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LA CENA DEL IDIOTA. Resaca de sexo

Dani creía que la noche anterior fue un error solitario, pero la verdad es un juego de tres. Mientras él sufría esposado, ella actuaba. Ahora, desde la ventana, él presencia cómo su novia entrega su cuerpo y su dignidad a un adolescente, y comprende que el verdadero castigo no fue la traición, sino la complicidad.

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Resaca de sexo

Cuando Alba se levantó, encontró a Dani en una de las tumbonas junto a la piscina. Estaba leyendo y no la vio llegar. Ella se sentó a su lado ocupando la tumbona contigua. La resaca que traía se hacía notar por su aspecto desaliñado y la rojez de sus ojos.

—¿Quieres que hablemos de lo de ayer? —preguntó cautelosa.

—No hay nada de qué hablar —contestó él, afable—. Está todo claro y las deudas saldadas.

—No fue esa la impresión que me llevé anoche.

—Tenía que digerirlo. No me hace gracia que folles con otro. Entiende que necesite una noche para mí solo.

Ella lo miraba de manera extraña, como si algo no cuadrase. Se notaba que ninguno de los dos había dormido bien.

—¿Pero?

—Pero nada. Fue culpa mía. Traicioné tu confianza. Por eso lo he pagado con la misma moneda. Ahora los dos estamos en paz.

Seguía mirándolo con ojos de no haber dormido en un año. Dani no parecía enfadado. Al contrario, se le veía muy tranquilo, demasiado tal vez. Como si realmente no le importara su infidelidad o, como si no le importara ella, más bien. Alba lo tomó de la mano.

—No te fui infiel —dijo con un hilo de voz—. Fue solo teatro.

Él tardó en levantar la mirada el tiempo que le llevó terminar de leer el párrafo. Asintió como si meditase cada una de las palabras. Después, volvió a su lectura.

—Te digo que anoche no follé, en serio. —Su voz rasgada delataba los excesos en la fiesta nocturna—. Quiero que sepas que no he pegado ojo en toda la noche por el remordimiento.

Dani cerró el periódico y cogió aire hasta llenar sus pulmones. Después, lo espiró con lentitud sentida.

—En ese cuarto había otro hombre además de mí. Oí su voz. O, mejor dicho, sus berridos —matizó—. El aire olía a polla y a coño. —Clavó la vista en ella—. Olía a que dos personas acababan de follar contra mi cama. La que se movía arriba y abajo golpeando contra la pared.

Alba boqueó sin saber qué decir. Después, agacho la cabeza.

—Vale, reconozco que pasaron… cosas en ese dormitorio, pero no llegué a eso. No soy tan cabrona.

Levantó una ceja. —Pasaron cosas —repitió él para sí—. ¿Qué cosas?

—Pues, a ver, no puedo decírtelo, pero, nada malo entre tú y yo.

—Nada malo —repitió, incidiendo en lo amplio de su respuesta.

—Sí, a ver, nada de lo que piensas.

Asentía. Seguía sin parecer enfadado y tampoco que actuara como un niño enfurruñado.

—¿Quién era el tío que estuvo allí?

Alba se quedó sin respuesta. —Nadie.

Él se la quedó mirando, esperando otra contestación más convincente. Ella lo pensó mejor y tomó su cara entre sus manos.

—Iba como una cuba y estaba celosísima. Ya sabes lo cabrona y vengativa que soy. Se me fue de las manos y casi la lío. —Pegó su frente a la de él—. Pero no pasó nada de lo que piensas, te lo juro. Aunque me colara tres pueblos. No quiero que creas que te la he pegado con otro.

Es obvio hasta para el más tonto que nadie quiere eso, aunque sea cierto. Dani también lo sabía.

—¿Y por qué no puedes contármelo?

—Porque, porque… porque no.

De nuevo asintió con ademán calmado. Sin enfadarse, sin caras serias. Volvió a su lectura como si la charla hubiera acabado. Alba se pasó a su tumbona abrazándolo con medio cuerpo sobre el suyo. Apoyando su frente en el cuello de él.

—Anoche, con toda la fiesta y la melopea que llevaba, me pareció una idea cojonuda, pero después, ya más serena… me di cuenta de lo que había hecho, y me sentí muy mal. Estoy muy arrepentida. Dejarte allí, oyendo todo, en plan sádico. Joder, no sé ni cómo aguantaste.

