El Nombre que lo Llenaba Todo VIII
Saúl hablaba de negocios a dos metros de distancia, mientras Ernesto me llenaba el coño en el cubículo de al lado. El riesgo era eléctrico, la culpa era veneno, y yo no podía dejar de correrme. Pero esa noche, Pau decidió que ya era hora de que él aprendiera quién mandaba.
VIII
Los meses siguientes transcurrieron en una especie de equilibrio peligroso y delicioso que me tenía constantemente al borde del abismo. Gabriel venía a la Ciudad de México cada dos o tres semanas, impulsado por los asuntos de su boutique y las campañas publicitarias. Cada vez que llegaba, nos veíamos entre cuatro y cinco ocasiones al mes. A veces era en el mismo Hotel Carlota, donde todo había empezado a volverse adictivo; otras en un discreto Airbnb en la Condesa, con sus paredes blancas y la luz natural que entraba a raudales; y en ocasiones en su habitación de hotel en Polanco, con esa vista panorámica que parecía observarnos en silencio.
El sexo con Gabriel era siempre intenso, juguetón y adictivo. Me follaba con esa energía joven y hambrienta que me hacía sentir deseada de una forma fresca y divertida. Su pene tenía esa curva pronunciada que rozaba justo donde más lo necesitaba, y me hacía correr una y otra vez entre risas ahogadas y gemidos que llenaban la habitación. Me gustaba cómo me mordía el cuello mientras me penetraba desde atrás, cómo sus manos se clavaban en mis caderas con fuerza controlada, cómo me ordenaba con voz juguetona que le dijera lo rico que se sentía estar dentro de mí. Terminaba corriéndose en mi boca o profundamente dentro de mí, con gruñidos satisfechos y esa sonrisa traviesa que siempre prometía más.
Al mismo tiempo, mi vida con Saúl seguía siendo un ancla de placer más calmado, profundo y familiar. Hacíamos el amor casi todas las noches. Él era tierno, atento, me besaba durante horas enteras, recorría mi cuerpo con caricias suaves y me hacía sentir deseada como su mujer, como la Pau que él había elegido para compartir su vida. Yo respondía con pasión genuina; el fuego que Gabriel encendía en mí durante las tardes o las mañanas se desbordaba por las noches con Saúl, haciendo que nuestros encuentros fueran más intensos de lo habitual.
Me sentía sexualmente complacida como nunca antes en mi vida: dos hombres diferentes, dos ritmos completamente distintos, ambos satisfaciendo partes de mí que antes ni siquiera sabía que existían. No había celos reales, solo una adicción creciente a esa doble vida que me hacía sentir poderosa, viva y terriblemente peligrosa.
En el trabajo todo iba de maravilla. Había cerrado varios contratos importantes, mi cartera de clientes había crecido notablemente y los dueños de la inmobiliaria empezaron a hablar abiertamente de hacerme socia. Con el dinero extra y un crédito que Saúl me ayudó a tramitar, por fin compré el Audi A3 negro que tanto deseaba. Lo estrené recorriendo las calles de la ciudad con una sonrisa enorme, sintiendo que mi vida profesional y personal empezaba a encajar… aunque por debajo de esa superficie todo era un caos controlado.
Una noche de viernes, Saúl me invitó a una cena importante en Polanco: un evento de cóctel y música en vivo organizado por clientes clave del sector publicitario y de inversión, muchos vinculados a Saturno, la agencia donde trabajaba Saúl.
Puse todo mi esfuerzo en verme espectacular. Elegí un vestido largo de seda negra con un escote profundo en la espalda que llegaba casi hasta la cintura, ajustado en la cintura y con una abertura lateral que dejaba ver mi pierna al caminar. Debajo llevaba el conjunto de lencería roja de encaje que Saúl me había regalado. Me maquillé con labios rojo intenso y ojos ahumados. Cuando Saúl me vio, silbó bajito.
—Estás espectacular, amor. Esta noche voy a ser el hombre más envidiado del lugar.
