sí. Muy satisfactorio. Enhorabuena, putita.
—¿Nos vamos ya? —supliqué, el asco atenazándome la garganta.
—¿No hay nadie más?
—Yo no he visto a nadie —mentí—. Ya he recorrido todo.
—Entonces, sal tú por los jacuzzis y yo por la sauna. Así comprobamos.
Sabía que en ese trayecto me cruzaría con el monstruo. Preferí afrontar su decepción antes que tocar a aquel hombre. Efectivamente, al pasar junto al primer jacuzzi lo vi sumergido. Justo cuando llegaba a la puerta de salida, mi amo apareció. Un gesto suyo, leve pero inequívoco, me ordenaba cumplir. Me acerqué y le susurré al oído:
—Rojo. Por favor. No estoy para más.
Él asintió, pero su mirada se enfrió.
—Vale. Pero es una regla incumplida. Habrá castigo.
—De acuerdo, mi señor.
Nos cambiamos en silencio. Su desaprobación era un muro entre nosotros. Comimos en un restaurante de la zona, con una elegancia forzada que no logró descongelar el ambiente. De vuelta al hotel, Rafa decidió pasar la siesta en su habitación. «Esta noche es en mi cuarto», dijo, pero sin el fuego habitual. Yo me tranquilicé pensando que quizás él también estaba agotado. O quizás mi negativa había roto algo.
Dormí una siesta profunda, un coma de escape. A las seis, el móvil vibró sobre la mesilla. Era Víctor.
—Hola, cariño, ¿cómo estás? —respondí, forzando una alegría que sonó falsa incluso para mis propios oídos.
—Bien, bien. Aquí mucho calor, pero se sobrevive. Mañana tengo la salida en bici con el club. Espero que no sea una paliza.
—No te machaques tanto —dije—, que ya estás en forma. No hace falta que ganes el Tour.
—Ya sabes, es por mejorar. ¿Y vosotras? ¿Dónde os habéis alojado? ¿Qué estáis viendo?
—Mira, en un hotel al final de Gran Vía. Y estamos de aquí para allá. Ayer fuimos al teatro, a ver una obra… —improvisé, recordando a la desesperada un cartel del Teatro Lara que vi al paso hacia el cine porno—. Una comedia, de Pablo Carbonell el de los Toreros Muertos y una actriz de Aquí no hay quien viva. Muy buena, nos reímos mucho. —Mientras hablaba, la imagen que me venía a la mente no era de teatro, sino del cine X, de mi cuerpo usado por extraños. Una ola de vergüenza me cubrió.
—Me alegro. Pues a seguir disfrutando. Ya te recogeré el domingo en la estación, ¿no? Como dijiste
—Sí, sí, claro —dije, y se me cortó la respiración. ¡Me recogería en la estación! Eso significaba que podría aparcar, subir al andén, esperarme… Un nuevo problema.
—Bueno, pues que tengas buena tarde. Un besito.
—Besitos, cielo.
Colgué. El pánico, fresco y metálico, me subió por la espina dorsal. Llamé a Rafa. —Víctor me recogerá en la estación —balbuceé—
Su voz fue calmada, práctica.
—Tranquila. Compramos un billete de AVE para primera hora del domingo. Tú vuelves sola, así no hay riesgo. Yo me iré con el coche.
La solución era sencilla. Pero cada capa de mentira era un peso más sobre los hombros.
—¿A qué hora salimos esta noche? —pregunté.
—Sobre las ocho. Ven a mi habitación diez minutos antes. Tráete lo necesario.
Me vestí con el segundo de mis vestidos comprados, uno que sabía que le gustaba. Me puse el segundo par de tacones, medias con blonda, y me perfumé con cuidado. Cuando entré en su habitación, su reacción fue un bálsamo: sus ojos se abrieron, recorrieron mi cuerpo con un deseo genuino que me devolvió, por un instante, la sensación de poder:
—¿Dónde vamos? —pregunté, sabiendo ya la respuesta.
—A un club de intercambio. En la zona del Palacio de Deportes.
La noche, y su nueva prueba, aguardaban.
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