—Estar esposado al cabecero ayudó bastante.

Alba soltó una carcajada triste. Cuando levantó la vista tenía los ojos acuosos.

—No sé ni cómo me aguantas a mí.

—Porque te quiero, ya te lo he dicho. Y no soportaría quedarme sin ti. Aunque seas una sádica cabrona que disfrute torturando a su novio con una capucha que huele a sobaco de mono.

Lo besó apasionadamente, metiendo toda la lengua en su boca. Dani la recibió con todo el calor de su cuerpo, abrazándola y teniéndola para él. Sabiendo que, en ese momento, la había hecho más suya que nunca.

Poco sabía ella que, esa misma mañana, antes de que despertara de su resaca, había caminado hasta el puesto que Andrés regentaba en el pueblo en busca de algo que ella no le iba a dar, respuestas.

Según le había contado el hippy, la idea de torturarlo de aquella manera tan particular había surgido en un momento de la fiesta en el que Aníbal, como auténtico maestro de ceremonias, se jactaba de cómo en una celebración en la que el anfitrión acabó borracho perdido, aprovechó para follar con su mujer en la misma cama en la que él dormía la mona.

Por alguna extraña razón, relataba su corpulento amigo, Alba decidió que sería gracioso hacer lo mismo con su novio, que en esos momentos se encontraba descansando en su cuarto.

A partir de aquí es donde, la historia de todo lo que pasó aquella noche, tomaba un cariz difuso. Y es que Andrés y su percepción del espacio tiempo, como confesó él mismo, no salieron indemnes esta vez de su propio brebaje.

En una primera versión cargada de lagunas, Alba había subido con Aníbal al piso superior, donde estaban los dormitorios. Sin embargo, el hippy no tardó en desdecirse, pues estaba seguro de que su novia no se había separado de él más de cinco minutos. Ambos habían pasado el resto de la noche hablando en uno de los sofás del salón, mientras el resto conversaba en el jardín bajo la calidez de las estrellas. Permanecieron allí hasta que tocó el turno de retirada, camino que hizo de vuelta con su hija.

Le confesó que Alba le había estado contando, durante todo ese tiempo, sus desventuras de la noche del cuarto oscuro. Andrés la escuchó con comprensión, pero se opuso fervientemente a la broma que ella había propuesto en mitad de la fiesta, o al final, o en algún momento indeterminado de ésta.

—Y si ni ella ni tú estuvisteis en mi cuarto. Entonces, ¿quiénes…?

—Ni idea, pero te puedo asegurar que mi hija no ha sido una de ellas —le decía Andrés—. Sabe que me decepcionaría enormemente si se hubiera prestado a putearte así.

Descartados Andrés, Cristina y Alba, no quedaba claro, en el resto de versiones, dónde quedaban los otros tres.

Sea como fuere, y ya más aliviado al saber que Alba se conservaba impoluta y sin mancillar, la pregunta era: ¿Quién folló anoche en su cama?

Solo había dos candidatos posibles y Dani dudaba mucho que Cristian hubiera follado con la novia de su padre. Sobre todo porque su propia novia y su suegro se encontraban en la misma casa. Aunque, quién sabe si…

No obstante, el morbo de la madura y el imberbe en plena acción, hizo que notara una tirantez en la entrepierna.

«La otra opción —pensó Dani— deja a Aníbal follando con la zorra de Marta. La muy guarra que no para de intentar emparejarlo con mi novia». Por la negativa de Alba a contar nada del tema, parecía que la conclusión no iba muy desencaminada. No quería ni imaginar el papelón de Marta si alguien supiera de su infidelidad. O peor aún, ¡con el hijo de su pareja en la misma casa!

Todavía recordaba su mano pajeándolo mientras se la follaban desde atrás, obligándolo a estar erecto mientras lo humillaba, induciendo su orgasmo junto al de ella, haciéndole creer que era su prima. «Anda que no te habrás mofado lo tuyo».

Ahora él conocía un secretillo muy cochino. Ese orujo casero estaba resultando más peligroso de lo que parecía, con un efecto desinhibidor devastador.