Llegamos al salón exclusivo. El lugar era imponente: más de ochenta personas, mesas redondas con manteles blancos, velas parpadeantes y un cuarteto de jazz tocando estándares suaves. Nos ubicaron cerca del escenario.
Todo transcurría con normalidad hasta que, a mitad de la cena, cuando el cuarteto empezó a tocar “At Last”, mi corazón dio un vuelco brutal.
Vi entrar a Ernesto y Sonia. Él con traje oscuro impecable, camisa blanca abierta en los primeros botones. Ella como una diosa: vestido negro largo y ajustado, cabello rojo cayendo en ondas perfectas, ojos verdes brillando con malicia.
Se acercaron directamente a nuestra mesa. Saúl se levantó para saludarlos con cordialidad profesional.
Cuando Sonia me abrazó, lo hizo de manera muy efusiva. Su cuerpo se presionó contra el mío más de lo necesario. Sus labios rozaron mi oreja y susurró solo para mí:
—Te ves deliciosa, Pau. Ese vestido te hace un culo de infarto. ¿Ya extrañas que te lo quite?
Sentí mis mejillas arder. Luego llegó Ernesto. Me dio un beso suave en la mejilla, pero su mano se posó en mi hombro desnudo con firmeza. Sus dedos bajaron un centímetro por mi espalda desnuda en un roce discreto pero intencional.
—Pau… te ves radiante —murmuró cerca de mi oído, su voz grave vibrando en mi piel.
Ese simple contacto fue eléctrico. Mi cuerpo reaccionó al instante: piel de gallina, pezones endurecidos contra la seda y un calor húmedo traicionero entre mis piernas.
Se sentaron frente a nosotros. Durante la siguiente hora la conversación fluyó con normalidad aparente, pero bajo la mesa el pie de Sonia rozaba el mío deliberadamente, subiendo por mi pantorrilla y acariciándome bajo la abertura del vestido. Ernesto me miraba con esa intensidad posesiva que me desarmaba.
En un momento en que Saúl se levantó para saludar a otro cliente, Sonia se inclinó hacia mí:
—Gabriel me cuenta maravillas de ti… dice que te corres como una diosa cuando te coje en la ducha. Pero Ernesto sigue queriendo su turno. Dice que tu coño aún le debe una noche completa, sin interrupciones.
Mis muslos se apretaron instintivamente. El calor entre mis piernas se volvió insoportable.
Cuando Saúl regresó, Ernesto levantó su copa:
—Brindemos por las buenas asociaciones… y por las mujeres hermosas que hacen que todo valga la pena.
Al chocar las copas, sus dedos rozaron los míos deliberadamente.
Más tarde, el ambiente se volvió más relajado. Saúl llevaba varios tragos encima pero seguía coherente. Sonia era el alma de la fiesta en la pista de baile. Ernesto había desaparecido de mi vista y eso me ponía nerviosa y excitada al mismo tiempo.
Me incliné hacia Saúl y le dije al oído:
—Voy al baño, amor. Regreso en un momento.
—Ve tranquila —respondió, dándome un beso cariñoso.
Caminé hacia los sanitarios. Apenas había dado unos pasos por el pasillo poco iluminado cuando una mano fuerte me agarró del brazo y me jaló hacia el baño de caballeros. Era Ernesto.
Sin decir una palabra, me empujó dentro de un cubículo y cerró el pestillo con un clic seco.
Antes de que pudiera protestar, su boca estaba sobre la mía. Me besó con hambre voraz, profundo y posesivo. Sus manos bajaron por mi espalda desnuda y me apretaron contra su cuerpo.
—Estás loco… nos van a descubrir aquí —susurré contra sus labios, aunque mis manos ya se aferraban a las solapas de su traje.
No respondió. Siguió besándome, su lengua invadiendo mi boca mientras una mano subía por mi muslo, aprovechando la abertura del vestido.
