Xtories

El aroma de la lujuria

La puerta estaba entreabierta y la luz encendida. Franz sabía que Sofía dormía, pero lo que vio en la calle no era una cena, sino una traición ardiente. Al entrar en casa, ella lo recibió con dulzura fingida, sin saber que él ya había visto todo. Ahora, el deseo se mezcla con el veneno, y cada embestida es una pregunta que no necesita respuesta.

Franz6.4K vistas8.8· 10 votos

Me llamo Franz, tengo 44 años y trabajo como consultor informático para una multinacional del sector. Soy un tipo bastante normal. Soy alto y, aunque no tengo un cuerpo fibrado, sí me conservo bastante bien, ya que hago deporte con frecuencia. Tengo pelo corto, llevo barba “de tres días” y tengo los ojos marrones. Me suelen decir que mi sonrisa es una de las cosas que más llaman la atención. Estaba casado con Sofía, siete años menor que yo, y vivíamos en una pequeña casa de campo en Murcia. Ella mide 1’70 y, aunque está delgada, llama poderosamente la atención su busto. Me encantan sus ojos y su aire de feminidad.

Lo que voy a narrar a continuación es la historia de cómo una sorpresa puede desembocar en una frustración. Como digo, soy consultor informático, y, en ocasiones, es necesario que viaje a otros sitios ya sea a instalar solución ya sea a vender alguno de nuestros productos. En esta ocasión, me había llamado mi jefe al móvil para decirme que uno de nuestros clientes había tenido un problema con su arquitectura y había perdido casi toda su base de datos. Una vez hube acordado con él los detalles, llamé a mi mujer y le dije que tendría que desplazarme el fin de semana a Madrid. Tras algún reproche velado y varios comentarios fruto de la decepción, me deseó buen viaje. Fui a casa, metí un par de trajes y fui a por el coche. Iría al aeropuerto en coche, y tomaría el primer vuelo a Madrid. Por suerte, Jean, mi gerente, ya había reservado un billete para mí.

Durante el vuelo, revisé en mi móvil algunos de los datos que me había enviado Jean. Se trataba de la empresa Neras, fundada hacía unos diez años por Ivana y Roberto, y cuyo fin era el de importación de bienes de lujo. No sé cómo los obtenían, aunque, si he de ser sincero, me daba igual. Yo solamente cobraba por mi trabajo.

Ivana es rusa, y llegó a España, a principio de los noventa, con un visado para trabajar como azafata de congresos. Un par de años después de su llegada conoció a Roberto en un club liberal. Él creía que ella buscaba el calor de su cartera. Ella, que él buscaba el calor de su cuerpo. Finalmente, y sin que al parecer hubiera ningún otro interés, se casaron. De momento todo parecía irles muy bien, aunque Ivana me había comentado alguna vez que sabía de las “caídas” de Roberto con varias compañeras de la empresa. Al parecer, los cotilleos son mayores entre las mujeres, y llegaron a sus oídos una noche en uno de los aseos. Creo que, a pesar de todo, ella está más enamorada de él que él de ella. Cosas de la vida...

Llegué a Madrid a primera hora de la noche. El vuelo había sido muy tranquilo. Recogí mi equipaje y me apresuré hacia la salida del aeropuerto. Mientras esperaba a recoger la maleta, había avisado a un Uber. No me gustaba coger taxis. No tenía ninguna gana de ser timado. El conductor salió a saludarme, metió mi maleta en el maletero y nos dirigimos a mi hotel. Jean me había reservado una habitación en la planta 14 del Eurostars, en la zona de las Cuatro Torres. Además, Neras estaba en una de esas torres, por lo que no tendría que perder tiempo en el desplazamiento.

A la mañana siguiente, tras una buena ducha, me puse mi traje azul cobalto, con corbata a juego y la camisa blanca. Bajé al bar del hotel y pedí un café americano para comenzar el día. Pocos minutos después, ya cruzaba los tornos de la Torre B, y enfilaba los ascensores hasta las planta 36, donde se encontraba la sede de Neras.

Buenos días. Tengo una reunión con Roberto a las 9.

Sí, espere aquí. - La recepcionista me miró intrigada y sorprendida.

