El defecto mariposa
Todo comenzó con un ventilador. Un error menor, una elección trivial que, como el aleteo de una mariposa, desató una tormenta en su vida. Claudia creía tener el control de su matrimonio y su carrera, pero esa noche, lejos de casa y bajo la mirada insistente de su jefe, el destino decidió tomar las riendas.
INTRODUCCIÓN
Nos decían en las clases de la carrera que, en física, lo que parecía azar no era más que un producto de las limitaciones técnicas y comprensivas del científico. Lo llamaban, por aquel entonces, «Caos determinista». Aunque lo parecieran, los fenómenos que parecían darse por azar, no lo eran.
El efecto mariposa, ese concepto que el cine y la cultura popular han vulgarizado hasta el ridículo, pertenece a ese tipo de caos que ansía explicarlo todo. Y cuando digo todo, me refiero incluso a lo que no se tiene ni pajolera idea de porqué ocurre como ocurre.
Nuestra ciencia, nueva religión desde que a Nietzsche le dio por matar a Dios a martillazos, peca en numerosos casos de lo mismo que sus antecesoras metafísicas: explicar lo inexplicable con lo que en ese momento su imaginación a creado; ya sea un dios con barba blanca o una ecuación diferencial que agrega letras y constantes inventadas para que el resultado parezca cuadrar con la realidad. Siempre hemos sido tan prepotentes, que más que explicarla tal y como es, la hemos creado a nuestra imagen y semejanza.
La jodida mariposa bate sus alas en Pekín y por pequeñas variaciones en todas y cada una de las partículas elementales (pues también nos decían que a ese nivel, todo está conectado) se desata un maremoto de cojones en la otra parte del globo.
¿Toda esta parrafada pseudointelectualoide a qué viene? Pues en realidad, a nada; y a todo en este caso particular. Si nos detenemos a pensarlo, no nos importa. Aceptamos el mundo tal cual es. Aunque yo me dedique a esto (doy clases de biofísica animal en la facultad), he de reconocer que saber porqué si la dichosa mariposa aletea con una frecuencia más alta—o más baja—de lo normal, en Rio de Janeiro mueren diez mil personas, ahogadas por un tsunami. Nos da igual el porqué, nos duele que pase, pero, en el fondo no nos concierne porque no hay un responsable; es una catástrofe natural. Las quejas, al maestro armero. Y todo este pasotismo, que intentamos ocultar para no parecer lo verdaderamente sociópatas en que nos estamos convirtiendo, es debido a que nos aterra pensar que no tenemos el control de todo. Por eso lo hacemos, para poder seguir con nuestra vida y nuestros problemas.
Pero, ¿qué pasa cuando eres tú la mariposa?¿Cuando son tus decisiones las que acaban por producir la tragedia?¿Cómo se sobrevive cuando has sido tú el que ha provocado todo lo que termina pasando sin intención, solo por tomar un par de malas decisiones de las miles que podrías haber tomado?
También nos decían en la carrera que el determinismo científico y el determinismo filosófico son cosas opuestas. La primera existe. La segunda, no. Eso dice la cerrazón científica. Que no hay nada escrito en las estrellas o dónde sea. No existe el karma o el juicio divino. ¿No?¿Seguro? Cuando tu vida se va a la mierda por una serie de casualidades que se ceban con tus mala decisiones, uno, ya no está tan seguro. De hecho, deseas que exista algo superior, incognoscible, que te pueda explicar porqué ha pasado. Algo que te pueda castigar por tus errores. Algo, en definitiva, que te alivie la pesadumbre que te deja el alma cuando abandona el cuerpo, horrorizada por lo que has hecho.
Como por ejemplo, comprar un ventilador y no otro.
UNO
Este hombre…¿dónde narices estará? Sulfurada, vuelvo a guardar el móvil en el bolsillo trasero del jean. Mira que se lo dije: a las cuatro en punto, Julio. Pero nada. Con este hombre no hay nada que hacer. Siempre está a lo suyo.