—Ernesto… alguien puede entrar en cualquier momento —insistí en voz baja, el corazón latiéndome en la garganta.
Él solo sonrió con esa oscuridad que me desarmaba y susurró contra mi oído:
—Entonces vas a tener que ser muy calladita, ¿verdad? No querrás que tu novio escuche cómo te follo como la puta que eres para mí.
Sus palabras me encendieron aún más. Intenté apartarme un segundo, pero mi cuerpo me traicionaba completamente.
Sin previo aviso, agarró la fina tela de mi tanga y la arrancó de un tirón seco. El sonido de la tela rompiéndose resonó en el cubículo. Un chorro caliente de mi propia humedad resbaló por el interior de mis muslos.
Ernesto me levantó con facilidad. Sus manos grandes se clavaron en mis nalgas, separándolas mientras me sostenía en el aire. Yo rodeé su cintura con las piernas, apoyando los tacones contra la pared del cubículo. Mi vestido quedó subido hasta la cintura.
Con una mano sosteniéndome, se desabrochó el pantalón. Sentí primero la cabeza gruesa y caliente de su pene rozando mi entrada empapada, deslizándose entre mis labios hinchados, golpeando mi clítoris con cada pasada lenta y torturadora.
—Por favor… —susurré, sin saber si le pedía que parara o que me cogiera de una vez.
No esperó más. Entró de un solo empujón profundo y brutal. Sentí cómo me abría, cómo mi carne cedía ante su grosor. Un grito ahogado escapó de mi garganta y mordí con fuerza el dorso de mi mano para no gritar.
El estiramiento era intenso, casi doloroso al principio, pero deliciosamente abrumador. Cuando estuvo enterrado hasta el fondo, sus huevos pesados presionaron contra mí y solté un gemido tembloroso contra su cuello.
Sus embestidas comenzaron fuertes, profundas, sin piedad. Salía casi por completo y volvía a clavarse con fuerza, haciendo que mi cuerpo se sacudiera contra la pared. El sonido húmedo y obsceno de su pene entrando y saliendo de mi coño empapado llenaba el cubículo.
En ese preciso momento escuché la puerta del baño abrirse. Entraron dos hombres conversando tranquilamente. Una de las voces era claramente la de Saúl.
—…va a ser un año excelente para la agencia —decía Saúl con tono animado—. Los proyectos que cerramos este trimestre van a marcar diferencia. ¿Y tú cómo vas con lo de Santa Fe?
Los dos hombres se detuvieron frente a los urinarios, hablando de negocios como si nada.
A menos de dos metros de distancia, Ernesto seguía follándome sin detenerse ni un segundo. Sus caderas chocaban contra las mías con un ritmo constante y húmedo. El sonido chapoteante me parecía ensordecedor.
Yo mordía con fuerza el dorso de mi mano, intentando ahogar los gemidos que amenazaban con escapar. Mis ojos se llenaron de lágrimas de placer y pánico puro. Mi prometido estaba ahí, a solo unos pasos, hablando de trabajo mientras otro hombre me follaba salvajemente en el cubículo de al lado.
El peligro extremo, la cercanía, el riesgo de que Saúl reconociera mis gemidos ahogados o el olor a sexo… todo eso me encendía de una forma enfermiza y poderosa.
Ernesto aceleró el ritmo, embistiéndome más fuerte, más profundo, con golpes cortos y brutales que golpeaban ese punto sensible dentro de mí sin descanso. Susurró contra mi oído, casi inaudible pero cargado de intención:
—Escucha a tu novio hablando de negocios… mientras yo te lleno el coño que le pertenece a él. ¿Sientes cómo te estoy marcando, Pau? ¿Sientes cómo tu cuerpo me elige a mí aunque él esté ahí afuera?
Esas palabras fueron demasiado. Mis paredes internas lo apretaron con fuerza desesperada. Sentí el orgasmo subiendo como una ola imparable.
Los hombres terminaron su conversación. Escuché el sonido de las manos lavándose y finalmente la puerta cerrándose cuando salieron.