Era una mujer que aparentaba unos 60 años, pelo rizado probablemente fruto de una permanente. Teñida de rubia, y con lentillas verdes. Iba embutida en un vestido que, hace unos años, le hubiera quedado como un guante.

Apareció minutos después, seguida de Roberto. Ebozó una sonrisa, mientras alargaba su mano hacia mí.

Querido Franz. ¡¡Cuánto tiempo sin verte!! Pasa, pasa por aquí. Veo que ya has conocido a Loreta.

Hola, Roberto, sí, la he saludado al llegar y le h

Entre tú y yo – dijo bajando la voz, en un tono que, hasta a mí, me resultó ininteligible – es un poco parada, pero no da guerra y trabaja bien.

A ver si te oye.

No, creo que está medio sorda.

Fuimos caminando hacia una sala, donde me explicó lo que había sucedido. Una vez hubo finalizado su exposición, le dije que iba a necesitar que estuvieran conmigo algunos de sus mejores técnicos,

Finalmente, me asignaron cuatro personas, cuatro técnicos reconocidos y de la máxima confianza. Era lo que necesitaba para comenzar a trabajar. Antes de comenzar, les puse en antecedentes y les dije que, si tenían alguna cita pendiente para ese fin de semana, sería mejor que la cancelasen. Los cuatro técnicos eran David, técnico de mantenimiento y encargado de la seguridad; Juan y Raúl, los administradores de la base de datos que había sido atacada; y Elena, una jovencita, y, por lo que comentó después, recién salida de la universidad, y que se dedicaba a la presencia en redes sociales.

Finalmente, tras dos días de intenso trabajo, y donde apenas dormimos dos horas en todo el fin de semana, acabamos con la tarea. Gracias a los informes forenses realizados por Juan y Raúl, pudimos averiguar de dónde vinieron los problemas, qué los había causado, y pusimos soluciones para evitar que volvieran a ocurrir. Con Cassandra funcionando reuní a todo el equipo en una de las salas aledañas del CPD. Todos estábamos exhaustos. Y yo solamente pensaba en las ganas que tenía de volver a casa y recostarme junto a Sofía.

Gracias a todos por vuestra ayuda y por haber currado conmigo este fin de semana. Ha sido intenso, pero ha merecido mucho la pena. En principio, todo tiene que funcionar correctamente. De todas formas, si hubiera algún problema, podéis localizarme en el teléfono que aparece en el contrato. Lo siento, no tengo redes sociales. Creo que han sido unas sesiones muy largas para todos.

Entonces, ¿ya te marchas? - preguntó Elena, como sorprendida.

Sí, creo que es lo mejor. Me apetece llegar a casa, y sé que, si me quedo, esta noche no vamos a dormir.

Pensábamos ir a celebrarlo. Anda, vente con nosotros. - Esta vez, la voz de Elena sonaba como la de una niña pequeña a la que han dejado sin regalo de Reyes.

De verdad, creo que no. Como digo, necesito descansar. Además, pasado mañana tengo reunión y quiero estar despejado.

Como quieras, tío. Ha sido un auténtico placer. Eres un jodido crack. - Juan irradiaba magnetismo y era una de las personas en las que más confianza tenía para que aquello fuera hacia delante.

El placer ha sido mío. Sois muy buenos en lo vuestro. Dadle recuerdos a Ivana y Ramón.

Una vez que me despedí de mis compañeros, fui a mi hotel, recogí mis cosas y llamé un Uber desde mi móvil para llegar hasta el Aeropuerto de Barajas. Embarqué en el primer avió disponible, y me recosté en el asiento. Cerré los ojos y me dispuse a descansar hasta que llegase a L’Altet. Allí, tomaría mi coche y llegaría hasta Murcia. Era hora y media, pero tenía ganas de llegar a casa, ver a Sofía y hacer el amor con ella. La echaba mucho de menos. Y necesitaba sentir sus manos, sus besos y sus tetas. Me estaba imaginando aquello mientras mantenía los ojos cerrados, y una erección comenzó a dibujarse en mis pantalones. Me puse la chaqueta del traje encima para intentar disimular.

Finalmente, aterrizamos en el aeropuerto de Alicante media hora más tarde de lo previsto. Desde allí, pensé llamar a Sofía para decirle que estaba de camino, pero preferí darle una sorpresa. En teoría, ella me esperaba en la mañana del lunes, y no ese domingo por la noche.