Y allí, desparramado en su tumbona, con la cabeza de Alba de nuevo alojada en su cuello, sintiendo su respiración rasposa por culpa del sopor al que había quedado rendida, se regodeó ufano, pensando en cómo podría utilizarlo en su favor.

Estaría bien ver la cara de Marta cuando le dijera que lo sabía todo; que les había salido la broma por el culo, nunca mejor dicho.

El resto de la mañana transcurrió sin más acontecimientos. Marta parecía haber desaparecido, seguramente escondiéndose de todos muerta de vergüenza y, por una vez, en aquel lugar todo era todo sosiego y tranquilidad. También aprovecharon para dar largos paseos. A la tarde, Dani decidió subir a su cuarto para echar una siesta. Tampoco él había dormido mucho y el cansancio hacía mella. Alba, en cambio, prefirió pasar la tarde en una de las tumbonas, al resguardo del sol. La dejó enfrascada en su móvil del que no se había separado ni un segundo en los dos últimos días.

— · —

Le despertó el ruido del exterior que se colaba por la ventana. Se acercó a ella con la cabeza embotada y se apoyó en el alféizar. Esa tarde el calor estaba siendo sofocante lo que le mantenía en estado de sopor. Desde allí tenía una panorámica de la parte trasera de la casa. Enseguida descubrió, desalentado, el origen de la algarabía. De nuevo, Cristian y sus amigos colonizaban la piscina y parte del jardín. «Ya estaban tardando», pensó.

Buscó a Marta con la vista, intentando verla recogiendo desechos y repartiendo refrescos, pero no la encontró. Seguía sin dar señales de vida. Sonrió.

—Estate quieeto, Cristian.

La voz era, inconfundiblemente, de Alba. Lo había pronunciado de forma cansada, arrastrando cada sílaba. También ella sufría el sopor de esa calurosa tarde. El tono somnoliento se oía con claridad al encontrarse justo debajo de la ventana. Por lo visto, había aprovechado el lugar para mantenerse apartada del resto de la manada. Ahora, Cristian, había decidido hacerle compañía.

—Si solo te estoy dando crema, primita. Para que no te quemes.

Cristian masajeaba sus piernas desde los tobillos sin cortarse un pelo en sobar el culo cuando llegaba al final de cada pase. Dani estuvo a punto de carraspear para llamar su atención y pararlo. Le pareció curioso que uno de los lados del bañador estuviera metido por completo entre sus nalgas. Esa era precisamente la zona que masajeaba en ese momento a dos manos.

—Ayy, vale ya —gimió somnolienta.

Llevó una mano hacia atrás y se sacó la prenda de la raja con un dedo, tapando la zona y cortando el manoseo.

Cristian continuó su masaje sobre la otra pierna. Al llegar al final volvió a empujar el bikini. De nuevo, el bañador quedó metido como un tanga por uno de los lados. Ella resopló, pero no se lo sacó. Dani frunció el ceño.

—Menuda pasada lo de ayer, ¿eh? —susurró Cristian.

—Ni me lo recuerdes.

—¿Por qué? Lo pasamos bien.

—Fue una sobrada. Joder, pobre Dani.

—Fue guay. Tu novio ahí, todo ciego, y nosotros…

—Cállate, joder —gritó en un susurro.

Alba se removió y apartó las zarpas de Cristian de un manotazo. Después volvió a sacarse el bikini del culo. Cuando volvió a su posición, tumbada boca abajo, él se sentó a horcajadas sobre sus piernas.

—Venga, reconócelo. Lo disfrutaste de lo lindo —chinchó agachándose hasta acercarse al oído de ella. Después movió las caderas como si la follara desde atrás—. Era justo lo que querías.

—¡Para ya! Eres idiota, de verdad.

En lugar de obedecer, cogió el bote como si fuera su pene y derramó un chorro de crema sobre su espalda.

—Que pares, ¡joder! —protestó ella, azorada. Levantó la cabeza, vigilando si sus amigos lo habían visto.

—Que solo es crema, mujer. Hay que ver lo rápido que te calientas últimamente.

Le clavó sus ojos y bufó, pero no le echó de sus piernas. Cristian comenzó a extender el chorro por la espalda. Unos segundos después, Alba pareció calmarse y volvió a su posición de relax, con la cabeza apoyada en sus antebrazos. El chaval alargó sus pasadas hasta el cuello, masajeando a la vez que extendía la crema. Había apartado el pelo para acceder a toda la zona. Sus manos la recorrían por completo, entreteniéndose en determinadas partes.