En cuanto nos quedamos solos, Ernesto gruñó contra mi oído con voz gutural y dominante:
—Ahora sí, córrete para mí, puta.
Y me corrí. Fue un orgasmo violento, devastador. Me tensé entera, mis piernas temblaron alrededor de su cintura, mis uñas se clavaron en sus hombros. Contracciones fuertes ordeñaron su pene mientras mordía mi mano con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre.
Ernesto se enterró hasta el fondo una última vez y se vació completamente dentro de mí. Sentí cada chorro caliente, espeso y abundante inundándome, llenándome hasta desbordar.
Con las piernas todavía temblando, me acomodé el vestido lo mejor que pude. Ernesto sacó un papel y anotó su número.
—Llámame mañana —dijo mirándome fijamente—. Quiero que nos veamos. Solo tú y yo.
Salí del baño de caballeros con las mejillas encendidas, el cabello revuelto y las piernas débiles. Mi tanga rota estaba guardada en el clutch. Entre mis muslos sentía el semen de Ernesto resbalando lentamente, recordándome a cada paso lo que acababa de pasar a solo metros de Saúl.
Al regresar a la mesa, Saúl me sonrió con cariño y me pasó un brazo por la cintura.
— ¿Todo bien, amor?
—Todo perfecto —respondí, besándolo en los labios con una mezcla de culpa profunda y excitación que todavía latía con fuerza.
La fiesta continuó hasta las cuatro de la mañana. Cuando nos despedimos, Sonia se acercó y me dio un piquito discreto en los labios, susurrando:
—Ya estaremos en contacto para recuperar el tiempo perdido, preciosa.
Manejé yo hasta la casa porque Saúl tenía tragos encima. Conducía mi nuevo Audi negro por las calles casi vacías mientras él iba recostado a mi lado, mirándome con una sonrisa ebria y tierna.
—Hoy fuiste la mujer más bella de toda la fiesta, Pau. Yo era el tipo más envidiado del lugar.
Sus palabras me golpearon en el pecho. Sentía todavía el semen de Ernesto caliente dentro de mí.
Llegamos al departamento. Ayudé a Saúl a llegar hasta la cama y lo acosté. Se quedó dormido casi de inmediato.
Me metí al baño, me quité el vestido y me miré en el espejo. Tenía marcas leves de los dedos de Ernesto en las nalgas, los labios hinchados y entre mis piernas un hilo blanco bajaba lentamente por el interior de mi muslo.
Me duché con agua caliente, pero no me lavé por completo. Quería conservar un poco de él dentro de mí un rato más.
Cuando me metí en la cama desnuda, me pegué a la espalda de Saúl y pasé un brazo alrededor de su cintura. Él murmuró algo dormido y apretó mi mano con cariño.
Yo cerré los ojos, todavía sintiendo las embestidas brutales de Ernesto en el baño, el riesgo extremo y el fuego que no se apagaba.
Esa misma noche, sin embargo, el fuego no me dejó dormir tranquila.
Alrededor de las cinco y media de la mañana, Saúl se movió en la cama y me buscó con la mano. Aún medio dormido, empezó a besarme el cuello y a acariciar mis senos. Su mano bajó entre mis piernas y encontró mi coño todavía húmedo, resbaladizo por la mezcla de mis jugos y el semen de Ernesto que no había terminado de salir.
—Mmm… ya estás mojada, amor —murmuró con voz ronca de sueño y deseo.
La culpa me golpeó como un rayo, pero al mismo tiempo una excitación perversa y enfermiza me invadió. Saúl no sabía que el coño que estaba tocando acababa de ser follado salvajemente por otro hombre hacía apenas unas horas. No sabía que estaba empujando con sus dedos una mezcla de semen ajeno y mío.
Intenté resistirme un segundo, pero mi cuerpo traicionero respondió abriéndose para él. Saúl se colocó encima de mí con ternura, entró lentamente y empezó a hacerme el amor con movimientos suaves y profundos.