Conduje la hora y media hasta mi casa. Al llegar, pasé por delante de nuestra casa y me extrañó ver luz en el salón. Sofía no solía estar despierta hasta tan tarde. Además, al día siguiente ella tenía que levantarse pronto. Pensé que podría pasar algo. Sentí el impulso de llamar a la puerta, pero algo dentro de mí me decía que no debía hacerlo. Conduje hasta una de las esquinas de la calle, desde donde podía ver claramente la puerta de nuestra casa. Algo que decía que eso no era normal. Creo que mi intención era estar allí hasta que o bien saliera alguien de la calle o bien yo me quedase dormido. Era una locura, un absurdo. Pero fue lo que hice. Pocos minutos después, la puerta de la reja se abrió y salió una persona. Me era familiar esa figura. Llevaba puesta la capucha de una sudadera gris, parecida a la que yo le regalé a Sofía la navidad anterior. Segundos después, salió Sofía vestida con una bata, se enganchó al cuello del encapuchado y comenzaron a besarse. Primero dulcemente, después con rabia. Él metía las manos bajo la bata, y ell hacía lo propio por debajo de la sudadera. Cuando se bajó la capucha lo vi. Abrí la boca y llevé mi mano hacia ella para evitar un grito. Era Víctor, el marido de su mejor amiga. No podía creerlo. ¿Desde hace cuánto tiempo se estaban viendo? ¿Vanesa lo sabía? ¡Con qué cara miraba Sofía a Vanesa cuando quedaban? ¿Sofía me quería? No pude seguir allí mucho tiempo más. Lentamente, di marcha atrás y me dirigí hacia uno de los hoteles de la ciudad. Después de todo, Sofía pensaba que yo volvería la maána siguiente.

Me desperté pronto. Serían las siete de la mañana cuando abrí los ojos. Me negué a mí mismo que lo que pasó la noche anterior fuera real. Y, en este nuevo escenario, ¿qué actitud tomar? ¿Seguir con ella como hasta ahora? ¿Plantarme y decírselo? Finalmente, opté por seguir como hasta ahora, a ver cuánto tiempo pasaba hasta que confesara. Me vestí y me dirigí a mi casa.

Aparqué el coche cerca de la zona desde la que había estado espiando la noche anterior. Me acerqué a la puerta. Introduje la llave y, sin llegar a girarla, la puerta se abrió.

Mi maridito por fin está en casa. Jo, cari, cuánto te he echado de menos. No me gusta que te vayas los fines de semana.

Lo siento, cari, pero fue algo de última hora.

Ya, no te preocupes, qué le vamos a hacer.

¿Tú qué has hecho estos dos días? Tengo ganas de ducharme contigo, ¿te duchas conmigo y me lo cuentas?

Vale. Pues no he hecho mucho. Quedé con Vane y sus hijos ayer y estuvimos en el parque.

Ostras, qué ganas ten

Están muy monos, cari. Me apetece que me hagas un nene.

Pues no perdamos tiempo.

De camino a la ducha, nos fuimos quitando la ropa, mientras no parábamos de besarnos. Metí mis manos por dentro de su pantalón y me sorprendió que no llevaba nada debajo. Ella debió notar mi sorpresa.

Creo que a tu amiguito le gusta eso. Te estaba esperando con ansias.

Pues ya acabó la espera.

Me lancé a quitarle la parte superior del pijama y acaricié sus pechos, me centré en sus pezones. Mi lengua iba consiguiendo que cada vez estuvieran más duros. Ella no perdía el tiempo y luchaba por sacar mi pene de su jaula.

Llegamos al baño y la llevé hasta la pared. Accioné la manivela de la ducha y dejé que el agua cayera encima de nosotros. Puesta de espaldas a la pared, le abrí las piernas y comencé con mi mano a acariciar su sexo, mientras introducía uno de mis dedos despacito. Al mismo tiempo, besaba su cuello y tiraba lentamente de su cabello. Ella llevó sus manos hasta mi pene, que ya estaba erecto. Comenzó a masajearlo mientras susurraba:

Cómo he echado de menos esto que tienes aquí.

Te veo muy fogosa hoy. Me encanta.