Pero no, soy injusta con él. Mi marido es muy atolondrado, pero es también encantador. Siempre me ha cuidado. Cierto que pasa la mayor parte del tiempo en su mundo, pero ¿quién no en estos tiempos que corren? Yo misma, cuando llevo un caso entre manos, se me va el santo al cielo más de lo que una vida sana, una de esas que el trabajar para vivir y no al revés, recomienda.
Por fin, el teléfono suena.
—¿Julio?¿Dónde estás? Te he dicho esta mañana que tenía que estar en la comisaría a las cuatro y media, sin falta.
—[…]
—¿Cómo que no encuentras la planta de hogar? ¡Uf! La séptima, Julio. Es la séptima.
Inspiré. No podía enfadarme con él, por alguna razón, en el fondo, me hacía gracia que fuera tan bueno leyendo el cielo, con sus constelaciones, sus miles de estrellas y formaciones con nombres raros, y luego fuera incapaz de leer los carteles de una tienda para orientarse.
—[…]
—¿Qué no hay séptima? ¿Y yo dónde estoy?¿En el purgatorio? Vamos a ver, Julio, ¿en cual estás tú?
—[…]
—Sí, ya. Pero cariño, hay dos.
Me tengo que reír, aunque lo disimulo tras un tono exasperado.
—[…]
—¿Desde cuándo? Pues, a ver, déjame que piense. Bueno no hace mucho, solo desde que cerraron Galerías Preciados, allá por los años noventa del siglo pasado ¡Julio, por Dios!¿En qué mundo vives?
—[…]
—Eeeeso es, el de la fuente horrible. Date prisa por favor. Valverde me va a matar si no llego.
—[…]
—No sé, supongo que sí que ha pasado algo. Pero como no llegues, nos enteraremos antes por los periódicos, junto con el anuncio del BOE de mi despido.
Diez minutos después lo veo aparecer, subiendo apurado las escaleras mecánicas saltando los escalones de dos en dos. En un principio me sorprendo al verlo vestido con el traje gris y la corbata negra de seda que yo misma le compré en un viaje que hicimos a Milán; luego recuerdo que hoy tiene la ceremonia de inauguración del curso universitario. Viéndolo acercarse hasta mí, esquivando islas de sartenes, electrodomésticos y menaje, no puedo evitar una ligera sonrisa. Está guapo. Guapo y acalorado.
—Lo siento, Claudia…yo…las prisas…no caí en preguntarte y me he metido en el primer Corte Inglés que me ha salido en el camino.
—Hombres…—bromeo—. Tú y las tiendas ¿No hay un término médico para diagnosticar a los que tenéis pánico a ir de compras?
—¿Agorafobia mercantilista?¿Histeria anacoreta?
—Qué tonto eres, cariño.
Nos sonreímos mientras nos besamos. En la cercanía huelo su loción de afeitado mezclada con el dulzón del sudor producto de la carrera que se acaba de pegar este hombre mío. La mezcla me produce un conocido calorcillo en el bajo vientre. Julio no es de arreglarse formal muy a menudo, pero cuando lo hace…
—Tú has insistido en que viniera—se defiende—, y si sabes cómo me pongo…¿pa’qué me invitas?
—Venga, gracioso. Déjate de chistecitos y vamos a elegir uno. Además, si estamos aquí es por tu culpa, señor «los aires acondicionados me secan el alma».
—¡Eh, eh!, ahora no me eches a mí la responsabilidad de que no me siente bien la climatización que está destruyendo el planeta con sus gases y dejando a los padres sin sus primogénitos para poder venderlos y hacer frente a la factura de la luz.
—Julio, por favor, que voy a llegar tarde. Luego, si quieres, discutimos la salud del planeta. Pero ahora elige uno y vámonos. Mi jefe está que trina.
—Sí, sí. Será mejor no enfadar a tu maridito, no vaya a ser que te castigue con más horas extras…
—¿Eso es un reproche?
—Noooo. Pero mejor no tentar a la suerte, ¿no?