Cada embestida suya empujaba más profundo el semen de Ernesto. Cada vez que se hundía, sentía cómo se mezclaba todo dentro de mí. La culpa y la excitación se entretejían de una forma brutal. Gemí más fuerte de lo habitual, mordiendo su hombro para no gritar el nombre equivocado.
Saúl lo interpretó como pasión y aceleró un poco, besándome con amor mientras me susurraba lo mucho que me amaba.
Yo me corrí con lágrimas en los ojos: una mezcla de placer físico, vergüenza profunda y esa oscura satisfacción de estar haciendo algo tan prohibido justo al lado del hombre que confiaba ciegamente en mí.
Cuando Saúl se corrió dentro de mí, mezclando su semen con el de Ernesto, sentí que algo dentro de mí se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. Me quedé abrazada a él, con el corazón latiendo fuerte, preguntándome hasta dónde iba a llegar esta doble vida antes de que todo explotara.
Los días siguientes fueron un torbellino interno. Intentaba concentrarme en el trabajo, en las juntas, en los contratos, pero mi mente volvía una y otra vez al baño de caballeros. Al riesgo. Al sonido húmedo de Ernesto follándome mientras Saúl hablaba a solo dos metros de distancia. Al semen caliente que todavía sentía resbalando entre mis muslos cuando llegué a casa aquella noche.
Y luego estaba la noche con Saúl… esa mezcla perversa de culpa y placer que me había hecho correrme con lágrimas en los ojos mientras él me hacía el amor con toda su ternura, sin saber que estaba empujando más profundo el semen de otro hombre dentro de mí.
Me sentía sucia. Me sentía poderosa. Me sentía perdida.
Estuve toda la mañana dando vueltas por la casa con el teléfono en la mano. El número de Ernesto estaba guardado como “Cliente Saturno”. Miraba la pantalla, borraba el mensaje que empezaba a escribir y volvía a empezar. Finalmente, a media mañana, marqué.
—Hola —respondió con esa voz grave y segura que me desarmaba por completo.
—Soy Pau. ¿Podemos vernos?
Quedamos para esa misma tarde en un hotel discreto en Polanco.
Y así empezaron los siguientes dos meses.
Fueron sesiones intensas, casi adictivas: dos o tres veces por semana, siempre en hoteles diferentes. Yo había cuadrado mi horario con precisión quirúrgica. Cancelaba citas, inventaba reuniones con clientes o decía que iba a ver propiedades lejanas. Saúl nunca sospechó nada; confiaba plenamente en mí.
Con Ernesto todo era distinto. No había juegos ligeros ni risas como con Gabriel. Era dominación pura, control absoluto e intensidad cruda. Me follaba como si quisiera marcarme por dentro, como si cada embestida fuera una reclamación de propiedad. Me gustaba esa sensación de rendirme por completo a él. Me sentía viva, deseada de una forma oscura y peligrosa que nadie más me había dado antes.
Cada vez que Gabriel me llamaba o me escribía proponiendo vernos, le ponía una excusa. “Estoy muy ocupada con trabajo”, “Tengo un almuerzo familiar”, “Saúl está en casa todo el día”. Al principio lo hacía con algo de culpa, pero pronto me di cuenta de que estaba muy entregada a lo que vivía con Ernesto. Gabriel era diversión y juventud. Ernesto era algo más profundo, más adictivo, más peligroso. Lo necesitaba como el aire.
Una tarde, Gabriel insistió más de lo habitual. Su mensaje fue directo: “Necesito hablar contigo. Es importante. No acepto un no”. Accedí a tomar un café con él en un lugar neutral de la Condesa.
Llegué primero. Cuando Gabriel apareció, se veía diferente: más serio, con ojeras marcadas y una expresión que no le conocía. Se sentó frente a mí y fue directo al grano.
—Sé por qué no quieres verme, Pau. Estás teniendo algo serio con Ernesto. No lo niegues.
