Xtories

Seduciendo a la cajera (4)

Lleva meses sintiéndose invisible y usada. Pero cuando Benjamin la mira, no ve a la víctima, sino a la mujer que siempre quiso ser. Esta noche, el vestuario vacío será su refugio y su perdición.

Cassie And4.7K vistas

Este nuevo trabajo me tenía los pelos de punta desde el primer día. El jefe era un viejo baboso, repugnante, de esos que te miran las tetas antes que la cara y te rozan “sin querer” cada vez que pasa por tu lado. Todo el tiempo me acosaba: comentarios asquerosos sobre mi culo, propuestas veladas de “quedarnos a hacer inventario solos”, y esa sonrisa babosa que me daba ganas de vomitar.

El viejo verde que habían despedido hacía apenas unas semanas era igual o peor; se había llevado tres de mis tangas más lindas del vestuario compartido y todavía no podía probarlo, pero lo sabía. Ahora me quedaba con la ropa interior más básica, y cada vez que me cambiaba sentía esa sensación de asco y vulnerabilidad.

Y para colmo, la otra cajera —una morocha teñida y amargada— me hacía la vida imposible. Me cargaba con las tareas más pesadas, me hablaba mal delante de los clientes y todo porque era la amante oficial del jefe. La muy hija de puta se creía con derecho a todo solo por chupársela a ese cerdo.

No me había tomado el tiempo de aprenderme la vida de nadie en ese lugar de mierda, pero había una excepción: Benjamin.

No llevaba ni dos meses cuando él se convirtió en mi único rayo de luz en medio de toda esa basura. Alto, de voz grave y tranquila, con esa forma de moverse como si nada lo alterara nunca. Me aconsejaba cómo lidiar con el jefe sin que me despidieran, me cubría cuando yo estaba al borde de explotar, y sobre todo… me cuidaba. Me defendía de los pajeros que rondaban el local, de los comentarios sucios y de las miradas que me desnudaban cada vez que me agachaba para reponer mercadería.

Pero no era solo eso.

Compartíamos vestuario con los hombres porque el local era pequeño y barato, y cada vez que me cambiaba sentía sus ojos sobre mí. Al principio intentaba disimular, pero con el tiempo empecé a notar cómo me miraba el cuerpo. Y yo… yo estaba tan desesperada que empecé a buscarlo.

Con mi novio las cosas estaban cada vez peor. Había intentado todo. Me vestía como supuestamente les gusta a los hombres: ajustado, provocativo, con escotes que dejaban ver el nacimiento de mis tetas y jeans que se me pegaban al culo. Salíamos a merendar y yo me arreglaba como si fuera a una cita de lujo: pelo perfecto, maquillaje impecable, tacones, perfume caro. Entrenaba duro en mis tiempos libres y tenía un cuerpo que sabía que volvía locos a la mayoría: tetas firmes, cintura marcada, culo redondo y piernas tonificadas. Pero él… nada. Cada vez follábamos menos, y cuando lo hacíamos era mecánico, rápido, sin ganas. Yo terminaba frustrada, húmeda y con ganas de gritar.

Necesitaba que me desearan. Necesitaba que me tocaran de verdad.

Un jueves por la tarde, después de un turno especialmente de mierda en el que el jefe me había acorralado en el pasillo y la otra cajera me había tirado la bronca delante de todos, entré al vestuario hecha una furia. Benjamin ya estaba ahí, cambiándose la remera. Se había quedado solo en pantalones, el torso desnudo, marcado pero sin exagerar. Sudado todavía del trabajo.

Me miró un segundo y preguntó con esa voz calmada:

—¿Todo bien?

No respondí con palabras. Cerré la puerta con llave, me saqué la camiseta del uniforme de un tirón y me quedé en corpiño negro, las tetas casi desbordando. Me acerqué a él con el corazón latiéndome en la garganta.

—Necesito que me toques, Benjamin… —le dije con la voz rota, casi suplicando—. No aguanto más esta mierda. Mi novio no me toca, el jefe me acosa, todos me miran como si fuera un pedazo de carne… y yo solo quiero que alguien me haga sentir deseada de verdad.

Él no se movió al principio. Solo me miró, sereno, evaluándome. Sus ojos bajaron despacio por mis tetas, mi cintura, mis caderas. No parecía sorprendido, ni ansioso. Solo… tranquilo.

—¿Estás segura? —preguntó bajito, sin apuro.

Asentí, desesperada. Me bajé los jeans con torpeza, quedándome solo en tanga. Se me notaba la mancha de humedad en la tela. Estaba empapada desde hacía rato, solo de pensarlo.

Benjamin se acercó sin prisa. Me tomó de la cintura con una mano firme pero suave, y con la otra me acarició la cara.

—Tranquila… —murmuró.

Me besó despacio, controlando todo. Yo, en cambio, estaba desatada. Le metí la lengua con desesperación, le clavé las uñas en la espalda y me apreté contra él buscando su bulto. Sentí cómo se le empezaba a parar la verga contra mi vientre y gemí contra su boca.

—Cojeme… por favor —le rogué, bajando la mano para tocarlo por encima del pantalón—. Necesito que me metas la verga, Benjamin. Estoy tan mojada que me duele.

Él soltó una risita baja, casi divertida por mi urgencia.

—Shh… no hay apuro —dijo, y me dio vuelta contra los lockers con calma.

Me bajó la tanga hasta las rodillas de un solo movimiento. Sentí sus dedos separándome los labios mojados, rozando mi clítoris hinchado. Gemí alto, empujando las caderas hacia atrás como una perra en celo.