—Cristian, te estás pasando.

—Es para que no te quede marca.

Había soltado los nudos y, las tiras de su bikini, habían caído hacia los costados. Alba chasqueó la lengua, pero, de nuevo, mantuvo su posición cansada. Dormitando mientras el muchacho se esmeraba con su masaje. No lo hacía mal, vistos los ronroneos que ella daba de vez en cuando.

Los pases de sus manos llegaban hasta su cuello, aplicaba presión sobre sus hombros y retrocedían por los costados. Cada vez más largos, cada vez más lentos y cada vez más cerca del nacimiento de sus tetas.

—¿Y qué ha dicho tu novio de que follaras delante de él?

—Nada. Le he dicho que no fui yo.

—¿Por qué? ¿Para qué le dices eso?

—Porque no merece creer que su novia le ha hecho esa putada. Y cállate ya, joder. No quiero hablar más de este tema. Que bastante mal me siento ya.

Cristian no insistió y, en su lugar, se dedicó a seguir sobando su espalda y parte de su prieto culo. No tardó mucho el bikini en acabar más abajo de la cintura y metido como un tanga.

—Entonces… ¿No sabe tu novio nada de lo de anoche?

Alba dormía, o tal vez se hacía la dormida. Él deslizó las manos por la espina dorsal hasta su cuello y al hacerlo, pegó su paquete contra el culo de ella, apretándose contra él y encajando su falo. Alba levantó la cabeza y bufó.

—Sabe lo que tiene que saber. Y para ya.

—Vaya, pensaba que estabas dormida. —No dejó de apretarse contra ella.

Dani estaba perplejo. Había esperado escuchar el nombre de Marta o Aníbal en alguna frase escabrosa y, sin embargo, se había quedado obscenamente confundido. Lo que había oído no coincidía con lo que sabía por boca de Andrés.

—Ya me has puesto suficiente crema. Puedes quitarte ya —volvía a increpar a Cristian.

—No sé yo. Estás ardiendo. Deberías bajar ese calentón de alguna manera.

—Pues contigo encima no lo voy a conseguir. Venga.

Levantó el culo varias veces, haciéndolo botar como un cowboy. Cristian se apartó y se tumbó a su lado, risueño. Apoyado en un codo, la miró de arriba abajo. Ella se percató de su mirada de pervertido. Puso los ojos en blanco en una mueca de desprecio.

—Solo eres un niñato.

—No lo era ayer cuando me pediste para follar delante de tu novio el pichacorta.

Se puso colorada y apartó la mirada. Cristian se carcajeó.

—Vaya, primita, se te han calentado hasta las mejillas. Deberías darte una ducha para refrescarte. —Señaló hacia la que había en el borde de la piscina—. Y podías ir así. Estás divina. —sonrió de oreja a oreja.

Como única prenda vestía la parte de abajo del bikini, por debajo de la cintura y totalmente metida por el culo. Si se levantara, era probable que una porción de su pubis quedara al descubierto.

—¿Para que le haga el paseillo a tus amigos? Ni lo sueñes.

—Oye, no te confundas, bonita, que la que me ruega favores eres tú. Y me debes uno por cierto, al que no te ibas a negar.

Ella puso los ojos en blanco y negó con la cabeza mostrando una predecible decepción. Después, volvió a su posición, desentendiéndose de él. Cristian no abandonó ni su pose ni su sonrisa maledicente.

—¿Te han dicho alguna vez que tienes un culazo de la hostia? Además de tus tetazas, claro.

Alba no contestó.

—El tema es que me he pasado toda la mañana hablándoles de lo bonito que es y, como han venido todos, sería guapo que te vieran así, en plan… putita.

En el borde de la piscina varios de sus colegas los observaban apoyados con los brazos fuera del agua. El resto, desparramados por el jardín, tampoco perdían ojo de la pareja. Varias de las chicas cuchicheaban entre risitas. Alba seguía sin dar muestras de haberle oído.

—Tu novio vendrá más tarde, ¿no? —Nueva negativa a contestarle—. Ya tengo ganas de charlar con él. —Alba giró la cabeza y apoyó la cara en la otra mejilla para no verlo—. Va a flipar cuando se entere de todo.