Me quedé helada.
— ¿Cómo lo sabes?
—Porque Sonia me lo contó todo —dijo con una sonrisa amarga—. Pero no es solo eso. Hay cosas que tienes que saber antes de que sea demasiado tarde.
Gabriel respiró profundo y comenzó a hablar con voz baja, casi un susurro.
—No sé cómo te va a parecer lo que te voy a contar. Te va a sonar a locura, pero créeme, no tengo nada que ganar mintiéndote.
Hizo una pausa y me miró fijamente.
—Sonia y Ernesto son un par de depredadores sexuales. Se dedican a buscar parejas que parezcan estables y felices. Les gusta pervertirlas poco a poco, romper sus límites y ver cómo caen en la depravación total.
Sentí un escalofrío intenso pero creo que no es noticia nueva.
— ¿De qué estás hablando?
—Ellos dieron con Saúl a través de una negociación de publicidad que hizo el padre de Sonia con la agencia Saturno. El señor quedó muy impresionado con la bonita pareja que hacían ustedes. Sonia se enteró de ustedes por su papa desde ese momento, tú fuiste su objetivo perfecto. Buscaron en tus redes, los investigaron a fondo y planearon todo.
Gabriel continuó sin darme respiro:
—Después de investigarlos, planearon que Sonia entrara a trabajar en Saturno junto a Saúl. Ella no necesitaba ese trabajo… su padre es dueño de un complejo hotelero en México y tiene varias propiedades en el Caribe. La casa de Acapulco no era de ningún tío… es de ella.
Recordé la casa lujosa, la piscina infinita, el ambiente caro. Todo encajaba de una forma que me revolvió el estómago.
—Cuando Sonia te conoció en Acapulco —siguió Gabriel—, en el momento en que te vio vulnerable y curiosa, te aplicó una dosis de Bremelanotida en spray. Es una versión mejorada, más potente, que consiguió a través de un amigo químico. Actúa directamente en el cerebro. Aumenta el deseo sexual de forma brutal. Te vuelve más receptiva, más hambrienta.
Me quedé sin palabras. De pronto recordé varios momentos: Sonia acercándose demasiado a mi cara en la boutique, oliéndome el cuello, otros instantes en los que había estado muy cerca sin razón aparente.
Gabriel no me dio tiempo para procesar:
—Antes de que llegaras a la boutique, ya te lo había aplicado una vez. Y cuando te acostaste por primera vez con Ernesto, Sonia te lo volvió a aplicar en una reunión que tuvieron antes. Ella misma me lo confesó después de que los tres follamos juntos. Se reía mientras me lo contaba, orgullosa. Decía que no le hizo falta usarlo más porque ya caías solita.
Sentí náuseas subir por mi garganta. Mi mente empezó a repasar todo con rapidez enfermiza: la forma en que mi cuerpo había reaccionado en Acapulco, cómo el fuego no se apagaba ni después de follar con Saúl, cómo cada encuentro me dejaba queriendo más y más. ¿Todo ese “despertar” había sido manipulado químicamente desde el principio?
Recordé noches enteras en las que, después de un solo encuentro con Ernesto, volvía a casa y prácticamente atacaba a Saúl en la cama, más mojada y desesperada de lo normal. Recordé cómo a veces me tocaba sola en el baño de la oficina, pensando en Ernesto, con una necesidad casi dolorosa. ¿Era yo… o era la droga?
Gabriel continuó con tono más serio:
—Sonia está frustrada ahora. No logró nada con Saúl. Lo intentó varias veces, pero tu novio es demasiado leal. Y Ernesto… está muy entregado contigo. Prácticamente no quiere nada con ella últimamente. Sonia lo considera un desgraciado y que se volvió débil porque él sabía todo desde el principio. Sabía que te estaban dopando y aun así siguió el juego. Aunque ahora dice que está enamorado de ti.
Me temblaban las manos. Bajé la mirada hacia mi taza de café frío.