—Mirá cómo estás… toda chorreando —comentó con esa voz tranquila, casi clínica, mientras metía dos dedos adentro mío sin esfuerzo. Yo me retorcí, gimiendo su nombre.

Cuando por fin se bajó los pantalones y sentí la cabeza gruesa de su verga rozando mi entrada, casi lloro de alivio. Me penetró de una sola embestida profunda, llenándome por completo. Yo grité, apretando los puños contra el metal frío.

Benjamin me cojió con ritmo constante, profundo, sin perder el control ni un segundo. Una mano en mi cadera, la otra en mi pelo, tirando lo justo. Yo, en cambio, me corrí como una loca en menos de un minuto, temblando y apretándole la verga con mi concha empapada, gimiendo incoherencias.

Él siguió un rato más, tranquilo, disfrutando de mi cuerpo desesperado, hasta que finalmente me dio vuelta y me acabo entre las tetas. Una acaba potente que me cubrió gran parte del abdomen también.

Cuando terminó, me acarició y me ayudó a subirme la tanga, como si nada hubiera pasado.

—Respira —me dijo con esa calma que me volvía loca—. Mañana va a ser otro día.

Yo, todavía temblando y con su semen chorreándome por los muslos, solo pude pensar que por primera vez en mucho tiempo me sentía viva.

Y que seguramente esto no iba a quedar en una sola vez.

Salí del vestuario con las piernas temblorosas y una sensación pegajosa y caliente entre los muslos. Esta vez Benjamin no se había corrido adentro mío. En el último momento me había dado vuelta, me había hecho arrodillar frente a él y se había corrido fuerte sobre mis tetas. Todavía sentía los gruesos chorros calientes salpicando mi escote, cubriendo mis pezones y resbalando por el valle entre mis tetas firmes. Me había limpiado rápido con papel higiénico, pero quedaba una película pegajosa y el olor característico de su semen todavía pegado a mi piel.

Mientras esperaba el colectivo, la culpa me golpeaba en oleadas.

«¿Qué mierda hice? Dejé que un compañero de trabajo me folle en el vestuario y terminé arrodillada como una cualquiera mientras él me acababa en las tetas. Mi novio está en casa, confiando en mí, y yo tengo el semen de otro hombre secándose sobre mi cuerpo. Soy una traidora asquerosa.»

Pero cada vez que ese pensamiento me atravesaba, mi coño se contraía de excitación. Recordaba la forma tranquila en que Benjamin me había follado contra los lockers, profundo y constante, mientras yo me retorcía gimiendo como una desesperada. Recordaba cómo me había sacado la verga en el último segundo, cómo me había mirado con esa calma casi cruel y me había ordenado bajito: “Abre el corpiño”. Y yo, obediente y ansiosa, lo había hecho. Ver su cara de placer mientras descargaba chorros espesos y blancos sobre mis tetas me había hecho sentir sucia, usada… y terriblemente excitada.

Llegué a casa con el corazón latiendo fuerte. Mi novio estaba en el sillón, como siempre.

—Llegaste tarde otra vez —murmuró sin levantar la vista.

—Sí, mucho trabajo —mentí, y la culpa me apretó la garganta.

Me metí directo a la ducha. Me quité el uniforme y, al mirarme en el espejo empañado, vi las marcas tenues que todavía quedaban en mis tetas. Pasé los dedos por la piel pegajosa y un escalofrío me recorrió. Sin poder evitarlo, empecé a masajearme las tetas, extendiendo los restos secos de semen de Benjamin mientras me mordía el labio.

«Esto está mal… tan mal. Si mi novio entrara ahora y viera que me estoy tocando pensando en cómo otro hombre me acabó en las tetas… me moriría de vergüenza. Soy una puta. Una novia infiel y desesperada.»

Pero cuanto más me culpaba, más caliente me ponía. Mis pezones se pusieron duros como piedras. Bajé una mano entre mis piernas y encontré mi coño empapado, hinchado, chorreando. Me masturbé bajo el agua caliente recordando cada detalle: la verga gruesa de Benjamin entrando y saliendo de mí, su respiración calmada contrastando con mis gemidos desesperados, y finalmente ese momento en que se apartó y me cubrió las tetas de semen caliente, grueso, abundante. Me corrí con fuerza, ahogando un gemido contra mi brazo, mientras las lágrimas de culpa se mezclaban con el agua de la ducha.

Esa noche, en la cama, la dualidad se volvió casi insoportable.

Me acosté al lado de mi novio, que ya dormía. El olor a jabón no había logrado borrar del todo el recuerdo del semen de Benjamin. Cerré los ojos y, sin poder contenerme, volví a tocarme despacio. Una mano en mis tetas, pellizcando los pezones todavía sensibles, la otra entre mis piernas frotando mi clítoris hinchado.

Pensamientos de culpa: «Le estoy mintiendo en la cara. Él cree que soy su novia fiel y yo tengo la imagen grabada de otro hombre corriéndose sobre mis tetas. ¿Qué clase de mujer soy? Debería sentir asco de mí misma.»

Pero mi cuerpo respondía con traición. Recordaba la calma de Benjamin, cómo me había mirado mientras se corría, cómo su semen caliente había salpicado mis tetas y se había deslizado por mi piel. Me imaginaba arrodillada otra vez, ofreciéndole mis tetas, rogándole en silencio que me marcara. Me corrí por segunda vez esa noche, mordiendo la almohada, temblando de placer y vergüenza al mismo tiempo.

Al día siguiente en el trabajo la tensión era insoportable.

Continúa en