Pese a lo rápido que había contestado, poniendo cara de bueno, en aquella broma iban implícitas muchas cosas. Era cierto, como he dicho antes, que cuando un caso me absorbía, pasaba alejada de casa mucho más tiempo del que debía. Por otro lado el apelativo «cariñoso» que Julio había dedicado a mi jefe, venía de largo; unas veces de coña, otras más en serio, sobretodo cuando discutíamos por algo y salía a colación mi trabajo. En esos momentos, Julio siempre me decía que mi marido parecía mi superior, por el tiempo que llegábamos a pasar juntos y la comunicación que manteníamos por móvil cuando no estaba en comisaria. Además, para más inri, un mal día me dio por comentar el interés que Valverde siempre había mostrado por mí. Julio es demasiado analítico para ser celoso. Pero, a veces, lo dicho en alto parece quedar grabado en piedra como en los tiempos de Ramsés.
Tal y como yo lo veía no había peligro. Era una relación sana la que mantenía con mi jefe. En sus insinuaciones había algo de verdad; eso, como mujer, lo tenía claro. Sabemos cuando gustamos, y yo a él le gustaba. Pero, por encima de todo, nuestra relación es profesional. No seré hipócrita y no diré que no me atrajo cuando, recién llegado de Madrid, me lo presentaron como mi nuevo superior (el anterior, el bueno de Izaguirre, se había retirado para cumplir su sueño de tener una pequeña casita frente al mar en su norte natal y esperar allí a la muerte con un tablero de ajedrez). El inspector jefe Fernando Valverde era un hombre muy bien formado, metido en los cuarenta y con bastante mundo a cuestas. Pronto se convirtió en la comidilla en la comisaría, sobre todo entre el sector femenino de la plantilla. Divorciado dos veces, venía acompañado por la fama de crápula marcada con luces de neón. Era difícil evitar que esa parte que tenemos algunas de sentirnos atraídas por los malotes pendencieros, se activara. Además su aura de autoridad en materia profesional, le precedía. Era un combo difícil de obviar. Entonces, con esos antecedentes ¿para qué le dije nada a Julio? No sé. Aquel día me tuvo que sacar de mis casillas más de lo normal.
Y es que, discutir con él, era como intentar peinar el desierto o a un chow-chow: una auténtica pérdida de tiempo. Julio lanza sus peroratas del mismo modo que lo hace cuando imparte clases o algún simposio, aportando a la discusión datos bibliográficos, fechas e informe meteorológico. Pero como decía, no es celoso. El confía en mí y yo en él. Nos elegimos de entre todo el resto del mundo, y yo tengo claro cristalino que nunca le traicionaría. Lo quiero demasiado y odio las infidelidades hasta la nausea, aunque me den de comer. La mayoría de los crímenes que se comenten en esta ciudad, aunque parezca increíble, tienen un móvil pasional. Y, entre ellos la infidelidad como desencadenante, se lleva la palma.
—¡Este!—anunció Julio, triunfante.
Cuando levanto la vista hacia donde señala tengo ante mis ojos un ventilador de horroroso diseño vanguardista. Yo tenía pensado algo más de estilo colonial, con su mimbre en las aspas de teca o algo parecido, pero él había elegido uno que parecía haber sido diseñado para el atrezo de la peli de Odisea 2001. Aspas blancas, macizas que giraban lánguidamente alrededor de una semiesfera de gris metálico, como de mercurio solidificado bajo la que iluminaba un led azulado. La culpa es mía. Mi insistencia para que acudiera a elegir había terminado con la elección de un objeto, obviamente futurista. Me está bien empleado por mi absurda pretensión de que se involucrara más en la decoración doméstica.
Capada por mi orgullo, y por las prisas por salir de allí para llegar no muy tarde a la reunión de urgencia a la que me habían convocado, cedí sin abrir la boca. Total, con no mirar mucho al techo de nuestra habitación, asunto arreglado.
—Se te acabaron los misioneros, cariño.
Julio, ilusionado con su elección, me miró sin entender a que me refería.
—Nada. Que mires a ver si encuentras a algún dependiente. Suelen llevar una plaquita con el nombre. No vaya a preguntarle a un señor de Burgos que venga a comprar sartenes.