— ¿Por qué me cuentas esto ahora? —pregunté con voz apenas audible.
—Porque me voy del país. Tengo una oportunidad muy buena de negocios en Europa y salgo en dos semanas. He tenido muchas orgías con ellos, pero nunca me gustó que usaran estos métodos. Hacer el amor contigo fue real para mí, Pau. Solo quise tener un acto de justicia. Si decides seguir viéndolo, ten mucho cuidado. Sonia y Ernesto juegan en otra liga. Son adictos al control. Y tú estás justo en medio.
Nos despedimos con un abrazo incómodo. Cuando Gabriel se fue, me quedé sentada en la cafetería durante casi una hora, mirando la taza vacía sin poder moverme.
Esa noche llegué a casa más tarde de lo habitual. Saúl me esperaba con la cena preparada. Me recibió con un beso tierno y me preguntó cómo había estado mi día. Le mentí con una sonrisa natural, como ya se había vuelto costumbre.
Mientras cenábamos juntos, no podía dejar de pensar en Ernesto. En sus manos fuertes sujetándome, en su voz ronca ordenándome, en cómo me follaba sin piedad hasta hacerme perder el control por completo.
A pesar de todo lo que Gabriel me había revelado, el deseo seguía allí, latiendo con fuerza dentro de mí. Más fuerte incluso. ¿Era el efecto residual del péptido? ¿O ya era yo, convertida en alguien que disfrutaba este juego peligroso y oscuro?
Al día siguiente, por la mañana, recibí un mensaje de Ernesto. Solo tres palabras:
“Te necesito esta tarde.”
Miré la pantalla durante varios segundos. Sabía que debería confrontarlo, exigirle explicaciones, alejarme de todo esto… pero mis dedos se movieron casi por voluntad propia.
Respondí:
“¿A qué hora?”
Esa misma tarde, antes de ir al hotel, ejecuté mi plan con frialdad. Fui primero a un sex shop discreto en la Zona Rosa y compré un par de esposas metálicas acolchadas. Luego pasé a una farmacia y el supermercado. Lo tenía todo planeado.
Llegué al hotel exactamente a la hora acordada. Ernesto ya me esperaba en la habitación. En cuanto cerré la puerta, se acercó con esa sonrisa posesiva. Me besó con hambre y sus manos recorrieron mi cuerpo.
Lo dejé hacer. Lo empujé suavemente hacia la cama y lo acosté de espaldas.
Saqué las esposas de mi bolso. Al verlas, Ernesto soltó una risa baja y ronca.
—Humm… perversa hoy, ¿eh? Me gusta esta versión tuya.
Solo sonreí sin decir nada. Le puse las esposas en las muñecas y las aseguré a la cabecera de la cama. Luego saqué dos cordones gruesos y até cada uno de sus tobillos a las esquinas inferiores de la cama, dejándolo completamente inmovilizado en forma de X.
Ernesto levantó una ceja, todavía entre divertido y sorprendido.
—Huy, mi vida… ahora sí me estás dando miedo. ¿Qué cosa tan perversa quieres hacer conmigo?
No respondí. Me subí sobre él, bajé la cabeza y tomé su verga con la mano. Me la metí en la boca y empecé a chuparla con lentitud deliberada, dedicándome a dejarla bien dura y grande. Ernesto gemía y movía las caderas lo poco que las ataduras le permitían.
Cuando estuvo completamente erecto, acerqué mi bolso, saqué un spray de EMLA y comencé a rociarlo generosamente sobre su pene, desde la base hasta el glande.
—Ernesto… háblame de la Bremelanotida —dije con voz fría mientras seguía aplicando el spray.
Él se quedó quieto un segundo.
— ¿Qué? No sé a qué te refieres, Pau.
— ¿Cómo que no sabes? —Respondí con ironía—. Eso fue exactamente lo que usaron Sonia y tú para tenerme bajo control en Acapulco.
Ernesto empezó a sudar en frío. Su expresión cambió por completo.
—Pau… ¿qué estás haciendo?