Te he echado mucho de menos, y te necesito dentro de mí.

Tranquila, tenemos todo el día por delante para nosotros.

Ufff, cómo me pones, cabrón.

Poco después, se agachó y se la metió en la boca. Aceleraba el ritmo y, de repente, paraba, se la sacaba y comenzaba a darle lamentones. En ese momento, yo tiraba de su pelo hacia atrás y la obligaba a mirarme, mientras mi mano apresaba uno de sus pechos. Ella volvió a la carga y se metió nuevamente en la boca.

Joder, qué ganas de comértela. Parece que está más dura. Seguro que hoy te vas a correr mucho. Te he esperado ansiosa.

Sí, cari. Hoy quiero llenarte completamente. Hoy te voy a preñar.

Hazlo, por favor, quiero que lo hagas ya.

En cuanto dijo eso, la levanté y a puse mirando a la pared de la ducha. Me arrodillé y comencé a pasar mi lengua por su ano, Me dediqué a acariciar su agujerito, haciendo pequeños círculos, mientras llevaba mi mano hacia su sexo y buscaba su clítoris. Ella tomó mi mano y me hizo meterle tres dedos, mientras yo seguí recorriendo su culo. De vez en cuando, llevaba mi lengua desde su sexo hasta su culo. Me levanté y acerqué mi pene hasta su sexo. Metí la puntita y lo sacaba, luego lo acariciaba y volvía a introducir solamente la puntita. En una de esas, ella echó su culo hacia atrás y se la clavó entera.

Joder, o me follas o te vas, pero no me dejes así.

¿Quieres esto? - le dije mientras la tomaba de las caderas y la penetraba de forma intensa. Nunca me había sentido tan violento, pero los recuerdos de la noche anterior se agolpaban en mi mente.

En un determinado momento, mientras la penetraba desde atrás, le tiraba de pelo y la atraje hacia mí. Ella solamente jadeaba y decía “dame más fuerte, venga.”

Saqué mi pene de su sexo e intenté meterlo por el ano. Ella se dio cuenta:

Por ahí no, vaquero. Hoy no.

Le di un azote en el culo y se la volví a meter por su sexo. Entraba y salía muy fácil, mientras el agua seguía cayéndonos encima. Ella cada vez estaba más apoyada en la pared, y yo, mientras me la follaba, le soltaba algún cachete en el culo. Le dejé la nalga roja, pero me daba igual. Cuando se hubo cansado de esa posición, se dio la vuelta y me hizo comerle el sexo. Qué sabor más rico tenía. Mi lengua entraba y salía, como si de un pene se tratase.

Hasta que ella me dijo:

Vámonos a la cama y me follas como es debido.

Cerramos el agua y, mojados, llegamos a la cama. La tumbé y me puse a comérselo. Me volvía loco cada vez que se lo comía. Me encantaba su sabor.

Venga, sube.

Le hice caso, y me puse encima de ella. Comencé a besarla y a acariciar sus pechos con mis manos. Ella me tumbó y se puso encima de mí.

Ahora yo tengo el control.

Comenzó a moverse cada vez más rápido. Yo intentaba tocarle los pechos y ella me retiraba las manos con fuerza.

Hoy mando yo, así que permanece quieto. ¿Te enteras?

Nunca la había escuchado hablar así, pero, si he de ser sincero, esa actitud me estaba poniendo más caliente aún. Ella jadeaba cada vez más fuerte. Parecían alaridos.

Ella comenzó más rápido, mientras me pellizcaba los pezones y me ponía la mano en el cuello, como si quisiera estrangularme.

Me queda poco para llegar, ¿cómo vas tú?

A mí aún me queda.

En ese momento, se apartó de mí y me ordenó que me pusiera yo encima de ella. Eso hice. Subí sus piernas hasta mis hombros y comencé a penetrarla. Primero despacio y luego fui incrementando el ritmo.

Sigue, cabrón, que ya casi estoy. Sigue, por favor. Sigue, sí, sigue.

Seguí penetrando, cada vez con más rabia. Cuando sentí que ya estaba a punto, me eché sobre ella y descargué mi semen dentro. Ella, en un arranque, arañó mi espalda, mientras me susurraba:

Esta noche quiero la segunda parte.