—Muy graciosa, amor. Muy graciosa.
Le sonreí con dulzura. Tampoco negaré que ver a mi marido ocuparse con el pago y los trámites para el traslado a casa del horrendo aparato, me dio un secreto regocijo. El doctor Abril encargándose de faenas mundanas y pedestres sin cálculos de por medio, aparte de calcular el IVA a la compra y sumarle la propina correspondiente, me producía un deleite cómico.
—Pues aquí te dejo ocupándote de cosas de machotes—me reí—¿Llegaras muy tarde esta noche?
—No creo. Después del acto hay un vino español en el paraninfo, y luego la cena en el sitio ese que fuimos con Nacho y Ana.
—¿El beach club ese con ínfulas?
—El mismo. En cuanto pueda dejo a todos esos pedantes y alumnos borrachos y si no caigo al mar, me iré a casa.
—Que te sea, leve cariño. Ya sé lo que te encantan esas fiestas. No te pases con el Champín que luego tienes que cumplir tus otras tareas de marido ¿eh?
—Lo dicho, que eres muy graciosa. Por eso me enamoré de ti.
—¿Por mi humor? Creí que había sido por mi inteligencia.
—Son lo mismo. De todo vas perfecta.
La mirada que echa al escote de mi camisa para apoyar sus palabras, deja claro el énfasis con la que había pronunciado la palabra «todo».
Nos besamos para despedirnos y cuando me separo de él, le ajusto el nudo de la corbata.
—Estás muy guapo.
El me mira, poniendo esa sonrisa ladeada en los labios que me vuelve loca.
—Y tú lo eres.
Abandono la tienda por la avenida Maisonave a paso vivo, aún con la sonrisa que me han dejado sus palabras y el recuerdo al que había hecho referencia la noche que cenamos allí con nuestros amigos. Tan absorto iba contemplando el eclipse de luna que había aquella noche que, olvidándose por completo que el restaurante está construido sobre pantalanes, terminó cayéndose al mar, después de dar un traspié con unas maromas decorativas.
Julio tiene eso que nunca ha dejado de gustarme, incluso cuando las veces que por eso mismo me exaspera. Esa dualidad suya de ser despistado y atento; olvidadizo y detallista; sulfurante y encantador. Y además de todo eso, para mí, el hombre más guapo del mundo.
Nos conocimos en la carrera. Por supuesto tuve que ser yo la que le entrara. Me encantaba ver la cara de alucinado que ponía cuando le proponía salir o le besaba o le cogía simplemente de la mano delante de todos. Era encantador. Acostumbrado como estaba a resolver enigmas matemáticos, físicos o simplemente de lógica, su cara de no comprender de porqué lo elegí a él y no a los otros, era simplemente deliciosa ¡Qué manía tiene el ideario colectivo en pensar que todas vamos detrás de un cuerpo o de una posición. En decidir quien es un diez y quien un seis. ¡Ojo! Con esto no estoy diciendo que yo lo sea. Nunca me he creído ni más ni menos que nadie. Soy como soy, y he sabido usarlo.
Él siguió todo el camino académico hasta conseguir el doctorado; yo no lo tenía tan claro y acabé opositando a la policía científica, influida por la serie de CSI Las Vegas. Siempre me había gustado el tema forense y ver a Grissom resolver casos con aquella mirada cucada, terminó por decidirme.
Por suerte, o no tanta, pues tenía decidido donde comprar el dichoso ventilador porque estaba cerca de la comisaría aunque el precio fuera pagar el impuesto de burgués con pretensiones que te cobran tradicionalmente en el famoso almacén, la comisaria provincial de Benalúa quedaba a escasos cinco minutos andando.
Al entrar en el laboratorio, Valverde, desde su despacho acristalado, me hizo una seña de convocatoria.
—Hola Daoiz, ¿aún casada?