—A lo mejor el que flipa es Andrés si se entera de lo que ha hecho su yerno.

—No se lo vas a decir, hiciste una promesa. Dos, para ser exactos. Así que, venga, cumple con la que me debes a mí.

Ella bufó y le clavó los ojos como puñales. Las fosas nasales de su nariz se abrían y cerraban sin cesar. Cristian, sonreía.

El mentón de Alba se movía a un lado y a otro, señal de que estaba sopesando cumplir su palabra. Dani, como un halcón en la ventana, se había quedado frío. Las cosas no habían ocurrido como él pensaba. Tal vez las lagunas de Andrés eran más borrosas de lo que creía. O tal vez no fueran lagunas.

Ya no estaba nada claro quién NO había follado en su habitación ni quién NO había hecho nada malo, pero por lo que había oído, habían vuelto a jugársela todos, incluido Andrés. ¿Hablaban de follar, o de haber hecho teatro? La necesidad de saber la verdad le corroía por dentro.

Alba se había incorporado quedando sentada sobre sus talones. Al levantarse, había sujetado el top del bikini con una mano, ocultando sus tetas. Llevó dos manos atrás para atar las tiras del cuello.

—Venga, pava, no seas estrecha. No tapes lo mejor.

Lo fulminó con la mirada, pero, tras unos instantes, dejó deslizar la prenda. Sus tetas caían un poco y repuntaban hacia arriba, amplias, excelsas, puras… impresionantes. La algarabía del jardín bajó de volumen. Algunos de los chicos levantaron la cabeza como suricatas. Otros, los que se encontraban en la piscina, se acercaron al borde.

Cuando Alba se puso en pie ya tenía puesta en ella todas las miradas. Cristian, sentado a su lado, repasaba su cuerpo de arriba a abajo sin perder detalle de su culo sobreexpuesto. La prenda que lo tapaba estaba completamente encajada entre sus nalgas.

Caminó a paso lento por el borde de la piscina, a escasa distancia de todos los que se encontraban en ella. Llegó hasta la esquina opuesta y accionó el pulsador para que el agua de la ducha la empapara por completo. Las sonrisas y los codazos no se hicieron esperar al ver el agua deslizarse por la piel de aquel monumento. Dani los observaba desde su atalaya, dolido, turbado.

Cuando la ducha dejó de correr, volvió a su tumbona con el mismo caminar felino. Sus tetas daban ligeros botecitos a cada paso, con aquellos enormes pezones oscuros tan obscenos. Vista de frente, se podía apreciar el nacimiento de su vello púbico por encima del bikini mal colocado. Dani cerró los ojos imaginando lo que aquella escena significaría para el grupo de imberbes, y para él mismo.

Cuando llegó a su tumbona, se sentó y se recompuso el bikini incluida la parte superior.

—Como cuentes algo de esto a mi novio te juro que te corto las pelotas. Y lo que te quede, te lo va a cortar Andrés.

Cristian no se dio por aludido y se rió. Dani dio dos pasos atrás, alejándose de la ventana, con el corazón en un puño.

«Volver con ella, Dani», se repitió mentalmente. No iba a discutir, no iba a recibirla con malas caras. Bajaría, se sentaría a su lado y pasaría el resto de la tarde haciendo el papel de novio que no se entera. «Solo quedan cinco días para la boda».

Cuando apareció en el jardín, un mar de cuchicheos y risitas llegaron a sus oídos. Cristian se había reunido con sus amigotes y la había dejado sola. Se sentó junto a ella, donde antes había estado él.

—Hola, amor —dijo ella al verlo.

Lo besó y lo abrazó con fuerza. Demasiada, tal vez. Cristian, en la distancia, los miraba con su eterna sonrisa de adolescente engreído.

—Hola chicos. ¿Tenéis hambre?

Al levantar la cabeza vio a Marta. Había aparecido con dos bolsas de la compra en sus manos. Las levantó exhibiéndolas frente a ellos.

—Para celebrar este día tan bonito. —Su sonrisa era resplandeciente—. Y para recuperarnos de la resaca de ayer. ¿Eh, primita? —dijo guiñando un ojo.

Fin capítulo XXXII

Gracias por leerme y por seguir al pie del cañón, comentando

...y sufriendo.