—Ah, quédate tranquilo —dije con una sonrisa amarga—. Ya que ustedes usaron un spray conmigo, yo voy a usar uno también con tu amiguito. Se llama EMLA. Sirve para que cuando tengas una cortadita no te duela… porque te duerme la parte herida.
—Pau, no fue idea mía, fue de Sonia. Yo solo jugué…
—Sí, y fuiste su cómplice —le espeté con lágrimas comenzando a asomar en mis ojos—. Me llevaron sin mi permiso a todo esto. Me manipularon, me drogaron, me convirtieron en lo que soy ahora.
—Pau, yo te amo… por favor, no hagas lo que creo que vas a hacer. En serio me enamoré de ti. De hecho, tengo semanas sin tener nada con Sonia.
—No te creo —respondí con la voz quebrada—. Ustedes se dedican a joderle la vida a gente buena. Pero sabes qué… te encontraste con la perra equivocada.
Ernesto empezó a forcejear. Me levanté rápidamente, tomé una de mis bufandas y se la amordacé con fuerza en la boca. Él se movía violentamente en la cama, pero las ataduras lo mantenían casi inmóvil.
Saqué de mi bolso la pequeña navaja, algodón y gasas. Lo miré a los ojos con frialdad.
—Tuve un semestre de enfermería. Aprendí a parar hemorragias. No te vas a morir… pero sí te vas a acordar de mí. Y vas a dejar de joderle la vida a más mujeres.
Lancé una toalla sobre su abdomen y levanté una sábana para que él no pudiera ver lo que hacía abajo. Ernesto tenía los ojos desorbitados de terror. Las lágrimas le corrían por las sienes.
Me agaché entre sus piernas. Pasaron varios segundos tensos. Cuando volví a subir mi rostro, lo tenía manchado de rojo intenso, como si fuera sangre.
Ernesto se sacudió con más fuerza, emitiendo sonidos ahogados de pánico detrás de la mordaza. Su cuerpo temblaba violentamente.
—No te muevas tanto —le dije con voz calmada—, porque si no, no puedo controlar la hemorragia.
Eso lo puso aún más pálido. Su rostro estaba bañado en sudor frío.
Lo dejé así unos largos segundos, mirándolo sufrir, disfrutando del poder que tenía sobre él por primera vez. Sentía una mezcla extraña: placer sádico, rabia, excitación y una profunda duda. ¿Realmente era capaz de hacer algo así? ¿O solo estaba jugando a ser la villana de esta historia?
Finalmente, solté una risa baja y amarga.
—Quédate tranquilo… es jugo de tomate. Yo no soy tan miserable como tú te imaginas.
Ernesto se quedó congelado, procesando lo que acababa de escuchar. El efecto del EMLA ya debía estar haciendo su trabajo, porque su pene estaba completamente insensible.
Me acerqué a su rostro, le quité la mordaza y él tomó aire con desesperación.
—Pau… perdóname. En verdad te amo. No puedo vivir sin ti.
No le respondí nada. Me levanté y comencé a vestirme con calma. Mientras me ponía la ropa, él siguió hablando sin parar: promesas, disculpas, planes de futuro, declaraciones de amor. Todo sonaba desesperado y roto.
Cuando terminé de vestirme, saqué la llave de las esposas y la tiré al piso, lejos de su alcance.
—Ahí está la llave. Cuando vengan los de servicio de habitación y te suelten, les va a dar mucha risa verte así. Estate atento a tu teléfono. No sé cuándo te voy a llamar… pero tú no me llames.
Salí de la habitación sin mirar atrás. Cerré la puerta y caminé por el pasillo del hotel con el corazón latiendo a mil por hora. Las piernas me temblaban, pero por primera vez en mucho tiempo sentí que había recuperado algo de control.
No sabía si esto era el final o solo el comienzo de algo mucho más peligroso.
Pero por ahora, Ernesto había probado un poco de su propia medicina.
(Continuará…)
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