Ese era el típico saludo de mi superior cuando llevábamos un tiempo sin vernos. Al principio me molestaba, sobre todo influida como estaba por los comentarios de su fama de Casanova de Chamberí cuando llegó a hacerse cargo de la división científica. Pero con el tiempo, viendo como su profesionalidad se imponía sin mácula, me lo terminé tomando como lo que era, sin darle mayor importancia. Como creo haber dicho, sabía que le gustaba ¿Y qué? El también me gustaba a mí. Tal vez en otra vida. En esta, tenía clara mis prioridades.
Pareja a su pregunta, nació mi clásica respuesta: levantar el dedo corazón de mi mano derecha en su dirección. Así mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado cuando mi mano adoptaba aquella configuración soez, mi anillo de de casada quedaba bien visible. Por otro, si Valverde se reía quería decir que estaba de buen humor y, por ende, que los asuntos laborales marchaban bien.
En esta ocasión, se rió.
—¿Qué tenemos?—pregunté al más puro estilo de mi héroe televisivo, dejando el bolso y tomando asiento frente a su escritorio.
Fernando Valverde, manteniendo la resaca de la risa dibujada en las comisuras de sus labios, levantó la mano para indicarme que aguardara, sin apartar la vista del portátil que tenía delante.
Inquieta, como suelo ser cuando se me niega alguna información, paseé la vista por el despacho del inspector jefe. En la decoración anodina que toda oficina policial trae de serie, destacaban tres o cuatro objetos personales. Su título universitario—licenciado en medicina y cirugía por la Complutense—estaba colgado en la pared de fórmica que tenía a su espalda, rodeado de varias fotos de sitios secos y sin nombre de cuando ejercía como oficial médico del ejército de tierra. En otra pared, la que quedaba a su izquierda, destacaba una condecoración enmarcada al merito policial con distintivo blanco.
Tras dar cuatro o cinco teclazos más fuertes que los anteriores a modo de concertista de piano acabando la interpretación de la pieza, bajó la tapa del ordenador, se reclinó en el sillón y entrelazó sus dedos finos y fuertes, dejando que las manos reposaran sobre la corbata que asomaba del guardapolvo.
—¿Te mareas en los barcos, Daoiz?
La pregunta me descolocó un tanto. No me esperaba para nada algo así.
—Pues…no. Que yo sepa. Hace un par de eones que no he subido en uno.
—Estupendo—aprobó con el tono de quien no le importa lo más mínimo la respuesta—, recoge tu equipo y haz la maleta para una noche. Tenemos reserva en el restaurante Celia de Tabarca para cenar.
—¿La isla?
—No, Daoiz, la calle. Y como las calles de esta ciudad están llenas de agua como Venecia, vamos a ir en barco. Pues claro que la isla.
—Pero…¿por qué?
Valverde me miró sorprendido.
—¿Cómo que por qué? Pues porque allí tienen a un camarero tan torpe, tan torpe, que se le ha caído el cuchillo del pescado.
Ahora la sorprendida era yo. El tono burlón con el que hablaba iba de serie con él cuando le hacían preguntas en las que él marcaba el tiempo de responderlas. Herencia militar, supongo…o de gilipollas integral.
—Se le ha caído…
—Veintitrés veces para ser exactos. Eso ya sería motivo suficiente para que lo arrestaran. Pero es que encima se le han caído «todas» las veces sobre el cuerpo de su compañera de trabajo. Qué patoso, ¿eh?
—¿Pero para qué tenemos que pasar allí la noche? No está tan lejos…
—Por tres motivos, Daoiz. El primero porque nos tienen que llevar los compañeros de la benemérita en su patrullera. Nos dejan, se van a hacer lo suyo y nos recogen mañana cuando vuelvan a puerto. Segundo por que el juez de instrucción asignado está volviendo de no se donde coño y hasta mañana no llegará. Y la tercera, pero no menos importante, es que me han dicho los colegas que en ese restaurante hacen un suquet de puta madre. Así que arreando, Daoiz. Nos vemos en el muelle 63 en dos horas.
Resignada a pasarme la noche en la isla de los piratas, me despedí de Valverde y llamé a mi marido para contarle que me iba a embarcar como un pescador de bacalao de los que van para Terranova.
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